"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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domingo, 19 de diciembre de 2010

La era de las posibilidades

Occidente sufre la insistente sensación de que su tiempo ha pasado; fuera, muchos países creen que ha llegado el suyo o que está cerca. Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional siguen necesitando una reforma que refleje el cambio del orden mundial

LA VANGUARDIA 17/12/2010
Roger Cohen

Roger Cohen es columnista de temas mundiales del The New York Times y del International Herald Tribune
La caída del Muro de Berlín liberó a Europa, pero su mayor impacto apenas se ha evidenciado en la primera década del siglo XXI. En nuestro vértigo, no vimos el derrumbe de otros muros: por ejemplo entre Turquía –país miembro de la OTAN– y Siria, entonces aliado soviético, donde por lo menos 60.000 minas terrestres sellaron en su día una frontera de casi 870 kilómetros y donde alrededor de 2.000 millones de dólares fluyen anualmente en transacciones comerciales a lo largo de una línea divisoria exenta de visados. Países satélites y ex repúblicas de la antigua Unión Soviética, como Bulgaria y Georgia, también descubrieron a la vecina Turquía. Abandonando su papel de confín de Occidente, Turquía se ha convertido rápidamente en eje central de Eurasia.

Un África destrozada en los días de la guerra fría por la batalla entre representantes soviéticos y estadounidenses, aprendió a mirar allende muros ideológicos, permitiendo no solo algunos hallazgos de buena vecindad –Sudáfrica y Mozambique– sino también el desarrollo del comercio con China, que ha aumentado pasando de 10.000 millones de dólares en el año 2000 a muy por encima de 100.000 millones de dólares en la actualidad. Se espera que África crezca un 5.2% en este próximo 2011, más del doble del ritmo pronosticado para Estados Unidos y Europa. El director ejecutivo de Coca-Cola ha identificado al continente africano como una de las principales prioridades de inversión de la empresa.

Estos cambios forman parte de las corrientes más profundas y pausadas, aunque invisibles, que manaron de Berlín.

Si Occidente vibraba de emoción hace dos décadas por recibir a una Europa libre y completa, actualmente está mucho menos satisfecho con un mundo donde se le pasa por alto más fácilmente. El austero menú fijo de relaciones de la guerra fría se ha convertido en un extravagante à la carte. ¿Qué podemos decir de las uniones matrimoniales peruano-indios? El papel central estadounidense se ha desgastado, Europa se ha vuelto políticamente marginal y Japón, miembro honorario de Occidente, es simplemente deprimente. “¿Dónde está nuestra influencia?”, se quejan los diplomáticos occidentales. Muchas veces tienen muy poca, como en el caso de Irán.

En otras partes, empero, hay entusiasmo y emoción. Latinoamérica, superando viejos reflejos y resentimientos, comercia ahora con China e India, explora nuevas oportunidades en África y poco le importa que Estados Unidos esté muy agobiado por la guerra y la incertidumbre como para prestarle mucha atención. “Una Latinoamérica con mayor confianza en sí misma no está descontenta con la atención de Estados Unidos en otra parte”, me dijo Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo. “Atiende en cambio a Asia, cuyo interés en la región es enorme. La cooperación sur-sur crece al tiempo que no se ratifican acuerdos de libre comercio colombianos y panameños con Estados Unidos”, señaló.

En la actualidad, una división mundial esencial se abre entre un Occidente preocupado, deprimido y desorientado (donde el libre comercio se traduce en una pérdida de empleo) y el boyante, aventurero y cada vez más confiado mundo emergente de países como Brasil, Turquía y Sudáfrica. Occidente padece la insistente sensación de que su tiempo ha pasado; fuera de él, muchos países creen que ha llegado el suyo o que está cerca.

Aunque se habla de una nueva Era de Ansiedad, la neurosis de hecho está bastante circunscrita. Ciertamente, la desazón es patente en Estados Unidos, que sigue siendo, y con mucho, la economía más grande del mundo, y también es compartida por la Unión Europea. Los problemas que padecen –crecientes déficits, alto desempleo, envejecimiento de los baby boomers y esporádico rechazo de los inmigrantes– son espinosos. El exceso ha dado paso a la angustia. El apetitoso dinero se ha agotado.

Sin embargo, la gran mayoría de la población mundial vive fuera de estos exhaustos y sobrecargados enclaves. Para miles de millones de seres humanos, las oportunidades se amplían en lugar de contraerse, aunque de manera muy desigual. De hecho, cabe afirmar que esta es la nueva Era de las Posibilidades.

Estos cambios espectaculares entrañan peligros. Consideremos la irrupción de la Alemania de finales del siglo XIX en el escenario europeo como Estado-nación unificado y el siglo de baño de sangre y enfrentamientos que supuso solucionar la cuestión alemana. Tengamos en cuenta las convulsiones globales que cimentaron el auge de Estados Unidos en el siglo XX y el declive del imperio británico.

No creo que la transición de poder actualmente en marcha sea menos dramática. China es un enorme solar en construcción que apunta al pleno desarrollo para mitad de siglo y a un posible dominio en el año 2100. Ya ha producido una fenomenal riqueza. En otoño pasado conversé con Eric de Rothschild, quien dirige Château Lafite-Rothschild, la soberbia bodega de vinos bordeleses. “Conozco a gente que compró cajas de la cosecha 1982 y que ansiaba consumirlas”, me dijo. “Ahora, gracias a lo que los chinos están dispuestos a pagar, confían en comprarse un piso con las ganacias de su venta”, afirmó.

Llámesele agitación mundial: nueva riqueza que reemplaza a la vieja. Pero, por supuesto, resulta perturbador.

Estadounidenses y europeos de clase media observan cómo desaparecen empleos temporales en Guangzu o Bangalore; contemplan la pérdida de valor de casas para cuya compra pidieron prestadas enormes sumas; siempre han de trabajar más para mantener su nivel de vida y dar a sus hijos la educación exigida por un mundo moderno y que demandan las nuevas tecnologías; perciben una creciente desigualdad y ven que sólo los ricos se enriquecen; se preguntan si durarán los derechos sociales básicos, como la asistencia médica y las pensiones. Están sobreendeudados y, al parecer, son prescindibles. En resumen, se identifican con el personaje del cuadro El grito, de Edvard Munch. Y así comienza la búsqueda de chivos expiatorios y avanzan los movimientos políticos que los identifican. El próspero Tea Party es un movimiento estadounidense, pero muchas de sus pócimas se beben en la Europa del holandés Geert Wilders.

Sin embargo, no estoy preocupado en exceso. Esta impetuosa transformaciónde principios del siglo XXI se lleva a cabo con un puñado de ingredientes singulares que me hacen confiar en que la violencia que habitualmente ha acompañado estos cambios drásticos pueda evitarse.

El primero es el tejido de redes sociales que ahora se extiende por el mundo. Los quinientos millones de usuarios de Facebook constituyen cierto tipo de seguro contra la disgregación. Tal vez sea demasiado intangible como para satisfacer a las aseguradoras, pero no es despreciable. Estar en contacto mediante sistemas que borran las fronteras nacionales dificulta incurrir en conflictos violentos a gran escala según las líneas divisorias.

El segundo son las guarniciones estadounidenses en Asia que, situadas en un área de cambio más rápido, compensan el auge de China y tranquilizan a otras potencias. La Pax Americana todavía no ha muerto.

El tercero es el cansancio de Estados Unidos por la guerra casi una década después del 9 de septiembre de 2001; el período de atrincheramiento inaugurado por el presidente Barack Obama perdurará cierto tiempo.

El cuarto es la obsesión china con la estabilidad global. Se juzga en Pekín como el sine qua non del 9% de crecimiento anual que, a la vez, sostiene al gobierno del Partido Comunista.

Y el quinto es la profunda interdependencia de los vínculos chino-estadounidenses, una relación tan importante para cada parte que su ruptura es casi inconcebible.

Por tanto, existen importantes fuerzas estabilizadoras conforme cobra vida un nuevo mundo. Por eso el paradigma son las posibilidades. Pero aun bajo el gobierno de Obama presiento un Estados Unidos más inclinado a preservar la creencia en la influencia que tuvo que a aceptar los ajustes exigidos por el reequilibrio del poderío mundial. Tal actitud alimenta tensiones.

Las principales instituciones del mundo, como la Organización de las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional, siguen necesitando una reforma que refleje el cambio del orden mundial. El G 20, sin el respaldo de ninguna estructura profesional significativa, representa un paso, pero inadecuado. La inestabilidad de las monedas está motivando una creciente preocupación sin ninguna señal de acuerdo sobre cómo solucionarla.

La perspectiva convencional de Estados Unidos hacia Oriente Medio –el tipo de mentalidad que ve a la nueva Turquía como insuficientemente ligada a Occidente, o que se imagina que la doble moral de tolerar el arsenal nuclear de Israel pasa inadvertida, o que afirma que ningún sector de los amplios movimientos políticos Hizbulah y Hamas podría ser llamado a participar de modo fructífero, o que se imagina que la opción de bombardear Irán no es una receta para un desastre casi inimaginable– sigue necesitando de una sacudida, sobre todo en el Capitolio.

Como consecuencia, Obama no ha sido un agente de cambio tan importante como sugerían sus discursos iniciales. El muro que parte Tierra Santa desaira la esperanza. El presidente estadounidense cada vez se parece más a un hombre inseguro sobre sus convicciones esenciales sobre quien se proyectó un erróneo idealismo en momentos en que Estados Unidos ansiaba una renovación.

En otros lugares, la renovación es real. Es palpable en Turquía, donde la tasa de crecimiento alcanzará el 7% este año. Todavía se libra una batalla entre el ardiente secularismo de Ataturk, fundador de la república moderna, y el islam moderado del gobernante PKA, pero en general me parece gratificante: la mezcla turca de ambas corrientes ideológicas es tonificante y es un recordatorio de cuánto disparate se vocifera sobre la supuesta incompatibilidad del islam con la modernidad. Estambul tal vez sea el principal revés mundial para los discípulos del punto de vista mundial del choque de civilizaciones.

