"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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miércoles, 25 de julio de 2012

Sí, en España las élites vivieron por encima de sus posibilidades, de Juan Laborda en vozpopuli.com

25/07/2012

El gobierno y sus círculos de poder además de justificar su ineficacia aduciendo que no hay alternativa a sus medidas económicas, tratan de introducir, sutilmente, un sentimiento de culpabilidad en la ciudadanía. Como los españoles han vivido muy por encima de sus posibilidades, ahora toca sangre, sudor, y lágrimas. De nuevo desconocen, o protegen, a quienes han llevado a este país a un endeudamiento neto externo récord: el sistema bancario y las grandes empresas no financieras.

La deuda total de la economía española, la suma de valores distintos de acciones y el saldo vivo de préstamos, ascendía a finales de 2011 a 4,3 billones €, o lo que es lo mismo, un 402% de nuestro PIB. Mientras que la deuda de las familias representaba a cierre de ese año el 83% del PIB, los empréstitos de las sociedades no financieras y de las entidades financieras alcanzaban, respectivamente, el 136%, y el 107% del PIB. El resto, alrededor del 77% del PIB, correspondía a las administraciones públicas.

La deuda de España es básicamente privada

Es curioso como desde ciertas esferas de poder se presenta la crisis actual como una consecuencia del endeudamiento del sector público. Además de un profundo desconocimiento de los datos reales, no comprenden que la relación causa-efecto es del sector privado al sector público, donde la quiebra del primero ha visto hundido los ingresos impositivos del segundo. Quien no entienda esto, no comprende nada de la actual crisis sistémica.

Han sido fundamentalmente las élites económicas y financieras, representadas por las sociedades no financieras y las instituciones bancarias, quienes, guiadas por su avaricia, se apalancaron sin ningún control del riesgo, o bien alrededor de un colateral cuyo precio acabó colapsando, o sobre un negocio cuyos retornos son y serán muy inferiores a los que se suponían por el precio pagado.
Como consecuencia, las empresas no financieras dejan de invertir, destruyen capital ya instalado, y despiden a trabajadores. Las entidades financieras, insolventes, cortan el grifo del crédito, en un contexto de incremento de la mora, y tratan de recapitalizarse a costa de los contribuyentes. 

Las familias y los trabajadores no tienen la culpa


Las familias fueron acumulando su deuda actual para la compra de vivienda. El precio de las casas por cualquier métrica de valoración sigue estando sobrevalorado, alrededor de un 50%, tanto si se mide en relación a los alquileres, como en función de la renta de los hogares. En un escenario de destrucción de empleo, descensos salariales, y caídas de la riqueza, como en el momento actual, a las familias no les queda más remedio que reducir consumo privado si quieren mantener su vivienda y disminuir las deudas.

Pero no han sido los trabajadores y sus familias quienes han cometido excesos. Al revés, el nivel de explotación de los asalariados ha llegado a extremos absolutamente intolerables. Ya no basta con tener más de 5,6 millones de parados, y unos míseros salarios, donde el 58% de los trabajadores, después de impuestos y cotizaciones a la seguridad social, ingresan menos de 1.000 euros mensuales. Ya ni siquiera vale que los trabajadores por cuenta ajena paguen cinco veces más de impuestos que las empresas que los contratan, tal como sucedió en 2011. ¡No! Era necesario apretar un poquito más. Y vaya si lo han conseguido.

Con la reforma laboral del gobierno del PP, en nombre del internacionalismo moderno y de las mentiras de la competitividad, los trabajadores perdieron la mayoría de sus derechos. La élite política y económica, con una formación académica y un bagaje intelectual en muchos casos inferior a la de sus empleados y electores, en vez de promover el talento, la innovación y el emprendimiento, decidieron, para el futuro de nuestros hijos, otra cosa bien distinta.

El sector privado empresarial y financiero es insolvente

Por el contrario, las élites financieras y empresariales sí que cometieron excesos, y están quebradas. Sin embargo, continúan a lo suyo, a campar a sus anchas por los ministerios, cambiar leyes, reducir el número de reguladores, acelerar la constitución de monopolios, monopsonios, y oligopolios. Y para colmo, tenemos que rescatarles.

