"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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domingo, 19 de diciembre de 2010

La era de las posibilidades

Occidente sufre la insistente sensación de que su tiempo ha pasado; fuera, muchos países creen que ha llegado el suyo o que está cerca. Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional siguen necesitando una reforma que refleje el cambio del orden mundial

LA VANGUARDIA 17/12/2010
Roger Cohen

Roger Cohen es columnista de temas mundiales del The New York Times y del International Herald Tribune
La caída del Muro de Berlín liberó a Europa, pero su mayor impacto apenas se ha evidenciado en la primera década del siglo XXI. En nuestro vértigo, no vimos el derrumbe de otros muros: por ejemplo entre Turquía –país miembro de la OTAN– y Siria, entonces aliado soviético, donde por lo menos 60.000 minas terrestres sellaron en su día una frontera de casi 870 kilómetros y donde alrededor de 2.000 millones de dólares fluyen anualmente en transacciones comerciales a lo largo de una línea divisoria exenta de visados. Países satélites y ex repúblicas de la antigua Unión Soviética, como Bulgaria y Georgia, también descubrieron a la vecina Turquía. Abandonando su papel de confín de Occidente, Turquía se ha convertido rápidamente en eje central de Eurasia.

Un África destrozada en los días de la guerra fría por la batalla entre representantes soviéticos y estadounidenses, aprendió a mirar allende muros ideológicos, permitiendo no solo algunos hallazgos de buena vecindad –Sudáfrica y Mozambique– sino también el desarrollo del comercio con China, que ha aumentado pasando de 10.000 millones de dólares en el año 2000 a muy por encima de 100.000 millones de dólares en la actualidad. Se espera que África crezca un 5.2% en este próximo 2011, más del doble del ritmo pronosticado para Estados Unidos y Europa. El director ejecutivo de Coca-Cola ha identificado al continente africano como una de las principales prioridades de inversión de la empresa.

Estos cambios forman parte de las corrientes más profundas y pausadas, aunque invisibles, que manaron de Berlín.

Si Occidente vibraba de emoción hace dos décadas por recibir a una Europa libre y completa, actualmente está mucho menos satisfecho con un mundo donde se le pasa por alto más fácilmente. El austero menú fijo de relaciones de la guerra fría se ha convertido en un extravagante à la carte. ¿Qué podemos decir de las uniones matrimoniales peruano-indios? El papel central estadounidense se ha desgastado, Europa se ha vuelto políticamente marginal y Japón, miembro honorario de Occidente, es simplemente deprimente. “¿Dónde está nuestra influencia?”, se quejan los diplomáticos occidentales. Muchas veces tienen muy poca, como en el caso de Irán.

En otras partes, empero, hay entusiasmo y emoción. Latinoamérica, superando viejos reflejos y resentimientos, comercia ahora con China e India, explora nuevas oportunidades en África y poco le importa que Estados Unidos esté muy agobiado por la guerra y la incertidumbre como para prestarle mucha atención. “Una Latinoamérica con mayor confianza en sí misma no está descontenta con la atención de Estados Unidos en otra parte”, me dijo Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo. “Atiende en cambio a Asia, cuyo interés en la región es enorme. La cooperación sur-sur crece al tiempo que no se ratifican acuerdos de libre comercio colombianos y panameños con Estados Unidos”, señaló.

En la actualidad, una división mundial esencial se abre entre un Occidente preocupado, deprimido y desorientado (donde el libre comercio se traduce en una pérdida de empleo) y el boyante, aventurero y cada vez más confiado mundo emergente de países como Brasil, Turquía y Sudáfrica. Occidente padece la insistente sensación de que su tiempo ha pasado; fuera de él, muchos países creen que ha llegado el suyo o que está cerca.

Aunque se habla de una nueva Era de Ansiedad, la neurosis de hecho está bastante circunscrita. Ciertamente, la desazón es patente en Estados Unidos, que sigue siendo, y con mucho, la economía más grande del mundo, y también es compartida por la Unión Europea. Los problemas que padecen –crecientes déficits, alto desempleo, envejecimiento de los baby boomers y esporádico rechazo de los inmigrantes– son espinosos. El exceso ha dado paso a la angustia. El apetitoso dinero se ha agotado.

Sin embargo, la gran mayoría de la población mundial vive fuera de estos exhaustos y sobrecargados enclaves. Para miles de millones de seres humanos, las oportunidades se amplían en lugar de contraerse, aunque de manera muy desigual. De hecho, cabe afirmar que esta es la nueva Era de las Posibilidades.

Estos cambios espectaculares entrañan peligros. Consideremos la irrupción de la Alemania de finales del siglo XIX en el escenario europeo como Estado-nación unificado y el siglo de baño de sangre y enfrentamientos que supuso solucionar la cuestión alemana. Tengamos en cuenta las convulsiones globales que cimentaron el auge de Estados Unidos en el siglo XX y el declive del imperio británico.