Mientras aún se lucha por la esencia de Turquía, el nuevo panorama del país parece claro. “La geografía de Turquía es tal que no acepta la división Oriente-Occidente o Norte-Sur”, me dijo en una entrevista Ahmet Davutoglu, ministro de Asuntos Exteriores. “Estamos en Occidente, pero también somos uno de los principales protagonistas en Asia y Oriente Medio. Intentamos una normalización de la historia. La guerra fría fue una anomalía. El ‘telón de acero’ no estaba sólo en Berlín sino a nuestro alrededor. Por tanto, no teníamos buenas relaciones con nuestros vecinos”, precisó el ministro.
“Y observamos que para ser influyentes en nuestra región hay que tener una nueva imagen y expresarse con sinceridad, sin imponer nada”, continuó. Davutoglu está cansado de lo que considera una doble moral occidental: “Cuando participamos activamente en Afganistán, no nos dicen que nos estamos inclinando a Oriente. Afganistán es más oriental que Irán. Pero en lo relativo a Afganistán, a todo mundo agrada que estemos en Oriente”.

En 2011 se cumplirá el décimo aniversario del devastador ataque de Al Qaeda en Estados Unidos que dejó casi tres mil muertos en Nueva York y Washington. Contra la opinión de moda, Estados Unidos no invadió Afganistán –recuérdese la estrategia de la guerra argelina– por un motivo fútil. Resuenan las palabras de Kipling, casi 102 años después:

“Los puertos en los que no entraremos,
Los caminos que no pisaremos,
Anda, hazlos con tu vida
Y márcalos con tu muerte”.


Los límites del poderío de Estados Unidos en la actualidad son notablemente claros, aun cuando la forma en que se repartirá el poder en este siglo todavía joven, y con qué fin, sigue siendo una cuestión sin resolver; efectivamente, es un asunto escasamente abordado por aquellos a quienes –ya sean temerosos o dominadores– interesará e involucrará.

jueves, 9 de diciembre de 2010

El ethos esclavista y la economía africana

Sanou Mbaye


La caída de los precios de los recursos naturales de África,que produjo déficits crónicos en el pasado, se ha revertido. El consumo, impulsado por la enorme demanda asiática de productos básicos africanos, aumenta en todo el continente. Para gran parte de África,este giro de los acontecimientos debería suponer marcar una distancia decisiva con la pobreza endémica. Sin embargo, a menos que los líderes africanos modifiquen su manera de actuar, eso no ocurrirá.

Se estima que Áfricaposee más de un 10% de las reservas globales de petróleo y un tercio de las de cobalto y metales básicos. Por sí sola, Sudáfrica posee un 40% del oro mundial, cuyo valor está por las nubes desde el comienzo de la crisis financiera mundial. Apenas se ha aprovechado el potencial agrícola de África.

Es improbable que disminuya la demanda de largo plazo de productos básicos, tierras y mano de obra africanas. China, que ha quintuplicado el comercio con África desde el 2003, ha tenido un papel fundamental en este giro, que ha llevado a los inversionistas de otros lugares, incluidos Europa y EE. UU., a reconsiderar su forma de invertir en África.Esto se ha traducido en un flujo constante de inversiones por valor de muchos miles de millones de dólares en la región. Como resultado, el FMI pronostica un crecimiento del 4,7% del PIB en el Áfricasubsahariana este año, y de casi un 6% en el 2011.

Lamentablemente, si bien la dirección del comercio africano puede estar cambiando, no ocurre así con su composición: exportaciones de materias primas e importaciones de bienes manufacturados. Hace cientos de años, los reyes africanos de hecho colaboraron con las potencias imperiales occidentales en ascenso para detener el crecimiento de la industria local en el África precolonial. En lugar de hacer que sus pueblos comenzaran a manufacturar sus propios productos, estos gobernantes prefirieron importarlos desde Europa a cambio de sus propios súbditos, que exportaron como esclavos.

En ese entonces, los productos importados eran principalmente abalorios, alcohol y - lo más importante-armas, que permitían a estos gobernantes ejercer una extrema violencia sobre sus pueblos. Sin duda, se trataba de un sistema que beneficiaba a los socios de África,pero no habría existido sin la participación activa y voluntaria de las elites africanas.

Cuando se abolió la esclavitud a mediados del siglo XIX, los términos de las relaciones de colaboración de estos gobernantes con los colonizadores occidentales pasaron del comercio de esclavos al de productos básicos. Tras la independencia, a principios de los años sesenta, en plena guerra fría, varios gobernantes africanos aprovecharon el enfrentamiento de Occidente contra el bloque socialista para mantener sus economías predatorias. Hoy buscan lo mismo con la ayuda principalmente de China, pero también de Irán, Venezuela y ocasionalmente India y Brasil.

Las redes de las elites siguen conspirando con los intereses extranjeros para canibalizar sus economías y conservar las prebendas del poder. Su falta de valoración de los productos locales se extiende a la salud y la educación: en lugar de invertir en estos sectores vitales, los gobernantes africanos utilizan los servicios de centros hospitalarios y de formación para ellos mismos y sus hijos.

Esta cultura de explotar a voluntad los recursos humanos y naturales de África- no con un espíritu de empresa y la creación de riqueza, sino mediante políticas predatorias-está profundamente arraigada. De hecho, los pocos sindicalistas, intelectuales y demás que desafían a estos regímenes no intentan cambiar la manera en que funciona el Estado, sino asegurarse de, en sus palabras, lograr su "turno de comer".

Se podría esperar que las oenegés cubrieran la brecha. No es así. Si bien unas pocas han logrado grandes resultados en el combate de los males que sufren los pobres de África,se percibe a la vasta mayoría como una quinta columna de Occidente o un refugio para miembros alternativos de la elite, que usan la pobreza generalizada como otra fuente de lucro.

Según las estimaciones publicadas en el Financial Times el 1 de junio, al menos 854 millardos de dólares (702,6 millardos de euros) han salido de África desde 1970 como fuga acumulada de capitales. Sin embargo, esta suma es nada en comparación con las cicatrices asociadas con la visión que se tiene de los africanos como los "desdichados del mundo". Aparte de las regiones asoladas por la guerra, sólo África posee tantos jóvenes - cerca del 60% de la población-dispuestos a correr cualquier riesgo por escapar de sus países. Al inicio del nuevo milenio, un grupo de líderes religiosos africanos se reunió en la isla senegalesa de Gorée para invitar a los africanos a evaluar su parte de responsabilidad en el tráfico de esclavos.

El llamamiento cayó en saco roto, a tono con la atmósfera de autoengaño que existe sobre el asunto. Sin embargo, no se puede cerrar los ojos a la verdad. Áfricaafronta una crisis de liderazgo y gobierno, debido a un carácter esencialmente disfuncional. Si los africanos quieren cambiar esta situación, no pueden cerrarse a un debate colectivo acerca de la complicidad de sus elites en el empobrecimiento general.

LA VANGUARDIA 21-XI-10

Sanou Mbaye, economista senegalés, ex miembro equipo alta gerencia Banco Africano Desarrollo, lavanguardia

lunes, 11 de enero de 2010

El rapto de África


Por José Antonio Miquel Silvestre, registrador de la propiedad (EL PAÍS, 14/08/09)

Europa sufrió el rapto de un Zeus transmutado en toro. El dios tronante de los griegos se las gastaba así cuando quería satisfacer sus pulsiones. África está teniendo todavía peor suerte. Colonizada, empobrecida, asolada por guerras y regímenes corruptos durante décadas, ahora le ha tocado ser fructífera granja para inversores internacionales y Gobiernos extranjeros que no siempre toman en consideración las necesidades y derechos de la población local. Los africanos corren hoy el riesgo de quedarse otra vez sin su propia tierra.
Lo primero que llama la atención al recorrer África es la cantidad de gente que hay por todas partes. Especialmente niños y jóvenes. Kenia, por ejemplo, es un país superpoblado con más de cuarenta millones de habitantes, la mayoría de los cuales tiene menos de cincuenta años. Etiopía acoge setenta y cinco millones y Nigeria supera los noventa. La población crece de forma continuada año tras año.

Viajando por carretera no se ven tierras sin cultivar ni espacios desaprovechados. La ganadería es extensiva y las pequeñas parcelas fértiles se aprovechan al máximo. La necesidad esencial es comer y la agricultura es mayoritariamente de subsistencia, salvo en aquellos países donde una minoría blanca explota grandes superficies agrícolas, como ocurre en Suráfrica, Namibia y Zimbabue, aunque en este país los problemas vienen por la irracional huida hacia adelante de Mugabe cuando hace unos años alentó la toma de las granjas y condenó a su país al desabastecimiento de productos básicos.

Un reciente informe de la FAO reconoce un aumento significativo de la adquisición de tierras de labor por grandes corporaciones internacionales. En 2006, la inversión directa extranjera realizada por empresas y Gobiernos en el África subsahariana superó los 17.000 millones de dólares, los 22.000 en 2007 y en 2008 se llegó al récord de 30.000. Muchas de estas inversiones se canalizan a través de sociedades formalmente privadas pero controladas por Gobiernos; son las State-Owned Enterprises (SOE). Ejemplos, la saudí Aramco, la kuwaití Petroleum Corporation o la francesa EDF. Sin olvidarse del caso de China. No se puede saber el grado exacto de control que el Gobierno chino tiene sobre las empresas; la frontera entre público y privado es difusa, pero se calcula que las 30 mayores multinacionales chinas son SOEs. Hoy los chinos están por toda África, construyendo edificios, comerciando, reparando carreteras y comprando tierras.

Este fenómeno inversor se debe al aumento del precio de los productos agrícolas y a la demanda de biocombustibles. En ocasiones, la compra de tierras en el extranjero se contempla como un asunto de seguridad nacional. El crecimiento de la población, la expansión urbanizadora y los cambios dietéticos en el mundo desarrollado, con unos consumos de carne inéditos, han hecho que la demanda global de alimentos se esté disparando. Algunos países, como China o Arabia Saudí, temen no poder alimentar a su población en un futuro próximo. El cambio climático está agravando esta preocupación. El incremento del precio de alimentos básicos en 2007 ha provocado malestar social y disturbios en al menos 33 países, según un reciente informe del Banco Mundial.

