"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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sábado, 16 de junio de 2012

Rescate vergonzoso, de Manuel Castells en La Vanguardia 16-6-2012


OBSERVATORIO GLOBAL

Rajoy ha hecho el ridículo ante el mundo asegurando primero que España no necesitaba rescate, nacionalizando Bankia sin tener dinero para pagarla y, finalmente, apelando a un rescate diciendo que no era tal sino tan sólo ayuda financiera para los bancos y no al Gobierno, sin consecuencias sobre las políticas económicas. Siendo así que los fondos de recapitalización van al FROB, o sea al Gobierno, y que, como le han recordado desde la Comisión Europea, el Gobierno es el responsable en último término de la deuda contraída. Es más, la troika supervisora (BCE, CE y FMI) ha condicionado la continuidad del crédito de 100.000 millones al cumplimiento de objetivos macroeconómicos y a la continuidad de las “reformas” (léase más recortes de prestaciones sociales y empleo público). Alusiones irónicas al orgullo español, que se niega a aceptar la realidad de economía asistida (de hecho intervenida desde mayo del 2010), llenan páginas de la prensa internacional. Lo que sería simplemente un nuevo episodio tragicómico de nuestra impresentable clase política si no fuera porque tiene consecuencias graves sobre la credibilidad del rescate con relación a mercados e inversores. Así que tras haber hipotecado aún más el país, asumiendo desde el Estado la insolvencia de la gran mayoría de las instituciones financieras, la prima de riesgo sigue por encima de los 500 puntos de diferencial con Alemania y el tipo de interés de los bonos a diez años cerca del nivel de alarma del 7%. Y la jactancia de que hemos conseguido mejores condiciones que Grecia, Portugal e Irlanda ha provocado la lógica demanda de dichos socios de obtener condiciones equivalentes, reabriendo la negociación de sus rescates.

Es cierto, sin embargo, que la debilidad de la economía española no está en la economía propiamente dicha, una vez superada la burbuja inmobiliaria, sino en el nivel de endeudamiento privado, en la insolvencia de entidades financieras, de empresas y de hogares. Y como la huida hacia delante de Zapatero gastándose lo que no tenía para sostener la ficción de que no había crisis endeudó también al Estado, hemos acabado sepultados por esa masa de deuda cuyas proporciones ni siquiera se conocen por la opacidad de las instituciones financieras y por el trapicheo de las cuentas de gobiernos central y autonómicos. Deuda impagable en las actuales condiciones de recesión económica. Tanto más cuanto que el Gobierno se ha comprometido irresponsablemente a reducir el déficit público, que era del 8,9% del PIB en el 2011, al 3% en el 2014. Y aunque no será capaz de cumplirlo, simplemente hacer como que lo intenta implica redoblar recortes hasta dejarnos en los huesos e imponer condiciones draconianas a los trabajadores públicos y privados so pena de despido. De forma que el rescate de la banca se hace a través del Gobierno, gravando aún más los intereses de la deuda pública, que pagan los ciudadanos, endureciendo las condiciones sociales y laborales y profundizando la recesión por la caída de la demanda interna.

Lo único que aún mantiene el pulso económico es la actividad exportadora, pero con tendencia decreciente porque cae la demanda en la eurozona, nuestro mercado principal, y se cierra el grifo del crédito a las empresas. Es decir que el rescate de los bancos, indispensable para evitar una catástrofe financiera y un eventual corralito, se ha hecho de tal forma que agrava todavía más la situación de la economía real sin introducir perspectivas de salida de la crisis a corto plazo. Más aún: como no hay posibilidad de reducir el déficit al nivel que se ha prometido y como poco más se puede ya ajustar en condiciones laborales, ni siquiera es seguro que los controladores teutones acepten mantener hasta el final la línea de crédito de financiación bancaria. Y todo ello sin explicación honesta a los ciudadanos de cuáles son los datos del rescate ni sus implicaciones. Sin explicación del monumental fallo en las tareas de supervisión del Banco de España, dejando que su expresidente se vaya de rositas diciendo que nadie sabía la gravedad de la crisis (por cierto, yo sí…) y echándoles la culpa a los políticos. ¿Y por qué, entonces, no se explican los políticos? ¿Por qué no hacemos como en Islandia cuando, tras el colapso bancario del 2008, se convocaron nuevas elecciones porque banqueros y políticos habían tejido una madeja de intereses que no se podía desenredar?