No creo que la transición de poder actualmente en marcha sea menos dramática. China es un enorme solar en construcción que apunta al pleno desarrollo para mitad de siglo y a un posible dominio en el año 2100. Ya ha producido una fenomenal riqueza. En otoño pasado conversé con Eric de Rothschild, quien dirige Château Lafite-Rothschild, la soberbia bodega de vinos bordeleses. “Conozco a gente que compró cajas de la cosecha 1982 y que ansiaba consumirlas”, me dijo. “Ahora, gracias a lo que los chinos están dispuestos a pagar, confían en comprarse un piso con las ganacias de su venta”, afirmó.

Llámesele agitación mundial: nueva riqueza que reemplaza a la vieja. Pero, por supuesto, resulta perturbador.

Estadounidenses y europeos de clase media observan cómo desaparecen empleos temporales en Guangzu o Bangalore; contemplan la pérdida de valor de casas para cuya compra pidieron prestadas enormes sumas; siempre han de trabajar más para mantener su nivel de vida y dar a sus hijos la educación exigida por un mundo moderno y que demandan las nuevas tecnologías; perciben una creciente desigualdad y ven que sólo los ricos se enriquecen; se preguntan si durarán los derechos sociales básicos, como la asistencia médica y las pensiones. Están sobreendeudados y, al parecer, son prescindibles. En resumen, se identifican con el personaje del cuadro El grito, de Edvard Munch. Y así comienza la búsqueda de chivos expiatorios y avanzan los movimientos políticos que los identifican. El próspero Tea Party es un movimiento estadounidense, pero muchas de sus pócimas se beben en la Europa del holandés Geert Wilders.

Sin embargo, no estoy preocupado en exceso. Esta impetuosa transformaciónde principios del siglo XXI se lleva a cabo con un puñado de ingredientes singulares que me hacen confiar en que la violencia que habitualmente ha acompañado estos cambios drásticos pueda evitarse.

El primero es el tejido de redes sociales que ahora se extiende por el mundo. Los quinientos millones de usuarios de Facebook constituyen cierto tipo de seguro contra la disgregación. Tal vez sea demasiado intangible como para satisfacer a las aseguradoras, pero no es despreciable. Estar en contacto mediante sistemas que borran las fronteras nacionales dificulta incurrir en conflictos violentos a gran escala según las líneas divisorias.

El segundo son las guarniciones estadounidenses en Asia que, situadas en un área de cambio más rápido, compensan el auge de China y tranquilizan a otras potencias. La Pax Americana todavía no ha muerto.

El tercero es el cansancio de Estados Unidos por la guerra casi una década después del 9 de septiembre de 2001; el período de atrincheramiento inaugurado por el presidente Barack Obama perdurará cierto tiempo.

El cuarto es la obsesión china con la estabilidad global. Se juzga en Pekín como el sine qua non del 9% de crecimiento anual que, a la vez, sostiene al gobierno del Partido Comunista.

Y el quinto es la profunda interdependencia de los vínculos chino-estadounidenses, una relación tan importante para cada parte que su ruptura es casi inconcebible.

Por tanto, existen importantes fuerzas estabilizadoras conforme cobra vida un nuevo mundo. Por eso el paradigma son las posibilidades. Pero aun bajo el gobierno de Obama presiento un Estados Unidos más inclinado a preservar la creencia en la influencia que tuvo que a aceptar los ajustes exigidos por el reequilibrio del poderío mundial. Tal actitud alimenta tensiones.

Las principales instituciones del mundo, como la Organización de las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional, siguen necesitando una reforma que refleje el cambio del orden mundial. El G 20, sin el respaldo de ninguna estructura profesional significativa, representa un paso, pero inadecuado. La inestabilidad de las monedas está motivando una creciente preocupación sin ninguna señal de acuerdo sobre cómo solucionarla.

La perspectiva convencional de Estados Unidos hacia Oriente Medio –el tipo de mentalidad que ve a la nueva Turquía como insuficientemente ligada a Occidente, o que se imagina que la doble moral de tolerar el arsenal nuclear de Israel pasa inadvertida, o que afirma que ningún sector de los amplios movimientos políticos Hizbulah y Hamas podría ser llamado a participar de modo fructífero, o que se imagina que la opción de bombardear Irán no es una receta para un desastre casi inimaginable– sigue necesitando de una sacudida, sobre todo en el Capitolio.

Como consecuencia, Obama no ha sido un agente de cambio tan importante como sugerían sus discursos iniciales. El muro que parte Tierra Santa desaira la esperanza. El presidente estadounidense cada vez se parece más a un hombre inseguro sobre sus convicciones esenciales sobre quien se proyectó un erróneo idealismo en momentos en que Estados Unidos ansiaba una renovación.