Los inversores dan por sentado que la tierra en África es barata y abundante. Los satélites dan unas estimaciones de unos 227 millones de hectáreas cultivables. Sin embargo, la propia FAO reconoce que la tierra africana no carece de dueño y que es frecuentemente objeto de reclamación o litigio. Recientemente tuve ocasión de conocer al Nuncio de su Santidad en Nairobi por un asunto relacionado con una ONG española que quería construir un hospital servido por monjas en un terreno cedido por un político local. Todas las preguntas que hizo estaban relacionadas con el título de propiedad y la naturaleza del contrato de cesión. En Kenia el asunto del reparto y titularidad de la tierra genera no pocos conflictos étnicos, que a veces estallan violentamente. No se puede tomar en serio la afirmación de que la mayoría de la tierra cultivable está infrautilizada o en desuso. Otra cosa es que los gobiernos locales y los inversores extranjeros tengan poco interés en reconocer usos tradicionales y derechos de terceros.

Los acuerdos de adquisición se celebran normalmente entre el inversor y el proveedor de la tierra, que casi siempre es el Gobierno y no el agricultor directamente afectado. Sin embargo, el principio de Consentimiento Previo e Informado, reconocido en el artículo 32 de la Declaración de Naciones Unidas de los Derechos de los Pueblos Indígenas, supone que las comunidades tienen derecho a decidir sobre las propuestas de desarrollo. Casi todos los países de África lo recogen en su legislación y casi todas las empresas aseguran respetarlo. Pero una cosa es la letra y otra cómo se aplica en la práctica. El caso de Mozambique resulta esclarecedor. Un importante proyecto de biocombustibles se negoció sin ofrecer información relevante por adelantado; las reuniones se tuvieron sólo con líderes; las actas de las reuniones no reflejaron fielmente las opiniones de la comunidad; las explicaciones de los costes y beneficios del proyecto fueron imprecisas. Y por último, pero no por ello menos relevante, las mujeres ni fueron consultadas ni firmaron los acuerdos.

En gran parte de África la tierra está nacionalizada o controlada por el Estado. El Banco Mundial estima que sólo entre el 2% y el 10% pertenece a propietarios particulares. Las razones de tan escasa propiedad privada formalizada son los complejos, caros y largos procedimientos de adquisición legal. Pero los derechos sin formalizar podían verse amenazados. El Estado es quien se presenta como legítimo propietario. La cuestión es relevante, pues existe una gran diferencia entre ser considerado usuario o dueño, especialmente a efectos compensatorios. En la práctica, estas grandes adquisiciones funcionan como expropiaciones. La falta de titulación y de registros públicos fiables facilita que muchos afectados no sean tenidos en cuenta en el proceso. Ser tratado como mero usuario y no como propietario debilita la calidad del activo expropiado y la cuantía de lo que se considera una justa compensación.

El informe reconoce que los títulos de propiedad son muy escasos en las áreas rurales y que la actual ola de inversiones tiene lugar en un contexto de inseguridad jurídica que hace muy vulnerable a la población local. La FAO recomienda reforzar e implementar los sistemas de titulación, registros de la propiedad y la seguridad jurídica de los derechos sobre la tierra como mecanismos para proteger a los africanos frente a la arbitraria privación de sus bienes. Estas medidas les ayudarían a proveerlos de un activo económico que pudieran utilizar en sus negociaciones y de una salvaguarda frente a confiscaciones y desalojos. Se trataría de una política similar a la afrontada por Lula da Silva en Brasil cuando prometió entregar títulos a los usuarios de las favelas.

La FAO considera esencial estos mecanismos para otros fines: la transparencia y la igualdad de acceso a la información para todos los operadores y afectados. La realidad apreciada por los investigadores de Naciones Unidas es que estos tratos e inversiones se han gestado en secreto, lo que favorece la corrupción y los abusos. El informe reconoce enormes dificultades para acceder a los datos, resultando incluso problemático obtenerlos de los registros de la propiedad en aquellos países donde existen. En la mayoría de casos, no fue posible conocer a través de fuentes oficiales ni el tamaño, ni la forma ni la localización exacta de las inversiones extranjeras.

África no puede sufrir un rapto menos romántico todavía que el de Europa a manos de Zeus. Siempre habrá quien pretenda aprovecharse de la ignorancia y buena fe de sus gentes. La falta de instituciones creíbles a quien más perjudica es a los propios africanos y a las comunidades indígenas. Es un imperativo ético para Occidente fomentar el desarrollo sostenible de su fértil tierra en beneficio de los propios africanos. Para ello, como recomienda la FAO, debemos ayudarles a levantar y a usar creíbles instituciones de seguridad jurídica como las que nosotros disfrutamos. Sólo de ese modo la compleja realidad social africana será también visible desde los despachos y los más altos rascacielos.

martes, 21 de abril de 2009

África paga los platos rotos.El continente olvidado


La crisis mundial frena en seco las esperanzas de desarrollo en los países más pobres y amenaza con provocar conflictos sociales

J. P. VELÁZQUEZ-GAZTELU EL PAÍS, 22/03/2009


"Cuando empezó esta crisis, la gente de los países en desarrollo, especialmente los africanos, eran meros testigos inocentes, pero ahora no tienen más remedio que sufrir sus duras consecuencias". Las palabras de Ngozi Okonjo-Iwela, directora gerente del Banco Mundial y ex ministra de Economía de Nigeria, ilustran la creciente preocupación por el impacto devastador que una crisis nacida en los países ricos está empezando a tener en el mundo en desarrollo, sobre todo en África subsahariana.

La recesión en los países ricos hace caer la demanda de materias primas

El FMI rebaja hasta el 3% la previsión de crecimiento para el continente

Una vez más, los africanos son víctimas de un desastre causado por otros. No son responsables de la falta de controles en los mercados mundiales, ni de la voracidad de los bancos que han desencadenado el crash financiero, pero pueden acabar siendo los que más sufran sus consecuencias.

La crisis llega a África justo cuando su economía daba señales de levantar la cabeza: las exportaciones aumentaban, y con ellas las reservas internacionales. La inflación comenzaba a estar bajo control y las cuentas públicas se equilibraban. Incluso se hablaba ya de los guepardos africanos, el equivalente a los tigres asiáticos de los años noventa. Y por si fuera poco, la pobreza comenzaba a retroceder y los regímenes democráticos iban consolidándose. Había esperanzas de que, por fin, el continente entraba en la senda del desarrollo.

Pero la crisis desencadenada por las hipotecas basura en EE UU lo ha cambiado todo. "Vamos a afrontar el equivalente económico de un tsunami, y si no lo controlamos, los progresos hechos en los últimos años en toda África pueden irse al traste", afirmó el ex secretario general de la ONU, Kofi Annan, al inaugurar la semana pasada una conferencia convocada por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en Dar es Salaam (Tanzania) para analizar los efectos de la crisis en el continente africano. "Cuando el colapso global era visto como algo fundamentalmente financiero, muchos pensaron que África se salvaría, pero no tuvieron en cuenta lo que significa la globalización y cómo nuestras economías, nuestros países y nuestra suerte están interconectados. África está ahora en primera línea", dijo Annan.

¿Qué ha cambiado? Con la economía mundial a las puertas de su primera recesión en 60 años, la demanda de materias primas africanas -oro, petróleo, zinc, cobre...- ha caído drásticamente y ha mermado los ingresos por exportaciones de los países productores. En Suráfrica, cargamentos de hierro, aluminio y manganeso se apilan en los puertos a la espera de destino. La vecina Botswana ha perdido en un año el 90% de los ingresos por la exportación de diamantes, base de su economía.

Floreciente durante los primeros años de la década, la inversión extranjera también ha comenzado a resentirse, y las dificultades para acceder al crédito empiezan a ser insalvables para particulares y empresas. El emergente sector privado africano, uno de los pilares del crecimiento de los últimos años, puede perder en un abrir y cerrar de ojos todo el terreno ganado.

Entre 2005 y 2008 el África subsahariana había crecido a una media anual superior al 5%, en buena medida gracias a la disciplina macroeconómica observada por buena parte de sus países. El deterioro de la situación en los últimos meses ha llevado al FMI a rebajar hasta un 3% las perspectivas de crecimiento para la zona en 2009, la mitad de lo pronosticado por el mismo organismo hace tan sólo un año. Teniendo en cuenta el crecimiento de la población, el cumplimiento de ese pronóstico significaría un retroceso en el nivel de vida de los africanos acomodados y más pobreza para la mayoría de la población.

Los presagios son cada vez peores. Suráfrica, principal economía de la zona, vio como su Producto Interior Bruto (PIB) se contrajo un 1,8% en el último trimestre de 2008, su primera caída en diez años. Y el propio director del FMI, Dominique Strauss-Kahn, reconoció en Dar es Salaam que el dato del 3% calculado por el organismo para todo el continente puede acabar siendo demasiado optimista. "Aunque la crisis ha tardado en llegar a las costas de África, todos sabemos que ha llegado y que su impacto será duro", dijo Strauss-Kahn a los ministros de Economía reunidos en la capital tanzana. La caída de los precios de las materias primas va a deteriorar significativamente los balances fiscales de los países africanos, especialmente los de los países exportadores de petróleo como Nigeria, Angola o Sudán. El precio del crudo ha bajado más de un 70% desde sus máximos a mediados de 2008, y el índice de precios de las materias primas de la revista The Economist ha caído un 43,2% en el último año. El precio del cobre, un producto de exportación fundamental para Zambia, ha caído más del 60%.

Bronwyn Bruton, experta en asuntos internacionales del Council on Foreign Relations, un organismo de análisis con sede en Washington, apunta que la crisis financiera puede ser especialmente dura con los países más desarrollados de África, como Ghana o Tanzania, que tienen fuertes lazos comerciales y de inversión con los países ricos, pero subraya que ese impacto no será nada comparado con la devastación que traerá consigo la caída de las remesas que los emigrantes africanos envían desde Europa y EE UU. Se trata de un dinero esencial para mantener a muchas familias -en algunos casos, la única fuente de ingresos- o para abrir pequeños negocios. En 2007, los africanos residentes en el exterior enviaron a casa 19.000 millones de dólares, más del doble que tres años antes.

"La capacidad de los africanos emigrados para enviar dinero se ha visto gravemente mermada por la crisis financiera en un momento en que la sequía y la falta de alimentos, especialmente en algunas zonas del este de África, han alcanzado proporciones críticas", afirma Bruton. "He hablado con somalíes, zimbabuenses y gente de otros países en EE UU que han tenido que elegir entre pagar el alquiler o alimentar a sus hijos".

