"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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lunes, 20 de abril de 2009

¿Qué globalización sobrevivirá?


JOSEPH S. NYE EL PAÍS 17/04/2009


En este año en que la economía mundial se contraerá por primera vez desde 1945 a algunos economistas les preocupa que la actual crisis pueda significar el principio del fin de la globalización. Las épocas de dificultades económicas y el proteccionismo van de la mano, puesto que cada país culpa de los problemas a los demás y trata de proteger sus empleos internos. En la década de los treinta del pasado siglo, las políticas consistentes en "empobrecer al vecino" empeoraron la crisis. Hoy, a menos que los líderes se resistan a ofrecer respuestas de ese tipo, el pasado podría convertirse en el futuro.

La economía no es lo único de dimensión planetaria. Salud, clima, violencia y cultura son mundiales

El proteccionismo puede acabar con la globalización buena y reforzar la mala

Irónicamente, sin embargo, esa perspectiva tan sombría no significaría el fin de la globalización definida como un aumento de las redes mundiales de interdependencia. La globalización tiene varias dimensiones. Aunque los economistas a menudo se refieren a ella y a la economía mundial como si fueran una sola y misma cosa, otras formas de la globalización también tienen efectos significativos -no todos benéficos- en nuestras vidas cotidianas.

La manifestación más antigua de la globalización fue ambiental. Por ejemplo, la primera epidemia de viruela se registró en Egipto en el año 1350 antes de Cristo. Llegó a China en el 49 después de Cristo, a Europa después del 700, a las Américas en 1520 y a Australia en 1789. La peste bubónica, o peste negra, se originó en Asia, pero al propagarse mató entre un cuarto y un tercio de la población de Europa en el siglo XIV.

En los siglos XV y XVI los europeos llevaron enfermedades a las Américas que destruyeron al 95% de la población nativa. En 1918, una pandemia de gripe causada por un virus de las aves acabó con la vida de 40 millones de personas en todo el mundo, mucho más que las que habían muerto en la guerra mundial que acababa de terminar. Actualmente, algunos científicos predicen que se repetirá la pandemia de gripe aviar.

Desde 1973 han surgido 30 enfermedades contagiosas que se desconocían y otras, más familiares, se han propagado geográficamente con nuevas formas resistentes a los medicamentos. En las dos décadas posteriores a la identificación del VIH/SIDA en los años ochenta han muerto 20 millones de personas y 40 millones más están infectadas en todo el mundo. Algunos expertos prevén que esa cifra se duplicará para 2010. La propagación de especies foráneas de flora y fauna a nuevas zonas ha aniquilado a las especies nativas y podría provocar pérdidas económicas de varios miles de millones de dólares al año.

El cambio climático global afectará a la vida de todo el mundo. Miles de científicos de más de cien países informaron recientemente de que hay nuevas y sólidas evidencias de que la ma-yor parte del calentamiento observado en los últimos 50 años es atribuible a las actividades humanas, y se prevé que las temperaturas promedio a nivel global aumenten entre 1,3 y 5,5 grados centígrados en el siglo XXI. El resultado podría ser una variación aún más severa del clima, con demasiada agua en algunas regiones y escasez en otras.

Entre los efectos, habrá tormentas y huracanes más fuertes, inundaciones y sequías más prolongadas y más desprendimientos de tierras. En muchas regiones el aumento de la temperatura ha alargado la estación de deshielo y los glaciares se están derritiendo. El ritmo al que subió el nivel del mar en el último siglo fue 10 veces más rápido que el promedio de los últimos tres milenios.

También está la globalización militar, que consiste en las redes de interdependencia en las que se utiliza la fuerza o la amenaza del uso de la fuerza. Las guerras mundiales del siglo XX son un ejemplo. La anterior era de globalización económica llegó a su cúspide en 1914 y las dos guerras mundiales significaron un retroceso. Pero si bien la integración económica global no recuperó el nivel que tenía en 1914 hasta medio siglo después, la globalización militar creció a medida que la económica se contraía.