En otros lugares, la renovación es real. Es palpable en Turquía, donde la tasa de crecimiento alcanzará el 7% este año. Todavía se libra una batalla entre el ardiente secularismo de Ataturk, fundador de la república moderna, y el islam moderado del gobernante PKA, pero en general me parece gratificante: la mezcla turca de ambas corrientes ideológicas es tonificante y es un recordatorio de cuánto disparate se vocifera sobre la supuesta incompatibilidad del islam con la modernidad. Estambul tal vez sea el principal revés mundial para los discípulos del punto de vista mundial del choque de civilizaciones.

Mientras aún se lucha por la esencia de Turquía, el nuevo panorama del país parece claro. “La geografía de Turquía es tal que no acepta la división Oriente-Occidente o Norte-Sur”, me dijo en una entrevista Ahmet Davutoglu, ministro de Asuntos Exteriores. “Estamos en Occidente, pero también somos uno de los principales protagonistas en Asia y Oriente Medio. Intentamos una normalización de la historia. La guerra fría fue una anomalía. El ‘telón de acero’ no estaba sólo en Berlín sino a nuestro alrededor. Por tanto, no teníamos buenas relaciones con nuestros vecinos”, precisó el ministro.
“Y observamos que para ser influyentes en nuestra región hay que tener una nueva imagen y expresarse con sinceridad, sin imponer nada”, continuó. Davutoglu está cansado de lo que considera una doble moral occidental: “Cuando participamos activamente en Afganistán, no nos dicen que nos estamos inclinando a Oriente. Afganistán es más oriental que Irán. Pero en lo relativo a Afganistán, a todo mundo agrada que estemos en Oriente”.

En 2011 se cumplirá el décimo aniversario del devastador ataque de Al Qaeda en Estados Unidos que dejó casi tres mil muertos en Nueva York y Washington. Contra la opinión de moda, Estados Unidos no invadió Afganistán –recuérdese la estrategia de la guerra argelina– por un motivo fútil. Resuenan las palabras de Kipling, casi 102 años después:

“Los puertos en los que no entraremos,
Los caminos que no pisaremos,
Anda, hazlos con tu vida
Y márcalos con tu muerte”.


Los límites del poderío de Estados Unidos en la actualidad son notablemente claros, aun cuando la forma en que se repartirá el poder en este siglo todavía joven, y con qué fin, sigue siendo una cuestión sin resolver; efectivamente, es un asunto escasamente abordado por aquellos a quienes –ya sean temerosos o dominadores– interesará e involucrará.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Aunque la India se vista de seda, la mujer sigue discriminada


  • Bajo los bellos saris se esconde una realidad: la discriminación de la mujer
  • La India presume de venerar a sus mujeres pero las considera inferiores
  • Muchas embarazadas abortan cuando saben que no es un niño
  • Afortunadamente, con el desarrollo económico la situación está cambiando
Ampliar fotoDiscriminación en India O.FREIJO
Ampliar foto SumitSumit Batheja en un momento de un rodaje de una película en Bombay.
OLIVIA FREIJO 24.11.2009"Salvo una ocasión especial tengo que estar a las 7 en casa. Nunca he pisado una discoteca ni he besado a un chico".
Si una joven de 22 años dijera esto en España, la sociedad pondría el grito en el cielo, pero Sophie Sing Rana vive en India (en el estado norte de Punjab) y asegura que es algo habitual en su país.
Sophie estudia su último año de Derecho en el estado norte de Punjab pero quiere ir a hacer un master a Londres, como hizo su hermano Sandeep. Es consciente de las limitaciones que tiene en la India como mujer y se enfada mucho cuando su madre dice: "mi hijo puede casarse dondequiera con una extranjera pero mi niña tiene que casarse con un indio en India".
Y es que, aunque la India presume de venerar a sus mujeres- incluso tiene una presidenta- en realidad las considera inferiores al hombre en casi todos los ámbitos. Allí, aunque la mujer se vista de seda, mujer se queda.

Discriminadas desde el nacimiento

En la India la discriminación hacia la mujer empieza antes de su nacimiento, explica Sumit Batheja, un joven que trabaja en la industria de Bollywood.
"Muchas mujeres abortan cuando están embarazadas de una niña e incluso lloran desconsoladas al saberlo". Por ello, los médicos en este país tienen prohibido revelar el sexo de los fetos, aunque se hace clandestinamente.
Según Sumit, lo lamentable es que sea la propia mujer la que permita y fomente esta práctica.
Se supone que el hombre es el encargado de perpetuar el legado familiar y dar solvencia económica a la familia, mientras que la mujer, en muchos casos, es vista como una carga.