Entre tanto mal presagio, un dato positivo: los bancos africanos están a salvo, al menos por ahora, de la crisis que viven las entidades financieras de los países ricos. Poco integrada en los mercados mundiales, la banca del continente no ha invertido en productos extraños como los que han llevado a la ruina a grandes bancos del mundo desarrollado. Sin embargo, hay países, como Uganda o Kenia, donde los buenos rendimientos de la Bolsa en los últimos años han llevado a muchos ciudadanos a pedir dinero prestado para comprar acciones y ahora, tras la caída de los mercados de valores, no pueden devolverlo. El sector bancario también puede tener problemas cuando empresas de sectores vulnerables como el de la madera y el algodón no puedan pagar sus préstamos.

¿Pueden (o quieren) los países ricos evitar una catástrofe en África? En su último informe sobre el continente, el FMI apunta que todo dependerá de si los países donantes están dispuestos a cumplir sus compromisos de ayuda -o incluso, incrementarlos-, a pesar de sus propios problemas presupuestarios. José Gijón, del Centro de Desarrollo de la OCDE, teme que si los países ricos siguen teniendo grandes déficits fiscales recortarán la ayuda al desarrollo. Ello tendrá efectos muy negativos para las naciones africanas más pobres, que son extremadamente dependientes de la ayuda al desarrollo (en algunos países, casi la mitad del presupuesto nacional). "Si las cosas no se arreglan y los países ricos deciden adoptar políticas proteccionistas", dice Gijón, "esto afectará a todos los exportadores africanos, tanto de materias primas como de productos agrícolas".

El pasado lunes, el presidente etíope, Meles Zenawi, advirtió a los países del G-20, que se reunirán la próxima semana en Londres, que algunos países africanos podrían "hundirse en el caos y la violencia" si no reciben ayuda para afrontar la crisis. "Deberían preocuparse por África porque les va en ello su propio interés", afirmó Meles tras reunirse con el primer ministro británico, Gordon Brown. Suráfrica será la única economía africana representada en Londres.

El presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, ha lanzado la idea de crear un fondo de ayuda a los países pobres al que cada país desarrollado aportaría el 0,7% de sus planes de estímulo económico. En este sentido, el etíope Meles manifestó que cualquier estímulo financiero empleado en países desarrollados tendrá menos impacto global que si la misma cantidad de dinero se invirtiera en África. "Estamos hablando de una cantidad de dinero similar a la que se está gastando en un banco de tamaño medio. Háganse a la idea de que África es uno de esos bancos", dijo.

Para Bronwyn Bruton, del Council on Foreign Relations, el impacto de la crisis en África se verá agravado por la endeble estructura institucional del continente. "Muchos países africanos carecen de voluntad y de medios para proporcionar un colchón de seguridad a su ciudadanía", opina Bruton, quien se muestra pesimista sobre la actitud de los países ricos. En vista de la subida del desempleo y de las enormes cantidades de dinero dedicadas a salvar a los bancos, esta experta cree que para los países donantes será muy difícil mantener los niveles actuales de apoyo financiero a los más pobres, ya que sus políticos están muy presionados para dar prioridad a las necesidades nacionales en detrimento de la ayuda exterior. "Es difícil imaginar cómo la lucha contra la pobreza, que ya está frenándose, puede esquivar un golpe terrible", dice Bruton.

José Gijón, de la OCDE, opina que los países ricos deben mantener sus compromisos de ayuda al desarrollo, como parece que va a hacer España, o incluso aumentarlos, para que la ayuda actúe como una medida contra-cíclica ante la crisis. Otra medida esencial, a su juicio, es la lucha contra las tentaciones proteccionistas.


El continente olvidado

JAVIER SANTISO EL PAÍS 22/03/2009

África es el continente más pobre de la tierra. Con la crisis que se intensifica en los países OCDE, también corre el riesgo de ser el continente más olvidado del planeta.

Uno de sus ministros estrella, el surafricano Trevor Manuel, no deja de alertar en este sentido: África está nuevamente en peligro de desaparecer de las agendas de los países ricos. Conforme se está intensificando la crisis, se agudiza el parón de capitales privados hacia el mundo emergente, mientras las remesas -una fuente de financiación importante para el continente africano- también se están reduciendo a gran velocidad.

El continente africano no se merece, sin embargo, el olvido de Occidente. Esta región no ha desmerecido: es más, se ha lucido desde el punto de vista económico a lo largo de los últimos años. En África se ha dado, durante los años 2000, un auge económico singular.

El continente se hizo atractivo, en particular para las nuevas potencias emergentes de Asia, del Oriente Próximo y de América Latina. De la noche al día, África dejó de ser el patio trasero exclusivo de los países desarrollados. Las empresas chinas empezaron a invertir en la región. Con ello, de repente, el continente negro recobró una importancia estratégica, política y sobre todo económica inesperada para los países de la OCDE. Conforme las empresas chinas fueron arrebatando contratos a las multinacionales europeas y norteamericanas, la novia africana se hizo cada vez más atractiva: la prometida dejaba de serlo de manera exclusiva. Peor todavía: se podía enamorar de otros pretendientes.

Hoy día, más de 800 empresas chinas operan en África en sectores que van desde las materias primas hasta las manufacturas y las finanzas. En 2008, el comercio entre China y África superó los 100.000 millones de dólares, un récord. Es de esperar, por el bien de África, que en 2009 este interés chino no se desvanezca: la presencia del gigante asiático opera, al final, como un catalizador, incentivando los occidentales a no dejar el continente en manos de otros.

El interés por China radica fundamentalmente en los tesoros de sus suelos. Este apetito internacional estimuló a su vez el crecimiento del continente. Así, según el African Economic Outlook (AEO), publicado por el Centro de Desarrollo de la OCDE, el continente estuvo creciendo cinco años seguidos a ritmos asiáticos, con un promedio de más del 5,5%. No se trató sólo de los países exportadores de materias primas: en 2007, de los 35 países analizados en el AEO, un total de 31 estuvieron creciendo a un ritmo superior al 5%. Todo ello despertó el apetito de los inversores privados en búsquedas de rendimientos (eso sí, no adversos al riesgo).

El despertar del interés chino por África ha estimulado el apetito de otros inversores emergentes. Prueba de ello es el auge de las inversiones extranjeras directas que se están dando hacia África. En 2005, por primera vez, la inversión extranjera directa recibida por el continente (35.000 millones de dólares) superó la ayuda oficial al desarrollo bilateral de los países de la OCDE. En 2007 y en 2008, las inversiones alcanzaron 53.000 de dólares, todo un récord.

En el mundo de las economías emergentes, China no es, sin embargo, el único nuevo inversor que ha irrumpido en África. En 2006, por primera vez, las fusiones y adquisiciones operadas en la región fueron lideradas por las empresas de Asia y Oriente Próximo. Los grupos indios estuvieron moviendo también sus fichas. En 2007-2008, el comercio bilateral entre India y África superó los 30.000 millones de dólares, cuando era apenas de 1.000 millones en 1900-1991. Prueba del creciente interés de India por África es que en abril 2008 tuvo lugar, por primera vez en la historia, una cumbre India-África. Desde América Latina, los grupos brasileños también iniciaron inversiones importantes en África. Desde 2007, el grupo de construcción Odebrecht volcó 200 millones de dólares en Angola, junto con operadores locales, para crear una nueva empresa en el sector de los biohidrocarburos. Empezó también a construir una terminal de combustibles en Etiopía y a ejecutar obras de infraestructura en Libia. Por su parte, el gigante minero Vale tiene planes importantes en Mozambique y actividades en Angola, Gabón, Suráfrica y Guinea. Petrobras desplegó, por su parte, su presencia en Libia, Tanzania, Santo Tomé y Príncipe, Nigeria y Guinea Ecuatorial.

A estos inversores procedentes de China, India o Brasil se suman también grupos industriales y financieros de Oriente Próximo, empresas rusas como Gazprom y otros inversores del sureste asiático. Esta tendencia de inversiones de países emergentes en África participó de otra más general y global: la emergencia de las potencias del sur como protagonistas de la globalización capitalista. La crisis actual obviamente limita ahora fuertemente estos proyectos de expansión. Sin embargo, como lo hemos visto con la entrada en febrero del 2009 de Chinalco en el capital de la anglo-australiana Rio Tinto, algunos países emergentes todavía disponen de apetito y liquidez para lanzarse en operaciones de 20.000 millones de dólares.

Lo que estuvimos viviendo en la primera parte de los años 2000 fue un gran reequilibrio de las riquezas de las naciones del norte hacia el sur y entre los países del sur. Es posible que la crisis actual frene este reequilibrio: más que reequilibrios de riquezas, estamos asistiendo a destrucciones de ellas. Uno podría entonces atreverse a desarrollar una paradoja: si África quiere evitar desaparecer de nuevo del radar de los países ricos, como lo teme Trevor Manuel, quizá lo mejor que le pueda ocurrir es que países emergentes como China, India, Brasil, Rusia o los Emiratos Árabes sigan interesándose por este continente que se merece mucho mejor que nuestro olvido.

Javier Santiso es director del Centro de Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).


La atracción africana se siente en España

El desembarco de compañías en el continente toma velocidad

MIGUEL ÁNGEL GARCÍA VEGA 22/03/2009

Las empresas españolas llevan África en los ojos. Y no es una mirada que se sienta atraída sólo por los bajos costes de producción y la mano de obra barata. Va más allá, como lo han demostrado

Ya no sólo interesa el Magreb; el África subsahariana ofrece también potencial

El continente tiene condiciones para convertirse en huerto solar del mundo

USP Hospitales, Enertis Solar, Satec,Mixta África, Eurosemillas, Herba Nutrición y otros nombres cuyas historias son bastante más conocidas: Repsol YPF (Argelia y Libia), Barceló Hoteles (Marruecos), Cepsa (Argelia), Inditex (Marruecos y Túnez)...

El continente es, desde hace tiempo, un destino que se estudia con mucha atención en la mesa de cualquier responsable de expansión internacional. De hecho, la evolución de las exportaciones españolas a África pone buenas cifras a este sentimiento. Según datos del ICEX, alcanzaron los 10.069 millones de euros a finales de 2008, frente a los 8.050 millones de 2007 o los 6.997 millones de 2006. Bien es cierto que las inversiones directas españolas en África -en términos generales, exiguas- están sufriendo un brusco desplome desde los 956 millones de euros de 2006 hasta los más débiles 127 millones acumulados (últimas cifras disponibles de la Dirección General de Comercio e Inversiones) entre enero y septiembre de 2007. Sin embargo, analistas como Eduardo Martínez Abascal, profesor del IESE, creen que esta situación será transitoria y que, una vez se estabilicen los mercados financieros, se volverá a reencontrar la senda del crecimiento. Porque el potencial es inmenso, como se está viendo en Kenia, Nigeria o Angola.