Las empresas no financieras se endeudaron masivamente alrededor de dos conceptos: la vivienda y la diversificación internacional. Desde 1997 España vivió la generación de una burbuja alrededor de la vivienda. El sector inmobiliario aumentaba su peso en la economía, generaba mucho empleo y alimentaba una riqueza ficticia que produjo una sensación de ilusión monetaria. Esta dinámica se vio retroalimentada a través de su financiación por un enorme volumen de deuda. Cuando caen los precios de la vivienda y del suelo, los balances de la inmensa mayoría de las empresas inmobiliarias son insolventes. Este sector es el responsable directo e indirecto del 70% del incremento del paro.

Además del sector inmobiliario la segunda fuente de acumulación de deuda del sector empresarial español fue la diversificación internacional. Las inversiones directas de España en el exterior en los últimos 10 años, utilizando datos de Balanza de Pagos de Banco de España, se han cuadruplicado, alcanzando en de 2011 una cifra superior a los 480.000 millones de euros. Sin embargo, los retornos de esas inversiones directas apenas se han duplicado, reflejando una productividad decreciente del capital. De nuevo compraron tarde y caro.

Finalmente nos queda el sector bancario, que en períodos de auge económico o después de un largo período de crecimiento sostenido suele asumir más riesgo. Los bancos reducen sus exigencias para los préstamos, aceptan unas tasas de endeudamiento más elevadas, y se conformar con una menor proporción de activos líquidos.

La banca española expandió sus balances de manera incontrolada. Sus activos crecían mediante la concesión de créditos y préstamos, básicamente alrededor del sector inmobiliario, y se financiaba con deuda en el mercado de capitales. Las consecuencias ya las conocemos, un rescate bancario en toda regla, que al recaer sobre los contribuyentes se acaba trasladando a la deuda soberana. El proteger a una élite tiene esas consecuencias, la quiebra soberana.

Bajo este análisis, la economía española presenta una crisis de balances. Por lo tanto, el actual gobierno, al igual que tenía que haber hecho el anterior, y no lo hizo, debería haber acelerado la limpieza de los balances del sector privado, sin que finalmente fueran los contribuyentes quienes acabaran pagando los platos rotos. A su vez debería haber peleado por convencer a Europa que España no puede asumir más recortes y ajustes presupuestarios. Pero de todo esto, nada de nada.
Hoy en día una auténtica política reformista exige hacer frente a los monopolios empresariales y financieros, la especulación, la banca insensible, los antagonismos de clase, y el sectarismo. Por favor, dejen de echar la culpa a millones de españoles de los terribles excesos de unas élites empresariales y financieras quebradas, y que sean éstas quienes realmente asuman las consecuencias de sus actos.

sábado, 16 de junio de 2012

Rescate vergonzoso, de Manuel Castells en La Vanguardia 16-6-2012


OBSERVATORIO GLOBAL

Rajoy ha hecho el ridículo ante el mundo asegurando primero que España no necesitaba rescate, nacionalizando Bankia sin tener dinero para pagarla y, finalmente, apelando a un rescate diciendo que no era tal sino tan sólo ayuda financiera para los bancos y no al Gobierno, sin consecuencias sobre las políticas económicas. Siendo así que los fondos de recapitalización van al FROB, o sea al Gobierno, y que, como le han recordado desde la Comisión Europea, el Gobierno es el responsable en último término de la deuda contraída. Es más, la troika supervisora (BCE, CE y FMI) ha condicionado la continuidad del crédito de 100.000 millones al cumplimiento de objetivos macroeconómicos y a la continuidad de las “reformas” (léase más recortes de prestaciones sociales y empleo público). Alusiones irónicas al orgullo español, que se niega a aceptar la realidad de economía asistida (de hecho intervenida desde mayo del 2010), llenan páginas de la prensa internacional. Lo que sería simplemente un nuevo episodio tragicómico de nuestra impresentable clase política si no fuera porque tiene consecuencias graves sobre la credibilidad del rescate con relación a mercados e inversores. Así que tras haber hipotecado aún más el país, asumiendo desde el Estado la insolvencia de la gran mayoría de las instituciones financieras, la prima de riesgo sigue por encima de los 500 puntos de diferencial con Alemania y el tipo de interés de los bonos a diez años cerca del nivel de alarma del 7%. Y la jactancia de que hemos conseguido mejores condiciones que Grecia, Portugal e Irlanda ha provocado la lógica demanda de dichos socios de obtener condiciones equivalentes, reabriendo la negociación de sus rescates.

