"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

Mostrando entradas con la etiqueta crisis económica 2008 - ?. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta crisis económica 2008 - ?. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de abril de 2011

Islandia enjaula a sus banqueros


Los islandeses piden responsabilidades por la crisis económica

Los islandeses piden responsabilidades por la crisis económica


Ciudadanos islandeses se manifiestan  por la crisis

    Ciudadanos islandeses se manifiestan por la crisis


    La primera víctima de la crisis financiera hace un valiente intento de pedir responsabilidades

    CLAUDI PÉREZ
    EL PAÍS 03/04/2011
    Se busca. Hombre, 48 años, 1,80 metros, 114 kilos. Calvo, ojos azules. La Interpol acompaña esa descripción de una foto en la que aparece un tipo bien afeitado embutido en uno de esos trajes oscuros de 2.000 euros y tocado con un impecable nudo de corbata. Se ve a la legua que se trata de un banquero: este no es uno de esos carteles del salvaje Oeste. La delincuencia ha cambiado mucho con la globalización financiera. Y sin embargo, esta historia tiene ribetes de western de Sam Peckinpah ambientado en el Ártico. Esto es Islandia, el lugar donde los bancos quiebran y sus directivos pueden ir a la cárcel sin que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas; la isla donde apenas medio millar de personas armadas con peligrosas cacerolas pueden derrocar un Gobierno. Esto es Islandia, el pedazo de hielo y roca volcánica que un día fue el país más feliz del mundo (así, como suena) y donde ahora los taxistas lanzan las mismas miradas furibundas que en todas partes cuando se les pregunta si están más cabreados con los banqueros o con los políticos. En fin, Esto es Islandia: paraíso sobrenatural, reza el cartel que se divisa desde el avión, antes incluso de desembarcar.
    El presidente de uno de los grandes bancos ha sido detenido en Londres
    El país fue saqueado por no más de 30 banqueros, políticos y empresarios
    La codicia, la barra libre de crédito y los excesos hundieron el país
    El tipo de la foto se llama Sigurdur Einarsson. Era el presidente ejecutivo de uno de los grandes bancos de Islandia y el más temerario de todos ellos, Kaupthing (literalmente, "la plaza del mercado"; los islandeses tienen un extraño sentido del humor, además de una lengua milenaria e impenetrable). Einarsson ya no está en la lista de la Interpol. Fue detenido hace unos días en su mansión de Londres. Y es uno de los protagonistas del libro más leído de Islandia: nueve volúmenes y 2.400 páginas para una especie de saga delirante sobre los desmanes que puede llegar a perpetrar la industria financiera cuando está totalmente fuera de control.
    Nueve volúmenes: prácticamente unos episodios nacionales en los que se demuestra que nada de eso fue un accidente. Islandia fue saqueada por no más de 20 o 30 personas. Una docena de banqueros, unos pocos empresarios y un puñado de políticos formaron un grupo salvaje que llevó al país entero a la ruina: 10 de los 63 parlamentarios islandeses, incluidos los dos líderes del partido que ha gobernado casi ininterrumpidamente desde 1944, tenían concedidos préstamos personales por un valor de casi 10 millones de euros por cabeza. Está por demostrar que eso sea delito (aunque parece que parte de ese dinero servía para comprar acciones de los propios bancos: para hinchar las cotizaciones), pero al menos es un escándalo mayúsculo.


    Islandia es una excepción, una singularidad; una rareza. Y no solo por dejar quebrar sus bancos y perseguir a sus banqueros. La isla es un paisaje lunar con apenas 320.000 habitantes a medio camino entre Europa, EE UU y el círculo polar, con un clima y una geografía extremos, con una de las tradiciones democráticas más antiguas de Europa y, fin de los tópicos, con una gente de indomable carácter y una forma de ser y hacer de lo más peculiar. Un lugar donde uno de esos taxistas furibundos, tras dejar atrás la capital, Reikiavik, se adentra en una lengua de tierra rodeada de agua y deja al periodista al pie de la distinguida residencia presidencial, con el mismísimo presidente esperando en el quicio de la puerta: cualquiera puede acercarse sin problemas, no hay medidas de seguridad ni un solo policía. Solo el detalle exótico de una enorme piel de oso polar en lo alto de una escalera saca del pasmo a quien en su primera entrevista con un presidente de un país se topa con un mandatario, Ólagur Grímsson, que considera "una locura" que sus conciudadanos "tengan que pagar la factura de su banca sin que se les consulte".


    Y del presidente al ciudadano de a pie: de la anécdota a la categoría. Arnar Arinbjarnarsson es capaz de resumir el apocalipsis de Islandia con estupefaciente impavidez, frente a un humeante capuchino en el céntrico Café París, a dos pasos del Althing, el Parlamento. Arnar tiene 33 años y estudió ingeniería en la universidad, pero, al acabar, ni siquiera se le pasó por la cabeza diseñar puentes: uno de los bancos le contrató, pese a carecer de formación financiera. "La banca estaba experimentando un crecimiento explosivo, y para un ingeniero es relativamente sencillo aprender matemática financiera, sobre todo si el sueldo es estratosférico", alega.