Matrimonios de conveniencia

Luego viene la discriminación en las escuelas, mucho más acrecentada en las zonas rurales, ya que como bien señala Sandeep, el hermano de Sophie, el grado de desigualdad con la mujer depende de la zona, la religión y el status social de la familia.
No obstante, Sandeep considera que la discriminación existe en todas partes- en algunas zonas es más latente que en otras- y muestra su indignación calificando de patética la situación de la mujer en su país.
Ya en la Universidad, mujeres como Sophie no pueden decir que están saliendo con un chico.
"Las jóvenes indias no pueden hablar de sus relaciones, no pueden decir a la gente que quieren que están saliendo con un chico porque está mal visto", asegura Sumit Batheja.
Sophia comenta que una vez pillaron a una amiga suya viéndose a escondidas con un chico y como castigo sus padres la encerraron en casa durante mucho tiempo.
Además, las mujeres no pueden tener relaciones antes del matrimonio, mientras que en el caso del hombres se entendería como una 'necesidad humana'. Muchos de estos matrimonios son de conveniencia.

Como en los años 50

Sandeep cree que la llave para la equidad es la educación y aunque ve el futuro con optimismo opina que es terrible que la mujer esté condenada a aceptar lo que decida su familia.
Compara la India con la sociedad americana de los años 40-50, donde la mujer estaba relegada a las labores domésticas. "Se desaprovecha el talento de la mujer".

Por su parte, Sumit señala el desarrollo económico del país, que ahora sí necesita la ayuda de la mujer trabajadora, como posible solución. "Hoy en día no he visto que una mujer culta y educada sea discriminada", asegura.
Pero la igualdad tardará en generalizarse. La seda, las especias y las maravillas de la India que tanto encandilan a Occidente, cubren una realidad -terriblemente contradictoria- que no aparece en las guías de viaje.

jueves, 19 de febrero de 2009

INFANTICIDIO / MORIR POR NACER NIÑA



MORIR POR NACER NIÑA

El Mundo

Fuente: http://www.elmundo.es/2007/05/13/cronica/2122251.html
Salem, en el sur de la India, es el lugar del mundo donde una niña tiene menos opciones de sobrevivir. El 60% muere en el vientre materno por aborto o tras nacer. El periodista observa, incrédulo, el método utilizado en la capital del infanticidio: el líquido de «la flor del mal». Ellas son vistas como una carga inasumible
DAVID JIMÉNEZ. Enviado especial a Salem (India)

Cunas vacías en el orfanato Bebés de Cuna. (Foto: David Jiménez)
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Cunas vacías en el orfanato Bebés de Cuna. (Foto: David Jiménez)



Hay muchas formas de matar a una hija en la India, pero las mujeres de Pudhupalayam siempre han utilizado el «beso de la flor del mal». Los campos de esta zona remota del sureño Estado de Tamil Nadu están cubiertos por adelfas que mezclan la belleza de sus colores rosado y blanco con el líquido lechoso y altamente tóxico de su tallo. Bastan unas gotas de su veneno para acabar con la vida del bebé.


anapixel
Es mediodía y las mujeres de la aldea han dejado sus trabajos en el campo para resguardarse bajo los cocoteros y discutir abiertamente la desaparición de las niñas en el pueblo, las razones de los infanticidios y las posibles soluciones. No hay falsas pretensiones de inocencia ni excusas. Las madres de Pudhupalayam admiten haber dado el «beso de la flor del mal» a decenas de sus hijas y se preguntan en voz alta qué otra cosa pueden hacer. Durante años han celebrado ceremonias, sacrificado animales y rezado a los dioses para que no les traigan más niñas. «Pero siguen viniendo», protesta Pavayee, una campesina de 40 años que fue abandonada por su marido porque ninguno de sus dos primeros hijos fue varón.

Tradiciones centenarias, pobreza y presión social han convertido el distrito indio de Salem en el lugar del mundo donde una niña tiene menos posibilidades de llegar a cumplir los cinco años. Las autoridades locales aseguran que al menos un 60% de las hijas son abortadas antes de nacer o asesinadas en sus primeros tres días de vida. El problema se extiende a toda la India y ha sido declarado una emergencia nacional después de que se hayan publicado estadísticas que aseguran que el país tiene un déficit de 50 millones de niñas y mujeres, según datos de UNICEF.

La llegada de una hija es recibida en la capital del infanticidio con el pesimismo de un monzón sin lluvias o la muerte del ser más querido. Para los lugareños no hay duda de que las mujeres ponen en peligro el futuro familiar: la discriminación que sufren les impide heredar propiedades, no pueden trabajar el campo como los hombres y, cuando llega el momento de casarlas, sus padres deben pagar dotes que les obligan a endeudarse de por vida. Un cartel a la entrada de un pueblo de Salem resume hasta qué punto está arraigada la idea de que las niñas son una carga. «Paga 500 rupias ahora y ahórrate 50.000 después», se lee en el mensaje que alienta a las familias a abortar y evitar así tener que hacer frente a la dote en el futuro.

G. George, director de Community Services Trust, una de las pocas ONG que luchan contra el infanticidio en esta zona del sur de la India, asegura que la preferencia por el varón ha ido imponiéndose con el tiempo hasta convertir en cotidiano lo que en cualquier otro sitio sería moralmente inaceptable. «Esta zona vivió siglos de invasiones y guerras. Sus comunidades necesitaban hombres para formar sus ejércitos y defenderse. La llegada de una mujer era vista como un soldado menos», dice G. George señalando el origen histórico del problema.

