"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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viernes, 30 de diciembre de 2011

La privatización de la guerra

Por Paul Laverty, guionista de la película Route Irish, dirigida por Ken Loach. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 27/12/11):

Todos conocemos en qué consiste el ritual del regreso del cuerpo de un soldado muerto en tierra extranjera: música solemne, bandera nacional, escoltas y saludos, recogidos con gran detalle en los medios de comunicación. Políticos y generales tienen palabras de consuelo para los apesadumbrados familiares, muchos de ellos tan jóvenes que con frecuencia tienen bebés en brazos.

Pero no fue eso lo que vivió Deely, la hermana de Robert, un exparacaidista que murió en una emboscada en Irak y cuyo cadáver fue llevado desde Kuwait al aeropuerto de Glasgow. El encargado de la funeraria explicó a Deely que en el avión habían llegado 10 cadáveres, dos de ellos imposibles de identificar. El ataúd de Robert parecía “una gran caja naranja”. No hubo ninguna fanfarria, ninguna bandera británica, ningún periodista, ninguna pregunta. Su muerte, que se sepa, no se incluyó en ninguna lista. La razón era muy sencilla: Robert había dejado de ser paracaidista y en el momento de morir era “contratista privado”. Algunos les llaman soldados de empresa o asesores de seguridad. Los iraquíes les llaman mercenarios.

La guerra está privatizándose poco a poco y de forma deliberada ante nuestras narices. La caja naranja que sirvió de ataúd a Robert nos lo demuestra, igual que las estadísticas. Patrick Cockburn, un respetado comentarista especializado en la situación de Irak, calcula que, en el apogeo de la ocupación, había alrededor de 160.000 contratistas privados en el país, muchos de los cuales, quizá hasta 50.000, eran personal de seguridad fuertemente armado. La guerra y la ocupación posterior habrían sido imposibles sin su contribución.

Gracias a Paul Bremer, el jefe designado por Estados Unidos para dirigir la Autoridad Provisional de la Coalición, todos esos contratistas gozaban de inmunidad ante las leyes iraquíes, en virtud de la Orden 17, que el Parlamento iraquí se vio obligado a aceptar (y que estuvo en vigor desde 2003 hasta principios de 2009).

A nadie le interesa contar cuántos civiles iraquíes han resultado muertos o heridos a manos de los contratistas privados, pero existen numerosas pruebas que indican que hubo abusos generalizados. La matanza de 17 civiles llevada a cabo por Blackwater en el centro de Bagdad fue el incidente más famoso, pero hubo muchos más de los que no se habló. Un veterano contratista me contó, con la condición de permanecer en el anonimato, que había hablado con un sudafricano que le dijo que matar a un iraquí era igual que “matar a un kaffir (el despectivo empleado en Sudáfrica para referirse a los negros)”. Otros contratistas de buena fe, orgullosos de su profesionalidad, me hablaron de la repugnancia que les inspiraba la violencia de “los vaqueros”. Si había un contratista involucrado en un incidente que hubiera causado revuelo, su empresa le sacaba a toda velocidad del país. La impunidad por decreto.

Mientras los contratistas de a pie se jugaban la vida y la integridad física en Route Irish, los directivos de esas mismas empresas ganaban fortunas. David Lesar, consejero delegado de Halliburton (el consejero delegado anterior había sido Dick Cheney), ganó algo menos de 43 millones de dólares en 2004. Gene Ray, de Titan, obtuvo más de 47 millones entre 2004 y 2005. J.P. London, de CACI, ingresó 22 millones. Y lo importante siempre son los detalles. Los contratistas privados cobraban al Ejército de Estados Unidos hasta 100 dólares por hacer la colada de un solo soldado. En un informe oficial fechado en enero de 2005, el investigador general especial para la Reconstrucción de Irak, Stuart Bowen, reveló que habían desaparecido más de 9.000 millones de dólares en casos de fraude y corrupción, y eso durante un periodo muy limitado de la Autoridad Provisional. También existió impunidad económica.

Como me dijo un contratista, “el lugar apestaba a dinero”. No es extraño que muchos soldados y miembros de las Fuerzas Especiales, mal remunerados, buscaran trabajo en esas empresas privadas, en las que veían una oportunidad única de forrarse.

