"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.
lunes, 21 de septiembre de 2009
Soberanía alimentaria
Fuente: Suplemento del Cuaderno núm. 163 de CU - (n. 199) - Septiembre, 2009 R. de Llúria, 13, 08010 Barcelona - tel. 93 317 23 38, fax 93 317 10 94 info@fespinal.com - www.fespinal.com
¿Te has preguntado alguna vez por qué una manzana cuesta casi lo mismo venga de Sudáfrica, California o España? ¿Por qué podemos encontrar los mismos alimentos en el supermercado durante todo el año? O ¿por qué importamos de tan lejos productos que nuestros agricultores cosechan a escasos kilómetros de nuestras casas?
«Con la comida no se juega», repetían nuestras abuelas. Pero hoy la alimentación se ha convertido en un valor más de mercado y con él se "juega" en todas las bolsas del mundo, independientemente de las repercusiones que esto tenga para los seres humanos.
Los españoles gastamos el 18% de nuestros sueldos en alimentación, y nos rascamos los bolsillos cuando los alimentos suben de precio, como ha ocurrido en la crisis alimentaria de 2008. Pero en la mayoría de los países en desarrollo, las familias gastan entre el 60 y el 80% de sus ingresos en alimentación: ¿cómo pueden reaccionar ante las subidas del mercado?
1. Alimentos: producción y consumo
¿Quépasa aquí en el Norte?
Desde hace muchos años, los agricultores de España y Europa no pueden producir si no es gracias a los subsidios que reciben por medio de la PAC. Algunos años, incluso se llegaba a pagar a los agricultores para que no produjeran o para destruir sus cosechas, debido a las exigencias del mercado y a la competencia de los productos extranjeros. De cada euro que la Unión Europea gasta, cincuenta céntimos se destinan a pagar a sus agricultores, pero no a todos: el 4% de los empresarios agrícolas recibe el 40% de las ayudas. Esta tendencia al incremento de la productividad y a las grandes explotaciones, junto con legislaciones enfocadas a este tipo de agricultura, crean grandes dificultades a los pequeños productores para hacer rentables sus producciones y para cumplir con las legislaciones vigentes.
Además, cuando un agricultor español decide vender su producto, se encuentra con un nuevo problema. En España, unas pocas compañías controlan todo el sistema intermediario de distribución de alimentos. El poder que estas compañías ejercen sobre todos los agricultores es enorme, al imponer los precios finales de compra y los plazos de pago. ¿No sería ideal poder ir al supermercado y elegir el precio y el plazo de pago de nuestra compra? Pues ésta es realmente la imposición que sufren nuestros agricultores.
Una vez en el súper, nuestros alimentos locales han de competir con otros traídos del extranjero, muchas veces más baratos por las condiciones injustas en que se producen y comercializan. Además, el transporte de estos alimentos, y de los insumos ligados a la agricultura, representa un 5% de la energía consumida cada año, en el mundo.
Un producto no es mejor por estar hecho cerca. Los modelos de producción de alimentos que usamos en los países industrializados son altamente eficientes en cuanto a cantidad, pero altamente ineficientes en cuanto a consumo energético. En Estados Unidos, por ejemplo, por cada caloría de alimento producido en una granja intensiva de vacas, se consumen 12 calorías; o por cada caloría de alimento producido en una granja intensiva de huevos, se emplean 4 calorías.
¿Y qué decir de los consumidores? Pues que cada vez vemos más reducidas nuestras opciones. En España, el 81% de la población compra sus alimentos en grandes centros de distribución alimentaria. Cinco empresas y dos centrales de compras controlan el 75% de la distribución alimentaria y el 60% de todo el beneficio que genera la cadena agroalimentaria. Esta concentración de la distribución de alimentos crea un efecto embudo, con muchos productores y muchos consumidores en ambos lados de la cadena y muy pocos distribuidores lo cual les da un gran poder de decisión sobre precios, plazos, calidades y disponibilidad de los productos que consumimos todos los ciudadanos.
¿ Y qué es lo que pasa allí, en el Sur?
En el resto del mundo, las cosas no van mejor. Las políticas llevadas a cabo por los gobiernos y por instituciones internacionales, en las últimas décadas, no han ayudado casi nada a los productores de los países mas empobrecidos. Las políticas de liberalización de mercado, realizadas por el FMI, o de enfoque a la agricultura de exportación, realizadas por el BM, han llevado a los campesinos a la ruina, en muchos países.
Como ejemplo, veamos el caso de Haití. Es el país más empobrecido de toda América y uno de los más desestructurados del mundo. La dieta básica de los haitianos consiste en arroz y carne. En la década de los 60, Haití era capaz de producir prácticamente todo el arroz que se consumía en el país y solo tenía que importar unas 200 toneladas. Después del desembarco de los organismos internacionales, Haití produce cada año menos arroz y más caña de azúcar de exportación. En el período 1997-2002, importó de Estados Unidos 1,3 millones de toneladas de arroz. En 2008, los haitianos se levantaron en violentas revueltas tras la subida de los alimentos, ya que para la mayoría de la población era imposible alimentar a sus familias.
La des-regulación del mercado haitiano, gracias al Tratado de Libre Comercio, es otro de los factores que ha hundido el país. Al igual que en Colombia, Panamá, Chile, Honduras o El Salvador entre muchos otros, los agricultores de estos países tienen que competir, de igual a igual, con los agricultores mecanizados y subsidiados por los gobiernos de los países mas ricos. De esta manera, los gobiernos europeos y norteamericanos juegan con el futuro de estas familias, exigiéndoles políticas que ni ellos mismos cumplen con sus agricultores.
Pero además, cuando estos productos alimentarios consiguen llegar a los mercados internacionales, los especuladores de las bolsas de valores juegan con ellos como si fueran una materia cualquiera y no el sustento de miles y miles de familias en el mundo. El uso de granos alimentarios como moneda de cambio en bolsas, como la de Chicago y Nueva York, se estima que fue responsable del 30% de las alzas de precios en 2008. En ese momento, los granos básicos alcanzaron récords históricos, haciendo inaccesibles estos productos a los más necesitados. Como ejemplo, según la FAO, el precio del arroz, sustento para miles de familias empobrecidas en todo el mundo, subió un 74%.