Para algunos expertos, el gran cambio está en que no sólo el África mediterránea (Marruecos, Libia, Argelia, Túnez...) está mostrando esta capacidad de atracción, sino que, por primera vez, el área subsahariana (Guinea Ecuatorial, Senegal, Angola...) empieza a ser objeto de deseo. Tanto es así que el año pasado el ICEX lanzó el Programa de Apoyo a Proyectos en África Subsahariana (PAPAS), en el que hasta esa fecha se han presentado 94 iniciativas. Los destinos preferidos son Cabo Verde, Senegal y Angola. Pero también, explican fuentes del organismo público, hay desarrollos en Costa de Marfil, Guinea Ecuatorial, Nigeria, Mauritania y Camerún, la mayoría apoyándose en socios locales. Además, el Gobierno destinará 100 millones de euros con cargo al Fondo de Ayuda al Desarrollo (FAD) para financiar proyectos que favorezcan la exportación de infraestructuras. Como señala un empresario instalado en esta zona, "casi por sorpresa hemos puesto los ojos en esta nueva África". Sin embargo, no será, al parecer, una mirada pasajera.

USP Hospitales es un ejemplo de empresa presente en estas dos, por así decirlo, Áfricas. Está en negociaciones para gestionar y administrar 13 hospitales en Marruecos. Y además, en Angola, desde diciembre, gestionan una clínica de Sonangol (la compañía estatal de petróleos angoleña). "Por primera vez, el África subsahariana comienza a tener capacidad para desarrollar proyectos educativos y de sanidad", señala Juan Ramón Arias, director general internacional de USP Hospitales, empresa que explora otros destinos como Senegal, Gabón o Guinea Ecuatorial. Este último es "un país donde, seguramente por la relación histórica con España, se nos quiere mucho, lo cual ha sido una estupenda sorpresa para nosotros", reflexiona Arias.

Dentro de las enormes posibilidades de este continente, cada vez gana más fuerza la de convertirse en el huerto solar del mundo. Para ello, África cuenta con mucho terreno y muy barato, así como con una gran radiación lumínica. Tanto es así que, por ejemplo, en Marruecos o Argelia es el doble que en Alemania. Sobre estas bases traza su estrategia de negocio Enertis Solar, una joven empresa de ingeniería -se creó en 2006- que trabaja para llevar esta energía verde a zonas rurales aprovechando el déficit de instalaciones eléctricas. Las cuentas salen. "Sólo el 4% de las instalaciones del mundo son rurales, por lo que la capacidad de crecimiento resulta enorme para un continente repleto de sol y tierra", analiza José Luis Galindo, consejero delegado de Enertis Solar.

Frente a estos destinos menos habituales está Marruecos, que tradicionalmente ha sido el principal receptor de las exportaciones españolas (3.642 millones de euros) en África y de las inversiones, sobre todo dirigidas al sector constructor y promotor, pero también a la industria textil gracias al bajo coste de la mano de obra. Es el caso de Tavex, uno de los principales productores mundiales de tela vaquera. Desde 1990, la empresa está presente con una fábrica en la localidad de Settat, a 70 kilómetros de Casablanca, cuyas instalaciones han sido ampliadas en varias fases.La planta de Marruecos resulta estratégica para la compañía, puesto que facilita una importante reducción de los costes de producción respecto a los que tenía en España; le permite mantener una proximidad geográfica a confeccionadores como Túnez y, además, se puede aprovechar de la capacidad logística de los puertos del Mediterráneo. Junto a estas facilidades, recuerda Rubén Bernat, director financiero de Tavex, "hemos tenido apoyos públicos del Gobierno marroquí, como el Fondo Hassan II para el Desarrollo, lo cual nos ha facilitado la implantación". Este caso muestra de qué manera el norte de África está atrayendo cada vez más capital foráneo.

Dentro de este redescubrimiento empresarial de África, el componente tecnológico también reclama su cuota de protagonismo. Satec es una de las empresas de mediano tamaño que más activa se está mostrando en la zona norte de este continente. En el espacio de seis años ha comprado tres compañías locales para ayudarles a construir su proyecto africano. Especializada en sistemas de información y telecomunicaciones, adquirió en 2001 la marroquí Intelcom, y en 2006 y 2007, a partir de la adquisición de firmas locales, creó, respectivamente, Satec Algérie y Satec Tunesie. Estas tres filiales sumaron el año pasado una facturación conjunta de 260 millones de euros y "las perspectivas son estupendas", recalca Juan Calleja, director internacional de Satec. "Todo ha ido muy bien, quizá lo que más nos haya costado es adaptarnos a las diferencias comerciales y culturales".

Y es que si África pudiera desarrollarse en todo su potencial, podría absorber oferta casi ilimitadamente en ámbitos básicos como la construcción residencial. ¿Se imaginan las posibilidades que se le abrirían al devastado sector inmobiliario español? Ésta es la reflexión que subyace tras Mixta África, una inmobiliaria, presidida por el ex ministro Josep Piqué, que construye exclusivamente en el continente africano. -

Socio local

Cuando una empresa española piensa invertir en África, el primer pero que se escucha en el despacho del consejero delegado procede de la inseguridad jurídica. Sin embargo, estos temores desaparecen cuando son los propios empresarios quienes relatan sus vivencias. "No hemos percibido ningún problema especial. Sólo en caso de conflicto hemos establecido que recurriremos al Tribunal de Arbitraje de París en vez de a un tribunal español o marroquí", explica Juan Calleja, director internacional de Satec, firma de telecomunicaciones que tiene una filial en Marruecos. Es una idea en la que coincide Rubén Bernat, director financiero de la compañía Tavex.

Pero Marruecos es el país más avanzado legislativamente de la zona. ¿Qué ocurre en otros destinos africanos? "En países como Gabón, Guinea Ecuatorial, Angola o Senegal, por ejemplo, lo mejor para evitar problemas es ir de la mano de un socio local", aconseja Juan Ramón Arias, director general internacional de la compañía USP Hospitales, que tiene intereses en Angola y Marruecos. -

sábado, 14 de febrero de 2009

La urbanización en África. El gran reto del siglo XXI

Fuente: www.wanafrica.net/doc/15/2.pdf

"Las ciudades, como los sueños,
están construidas de deseos y de
miedos", escribió Italo Calvino en
Las ciudades Invisibles. Y no esta-
ba equivocado. El sueño de un
futuro mejor que se trunca tras la
pesadilla del gran muro de los
suburbios, el sueño de un planeta
con futuro que se debilita ante las
graves injusticias ambientales.


LA URBANIZACIÓN DE ÁFRICA y del mundo entero se presenta hoy como uno de los grandes retos del futuro. De la conciencia de las administraciones y de su eficaz gestión depende en buena medida la erradicación de la pobreza y de la injusticia ambiental de unas ciudades que siguen imperturbables en su incesante crecimiento.

En el año 2030, el 50 por ciento de la población de África vivirá en las ciudades. Por el momento, cerca del 38 por ciento de la población africana ya es residente urbano.

La migración hacia las ciudades en el último medio siglo ha sido vertiginosa. Para poder acoger a tantas personas, las urbes han tenido que crecer a marchas forzadas, a menudo sin las condiciones básicas sanitarias y con un insuficiente crecimiento de sus infraestructuras. No sin razón, la Comisión para África considera que la urbanización en África se ha convertido ya en el segundo problema más grave, por detrás del VIH-Sida.

Y es que la urbanización desordenada y caótica perjudica a la salud de las personas y la calidad del medio ambiente.

Luchar contra la pobreza urbana y contra la degradación ambiental son los principales retos del futuro de las ciudades, según el informe
Estat del món 2007: el nostre futur urbà, elaborado por la prestigiosa Organización Worldwatch Institute.

África acoge hoy en día en sus urbes a 350 millones de personas, lo que supone la suma de las poblaciones de Canadá y de Estados Unidos. Sin embargo, la mitad de las ciudades africanas no dispone de servicios de agua y saneamiento saludables. Un problema que supone que un millón de niños mueran cada año debido a las enfermedades derivadas de estas insuficiencias.

Una explicación a la escasez de infraestructuras en las ciudades africanas es su reciente y rápida urbanización.
El alto índice de crecimiento de las ciudades se debe a la migración de las zonas rurales como consecuencia de la baja productividad agrícola, así como a
las constantes guerras que han empujado a sus habitantes a huir
.

Según el informe, la estructura espacial y económica de las ciudades africanas es un reflejo de la herencia que los europeos dejaron durante la era colonial.

En la actualidad, las economías africanas se encuentran apenas integradas en la economía mundial y continúan dependiendo de la exportación de recursos naturales y de productos agrícolas como moneda de cambio para poder importar manufacturas.

Asimismo, su economía 'urbana' se encuentra dominada por el trabajo informal. Un panorama desolador que todavía tiene solución.

El suministro de agua limpia y el saneamiento, la agricultura en las ciudades, el transporte urbano ecológico, el suministro de energía, la reducción del riesgo de catástrofes naturales en las urbes o el refuerzo de sus economías se postulan como los principales retos para luchar contra la pobreza y la injusticia ambiental en las ciudades de todo el mundo. Retos que deben prevalecer en el esfuerzo de los propios gobiernos locales.

Aunque a menudo, la gestión de la administración local ha resultado ineficaz, cada vez son más las ciudades que apuestan por un futuro sostenible social y ambientalmente.

África, en esta apuesta, no es una excepción. Freetown, por ejemplo, se ha convertido en un referente a seguir en la implantación de la agricultura urbana que se ha erigido, en la actualidad, es uno de los ejes principales de la planificación urbanística de la capital de Sierra Leona.