Es cierto, sin embargo, que la debilidad de la economía española no está en la economía propiamente dicha, una vez superada la burbuja inmobiliaria, sino en el nivel de endeudamiento privado, en la insolvencia de entidades financieras, de empresas y de hogares. Y como la huida hacia delante de Zapatero gastándose lo que no tenía para sostener la ficción de que no había crisis endeudó también al Estado, hemos acabado sepultados por esa masa de deuda cuyas proporciones ni siquiera se conocen por la opacidad de las instituciones financieras y por el trapicheo de las cuentas de gobiernos central y autonómicos. Deuda impagable en las actuales condiciones de recesión económica. Tanto más cuanto que el Gobierno se ha comprometido irresponsablemente a reducir el déficit público, que era del 8,9% del PIB en el 2011, al 3% en el 2014. Y aunque no será capaz de cumplirlo, simplemente hacer como que lo intenta implica redoblar recortes hasta dejarnos en los huesos e imponer condiciones draconianas a los trabajadores públicos y privados so pena de despido. De forma que el rescate de la banca se hace a través del Gobierno, gravando aún más los intereses de la deuda pública, que pagan los ciudadanos, endureciendo las condiciones sociales y laborales y profundizando la recesión por la caída de la demanda interna.

Lo único que aún mantiene el pulso económico es la actividad exportadora, pero con tendencia decreciente porque cae la demanda en la eurozona, nuestro mercado principal, y se cierra el grifo del crédito a las empresas. Es decir que el rescate de los bancos, indispensable para evitar una catástrofe financiera y un eventual corralito, se ha hecho de tal forma que agrava todavía más la situación de la economía real sin introducir perspectivas de salida de la crisis a corto plazo. Más aún: como no hay posibilidad de reducir el déficit al nivel que se ha prometido y como poco más se puede ya ajustar en condiciones laborales, ni siquiera es seguro que los controladores teutones acepten mantener hasta el final la línea de crédito de financiación bancaria. Y todo ello sin explicación honesta a los ciudadanos de cuáles son los datos del rescate ni sus implicaciones. Sin explicación del monumental fallo en las tareas de supervisión del Banco de España, dejando que su expresidente se vaya de rositas diciendo que nadie sabía la gravedad de la crisis (por cierto, yo sí…) y echándoles la culpa a los políticos. ¿Y por qué, entonces, no se explican los políticos? ¿Por qué no hacemos como en Islandia cuando, tras el colapso bancario del 2008, se convocaron nuevas elecciones porque banqueros y políticos habían tejido una madeja de intereses que no se podía desenredar?

Ante todo este sacrificio, todo este secretismo en aras de la supervivencia del euro y hasta de la UE, recordemos que hay diez países en la Unión que no están en el euro y que están mejor que la eurozona. ¿O es que el ideal europeo se reduce a la unión bancaria y monetaria? ¿Se está intentando crear una federación europea sin decirlo y sin someterlo a referéndum popular? Si la única salida de la crisis de la economía real a corto plazo es la exportación y la única forma inmediata de estimular la competitividad es devaluar saliendo del euro, habrá que elegir en su momento entre extinguirnos paulatinamente con un euromarco que no podemos sostener o reconvertirnos a la peseta y rehacer la economía y la vida con autonomía de país y gobernantes democráticos que acepten corregir un error histórico que benefició sobre todo al sistema financiero y a Alemania y su entorno. Como es Alemania quien de verdad necesita el euro, si lo quiere que pague por él mutualizando la deuda, invirtiendo en la reconstrucción económica de la periferia y compartiendo poder en las instituciones europeas. Federalismo sí, pero no en sentido único. Y si los ciudadanos tienen que sacrificarse por el euro, que se sepa por qué, que se abra un debate real, que se sepan los costes y los beneficios en lugar del actual terrorismo ideológico de amenazar con catástrofes innombrables a quienes se atreven a poner en duda el pensamiento único del euro. La disolución del euro es ahora la hipótesis más probable. Hagámoslo ordenadamente, en función de los intereses de los ciudadanos y bajo su control.