Con la misma intención de sacar más beneficio a estos granos, la conversión de explotaciones alimentarias en zonas de cultivo para biocombustibles también ayudó al alza del 2008. Miles de hectáreas, antes dedicadas a cultivar alimentos básicos, ahora se utilizan para quemar esos alimentos y dar de comer al miembro «mas importante de la familia», como dice Galeano: el vehículo. Hay que tener en cuenta que para llenar el depósito de un coche de bio-etanol (80 litros) se utiliza la misma cantidad de grano que para dar de comer a una persona todo un año, según estudios del Earth Policy Institute. Además las malas prácticas y las malas políticas, asociadas a estos cultivos, han provocado problemas sociales como desplazamientos forzosos de población, pérdida de selva o desecación de acuíferos.
El año 2008, en más de 20 países estallaron revueltas con motivo de la subida de precio de los alimentos. Estas revueltas fueron fruto de la desesperación de los más
desposeídos por no poder acceder a un derecho universal: el derecho a la alimentación. Y para que este derecho se cumpla, es evidente que no podemos dejarlo en manos del mercado libre.
2. Hay alternativas: la soberanía alimentaria
Frente a este panorama, las organizaciones campesinas y de productores agrícolas proponen una alternativa: la soberanía alimentaria.
La soberanía alimentaria es el derecho de los pueblos y de los países a definir las políticas agropecuarias y de producción de alimentos, organizando la producción y el consumo de alimentos de acuerdo con sus necesidades y dando prioridad a la producción y al consumo local. La soberanía alimentaria promueve la devolución, a cada pueblo y nación, del control sobre los alimentos que produce y consume; la recuperación de todas las herramientas jurídicas, técnicas y políticas que necesite para ello, y su aplicación eficaz en ámbitos locales, nacionales o regionales, que es donde debe se debe dirigir la producción de alimentos, por considerarse una cuestión de seguridad e independencia nacional.
En consecuencia, la soberanía alimentaria significa priorizar la producción agrícola local para alimentar a la población; el acceso de los agricultores y de los "sin tierra" a la tierra, al agua, a las semillas y al crédito; el derecho de los agricultores a producir alimentos, y el derecho de los consumidores a poder decidir lo que quieren consumir y cómo y quién se lo produce. También significa el derecho de los países a protegerse de las importaciones agrícolas y alimentarias demasiado baratas; el compromiso con una producción agrícola sostenible; y el reconocimiento de los derechos de las mujeres campesinas que desempeñan un papel esencial en la producción agrícola y en la alimentación. Desde esta perspectiva, se defiende un modelo de intercambio agrícola centrado en los mercados locales, regionales y estatales, redimensionando así el comercio internacional, pues se considera que tanto los precios como la producción deben ser regulados y orientados por las necesidades locales y no por los mecanismos de un mercado libre dominado por las grandes corporaciones, para priorizar así el desarrollo local. Justo lo contrario de lo que pretenden los Tratados de Libre Comercio (TLC).
Por último, en lo que se refiere a las políticas agrarias, se defiende una política de ayudas centrada en los agricultores y no en las industrias del campo, defendiendo una visión de la agricultura como "servicio público" puesto que sólo una agricultura campesina es la garantía de una producción equilibrada de alimentos, atenta a los armonía de los ecosistemas, garantizadora de la sostenibilidad ambiental y capaz de gestionar armoniosamente el territorio rural.
En resumen, son los pueblos quienes han de tomar las decisiones relacionadas con la política alimentaria y deben ser ellos quienes decidan qué y cómo producir, por no estar sometidos a la oscilación del mercado.
3. ¿Qué puedo hacer yo?
Como consumidores, debemos tomar conciencia del gran poder que hay detrás de nuestras compras, algo de lo que no siempre somos conscientes. El consumo no es sólo un medio de supervivencia, sino también una forma de relacionarse y comunicarse con uno mismo y con los demás.
Por ello, es necesario avanzar hacia un consumo alternativo y responsable, basado en tres pilares fundamentales: un consumo acorde a valores éticos, un consumo solidario con los excluidos de la "mano invisible del mercado", y un consumo ecológico que tenga en cuenta el impacto medioambiental.
Además, a nivel mundial se llevan a cabo múltiples iniciativas en favor de la soberanía alimentaria. En España, campañas específicas como «Supermercados no gracias» o «No te comas el mundo» denuncian algunas de estas cuestiones específicas. En los países del Sur, movimientos como La Vía Campesina o los movimientos anti TLC hacen su labor de lucha, concienciación y apoyo entre sus propios ciudadanos. El apoyo a cualquiera de estas iniciativas pondrá nuestro granito de arena a la consecución de estas metas.
En conclusión, es necesario buscar alternativas. La soberanía alimentaria propone un cambio al modelo agroalimentario he-gemónico, propone una nueva vía para hacer de nuestro mundo un mundo más jus-,to, más equitativo y más sostenible para todos y propone una forma de asegurar el derecho a la alimentación a los millones de personas que todavía pasan hambre en el mundo. No es un desafío fácil, pero nos jugamos mucho en ello como para permanecer impasibles ante la situación actual.
Basilio Rodríguez (ingeniero forestal)
y Jesús Sanz (antropólogo)
Miembros del grupo de consumo
responsable GÜECO
jueves, 28 de mayo de 2009
África da sus tierras por nada
El continente no logra mejoras de relieve con la venta de terrenos cultivables
LALI CAMBRA - EL PAÍS Ciudad del Cabo - 26/05/2009
Las adquisiciones de fincas agrarias en países pobres, última tendencia entre corporaciones, fondos de inversión y países importadores de comida, supone enfrentar a los más pobres al posible desalojo de sus tierras y al acceso a las mismas y a sus recursos, como el agua. Así se desprende de un estudio encargado por las agencias de las Naciones Unidas de la Agricultura y la Alimentación (FAO) y del Desarrollo (UNDP), presentado ayer.