    Islandia venía de ser el país más pobre de Europa a principios del siglo XX. En los años ochenta, el Gobierno privatizó la pesca: la dividió en cuotas e hizo millonarios a unos cuantos pescadores. A partir de ahí, bajo el influjo de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el país se convirtió en la quintaesencia del modelo liberal, con una política económica de bajos impuestos, privatizaciones, desregulaciones y demás: la sombra de Milton Friedman, que viajó durante esa época a Reikiavik, es alargada. Aquello funcionó. La renta per cápita se situó entre las más altas del mundo, el paro se estabilizó en el 1% y el país invirtió en energía verde, plantas de aluminio y tecnología. El culmen llegó con el nuevo siglo: el Estado privatizó la banca y los banqueros iniciaron una carrera desaforada por la expansión dentro y fuera del país, ayudados por las manos libres que les dejaba la falta de regulación y por unos tipos de interés en torno al 15% que atraían los ahorros de los dentistas austriacos, los jubilados alemanes y los comerciantes holandeses. Una economía sana, asentada sobre sólidas bases, se convirtió en una mesa de black jack. Ni siquiera faltó una campaña nacionalista a favor de la supremacía racial de la casta empresarial, lo que tal vez demuestra lo peligroso que es meter en la cabeza de la gente ese tipo de memeces, ya sea "las casas nunca bajan de precio" o "los islandeses controlan mejor el riesgo por su pasado vikingo".


    La fiesta se desbocó: los activos de los bancos llegaron a multiplicar por 12 el PIB. Solo Irlanda, otro ejemplo de modelo liberal, se acerca a esas cifras. Hasta que de la noche a la mañana -con el colapso de Lehman Brothers y el petardazo financiero mundial- todo se desmoronó, en lo que ha sido "el shock más brutal y fulminante de la crisis internacional", asegura Jon Danielsson, de la London School of Economics.
    Pero volvamos a Arnar y su relato: "La banca empezó a derrochar dinero en juergas con champán y estrellas del rock; se compró o ayudó a comprar medio Oxford Street, varios clubes de fútbol de la liga inglesa, bancos en Dinamarca, empresas en toda Escandinavia: todo lo que estuviera en venta, y todo a crédito". Los ejecutivos se concedían créditos millonarios a sí mismos, a sus familiares, a sus amigos y a los políticos cercanos, a menudo, sin garantías. La Bolsa multiplicó su valor por nueve entre 2003 y 2007. Los precios de los pisos se triplicaron. "Los bancos levantaron un obsceno castillo de naipes que se lo llevó todo por delante", cuenta Arnar, que conserva su empleo, pero con la mitad de sueldo. Acaba de comprarse un barco a medias con su padre con la intención de cambiar de vida: quiere dedicarse a la pesca.
    La fábula de una isla de pescadores que se convirtió en un país de banqueros tiene moraleja: "Tal vez sea hora de volver al comienzo", reflexiona el ingeniero. "Tal vez todo ese dinero y ese talento que absorbe la banca cuando crece demasiado no solo se convierte en un foco de inestabilidad, sino que detrae recursos de otros sectores y puede llegar a ser nocivo, al impedir que una economía desarrolle todo su potencial", dice el presidente Grímsson.


    La magnitud de la catástrofe fue espectacular. La inflación se desbocó, la corona se desplomó, el paro creció a toda velocidad, el PIB ha caído el 15%, los bancos perdieron unos 100.000 millones de dólares (pasará mucho tiempo antes de que haya cifras definitivas) y los islandeses siguieron siendo ricos, más o menos: la mita de ricos que antes. ¿De quién fue la culpa? De los bancos y los banqueros, por supuesto. De sus excesos, de aquella barra libre de crédito, de su desmesurada codicia. Los bancos son el monstruo, la culpa es de ellos y, en todo caso, de los políticos, que les permitieron todo eso. OK. No hay duda. ¿Solamente de los bancos?


    "El país entero se vio atrapado en una burbuja. La banca experimentó un desarrollo repentino, algo que ahora vemos como algo estúpido e irresponsable. Pero la gente hizo algo parecido. Las reglas normales de las finanzas quedaron suspendidas y entramos en la era del todo vale: dos casas, tres casas por familia, un Range Rover, una moto de nieve. Los salarios subían, la riqueza parecía salir de la nada, las tarjetas de crédito echaban humo", explica Ásgeir Jonsson, ex economista jefe de Kaupthing. El también economista Magnus Skulasson asume que esa locura colectiva llevó a un país entero a parecer dominado por los valores de Wall Street, de la banca de inversión más especulativa. "Los islandeses hemos contribuido decisivamente a que pasara lo que pasó, por permitir que el Gobierno y la banca hicieran lo que hicieron, pero también participamos de esa combinación de codicia y estupidez. Los bancos merecen sentarse en el banquillo y nosotros nos merecemos una parte del castigo: pero solo una parte", afirma en el restaurante de un céntrico hotel.


