"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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sábado, 3 de enero de 2009

Ante el derrumbe de la construcción, el campo se convierte en un refugio

REGRESO AL OLIVO

Tras dos décadas de abundancia, aflora el miedo a que vuelva la economía del subsidio | Por primera vez en mucho tiempo, sobra mano de obra en el campo

José Bejarano | LA VANGUARDIA Jaén | 20/12/2008

Que nos quiten lo bailao. No hay sentimiento trágico en el mundo rural andaluz - tampoco ha dado tiempo-ante el sombrío panorama que dibuja la crisis económica. Los años de bonanza que acaban han permitido a los habitantes del agro equiparar sus condiciones de vida a los de la ciudad, cuando no superarlas. Ahora que pintan bastos tienen el cobijo del olivo. El campo es un magro recurso, pero menos es nada. La posibilidad de que vuelva al pasado aparece como algo remoto, aunque si ocurre, el campo lo hará en mejores condiciones que nunca, con las viviendas remozadas y equipadas, con los coches nuevos, con algunos ahorrillos en muchos casos, otros hipotecados. De momento, tienen que embridar el tren de vida.

"Los hombres de campo nos adaptamos a cualquier trabajo"

Manuel Ramírez, 46 años, natural de Badolatosa (Sevilla), es de los muchos andaluces a los que la crisis ha apeado del andamio. Pasó del campo al andamio y ahora vuelve atrás. El paro lo sorprendió en julio cuando ganaba más de 100 euros al día en la Costa del Sol, y ahora sólo cobra 46 euros vareando olivos en una finca de Martos (Jaén). Ha suspendido el cobro del paro mientras dure la cosecha. Al amanecer, cuando el barrizal permite la entrada de los jornaleros a la finca, en el campo hace un frío que Manuel casi había olvidado. Tiene tres hijos, el mayor de los cuales trabaja en Agrosevilla. Su esposa coge aceitunas en Estepa, cerca de casa, donde cobra 42 euros al día. La crisis hace decir a Manuel que en vez de cambiar la furgoneta (Mercedes Vito) la arreglará. Sostiene Manuel: "Los hombres de campo valemos para cualquier tipo de trabajo".


MÁS INFORMACIÓN

En poco más de dos décadas - de 1980 a 2008-media Andalucía pasó del surco y el arado al ladrillo o al comercio. De la penuria del subdesarrollo a la abundancia en apenas una generación, algo que trajo consigo, entre otras cosas, que el PSOE encontrase allí su más fiel granero de votos. Ahora Andalucía puede verse abocada a la economía en precario. Hasta parece que con la incertidumbre retornan palabras casi borradas de la vida cotidiana: vendimia, temporero, subsidio, rebusca - acudir a las fincas cosechadas a recoger los restos que las máquinas dejan atrás-e incluso la compra de fiado. Todavía es más un temor que una realidad, pero los agoreros hablan del fin la época prodigiosa iniciada a finales del siglo XX.

Lo cierto es que, por primera vez en mucho tiempo, esta temporada sobra mano de obra en el campo. Unos 15.000 andaluces se han apuntado este año a las tareas agrícolas, lo que ha dejado fuera a miles de inmigrantes. Francisco Jiménez, natural de Albendín (Jaén), ha guardado de momento su profesión de albañil, ejercida ininterrumpidamente durante veinte años, y seha sumado a la cuadrilla en la que su esposa,

Luisa Pavón, lleva siete años cogiendo aceitunas junto a otra veintena de mujeres. Francisco ha estado un año en paro y aún no pierde la esperanza de retornar a la obra. Fiel reflejo de la transformación del campo andaluz es que Francisco y Luisa tardaron tiempo en comprar la casa después de casados, pero sus dos hijos, Francisco Luis y Jesús David, tienen casa comprada y todavía no se han casado. Pagan hipotecas de 700 euros. Francisco Luis es albañil en paro y Jesús David es carpintero, pero sus novias estudian.

En la finca La Zamajona, como en otras muchas de Andalucía, las mujeres predominan en las cuadrillas que cosechan la aceituna, consecuencia de la pasada marcha de los hombres a la construcción. Ahora ellos regresan y desplazan a los inmigrantes. El empresario, Ignacio Garrido, ha tratado sin éxito de cancelar la llegada de seis rumanos que pidió antes de tener conciencia de que este año iba a sobrarle mano de obra local. A los extranjeros no les queda más remedio que aguantarse, pero las mujeres se resisten. "No sé qué harán los demás agricultores, pero yo no las voy a sustituir después de que me hayan permitido cosechar durante estos años de escasez de hombres", resalta Garrido.

La mecanización generalizada del campo ha venido en auxilio de las mujeres. Su menor fuerza la compensan los vareadores mecánicos y quads para el arrastre de los lienzos que se ponen debajo de los olivos. Curiosamente, los primeros que han vuelto al campo son los que rondan los 50 años, quizá porque les inquiete el porvenir, quizá porque conozcan mejor las tareas agrícolas. Un efecto de los años de bonanza es que muchos jóvenes rurales veían los olivos desde lejos - lo mismo que los naranjos del valle del Guadalquivir, las fresas de Huelva o las viñas de Francia-o como vestigios del pasado. Por eso no extraña que falten tractoristas, taladores o fumigadores.

Las secuelas de estos años de espaldas al campo no se quedan en lo material, porque también se ha producido un desapego de la nueva generación hacia la tierra.