En países como Malí la hectárea cuesta entre cinco y diez euros
Si bien el documento puntualiza que las adquisiciones (por lo general en África mediante contratos de alquiler de medio siglo o un siglo por los que apenas se paga nada) pueden constituir un beneficio al suponer inversión extranjera. También puede acarrear atracción tecnológica, incremento de la productividad agraria y creación de empleo y de infraestructuras. Pero tal y como se están llevando a cabo, con precarias consultas a la población local, falta de transparencia y sin asegurar en los contratos los compromisos de inversión, empleo o desarrollo de infraestructuras, supone poner en riesgo el modo de vida de miles de pequeños agricultores o pastores, cuya existencia depende de la tierra.
El estudio, realizado por el Instituto Internacional para el Medioambiente y el Desarrollo (IIED), enfatiza la necesidad primera de los gobiernos africanos de asegurar los títulos de propiedad de la población local, para protegerla, evitar que sea desposeída arbitrariamente y, asimismo, posibilitar que obtenga mayores beneficios de los hipotéticos inversores.
Los autores del informe han analizado los contratos a los que han llegado diversos países africanos con corporaciones, fondos de inversión y países importadores de comida como los del Golfo Pérsico, del Sudeste Asiático y China. A la vista de estos documentos alertan de que existe entre los inversores la creencia de que África (y Latinoamérica) tiene tierra en abundancia disponible, yerma o abandonada, "pero hay que ir con cuidado con estos términos". Opinan que son usados para equipararlas a tierras no productivas, cuando puede ser que sean usadas intermitentemente (se dejen en barbecho) por pequeños agricultores o por pastores o por cazadores-recolectores. Esta situación se habría dado ya en Tanzania, Etiopía o Mozambique, donde tierras que sí estaban siendo usadas se habrían alquilado como "abandonadas".
Si el acopio de tierras por firmas inversoras extranjeras podría tener beneficios, algo que enfatizan los autores, dichos beneficios no están tan claros cuando se revisan los acuerdos firmados con los gobiernos africanos (se han estudiado inversiones en Etiopía, Ghana, Kenia, Madagascar, Mozambique, Sudán, Tanzania y Zambia), donde se constata falta de transparencia e imposibilidad del público de acceder a los contratos.
La tierra en sí o se da gratis o tiene un cargo nominal (entre 5 y 10 euros la hectárea en Mali). Los gobiernos esperan beneficios como infraestructuras o creación de empleo. Pero los contratos -"por lo general cortos y simples"- carecen de explicaciones sobre riesgos o beneficios, sobre el tipo de negocio a llevar en la tierra (si será una plantación típica, si se formará un negocio conjunto con la población local) o sobre contratación. Los autores del estudio reclaman la necesidad de consultas transparentes con la población (apuntan que en algún caso estas consultas se limitan a los ancianos de los pueblos, a los oficiales y a la élite del gobierno municipal). Cuestiones como la seguridad alimentaria en el propio país también son, en muchas ocasiones, pasadas por alto.
sábado, 28 de febrero de 2009
Nosotros Alimentamos el Mundo - We Feed The World
Dirección y guión: Erwin Wagenhofer.
País de producción: Austria.
Año: 2005.
Duración: 96 min.
Producción: Helmut Grasser.
Música: Helmut Neugebauer.
Fotografía: Erwin Wagenhofer.
Montaje: Erwin Wagenhofer.
Estreno en Austria: 30 Sept. 2005.
Estreno es España: 07-11-2008.
Distribuida en España por: Karma Films.
Página oficial: We Feed the World.
Crítica de Cine.com por Leo Aquiba Senderovsky.
Este documental didáctico y expositivo del austríaco Erwin Wagenhofer, recorre varios países, intentando responder siempre al mismo interrogante: ¿Cómo se vincula la industria del alimento con el hambre en el mundo? Wagenhofer observa los distintos procesos de la cadena industrial, desde los agricultores hasta las grandes fábricas, y entrevista a distintos personajes, desde los hombres que trabajan la tierra hasta expertos en la materia. La síntesis es la misma en todos los casos, desde el inicio hasta el final de la película: Hubo un tiempo en que un productor podía alimentar a su familia con su propia producción. Hoy, esto es imposible, y gran parte de los problemas alimentarios del mundo se deben a la corriente industrialista y a las subvenciones que adquieren las grandes corporaciones alimenticias del mundo, que entierran las esperanzas de crecimiento de los pequeños productores. Así, vemos entre otras situaciones, a un agricultor comentar que toda su cosecha de maíz se destina a la producción de combustible, ejemplo de cómo la materia prima alimenticia se produce más para saciar el hambre industrial que el hambre real. Otras situaciones que se exponen en esta interesante y necesaria investigación están vinculadas con la manera en que la industria altera los alimentos para aumentar su valor en el mercado, lo que se traduce en una perspectiva cada vez más negativa con respecto a lo que los habitantes consumen hoy y consumirán en un futuro. La otra cara de estas cuestiones aparecen cuando Wagenhofer se introduce en la realidad del Mato Grosso, donde la pobreza es extrema y las personas deben alimentar a sus hijos con agua estancada. Fuera de esta contundente exposición de la cruda realidad que esconde la industria alimenticia, se encuentran algunas duras secuencias como el proceso fabril de faena y elaboración del pollo, que solo se asocia con el resto en su crudeza, aunque no viene a cuento de los principales interrogantes del film. El resto, una clase tan desgarradora como real y necesaria de ser aprendida, para que todos entendamos cuál es nuestra intervención en el proceso cada vez mayor de desnutrición mundial. Como advierte uno de los entrevistados, luego de mostrar la dolorosa realidad de algunos agricultores que trabajan con los mismos medios que en la Edad Media, para que algunos podamos comer bien, otros deben morir de hambre. Ese es el lema que esconde el complejo proceso industrial de los alimentos que llegan a cualquier supermercado.
Fuente: http://naranjasdehiroshima.blogspot.com/
domingo, 18 de enero de 2009
REPORTAJE: TESTIGO DEL HORROR Viaje al corazón de las tinieblas
Viaje al corazon de las tinieblas
En el conflicto del Congo, numerosas milicias luchan contra el Ejército gubernamental y mantienen alianzas y feroces batallas entre sí. Todas ellas reclutan a menores de edad- JUAN CARLOS TOMASI
MARIO VARGAS LLOSA EL PAÍS 11/01/2009
Mario Vargas Llosa visita el Congo, un rico país sumido en la miseria de la guerra y el terror. Hambre, violaciones, asesinatos y corrupción sacuden esta tierra sin ley. Médicos Sin Fronteras y 'El País Semanal' inician con éste una serie de viajes de diferentes escritores para rescatar del olvido a las víctimas de la violencia en el mundo.