    Una cosa salva a los islandeses, de alguna manera les redime de parte de esos pecados. En su incisivo ¡Indignaos!, Stephane Hessel describe cómo en Europa y EE UU los financieros, culpables indiscutibles de la crisis, han salvado el bache y prosiguen su vida como siempre: han vuelto los beneficios, los bonus, esas cosas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el nivel de ingresos, ni mucho menos el empleo. "El poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos", acusa, y, sin embargo, "los banqueros apenas han soportado las consecuencias de sus desafueros", añade en el prólogo del libro el escritor José Luis Sampedro.


    Así es: salvo tal vez en el Ártico. Islandia ha hecho un valiente intento de pedir responsabilidades. "Dejar quebrar los bancos y decirles a los acreedores que no van a cobrar todo lo que se les debe ha ayudado a mitigar algunas de las consecuencias de las locuras de sus banqueros", asegura por teléfono desde Tejas el economista James K. Galbraith.


    Contada así, la versión islandesa de la crisis tiene un toque romántico. Pero la economía es siempre más prosaica de lo que parece. Hay quien relata una historia distinta: "Simplemente, no había dinero para rescatar a los bancos: de lo contrario, el Estado los habría salvado: ¡Llegamos a pedírselo a Rusia!", critica el politólogo Eirikur Bergmann. "Fue un accidente: no queríamos, pero tuvimos que dejarlos quebrar y ahora los políticos tratan de vender esa leyenda de que Islandia ha dado otra respuesta".


    Sea como sea, la crisis ha dejado una cicatriz enorme que sigue bien visible: hay controles de capitales, un delicioso eufemismo de lo que en el hemisferio Sur (y más concretamente en Argentina) suele llamarse corralito. El paro sigue por encima del 8%, tasas desconocidas por estos lares. El desplome de la corona ha empobrecido a todo el país, excepto a las empresas exportadoras. Cuatro de cada diez hogares se endeudaron en divisas o con créditos vinculados a la inflación (parece que, por lo general, para comprar segundas residencias y coches de lujo), lo que ha dejado un agujero considerable en el bolsillo de la gente. Tras dejar quebrar el sistema bancario, el Estado lo nacionalizó y acabó inyectando montones de dinero -el equivalente a una cuarta parte del PIB- para que la banca no dejara de funcionar, y ahora empieza a reprivatizarlo: la vida, de algún modo, sigue igual.


    Todo eso ha elevado la deuda pública por encima del 100% del PIB, y para controlar el déficit tampoco los islandeses se han librado de la oleada de austeridad que recorre Europa desde el Estrecho de Gibraltar hasta la costa de Groenlandia: más impuestos y menos gasto público. Al cabo, Islandia tuvo que pedir un rescate al FMI, y el Fondo ha aplicado las recetas habituales: se han elevado el IRPF y el IVA islandeses y se han creado nuevos impuestos, y por el lado del gasto se han bajado salarios y beneficios sociales y se están cerrando escuelas; se ha reducido el Estado del bienestar. Que es lo que suele suceder cuando de repente un país es menos rico de lo que creía.


    "Hemos recorrido una década hacia atrás", cierra Bergman. Y aun así, el Gobierno y el FMI aseguran que Islandia crecerá este año un 3%: el desplome de la corona ha permitido un despegue de las exportaciones, hay sectores punteros -como el aluminio- que están teniendo una crisis muy provechosa, y, al fin y al cabo, Islandia es un país joven con un nivel educativo sobresaliente. Entre la docena de fuentes consultadas para este reportaje, sin embargo, no abunda el optimismo. Uno de los economistas más brillantes de Islandia, Gylfi Zoega, dibuja un panorama preocupante: "Los bancos aún no son operativos, los balances de las empresas están dañados, el acceso al mercado de capitales está cerrado, el Gobierno muestra una debilidad alarmante. No hay consenso sobre qué lugar deben ocupar Islandia y su economía en el mundo. Vamos a la deriva... No se engañe: ni siquiera el colapso de los bancos fue una elección; no había alternativa. Islandia no puede ser un modelo de nada".


    Hay quien duda incluso de que los banqueros den finalmente con sus huesos en la cárcel: "Los ejecutivos han sido detenidos varias veces, y después, puestos en libertad: como tantas otras veces, eso es más un jugueteo con la opinión pública que otra cosa", asegura Jon Danielsson. Hannes Guissurasson, asesor del anterior Gobierno y conocido por su férrea defensa de postulados neoliberales, incluso traza una fina línea entre el delito y algunas de las prácticas bancarias de los últimos años. "Muy pocos banqueros van a ir a la prisión, si es que va alguno: ¿qué ley vulnera la excesiva toma de riesgos?", se pregunta.