Por Carol Díaz Tapia

domingo, 18 de enero de 2009

REPORTAJE: TESTIGO DEL HORROR Viaje al corazón de las tinieblas

Viaje al corazon de las tinieblas

En el conflicto del Congo, numerosas milicias luchan contra el Ejército gubernamental y mantienen alianzas y feroces batallas entre sí. Todas ellas reclutan a menores de edad- JUAN CARLOS TOMASI

  • Viaje al corazon de las tinieblas - Armas y niños
  • Viaje al corazon de las tinieblas - Peligros para los desplazados
  • Viaje al corazon de las tinieblas - Guerra y terror
  • Viaje al corazon de las tinieblas - Muerte y enfermedad
  • Viaje al corazon de las tinieblas - Recién llegados
  • Viaje al corazon de las tinieblas - Doble cruz
  • Viaje al corazon de las tinieblas - Punto de mira
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MARIO VARGAS LLOSA EL PAÍS 11/01/2009

Mario Vargas Llosa visita el Congo, un rico país sumido en la miseria de la guerra y el terror. Hambre, violaciones, asesinatos y corrupción sacuden esta tierra sin ley. Médicos Sin Fronteras y 'El País Semanal' inician con éste una serie de viajes de diferentes escritores para rescatar del olvido a las víctimas de la violencia en el mundo.

I - EL MÉDICO. "El problema número uno del Congo son las violaciones", dice el doctor Tharcisse. "Matan a más mujeres que el cólera, la fiebre amarilla y la malaria. Cada bando, facción, grupo rebelde, incluido el Ejército, donde encuentra una mujer procedente del enemigo, la viola. Mejor dicho, la violan. Dos, cinco, diez, los que sean. Aquí, el sexo no tiene nada que ver con el placer, sólo con el odio. Es una manera de humillar y desmoralizar al adversario. Aunque hay a veces violaciones de niños, el 99% de las víctimas de abuso sexual son mujeres. A los niños prefieren raptarlos para enseñarles a matar. Hay muchos miles de niños soldado por todo el Congo".

Vargas Llosa en el corazón de las tinieblas

VIDEO - MÉDICOS SIN FRONTERAS - 09-01-2009

'El País Semanal' abre este domingo con Congo una serie de viajes de autor a los conflictos olvidados del mundo. ELPAÍS.com avanza en vídeo unas imágenes del viaje de Mario Vargas Llosa. - MÉDICOS SIN FRONTERAS

    Mario Vargas Llosa

    Mario Vargas Llosa

    A FONDO

    Nacimiento:
    28-03-1936
    Lugar:
    (Arequipa)
    Congo

    Congo

    A FONDO

    Capital:
    Brazzaville.
    Gobierno:
    República.
    Población:
    3,903,318 (est. 2008)

Estamos en el hospital de Minova, una aldea en la orilla occidental del lago Kivu, un rincón de gran belleza natural -había nenúfares de flores malvas en la playita en la que desembarcamos- y de indescriptibles horrores humanos. Según el doctor Tharcisse, director del centro, el terror que las violaciones han inoculado en las mujeres explica los desplazamientos frenéticos de poblaciones en todo el Congo oriental. "Apenas oyen un tiro o ven hombres armados salen despavoridas, con sus niños a cuestas, abandonando casas, animales, sembríos". El doctor es experto en el tema, Minova está cercada por campos que albergan decenas de miles de refugiados. "Las violaciones son todavía peor de lo que la palabra sugiere", dice bajando la voz. "A este consultorio llegan a diario mujeres, niñas, violadas con bastones, ramas, cuchillos, bayonetas. El terror colectivo es perfectamente explicable".

Ejemplos recientes. El más notable, una mujer de 87 años, violada por 10 hombres. Ha sobrevivido. Otra, de 69, estuprada por tres militares, tenía en la vagina un pedazo de sable. Lleva dos meses a su cuidado y sus heridas aún no cicatrizan. Casi se le va la voz cuando me cuenta de una chiquilla de 15 años a la que cinco "interahamwe" (milicia hutu que perpetró el genocidio de tutsis en Ruanda, en 1994, y luego huyó al Congo, donde ahora apoya al Ejército del Gobierno del presidente Kabila) raptaron y tuvieron en el bosque cinco meses, de mujer y esclava. Cuando la vieron embarazada la echaron. Ella volvió donde su familia, que la echó también porque no quería que naciera en la casa un "enemigo". Desde entonces vive en un refugio de mujeres y ha rechazado la propuesta de un pariente de matar a su futuro hijo para que así la familia pueda recibirla. La letanía de historias del doctor Tharcisse me produce un vértigo cuando me refiere el caso de una madre y sus dos hijas violadas hace pocos días en la misma aldea por un puñado de milicianos. La niña mayor, de 10 años, murió. La menor, de 5, ha sobrevivido, pero tiene las caderas aplastadas por el peso de sus violadores. El doctor Tharcisse rompe en llanto.

Es un hombre todavía joven, de familia humilde, que se costeó sus estudios de medicina trabajando como ayudante de un pesquero y en una oficina comercial en Kitangani. Lleva dos años sin ver a su familia, que está a miles de kilómetros, en Kinshasa. El hospital, de 50 camas y 8 enfermeras, moderno y bien equipado, recibe medicinas de Médicos Sin Fronteras, la Cruz Roja y otras organizaciones humanitarias, pero es insuficiente para la abrumadora demanda que tiene al doctor Tharcisse y a sus ayudantes trabajando 12 y hasta 14 horas diarias, 7 días por semana. Fue construido por Cáritas. La Iglesia católica y el Gobierno llegaron a un acuerdo para que formara parte de la Sanidad Pública. No se aceptan polígamos, ni homosexuales, ni se practican abortos. El salario del doctor Tharcisse es de 400 dólares al mes, lo que gana un médico adscrito a la Sanidad Pública. Pero como el Gobierno carece de medios para pagar a sus médicos, la medicina pública se ha discretamente privatizado en el Congo, y los hospitales, consultorios y centros de salud públicos en verdad no lo son, y sus doctores, enfermeros y administradores cobran a los pacientes. De este modo violan la ley, pero si no lo hicieran, se morirían de hambre. Lo mismo ocurre con los profesores, los funcionarios, los policías, los soldados, y, en general, con todos aquellos que dependen del Presupuesto Nacional, una entelequia que existe en la teoría, no en el mundo real.

Cuando el doctor Tharcisse se repone me explica que, después de las violaciones, la malaria es la causa principal de la mortandad. Muchos desplazados vienen de la altura, donde no hay mosquitos. Cuando bajan a estas tierras, sus organismos, que no han generado anticuerpos, son víctimas de las picaduras, y las fiebres palúdicas los diezman. También el cólera, la fiebre amarilla, las infecciones. "Son organismos débiles, desnutridos, sin defensas". Vivir día y noche en el corazón del horror no ha resecado el corazón de este congoleño. Es sensible, generoso y sufre con el piélago de desesperación que lo rodea. Desde la pequeña explanada de las afueras del hospital divisamos el horizonte de chozas donde se apiñan decenas de miles de refugiados condenados a una muerte lenta. "La medicina que todo el Congo necesita tomar es la tolerancia", murmura. Me estira la mano. No puede perder más tiempo. La lucha contra la barbarie no le da tregua.

II - LOS PIGMEOS. Debo a los pigmeos de Kivu Norte haberme librado de caer en manos de las milicias rebeldes tutsis del general Laurent Nkunda la noche del 25 de octubre de 2008. Yo había llegado el día anterior a Goma, la capital de Kivu Norte, y mis amigos de Médicos Sin Fronteras, gracias a los cuales he podido hacer este viaje, me habían organizado un viaje a Rutshuru (a tres o cuatro horas de esta ciudad) para visitar un hospital construido y administrado por MSF, que presta servicios a una gran concentración de desplazados y víctimas de toda la zona. La víspera de la partida, mi hijo Gonzalo, que trabaja en el ACNUR, me telefoneó desde Nueva York para decirme que sus colegas en el Congo me tenían prevista, para la mañana siguiente, una visita a un campo de pigmeos desplazados en las afueras de Goma. Aplacé un día el viaje a Rutshuru y, por culpa del general Nkunda, que ocupó aquella noche ese lugar, ya no pude hacerlo.

Los pigmeos, pese a ser la más antigua etnia congoleña, son los parientes pobres de todas las demás, discriminados y maltratados por unas y por otras. Fieles al prejuicio tradicional contra el otro, el que es distinto, leyendas y habladurías malevolentes les atribuyen vicios, crueldades, perversiones, como a los gitanos en tantos países de Europa. Por eso, en una sociedad sin ley, corroída por la violencia, las luchas cainitas, las invasiones, la corrupción y las matanzas, los pigmeos son las víctimas de las víctimas, los que más sufren. Basta echarles una mirada para saberlo.

El campo de Hewa Bora (Aire Bello), a una decena de kilómetros de Goma, acaba de formarse. Está en un suelo pedregoso y volcánico, de tierra negra, y parece increíble que en lugar tan inhóspito las 675 personas que han llegado hasta aquí, hace un par de meses, desde Mushaki, huyendo de las milicias de Laurent Nkunda, hayan podido hacer algunos cultivos, de mandioca y arvejas. Nos reciben cantando y bailando a manera de bienvenida: pequeñitos, enclenques, arrugados, cubiertos de harapos, muchos de ellos descalzos, con niños que son puro ojos y huesos y las grandes barrigas que producen los parásitos. Su baile y su canto, tan tristes como sus caras, recuerdan las canciones de los Andes con que se despide a los muertos. Aunque con cierta dificultad, varios de los dirigentes hablan francés. (Es una de las pocas consecuencias positivas de la colonización: una lengua general que permite comunicarse a la gran mayoría de los congoleses, en un país donde los idiomas y dialectos regionales se cuentan por decenas).

Escaparon de Mushaki cuando las milicias rebeldes atacaron la aldea matando a varios vecinos. Piden plásticos, pues las chozas que han levantado -con varillas flexibles de bambú, atadas con lianas, de un metro de altura más o menos, sobre el suelo desnudo y con techos de hojas- se inundan con las lluvias, que acaban de comenzar. Piden medicinas, piden una escuela, piden comida, piden trabajo, piden seguridad, piden -sobre todo- agua. El agua es muy cara, no tienen dinero para pagar lo que cuestan los bidones de los aguateros. Es una queja que oiré sin cesar en todos los campos de refugiados del Congo en que pongo los pies: no hay agua, cuesta una fortuna, ríos y lagos están contaminados y los que beben en ellos se enferman. Las personas que me acompañan, del ACNUR y de Médicos Sin Fronteras, toman notas, piden precisiones, hacen cálculos. Después, conversando con ellos, comprobaré la sensación de impotencia que a veces los embarga. ¿Cómo hacer frente a las necesidades elementales de esta muchedumbre de víctimas? ¿Cuántos más morirán de inanición? La crisis financiera que sacude el planeta ha encogido todavía más los magros recursos con que cuentan.

En el campo de Bulengo, que visito luego del de Hewa Bora, veo las raciones de alimentos, mínimas, que distribuyen a los refugiados. Un voluntario de Unicef me dice, la voz traspasada: "Tal como van las cosas con la crisis, todavía tendremos que disminuirlas". Médicos, enfermeros y ayudantes de las organizaciones humanitarias son gentes jóvenes, idealistas, que hacen un trabajo difícil, en condiciones intolerables, a quienes la magnitud de la tragedia que tratan de aliviar por momentos los abruma. Lo que más los entristece es la indiferencia casi general, en el mundo de donde vienen, el de los países más ricos y poderosos de la Tierra, por la suerte del Congo. Nadie lo dice, pero muchos han llegado, en efecto, en Occidente a la conclusión de que los males del Congo no tienen remedio.

Bulengo fue en 1994 el campamento del Ejército ruandés hutu que invadió el Congo después de perpetrar la matanza de cientos de miles de tutsis en el vecino país. Ahora es el eje de un complejo de 16 campos de desplazados y refugiados que con ayuda de la Unión Europea y de las organizaciones humanitarias da refugio a unas trece mil personas. Éstas pertenecen a diferentes grupos étnicos que conviven aquí sin asperezas. Aunque Bulengo está mucho más asentado y organizado que el de Hewa Bora, la calidad de vida es ínfima. Las chozas y locales, muy precarios, están atestados y por doquier se advierte desnutrición, miseria, suciedad, desánimo. La nota de vida la ponen muchos niños, que juegan, correteándose. Varios de ellos son mutilados. Converso con un chiquillo de unos 10 o 12 años que, pese a tener una sola pierna, salta y brinca con mucha agilidad. Me cuenta que los soldados entraron a su aldea de noche, disparando, y que a él la bala lo alcanzó cuando huía. La herida se le gangrenó por falta de asistencia, y cuando su madre lo llevó a la Asistencia Pública, en Goma, tuvieron que amputársela.

En Bulengo hay 48 familias de pigmeos, que, aparte de las protestas que ya hemos oído en Hewa Bora, aquí se quejan de que la escuela es muy cara: cobran 500 francos congoleños mensuales por alumno. La educación pública es, en teoría, gratuita, pero, como los profesores no reciben salarios, han privatizado la enseñanza, una medida tácitamente aceptada por el Gobierno en todo el país. En muchos lugares son los padres de familia los que mantienen las escuelas -las construyen, las limpian, las protegen y aseguran un salario a los profesores-, pero aquí, en los campos de refugiados, todos son insolventes, de modo que si se ven obligados a pagar por los estudios, sus hijos dejarán de ir a la escuela o ésta se quedará sin maestros.

En el campo hay muchos desertores de las milicias rebeldes. Uno de ellos me cuenta su historia. Fue secuestrado en su pueblo con varios otros jóvenes de su edad cuando los hombres de Laurent Nkunda lo ocuparon. Les dieron instrucción militar, un uniforme y un arma. La disciplina era feroz. Entre los castigos figuraban los latigazos, las mutilaciones de miembros (manos, pies) y, en caso de delación o intento de fuga, la muerte a machetazos. Me confirmó que muchos soldados del Ejército congoleño vendían sus armas a los rebeldes. Se escapó una noche, harto de vivir con tanto miedo, y estuvo una semana en la jungla, alimentándose de yerbas, hasta llegar aquí. En su pueblo, donde era campesino, tenía mujer y cuatro hijos, de los que no ha vuelto a saber nada porque el pueblo ya no existe. Todos los vecinos huyeron o murieron. Le pregunto qué le gustaría hacer en la vida si las cosas mejoraran en el Congo, y me responde, después de cavilar un rato: "No lo sé". No es de extrañar. En Bulango, como en Hewa Bora y en los campos de desplazados de Minova, la actitud más frecuente en quienes están confinados allí, y pasan las horas del día tumbados en la tierra, sin moverse casi por la debilidad o la desesperanza, es la apatía, la pérdida del instinto vital. Ya no esperan nada, vegetan, repitiendo de manera mecánica sus quejas -plásticos, medicinas, agua, escuelas- cuando llegan visitantes, sabiendo muy bien que eso tampoco servirá para nada. Muchísimos de ellos están ya más muertos que vivos y, lo peor, lo saben. Los campos son indispensables, sin duda, pero sólo si funcionan como un tránsito para la reincorporación a la vida activa, con oportunidades y trabajo. Si no, quienes los pueblan están condenados a una existencia atroz, parásita, que los desmoraliza y anula. Y éste es quizás el más terrible espectáculo que ofrece el Congo oriental: el de decenas de miles de hombres y mujeres a los que la violencia y la miseria han reducido poco menos que a la condición de zombies.

III - EL GALIMATÍAS CONGOLEÑO.

Y, sin embargo, se trata de un país muy rico, con minas de zinc, de cobre, de plata, de oro, del ahora codiciado coltán, con un enorme potencial agrícola, ganadero y agroindustrial. ¿Qué le hace falta para aprovechar sus incontables recursos? Cosas por ahora muy difíciles de alcanzar: paz, orden, legalidad, instituciones, libertad. Nada de ello existe ni existirá en el Congo por buen tiempo. Las guerras que lo sacuden han dejado hace tiempo de ser ideológicas (si alguna vez lo fueron) y sólo se explican por rivalidades étnicas y codicia de poder de caudillos y jefezuelos regionales o la avidez de los países vecinos (Ruanda, Uganda, Angola, Burundi, Zambia) por apoderarse de un pedazo del pastel minero congoleño. Pero ni siquiera los grupos étnicos constituyen formaciones sólidas, muchos se han dividido y subdividido en facciones, buena parte de las cuales no son más que bandas armadas de forajidos que matan y secuestran para robar.

Muchas minas están ahora en manos de esas bandas, milicias o del propio Ejército del Congo. Los minerales se extraen con trabajo esclavo de prisioneros que no reciben salarios y viven en condiciones inhumanas. Esos minerales vienen a llevárselos traficantes extranjeros, en avionetas y aviones clandestinos. Un funcionario de la ONU que conocí en Goma me aseguró: "Se equivoca si cree que el caos del Congo está en la tierra. Lo que ocurre en el aire es todavía peor". Porque tampoco en las alturas hay ley o reglamento que se respete. Como la mayoría de vuelos son ilegales, el número de accidentes aéreos, el más alto del mundo, es terrorífico: 56 entre julio de 2007 y julio de 2008. Por esa razón ninguna compañía aérea congoleña es admitida en los aeropuertos de Europa.

Como el principal recurso del país, el minero, se lo reparten los traficantes y los militares, el Estado congoleño carece de recursos, y esto generaliza la corrupción. Los funcionarios se valen de toda clase de tráficos para sobrevivir. Militares y policías tienden árboles en los caminos y cobran imaginarios peajes. A Juan Carlos Tomasi, el fotógrafo que nos acompaña, cada vez que saca sus cámaras alguien viene con la mano estirada a cobrarle un fantástico "derecho a la imagen". (Pero él es un experto en estas lides y discute y argumenta sin dejarse chantajear). Para viajar de Kinshasa a Goma debemos, antes de trepar al avión, desfilar por cinco mesas, alineadas una junto a la otra, donde se expenden ¡visas para viajar dentro del país!

No es verdad que la comunidad internacional no haya intervenido en el Congo. La Misión de las Naciones Unidas en el Congo (MONUC) es la más importante operación que haya emprendido nunca la organización internacional. La Fuerza de Paz de la ONU en el Congo cuenta con 17.000 soldados, de un abanico de nacionalidades, y unos 1.500 civiles. Sólo en Goma hay militares de Uruguay, India, África del Sur y Malaui. Visité el campamento del batallón uruguayo y conversé con su jefe, el amable coronel Gaspar Barrabino, y varios oficiales de su Estado Mayor. Todos ellos tenían un conocimiento serio de la enrevesada problemática del país. La inoperancia de que son acusados se debe, en realidad, a las limitaciones, a primera vista incomprensibles, que las propias Naciones Unidas han impuesto a su trabajo.

Las milicias de Laurent Nkunda, luego de capturar Rutshuru, comenzaron a avanzar hacia Goma, donde el Ejército congoleño huyó en desbandada. La población de la capital de Kivu Norte, entonces, enfurecida, fue a apedrear los campamentos de la Fuerza de Paz de la ONU (y, de paso, los locales y vehículos de las organizaciones humanitarias), acusándolos de cruzarse de brazos y de dejar inerme a la población civil ante los milicianos.

Pero el coronel Barrabino me explicó que la Fuerza de Paz, creada en 1999, según prescripciones estrictas del Consejo de Seguridad, está en el Congo para vigilar que se cumplan los acuerdos firmados en Lusaka que ponían fin a las hostilidades entre las distintas fuerzas rivales, y con prohibición expresa de intervenir en lo que se consideran luchas internas congoleñas. Esta disposición condena a las fuerzas militares de la ONU a la impotencia, salvo en el caso de ser atacadas. Sería muy distinto si el mandato recibido por la Fuerza de Paz consistiera en asegurar el cumplimiento de aquellos acuerdos utilizando, en caso extremo, la propia fuerza contra quienes los incumplen. Pero, por razones no del todo incomprensibles, el Consejo de Seguridad ha optado por esta bizantina fórmula, una manera diplomática de no tomar partido en semejante conflicto, un galimatías, en efecto, en el que es difícil, por decir lo menos, establecer claramente a quién asiste la justicia y la razón y a quién no. No tengo la menor simpatía por el rebelde Laurent Nkunda, y probablemente es falso que la razón de ser de su rebeldía sea sólo la defensa de los tutsis congoleños, para quienes los hutus ruandeses, armados y asociados con el Gobierno, constituyen una amenaza potencial. Pero ¿representan las Fuerzas Armadas del presidente Kabila una alternativa más respetable? La gente común y corriente les tiene tanto o más miedo que a las bandas de milicianos y rebeldes, porque los soldados del Gobierno los atracan, violan, secuestran y matan, al igual que las facciones rebeldes y los invasores extranjeros. Tomar partido por cualquiera de estos adversarios es privilegiar una injusticia sobre otra. Y lo mismo se podría decir de casi todas las oposiciones, rivalidades y banderías por las que se entrematan los congoleños. Es difícil, cuando uno visita el Congo, no recordar la tremenda exclamación de Kurz, el personaje de Conrad, en El corazón de las tinieblas: "¡Ah, el horror! ¡El horror!"