I - EL MÉDICO. "El problema número uno del Congo son las violaciones", dice el doctor Tharcisse. "Matan a más mujeres que el cólera, la fiebre amarilla y la malaria. Cada bando, facción, grupo rebelde, incluido el Ejército, donde encuentra una mujer procedente del enemigo, la viola. Mejor dicho, la violan. Dos, cinco, diez, los que sean. Aquí, el sexo no tiene nada que ver con el placer, sólo con el odio. Es una manera de humillar y desmoralizar al adversario. Aunque hay a veces violaciones de niños, el 99% de las víctimas de abuso sexual son mujeres. A los niños prefieren raptarlos para enseñarles a matar. Hay muchos miles de niños soldado por todo el Congo".
Vargas Llosa en el corazón de las tinieblas
VIDEO - MÉDICOS SIN FRONTERAS - 09-01-2009
'El País Semanal' abre este domingo con Congo una serie de viajes de autor a los conflictos olvidados del mundo. ELPAÍS.com avanza en vídeo unas imágenes del viaje de Mario Vargas Llosa. - MÉDICOS SIN FRONTERAS
Estamos en el hospital de Minova, una aldea en la orilla occidental del lago Kivu, un rincón de gran belleza natural -había nenúfares de flores malvas en la playita en la que desembarcamos- y de indescriptibles horrores humanos. Según el doctor Tharcisse, director del centro, el terror que las violaciones han inoculado en las mujeres explica los desplazamientos frenéticos de poblaciones en todo el Congo oriental. "Apenas oyen un tiro o ven hombres armados salen despavoridas, con sus niños a cuestas, abandonando casas, animales, sembríos". El doctor es experto en el tema, Minova está cercada por campos que albergan decenas de miles de refugiados. "Las violaciones son todavía peor de lo que la palabra sugiere", dice bajando la voz. "A este consultorio llegan a diario mujeres, niñas, violadas con bastones, ramas, cuchillos, bayonetas. El terror colectivo es perfectamente explicable".
Ejemplos recientes. El más notable, una mujer de 87 años, violada por 10 hombres. Ha sobrevivido. Otra, de 69, estuprada por tres militares, tenía en la vagina un pedazo de sable. Lleva dos meses a su cuidado y sus heridas aún no cicatrizan. Casi se le va la voz cuando me cuenta de una chiquilla de 15 años a la que cinco "interahamwe" (milicia hutu que perpetró el genocidio de tutsis en Ruanda, en 1994, y luego huyó al Congo, donde ahora apoya al Ejército del Gobierno del presidente Kabila) raptaron y tuvieron en el bosque cinco meses, de mujer y esclava. Cuando la vieron embarazada la echaron. Ella volvió donde su familia, que la echó también porque no quería que naciera en la casa un "enemigo". Desde entonces vive en un refugio de mujeres y ha rechazado la propuesta de un pariente de matar a su futuro hijo para que así la familia pueda recibirla. La letanía de historias del doctor Tharcisse me produce un vértigo cuando me refiere el caso de una madre y sus dos hijas violadas hace pocos días en la misma aldea por un puñado de milicianos. La niña mayor, de 10 años, murió. La menor, de 5, ha sobrevivido, pero tiene las caderas aplastadas por el peso de sus violadores. El doctor Tharcisse rompe en llanto.
Es un hombre todavía joven, de familia humilde, que se costeó sus estudios de medicina trabajando como ayudante de un pesquero y en una oficina comercial en Kitangani. Lleva dos años sin ver a su familia, que está a miles de kilómetros, en Kinshasa. El hospital, de 50 camas y 8 enfermeras, moderno y bien equipado, recibe medicinas de Médicos Sin Fronteras, la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias, pero es insuficiente para la abrumadora demanda que tiene al doctor Tharcisse y a sus ayudantes trabajando 12 y hasta 14 horas diarias, 7 días por semana. Fue construido por Cáritas. La Iglesia católica y el Gobierno llegaron a un acuerdo para que formara parte de la Sanidad Pública. No se aceptan polígamos, ni homosexuales, ni se practican abortos. El salario del doctor Tharcisse es de 400 dólares al mes, lo que gana un médico adscrito a la Sanidad Pública. Pero como el Gobierno carece de medios para pagar a sus médicos, la medicina pública se ha discretamente privatizado en el Congo, y los hospitales, consultorios y centros de salud públicos en verdad no lo son, y sus doctores, enfermeros y administradores cobran a los pacientes. De este modo violan la ley, pero si no lo hicieran, se morirían de hambre. Lo mismo ocurre con los profesores, los funcionarios, los policías, los soldados, y, en general, con todos aquellos que dependen del Presupuesto Nacional, una entelequia que existe en la teoría, no en el mundo real.
Cuando el doctor Tharcisse se repone me explica que, después de las violaciones, la malaria es la causa principal de la mortandad. Muchos desplazados vienen de la altura, donde no hay mosquitos. Cuando bajan a estas tierras, sus organismos, que no han generado anticuerpos, son víctimas de las picaduras, y las fiebres palúdicas los diezman. También el cólera, la fiebre amarilla, las infecciones. "Son organismos débiles, desnutridos, sin defensas". Vivir día y noche en el corazón del horror no ha resecado el corazón de este congoleño. Es sensible, generoso y sufre con el piélago de desesperación que lo rodea. Desde la pequeña explanada de las afueras del hospital divisamos el horizonte de chozas donde se apiñan decenas de miles de refugiados condenados a una muerte lenta. "La medicina que todo el Congo necesita tomar es la tolerancia", murmura. Me estira la mano. No puede perder más tiempo. La lucha contra la barbarie no le da tregua.