    Pero los mitos son los mitos (y un periodista debe defender su reportaje hasta el último párrafo) e Islandia deja varias lecciones fundamentales. Una: no está claro si dejar caer un banco es un acto reaccionario o libertario, pero el coste, al menos para Islandia, es sorprendentemente bajo; el PIB de Irlanda (cuyo Gobierno garantizó toda la deuda bancaria) ha caído lo mismo y sus perspectivas de recuperación son peores. Dos: tener moneda propia no es un mal negocio. En caso de apuro se devalúa y santas Pascuas; eso permite salir de la crisis con exportaciones, algo que ni Grecia ni Irlanda (ni España) pueden hacer.
    La última y definitiva enseñanza viene de la mano del grupo salvaje, a quien nadie vio venir: ni las agencias de calificación ni los auditores anticiparon los problemas (aunque lo que no descubre una buena auditoría lo destapa una buena crisis: Pricewaterhousecoopers está acusada de negligencia). Pero los problemas estaban ahí: la prueba es que la inmensa mayoría de los ejecutivos de banca están de patitas en la calle y algunos esperan juicio. Nuestro Sigurdur Einarsson, el banquero más buscado, se compró una mansión en Chelsea, uno de los barrios más exclusivos de Londres, por 12 millones de euros. La mayoría de los banqueros que tienen problemas con la justicia hicieron lo mismo durante los años del boom, y menos mal que lo hicieron: la gente les abucheaba en el teatro, les tiraba bolas de nieve en plena calle, les lanzaba piropos en los restaurantes o les dejaba ocurrentes pintadas en sus domicilios. Salieron pitando de Islandia. El caso es que Einarsson no tuvo que marcharse: vivía en su estupenda mansión londinense desde 2005. La hipoteca no era problema: Einarsson decidió alquilársela al banco mientras vivía en la casa; al fin y al cabo, un presidente es un presidente, y ese es el tipo de demostraciones de talento financiero que solo traen sorpresas en el improbable caso de que la justicia se meta por medio. Islandia parece el lugar adecuado para que sucedan cosas improbables: según las estadísticas, más de la mitad de los islandeses cree en los elfos. En el avión de vuelta se entiende mejor la publicidad del aeropuerto, sobre todo porque las fuentes consultadas descartan que, si finalmente hay condena a los banqueros, el Gobierno islandés vaya a conceder un solo indulto. Esto es Islandia: paraíso sobrenatural. ¡Vaya si lo es! -

    El 'caso Icesave' (y otras rarezas)

    El tiburón putrefacto es uno de los platos típicos de Islandia, que tiene una noche inacabable (no solo por las horas de oscuridad), una de las pocas primeras ministras del mundo (Johana Sigurdardottir, abiertamente lesbiana) y un museo de penes (y esto no es una errata). La lista de rarezas es inacabable: es más fácil entrevistar al presidente de Islandia que al alcalde de Reikiavik, Jon Gnarr, célebre por pactar solo con quienes hayan visto las cuatro temporadas de The Wire. Con la crisis, las singularidades han alcanzado incluso al siempre aburrido sector financiero: en Londres han llegado a aplicarle métodos antiterroristas.
    Landsbanki, uno de los tres grandes bancos islandeses, abrió una filial por Internet con una cuenta de ahorro a altos tipos de interés, Icesave, que hizo furor entre británicos y holandeses. Cuando las cosas empezaron a torcerse y el Gobierno británico detectó que el banco estaba repatriando capitales, le aplicó la ley antiterrorista para congelar sus fondos. Ese fue el detonante de toda la crisis: provocó la quiebra en cadena de toda la banca. Y sigue dando tremendos dolores de cabeza a Islandia.


    Holanda y Reino Unido devolvieron a sus ciudadanos el 100% de los depósitos y ahora exigen ese dinero: 4.000 millones de euros, un tercio del PIB islandés, nada menos. El Gobierno llegó a un acuerdo para que los ciudadanos pagaran en 15 años y al 5,5% de interés: la gente se organizó para echarlo abajo en un referéndum, tras el veto del presidente. Así llegó un segundo pacto, más ventajoso (tipos del 3%, a pagar en 37 años), y de nuevo la gente decidirá en abril en referéndum si paga o no por los desmanes de sus bancos. Agni Asgeirsson, ex ejecutivo que fue despedido de Kaupthing y ahora trabaja como ingeniero en Río Tinto, es tajante al respecto: "El primer acuerdo era claramente un fraude. Este es más discutible. No queremos pagar, pero eso añadiría incertidumbre legal sobre el futuro del país. Pero lo interesante es cómo ha reaccionado la gente". Ese es quizá el mayor atractivo de la respuesta islandesa: la parlamentaria y ex magistrada francesa Eva Joly (a quien se encargó el inicio de la investigación sobre la banca) asegura que lo más llamativo de Islandia es que en un país "que se consideraba a sí mismo un milagro neoliberal, y donde se había perdido gradualmente todo interés por la política, ahora la gente quiere tener su destino en sus propias manos".


    "Eso sí: la fe en los políticos y los banqueros tardará en volver, pero que mucho, mucho, tiempo", cierra el cónsul de España, Fridrik S. Kristjánsson. -

    sábado, 15 de enero de 2011

    EL MUNDO QUE VIENE | 14 ¿Qué nos depara el 2011?