Durante la guerra fría, la interdependencia estratégica global entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue aguda y clara. No sólo produjo alianzas que abarcaban todo el mundo, sino que cualquiera de los bandos pudo haber utilizado misiles intercontinentales para destruir al otro en menos de 30 minutos.

Éste fue un rasgo distintivo no porque fuera totalmente nuevo, sino porque la magnitud y la velocidad de un potencial conflicto derivado de la interdependencia militar eran enormes. Actualmente, Al Qaeda y otros actores transnacionales han formado redes globales de agentes y desafían los enfoques convencionales de la defensa nacional mediante lo que se ha dado en llamar la "guerra asimétrica".

Por último, la globalización social consiste en la propagación de pueblos, culturas, imágenes e ideas. La migración es un ejemplo concreto. En el siglo XIX, alrededor de 80 millones de personas atravesaron los océanos para buscar un nuevo hogar, muchas más que en el siglo XX. Al inicio del siglo XXI, 32 millones de los residentes en Estados Unidos (el 11,5% de la población) habían nacido en el extranjero. Además, aproximadamente 30 millones de personas (estudiantes, empresarios, turistas) entran cada año a este país.

Las ideas son un aspecto igualmente importante de la globalización social. La tecnología hace que la movilidad física sea más fácil, pero las reacciones políticas locales contra los inmigrantes ya estaban creciendo antes de la actual crisis económica.

El peligro actual es que las miopes reacciones proteccionistas a la crisis económica puedan contribuir a asfixiar la globalización económica que ha distribuido crecimiento y ha sacado de la pobreza a millones de personas en el último medio siglo. Pero el proteccionismo no frenará las demás formas de globalización.

La tecnología moderna significa que los patógenos viajan más fácilmente que en periodos anteriores. Las facilidades para viajar aunadas a los tiempos de dificultades económicas implican que las tasas de migración podrían acelerarse hasta el punto de que las fricciones sociales superen el beneficio económico general. De manera similar, las dificultades económicas pueden empeorar las relaciones entre Gobiernos y los conflictos internos que podrían llegar a la violencia.

Al mismo tiempo, los terroristas transnacionales seguirán beneficiándose de la tecnología de la información moderna como Internet. Y si bien la depresión de actividad económica puede desacelerar en cierta medida el ritmo de concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, también desacelerará el tipo de programas costosos que los Gobiernos deben aplicar para abordar las emisiones ya existentes.

Así pues, a menos que los Gobiernos cooperen para estimular sus economías y se resistan al proteccionismo, el mundo podría encontrarse con que la crisis económica actual no significa el fin de la globalización sino sólo de la del tipo positivo, con lo que quedaríamos en la peor de las situaciones posibles.

© Project Syndicate, 2009.

Traducción de Kena Nequiz.

Joseph S. Nye, Jr. es profesor en la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard.

sábado, 7 de febrero de 2009

Peligro de desglobalización


El nuevo nacionalismo económico está amenazando la economía mundial - El divorcio entre el discurso correcto y la realidad populista levanta nuevas fronteras donde ya había libertad

ARIADNA TRILLAS EL PAÍS 07/02/2009

Pascal Lamy, director general de la Organización Mundial de Comercio (OMC), policía y árbitro de los intercambios comerciales, recurre a las enseñanzas de Mahatma Gandhi para cargar contra los distintos disfraces que en estos meses viste el proteccionismo por doquier en el mapa mundi. "Gandhi dijo que, con el ojo por ojo, el mundo entero se vuelve ciego. Hoy podríamos decir nosotros que, con un trabajo (de aquí) por otro trabajo (de fuera), lo que tenemos es paro masivo".

El comercio mundial caerá en 2009 por primera vez en 27 años

Los economistas coinciden en que el pánico llama a las trabas comerciales

Los Gobiernos se debaten entre su fe en el libre comercio y la presión social

Un país puede dañar a sus exportadores al intentar proteger a sus productores

Los líderes de las principales economías del mundo -de China a Estados Unidos, pasando por Francia, Reino Unido, Brasil, Alemania, la India o incluso Rusia- proclaman a cada rato su fe en el libre comercio como estímulo de la recuperación económica. De hecho, hasta ahora han sido relativamente consecuentes con esa fe en los mercados abiertos: según el Banco Mundial, de media, los aranceles han bajado en los últimos 30 años desde niveles superiores al 25% a menos del 10%. Desde mediados de los noventa, el comercio aumentó, de media, a un ritmo anual cercano al 6%, superior al crecimiento económico.