II - LOS PIGMEOS. Debo a los pigmeos de Kivu Norte haberme librado de caer en manos de las milicias rebeldes tutsis del general Laurent Nkunda la noche del 25 de octubre de 2008. Yo había llegado el día anterior a Goma, la capital de Kivu Norte, y mis amigos de Médicos Sin Fronteras, gracias a los cuales he podido hacer este viaje, me habían organizado un viaje a Rutshuru (a tres o cuatro horas de esta ciudad) para visitar un hospital construido y administrado por MSF, que presta servicios a una gran concentración de desplazados y víctimas de toda la zona. La víspera de la partida, mi hijo Gonzalo, que trabaja en el ACNUR, me telefoneó desde Nueva York para decirme que sus colegas en el Congo me tenían prevista, para la mañana siguiente, una visita a un campo de pigmeos desplazados en las afueras de Goma. Aplacé un día el viaje a Rutshuru y, por culpa del general Nkunda, que ocupó aquella noche ese lugar, ya no pude hacerlo.
Los pigmeos, pese a ser la más antigua etnia congoleña, son los parientes pobres de todas las demás, discriminados y maltratados por unas y por otras. Fieles al prejuicio tradicional contra el otro, el que es distinto, leyendas y habladurías malevolentes les atribuyen vicios, crueldades, perversiones, como a los gitanos en tantos países de Europa. Por eso, en una sociedad sin ley, corroída por la violencia, las luchas cainitas, las invasiones, la corrupción y las matanzas, los pigmeos son las víctimas de las víctimas, los que más sufren. Basta echarles una mirada para saberlo.
El campo de Hewa Bora (Aire Bello), a una decena de kilómetros de Goma, acaba de formarse. Está en un suelo pedregoso y volcánico, de tierra negra, y parece increíble que en lugar tan inhóspito las 675 personas que han llegado hasta aquí, hace un par de meses, desde Mushaki, huyendo de las milicias de Laurent Nkunda, hayan podido hacer algunos cultivos, de mandioca y arvejas. Nos reciben cantando y bailando a manera de bienvenida: pequeñitos, enclenques, arrugados, cubiertos de harapos, muchos de ellos descalzos, con niños que son puro ojos y huesos y las grandes barrigas que producen los parásitos. Su baile y su canto, tan tristes como sus caras, recuerdan las canciones de los Andes con que se despide a los muertos. Aunque con cierta dificultad, varios de los dirigentes hablan francés. (Es una de las pocas consecuencias positivas de la colonización: una lengua general que permite comunicarse a la gran mayoría de los congoleses, en un país donde los idiomas y dialectos regionales se cuentan por decenas).
Escaparon de Mushaki cuando las milicias rebeldes atacaron la aldea matando a varios vecinos. Piden plásticos, pues las chozas que han levantado -con varillas flexibles de bambú, atadas con lianas, de un metro de altura más o menos, sobre el suelo desnudo y con techos de hojas- se inundan con las lluvias, que acaban de comenzar. Piden medicinas, piden una escuela, piden comida, piden trabajo, piden seguridad, piden -sobre todo- agua. El agua es muy cara, no tienen dinero para pagar lo que cuestan los bidones de los aguateros. Es una queja que oiré sin cesar en todos los campos de refugiados del Congo en que pongo los pies: no hay agua, cuesta una fortuna, ríos y lagos están contaminados y los que beben en ellos se enferman. Las personas que me acompañan, del ACNUR y de Médicos Sin Fronteras, toman notas, piden precisiones, hacen cálculos. Después, conversando con ellos, comprobaré la sensación de impotencia que a veces los embarga. ¿Cómo hacer frente a las necesidades elementales de esta muchedumbre de víctimas? ¿Cuántos más morirán de inanición? La crisis financiera que sacude el planeta ha encogido todavía más los magros recursos con que cuentan.
En el campo de Bulengo, que visito luego del de Hewa Bora, veo las raciones de alimentos, mínimas, que distribuyen a los refugiados. Un voluntario de Unicef me dice, la voz traspasada: "Tal como van las cosas con la crisis, todavía tendremos que disminuirlas". Médicos, enfermeros y ayudantes de las organizaciones humanitarias son gentes jóvenes, idealistas, que hacen un trabajo difícil, en condiciones intolerables, a quienes la magnitud de la tragedia que tratan de aliviar por momentos los abruma. Lo que más los entristece es la indiferencia casi general, en el mundo de donde vienen, el de los países más ricos y poderosos de la Tierra, por la suerte del Congo. Nadie lo dice, pero muchos han llegado, en efecto, en Occidente a la conclusión de que los males del Congo no tienen remedio.
Bulengo fue en 1994 el campamento del Ejército ruandés hutu que invadió el Congo después de perpetrar la matanza de cientos de miles de tutsis en el vecino país. Ahora es el eje de un complejo de 16 campos de desplazados y refugiados que con ayuda de la Unión Europea y de las organizaciones humanitarias da refugio a unas trece mil personas. Éstas pertenecen a diferentes grupos étnicos que conviven aquí sin asperezas. Aunque Bulengo está mucho más asentado y organizado que el de Hewa Bora, la calidad de vida es ínfima. Las chozas y locales, muy precarios, están atestados y por doquier se advierte desnutrición, miseria, suciedad, desánimo. La nota de vida la ponen muchos niños, que juegan, correteándose. Varios de ellos son mutilados. Converso con un chiquillo de unos 10 o 12 años que, pese a tener una sola pierna, salta y brinca con mucha agilidad. Me cuenta que los soldados entraron a su aldea de noche, disparando, y que a él la bala lo alcanzó cuando huía. La herida se le gangrenó por falta de asistencia, y cuando su madre lo llevó a la Asistencia Pública, en Goma, tuvieron que amputársela.
En Bulengo hay 48 familias de pigmeos, que, aparte de las protestas que ya hemos oído en Hewa Bora, aquí se quejan de que la escuela es muy cara: cobran 500 francos congoleños mensuales por alumno. La educación pública es, en teoría, gratuita, pero, como los profesores no reciben salarios, han privatizado la enseñanza, una medida tácitamente aceptada por el Gobierno en todo el país. En muchos lugares son los padres de familia los que mantienen las escuelas -las construyen, las limpian, las protegen y aseguran un salario a los profesores-, pero aquí, en los campos de refugiados, todos son insolventes, de modo que si se ven obligados a pagar por los estudios, sus hijos dejarán de ir a la escuela o ésta se quedará sin maestros.