Pero no solo se forraron de dinero.

Estamos ya acostumbrados a ver imágenes de carnicerías y matanzas allí. Estamos acostumbrados a historias de miles de millones desaparecidos, codicia empresarial, abusos, torturas y cárceles secretas. El detallado cálculo que hacía The Lancet de 654.965 muertos hasta junio de 2006 es casi imposible de concebir. Ahora parece todo convenientemente lejano, tanto en el tiempo como en el espacio. Según dicen, nos ha invadido el hartazgo de Irak.

Pero el allí está volviendo a casa, a Reino Unido y EE UU. Irak está en la mente de nuestros chicos.
Me asombró enterarme, por la organización Combat Stress, que se ocupa de soldados que sufren trastorno de estrés postraumático, que el TEPT tarda en manifestarse, por término medio, alrededor de 17 años. Están preparándose (igual que el Ejército de EE UU) para una enorme avalancha en los próximos años.

Norma, una amable enfermera a punto de jubilarse, que ha pasado años con antiguos soldados, fue quien abrió el camino a esta historia cuando me dijo que “muchos de estos hombres guardan luto por sus viejas identidades”. Un antiguo soldado me enseñó un cuadro que había pintado de sí mismo. “Solo quiero recuperar a mi viejo yo”, dijo.

La orden 17 se ha revocado en Irak, pero su espíritu sigue dominando: el hedor de la impunidad, las mentiras, el desprecio al derecho internacional, el boicot de los convenios de Ginebra, las cárceles secretas, la tortura, el asesinato, los cientos de miles de muertos. Cuando imagino a los autores intelectuales de todo lo mencionado, Bush, Blair y compañía, con Aznar detrás, cobrando todos esos millones después de sus discursos y sus cenas y sus fundaciones interconfesionales, no puedo dejar de pensar en las enfermeras en Faluya que asisten hoy a los partos de niños con dos cabezas y cuerpos deformes gracias a las bombas químicas arrojadas sobre la ciudad. El regalo que dejamos al futuro.
En un vergonzoso discurso dirigido a los soldados de Fort Bragg el 14 de diciembre de 2011, para conmemorar el fin de la ocupación militar estadounidense, Obama dijo a las tropas entusiasmadas que se iban “con la cabeza alta”. Con la mezcla habitual de sentimentalismo e hipocresía que tan bien se les da, lloraron a sus muertos e ignoraron la matanza de iraquíes. En un mundo decente, agacharían la cabeza abochornados, pedirían perdón por su brutalidad y empezarían a pagar compensaciones por los millones de vidas destruidas durante generaciones.

jueves, 15 de enero de 2009

Las diez crisis humanitarias del mundo más desatendidas

Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008

FOTOS - François Dumont /MSF - 15-01-2009

Un niño llora en brazos de su padre en Kirolirwe, distrito de Masisi.- François Dumont /MSF

  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - República Democrática del Congo
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Etiopía
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Irak
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Myanmar
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Pakistán
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Desnutrición
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Somalia
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Sudán
  • República Democrática del Congo
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  • Sudán

Los conflictos de Somalia, Pakistán, Irak o el fuerte avance de la desnutrición infantil protagonizan las catástrofes del mundo según el último informe de la organización Médicos Sin Fronteras

FERNANDO NAVARRO - EL PAÍS - 15/01/2009

La noticia es que no hay noticia. Y para el niño que se muere de hambre o para la familia que huye de la guerra y se refugia en cualquier parte lejos de su hogar es la peor de las noticias. De un año a otro, las crisis humanitarias del mundo siguen produciendo el mismo efecto sordo en los países ricos. Como hace 12 meses atrás, no hay conciencia mundial de las necesidades de los más necesitados. De un cambio de calendario a otro, las catástrofes humanas del planeta siguen presentado la misma cara amarga.