La misma fe en los beneficios del comercio sin trabas se mantuvo imperturbable en la cumbre del G-20 que, el año pasado, en Washington, empezó a orquestar una respuesta global y coordinada al enemigo llamado recesión.

Sin embargo, el divorcio entre el discurso de los líderes políticos y la medicina que éstos aplican para intentar curar una economía gravemente enferma está dejando traslucir brotes de ceguera comercial, de discriminación a los productos del vecino, de trabas que vuelven. Si el libre comercio es una de las señas de identidad de la globalización, son muchos los economistas que la ven amenazada por esta crisis indomable y el modo de combatirla.

"Las investigaciones académicas nos dicen que una de las variables clave por las que los países cambian de rumbo en sus políticas comerciales son las crisis fuertes. Las crisis fuertes dan lugar, por un efecto péndulo, a un intento de cambio del statu quo. Y hoy, el statu quo se caracteriza por haber desarrollado un amplio proceso de liberalización", explica desde Washington Daniel Lederman, economista senior del Banco Mundial experto en desarrollo. Lederman añade: "En el caso además de las recesiones en los países avanzados que se asocian a la deflación (caída generalizada de los precios), las crisis suelen incrementar el proteccionismo. Hoy la amenaza proteccionista es real".

Los ejemplos proliferan como las setas. Hace dos meses, Rusia decidió elevar del 5% al 30% el gravamen para los coches importados. También ha introducido aranceles a la carne de ave y de cerdo. India ha anunciado que durante los próximos seis meses prohibirá la importación de juguetes de China (la mitad de los que importa). Claro que el Gobierno chino antes elevó las deducciones de los impuestos a la exportación de sus juguetes en un 14% para ayudar a sus fabricantes nacionales.

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha aclarado que las ayudas a las empresas de automóviles no son para que se instalen en países con menores costes para vender coches en Francia. "Se trata es de ayudar a frenar la huida de empleo de Francia".

Estados Unidos ha salido a apoyar a sus gigantes del motor de Detroit, pero sólo para que salven sus plantas en el país. No ha tenido gestos con las multinacionales extranjeras instaladas en su territorio. A su vez, EE UU ha sugerido que China juega la carta de una moneda (yuan) competitiva.

"Cuanto mayor es el pánico, mayor es la tentación de caer en la retórica nacionalista, y, sobre todo, de caer en la demagogia más baja, porque la presión social es fortísima", reflexiona Pablo Videla, director del departamento de Economía de la escuela de negocios IESE. Coincide con él -"el pánico hace que todos reaccionen con un sálvese quien pueda", dice, y desde una perspectiva bien distinta-, el catedrático de Economía y presidente de Justicia y Paz Arcadi Oliveras, para quien el proteccionismo en los países ricos "está fuera de lugar" pero quien lo ve "imprescindible para crecer" en los menos desarrollados.

Los peligros de la retórica nacionalista se han evidenciado en el Reino Unido, con la revuelta social que le ha estallado a la cara al primer ministro, Gordon Brown, a raíz del reclutamiento de mano de obra italiana y portuguesa en la refinería de Lindsey y dos años después de haber azuzado con lemas como "empleos británicos para trabajadores británicos". El debate ha salido salpicado de acusaciones de xenofobia. "Pero las empresas no actúan como lo han hecho porque no quieran a británicos, sino porque los otros cobran menos. Buscan menos costes", centra el problema Videla, quien, sin embargo, confía en las lecciones de la Gran Depresión y en que no volverá el repliegue.

"A finales del siglo XIX, el comercio equivalía al 25% del Producto Interior Bruto (PIB) mundial. En los años treinta, cayó a casi el 14%. Es lo que ocurre cuando se culpa al resto del mundo de todo. Llegamos a los cincuenta con un mundo cerrado que generó probreza y conflicto", repasa la historia Videla. Hoy, el nivel ha vuelto al 25%.