En el campo hay muchos desertores de las milicias rebeldes. Uno de ellos me cuenta su historia. Fue secuestrado en su pueblo con varios otros jóvenes de su edad cuando los hombres de Laurent Nkunda lo ocuparon. Les dieron instrucción militar, un uniforme y un arma. La disciplina era feroz. Entre los castigos figuraban los latigazos, las mutilaciones de miembros (manos, pies) y, en caso de delación o intento de fuga, la muerte a machetazos. Me confirmó que muchos soldados del Ejército congoleño vendían sus armas a los rebeldes. Se escapó una noche, harto de vivir con tanto miedo, y estuvo una semana en la jungla, alimentándose de yerbas, hasta llegar aquí. En su pueblo, donde era campesino, tenía mujer y cuatro hijos, de los que no ha vuelto a saber nada porque el pueblo ya no existe. Todos los vecinos huyeron o murieron. Le pregunto qué le gustaría hacer en la vida si las cosas mejoraran en el Congo, y me responde, después de cavilar un rato: "No lo sé". No es de extrañar. En Bulango, como en Hewa Bora y en los campos de desplazados de Minova, la actitud más frecuente en quienes están confinados allí, y pasan las horas del día tumbados en la tierra, sin moverse casi por la debilidad o la desesperanza, es la apatía, la pérdida del instinto vital. Ya no esperan nada, vegetan, repitiendo de manera mecánica sus quejas -plásticos, medicinas, agua, escuelas- cuando llegan visitantes, sabiendo muy bien que eso tampoco servirá para nada. Muchísimos de ellos están ya más muertos que vivos y, lo peor, lo saben. Los campos son indispensables, sin duda, pero sólo si funcionan como un tránsito para la reincorporación a la vida activa, con oportunidades y trabajo. Si no, quienes los pueblan están condenados a una existencia atroz, parásita, que los desmoraliza y anula. Y éste es quizás el más terrible espectáculo que ofrece el Congo oriental: el de decenas de miles de hombres y mujeres a los que la violencia y la miseria han reducido poco menos que a la condición de zombies.
III - EL GALIMATÍAS CONGOLEÑO.
Y, sin embargo, se trata de un país muy rico, con minas de zinc, de cobre, de plata, de oro, del ahora codiciado coltán, con un enorme potencial agrícola, ganadero y agroindustrial. ¿Qué le hace falta para aprovechar sus incontables recursos? Cosas por ahora muy difíciles de alcanzar: paz, orden, legalidad, instituciones, libertad. Nada de ello existe ni existirá en el Congo por buen tiempo. Las guerras que lo sacuden han dejado hace tiempo de ser ideológicas (si alguna vez lo fueron) y sólo se explican por rivalidades étnicas y codicia de poder de caudillos y jefezuelos regionales o la avidez de los países vecinos (Ruanda, Uganda, Angola, Burundi, Zambia) por apoderarse de un pedazo del pastel minero congoleño. Pero ni siquiera los grupos étnicos constituyen formaciones sólidas, muchos se han dividido y subdividido en facciones, buena parte de las cuales no son más que bandas armadas de forajidos que matan y secuestran para robar.
Muchas minas están ahora en manos de esas bandas, milicias o del propio Ejército del Congo. Los minerales se extraen con trabajo esclavo de prisioneros que no reciben salarios y viven en condiciones inhumanas. Esos minerales vienen a llevárselos traficantes extranjeros, en avionetas y aviones clandestinos. Un funcionario de la ONU que conocí en Goma me aseguró: "Se equivoca si cree que el caos del Congo está en la tierra. Lo que ocurre en el aire es todavía peor". Porque tampoco en las alturas hay ley o reglamento que se respete. Como la mayoría de vuelos son ilegales, el número de accidentes aéreos, el más alto del mundo, es terrorífico: 56 entre julio de 2007 y julio de 2008. Por esa razón ninguna compañía aérea congoleña es admitida en los aeropuertos de Europa.
Como el principal recurso del país, el minero, se lo reparten los traficantes y los militares, el Estado congoleño carece de recursos, y esto generaliza la corrupción. Los funcionarios se valen de toda clase de tráficos para sobrevivir. Militares y policías tienden árboles en los caminos y cobran imaginarios peajes. A Juan Carlos Tomasi, el fotógrafo que nos acompaña, cada vez que saca sus cámaras alguien viene con la mano estirada a cobrarle un fantástico "derecho a la imagen". (Pero él es un experto en estas lides y discute y argumenta sin dejarse chantajear). Para viajar de Kinshasa a Goma debemos, antes de trepar al avión, desfilar por cinco mesas, alineadas una junto a la otra, donde se expenden ¡visas para viajar dentro del país!
No es verdad que la comunidad internacional no haya intervenido en el Congo. La Misión de las Naciones Unidas en el Congo (MONUC) es la más importante operación que haya emprendido nunca la organización internacional. La Fuerza de Paz de la ONU en el Congo cuenta con 17.000 soldados, de un abanico de nacionalidades, y unos 1.500 civiles. Sólo en Goma hay militares de Uruguay, India, África del Sur y Malaui. Visité el campamento del batallón uruguayo y conversé con su jefe, el amable coronel Gaspar Barrabino, y varios oficiales de su Estado Mayor. Todos ellos tenían un conocimiento serio de la enrevesada problemática del país. La inoperancia de que son acusados se debe, en realidad, a las limitaciones, a primera vista incomprensibles, que las propias Naciones Unidas han impuesto a su trabajo.
Las milicias de Laurent Nkunda, luego de capturar Rutshuru, comenzaron a avanzar hacia Goma, donde el Ejército congoleño huyó en desbandada. La población de la capital de Kivu Norte, entonces, enfurecida, fue a apedrear los campamentos de la Fuerza de Paz de la ONU (y, de paso, los locales y vehículos de las organizaciones humanitarias), acusándolos de cruzarse de brazos y de dejar inerme a la población civil ante los milicianos.