Ante todo este sacrificio, todo este secretismo en aras de la supervivencia del euro y hasta de la UE, recordemos que hay diez países en la Unión que no están en el euro y que están mejor que la eurozona. ¿O es que el ideal europeo se reduce a la unión bancaria y monetaria? ¿Se está intentando crear una federación europea sin decirlo y sin someterlo a referéndum popular? Si la única salida de la crisis de la economía real a corto plazo es la exportación y la única forma inmediata de estimular la competitividad es devaluar saliendo del euro, habrá que elegir en su momento entre extinguirnos paulatinamente con un euromarco que no podemos sostener o reconvertirnos a la peseta y rehacer la economía y la vida con autonomía de país y gobernantes democráticos que acepten corregir un error histórico que benefició sobre todo al sistema financiero y a Alemania y su entorno. Como es Alemania quien de verdad necesita el euro, si lo quiere que pague por él mutualizando la deuda, invirtiendo en la reconstrucción económica de la periferia y compartiendo poder en las instituciones europeas. Federalismo sí, pero no en sentido único. Y si los ciudadanos tienen que sacrificarse por el euro, que se sepa por qué, que se abra un debate real, que se sepan los costes y los beneficios en lugar del actual terrorismo ideológico de amenazar con catástrofes innombrables a quienes se atreven a poner en duda el pensamiento único del euro. La disolución del euro es ahora la hipótesis más probable. Hagámoslo ordenadamente, en función de los intereses de los ciudadanos y bajo su control.

miércoles, 9 de mayo de 2012

El 15M, de "papilla iletrada" a "modelo de deliberación espontánea"

Cuando se cumple el primer aniversario, repasamos las declaraciones de algunos de los pensadores que se han pronunciado sobre el movimiento crítico

LA VANGUARDIA 09/05/2012 
Concentración de los 'indignados' en la plaza Catalunya de Barcelona Àlex Garcia
Barcelona Redactor
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Portada del libro de Stéphane Hessel Destino
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Había una vez un sociólogo y tertuliano que, sorprendido por las manifestaciones masivas, analizó lo sucedido resumiéndolo como "una papilla de anarco-comunismo iletrado" que llenaba las plazas públicas de “populismo, demagogia y explotación de los sentimientos antipolíticos”. Su nombre, José Ignacio Wert, sorprendería a muchos cuando Rajoy decidió que era la persona más cualificada para dirigir el ministerio de Educación y Cultura de España.

No parece casual, pues, que alguien que despreciaba las denuncias de falta de representación democrática acabara “representando”, democráticamente, los intereses de la universidad, de los institutos y escuelas, y de los museos y centros de arte y pensamiento del país. En una ecuación lógica, podríamos enunciar: A protesta porque no se siente representado por el actual sistema / B se burla de A / B acaba representando a A en el actual sistema.

¿Dónde están los intelectuales?

¿Y los intelectuales?, ¿qué decían sobre esta aparente paradoja?, ¿dónde estaban? No pocas veces se ha querido comparar el 15M, que más que un movimiento es un fenómeno, con el Mayo del 68 o revueltas similares. Sin embargo, la diferencia clara entre ambos es la horizontalidad de los primeros, que han renunciado una y otra vez a la figura del líder, tal vez más efectiva para el siglo XX que para una década donde los abusos de la autoridad – vistos casi en directo gracias a las nuevas tecnologías – han acabado por instaurar la desconfianza y el hastío.

Algo había en el ambiente antes de las acampadas en Sol o plaza Catalunya. ¡Indignaos!, un texto de apenas 30 páginas de Stéphane Hessel, se convertía rápidamente en un best seller. Se trata de un panfleto que, tal y como reconoce el propio autor, “no aporta las respuestas”, pero que ha tenido el indudable mérito de dar nombre a una realidad nueva. El prólogo a la edición española, firmado por José Luis Sampedro, La Voie (La vía) de Edgar Morin, o el ensayo de Susan George, Sus crisis, nuestras soluciones, son algunos de los títulos que reflexionaban urgentemente sobre el colapso al que parecía haberse llegado.

La no-violencia y la criminalización

Los meses han pasado y, pese a pequeños conatos muy puntuales, se ha ido viendo que el 15M, desde sus inicios, era una manifestación plural y no violenta. De hecho, los grandes referentes a los que se aludía repetidamente son personajes históricos como Martin Luther King, Mandela o Gandhi. Símbolos del pacifismo, pero también - y eso no gustaba tanto - de la desobediencia civil y de la insurrección.