    Ilustración

    En EE.UU. los republicanos prefieren ver fracasar a Obama a un éxito económico; en Europa, 27 países tiran en direcciones diferentes | El crecimiento se desacelerará, los ingresos por impuestos disminuirán y la reducción de los déficits será decepcionante | Un programa de inversión pública a gran escala estimularía el empleo a corto plazo y el crecimiento a largo plazo

    El mundo que viene | LA VANGUARDIA 02/01/2011 
    Joseph Stiglitz

    La economía global termina el 2010 más dividida que a comienzos del año. Por un lado, los países con mercados emergentes como India, China y las economías del Sudeste Asiático están experimentando un crecimiento fuerte. Por otro lado, Europa y Estados Unidos afrontan un estancamiento –de hecho, un malestar al estilo japonés– y un desempleo tenazmente altos. El problema en los países avanzados no es una recuperación sin empleo, sino una recuperación anémica. O peor, la posibilidad de una recesión de doble caída.

    Este mundo de dos pistas plantea algunos riesgos inusuales. Mientras que la producción económica de Asia es demasiado pequeña para impulsar el crecimiento en el resto del mundo, puede bastar para hacer subir los precios de las materias primas.

    Mientras tanto, los esfuerzos de parte de Estados Unidos por estimular su economía a través de la política de “alivio cuantitativo” pueden fracasar. Después de todo, en los mercados financieros globalizados, el dinero busca las mejores perspectivas en todo el mundo, y estas perspectivas están en Asia, no en Estados Unidos. De manera que el dinero no irá adonde se lo necesita, y gran parte de ese dinero terminará donde no se lo quiere, causando mayores incrementos en los precios de los activos y las materias primas, especialmente en los mercados emergentes.

    Dados los altos niveles de desempleo en Europa y en Estados Unidos, es poco probable que el “alivio cuantitativo” suponga un brote de inflación. Podría, en cambio, aumentar las ansiedades sobre la futura inflación, derivando en tasas de interés más altas a largo plazo, precisamente lo contrario del objetivo de la Reserva Federal.

    Este no es el único riesgo de impacto negativo, ni siquiera el más importante, que afronta la economía global. La mayor amenaza surge de la ola de austeridad que arrasa al mundo, mientras los gobiernos, particularmente en Europa, afrontan los grandes déficits originados por la Gran Recesión y mientras la ansiedad sobre la capacidad de algunos países para cumplir con sus pagos de la deuda contribuye a la inestabilidad de los mercados financieros.

    El resultado de una consolidación fiscal prematura está casi anunciado: el crecimiento se desacelerará, los ingresos impositivos disminuirán y la reducción de los déficits será decepcionante. Y, en nuestro mundo globalmente integrado, la desaceleración en Europa exacerbará la desaceleración en Estados Unidos, y viceversa.

    En una situación en la que Estados Unidos puede pedir prestado a tipos de interés bajos sin precedentes, y frente a la promesa de altos beneficios por las inversiones públicas después de una década de negligencia, resulta claro lo que se debería hacer. Un programa de inversión pública a gran escala estimularía el empleo a corto plazo, y el crecimiento a largo plazo, lo que al final redundaría en una deuda nacional menor. Pero los mercados financieros demostraron su miopía en los años que precedieron a la crisis, y lo están volviendo a hacer, al ejercer presión para que se realicen recortes del gasto, incluso si eso implica reducir marcadamente las inversiones públicas necesarias.

    Es más, el atasco político asegurará que sea poco lo que se haga respecto de los otros problemas acuciantes que tiene ante sí la economía estadounidense: las ejecuciones hipotecarias probablemente sigan con toda su furia (dejando de lado las complicaciones legales); es probable que las pequeñas y medianas empresas sigan privadas de fondos, y es posible que los bancos pequeños y medianos que tradicionalmente les ofrecen créditos sigan luchando para sobrevivir.

    En Europa, mientras tanto, es poco probable que las cosas vayan mejor. Europa finalmente logró salir al rescate de Grecia e Irlanda. En las vísperas de la crisis, ambos países estaban regidos por gobiernos de derecha marcados por un capitalismo de connivencia o peor, lo que demostraba una vez más que la economía de libre mercado no funcionaba en Europa mejor de lo que lo hacía en Estados Unidos.

    En Grecia, como en Estados Unidos, la tarea de limpiar el desorden recayó sobre un nuevo gobierno. Tal vez como era de esperar, el Gobierno irlandés que alentó un préstamo bancario imprudente y la creación de una burbuja inmobiliaria no fue más apto para manejar la economía después de la crisis que antes.

    Dejando la política de lado, las burbujas inmobiliarias dejan tras de sí un legado de deuda y de sobrecapacidad productiva en el mercado de bienes raíces que no se puede rectificar fácilmente, sobre todo cuando bancos políticamente conectados rechazan reestructurar las hipotecas.