Foto

Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008

DOCUMENTO (PDF - 319,37Kb) - 15-01-2009


La noticia, en Héroes de ébano, el blog de J.M. Pardellas


"Sigue habiendo las mismas crisis. Casos como Somalia y Congo arrastran desastres humanitarios desde hace 15 años y empeoran con el tiempo. Sigue sin resolverse la ecuación violencia más desplazamiento es igual a crisis humanitaria", afirma la presidenta de Médicos Sin Fronteras (MSF), Paula Farias. Un informe, presentado hoy por esta organización, analiza las diez crisis humanitarias menos atendidas del mundo en 2008, donde no sólo se introducen países en conflicto sino también emergencias médicas globales, y concluye que la responsabilidad recae otro año más en la falta de iniciativa de los Gobiernos occidentales.

"Los debates políticos se enredan y son sólo debates que no aportan al final ayuda. Existe una desproporción brutal entre el mapa del sufrimiento y el mapa de los intereses de los países ricos. Tienen capacidad de influencia pero no la ejercen", dice Farias en relación a la escasa acción humanitaria de los países más desarrollados.

En este año 2008 recién cerrado, el informe que enumera las catástrofes mundiales recoge dos tendencias: se acentúan los problemas de las crisis humanitarias más graves y cada vez hay más ataques deliberados por ejércitos y milicias contra las organizaciones y ONG sobre el terreno.

1. Somalia

"Ha vivido el peor año que se recuerda", dice Farias. El ejemplo perfecto de estado fallido es un país dividido étnicamente que se desangra por la violencia local. Los combates en Somalia desatan la alerta humanitaria. Las guerrillas islamistas han tomado recientemente la ciudad de Jowhar, el más importante de los enclaves del Gobierno interino. La Unión Africana da Somalia por perdida.

2. R.D. Congo

"Pese al despliegue de la ONU, que tiene su mayor misión internacional, se han producido al menos 150.000 desplazados en sólo cuatro meses", apunta la presidenta de MSF. La República Democrática del Congo vive una guerra abierta en el este del país. Los rebeldes tutsis del general Laurent Nkunda han hecho retroceder a las tropas gubernamentales de Joseph Kabila. La Misión de Naciones Unidas para el Congo (MONUC) se ha declarado incapaces de detener las sacudidas de los guerrilleros insurgentes.

3. Myanmar

El paso del ciclón Nargis dejó a la antigua Birmania en plena desolación. Más de 2,5 millones de damnificados y un país incapaz de iniciar su reconstrucción. "El problema añadido es que el régimen militar birmano no quiere cubrir las necesidades de la población". La Oficina de Coordinación de Asistencia Humanitaria de la ONU (OCHA) denunció el injusto trato de los militares con su población en plena catástrofe.

4. Zimbabue

"El sistema sanitario está colapsado. No hay capacidad local para tratar las enfermedades" Con el peor brote de cólera de su historia y con una de las tasas de malaria más altas de África, este país sufre el yugo asfixiante de un dictador como Robert Mugabe, en el poder desde 1979. Su despotismo tiene a los zimbabuenses intentando sobrevivir en la ruina. El ministro de Asuntos Exteriores de Francia y fundador de Médicos Sin Fronteras, Bernard Kouchner, aseguró que "Zimbabue es el fracaso más absoluto de Europa".

5. Desnutrición

En 2008, al menos 963 millones de personas son víctimas del hambre en el mundo, lo que supone 40 millones más que en 2007, según la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO). El organismo de la ONU advierte de que "la actual crisis económica y financiera puede conducir todavía a más gente hacia el hambre y la pobreza". Los niños son los peor parados. "La ayuda internacional es insuficiente. Las harinas que se distribuyen no tienen la proteína necesaria para los niños. Hay que llamar a las cosas por su nombre y la desnutrición de menores no es sólo un problema de alimentos es una enfermedad", asegura la presidenta de MSF.

6. Etiopía

La actual crisis económica mundial se ceba especialmente con países como Etiopía, donde una familia vive con un dólar por día. Los etíopes sufren la especulación del hambre. Es el ejemplo perfecto donde la crisis alimentaria hace más pobres a los pobres.

7. Pakistán

Las operaciones militares y los excesos de los talibanes golpean a los paquistaníes más que nunca. Mientras el Ejército acosa a los insurgentes en zonas tribales próximas a la peligrosa frontera afgana, cerca de 300.000 paquistaníes han tenido que abandonar sus casas. Son los nuevos nómadas.