Que esto es así lo demuestra que el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, quiera convertir la resistencia pacífica en "atentado contra la autoridad" al igual que lo es "agredir" a un agente. Si hace falta modificar el Código penal, lo harán. El secretario de Estado de Seguridad, Ignacio Ulloa, lo justificaba argumentando que este tipo de comportamientos están constituyendo "un problema habitual para las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado" al mismo tiempo que, Ulloa dixit, existe un "vacío interpretativo en favor del ejercicio a la libertad de reunión”. Así, se puede decir, sin miedo a exagerar, que algunos de los referentes que se enseñan en las escuelas como ejemplos de compromiso por la justicia y las igualdades serían considerados hoy, con la nueva legislación, graves delincuentes.

Aunque es cierto que muchos intelectuales mantuvieron silencio durante las acampadas, algunos se mojaron desde el principio. Es el caso de Arcadi Oliveres, presidente de Justícia i Pau, que llegó a ser amenazado por el conseller Felip Puig. El economista, que visitó entonces el plató de LaVanguardia.com, insistía en la importancia de la “pedagogía política” que estaba fomentando el 15M.

No se puede obviar, tampoco, que algunos de los actos o estrategias de los indignados han sido duramente criticados. Hay analistas que han interpretado mucho más grave la forma de concentración adoptada, y el supuesto “problema de higiene” que podría conllevar, que la denuncia de los vicios de un sistema que no ha sido capaz de evitar la corrupción política o la especulación descontrolada. Esos argumentos los desmantelaba en este diario Xavier Antich, enunciado todas las falacias que se han hecho servir para intentar criminalizar una protesta que ha sorprendido a todos, tanto a los que estaban a favor como en contra.

¿Hacia una nueva democracia?

Tzvetan Todorov en su nuevo libro, Los enemigos de la democracia (Galaxia Gutenberg), también se proponía identificar a los culpables de la actual crisis, que va mucho más allá de la economía. Así, el mesianismo, el ultraliberalismo y la xenofobia favorecen “la tortura, la discriminación de las minorías y las restricciones impuestas a las libertades civiles”.

En el mismo sentido, se pronunciaba el filósofo Miguel Morey. Para el pensador, la democracia ve “secuestrada la propia dignidad por los poderosos que hacen pagar la crisis que ellos provocaron, exigiendo el desmantelamiento del estado social para seguir manteniendo sus obscenos beneficios”.
La cuestión fundamental, sin embargo, sigue un año después sobre la mesa. El mismo Antich se preguntaba si estamos a punto para la democracia y si no es limitado que funcione únicamente con la elección cada cuatro años de sus representantes. Se trata, claro, de preguntas incómodas.

También en La Vanguardia, Manuel Castells meditaba sobre cómo ha evolucionado el 15M y cómo han reaccionado los responsables políticos: “la situación empeora y los gobiernos siguen indiferentes a la protesta aplicando las recetas de la austeridad”. En la misma línea, añadía que “si hubiera talante democrático en la clase política podrían dejar que los ciudadanos se encuentren en sus ágoras tres días, deliberen y propongan”.

Hablando de debate público, de discusión, de poner en común potenciales soluciones, entrevistamos al teórico Jose Luis Martí, experto en procesos de participación. El profesor de filosofía del derecho de la UPF defiende que el 15M “es un buen modelo de deliberación espontánea de la ciudadanía”. Si la política no se transforma a la misma velocidad que la sociedad, sostiene Martí, "algunas de las instituciones que tenemos se convierten en insuficientes". El especialista, después de estudiar las potencialidades de la red y el contexto social, lo tiene claro: “la demanda de una nueva democracia es imparable”.

 José Luis Martí: "Tenemos los mecanismos para una democracia más ambiciosa"José Luis Martí: "Tenemos los mecanismos para una democracia más ambiciosa"

El profesor de filosofía del derecho de la Universidad Pompeu Fabra es uno de los mayores expertos en "democracia deliberativa", teoría que apuesta por más participación ciudadana

LA VANGUARDIA 18/04/2012
Albert Lladó
Barcelona Redactor

Uno de los libros sobre democracia e internet que ha publicado José Luis Martí, junto a Isidre Casals Editorial Mediterrània 
 
La democracia deliberativa no es una teoría nueva. Pensadores como Habermas, Bessette o Rawls, entre muchos otros, llevan años elaborando y perfilando una idea de gobierno donde el ciudadano participa activamente, no sólo porque es consultado cada vez que hay que tomar una decisión importante, sino porque es actor y protagonista de la discusión previa que la propia administración fomenta. Escucha y es escuchado.
Con el auge de las nuevas tecnologías, la teoría - que toma antecedentes tan lejanos como la antigua Grecia o las asambleas cantonales suizas que inspiraron a Rousseau - se convierte en más aplicable que nunca. Por ello, hablamos con José Luis Martí, profesor de filosofía del derecho y filosofía política de la Universidad Pompeu Fabra, autor de La república deliberativa (Marcial Pons, 2006) y A Political Philosophy in Public Life, escrito junto a Philip Pettit (Princeton University Press, 2010), y uno de los mayores expertos del tema en España.