    En mi opinión, intentar discernir las perspectivas económicas para el 2011 no es una cuestión particularmente interesante: la respuesta es sombría, con escaso potencial alcista y mucho riesgo bajista. Más importante es: ¿cuánto tiempo les llevará a Europa y a Estados Unidos recuperarse y pueden las economías de Asia aparentemente dependientes de las exportaciones seguir creciendo si sus mercados históricos languidecen?

    Mi mejor apuesta es que estos países mantendrán un crecimiento rápido en la medida en que viren su foco económico hacia sus mercados internos, vastos e inexplorados. Esto exigirá una reestructuración considerable de sus economías, pero tanto China como India son dinámicas y dieron pruebas de resiliencia en su respuesta a la Gran Recesión.

    No soy tan optimista respecto de Europa y EE.UU. En ambos casos, el problema subyacente es una demanda total insuficiente. La máxima ironía es que existen simultáneamente una capacidad productiva excesiva, vastas necesidades insatisfechas y políticas que podrían restaurar el crecimiento si usaran esa capacidad para satisfacer las necesidades.

    Tanto Estados Unidos como Europa, por ejemplo, deben adaptar sus economías para encarar los desafíos del calentamiento global. Hay políticas factibles que funcionarían en el contexto de limitaciones presupuestarias de largo plazo. El problema es la política: en Estados Unidos, el Partido Republicano preferiría ver fracasar al presidente Barack Obama antes que ser testigo de un éxito económico. En Europa, 27 países con diferentes intereses y perspectivas tiran en direcciones diferentes, sin suficiente solidaridad para compensar. Los paquetes de rescate son, desde esta perspectiva, logros impresionantes.

    Tanto en Europa como en Estados Unidos, la ideología de libre mercado que permitió que crecieran las burbujas de activos de manera descontrolada –los mercados siempre saben más, así que el gobierno no debe intervenir– ahora les ata las manos a los responsables de formular las políticas a la hora de articular respuestas efectivas a la crisis. Uno podría haber pensado que la crisis en sí misma socavaría la confianza en esa ideología. Por el contrario, ha vuelto a salir a la superficie para arrastrar a gobiernos y economías por el sumidero de la austeridad.

    Si la política es el problema en Europa y Estados Unidos, sólo cambios políticos probablemente los vuelvan a colocar en el sendero del crecimiento. De lo contrario, pueden esperar hasta que la amenaza de sobrecapacidad productiva disminuya, los bienes de capital se vuelvan obsoletos y las fuerzas restauradoras internas de la economía pongan a funcionar su mágica gradual. En cualquiera de los casos, la victoria no está a la vuelta de la esquina.
    _________
    Distribuido por The New York Times Syndicate

    sábado, 11 de diciembre de 2010

    LOS EFECTOS DE LA CRISIS EN CATALUÑA: Las grietas sociales



    http://edicionimpresa.lavanguardia.es/premium/epaper/20101202/54079336839.html 

    El paro es muy selectivo, ya que afecta especialmente a jóvenes, inmigrantes y operarios
    JOSEP PLAYÀ MASET - Barcelona

    En un plazo relativamente corto la sociedad catalana ha pasado de la bonanza a la crisis, de la euforia a la preocupación. La Associació Catalana de Sociología (ACS), que definió el 2008 como "el año en que empezamos a bajar de las nubes", ahora ha ido un poco más allá en el análisis y se ha referido a la aparición de las primeras grietas en la cohesión social.

    Frente a las reflexiones economicistas, los sociólogos catalanes proponen en su anuario del 2010 una lectura social. Y la primera constatación es que "la sociedad catalana se ha hecho más vulnerable", según Josep M. Rotger, presidente de la ACS, lo que significa que crecen las desigualdades. Pero esta debilidad no es generalizable, sino que se trata de una crisis que afecta a grupos sociales muy concretos, como los inmigrantes, los empleados de la construcción y la industria y los jóvenes - en especial, los menos cualificados-.Estos ejercen de "válvula" que permite respirar al resto, según la catedrática de Sociología Marina Subirats. Esa polarización se traduce en datos como este: un 75% de los hogares tiene a todos sus activos trabajando, mientras que un 8% (hace dos años era un 2%) los tiene a todos en el paro.

    El anuario 2010 es un compendio de artículos de varios sociólogos que repasan el impacto de la crisis. Maria Caprile y Oriol Homs analizan un mercado de trabajo que ha perdido 500.000 puestos de trabajo en año y medio. Su conclusión es que "la crisis es muy selectiva", ya que no ha afectado a determinados sectores. Incluso se da un aumento de los ocupados (un 7,5% entre el 2007 yel 2009) en el sector de técnicos y profesionales. Entre directivos, funcionarios y administrativos hay un impacto escaso y, en cambio, entre los no cualificados, operarios y artesanos la ocupación cae entre un 20% y un 30%.

    imatge

    LOS JÓVENES

    Tocados por la precariedad, la sobrecualificación y el paro

    La crisis económica se ha cebado especialmente entre los jóvenes. Si en el segundo trimestre del 2007 se llegó a la tasa de paro juvenil más baja, apenas un 8,5%, tres años más tarde se acerca al 30% y lleva camino de triplicar la tasa de paro de los adultos. Ahora bien, Pau Serracant, sociólogo y coordinador de la Enquesta a la Joventut de Catalunya, traza un perfil de los jóvenes parados: son los que tienen menos edad (uno de cada dos jóvenes de 16 a 19 años está en paro); los que tienen menos estudios (entre quienes no han llegado al bachillerato el paro es del 42%) y los inmigrantes. También hay una proporción más alta de paro entre las chicas.