El veterano activista cuenta cómo meses atrás reunió a todos los habitantes de una aldea y organizó una ceremonia hindú en la que las familias debían comprometerse a no matar a sus hijas. Se pidió a un centenar de futuras madres que dieran un paso al frente si estaban dispuestas a sellar la promesa de dejar vivir a la próxima niña que tuvieran. La mayoría se quedaron sentadas.

Punida, una pequeña de grandes ojos negros, pelo rizado y piel tostada por el sol, ha vivido provisionalmente a la espera de que se cumpla la sentencia de muerte que se le impuso nada más nacer hace dos años en la aldea de Pudhupalayam. Sus padres, Chinna Ponnu y Chinnaraj, decidieron que le darían «el beso de la muerte» en cuanto la madre quedara embarazada de nuevo, sin esperar siquiera a saber si el segundo sería niño. Pero el embarazo no termina de llegar y los padres de la pequeña temen ahora que su hija se esté haciendo demasiado mayor. «Ya no puede hacerse. No lo permitiremos», confirman las ancianas del pueblo, aupando a la niña en brazos y posando sus manos sobre su cabeza en señal de que cuenta con la protección de los dioses.

El futuro de Punida está lejos de haber quedado garantizado. En Salem se han dado infanticidios de niñas de hasta siete años e incluso se conocen casos de familias que mataron a sus hijas al alcanzar la pubertad para evitar la vergüenza pública de no poder satisfacer la dote. Si finalmente decidieran matar a su hija, los padres de Punida saben que sólo tendrían que lidiar con su conciencia. Las leyes aprobadas en los años 90 para castigar con más dureza los infanticidios rara vez se cumplen.

La muerte de más de 5.000 niñas en Salem -algo más de tres millones de habitantes- en los últimos años sólo ha provocado dos detenciones. En las aldeas impera la ley del silencio y el único castigo suele estar reservado para quienes rompen ese código. Papathy, una madre de siete hijos de la aldea de Kottamettupatty, dejó de lado todas las tradiciones y hace dos años denunció que una vecina había envenenado a su hija. La policía decidió actuar: esto es, deteniéndola a ella durante dos meses. Cuando fue puesta en libertad, los habitantes del pueblo trataron de lincharla y forzaron su destierro. «Nuestras madres y las madres de nuestras madres han matado a sus hijas. Para la gente no hay nada malo en hacerlo porque siempre se ha hecho», dice Papathy, hoy convertida en una activista antiinfanticidio que recorre los pueblos de Salem investigando casos y fomentando la denuncia.

La policía carece de medios o interés para investigar. Las muertes de niñas ahogadas en estanques son sistemáticamente descritas como accidentes y las palabras «enfermedad natural» acompañan a los certificados de defunción de las que perecen porque sus madres han dejado de alimentarlas. Las víctimas de «la flor del mal», conocida entre los lugareños como erukku, jamás son identificadas porque no hay médicos capaces de realizar un análisis que detecte la presencia del veneno y los cadáveres se incineran poco después de la muerte.

ENTRE LA CLASE MEDIA

El infanticidio no se limita a las zonas rurales o pobres. Salem es, a pesar de las privaciones de muchos de sus habitantes, el quinto distrito más próspero del Estado de Tamil Nadu. La preferencia por el varón está igualmente arraigada entre las poblaciones urbanas y entre las clases medias y altas de la India, donde el fácil acceso a máquinas de ultrasonido hace que las parejas opten por abortar al conocer el sexo del bebé. El rechazo a las niñas es el mismo, sólo cambia el método, y el infanticidio se ha convertido en la opción de los pobres que no tienen acceso a las ecografías o el dinero para pagar un aborto.

La sociedad india está empezando a despertar ante la realidad de la situación gracias a la publicación en la prensa de impactantes noticias como el descubrimiento el pasado mes de febrero de una fosa común con los restos de cerca de 400 bebés en el jardín de una clínica de Ratlam, en el Estado de Madhya Pradesh. Los cadáveres habían sido triturados y bañados en ácido para ocultar el hecho de que todos ellos pertenecían a fetos femeninos o niñas recién nacidas del departamento de maternidad del hospital. Poco antes la cadena de televisión Sahara Samay había grabado con cámaras ocultas a doctores de 36 ciudades llevando a cabo abortos en los últimos meses de gestación. Uno de ellos aconsejaba a las parejas que arrojaran los fetos al río Yamuna que rodea el Taj Mahal. «Coges un rickshaw y lo tiras por el río», indicaba el médico a la pareja de reporteros, que se habían hecho pasar por un matrimonio deseando deshacerse de su futura hija.