En el caso de Jaén y Córdoba, el olivo ha perdido peso como tótem cultural. Qué lejos queda aquel "andaluces de Jaén, aceituneros altivos", en el verso de Miguel Hernández. En realidad, los jóvenes no pueden volver al olivo porque nunca lo dejaron.

La paradoja es que un buen talador de olivos, naranjos o melocotoneros gana más que un oficial de albañilería, con la diferencia añadida de que al primero se lo rifan y el segundo difícilmente encuentra empleo. Otra consecuencia de lo ocurrido estos años es que mientras muchos chicos abandonaban pronto los estudios por la inmediatez de ganar abultados sueldos en la construcción o en el turismo, que enseguida convertían en buenos coches o gastaban en discotecas y copas - el modo de vida de los pueblos se ha urbanizado por completo-,las chicas continuaban hasta terminar una carrera. Ahora el desnivel formativo es abrumador a favor de ellas.

Los jóvenes rurales organizaron sus vidas y se hipotecaron según los ingresos que tenían, adoptaron hábitos plenamente urbanos, se engancharon a internet, a los viajes y a la ropa de marca. Sus casas fueron equipadas con lo último en electrodomésticos. Al contrario que sus padres y abuelos, el consumo lo llevan en la sangre. Ahora, el trabajo de jornalero les sirve de refugio momentáneo, pero peor pagados y más sacrificados que en el andamio. Entre otras cosas, obliga a una vida nómada, hoy cosechando aceitunas, mañana fresas, uvas, manzanas, espárragos... Y entre la primavera y el otoño, dos meses de pinche de cocina en la costa.

¿Aguantarán los jóvenes las nuevas condiciones de vida en el campo? El consejero de Agricultura, Martín Soler, niega que vaya a producirse una vuelta al pasado. "A lo sumo, habrá una corta transición y se impondrá otra forma de ver el campo. Tal vez la crisis sea una oportunidad para allegar sangre joven a las fincas, que profesionalicen las explotaciones, que agucen el ingenio y acometan la industrialización y la comercialización en serio". En lo inmediato, Martín Soler cree que una parte del trabajo agrario seguirá en manos de los inmigrantes y que los andaluces se reservarán los empleos de temporada, que compaginarán con las obras públicas y la industria agroalimentaria.

jueves, 18 de septiembre de 2008

¿Cuál será la próxima burbuja? (artículo útil, pero de hace 4 meses)


Materias primas y países emergentes son los candidatos a la próxima crisis

EL PAÍS, MIGUEL JIMÉNEZ 27/04/2008


El estallido de una burbuja siembra la semilla para la formación de la siguiente. Y algunos creen que tras la burbuja crediticia e inmobiliaria es el turno de las materias primas o de los países emergentes. Ante una crisis, los bancos centrales responden con bajadas de los tipos de interés. Ese dinero barato y abundante alimenta la siguiente burbuja, que suele estallar cuando los tipos emprenden el camino al alza, en un modelo simple que se repite al menos desde el crash bursátil de 1987, según explicaban los analistas de Salomon.


Las rebajas de tipos para superar una crisis alimentan la siguiente burbuja

Las bajadas de tipos que siguieron al desplome bursátil de aquel año alimentaron una burbuja inmobiliaria, especialmente en Japón, que se rompió a comienzos de los noventa cuando la política monetaria se endureció por el alza de la inflación. El estallido de esa burbuja y la recesión de comienzos de los noventa dio paso a bajadas de tipos que alimentaron a los bonos estatales. Esa burbuja estalló en 1994 cuando los tipos empezaron a subir ante la recuperación económica y dejó la amarga lección para muchos inversores (especialmente en fondos de inversión) de que con la renta fija también es posible perder.

La siguiente fue la de los mercados emergentes, inflada en parte por las bajadas de tipos con que se quiso combatir el frenazo en la recuperación económica que se produjo a mediados de los noventa. La burbuja de los mercados emergentes estalló con la crisis financiera internacional del verano y otoño de 1998 tras las subidas de tipos con las que Greenspan quiso combatir la "exuberancia irracional" de los mercados.

La crisis alcanzó tal magnitud que la Reserva Federal se aprestó a combatirla con agresivas bajadas de tipos que pusieran freno a la contracción del crédito. Eso y la inyección de liquidez para prevenir el efecto 2000 contribuyeron a inflar la siguiente burbuja, la tecnológica, que estalló tras las subidas de tipos de 1999 y 2000.

De nuevo, las bajadas de tipos para combatir tanto ese estallido como el frenazo económico tras los atentados del 11 de septiembre alimentaron un doble boom: de un lado, el inmobiliario; de otro, el crediticio, multiplicado por los nuevos productos estructurados y la actuación de los hedge funds y el private equity. Las subidas de tipos en EE UU y Europa ayudaron a detonar esa doble burbuja.

¿Cuál será la próxima? Cada burbuja es diferente de la anterior. "Más allá de un rebote inicial, el recuerdo de los inversores es demasiado doloroso como para permitir que se hinche de nuevo la última burbuja", explicaban los analistas de Salomon en 2002. JPMorgan comulga con esa teoría y cree poco probable ahora una burbuja bursátil: "El crash del Nasdaq pervive en la memoria de la mayoría de los inversores", dice Jan Loeys, de JPMorgan, que cree que los más claros candidatos son las materias primas y los mercados emergentes.