Diferencias entre “democracia directa”, “democracia deliberativa” y “democracia representativa”.

La primera implica la participación directa de la ciudadanía en la toma de decisiones. El ejemplo típico es el referéndum. El paradigma de la democracia indirecta, si nos vamos al otro extremo, serían las decisiones legislativas ordinarias que se toman en un parlamento. La gente ha podido elegir periódicamente a sus representantes pero son éstos los que, después, toman las decisiones. La democracia deliberativa estaría en medio: se trata de utilizar mecanismos de discusión, entre ciudadanos y/o parlamentarios, para enriquecer la toma de decisiones. Es poner el acento en los argumentos, en el intercambio de información previo.

El discurso oficial parece defender que no hay alternativas al actual modelo

Algunos quieren hacernos creer que hemos alcanzado la cuota máxima de democracia que podíamos soñar, y que no puede ir más allá. Esto produce perplejidad porque la democracia, desde que existe, ha ido cambiando y evolucionando. Lo que hicieron los padres de la constitución de Estados Unidos fue diseñar una democracia que, de algún modo, sigue vigente. Es verdad que, durante más de dos siglos, se ha mantenido una cierta estructura más o menos estable. En un contexto así, era difícil ir más allá. Pero ahora la gente está demandando - y los expertos creen que es viable - utilizar los mecanismos que hoy en día tenemos para pensar en una democracia más ambiciosa.

Una cosa es votar, otra deliberar y otra la negociación política. ¿Las estrategias de partido no han tomado demasiado protagonismo?

La negociación siempre tendrá su espacio. Es legítimo, cuando no hay consenso, pactar unas reglas básicas sacrificando algunas de las demandas iniciales. Lo que pasa es que no se pone el énfasis en lo prioritario: la deliberación. Si no, parece que la política no tenga que ver con razones sino con intereses, como si fuese una empresa. Y la democracia tiene que ver con buscar la mejor solución a un problema compartido.

Muchos le dirán que deliberar es caro, y que retrasa las decisiones importantes…

No todas las decisiones que se toman requieren de gran urgencia. Habrá momentos así, y la Constitución legitima al Gobierno para tomar decisiones si son realmente inaplazables, pero son excepciones. El hecho es que un proceso legislativo ordinario, en el mejor de los casos, dura al menos seis meses. Hay varios tipos de deliberación. La espontánea, la que se produce en la calle o en las redes sociales, es gratuita. Y de la que promueve las administraciones, habría que distinguir la participación misma del proceso previo. Si un ayuntamiento decide convocar un referéndum, por ejemplo, debe fomentar el debate, aunque sea costoso. Porque si el ciudadano que vota no tiene una información de calidad y transparente, la consulta no tiene valor democrático.

¿Por qué algunas experiencias, en ayuntamientos y administraciones públicas, han funcionado tan mal?

Muchas veces se ha utilizado la participación ciudadana como marketing político. Incluso con buena fe, los políticos normalmente se quedan en la primera fase, en la evidente. La mayoría se han interesado por el voto electrónico. Pero si todo lo que nos tiene que ofrecer las nuevas tecnologías es contabilizar más rápido los votos de una noche electoral, la conclusión es una muy pobre.

En otros ámbitos (escalera de vecinos, asociaciones de padres de alumnos, etcétera) muchas veces la poca participación en las decisiones colectivas crea frustración

La pedagogía política es fundamental. Y la Escuela, en España, ha fomentado muy poco esto. El problema deriva de un malentendido: se cree que los profesores no deberían interferir en la formación política de sus alumnos. Es evidente que no debe orientar el voto, pero sí se debería explicar las responsabilidades que conlleva ser ciudadano.

¿Es legítimo obligar a la participación?