8. Sudán

"Darfur mejora en cuestiones de asistencia médica gracias a que se encuentra la operación humanitaria más grande del mundo, pero empeora la violencia", dice Farias. En Sudán, la competencia brutal por los escasos recursos de la zona, especialmente agua dulce, ha derivado en unos complejos conflictos étnicos entre grupos rebeldes y el Gobierno que desangran a una población civil indefensa y han llegado a ser considerados genocidios por la ONU.

9. Irak

Más de cinco años de la invasión de Irak por EE UU y sus aliados, el tejido social está roto del país se ha roto. Alrededor de 90.000 personas han muerto desde entonces. La población está desamparada. Los datos hablan por sí solos: el 70% de la población carece de agua potable, el 80%, de alcantarillado y el 60% está en el paro.

10. Tuberculosis-Sida

La tuberculosis cada año mata a casi 2 millones de personas y 9 millones desarrollan la enfermedad activa. La tuberculosis va en aumento en países con altas tasas de Sida, particularmente en el sur de África, que ha triplicado las tasas en 15 años. Cerca de los 33 millones de personas afectadas de Sida contraen la tuberculosis latente. "La tuberculosis ha dejado de ser una enfermedad occidental pero en los países pobres sigue siendo mortal. Se trata como a principios del siglo XX", señala Farias.

lunes, 23 de junio de 2008

“Irak no ha sido sólo un fracaso, también un desastre”

ENTREVISTA Joseph E.stiglitz


Joseph E. Stiglitz



JOSÉ MARÍA RIDAO
EL PAIS SEMANAL - 22-06-2008

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001, acaba de publicar un libro, La guerra de los tres billones de dólares (editorial Taurus), junto a la catedrática de Harvard Linda J. Bilmes, especialista en finanzas públicas. Sin menospreciar los costes políticos, y sobre todo humanos, de la invasión de Irak, Stiglitz y Bilmes hacen una aproximación económica a la invasión de Irak. No sólo las cifras son sobrecogedoras, también los mecanismos de corrupción que la guerra ha provocado.
Este libro deja claras las razones económicas por las que la guerra de Irak fue un error, pero usted estuvo en contra desde el principio. George W. Bush aseguró que había un riesgo inminente de que el régimen de Sadam Husein utilizase armas de destrucción masiva. Pero el jefe de la misión de inspectores de Naciones Unidas, Hans Blix, dijo que no existía ninguna prueba de que tales armas existieran. Pidió más tiempo y más inspecciones.

Fue, entonces, la necesidad de respetar los procedimientos de Naciones Unidas lo que le llevó a oponerse. Después de la II Guerra Mundial se estableció un marco para la legalidad internacional en el que no se reconocía la posibilidad de declarar una guerra preventiva. En este caso se trataba de saber si había razones para hacer una excepción a las reglas que habían funcionado durante medio siglo. Naciones Unidas aseguraba que no tenía pruebas que justificasen hacerla.

Por tanto, emprender esta guerra era violar la legalidad internacional. La necesidad de respetarla me pareció un argumento decisivo. Además, Naciones Unidas tuvo razón: las armas de destrucción masiva no aparecieron. Pero también me pareció decisivo aprender de los errores pasados.

¿Se refiere a Vietnam? Ése fue el segundo argumento, teníamos que haber aprendido del fracaso en Vietnam. No había ninguna duda de que el ejército más poderoso del mundo conquistaría sin muchas dificultades un país sometido a sanciones durante años. Por eso, el verdadero problema consistía en saber si se podía ganar la paz. La estructura tribal de Irak era bien conocida, y, desde esta perspectiva, la invasión conllevaba serios riesgos de conflicto entre los shiíes, los suníes y los kurdos. No era fácil ganar la paz aunque se ganara la guerra.

Pero se habló de llevar la democracia a Irak y, por extensión, a todo Oriente Próximo. La ironía reside en que se pretendía instaurar una democracia a través de medios antidemocráticos.