La India, con un 8% más de varones que hembras, tiene ya el mayor desequilibrio de población por sexo del mundo después de China. La policía asegura haber detectado un aumento de crímenes sexuales, tráfico de personas y violencia en regiones donde los jóvenes no pueden encontrar suficientes mujeres. El secuestro de novias se ha generalizado y se han dado casos de hermanos que comparten esposa. La situación es lo suficientemente seria como para que en las últimas elecciones locales en Punjab y Haryana, dos de las zonas más afectadas, los políticos dejaron de prometer empleos o viviendas para asegurar que si ganaban habría «esposas para todos».

Algunos políticos y ONG han tratado de buscar responsabilidades lejos del país, centrando su ira en la multinacional estadounidense General Electric (GE), a la que acusan de genocidio por haber introducido máquinas de ultrasonido que han permitido a millones de padres abortar a sus hijas tras conocer el sexo del bebé. «¿Cuántos millones de niñas más deben morir antes de que compañías como GE acepten su responsabilidad?», se preguntaba el activista Sabu George. La empresa ha tenido que lanzar una campaña de relaciones públicas y recordar que ellos sólo han creado la tecnología y que depende de autoridades y usuarios hacer buen uso de ella.

Detrás de la polémica se esconde la impotencia de unas autoridades que admiten haber perdido la batalla contra los abortos ilegales y el infanticidio. Ni las leyes que desde hace 12 años prohíben el aborto selectivo ni la norma que impide a los médicos anunciar a los padres el sexo de su futuro bebé han logrado reducir el problema. El Ministerio de la Mujer y el Desarrollo Infantil ha empezado a habilitar miles de cestas por todo el país para que las parejas puedan abandonar a sus hijas en el anonimato y sin temor a represalias. El plan de choque de las autoridades incluye la supresión de trabas a las adopciones en un intento de que miles de parejas de dentro y fuera del país puedan hacerse cargo de las niñas que se prevé colapsen los servicios sociales.

EL PEOR PRESAGIO

«Lo que estamos diciendo es que tengas a tus hijos, que no los mates. Y si no quieres una niña, entréganosla a nosotros. Pero no las matéis porque estamos ante una situación de crisis», decía semanas atrás la ministra de la Infancia Renuka Chowdhury en un emotivo mensaje a la nación.

Los programas de abandono de bebés que ahora se van a aplicar en toda la India no son nuevos en el distrito de Salem. El Gobierno local los ha aplicado de forma intermitente desde hace años con resultados mixtos. El día que Crónica visitó el centro Bebés de Cuna habilitado en Salem, dos cuidadoras se encontraban cruzadas de brazos ante una larga hilera de cunas vacías. Pushparani, la encargada, había anotado el último ingreso nueve días atrás. «Bebé 834», se podía leer en el registro de entradas. Lo que en cualquier parte del mundo sería una buena noticia -un orfanato sin bebés abandonados-, está considerado aquí como el peor de los presagios. «Si no tenemos bebés, ¿qué ha sido de ellos?», se preguntaba Pushparani. «O han muerto en el vientre de sus madres o han sido asesinados. Ésas siguen siendo las opciones más utilizadas para deshacerse de una hija».

La solución a los infanticidios de la India pasa por romper el ciclo de pobreza y tradiciones que han hecho que tener una hija sea una carga a menudo insoportable. Mientras llega ese día, un grupo de ONG locales ha tomado la iniciativa con programas de educación, la creación de una línea de teléfono de emergencia para denunciar infanticidios y la organización de comités de vigilancia en las aldeas. Voluntarios reclutados entre los propios habitantes de cada pueblo hacen un registro y seguimiento de los embarazos, se aseguran de que el bebé nace y lo protegen durante sus primeros dos años de vida. A cambio, la madre recibe ayudas para hacer económicamente viable la manutención de la hija.

Los programas sociales han empezado a dar resultados en aldeas como Pudhupalayam, donde Sevandhi Ammal destaca sobre el resto de las mujeres. Tiene tres hijas, el mismo número de veces que ha resistido la presión social para que hiciera lo que se espera de las mujeres de Salem. «¿Cuándo lo harás?», es lo único que preguntó su suegra cuando supo que había tenido una nieta. «¿Cuándo lo harás?», insistió su marido, suponiendo que alguna culpa pesa sobre las mujeres que dan a luz una niña y, por tanto, son ellas las que deben solucionar el problema. «¿Cuándo lo harás?», preguntaron sus vecinas, recelosas de que alguien pudiera contrariar la idea de que ellas habían hecho lo correcto cuando mataron a sus propias hijas.

«Todo el mundo me decía que debía matarlas. Tuve tentación de darles el veneno. Estuve a punto de hacerlo con cada una de ellas. Rompí el tallo y puse el veneno en un cazo, pero no pude dárselo», recuerda Sevandhi, que hoy tiene 40 años y el rostro arrugado por lustros de trabajo en el campo.