    Entre los jóvenes se ha impuesto el "modelo mediterráneo de ocupación", que se caracteriza por la precariedad (sueldos mileuristas, contratos temporales, baja sindicación y alta siniestralidad laboral), la sobrecualificación (empleos con una titulación inferior a la que se tiene) y más paro. Otra característica es la polarización ocupacional. Hasta un 36% de los jóvenes ocupados tienen trabajos de baja cualificación, porcentaje más alto que en Europa. Esta polarización también se da en los estudios. El número de jóvenes con sólo estudios obligatorios o sin finalizar es superior a la media europea, y también lo es el porcentaje de jóvenes con estudios universitarios.


    Se percibe además una reproducción intergeneracional de la posición en el mercado de trabajo, asociada tanto al nivel de estudios de los padres como a su profesión. Hay un dato revelador: el 65,2% de los jóvenes empresarios con asalariados tienen padres que también lo son.


    LOS EXTRANJEROS

    La mujer inmigrante es clave para la subsistencia familiar

    Pese a que crece el discurso xenófobo de que los inmigrantes quitan trabajo a los autóctonos, las estadísticas indican que el paro castiga con más dureza a los extranjeros. De los 607.200 parados que había a finales del 2009, un 31,6% (192.000) eran inmigrantes, una proporción bastante más alta que su peso sobre la población. El único "consuelo" para este sector es que la ocupación femenina resiste mucho mejor, ya que las labores de limpieza y cuidado de ancianos y niños resisten mejor los recortes. Una característica de la economía española y catalana es que las mujeres inmigradas copan el trabajo doméstico asalariado en detrimento de la ocupación en servicios sociales, educativos y sanitarios que se da en un grado superior en otros países europeos.

    Los efectos de la desocupación en los inmigrantes van más allá de la reducción o falta de ingresos: comportan un riesgo de exclusión social que puede traducirse en más irregularidad, trasvase a economía sumergida y marginalidad.

    Esta realidad suscita un intenso debate sobre la gestión política. Sònia Parella y Teresa Sordé (Grup d´Estudis d´Immigració i Minories Ètniques de la UAB) dicen en uno de los capítulos del anuario que sería un error poner el acento en los planes de retorno, porque "una parte importante de las familias han venido para quedarse y la crisis económica es a menudo más grave en muchos de los países de origen". Por eso defienden que las políticas migratorias deben ir en la dirección de exigir derechos y deberes, considerar a la inmigración como población propia y fomentar la cohesión social.

    Los extranjeros son los más vulnerables

    LOS AGRICULTORES

    La crisis impulsa la agricultura "diferente" y la productividad

    Estamos ante "la crisis de la agricultura y no de la crisis en la agricultura", dice Jordi Peix, ingeniero técnico agrícola e impulsor de la Unió de Pagesos. Es decir, que el sector agrícola vive inmerso en una larga crisis que se traduce en la constante reducción de su población activa, lo cual no quita que la crisis económica haya incidido también en el sector. Se han reducido las inversiones, se ha producido un cambio en los hábitos hacia alimentos más baratos y las empresas más pequeñas o mal gestionadas se pueden ver abocadas al cierre. Pero también influyen la crisis alimentaria la crisis energética y medioambiental.

    La agricultura, un sector en declive

    En la agricultura actual ya no se habla de la explotación familiar agraria, ya que se buscan ocupaciones alternativas en otros sectores, sino del agricultor a título principal. Y la mitad de los 60.000 activos agrarios en Catalunya ya son asalariados. Peix destaca los efectos transformadores de la crisis en un país donde el 70% de su producción final agraria no recibe ayudas de la política agraria comunitaria (PAC). Destaca el aumento de la productividad y el impulso a una agricultura "diferente" (elaboración artesana, denominaciones de calidad, agricultura ecológica) e incluso la recuperación de las paradas en mercados o la venta directa en agrobotigues.Pero también resalta los peligros del sobretrabajo y del descenso en las remuneraciones.

    EL CATALÁN


    El catalán puede perder peso en el ámbito privado

    Durante el franquismo, pese a la represión de la lengua catalana y a las dificultades para el acceso a su aprendizaje, se produjo la incorporación de nuevos catalanohablantes y la identificación de muchos inmigrantes con el catalán como lengua de adopción. No fue la única dificultad que encontraron, pero el factor lingüístico tuvo un papel importante en su proceso de arraigo.