sábado, 7 de febrero de 2009

Peligro de desglobalización


El nuevo nacionalismo económico está amenazando la economía mundial - El divorcio entre el discurso correcto y la realidad populista levanta nuevas fronteras donde ya había libertad

ARIADNA TRILLAS EL PAÍS 07/02/2009

Pascal Lamy, director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC), policía y árbitro de los intercambios comerciales, recurre a las enseñanzas de Mahatma Gandhi para cargar contra los distintos disfraces que en estos meses viste el proteccionismo por doquier en el mapa mundi. "Gandhi dijo que, con el ojo por ojo, el mundo entero se vuelve ciego. Hoy podríamos decir nosotros que, con un trabajo (de aquí) por otro trabajo (de fuera), lo que tenemos es paro masivo".

El comercio mundial caerá en 2009 por primera vez en 27 años

Los economistas coinciden en que el pánico llama a las trabas comerciales

Los Gobiernos se debaten entre su fe en el libre comercio y la presión social

Un país puede dañar a sus exportadores al intentar proteger a sus productores

Los líderes de las principales economías del mundo -de China a Estados Unidos, pasando por Francia, Reino Unido, Brasil, Alemania, la India o incluso Rusia- proclaman a cada rato su fe en el libre comercio como estímulo de la recuperación económica. De hecho, hasta ahora han sido relativamente consecuentes con esa fe en los mercados abiertos: según el Banco Mundial, de media, los aranceles han bajado en los últimos 30 años desde niveles superiores al 25% a menos del 10%. Desde mediados de los noventa, el comercio aumentó, de media, a un ritmo anual cercano al 6%, superior al crecimiento económico.

La misma fe en los beneficios del comercio sin trabas se mantuvo imperturbable en la cumbre del G-20 que, el año pasado, en Washington, empezó a orquestar una respuesta global y coordinada al enemigo llamado recesión.

Sin embargo, el divorcio entre el discurso de los líderes políticos y la medicina que éstos aplican para intentar curar una economía gravemente enferma está dejando traslucir brotes de ceguera comercial, de discriminación a los productos del vecino, de trabas que vuelven. Si el libre comercio es una de las señas de identidad de la globalización, son muchos los economistas que la ven amenazada por esta crisis indomable y el modo de combatirla.

"Las investigaciones académicas nos dicen que una de las variables clave por las que los países cambian de rumbo en sus políticas comerciales son las crisis fuertes. Las crisis fuertes dan lugar, por un efecto péndulo, a un intento de cambio del statu quo. Y hoy, el statu quo se caracteriza por haber desarrollado un amplio proceso de liberalización", explica desde Washington Daniel Lederman, economista senior del Banco Mundial experto en desarrollo. Lederman añade: "En el caso además de las recesiones en los países avanzados que se asocian a la deflación (caída generalizada de los precios), las crisis suelen incrementar el proteccionismo. Hoy la amenaza proteccionista es real".

Los ejemplos proliferan como las setas. Hace dos meses, Rusia decidió elevar del 5% al 30% el gravamen para los coches importados. También ha introducido aranceles a la carne de ave y de cerdo. India ha anunciado que durante los próximos seis meses prohibirá la importación de juguetes de China (la mitad de los que importa). Claro que el Gobierno chino antes elevó las deducciones de los impuestos a la exportación de sus juguetes en un 14% para ayudar a sus fabricantes nacionales.

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha aclarado que las ayudas a las empresas de automóviles no son para que se instalen en países con menores costes para vender coches en Francia. "Se trata es de ayudar a frenar la huida de empleo de Francia".

Estados Unidos ha salido a apoyar a sus gigantes del motor de Detroit, pero sólo para que salven sus plantas en el país. No ha tenido gestos con las multinacionales extranjeras instaladas en su territorio. A su vez, EE UU ha sugerido que China juega la carta de una moneda (yuan) competitiva.