La mayoría de las burbujas se forma desde ideas sensatas. En el arranque de los noventa la caída estructural de la inflación ayudó a la burbuja de los bonos. También la burbuja tecnológica se asentaba en la idea bastante aceptada de que la adopción de nuevas tecnologías estaba llamada a incrementar la productividad y las tasas de crecimiento. Es la excesiva liquidez canalizada en función de argumentos acertados la que lleva los precios más allá de valoraciones justificables, explicaba Salomon.

En la actualidad hay fuertes argumentos tanto en favor del boom de los mercados emergentes (en países como China, India o Brasil, por ejemplo) como de las materias primas. Loeys, de JPMorgan, cree que no hay síntomas de una posible crisis inminente en los mercados emergentes y que cualquier burbuja está a años de distancia.

En cuanto a las materias primas, hay dudas más serias. El petróleo ha multiplicado por 7 su precio en euros y por 10 en dólares en menos de 10 años, pero pocos se atreven a decir que haya tocado techo o, menos aún, que esté muy sobrevalorado. Con otras materias también hay razones estructurales que explican los ascensos, pero la pendiente de las curvas de precios da vértigo en algunos casos.

Los analistas, en todo caso, son mejores explicando las burbujas que han estallado que advirtiendo sobre las que se están formando. Es cuestión de esperar. Las burbujas tienden a inflarse demasiado y autodestruirse. -

Consecuencias

- Las fuertes inversiones en los mercados de materias primas están elevando su precio en los mercados internacionales.

- Las perspectivas de rentabilidad hacen que crezca la especulación.

- Los elevados precios en materias primas como el trigo o el arroz pueden provocar disturbios y hambruna.

Causas

- Las materias primas actúan como refugio cuando otros mercados sufren inestabilidad. Con la crisis de las hipotecas basura muchos fondos de inversión se han trasladado a este mercado.

- La debilidad del dólar anima las inversiones.

- India o China, cuyo nivel de vida va en aumento, han elevado su demanda.

- Cuando la demanda se dispara, tanto los metales como los productos básicos tienen una oferta muy poco elástica. Aumentar su producción requiere mucho tiempo e inversión.

lunes, 14 de julio de 2008

El tren descontrolado del mundo

EL PAÍS, KENNETH ROGOFF, 13/07/2008

"La prosperidad de los últimos años está a punto de estrellarse contra una pared"

"Los políticos deben apretar el freno para que la crisis no acabe de manera horrible"

"La limitación de los recursos naturales se ha adelantado y nos está golpeando ya"

"Hay visos de una próxima y gigantesca crisis (financiera, económica y política)"



La economía mundial es un tren descontrolado que empieza a frenar, pero no con suficiente rapidez. Eso es lo que nos grita el extraordinario aumento de precios del petróleo, los metales y los alimentos al que estamos asistiendo. La espectacular e histórica prosperidad económica mundial de los últimos seis años está a punto de estrellarse contra una pared. Por desgracia, nadie, desde luego no en Asia o en Estados Unidos, parece estar por la labor de hacer de tripas corazón y ayudar a idear el necesario repliegue coordinado hacia un crecimiento sostenido por debajo de la tendencia, lo cual es necesario para que nuevos suministros y alternativas de materias primas puedan ponerse a la altura de la demanda.

Sin embargo, los gobiernos se empeñan en estirar unos auges insostenibles, impulsando aún más los precios de las materias primas y aumentando el riesgo de que se produzca uno de esos caos financieros y económicos que sólo se viven una vez. Todo esto no tiene por qué acabar de manera horrible, pero los políticos de la mayoría de las regiones del mundo tienen que empezar a pisar con fuerza los frenos, no el acelerador.

No miren hacia Estados Unidos en busca de liderazgo en un año de elecciones presidenciales. Por el contrario, el Gobierno estadounidense ha estado entregando cheques de devoluciones fiscales para que los estadounidenses compren hasta la extenuación, y ahora el Congreso habla de seguir.

No miren tampoco hacia los nuevos mercados. Desesperados por mantener el tirón político y económico, casi todos han tomado una serie de medidas para evitar que sus economías sufran de lleno el golpe de las fuertes subidas de precio de los productos básicos. A consecuencia de ello, estos precios están consumiendo los colchones fiscales en lugar de reducir la demanda.

Me desconcierta que tantos expertos económicos parezcan pensar que la solución es que todos los gobiernos, ricos y pobres, repartan más cheques y subvenciones para que siga la expansión económica. La política keynesiana de estímulos podría contribuir a aliviar un poco a algún país que actúe por su cuenta. Pero si todos los países intentan estimular el consumo al mismo tiempo, no funcionará.

Un aumento general de la demanda mundial se traducirá sencillamente en una subida de precios de las materias primas, y tendrá poco efecto útil para el consumo. ¿No es esto evidente? Sí, sigue habiendo crisis financiera en Estados Unidos, pero cebar la inflación es un modo increíblemente injusto e ineficaz de enfrentarse a ella.

Algunos gobernadores de bancos centrales nos dicen que no nos preocupemos, porque serán mucho más disciplinados que los bancos centrales de la década de 1970, cuando el mundo afrontó una subida de precios similar de los productos básicos. Pero esta vez es distinto. El problema de las materias primas nos ha pillado por sorpresa, a pesar de las notables reformas institucionales de la política macroeconómica en todo el mundo.