Tras el crash del 29, la ley Smoot-Hawley en EE UU fue el pistoletazo de salida de una carrera de aranceles y barreras comerciales que encontró ecos de represalia inmediatos. Las importaciones estadounidenses bajaron de 4.400 millones de dólares a 1.500 millones entre 1929 y 1932. Las exportaciones de EE UU cayeron en el mismo periodo de 5.400 millones a 2.100. La contracción del comercio y de la generación de riqueza mundial fue rotunda.

Lecciones aparte, la interconexión de la economía es hoy tal que la cosa aún se complica más. Pensemos en el rescate de bancos. La banca española, que no ha requerido inyecciones de capital público, acusa de "competencia desleal" a los bancos extranjeros que sí han resultado fortalecidos por las autoridades de sus países: compiten con ellos sin complejos con agresivas estrategias comerciales. El Reino Unido exhorta a la banca a dar crédito a las empresas británicas. Y, en el plano de las finanzas, un agravante: a diferencia de lo que ocurre con el comercio, para el que existe el mencionado policía y árbitro que es la OMC, no existe una autoridad financiera mundial. Es uno de los retos que deberán abordar el G 20 cuando se reúna este abril en Londres.

Pese a la tentación proteccionista, algunos gobiernos ya han comprobado que las medidas pueden ser como un tiro por la culata. Le ha ocurrido al ruso: para ayudar a su industria nacional del automóvil subió los aranceles de los coches de importación, pero ahora ha tenido que lidiar con revueltas en Vladivostok, ciudad portuaria cuyos empleos dependen de la venta de esos coches.

También lo ha descubierto el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Barak Obama. Su controvertida cláusula Compre Americano -que prohíbe el uso de hierro y acero extranjero en la construcción de infraestructuras financiadas con los más de 800.000 millones de dólares de su plan de reactivación económica- no sólo ha puesto el dedo en el gatillo de las denuncias ante la OMC por socios comerciales de EE UU como la Unión Europea o Canadá. También se quejaron, por temor a represalias, las multinacionales General Electric y Caterpillar, o la Cámara de Comercio de EE UU.

En los últimos 15 días, el acero ha hecho asomar al planeta al abismo de una auténtica guerra comercial. Pero, tras su paso por el Senado, la prohibición se aplicará "de manera coherente con las obligaciones de EE UU bajo los acuerdos comerciales", como los pactos firmados bajo el paraguas de la OMC. Ha sido un gesto político apreciado especialmente en Alemania, México y Canadá (primer país al que Obama viajará este mes y que vende a EE UU el 40% del acero que produce). La UE ha bombardeado con cartas a congresistas, senadores y miembros del Gobierno federal animándoles a "dar ejemplo" porque "unos mercados abiertos siguen siendo prerrequisito esencial para una recuperación rápida".

Un proteccionismo leve y temporal puede reactivar la economía americana, puede pensarse. "Eso sería cierto si se pudiera asegurar que efectivamente sería temporal y que nadie más lo aplicaría. Pero las represalias y una espiral proteccionista sería inevitable", opina Lederman.

"Iniciar una guerra comercial no interesa a nadie, pero Obama está focalizado en crear o preservar tres millones de empleos en su país y es difícil explicarle al contribuyente americano que hay que poner dinero en algo que no sirva para crear puestos de trabajo en casa", explica el presidente de la Cámara de Comercio de EE UU en España, Jaime Malet, tras regresar de Washington y entrevistarse con senadores, empresarios y algunos cargos de la nueva Administración. "La política americana es muy dura y toda iniciativa política donde no hay disciplina de partido requiere una negociación durísima", explica.

Pero el proteccionismo no sólo refleja choques de intereses entre países. "En realidad, la crisis hace aflorar el auténtico choque, el de siempre, entre los intereses de los productores, que desean preservar su mercado de los competidores de fuera, y, por otra parte, los exportadores", subraya la catedrática de Economía Aplicada Miren Etxezarreta, miembro de la Red Europea de Economistas Críticos y partidaria de "un proteccionismo oficializado y programado".