Y finalmente se habló de una conexión entre Sadam Husein y los terroristas del 11-S. Desde que se demostró que no había armas de destrucción masiva, la Administración de Bush tuvo que recurrir a otros argumentos para justificar la guerra. Irak no tenía ninguna relación con los atentados, no tenía ninguna conexión con Al Qaeda. Esta organización terrorista no existía en Irak. Ahora sí, porque se le ha brindado la oportunidad. No importa qué criterios se utilicen –económicos, petróleo, democracia, seguridad–; la guerra no ha sido sólo un fracaso, sino también un desastre.

Pero, entonces, ¿por qué se emprendió? Es uno de los aspectos que tratamos en el libro. Nadie lo sabe a ciencia cierta. Pudo tener algún papel una visión infantil de la geopolítica del petróleo. George W. Bush y sus asesores pensaron que podrían controlar los recursos petrolíferos de Irak, y que eso se traduciría en una fuente adicional de abastecimiento. Pero estamos en los comienzos del siglo XXI y no en el siglo XIX, y si un país invade a otro tiene que respetar unas normas. Estados Unidos es firmante de la Convención de La Haya, y, por consiguiente, como potencia ocupante, no podía disponer del petróleo iraquí.

Eso es, sin embargo, lo que ha hecho. En el libro contamos cómo una vez se le recordó la Convención de La Haya al enviado de la Administración de Bush para privatizar el petróleo iraquí, y cómo él se limitó a responder: la legalidad internacional no es asunto mío, yo sólo cumplo órdenes del presidente Bush. Y sin embargo, las compañías no podían adquirir ese petróleo. En fin, como poder, podían; pero se arriesgaban a que después alguien les dijera que habían comprado una propiedad robada. Y no se pueden comprar propiedades robadas porque el vendedor no puede venderlas. La verdad es que no sé si la Administración de Bush no entendía la legalidad internacional o si le traía sin cuidado.

¿Cabría imaginar lo más sencillo, y es que Bush y sus asesores creyeran en su plan? He leído recientemente que la guerra de Irak remite al complejo de Edipo entre Bush y su padre; en definitiva, que no puede explicarse a través de argumentos racionales. Pero, sin duda, puede que creyeran en su plan; al menos, algunos de los asesores del presidente, los neocons. Sé positivamente que Bush no entendió la complejidad de la sociedad iraquí, porque he hablado con algunas personas que se entrevistaron con él antes de la guerra. No tenía siquiera una estrategia para la ocupación.

De ahí, tal vez, que ahora se diga que fue un error licenciar a todos los funcionarios y militares que colaboraron con el partido de Sadam Husein, el Baaz. La ironía es que en estos momentos están poniendo en marcha la estrategia contraria, recuperar a los mismos que licenciaron al principio. Entonces no estuvieron dispuestos a escuchar a quienes les advertían de los peligros. Pero ahora, tampoco: esa mentalidad continúa. Sólo quieren escuchar a quienes les dicen lo que quieren oír.

Entre tanto, la situación en Irak se ha mezclado con la tensión con Irán. Es otra de las paradojas de esta guerra. Se dijo que se emprendía por causa de las armas de destrucción masiva, y se invadió un país que no las tenía, mientras que otro país, Corea del Norte, se convertía en una potencia nuclear. Tratando de resolver un falso problema, la Administración de Bush creó uno nuevo. Y ahora el asunto es Irán. Es interesante constatar que el riesgo estuviera en Corea y, sin embargo, se comenzara por Irak.

¿Y por qué se hizo así? Creo que guarda relación con el mantenimiento de la falsa visión sobre Irak de algunos extremistas. Es una especie de vendetta. De hecho, es una vendetta. A principios de los años ochenta, Sadam Husein recibió armas –incluyendo, creo, armas químicas– a consecuencia de la guerra con Irán. Se actuó bajo el principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Sadam Husein estaba contra Irán, e Irán era el principal enemigo, y, por tanto, había que suministrarle armas, apoyarlo. Y ahora la posibilidad de hacer algo con Irán es más limitada como consecuencia de la guerra en Irak.

Es decir, que la posición de Estados Unidos se ha debilitado. Exactamente. Los shiíes, que son mayoría en Irak, se sienten próximos a Irán. Con 140.000 soldados americanos y 40.000 agentes de seguridad contratados en Irak, Estados Unidos es vulnerable. Si Estados Unidos le hace la vida difícil a Irak, Irán puede hacérsela difícil a Estados Unidos.