La afluencia histórica de nuevos participantes en la población activa mundial, todos los cuales aspiran a los niveles de consumo occidentales, está llevando el crecimiento mundial más allá del marcador de seguridad del velocímetro. En consecuencia, la limitación de los recursos naturales que antes esperábamos que terminara hacia mediados del actual siglo XXI nos está golpeando ahora.

Espere un segundo, dirán ustedes. ¿Por qué no pueden nuestras economías de mercado tan maravillosamente flexibles capear el temporal? ¿No harán los precios elevados que las personas limiten el consumo y busquen nuevas fuentes de suministro?

Sí, y eso es lo que acabó ocurriendo con los suministros de energía en la década de los años ochenta del pasado siglo. Pero el proceso lleva tiempo, y, debido al peso creciente en el consumo mundial de unas economías de mercado emergentes relativamente inflexibles, el ajuste probablemente llevará más tiempo que hace unas décadas.

Por diversas razones, la mayoría relacionadas con la intervención estatal, no se puede decir que muchas economías de mercado emergentes tengan una demanda de recursos flexible, de modo que los picos de los precios no están teniendo consecuencias especialmente apreciables sobre la demanda.

Los gobernadores de bancos centrales que nos dicen que no nos preocupemos por la inflación señalan la relativa estabilidad de los salarios. Por lo general las expansiones empiezan a paralizarse cuando la mano de obra se vuelve demasiado escasa y demasiado cara. Pero la actual expansión se sale de lo normal porque, debido a circunstancias únicas (en la época moderna), las restricciones del trabajo no son el problema. Por el contrario, la población activa real del planeta sigue aumentando.

No, esta vez, los recursos de materias primas son la principal restricción, y no un problema secundario, como en el pasado. Por eso los precios de estas mercancías seguirán subiendo hasta que el crecimiento mundial se ralentice durante el tiempo suficiente como para que nuevas ofertas y nuevas opciones de ahorro se pongan a la altura de la demanda.

Esta economía mundial convertida en tren descontrolado tiene todos los visos de una gigantesca crisis -financiera, política y económica- en ciernes. ¿Encontrarán los políticos un modo de alcanzar la coordinación internacional necesaria? Hay que empezar por hacer un diagnóstico correcto. El mundo en su totalidad debe endurecer su política monetaria y fiscal. Es hora de pisar el freno de este tren descontrolado, antes de que sea demasiado tarde. -

Kenneth Rogoff es catedrático de Economía y Política Pública de la Universidad de Harvard y ex jefe de economistas del Fondo Monetario Internacional. © Project Syndicate, 2008.

lunes, 23 de junio de 2008

“Irak no ha sido sólo un fracaso, también un desastre”

ENTREVISTA Joseph E.stiglitz


Joseph E. Stiglitz



JOSÉ MARÍA RIDAO
EL PAIS SEMANAL - 22-06-2008

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001, acaba de publicar un libro, La guerra de los tres billones de dólares (editorial Taurus), junto a la catedrática de Harvard Linda J. Bilmes, especialista en finanzas públicas. Sin menospreciar los costes políticos, y sobre todo humanos, de la invasión de Irak, Stiglitz y Bilmes hacen una aproximación económica a la invasión de Irak. No sólo las cifras son sobrecogedoras, también los mecanismos de corrupción que la guerra ha provocado.
Este libro deja claras las razones económicas por las que la guerra de Irak fue un error, pero usted estuvo en contra desde el principio. George W. Bush aseguró que había un riesgo inminente de que el régimen de Sadam Husein utilizase armas de destrucción masiva. Pero el jefe de la misión de inspectores de Naciones Unidas, Hans Blix, dijo que no existía ninguna prueba de que tales armas existieran. Pidió más tiempo y más inspecciones.

Fue, entonces, la necesidad de respetar los procedimientos de Naciones Unidas lo que le llevó a oponerse. Después de la II Guerra Mundial se estableció un marco para la legalidad internacional en el que no se reconocía la posibilidad de declarar una guerra preventiva. En este caso se trataba de saber si había razones para hacer una excepción a las reglas que habían funcionado durante medio siglo. Naciones Unidas aseguraba que no tenía pruebas que justificasen hacerla.

Por tanto, emprender esta guerra era violar la legalidad internacional. La necesidad de respetarla me pareció un argumento decisivo. Además, Naciones Unidas tuvo razón: las armas de destrucción masiva no aparecieron. Pero también me pareció decisivo aprender de los errores pasados.

¿Se refiere a Vietnam? Ése fue el segundo argumento, teníamos que haber aprendido del fracaso en Vietnam. No había ninguna duda de que el ejército más poderoso del mundo conquistaría sin muchas dificultades un país sometido a sanciones durante años. Por eso, el verdadero problema consistía en saber si se podía ganar la paz. La estructura tribal de Irak era bien conocida, y, desde esta perspectiva, la invasión conllevaba serios riesgos de conflicto entre los shiíes, los suníes y los kurdos. No era fácil ganar la paz aunque se ganara la guerra.

Pero se habló de llevar la democracia a Irak y, por extensión, a todo Oriente Próximo. La ironía reside en que se pretendía instaurar una democracia a través de medios antidemocráticos.