Y es que está comúnmente aceptado que "EE UU y los países más avanzados han practicado siempre decisiones proteccionistas", apunta Marta Garrich, miembro del Secretariado del Forum Ubuntu, que no pierde la esperanza de que cuando se retomen las negociaciones para la liberalización del comercio de la Ronda de Doha (fracasaron en diciembre una vez más, pese a los llamamientos del G 20) se aborde la introducción de un impuesto global sobre las transacciones de divisas. "La cuestión es para qué se utiliza el proteccionismo. Tal vez esta crisis sea una oportunidad para que los países más pobres desarrollen sus propias agendas de desarrollo, y también porque se constata que deben replantearse los modelos imperantes hasta ahora en el crecimiento".

Desde la óptica de América Latina, las presiones proteccionistas son encajadas como "una pésima noticia", declara la secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Alicia Bárcena. "Nuestros países desmantelaron gradualmente su estructura de protecciones, disminuyeron sus barreras arancelarias y entablaron negociaciones a nivel bilateral y multilateral para abrir sus economías", recuerda, y, además, si la crisis se alarga mucho, la región puede topar con dificultades de financiación del comercio, "condición necesaria para mantener nuestras economías abiertas".

Según Zoellick, no serán las economías más desarrolladas las que sufrirán una retracción comercial, sino las emergentes. Por ejemplo, China. "La economía china no depende del consumo interno, sino de la inversión extranjera y de las exportaciones. Por eso está sufriendo mucho la caída de consumo en Occidente", enfatiza Amadeu Jensana, director de Programas Económicos y Cooperación de Casa Asia. En diciembre pasado, las exportaciones del gigante asiático sufrieron su peor desplome en una década (2,8%). "Más de la mitad de lo que exporta China lo fabrican empresas occidentales, así que éstas también se ven perjudicadas", apostilla.

La amenaza proteccionista sobrevuela la economía justo cuando la propia crisis desinfla la demanda y el comercio. "Para que el PIB de los países avanzados crezca al 3%, el comercio internacional debe hacerlo al 8%", señala José Antonio Herce, socio director de Economía de Analistas Financieros Internacionales (AFI), que considera "una aberración" la retórica proteccionista -también el llamamiento a consumir productos españoles por parte del ministro de Industria, Miguel Sebastián- porque "de la retórica es fácil pasar a las medidas".

Hoy, la economía mundial apenas crece. ¿Y el comercio? En 2006, aumentó un 8,5%. Según la OMC, en 2007 el ritmo bajó al 6%. El Banco Mundial augura que el comercio mundial va a caer en 2009 por primera vez en 27 años; en torno a un 2%. O más.

Esta contracción va acompañada de cierto repliegue de movimientos que tienen mucho que ver con la globalización. El turismo mundial, por ejemplo, reculó un 1% en la segunda mitad de 2008 y las previsiones para 2009 contemplan una caída global del 2%. Eltransporte internacional de mercancías cayó un 13,5% en noviembre y un 22,6% en diciembre. ¿Estaremos desandando en la globalización?

lunes, 26 de enero de 2009

Todos perdemos con el consumo patriótico



Un carrito de la compra con productos españoles

Un carrito de la compra con productos españoles


La apelación del Gobierno a la compra nacional choca con los cimientos de la economía

PABLO LINDE EL PAÍS 24/01/2009

En plena crisis global, en plena apelación universal a la mayor liberalización y movimiento del comercio en todo el mundo, el consumo patriótico ha vuelto de la mano del Gobierno.


Miguel Sebastián anima a comprar lo propio y a hacer turismo en España

El proteccionismo se extendió tras el 'crash' de 1929 y empeoró la crisis

Los graniteros acusan al Ejecutivo de traer materia prima de fuera

La Generalitat catalana también apela a elegir productos locales

"Lo que hay que hacer es propiciar la competitividad" dice un experto

Otros defienden un consumo contenido y responsable ante la crisis

Frederic Bastiat, economista francés, fue uno de los grandes difusores de una idea cada vez más extendida a lo largo del siglo XIX: la inutilidad económica del proteccionismo. Un siglo después, tras el crash de 1929, estas enseñanzas se olvidaron y se produjo una profunda depresión que terminaría con la Segunda Guerra Mundial. A las puertas de la mayor crisis desde entonces, los principales líderes del mundo tomaron nota de este fallo y acordaron en la reunión del G-20 de noviembre pasado que una de las salidas era no poner cotos al comercio internacional. Meses después, sin embago, el ministro de Comercio de España, Miguel Sebastián, dijo: "Hay una forma de evitar que caiga el consumo sin que haya destrucción de empleo y para ello es necesario que los ciudadanos introduzcan un factor adicional al precio, ahorro, renta y calidad: el factor español".