¿Es posible detener el programa nuclear iraní? Habría que distinguir dos aspectos. Uno es si los iraníes tienen capacidad o no para desarrollar armas nucleares; otro es su capacidad para lanzarlas. Por referirme sólo al primero, al aspecto de la proliferación, lo esencial es encontrar un mecanismo de control adecuado. Pero en este momento, la posibilidad de que Estados Unidos haga algo es limitada. Se podría, obviamente, destruir el programa atómico de los iraníes, aunque lo único que se conseguiría es que empezaran de nuevo.

La salida más razonable parece, pues, alcanzar un acuerdo sobre ese mecanismo. Al final habrá que hacer un esfuerzo global para desalentar la proliferación de armas nucleares. Tendría que ser un programa amplio, que incluyera algunas de las armas nucleares de Estados Unidos. Porque, en definitiva, ¿quiénes son hoy los enemigos? Se sigue operando con la mentalidad de la guerra fría, que terminó hace veinte años. Entonces existía un sistema de disuasión, pero ahora no hay nadie en el otro lado. Es difícil que todos acepten a un solo país como policía del mundo. En especial, cuando ese país ha fracasado a la hora de respetar la legalidad internacional. Por eso creo que debería establecerse un régimen de control internacional más efectivo, en el que Estados Unidos fuera también parte.

En su libro no sólo se habla del coste económico de la guerra. Describe, además, la corrupción que ha generado. Los mecanismos han sido múltiples. Se ha recurrido a la obtención de partidas de emergencia más que a las asignaciones presupuestarias ordinarias. Una emergencia es, por definición, algo que no se puede prever, como el huracán Katrina. Pero la guerra no era imprevisible, y además ha llegado a su sexto año y todavía se sigue recurriendo a partidas de emergencia. En las asignaciones presupuestarias ordinarias, la corrupción es difícil, porque el gasto es escrupulosamente supervisado. Ante las emergencias es distinto. Se le dice al Congreso que si no aprueban las asignaciones se producirá un desastre, y, por consiguiente, los congresistas no pueden detenerse en los detalles. Así surge el marco que hace posible la corrupción.

Usted también ha estudiado la asignación de los contratos con cargo a esas partidas de emergencia. En las situaciones corrientes, los contratos se llevan a cabo a través de un concurso público. En nuestro libro nos referimos a la lucha que se estableció entre Rumsfeld y el Congreso. El Congreso le reclamaba convocar concursos públicos para asignar las partidas de emergencia, y Rumsfeld lo rechazaba. Entre tanto, no se gastó nada en la reconstrucción de Irak, aunque el Congreso insistió en que había que hacerlo. Consiguientemente, la reconstrucción fracasó, y su fracaso se convirtió en una baza para la insurgencia. Muchos iraquíes perciben que su vida es peor ahora que antes de la guerra.

Es también interesante, y revelador, el tipo de contrato que se establecía con algunas empresas. El Gobierno aceptaba un mecanismo de reintegro de los gastos y el pago de una cantidad suplementaria como beneficio. Por otra parte, disminuyó el número de auditores. O sea, se excluyó la competencia y se redujo el control mientras aumentaba el volumen y la cifra de contratos. Se actuaba sin ningún escrúpulo, y empresas como Blackwater, que tenía contactos políticos, lo mismo que Halliburton, se llegaron a considerar parte del aparato de apoyo al Partido Republicano. Los jóvenes norteamericanos luchaban y arriesgaban sus vidas mientras ellos sólo se preocupaban de obtener más beneficios. Se triplicó el valor de sus acciones.

¿Y el Congreso no reaccionó contra estas prácticas? Mientras los republicanos tuvieron el control, no hizo nada. Ahora que los demócratas son mayoría, existen comisiones de investigación que han permitido conocer los problemas. Casi cada semana estallan nuevos escándalos. Por ejemplo, se ha descubierto que muchos de los contratos de Halliburton fueron a parar a una empresa subsidiaria en las islas Caimán, donde no pagaban impuestos. La Administración de Bush facilitó esta evasión fiscal.