Y finalmente se habló de una conexión entre Sadam Husein y los terroristas del 11-S. Desde que se demostró que no había armas de destrucción masiva, la Administración de Bush tuvo que recurrir a otros argumentos para justificar la guerra. Irak no tenía ninguna relación con los atentados, no tenía ninguna conexión con Al Qaeda. Esta organización terrorista no existía en Irak. Ahora sí, porque se le ha brindado la oportunidad. No importa qué criterios se utilicen –económicos, petróleo, democracia, seguridad–; la guerra no ha sido sólo un fracaso, sino también un desastre.

Pero, entonces, ¿por qué se emprendió? Es uno de los aspectos que tratamos en el libro. Nadie lo sabe a ciencia cierta. Pudo tener algún papel una visión infantil de la geopolítica del petróleo. George W. Bush y sus asesores pensaron que podrían controlar los recursos petrolíferos de Irak, y que eso se traduciría en una fuente adicional de abastecimiento. Pero estamos en los comienzos del siglo XXI y no en el siglo XIX, y si un país invade a otro tiene que respetar unas normas. Estados Unidos es firmante de la Convención de La Haya, y, por consiguiente, como potencia ocupante, no podía disponer del petróleo iraquí.

Eso es, sin embargo, lo que ha hecho. En el libro contamos cómo una vez se le recordó la Convención de La Haya al enviado de la Administración de Bush para privatizar el petróleo iraquí, y cómo él se limitó a responder: la legalidad internacional no es asunto mío, yo sólo cumplo órdenes del presidente Bush. Y sin embargo, las compañías no podían adquirir ese petróleo. En fin, como poder, podían; pero se arriesgaban a que después alguien les dijera que habían comprado una propiedad robada. Y no se pueden comprar propiedades robadas porque el vendedor no puede venderlas. La verdad es que no sé si la Administración de Bush no entendía la legalidad internacional o si le traía sin cuidado.

¿Cabría imaginar lo más sencillo, y es que Bush y sus asesores creyeran en su plan? He leído recientemente que la guerra de Irak remite al complejo de Edipo entre Bush y su padre; en definitiva, que no puede explicarse a través de argumentos racionales. Pero, sin duda, puede que creyeran en su plan; al menos, algunos de los asesores del presidente, los neocons. Sé positivamente que Bush no entendió la complejidad de la sociedad iraquí, porque he hablado con algunas personas que se entrevistaron con él antes de la guerra. No tenía siquiera una estrategia para la ocupación.

De ahí, tal vez, que ahora se diga que fue un error licenciar a todos los funcionarios y militares que colaboraron con el partido de Sadam Husein, el Baaz. La ironía es que en estos momentos están poniendo en marcha la estrategia contraria, recuperar a los mismos que licenciaron al principio. Entonces no estuvieron dispuestos a escuchar a quienes les advertían de los peligros. Pero ahora, tampoco: esa mentalidad continúa. Sólo quieren escuchar a quienes les dicen lo que quieren oír.

Entre tanto, la situación en Irak se ha mezclado con la tensión con Irán. Es otra de las paradojas de esta guerra. Se dijo que se emprendía por causa de las armas de destrucción masiva, y se invadió un país que no las tenía, mientras que otro país, Corea del Norte, se convertía en una potencia nuclear. Tratando de resolver un falso problema, la Administración de Bush creó uno nuevo. Y ahora el asunto es Irán. Es interesante constatar que el riesgo estuviera en Corea y, sin embargo, se comenzara por Irak.

¿Y por qué se hizo así? Creo que guarda relación con el mantenimiento de la falsa visión sobre Irak de algunos extremistas. Es una especie de vendetta. De hecho, es una vendetta. A principios de los años ochenta, Sadam Husein recibió armas –incluyendo, creo, armas químicas– a consecuencia de la guerra con Irán. Se actuó bajo el principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Sadam Husein estaba contra Irán, e Irán era el principal enemigo, y, por tanto, había que suministrarle armas, apoyarlo. Y ahora la posibilidad de hacer algo con Irán es más limitada como consecuencia de la guerra en Irak.

Es decir, que la posición de Estados Unidos se ha debilitado. Exactamente. Los shiíes, que son mayoría en Irak, se sienten próximos a Irán. Con 140.000 soldados americanos y 40.000 agentes de seguridad contratados en Irak, Estados Unidos es vulnerable. Si Estados Unidos le hace la vida difícil a Irak, Irán puede hacérsela difícil a Estados Unidos.

¿Es posible detener el programa nuclear iraní? Habría que distinguir dos aspectos. Uno es si los iraníes tienen capacidad o no para desarrollar armas nucleares; otro es su capacidad para lanzarlas. Por referirme sólo al primero, al aspecto de la proliferación, lo esencial es encontrar un mecanismo de control adecuado. Pero en este momento, la posibilidad de que Estados Unidos haga algo es limitada. Se podría, obviamente, destruir el programa atómico de los iraníes, aunque lo único que se conseguiría es que empezaran de nuevo.

La salida más razonable parece, pues, alcanzar un acuerdo sobre ese mecanismo. Al final habrá que hacer un esfuerzo global para desalentar la proliferación de armas nucleares. Tendría que ser un programa amplio, que incluyera algunas de las armas nucleares de Estados Unidos. Porque, en definitiva, ¿quiénes son hoy los enemigos? Se sigue operando con la mentalidad de la guerra fría, que terminó hace veinte años. Entonces existía un sistema de disuasión, pero ahora no hay nadie en el otro lado. Es difícil que todos acepten a un solo país como policía del mundo. En especial, cuando ese país ha fracasado a la hora de respetar la legalidad internacional. Por eso creo que debería establecerse un régimen de control internacional más efectivo, en el que Estados Unidos fuera también parte.