Esta frase fue pronunciada el pasado miércoles, aunque el ministro ya llevaba tiempo insistiendo en el consumo de lo español para reducir las inclemencias de la crisis. No se puede hablar de proteccionismo, ya que en ningún momento se ha mencionado gravar o impedir las importaciones. Es, como lo han calificado algunos expertos consultados, "nacionalismo económico". Algo que en opinión de la inmensa mayoría de ellos no es un instrumento eficaz para luchar contra la actual situación económica. No sólo eso. Para alguno de ellos, como Arcadi Oliveres, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Pompeu Fabra, es "un perfecto error".

La tesis que sostienen muchos de estos economistas consultados es parecida a la que Bastiat mantenía hace más de 150 años: lo beneficioso para un país es especializarse en aquello que puede producir mejor, para poder intercambiarlo con otros y adquirir bienes a costes menores de los que les supondría hacerlos. En otras palabras, no hay que comprar mercancía nacional por el hecho de serlo, sino procurar que los productos españoles sean los más competitivos y que por eso se compren, tanto aquí como fuera.

Dar un valor añadido a los objetos por el simple hecho de ser españoles es, a la larga, perjudicial para el país, según Javier Díaz-Giménez, profesor de Economía de la escuela de negocios IESE. Asombrado porque el ministro pudiera haber pronunciado la frase que aparece en el primer párrafo de este texto, replicó: "Es de bombero pirómano". ¿Por qué? "Porque si compramos algo más caro y no tan bueno como lo hacen en otros sitios perdemos todos. Pierde el consumidor, que no tiene la mejor calidad-precio, y pierde el sistema, que está gastando recursos en hacer algo en lo que no somos los mejores". Pone un ejemplo con supuestos ficticios: "Si las corbatas italianas fuesen las mejores y en España costasen más baratas que las nacionales, comprémoslas y vendámosles a los italianos aerogeneradores, que es lo que nosotros hacemos bien. No gastemos energía en hacer corbatas malas y caras".

Hay otro gran problema en potenciar lo nacional frente a lo foráneo, según los expertos. Si todos los países alientan a sus ciudadanos en el mismo sentido y cuaja, el comercio internacional bajará y la salida de la recesión será mucho más difícil. Y la ocurrencia de Sebastián no es única. "Ya se están oyendo esas voces por todas partes; no es una buena política", dice Ramon Marimon, director del Programa Max Weber y profesor de Economía en el European University Institute. Dice que lo importante es que se consuma, en general, y que "precisamente lo que hay que evitar son los nacionalismos". Recuerda que fue uno de los factores que incidieron en la dificultad de remontar la crisis de 1929, y coincide con Díaz-Giménez en que lo "costoso es tener una economía no tan competitiva como debería serlo". "No porque nos cerremos vamos a aprender la lección. Las cosas que hacemos bien se venden por el mundo, como Zara. Algo que ha ido los últimos años bien es ser competitivos en algunos sectores y eso es lo que hay que potenciar ahora", explica Marimon.

En esta misma línea, hay decenas de opiniones. Pero también existe alguna excepción. Uno de los jefes de departamento de Economía Aplicada de la Universidad Complutense, José Carlos Fariñas, acepta algunas de las pegas que ponen sus colegas a este incentivo de lo nacional, pero piensa "que es una propuesta con lógica". No cree que sea algo tan peligroso como lo pintan algunos analistas, "se trata sólo de modificar un poco las pautas de consumo". Como son imposibles medidas como la devaluación de la moneda, animar al consumo de lo nacional puede suponer, en su opinión, una forma de combatir el déficit exterior en unos 7.000 millones de euros (lo que equivaldría a una rebaja del 7%).