    Ahora el entorno es favorable (aulas de acogida, cursos, mediación cultural), pero han surgido factores adversos: 1) el riesgo de guetización (aislarse en un barrio implica desarraigo y distanciación de la lengua); 2) la lengua como barrera instrumental (quienes se incorporan mayores a la escuela o fracasan pueden asociar el catalán a un cierto prestigio social y reaccionar a la contra); y 3) el catalán visto como frontera simbólica (se asocia a unas formas de consumo e identidad alejadas).

    La progresiva institucionalización del uso público del catalán facilita que esta lengua sea vista como un factor clave para integrarse. Sin embargo, el reverso es que la pérdida de peso porcentual del catalán en el ámbito privado reduce su uso habitual en la familia o el trabajo. Y, tal como señalan Marta Rovira, Enric Saurí y Montserrat Treserra, no parece que las políticas públicas puedan incidir en ese ámbito.

    El efecto dominó

    La sociedad catalana se ha hecho más vulnerable. ¿Se acabó la etapa de progreso? 

    Un turista joven salía de la parada de Liceu, de la línea 3 del metro de Barcelona. "¡Estás loco! ¡Vigila esa maleta!", se oyó que le gritaban. Acababa el turista de dejar su equipaje en lo alto de las escaleras, en plena calle, cuando se disponía a retroceder por el mismo sitio al rescate de otro pesado bulto con el que no podía cargar su compañera. El aviso de ese alguien le puso en alerta. Cunde la sensación de inseguridad en esa Rambla remozada, ya sin pájaros, con pocas flores y muchos helados. Más allá de la Rambla, también. La anécdota del turista asustado deja de serlo cuando, a unos 300 metros, un grupo de académicos teoriza acerca de las nuevas grietas sociales que la crisis ha esculpido en la cara más visible de Catalunya. Vías de agua en el edificio de la convivencia. ¿El diagnóstico? La sociedad catalana cada vez tiene menos las claves de su futuro, se está haciendo cada día más vulnerable.

    "Aquí se gasta poco en política social", sentencia la socióloga Marina Subirats. Eso, que se escribe y se dice rápido, tiene unas consecuencias devastadoras. ¡Ay, el efecto dominó! Las piezas se encadenan y caen una tras otra. A menos protección social, más desigualdades. Crac. A más desigualdades, más marginalidad. Crac. A más marginalidad, más conflictividad social. Crac, crac, crac. Y esa Catalunya encantada de haberse conocido amenaza ruptura. Así, tal cual. De momento son sólo amagos, pero el espejismo se diluye. La realidad salta a la vista. Los catalanes habían vivido años felices desde los ochenta hasta primeros del siglo XXI. Hasta entonces, todos podían llegar donde querían con algo de esfuerzo. Todos creyeron que podían ser clase media... Las desigualdades disminuyeron, no tanto porque se redistribuyera la riqueza como porque los sectores más pobres mejoraron. Eso empieza a acabarse. "Este periodo en el que Catalunya ha progresado parece cerrarse", advierte Marina Subirats. Que Artur Mas vaya descorriendo las cortinas de su despacho y se asome a la calle. No es cuestión de cambiar el modelo productivo, se nos dijo ayer. Hay que cambiar el modelo social. Hay que huir del discurso dominante, neoliberal, más economicista. ¿Que cómo se hace eso? Con políticas que limiten la tendencia a la desigualdad. Y, sobre todo, que ataquen el fracaso escolar en la ESO porque los jóvenes pueden acabar acomodándose en la marginalidad o, en el mejor de los casos, desplomados en el sofá. "El dinero que no se gaste en protección social se acabará gastando en cárceles", resume Josep Maria Rotger.

    El informe de la Associació Catalana de Sociologia es un foto polaroid de las flaquezas que deja una crisis que ha sido "selectiva". El ascensor social ha dejado de funcionar para algunos: personas con bajo nivel educativo, inmigrantes y jóvenes, principalmente. Ni siquiera la lengua catalana tiene ese valor integrador de antes. Los sociólogos aseguran que están preocupado. No hay movimientos telúricos, pero las aguas empiezan a encresparse. "Ep, no badem!".

    sábado, 9 de octubre de 2010

    LIBROS Y NOVELAS SOBRELA CRISIS EN BABELIA nº 984

    Fotografia




    El tiempo del desconsuelo 
    JOAQUÍN ESTEFANÍA


    Tres años después del inicio de la crisis aparece una nueva hornada de libros que, en vez de narrarla, analizan sus secuelas y las herramientas para superarla.

    Fotografia

    El refugio de los lectores 
    TONI GARCÍA


    La crisis también se siente en las novedades. Los editores arriesgan menos al lanzar nuevos títulos y los lectores dejan de lado los clásicos en favor del género negro

    Fotografia

    Entrevista
    Adam Haslett anticipó la crisis financiera 
    ANDREA AGUILAR


    "El dolor fue un tema que me eligió", afirma el autor estadounidense, que imaginó hace más de diez años Union Atlantic, su primera novela, protagonizada por un banquero sin escrúpulos, una profesora estricta y liberal y un estudiante

    Dinero y más dinero
    NURIA BARRIOS