"Cuanto mayor es el pánico, mayor es la tentación de caer en la retórica nacionalista, y, sobre todo, de caer en la demagogia más baja, porque la presión social es fortísima", reflexiona Pablo Videla, director del departamento de Economía de la escuela de negocios IESE. Coincide con él -"el pánico hace que todos reaccionen con un sálvese quien pueda", dice, y desde una perspectiva bien distinta-, el catedrático de Economía y presidente de Justicia y Paz Arcadi Oliveras, para quien el proteccionismo en los países ricos "está fuera de lugar" pero quien lo ve "imprescindible para crecer" en los menos desarrollados.

Los peligros de la retórica nacionalista se han evidenciado en el Reino Unido, con la revuelta social que le ha estallado a la cara al primer ministro, Gordon Brown, a raíz del reclutamiento de mano de obra italiana y portuguesa en la refinería de Lindsey y dos años después de haber azuzado con lemas como "empleos británicos para trabajadores británicos". El debate ha salido salpicado de acusaciones de xenofobia. "Pero las empresas no actúan como lo han hecho porque no quieran a británicos, sino porque los otros cobran menos. Buscan menos costes", centra el problema Videla, quien, sin embargo, confía en las lecciones de la Gran Depresión y en que no volverá el repliegue.

"A finales del siglo XIX, el comercio equivalía al 25% del Producto Interior Bruto (PIB) mundial. En los años treinta, cayó a casi el 14%. Es lo que ocurre cuando se culpa al resto del mundo de todo. Llegamos a los cincuenta con un mundo cerrado que generó probreza y conflicto", repasa la historia Videla. Hoy, el nivel ha vuelto al 25%.

Tras el crash del 29, la ley Smoot-Hawley en EE UU fue el pistoletazo de salida de una carrera de aranceles y barreras comerciales que encontró ecos de represalia inmediatos. Las importaciones estadounidenses bajaron de 4.400 millones de dólares a 1.500 millones entre 1929 y 1932. Las exportaciones de EE UU cayeron en el mismo periodo de 5.400 millones a 2.100. La contracción del comercio y de la generación de riqueza mundial fue rotunda.

Lecciones aparte, la interconexión de la economía es hoy tal que la cosa aún se complica más. Pensemos en el rescate de bancos. La banca española, que no ha requerido inyecciones de capital público, acusa de "competencia desleal" a los bancos extranjeros que sí han resultado fortalecidos por las autoridades de sus países: compiten con ellos sin complejos con agresivas estrategias comerciales. El Reino Unido exhorta a la banca a dar crédito a las empresas británicas. Y, en el plano de las finanzas, un agravante: a diferencia de lo que ocurre con el comercio, para el que existe el mencionado policía y árbitro que es la OMC, no existe una autoridad financiera mundial. Es uno de los retos que deberán abordar el G 20 cuando se reúna este abril en Londres.

Pese a la tentación proteccionista, algunos gobiernos ya han comprobado que las medidas pueden ser como un tiro por la culata. Le ha ocurrido al ruso: para ayudar a su industria nacional del automóvil subió los aranceles de los coches de importación, pero ahora ha tenido que lidiar con revueltas en Vladivostok, ciudad portuaria cuyos empleos dependen de la venta de esos coches.

También lo ha descubierto el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Barak Obama. Su controvertida cláusula Compre Americano -que prohíbe el uso de hierro y acero extranjero en la construcción de infraestructuras financiadas con los más de 800.000 millones de dólares de su plan de reactivación económica- no sólo ha puesto el dedo en el gatillo de las denuncias ante la OMC por socios comerciales de EE UU como la Unión Europea o Canadá. También se quejaron, por temor a represalias, las multinacionales General Electric y Caterpillar, o la Cámara de Comercio de EE UU.

En los últimos 15 días, el acero ha hecho asomar al planeta al abismo de una auténtica guerra comercial. Pero, tras su paso por el Senado, la prohibición se aplicará "de manera coherente con las obligaciones de EE UU bajo los acuerdos comerciales", como los pactos firmados bajo el paraguas de la OMC. Ha sido un gesto político apreciado especialmente en Alemania, México y Canadá (primer país al que Obama viajará este mes y que vende a EE UU el 40% del acero que produce). La UE ha bombardeado con cartas a congresistas, senadores y miembros del Gobierno federal animándoles a "dar ejemplo" porque "unos mercados abiertos siguen siendo prerrequisito esencial para una recuperación rápida".