Sebastián dijo que si cada ciudadano español sustituye el consumo de 150 euros en productos extranjeros por el de artículos made in Spain se podría evitar la destrucción de 120.000 empleos. "Mejor ir a Sierra Nevada que a los Alpes", apuntó.

Más allá del rechazo mayoritario de estas tesis en los círculos económicos, hay otro consenso: es casi imposible llevarlas a cabo. Incluso los menos críticos con el ministro, como Antón Costas, catedrático de Política Económica de la Universidad de Barcelona, creen que es "un canto de sirena, un grito desesperado". "Se trataría más bien de crear una cultura como en Alemania o Francia, donde sienten que los productos propios son buenos y por eso los compran. Eso es más efectivo que llamar a comprarlos por ser españoles, cosa que difícilmente se va a conseguir", explica Costas.

Difícilmente porque, en opinión de las asociaciones de consumidores, es muy complicado que los ciudadanos sepan de dónde vienen los productos. Rafael Sánchez Vicioso, de FACUA, dice que nadie conoce la procedencia y que no es esta la obligación del consumidor. "Lo que la gente tiene que hacer es mirar la relación calidad-precio y llevarse lo que mejor le venga", dice. La portavoz de la OCU, Ileana Izverniceanu, añade que no se puede poner en el consumidor la responsabilidad de crear empleo y que "la gente quiere comprar bueno, bonito y barato", independientemente de la procedencia.

Esta teoría se la aplica incluso la propia Administración. Horas después de que Sebastián hiciese su propuesta de comprar español, la Asociación Gallega de Graniteros (AGG) denunció la "incongruencia" del Gobierno, que "prima" el granito procedente de China en las obras públicas españolas. Ponen el ejemplo de AENA, que, según dicen, se abastece de esta materia prima oriental en "gran parte de las obras de ampliación de sus aeropuertos".

La exaltación a toda costa del producto propio les recuerda a algunos al boicoteo al cava catalán de hace tres años. Lo menciona Antonio Pulido, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Madrid. Entonces se creó toda una red de páginas web que apuntaban cuáles eran los productos de Cataluña y se ofrecían alternativas. La Conselleria de Comercio no aclara cómo afectó a las empresas de esta región, que registraron menores ventas, pero lo cierto es que el Departamento de Agricultura de la Generalitat puso en marcha hace un par de años una campaña de promoción de lo autóctono que incluía descuentos de hasta un 20% en más de 300 productos catalanes. No es de extrañar que el responsable del ramo, Joaquim Llena, apoyase enérgicamente las teorías de Sebastián, pero, en su caso, para animar a consumir en catalán. Se trata, dijo, de conseguir hacer frente al reto de los mercados exteriores y crear una cultura de país que cree en sí mismo, de aumentar la autoestima. ¿A dónde nos llevaría generalizar esa vía?

Hay una diferencia entre esto e introducir el "factor español" como uno más, al lado de ahorro, según dice Díaz-Giménez: "Una cosa es promocionar la calidad de unos productos, crear una marca con identidad propia y otra bien distinta el proteccionismo rancio. Si las cosas de tu región son buenas y las quieres comprar, hazlo, pero no sólo porque sean de tu región". Es lo que opina el consejero andaluz de Agricultura, Martín Soler, quien, sin estar en desacuerdo con la promoción de lo español, defiende las campañas de alimentos andaluces como una plataforma de marketing comercial que pretende diferenciar productos a base de calidad, seguridad alimentaria y ligándolo todo a la dieta mediterránea.

El catedrático Arcadi Oliveres introduce aquí un parámetro muy distinto al que manejan el resto de los economistas consultados: el sostenimiento y el ecologismo. "Yo soy partidario del consumo de proximidad porque es más razonable, menos contaminante, pero no por nacionalismo. Si estoy en Cataluña, Francia también está próxima". Una rara avis entre sus colegas, está en contra del aumento del consumo que defienden todos los demás, ya que "el planeta no da más de sí". "Quienes tienen que aumentar su consumo son los países pobres, y nosotros, reducirlo", añade.