Al margen de la manera en la que se han gastado, los tres billones de dólares en los que usted cifra el coste de la guerra obligan a preguntarse sobre su efecto en la economía de Estados Unidos. Creo que nuestro libro ha ayudado a la discusión sobre el coste de oportunidad, sobre lo que se podía haber hecho con ese dinero. Se han abierto varias webs en las que se discute del asunto. El presidente Bush sostiene, por ejemplo, que tenemos un grave problema con la seguridad social. Se teme la bancarrota del sistema. Por una sexta parte de lo que nos ha costado la guerra de Irak podríamos mantener el sistema funcionando durante los próximos 50 años. Pero, en realidad, cualquier problema al que se enfrente Estados Unidos en estos momentos se resolvería con una pequeña porción del gasto en la guerra de Irak.

Bush y sus asesores siempre podrían decir, y de hecho dicen, que eso es lo que cuesta tener un país más seguro… Incluso en el terreno de la seguridad estamos peor, porque se han concentrando los esfuerzos y los recursos en el asunto equivocado. Como consecuencia de la guerra de Irak, el coste de reclutamiento se ha encarecido, lo mismo que el coste para atender las necesidades de los veteranos. Y otro coste que ha aumentado es el que conlleva la necesidad de reponer el material bélico. Y todo ello sin contar con otros efectos más generales, que tampoco contribuyen a que estemos más seguros: la subida del precio del petróleo y el debilitamiento de la economía están relacionados con la guerra de Irak.

Usted cifra el impacto de la guerra sobre el precio del petróleo entre 5 y 10 dólares. Es un cálculo conservador. Creo que la cifra es mayor. Pero, en cualquier caso, y regresando al debilitamiento de la economía, la principal diferencia entre la situación de 2001 y la de hoy es que, en la de 2001, el Gobierno de Estados Unidos disponía de un superávit del 2% antes de llegar a la recesión. Ahora, antes de llegar a la recesión, tenemos un déficit alto.

¿Cree que Estados Unidos entrará en recesión? Sí, soy pesimista. Pero la recesión no es la cuestión fundamental. La cuestión fundamental es la diferencia entre el potencial de crecimiento de una economía y lo que está creciendo en realidad. Si puedes crecer al 3% y tu crecimiento es del 1%, la caída es del 2%. Es la misma caída que si se creciera al 1,9% y se bajara algo por debajo de cero, sólo que ya no se estaría en tasas positivas.

¿Y no habría manera de evitarlo? Tendrían que haberse tomado medidas hace seis meses. Pero lo que Bush ha hecho es poco y tarde, además de que no son las medidas adecuadas. Por ejemplo, la reducción de impuestos de 150.000 millones de dólares tal vez pudo ayudar, pero fue una medida rápidamente superada por las importaciones de petróleo. En el corto plazo necesitamos dos cosas: reducir el número de personas en riesgo de perder sus casas, que no es sólo un problema económico, sino también social, y la otra cosa es buscar estímulos fiscales. Pero estímulos fiscales dirigidos a los verdaderos problemas. Cada dólar gastado tiene que orientarse a estimular la economía, tiene que emplearse en objetivos a largo plazo. Lo que Bush está haciendo, sin embargo, es trasladar el problema a la próxima Administración.

¿Cómo ve la situación en España? Lo que el Gobierno español ha hecho a lo largo de los últimos años es intentar que la economía no dependa tanto de la construcción y poner más el acento en tecnología y otras industrias, invirtiendo más en educación. Es una agenda correcta. Quizá ha llegado el momento de acelerarla, porque es probable que en los próximos dos años la construcción esté mucho más débil.

¿Qué dificultades percibe? España es parte de Europa, lo que implica numerosos beneficios. Pero, al mismo tiempo, España carece del control sobre su política monetaria. El gobernador del Banco Central Europeo, Trichet, se está concentrando en la inflación. El paro puede llegar a ser un problema, y tendrán que pensar en planes alternativos. Creo que deberían facilitar el crédito, incluso si el Banco Central se está concentrando en la inflación. España disponía de superávit antes del cambio de ciclo y, por tanto, tiene la posibilidad de usarlo para estimular la economía.