Un proteccionismo leve y temporal puede reactivar la economía americana, puede pensarse. "Eso sería cierto si se pudiera asegurar que efectivamente sería temporal y que nadie más lo aplicaría. Pero las represalias y una espiral proteccionista sería inevitable", opina Lederman.

"Iniciar una guerra comercial no interesa a nadie, pero Obama está focalizado en crear o preservar tres millones de empleos en su país y es difícil explicarle al contribuyente americano que hay que poner dinero en algo que no sirva para crear puestos de trabajo en casa", explica el presidente de la Cámara de Comercio de EE UU en España, Jaime Malet, tras regresar de Washington y entrevistarse con senadores, empresarios y algunos cargos de la nueva Administración. "La política americana es muy dura y toda iniciativa política donde no hay disciplina de partido requiere una negociación durísima", explica.

Pero el proteccionismo no sólo refleja choques de intereses entre países. "En realidad, la crisis hace aflorar el auténtico choque, el de siempre, entre los intereses de los productores, que desean preservar su mercado de los competidores de fuera, y, por otra parte, los exportadores", subraya la catedrática de Economía Aplicada Miren Etxezarreta, miembro de la Red Europea de Economistas Críticos y partidaria de "un proteccionismo oficializado y programado".

Y es que está comúnmente aceptado que "EE UU y los países más avanzados han practicado siempre decisiones proteccionistas", apunta Marta Garrich, miembro del Secretariado del Forum Ubuntu, que no pierde la esperanza de que cuando se retomen las negociaciones para la liberalización del comercio de la Ronda de Doha (fracasaron en diciembre una vez más, pese a los llamamientos del G 20) se aborde la introducción de un impuesto global sobre las transacciones de divisas. "La cuestión es para qué se utiliza el proteccionismo. Tal vez esta crisis sea una oportunidad para que los países más pobres desarrollen sus propias agendas de desarrollo, y también porque se constata que deben replantearse los modelos imperantes hasta ahora en el crecimiento".

Desde la óptica de América Latina, las presiones proteccionistas son encajadas como "una pésima noticia", declara la secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Alicia Bárcena. "Nuestros países desmantelaron gradualmente su estructura de protecciones, disminuyeron sus barreras arancelarias y entablaron negociaciones a nivel bilateral y multilateral para abrir sus economías", recuerda, y, además, si la crisis se alarga mucho, la región puede topar con dificultades de financiación del comercio, "condición necesaria para mantener nuestras economías abiertas".

Según Zoellick, no serán las economías más desarrolladas las que sufrirán una retracción comercial, sino las emergentes. Por ejemplo, China. "La economía china no depende del consumo interno, sino de la inversión extranjera y de las exportaciones. Por eso está sufriendo mucho la caída de consumo en Occidente", enfatiza Amadeu Jensana, director de Programas Económicos y Cooperación de Casa Asia. En diciembre pasado, las exportaciones del gigante asiático sufrieron su peor desplome en una década (2,8%). "Más de la mitad de lo que exporta China lo fabrican empresas occidentales, así que éstas también se ven perjudicadas", apostilla.

La amenaza proteccionista sobrevuela la economía justo cuando la propia crisis desinfla la demanda y el comercio. "Para que el PIB de los países avanzados crezca al 3%, el comercio internacional debe hacerlo al 8%", señala José Antonio Herce, socio director de Economía de Analistas Financieros Internacionales (AFI), que considera "una aberración" la retórica proteccionista -también el llamamiento a consumir productos españoles por parte del ministro de Industria, Miguel Sebastián- porque "de la retórica es fácil pasar a las medidas".

Hoy, la economía mundial apenas crece. ¿Y el comercio? En 2006, aumentó un 8,5%. Según la OMC, en 2007 el ritmo bajó al 6%. El Banco Mundial augura que el comercio mundial va a caer en 2009 por primera vez en 27 años; en torno a un 2%. O más.

Esta contracción va acompañada de cierto repliegue de movimientos que tienen mucho que ver con la globalización. El turismo mundial, por ejemplo, reculó un 1% en la segunda mitad de 2008 y las previsiones para 2009 contemplan una caída global del 2%. Eltransporte internacional de mercancías cayó un 13,5% en noviembre y un 22,6% en diciembre. ¿Estaremos desandando en la globalización?