Sevandhi había roto el ciclo que siempre ha condenado a las niñas de Pudhupalayam y, sin saberlo, había dado fuerzas a otras mujeres que deseaban decir que no y nunca se habían atrevido. Su ejemplo fue imitado por otras mujeres de Pudhupalayam y los resultados corretean hoy medio desnudas y sin zapatos entre las casas de barro y los campos resecos que aguardan la llegada de las primeras lluvias. Una veintena de niñas han nacido en la aldea en los últimos tres años y el número de infanticidios se ha reducido drásticamente.

¿Significa eso que las madres de Pudhupalayam han decidido dejar vivir a todas las niñas que les traigan los dioses? «No», responden al unísono las mujeres sentadas en un gran círculo. Días de discusiones y debate bajo los cocoteros han llevado a la mayoría a comprometerse a que en ningún caso darán el «beso de la flor del mal» a las hijas primerizas. Pero, ¿y si vienen más hijas? «Nadie puede pedirnos que tengamos más niñas sin ofrecernos con qué mantenerlas», dice una de las mujeres alzando la voz. «Matarlas es la única solución».

LA FLOR DEL MAL

La erukku o flor del mal es a la vez vida y muerte en La India. Los habitantes del Estado de Tamil Nadu usan su líquido lechoso para sanar heridas y sus propiedades medicinales se siguen utilizando para tratar la lepra en humanos y enfermedades diversas en los elefantes. Pero su veneno es mortal cuando se ingiere directamente, sobre todo si son bebés y niños. Las madres que quieren matar a una hija suelen abrirle la boca, romper el tallo y dejar caer unas gotas. En minutos se producen convulsiones y la niña suele morir antes del amanecer. La muerte, que no siempre es rápida y puede ser dolorosa, apenas deja rastro.

martes, 13 de enero de 2009

El feticidio femenino en la India ha dado lugar a una generación de hombres 'desesperados'

EN DOS DÉCADAS SE HAN PERDIDO MÁS DE 10 MILLONES DE NIÑAS
Una niña india. Foto: EL MUNDO

Una niña india. Foto: EL MUNDO

11/03/2008

YODONA.COM

Un refrán popular hindú dice: "Tener una hija es como plantar una semilla en el jardín de otra persona". Una frase que no hace más que recoger la dura realidad de la India, país castigado por el feticidio femenino generalizado durante dos décadas en las que han perdido a más de 10 millones de niñas.

Allí nadie quiere tener hijas, ni los ricos ni los pobres; y las madres abortan una y otra vez hasta concebir un varón. A pesar de la ilegalización de los abortos 'selectivos' y de las continuas campañas del Gobierno -la última medida anunciada pasa por una ayuda monetaria de 3.000 dólares por niña-, nadie tiene una solución capaz de terminar a corto plazo con esta tragedia y en algunas aldeas del norte del país ya se ven afectadas miles de familias que no consiguen novias para sus hijos.

La preferencia por los hijos varones está provocando un gravísimo déficit de mujeres en todo el país. Si en Occidente, el número de féminas supera el de varones al menos en un 3%; en la India, hay un 8% más de hombres que de mujeres, y ya ha surgido una generación de adultos que son incapaces de encontrar esposa, lo que está provocando un creciente descontento social.

Como denuncian las escritoras Valerie M. Hudson y Andrea den Boer en su libro 'Bare Branches', existe una relación entre la proporción de sexos y la incidencia de delitos violentos perpetrados por grupos de hombres jóvenes llenos de testosterona que se dedican al saqueo y a sembrar el caos.

En la misma línea, un líder local del estado de Haryana equiparó el año pasado la falta de mujeres casaderas con la escasez de cereales y hambrunas. Un símil acertado, si tenemos en cuenta que se está extendiendo la práctica de traficar con mujeres de las zonas pobres -en muchos casos, niñas- para casarlas con los jóvenes 'desesperados', y adinerados. Así, algunas familias humildes de Bihar, West Bengal y Madhya Pradesh reciben apenas 10.000 rupias (unos 180 euros) por una hija que será sometida a trabajos forzosos y tratada como esclava sexual una vez contraiga matrimonio.

¿Podrán por fin la India proporcionar a sus niñas las opciones que sus propias madres nunca tuvieron?

sábado, 18 de octubre de 2008

El granero indio estaba envenenado

El cáncer y otras enfermedades se ceban con los habitantes de Punjab - El abuso de fertilizantes durante 40 años ha contaminado las aguas

ANA GABRIELA ROJAS - Bathinda (India) - EL PAÍS, 16/10/2008

"Siento las moscas caminando por todo mi cuerpo, pero no puedo quitármelas", dice Jagdev Singh con los ojos desorbitados. Es un adolescente con aspecto de niño que ha ido perdiendo el movimiento en las extremidades por una enfermedad degenerativa. Ya no puede andar ni mover los brazos. "Los médicos dicen que se debe a la excesiva exposición a la urea, un fertilizante", cuenta su madre, Charanjeet Kaur. En Jajjal, un pueblo de 3.500 habitantes en el Estado de Punjab -al norte de la India- hay otros tres niños con el mismo diagnóstico. Y en los últimos seis años 40 personas han muerto y 15 están enfermas de cáncer, explica Jarnail Singh, un profesor retirado cuyas dos cuñadas fallecieron.