Esta bajada es justo lo contrario que pregona el presidente del Gobierno para salir de la crisis. Zapatero hace hincapié en la necesidad de recuperar la confianza y consumir. A las palabras de su ministro de Industria dijo que "ni él ni nadie va a restringir el consumo de productos extranjeros". Zapatero recordó que "es evidente" la retracción que ha sufrido la demanda interna en la economía española en los últimos meses, lo que hace "conveniente" que los ciudadanos y las familias españoles consuman, aunque siempre en función de sus necesidades y su "libre decisión".

El Ejecutivo es el responsable de crear esta demanda interna, según Gregorio Izquierdo, director del servicio de estudios del Instituto de Estudios Económicos. "Tiene que poner el marco para que lo español sea más competitivo", dice.

Todo lo demás es una visión "cortoplacista y miope", según varios de estos expertos. A alguno le recuerda a otra teoría del francés Bastiat: la falacia de las ventanas rotas. Aseguraba que lo que hay que tener en cuenta son las consecuencias a largo plazo. La falacia consiste en pensar que si alguien rompe la ventana de un establecimiento está haciendo algo positivo por la economía, puesto que el dueño tendrá que gastar dinero en repararla. Este pensamiento no tiene en cuenta que si el cristal no se hubiese roto, el empresario podría haber invertido en otra cosa que también crease empleo y que pudiese generar algo nuevo en lugar de sustituir lo ya existente. Desde este punto de vista, comprar cosas españolas que no son las más competitivas es algo parecido a romper la ventana de un negocio.


El abrigo americano

GABRIEL TORTELLA 24/01/2009

La afirmación del ministro de Industria, Miguel Sebastián, de que la solución a la crisis exige que compremos artículos españoles y hagamos turismo en España ha ido seguida inmediatamente de la llamada de un representante de la industria hotelera reclamando que pasemos nuestras vacaciones en España y no en el extranjero. ¿Estamos ante un resurgir de la opinión proteccionista, en favor de las restricciones al comercio y en contra de la importación? Ya los estadounidenses en la Gran Depresión de los años treinta popularizaron aquello de buy American (compre americano) y beggar-thy-neighbor (arruina al vecino o sálvese quien pueda); y lo malo es que lo pusieron en práctica. Las frases de Sebastián recuerdan tristemente aquel dicho que se contaba de Abraham Lincoln: “Yo no sé nada de economía, pero sí sé que si compro un abrigo americano, aquí quedan el abrigo y el dinero, mientras que si lo importo, aquí se queda sólo el abrigo”. Tras citar la historieta, el economista P. T. Ellsworth añadía: “Lo único cierto es la primera afirmación”.

En efecto, la economía nació combatiendo el proteccionismo. El famoso libro de Adam Smith, La riqueza de las naciones, es un largo alegato en favor del libre comercio, y sus mejores discípulos no hicieron sino afinar y depurar sus razonamientos. Durante todo el siglo XIX, el debate entre librecambistas y proteccionistas fue el gran campo de batalla de la economía, en España tanto o más que en el resto del mundo. Entonces ganaron los librecambistas, y siguió una era de crecimiento; pero en la primera mitad del siglo XX cambiaron las tornas: guerras, revoluciones y Gran Depresión produjeron una vuelta a un proteccionismo radical: aranceles tradicionales, cuotas, prohibiciones, control de cambios y de capitales. El resultado fue catastrófico. El remedio no hizo sino agravar la enfermedad. Estados Unidos dio el pistoletazo de salida en 1929 con el nefasto arancel Smoot-Hawley, que fue seguido por toda clase de medidas proteccionistas en el mundo, lo que dio lugar a una reducción del comercio internacional del 66%. El desempleo se disparó.

Tras la Segunda Guerra Mundial fue volviendo el consenso librecambista y el crecimiento fue sin precedentes. Ahora, en plena depresión, ¿queremos agravarla y alargarla recurriendo a un proteccionismo miope?

Gabriel Tortella es catedrático emérito de Historia Económica de la Universidad de Alcalá de Henares.