Antes de las elecciones se aprobaron diversas ayudas, por nacimiento de hijos o para estimular el alquiler de los jóvenes. No conozco los detalles, pero creo que si estuviera en la posición del Gobierno habría reconocido que, dados los problemas en la economía global desde agosto de 2007, existía un riesgo significativo de desaceleración y hubiera adoptado medidas preventivas. No hay que actuar después, hay que hacerlo antes, y así suavizar la burbuja. Sin dejar de resolver los problemas a corto plazo, se debe avanzar en la agenda a largo plazo.

Decía hace un momento que, en Estados Unidos, Bush está tratando de trasladar los problemas económicos a la próxima Administración. ¿Será la de Barack Obama? Soy optimista. Lo que McCain propone es, en realidad, un tercer mandato de Bush. En algunos aspectos representa, sin duda, una mejoría. Por ejemplo, cuando dice que no cree en la tortura o que el calentamiento global existe. En otros asuntos, sin embargo, no hay diferencia: piensa permanecer en Irak, y cree, como Bush, que las rebajas de impuestos son la solución a cualquier problema. Espero que estas políticas cambien, porque han minado nuestra seguridad y nuestra economía.

Y Barack Obama representa un cambio. No sólo para Estados Unidos, sino un cambio para el mundo. Porque si algo hemos aprendido en estos años es que Estados Unidos no puede resolver por sí solo todos los problemas. Tiene el ejército más fuerte, pero no puede ganar la paz. Ahora necesitamos ayuda. El único camino es la aproximación multilateral a los contenciosos internacionales, y este periodo de unilateralismo desbocado debe llegar a su fin.

Quienes critican a Obama dicen, sin embargo, que su “diplomacia directa” rompe con la tradición norteamericana. Bush maneja un concepto insensato: diplomacia sin conversaciones. Es decir, nosotros estamos dispuestos a hablar con usted, pero usted, antes, tiene que estar de acuerdo con todo lo que queremos nosotros. Esto no es diplomacia, es una tradición que se ha inventado Bush. Su concepto de diplomacia sin conversaciones ha fracasado. Y ahora acusa a Obama de defender el apaciguamiento. Pero hablar no es apaciguar.

¿También en materia económica, Barack Obama representaría un cambio? En dos sentidos diferentes. El primero es que Obama reconoce los problemas frente a los que Bush rechazó tomar ninguna iniciativa, como, por ejemplo, el hecho de que existan cincuenta millones de americanos sin oportunidades o el sector sanitario atraviese una grave crisis. El segundo es que se propone que el país crezca con igualdad. Bush criticaba el sector público, pero bajo su mandato los gastos alcanzaron una cifra récord. Eso sí, sin ninguna visión acerca de lo que se hacía. Barack Obama, por el contrario, aporta una nueva visión sobre lo que el Gobierno tiene que hacer en áreas como investigación, infraestructuras, calentamiento global…, cosas que tenemos que emprender juntos en la sociedad. El mercado tiene su papel, pero también el Estado tiene el suyo.

Después de los tres billones de dólares gastados, después de la inestabilidad económica y política en todo el mundo, ¿la nueva Administración norteamericana tendrá el coraje de retirar las tropas de Irak? La cuestión no es ya si Estados Unidos va a retirar o no las tropas, sino cuándo va a hacerlo. Porque la pregunta a la que hay que responder es qué resuelve quedándose. Si Estados Unidos sigue en Irak cuatro años más, eso nos supondrá, cuando menos, una cifra parecida a la que hemos gastado. No ganaremos en seguridad, y el coste de oportunidad será mayor. Quien proponga que Estados Unidos se quede más tiempo en Irak tendrá que explicar, y hasta que probar, que las cosas irán mejor que hasta ahora. Todo indica, sin embargo, que no habría diferencia. Y si no hay diferencia, cada día que pase, cada semana que pase, cada mes que pase, más iraquíes y más norteamericanos perderán la vida, sin que se produzca ningún avance significativo en la situación.

¿Entonces? Tenemos que aprender de la experiencia de Vietnam. Millares de norteamericanos murieron inútilmente. Y al final tuvimos que retirarnos. Salvo que alguien encuentre un argumento convincente para decir que las cosas irían mejor quedándonos, nos veremos obligados a salir.