Pero el coronel Barrabino me explicó que la Fuerza de Paz, creada en 1999, según prescripciones estrictas del Consejo de Seguridad, está en el Congo para vigilar que se cumplan los acuerdos firmados en Lusaka que ponían fin a las hostilidades entre las distintas fuerzas rivales, y con prohibición expresa de intervenir en lo que se consideran luchas internas congoleñas. Esta disposición condena a las fuerzas militares de la ONU a la impotencia, salvo en el caso de ser atacadas. Sería muy distinto si el mandato recibido por la Fuerza de Paz consistiera en asegurar el cumplimiento de aquellos acuerdos utilizando, en caso extremo, la propia fuerza contra quienes los incumplen. Pero, por razones no del todo incomprensibles, el Consejo de Seguridad ha optado por esta bizantina fórmula, una manera diplomática de no tomar partido en semejante conflicto, un galimatías, en efecto, en el que es difícil, por decir lo menos, establecer claramente a quién asiste la justicia y la razón y a quién no. No tengo la menor simpatía por el rebelde Laurent Nkunda, y probablemente es falso que la razón de ser de su rebeldía sea sólo la defensa de los tutsis congoleños, para quienes los hutus ruandeses, armados y asociados con el Gobierno, constituyen una amenaza potencial. Pero ¿representan las Fuerzas Armadas del presidente Kabila una alternativa más respetable? La gente común y corriente les tiene tanto o más miedo que a las bandas de milicianos y rebeldes, porque los soldados del Gobierno los atracan, violan, secuestran y matan, al igual que las facciones rebeldes y los invasores extranjeros. Tomar partido por cualquiera de estos adversarios es privilegiar una injusticia sobre otra. Y lo mismo se podría decir de casi todas las oposiciones, rivalidades y banderías por las que se entrematan los congoleños. Es difícil, cuando uno visita el Congo, no recordar la tremenda exclamación de Kurz, el personaje de Conrad, en El corazón de las tinieblas: "¡Ah, el horror! ¡El horror!"
IV - LOS POETAS. Y sin embargo, pese a ese entorno, conocí a muchos congoleños que, sin dejarse abatir por circunstancias tan adversas, resistían el horror, como el doctor Tharcisse, en Minova. Placide Clement Mananga, en Boma, que recoge y guarda todos los papeles y documentos viejos que encuentra para que la amnesia histórica no se apodere de su ciudad natal (él sabe que el olvido puede ser una forma de barbarie). O Émile Zola, el director del Museo de Kinshasa, combatiendo contra las termitas para que no devoren el patrimonio etnológico allí reunido. A esta estirpe de congoleños valerosos, que luchan por un Congo civilizado y moderno, pertenecen los Poétes du Renouveau (Poetas de la Renovación), de Lwemba, un distrito popular de Kinshasa. Son cerca de una treintena, una mujer entre ellos, y aunque todos escriben poesía, algunos son también dramaturgos, cuentistas y periodistas.
Además del francés, la colonización belga dejó asimismo a los congoleses la religión católica. En el país hay también protestantes -vi iglesias evangélicas de todas las denominaciones-, musulmanes -en la región oriental- y varias religiones autóctonas, la mayor de las cuales es el kimbanguismo, así llamada por su fundador, Simon Kimbangu, enraizada sobre todo en el Bajo Congo. Pero, pese a la hostilidad que desencadenó contra ella el dictador Mobutu, a quien hizo oposición, la católica parece, de lejos, la más extendida e influyente. Iglesias y centros católicos son los focos principales de la vida cultural del país.
Los Poétes du Renouveau se reúnen en la iglesia de San Agustín, donde tienen una pequeña biblioteca, una imprenta y una amplia sala para recitales y charlas. Publican desde hace algunos años unas ediciones populares de poesía que venden a precio de coste y a veces regalan. Empeñados en que la poesía llegue a todo el mundo, se desplazan a menudo a dar recitales y conferencias literarias por toda la región. Asisto a un interesante encuentro, de varias horas, en el que discuten temas literarios y políticos. El francés que escriben y hablan los congoleños es cálido, cadencioso, demorado y, a ratos, tropical. Haciendo de diablo predicador, provoco una discusión sobre la colonización belga: ¿qué de bueno y de malo dejó? Para mi sorpresa, en lugar de la cerrada (y merecida) condena que esperaba oír, todos los que hablan, menos uno, aunque sin olvidar las terribles crueldades, la explotación y el saqueo de las riquezas, la discriminación y los prejuicios de que fueron víctimas los nativos, hacen análisis moderados, situando todo lo negativo en un contexto de época que, si no excusa los crímenes y excesos, los explica. Uno de ellos afirma: "El colonialismo es una etapa histórica por la que han pasado casi todos los países del mundo". Lo refuta otro, que lanza una durísima requisitoria contra lo ocurrido en el Congo durante el casi siglo y medio de dominio belga. Le responde un joven que se presenta como "teólogo y poeta" con una única pregunta: "¿Y qué hemos hecho nosotros, los congoleños, con nuestro país desde que en 1960 nos independizamos de los belgas?".
sábado, 17 de enero de 2009
Ser madre en países pobres es 300 veces más peligroso
C. C. - EL PAÍS, Madrid - 16/01/2009
El riesgo de morir durante el parto en Níger es de uno entre siete. En Irlanda, de uno entre 47.600. En países pobres, tener un hijo sigue suponiendo un gravísimo riesgo: es 300 veces más peligroso que en los países industrializados. El informe presentado ayer por Unicef, Estado Mundial de la Infancia 2009, pone el acento en la situación materna y neonatal: cuatro millones de recién nacidos (hasta 28 días) mueren cada año por causas fácilmente evitables.
El documento resalta avances en salud infantil. En los últimos años se ha reducido la mortalidad en menores de cinco años, pero no en recién nacidos. En el primer mes de vida se producen el 40% de los fallecimientos hasta los cinco años. La presidenta del Comité Español de Unicef, Consuelo Crespo, hizo hincapié en la relación directa entre la salud de madres e hijos: "Si todas las mujeres contasen con servicios básicos de asistencia, las muertes bajarían un 80%".
Las infecciones suponen el 36% de las muertes en recién nacidos, principalmente el tétanos, la gastroenteritis y la neumonía. El informe indica que la prevención es posible: buenos hábitos de higiene, atención sanitaria, una adecuada alimentación de la madre y la reducción de embarazos en menores de 15 años, frenarían drásticamente el problema.