En su libro no sólo se habla del coste económico de la guerra. Describe, además, la corrupción que ha generado. Los mecanismos han sido múltiples. Se ha recurrido a la obtención de partidas de emergencia más que a las asignaciones presupuestarias ordinarias. Una emergencia es, por definición, algo que no se puede prever, como el huracán Katrina. Pero la guerra no era imprevisible, y además ha llegado a su sexto año y todavía se sigue recurriendo a partidas de emergencia. En las asignaciones presupuestarias ordinarias, la corrupción es difícil, porque el gasto es escrupulosamente supervisado. Ante las emergencias es distinto. Se le dice al Congreso que si no aprueban las asignaciones se producirá un desastre, y, por consiguiente, los congresistas no pueden detenerse en los detalles. Así surge el marco que hace posible la corrupción.

Usted también ha estudiado la asignación de los contratos con cargo a esas partidas de emergencia. En las situaciones corrientes, los contratos se llevan a cabo a través de un concurso público. En nuestro libro nos referimos a la lucha que se estableció entre Rumsfeld y el Congreso. El Congreso le reclamaba convocar concursos públicos para asignar las partidas de emergencia, y Rumsfeld lo rechazaba. Entre tanto, no se gastó nada en la reconstrucción de Irak, aunque el Congreso insistió en que había que hacerlo. Consiguientemente, la reconstrucción fracasó, y su fracaso se convirtió en una baza para la insurgencia. Muchos iraquíes perciben que su vida es peor ahora que antes de la guerra.

Es también interesante, y revelador, el tipo de contrato que se establecía con algunas empresas. El Gobierno aceptaba un mecanismo de reintegro de los gastos y el pago de una cantidad suplementaria como beneficio. Por otra parte, disminuyó el número de auditores. O sea, se excluyó la competencia y se redujo el control mientras aumentaba el volumen y la cifra de contratos. Se actuaba sin ningún escrúpulo, y empresas como Blackwater, que tenía contactos políticos, lo mismo que Halliburton, se llegaron a considerar parte del aparato de apoyo al Partido Republicano. Los jóvenes norteamericanos luchaban y arriesgaban sus vidas mientras ellos sólo se preocupaban de obtener más beneficios. Se triplicó el valor de sus acciones.

¿Y el Congreso no reaccionó contra estas prácticas? Mientras los republicanos tuvieron el control, no hizo nada. Ahora que los demócratas son mayoría, existen comisiones de investigación que han permitido conocer los problemas. Casi cada semana estallan nuevos escándalos. Por ejemplo, se ha descubierto que muchos de los contratos de Halliburton fueron a parar a una empresa subsidiaria en las islas Caimán, donde no pagaban impuestos. La Administración de Bush facilitó esta evasión fiscal.

Al margen de la manera en la que se han gastado, los tres billones de dólares en los que usted cifra el coste de la guerra obligan a preguntarse sobre su efecto en la economía de Estados Unidos. Creo que nuestro libro ha ayudado a la discusión sobre el coste de oportunidad, sobre lo que se podía haber hecho con ese dinero. Se han abierto varias webs en las que se discute del asunto. El presidente Bush sostiene, por ejemplo, que tenemos un grave problema con la seguridad social. Se teme la bancarrota del sistema. Por una sexta parte de lo que nos ha costado la guerra de Irak podríamos mantener el sistema funcionando durante los próximos 50 años. Pero, en realidad, cualquier problema al que se enfrente Estados Unidos en estos momentos se resolvería con una pequeña porción del gasto en la guerra de Irak.

Bush y sus asesores siempre podrían decir, y de hecho dicen, que eso es lo que cuesta tener un país más seguro… Incluso en el terreno de la seguridad estamos peor, porque se han concentrando los esfuerzos y los recursos en el asunto equivocado. Como consecuencia de la guerra de Irak, el coste de reclutamiento se ha encarecido, lo mismo que el coste para atender las necesidades de los veteranos. Y otro coste que ha aumentado es el que conlleva la necesidad de reponer el material bélico. Y todo ello sin contar con otros efectos más generales, que tampoco contribuyen a que estemos más seguros: la subida del precio del petróleo y el debilitamiento de la economía están relacionados con la guerra de Irak.

Usted cifra el impacto de la guerra sobre el precio del petróleo entre 5 y 10 dólares. Es un cálculo conservador. Creo que la cifra es mayor. Pero, en cualquier caso, y regresando al debilitamiento de la economía, la principal diferencia entre la situación de 2001 y la de hoy es que, en la de 2001, el Gobierno de Estados Unidos disponía de un superávit del 2% antes de llegar a la recesión. Ahora, antes de llegar a la recesión, tenemos un déficit alto.

¿Cree que Estados Unidos entrará en recesión? Sí, soy pesimista. Pero la recesión no es la cuestión fundamental. La cuestión fundamental es la diferencia entre el potencial de crecimiento de una economía y lo que está creciendo en realidad. Si puedes crecer al 3% y tu crecimiento es del 1%, la caída es del 2%. Es la misma caída que si se creciera al 1,9% y se bajara algo por debajo de cero, sólo que ya no se estaría en tasas positivas.