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    Capital:
    Nueva Delhi.
    Gobierno:
    República.
    Población:
    1,147,995,898 (2008)

"Sin los pesticidas no podríamos ser autosuficientes", dice el Gobierno

Como en Jajjal, en Punjab el número de enfermos no deja de aumentar. Y los expertos apuntan al excesivo uso de químicos en la agricultura como la causa. Este Estado, uno de los más prósperos de la India, se convirtió en la "canasta de pan" del país con la revolución verde, cuando en los sesenta se industrializó el campo y llegaron fertilizantes, pesticidas y semillas mejoradas. La India lograba su sueño de salir de la hambruna y volverse, casi de un día para otro, autosuficiente en alimentos. Y Punjab fue la clave: cuadriplicó su producción de trigo y arroz, proveyendo al país de casi la mitad de los granos.

Pero los campesinos se vieron obligados a poner cada vez más químicos para mantener la producción. La mayoría tienen unos pocos acres y quieren maximizar las cosechas con productos, alentados por los subsidios del Gobierno que llegan al 85% de su coste.

Así que Punjab, con menos del 2% de tierra cultivable del país, consume el 18% de sus fertilizantes. "Hemos convertido el campo en adicto. Hoy tengo que usar dos o tres veces más cantidad que antes. Querría dejarlos. Son muy caros, pero temo no poder mantener a mi familia sin ellos. Somos dependientes del veneno", explica el campesino Amarjee Singh.

Así, tras cuatro décadas de intensivo uso de químicos -algunos prohibidos en Europa y en EE UU-, éstos han llegado al agua subterránea y se han colado en la cadena alimentaria. Las industrias que vierten sus residuos en los ríos tienen parte de la responsabilidad, sin duda. Pero son los pesticidas los que explican que el agua en Punjab sea "un riesgo para la salud" y una de las principales causas de muerte, según un reciente estudio del Consejo de Control de Contaminación del Agua del Estado. Los tóxicos podrían estar en el origen de enfermedades como la que impide moverse a Javgdev, o el cáncer.

El secretario de Salud y Bienestar Familiar de Punjab, Tilak R. Sarangal, que tiene ese informe sobre su escritorio, dice: "Los niveles de contaminación y tóxicos en el agua son alarmantes, pero no podemos achacar a ello los enfermos de cáncer". Otros especialistas coinciden en que es imposible establecer una causa-efecto directa. "Pero sí hemos encontrado correlaciones epidemiológicas. Cada vez se usan más pesticidas y hay más gente enferma", asegura GPI Singh, director del Colegio Médico y hospital Dayanand.

Singh ha trabajado en la zona durante más de 25 años. Sabe de lo que habla cuando asegura que están aumentando de forma impresionante los índices de cáncer, los abortos espontáneos, los defectos en el cerebro, la alteración en el ADN, la menstruación temprana y el poco esperma en los hombres. "La revolución verde ayudó a alimentar a una generación pero con el coste de dañar la salud y con alimentos tóxicos". En la sangre de los punjabis se pueden encontrar desde seis hasta 13 residuos de pesticidas diferentes.

Las pérdidas también comienzan a notarse en los bolsillos de los campesinos y en la economía de la agricultura por la mayor necesidad de pesticidas y el aumento del precio del petróleo. "La revolución se ha vuelto marrón. Las ganancias se han encogido al mínimo", asegura el profesor de economía de la Universidad Punjabi, R. K. Mahajan. También ha hecho a los campesinos dependientes del mercado, según Umendra Dutt, director de Kheti Virasat Misión, una ONG que promueve la cosecha orgánica. "Necesita mucha inversión y absorbe muchos recursos. Ha devastado completamente el ecosistema, a nuestra sociedad y a la economía", dice.

Pero el Gobierno tiene otra opinión y sigue apostando por los productos químicos en la agricultura. "Sin ellos no podríamos ser autosuficientes y sufriríamos más en este tiempo de subida de precios en los alimentos", dice Dharam Pal, comisionado para el manejo de la nutrición integrada del Ministerio de Agricultura. Pero los detractores de la agricultura química apuntan otros motivos. "La producción de alimentos no se disminuiría con cultivos orgánicos. Esa es una mentira que las empresas han hecho creer al Gobierno para venderle sus productos", según Devinder Sharma, director del think thank de agricultura Forum.

Los expertos son pesimistas: "Al menos a medio plazo la canasta de pan de la India seguirá envenenada. Los tóxicos que ya están en el ambiente seguirán afectando por décadas", dice Singh.