El riesgo de morir por el embarazo es 300 veces mayor entre las mujeres de los países pobres
El 80% de los fallecimientos podrían evitarse con el acceso de las mujeres de las naciones en desarrollo a servicios básicos de salud
EFE - EL PAÍS, Ginebra - 15/01/2009
El 99% de las muertes de mujeres como consecuencia del embarazo y sus complicaciones se producen en el mundo en desarrollo, donde tener un hijo sigue implicando un grave riesgo. Así lo subraya el informe anual Salud materna y neonatal presentado hoy por Unicef, que constata que las mujeres de los países pobres tienen 300 veces más posibilidades de morir durante el parto o por complicaciones derivadas del embarazo que las de las naciones industrializadas. Los niños y niñas nacidos en un país en desarrollo tienen 14 veces más probabilidades de morir durante su primer mes de vida que un niño o niña nacido en el primer mundo.
UNICEF
(Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia)A FONDO
- Sede:
- Nueva York (Estados Unidos)
- Directivo:
- Carol Bellamy (Directora)
"Todos los años, más de medio millón de mujeres mueren como resultado de complicaciones en el embarazo o parto, entre ellas 70.000 adolescentes de 15 a 19 años", ha declarado Ann Veneman, directora ejecutiva de Unicef, al presentar el informe en Ginebra (Suiza). "Desde 1990 [año de referencia de los Objetivos de Desarrollo del Milenio de la ONU], las complicaciones derivadas del embarazo han costado la vida a alrededor de 10 millones de mujeres", ha agregado. Y desde 1990, unos cuatro millones de recién nacidos han muerto cada año durante los primeros 28 días de su vida. Aunque muchos países han logrado en los últimos años grandes progresos para mejorar la tasa de supervivencia infantil, los avances han sido menores en la reducción de la tasa de mortalidad materna, destaca el informe de Unicef.
Así, en el tercer mundo, el riesgo que corre una mujer de morir por causas relacionadas con la maternidad es de 1 entre 76, en comparación con la probabilidad de 1 entre 8.000 en los países desarrollados. La gran mayoría de los fallecimientos se producen en África y Asia, donde las elevadas tasas de fecundidad, la escasez de personal capacitado y unos sistemas de salud ineficientes representan una tragedia para muchas mujeres jóvenes.
Según el informe, los diez países donde el riesgo de mortalidad materna son Níger, Afganistán, Sierra Leona, Chad, Angola, Liberia, Somalia, la República Democrática del Congo, Guinea-Bissau y Mali. En Níger, el país que tiene el dudoso honor de ocupar el primer puesto en este ránking, una de cada siete mujeres corre el riesgo de morir en el embarazo o parto. India y Nigeria suman una tercera parte de las muertes de mujeres por causas relacionadas con la maternidad. Y por cada mujer que muere en el mundo, otras 20 sufren enfermedades o lesiones como consecuencia del embarazo o el parto, a veces con resultados graves y duraderos. También el embarazo y la maternidad prematuros representan un peligro considerable para la salud de las niñas.
Frente a estas alarmantes cifras, el informe destaca que un 80% de los fallecimientos se podrían prevenir si las mujeres tuvieran acceso a los servicios básicos de salud. "La mayor parte de las muertes maternas y neonatales se pueden evitar por medio de intervenciones de eficacia demostrada, que incluyen una nutrición adecuada, una mejora de las prácticas de higiene, atención prenatal, la presencia de trabajadores capacitados de la salud en los alumbramientos, atención obstétrica y neonatal de emergencia, y visitas posnatales para las madres y los recién nacidos", ha subrayado Veneman.
viernes, 19 de septiembre de 2008
Selección de películas y documentales en "Letras comprometidas" ***
http://www.letrascomprometidas.com/index.php?option=com_content&task=blogcategory&id=0&Itemid=30
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Bill Haney EUA, 2008 90min
Debora Koons Garcia EEUU, 2004 56min.
Aaron Woolf EEUU, 2008 90min.
Marcelo Viñas Argentina, 2006 51min.
Michael Moore 123 min. 2004
Jonathan Ben Efrat WACC Global, 2008
Yariv Mozer USA, 2008 82 min.
Chris Smith, Dan Ollman, Sarah Price USA, 2003 97 min
Nikolaus Geyrhalter Alemania/Austria, 2005 90 min.
Projecte de Fundació Quepo (Querer es poder), 2007
Lucinda Torre Espanya, 2008 112 min.
Hilla Medalia Israel/USA, 2007 75min.
Big Noise Film 74min.
Nicolas Rossier Ediciones del Caracol-DVD 60 min
Exposició sobre les condicions de vida i de treball dels nens i de les nenes de Llatinoamèrica. CCOO, 2005.
Kief Davidson y Richard Ladkani Alemania, EUA y España, 2005 82'
Micha X. Peled USA, 2005 86'
Kim Longinotto y Florence Ayissi Reino Unido y Camerún, 2005 104 min.
Jia Zhang-Ke Hong Kong-China, 2006 108 min.
Luis Mandoki Méjico, 2004 120 min.
Tania Hermida Ecuador, 2006 92 min.
Sebastián Moreno Estreno: 7/09/2007 80 min.
Marco Tullio Giordana Estreno 17/08/2007 120 min.
Edward Zwick EEUU 2006
La película, producida por Javier Bardem con el apoyo de Médicos Sin Fronteras, retrata cinco historias sobre cinco crisis olvidadas dirigidas por Wim Wenders, Isabel Coixet, Fernando León de Aranoa, Mariano Barroso y Javier Corcuera. El film se podrá ver a partir del 9 de marzo en los cines Yelmo Cineplex Ideal y Verdi en Madrid, y en los Casablanca-Gràcia y Verdi en Barcelona. En Valladolid, el documental estará en los cines Broadway a partir del viernes 16 de marzo.
Chema Rodríguez Guatemala, 2006 90 min.
Barak y Tomer Heymann Israel, 2006 55 min.
Carlos Estevez Serie documentales emitidos TVELa2, 2006 60min/capítulo 



Fernando Meirelles Brasil, 2003 130 min.