¿Y no habría manera de evitarlo? Tendrían que haberse tomado medidas hace seis meses. Pero lo que Bush ha hecho es poco y tarde, además de que no son las medidas adecuadas. Por ejemplo, la reducción de impuestos de 150.000 millones de dólares tal vez pudo ayudar, pero fue una medida rápidamente superada por las importaciones de petróleo. En el corto plazo necesitamos dos cosas: reducir el número de personas en riesgo de perder sus casas, que no es sólo un problema económico, sino también social, y la otra cosa es buscar estímulos fiscales. Pero estímulos fiscales dirigidos a los verdaderos problemas. Cada dólar gastado tiene que orientarse a estimular la economía, tiene que emplearse en objetivos a largo plazo. Lo que Bush está haciendo, sin embargo, es trasladar el problema a la próxima Administración.

¿Cómo ve la situación en España? Lo que el Gobierno español ha hecho a lo largo de los últimos años es intentar que la economía no dependa tanto de la construcción y poner más el acento en tecnología y otras industrias, invirtiendo más en educación. Es una agenda correcta. Quizá ha llegado el momento de acelerarla, porque es probable que en los próximos dos años la construcción esté mucho más débil.

¿Qué dificultades percibe? España es parte de Europa, lo que implica numerosos beneficios. Pero, al mismo tiempo, España carece del control sobre su política monetaria. El gobernador del Banco Central Europeo, Trichet, se está concentrando en la inflación. El paro puede llegar a ser un problema, y tendrán que pensar en planes alternativos. Creo que deberían facilitar el crédito, incluso si el Banco Central se está concentrando en la inflación. España disponía de superávit antes del cambio de ciclo y, por tanto, tiene la posibilidad de usarlo para estimular la economía.

Antes de las elecciones se aprobaron diversas ayudas, por nacimiento de hijos o para estimular el alquiler de los jóvenes. No conozco los detalles, pero creo que si estuviera en la posición del Gobierno habría reconocido que, dados los problemas en la economía global desde agosto de 2007, existía un riesgo significativo de desaceleración y hubiera adoptado medidas preventivas. No hay que actuar después, hay que hacerlo antes, y así suavizar la burbuja. Sin dejar de resolver los problemas a corto plazo, se debe avanzar en la agenda a largo plazo.

Decía hace un momento que, en Estados Unidos, Bush está tratando de trasladar los problemas económicos a la próxima Administración. ¿Será la de Barack Obama? Soy optimista. Lo que McCain propone es, en realidad, un tercer mandato de Bush. En algunos aspectos representa, sin duda, una mejoría. Por ejemplo, cuando dice que no cree en la tortura o que el calentamiento global existe. En otros asuntos, sin embargo, no hay diferencia: piensa permanecer en Irak, y cree, como Bush, que las rebajas de impuestos son la solución a cualquier problema. Espero que estas políticas cambien, porque han minado nuestra seguridad y nuestra economía.

Y Barack Obama representa un cambio. No sólo para Estados Unidos, sino un cambio para el mundo. Porque si algo hemos aprendido en estos años es que Estados Unidos no puede resolver por sí solo todos los problemas. Tiene el ejército más fuerte, pero no puede ganar la paz. Ahora necesitamos ayuda. El único camino es la aproximación multilateral a los contenciosos internacionales, y este periodo de unilateralismo desbocado debe llegar a su fin.

Quienes critican a Obama dicen, sin embargo, que su “diplomacia directa” rompe con la tradición norteamericana. Bush maneja un concepto insensato: diplomacia sin conversaciones. Es decir, nosotros estamos dispuestos a hablar con usted, pero usted, antes, tiene que estar de acuerdo con todo lo que queremos nosotros. Esto no es diplomacia, es una tradición que se ha inventado Bush. Su concepto de diplomacia sin conversaciones ha fracasado. Y ahora acusa a Obama de defender el apaciguamiento. Pero hablar no es apaciguar.

¿También en materia económica, Barack Obama representaría un cambio? En dos sentidos diferentes. El primero es que Obama reconoce los problemas frente a los que Bush rechazó tomar ninguna iniciativa, como, por ejemplo, el hecho de que existan cincuenta millones de americanos sin oportunidades o el sector sanitario atraviese una grave crisis. El segundo es que se propone que el país crezca con igualdad. Bush criticaba el sector público, pero bajo su mandato los gastos alcanzaron una cifra récord. Eso sí, sin ninguna visión acerca de lo que se hacía. Barack Obama, por el contrario, aporta una nueva visión sobre lo que el Gobierno tiene que hacer en áreas como investigación, infraestructuras, calentamiento global…, cosas que tenemos que emprender juntos en la sociedad. El mercado tiene su papel, pero también el Estado tiene el suyo.

Después de los tres billones de dólares gastados, después de la inestabilidad económica y política en todo el mundo, ¿la nueva Administración norteamericana tendrá el coraje de retirar las tropas de Irak? La cuestión no es ya si Estados Unidos va a retirar o no las tropas, sino cuándo va a hacerlo. Porque la pregunta a la que hay que responder es qué resuelve quedándose. Si Estados Unidos sigue en Irak cuatro años más, eso nos supondrá, cuando menos, una cifra parecida a la que hemos gastado. No ganaremos en seguridad, y el coste de oportunidad será mayor. Quien proponga que Estados Unidos se quede más tiempo en Irak tendrá que explicar, y hasta que probar, que las cosas irán mejor que hasta ahora. Todo indica, sin embargo, que no habría diferencia. Y si no hay diferencia, cada día que pase, cada semana que pase, cada mes que pase, más iraquíes y más norteamericanos perderán la vida, sin que se produzca ningún avance significativo en la situación.