Los expertos no se han puesto de acuerdo, y es una discusión en abierto. Yo creo que no sirve para nada. Siempre pongo un ejemplo. Si lo que queremos es que la gente participe, hay una fórmula muy fácil: que el que deposite su voto reciba 50 euros. Te aseguro que así iría a votar todo el mundo. Parece un ejemplo absurdo, pero pensémoslo un momento: cuando a alguien se le llama para participar en un jurado popular, se le paga un dinero diario. Pongo el ejemplo porque creo que la participación no debe conseguirse a toda costa. Creo legítimo que alguien no esté interesado en la política. Forzar a esa persona a votar, cuando no habrá reflexionado ni cinco minutos sobre las opciones que tiene, pone los pelos de punta.

¿Qué opina de movimientos como el 15M?

Nos enseña muchas cosas, y nos ha sorprendido a todos. Ha demostrado que la gente se reúne cuando tiene algo que decir y escuchar. Si se me convoca para saber cómo ha de ser la Diagonal, es posible que no acuda. Eso no me hace un ciudadano apático. Pero si me convocas para decidir cómo debe ser el sistema bancario… Además, la horizontalidad del 15M, la falta de jerarquía, es un buen modelo de deliberación espontánea de la ciudadanía. Se les ha criticado que muchos opinan sin tener mucha idea, pero es injusto, ya que lo que le debemos pedir a una asamblea no es que tome una decisión precisa y técnica, sino un mínimo rigor e interés genuino.

¿Las nuevas tecnologías son una oportunidad para construir una democracia más justa? ¿O se trata de una exageración?

Las nuevas tecnologías son un instrumento, nunca un fin en sí mismas. Lo que sí está claro es que tienen un gran potencial para facilitar aquellos ideales que persigue la democracia deliberativa. Internet, concretamente, tiene un elemento muy obvio de horizontalidad. La red favorece el intercambio de información, y conectar a personas que están separadas por miles de kilómetros. Podemos discutir la calidad del intercambio, y las consecuencias, pero lo que es evidente es que se rompe la relación - tan importante hasta ahora - entre territorio y decisiones políticas. Hay un cambio de escala. El mundo es uno.

¿Y dónde están los filósofos?

El papel de la filosofía ha sido muy pobre hasta ahora. Se ha dado lo que algunos han llamado “la paradoja de la innovación”. Muchos han caído en el error de creer que lo importante es usar lo más nuevo para dejar obsoleto lo anterior. Todos los ciudadanos deben reflexionar sobre cómo usamos las nuevas tecnologías y para qué. Es un deber ineludible. Dejar esas preguntas únicamente a los tecnólogos es un error.

¿Veremos otro tipo de democracia en breve?

Hay dos sectores que se resisten, y que a veces se unen: los que están en contra de las nuevas tecnologías, y los que no creen en la importancia de la mayor participación. El mundo ya ha avanzado, quieran ellos o no quieran, y por ello la ciudadanía - que ahora tiene mejor información y nuevas herramientas - se está alejando de la política institucional. La demanda de una nueva democracia es imparable. Seguramente habrá turbulencias a corto plazo, pero el camino es inevitable. Si la política no se transforma a la misma velocidad que la sociedad, pasará lo que ya está pasando: que algunas de las instituciones que tenemos se convierten en insuficientes. Tendremos que repensarlas.




lunes, 8 de febrero de 2010

La crisis de la democracia en la sociedad-red

La araña y su tela

Manuel Castells conserva intacta su fe en las posibilidades emancipatorias de Internet. En su nuevo libro analiza las relaciones de poder y la crisis de la democracia en la sociedad-red

ENRIQUE GIL CALVO 06/02/2010


Son escasos los sociólogos españoles que han conseguido acceder a la cumbre de la élite académica internacional, y Juan José Linz es el decano de todos ellos. Pero en la generación siguiente destaca Manuel Castells (Hellín, 1942): quizás el científico social hispanohablante (aunque escriba sus libros en inglés) más citado de la última década. Prófugo de la dictadura, aprendió sociología con Alain Touraine en La Sorbona, tomando parte activa en la revuelta de Mayo del 68. Enseguida se convirtió en una figura del gauchismo parisiense de los setenta, especializado en sociología urbana. Y como a tantos izquierdistas de su generación, la caída del marxismo le condujo a convertirse no al neoliberalismo pero sí al determinismo de la high tech: las nuevas tecnologías de la información y comunicación, hoy llamadas TIC.

Comunicación y poder

Comunicación y poder
Manuel Castells
Traducción de María Hernández
Alianza. Madrid, 2009
679 páginas. 30 euros
Poderes y contrapoderes se enfrentan en la común arena de juego que son las redes virtuales y mediáticas

Así fue como, tras recalar en La Moncloa como asesor del presidente González, acabó en la Universidad de California, donde compuso su célebre trilogía sobre la Era de la Información, cuyo primer volumen, La sociedad-red (Alianza, 1997) habría de granjearle fama internacional tras ser ensalzado por autoridades como Giddens. Allí proponía un nuevo modelo de sociedad posindustrial, estructurada no por las relaciones jerárquicas de clase sino por la conexión múltiple a redes interactivas, cuyo paradigma es Internet. Y aquella ciberutopía de espíritu entre ácrata y tecnócrata, cuyos gurús eran los grandes patrones del capitalismo digital (los nuevos Edison, como Steve Jobs y Bill Gates), encandiló a multitud de profesionales urbanos. Eran los tiempos de la fiebre del oro especulativo que dominó la presidencia de Clinton, con el auge bursátil de las empresas punto.com.
Pero nada más producirse el cambio de siglo, la burbuja tecnológica estalló, refutando el mito digital de la nueva economía de la información. Entonces se produjo el 11-S, cuando otra clase de redes sociales, esta vez fanáticas y asesinas, derribó también el mito de la invulnerabilidad occidental. Y enseguida llegó la reacción neocon de Bush y compañía, que con el paranoico aplauso del pueblo estadounidense emprendió una criminal venganza de alta tecnología (una cruzada virtual, retransmitida en directo por Internet) contra los eslabones más débiles del islam. Todo lo cual refutaba el panglosiano diseño de la virtuosa sociedad del conocimiento. De ahí que Castells se viese obligado no a rectificar pero sí a rediseñar su modelo de sociedad-red, dando lugar a este nuevo libro como resultado.

Un libro cuya novedad más importante, como reza su título, es que junto a las redes de comunicación, que continúan estructurando la realidad social, aparece un nuevo factor causal: las relaciones de poder. Con ello vuelve al segundo volumen de su citada trilogía, El poder de la identidad (Alianza, 1998), donde ya aparecían tanto el poder del Estado y la llamada "política informacional" como los movimientos insurgentes de resistencia y transformación social, pues unos y otros poderes y contrapoderes se enfrentan en la común arena de juego que son las redes virtuales y mediáticas. Pero lo que en aquel texto se ventilaba en unas pocas páginas, aquí se extiende a lo largo de 550 (el resto son apéndices y anexos), a fin de incluir los últimos desarrollos en materia de cognición emocional (Damasio, Lakoff) y comunicación política (Hallin y Mancini, McCombs, Thompson).

El libro comienza por un repaso de las teorías del poder, quedándose con la que más le conviene: la de Michael Mann y su reticular modelo EIMP (económico, informacional, militar y político). Prosigue después resumiendo su propio paradigma comunicativo, que desarrolla para incluir su interpretación de la web 2.0, a la que llama "autocomunicación de masas". Y se centra por fin en el análisis propiamente dicho de las relaciones de poder, hoy fundadas en la dominación mediática (o simbólica como diría Bourdieu, a quien no cita), que hace posible una generalización del engaño como arma de persuasión masiva para dar lugar a la crisis de la democracia, identificada por Putnam con el declive del capital social. Todo ello ilustrado con ejemplos como la guerra mediática de Bush, el motín de los móviles contra Aznar el 13-M o la exitosa campaña electoral de Obama.

Parafraseando el vocabulario marxista de su juventud, cabría decir que en este libro Castells expone la contradicción entre las nuevas fuerzas productivas, ahora comunicacionales, y las emergentes relaciones de producción, hoy dominadas por el poder informacional. Lo cual supone reconocer que la sociedad-red es en realidad una tela de araña: una estructura de dominación donde el poder de la araña depende de la capacidad de la red para encadenar a los dominados, así como de la habilidad de éstos para desencadenar su resistencia. De ahí que se plantee como siempre la misma pregunta sin respuesta: ¿quién puede más, la tela o la araña? Para ser fiel a sí mismo, Castells apuesta por la red, conservando intacta su fe en las posibilidades emancipatorias de Internet. Pero esto se contradice con su realista retrato de la política informacional como engaño masivo, lo que hace sospechar que el destino de Internet es servir de virtual opio del pueblo como nuevo panem et circenses devaluador del capital social. O sea que al final, por mucho que la red reprograme la tela, la araña siempre gana.