IV - LOS POETAS. Y sin embargo, pese a ese entorno, conocí a muchos congoleños que, sin dejarse abatir por circunstancias tan adversas, resistían el horror, como el doctor Tharcisse, en Minova. Placide Clement Mananga, en Boma, que recoge y guarda todos los papeles y documentos viejos que encuentra para que la amnesia histórica no se apodere de su ciudad natal (él sabe que el olvido puede ser una forma de barbarie). O Émile Zola, el director del Museo de Kinshasa, combatiendo contra las termitas para que no devoren el patrimonio etnológico allí reunido. A esta estirpe de congoleños valerosos, que luchan por un Congo civilizado y moderno, pertenecen los Poétes du Renouveau (Poetas de la Renovación), de Lwemba, un distrito popular de Kinshasa. Son cerca de una treintena, una mujer entre ellos, y aunque todos escriben poesía, algunos son también dramaturgos, cuentistas y periodistas.

Además del francés, la colonización belga dejó asimismo a los congoleses la religión católica. En el país hay también protestantes -vi iglesias evangélicas de todas las denominaciones-, musulmanes -en la región oriental- y varias religiones autóctonas, la mayor de las cuales es el kimbanguismo, así llamada por su fundador, Simon Kimbangu, enraizada sobre todo en el Bajo Congo. Pero, pese a la hostilidad que desencadenó contra ella el dictador Mobutu, a quien hizo oposición, la católica parece, de lejos, la más extendida e influyente. Iglesias y centros católicos son los focos principales de la vida cultural del país.

Los Poétes du Renouveau se reúnen en la iglesia de San Agustín, donde tienen una pequeña biblioteca, una imprenta y una amplia sala para recitales y charlas. Publican desde hace algunos años unas ediciones populares de poesía que venden a precio de coste y a veces regalan. Empeñados en que la poesía llegue a todo el mundo, se desplazan a menudo a dar recitales y conferencias literarias por toda la región. Asisto a un interesante encuentro, de varias horas, en el que discuten temas literarios y políticos. El francés que escriben y hablan los congoleños es cálido, cadencioso, demorado y, a ratos, tropical. Haciendo de diablo predicador, provoco una discusión sobre la colonización belga: ¿qué de bueno y de malo dejó? Para mi sorpresa, en lugar de la cerrada (y merecida) condena que esperaba oír, todos los que hablan, menos uno, aunque sin olvidar las terribles crueldades, la explotación y el saqueo de las riquezas, la discriminación y los prejuicios de que fueron víctimas los nativos, hacen análisis moderados, situando todo lo negativo en un contexto de época que, si no excusa los crímenes y excesos, los explica. Uno de ellos afirma: "El colonialismo es una etapa histórica por la que han pasado casi todos los países del mundo". Lo refuta otro, que lanza una durísima requisitoria contra lo ocurrido en el Congo durante el casi siglo y medio de dominio belga. Le responde un joven que se presenta como "teólogo y poeta" con una única pregunta: "¿Y qué hemos hecho nosotros, los congoleños, con nuestro país desde que en 1960 nos independizamos de los belgas?".

jueves, 15 de enero de 2009

Las diez crisis humanitarias del mundo más desatendidas

Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008

FOTOS - François Dumont /MSF - 15-01-2009

Un niño llora en brazos de su padre en Kirolirwe, distrito de Masisi.- François Dumont /MSF

  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - República Democrática del Congo
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Etiopía
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Irak
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Myanmar
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Pakistán
  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Desnutrición
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  • Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008 - Sudán
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Los conflictos de Somalia, Pakistán, Irak o el fuerte avance de la desnutrición infantil protagonizan las catástrofes del mundo según el último informe de la organización Médicos Sin Fronteras

FERNANDO NAVARRO - EL PAÍS - 15/01/2009

La noticia es que no hay noticia. Y para el niño que se muere de hambre o para la familia que huye de la guerra y se refugia en cualquier parte lejos de su hogar es la peor de las noticias. De un año a otro, las crisis humanitarias del mundo siguen produciendo el mismo efecto sordo en los países ricos. Como hace 12 meses atrás, no hay conciencia mundial de las necesidades de los más necesitados. De un cambio de calendario a otro, las catástrofes humanas del planeta siguen presentado la misma cara amarga.


Foto

Las diez crisis humanitarias más desatendidas del 2008

DOCUMENTO (PDF - 319,37Kb) - 15-01-2009


La noticia, en Héroes de ébano, el blog de J.M. Pardellas


"Sigue habiendo las mismas crisis. Casos como Somalia y Congo arrastran desastres humanitarios desde hace 15 años y empeoran con el tiempo. Sigue sin resolverse la ecuación violencia más desplazamiento es igual a crisis humanitaria", afirma la presidenta de Médicos Sin Fronteras (MSF), Paula Farias. Un informe, presentado hoy por esta organización, analiza las diez crisis humanitarias menos atendidas del mundo en 2008, donde no sólo se introducen países en conflicto sino también emergencias médicas globales, y concluye que la responsabilidad recae otro año más en la falta de iniciativa de los Gobiernos occidentales.

"Los debates políticos se enredan y son sólo debates que no aportan al final ayuda. Existe una desproporción brutal entre el mapa del sufrimiento y el mapa de los intereses de los países ricos. Tienen capacidad de influencia pero no la ejercen", dice Farias en relación a la escasa acción humanitaria de los países más desarrollados.

En este año 2008 recién cerrado, el informe que enumera las catástrofes mundiales recoge dos tendencias: se acentúan los problemas de las crisis humanitarias más graves y cada vez hay más ataques deliberados por ejércitos y milicias contra las organizaciones y ONG sobre el terreno.

1. Somalia

"Ha vivido el peor año que se recuerda", dice Farias. El ejemplo perfecto de estado fallido es un país dividido étnicamente que se desangra por la violencia local. Los combates en Somalia desatan la alerta humanitaria. Las guerrillas islamistas han tomado recientemente la ciudad de Jowhar, el más importante de los enclaves del Gobierno interino. La Unión Africana da Somalia por perdida.

2. R.D. Congo

"Pese al despliegue de la ONU, que tiene su mayor misión internacional, se han producido al menos 150.000 desplazados en sólo cuatro meses", apunta la presidenta de MSF. La República Democrática del Congo vive una guerra abierta en el este del país. Los rebeldes tutsis del general Laurent Nkunda han hecho retroceder a las tropas gubernamentales de Joseph Kabila. La Misión de Naciones Unidas para el Congo (MONUC) se ha declarado incapaces de detener las sacudidas de los guerrilleros insurgentes.

3. Myanmar

El paso del ciclón Nargis dejó a la antigua Birmania en plena desolación. Más de 2,5 millones de damnificados y un país incapaz de iniciar su reconstrucción. "El problema añadido es que el régimen militar birmano no quiere cubrir las necesidades de la población". La Oficina de Coordinación de Asistencia Humanitaria de la ONU (OCHA) denunció el injusto trato de los militares con su población en plena catástrofe.

4. Zimbabue

"El sistema sanitario está colapsado. No hay capacidad local para tratar las enfermedades" Con el peor brote de cólera de su historia y con una de las tasas de malaria más altas de África, este país sufre el yugo asfixiante de un dictador como Robert Mugabe, en el poder desde 1979. Su despotismo tiene a los zimbabuenses intentando sobrevivir en la ruina. El ministro de Asuntos Exteriores de Francia y fundador de Médicos Sin Fronteras, Bernard Kouchner, aseguró que "Zimbabue es el fracaso más absoluto de Europa".

5. Desnutrición

En 2008, al menos 963 millones de personas son víctimas del hambre en el mundo, lo que supone 40 millones más que en 2007, según la Organización para la Agricultura y la Alimentación (FAO). El organismo de la ONU advierte de que "la actual crisis económica y financiera puede conducir todavía a más gente hacia el hambre y la pobreza". Los niños son los peor parados. "La ayuda internacional es insuficiente. Las harinas que se distribuyen no tienen la proteína necesaria para los niños. Hay que llamar a las cosas por su nombre y la desnutrición de menores no es sólo un problema de alimentos es una enfermedad", asegura la presidenta de MSF.

6. Etiopía

La actual crisis económica mundial se ceba especialmente con países como Etiopía, donde una familia vive con un dólar por día. Los etíopes sufren la especulación del hambre. Es el ejemplo perfecto donde la crisis alimentaria hace más pobres a los pobres.

7. Pakistán

Las operaciones militares y los excesos de los talibanes golpean a los paquistaníes más que nunca. Mientras el Ejército acosa a los insurgentes en zonas tribales próximas a la peligrosa frontera afgana, cerca de 300.000 paquistaníes han tenido que abandonar sus casas. Son los nuevos nómadas.

8. Sudán

"Darfur mejora en cuestiones de asistencia médica gracias a que se encuentra la operación humanitaria más grande del mundo, pero empeora la violencia", dice Farias. En Sudán, la competencia brutal por los escasos recursos de la zona, especialmente agua dulce, ha derivado en unos complejos conflictos étnicos entre grupos rebeldes y el Gobierno que desangran a una población civil indefensa y han llegado a ser considerados genocidios por la ONU.

9. Irak

Más de cinco años de la invasión de Irak por EE UU y sus aliados, el tejido social está roto del país se ha roto. Alrededor de 90.000 personas han muerto desde entonces. La población está desamparada. Los datos hablan por sí solos: el 70% de la población carece de agua potable, el 80%, de alcantarillado y el 60% está en el paro.

10. Tuberculosis-Sida

La tuberculosis cada año mata a casi 2 millones de personas y 9 millones desarrollan la enfermedad activa. La tuberculosis va en aumento en países con altas tasas de Sida, particularmente en el sur de África, que ha triplicado las tasas en 15 años. Cerca de los 33 millones de personas afectadas de Sida contraen la tuberculosis latente. "La tuberculosis ha dejado de ser una enfermedad occidental pero en los países pobres sigue siendo mortal. Se trata como a principios del siglo XX", señala Farias.