¿Entonces? Tenemos que aprender de la experiencia de Vietnam. Millares de norteamericanos murieron inútilmente. Y al final tuvimos que retirarnos. Salvo que alguien encuentre un argumento convincente para decir que las cosas irían mejor quedándonos, nos veremos obligados a salir.


jueves, 5 de junio de 2008

Quién paga las crisis del capitalismo

J. A. González Casanova en El País de Cataluña
Junio 4th, 2008

Se nos anuncian años de sequía económica. Viviremos peor en todo lo pagadero. El paro y sus secuelas (xenofobia, drogadicción y delincuencia) crecerán. Las depresiones personales mermarán la productividad. La economía es ya un círculo vicioso mundial que se expande como las ondas del estanque golpeado por una piedra. Las gentes de todo el planeta están sometidas a un sistema económico único, el capitalista, cuyas crisis periódicas son inherentes a su lógica y consecuencia directa de su contradicción esencial. El mayor teórico del capitalismo, Karl Marx, no podía prever cómo se producirían las crisis actuales ni qué soluciones coyunturales tendrían, pero sí dejó muy claro en qué consiste dicha contradicción. La posesión y el poder en unas pocas manos particulares de unos bienes que son públicos o colectivos, porque de ellos depende la vida y el trabajo de millones de seres, enfrenta el lucro del capital con el salario laboral. La diferencia favorable al primero es su beneficio y un maleficio para el trabajador. Pero, a la larga, esto perjudica al capitalista en forma de superproducción. Hay que tirar lo que es invendible porque la gente percibe un salario muy inferior al coste en el mercado de lo que ella misma ha producido. Si el capital reduce su beneficio para facilitar la compra, pierde el estímulo inversor. Si no lo reduce, ha hecho un gasto inútil. No le quedan más que dos estrategias complementarias: acudir a los países más pobres pagando agradecidos salarios de pura supervivencia y fomentar el consumismo en los países ricos con señuelos publicitarios. El palo y la zanahoria, ya se sabe, hacen correr al rucio. De ese modo, la producción no se detiene, todo el producto se vende (incluido el innecesario y caprichoso), el beneficio aumenta, el sistema funciona. Eso sí, millones de seres mueren de hambre, sed, enfermedad y guerras, pero la máquina que mueve el beneficio del capital no se puede parar porque, si para, cae como una bicicleta, a no ser que algo la aguante. Para el capital, su apoyo es el Estado. Él evita que el capital muera de éxito suicidándose, al matar la gallina de los huevos de oro cuando ya no puede explotar más a la gente sin perjudicarse a sí mismo

Los neoliberales que se cargan los servicios públicos, convertidos en negocios privados, exigen a los gobiernos que les aseguren sus ganancias: por las armas si las víctimas del sistema osan combatirlo (fascismo y guerras coloniales) e interviniendo en la economía para enjugar sus deudas, sus abusos y errores financieros, su falta de liquidez, mediante la aportación del erario público y, por tanto, a costa de las rentas medias y bajas. Marx decía que los gobiernos no eran más que los consejos de administración del capital. No erraba. Gobiernen las derechas o las izquierdas actuales, Obama, Hillary o McCain, sus políticas no pueden dejar que el sistema se hunda. El Estado y los trabajadores se ven amenazados por el capital con cerrar empresas o deslocalizarlas si se pretende compensar con ayudas e impuestos los salarios insuficientes ante el alza de los precios. El welfare state (Estado de bienestar) es un parche de los países ricos a la crisis permanente del capital. Pretende moderarlo en su instinto básico selvático para que no mate la gallina de los huevos de oro, que es el trabajo humano, pero prolonga su agonía a costa del naufragio genocida cuyos restos llegan a Europa o a Suráfrica provocando violencia xenófoba entre los más castigados por la recesión.

El principio darwinista de la competencia (el pez grande se traga al chico) obliga a la pugna empresarial, que suele concluir en oligopolios y monopolios que niegan la proclamada libertad de mercado y que, para controlar energías básicas como el petróleo, causan invasiones, guerras y alzas tácticas de su precio que repercuten en productos de primera necesidad popular. Los bancos viven del crédito usurario, rivalizan, ocultan sus cuentas, empujan al consumo, pero tropiezan con la morosidad y el impago, fruto del estímulo inyectado en la gente a vivir del crédito porque el salario nunca llega (hipotecas basura, por ejemplo). La economía financiera y especuladora comporta jugadas bursátiles entre firmas rivales que tienen consecuencias terribles para empresas menores y sus puestos de trabajo. En definitiva, quien paga las crisis de las que se nutre el capitalismo somos los trabajadores de todas clases y de todo el mundo. Y digo “se nutre” porque, superada la crisis, los más poderosos se han sacudido competidores, han acumulado más riqueza y han debilitado la fuerza y las exigencias sindicales. Hasta la próxima crisis vivirán de la última. Y así hasta que alguien se plante y mande parar.

J. A. González Casanova es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona.