"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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lunes, 23 de julio de 2012

La jugada alemana para cobrar y mandar

LA VANGUARDIA 22/7/2012

Fernando Trias de Bes 

Las durísimas condiciones del rescate son la preparación del terreno para un eventual impago

En el derecho romano, a la hora de legislar los créditos y compraventas, existían una serie de pactos en relación con las garantías que aportaba el deudor. Uno muy extendido era el pacto de Vendendo: frente un impago, el acreedor podía optar por vender la cosa pignorada. Eso sí, renunciaba a cualquier otra acción personal correspondiente. Y, además, si al vender la cosa pignorada quedaba un sobrante… ¡debía restituir ese dinero extra (llamado superfluum) al deudor! 

El derecho romano entendía que tanto las pérdidas de un crédito insatisfecho como los eventuales remanentes de una ejecución de la garantía debían compartirse entre acreedor y deudor. 

Es decir, que quien recibe un préstamo asume una gran responsabilidad. Y también quien lo concede.

EL CASO ESPAÑOL 

No es este precisamente el caso entre Europa y España a la hora de repartir responsabilidades. El Memorándum de Entendimiento que fija las durísimas condiciones de nuestro rescate es, bajo mi parecer, la preparación del terreno para un eventual impago por parte del Estado español. ¿He dicho impago? Analizados 89 episodios de distintos países del mundo, los economistas Reinhart y Rogoff calcularon que cuando se produce un impago soberano la deuda total de ese país se halla entre el 250% y el 450% del producto interior bruto. España ha superado ya el umbral del 400%. No hay casos registrados de países que con tal nivel de endeudamiento hayan podido devolverlo todo. Para ser posible, deberíamos ser un país terriblemente competitivo, una potencia exportadora, disponer de moneda y banco central propios, estar en una senda de crecimiento económico o encontrar petróleo en los Monegros. No es el caso. Mi opinión personal, ojalá equivocada, es que, en algún momento de esta década, España deberá negociar una quita. 

No es preciso rasgarnos las vestiduras. En la historia de la economía casi todos los casos de impago soberano han sido parciales, muy pocas veces totales. Y lo que se condona es una parte menor.
Hay formas más o menos creativas de condonar. La más sutil es la de reestructurar la deuda sin alterar el principal (patada adelante). Se alarga mucho el plazo de devolución a un interés bajo y, gracias a la inflación, la deuda mengua. Esto lo vivieron nuestros padres cuando las inflaciones de doble dígito permitían que en pocos años desde la compra del pisito, el pago de la hipoteca pasara de angustioso a liviano. 

Luego está el impago bochornoso: directamente se solicita la condonación de una parte de la deuda. En sus negociaciones, a menudo se ha contado con la ayuda de terceros: el Fondo Monetario Internacional (FMI) o los gobiernos de los países de los acreedores asumen una parte del impago para favorecer el acuerdo. La pérdida, como vemos, se suele repartir. 

Por lo tanto, si un acreedor teme una quita de un país, debe, antes de que suceda, reducir al mínimo su exposición al riesgo de esa nación. 

LAS PÉRDIDAS DE NUESTROS ‘SOCIOS’

Los bancos alemanes y franceses mantienen un saldo aproximado de 70.000 millones de euros de deuda bancaria española que, en su día, se utilizaron para créditos a la construcción. Si un banco español cayese, habrían de asumir esa pérdida. 

¿Cómo reducir ese riesgo? 

Primero, obligando a la banca española a reforzar sus recursos propios: las exigencias de dotaciones y aumentos de capital básico de estos meses, las salidas a bolsa a lo Bankia o el no reintegro a particulares de híbridos como las preferentes. Si hay que proceder a la liquidación de un banco y ulterior concurso, esquilmados los inversores españoles, quedarán menos acreedores, entre ellos los internacionales. 

Segundo, interviniendo el Estado las entidades financieras bajo riesgo. Además de evitar un pánico entre los depositantes, para eliminar el miedo a un contagio entre la banca española y la europea: el Estado español interviene la entidad y responde. 

Tercero, canalizando el rescate de la Unión Europea a la banca española a través del FROB, que depende también del Estado. 

De estas tres formas se desembaraza Europa de su riesgo en la banca española. 

¿Y cómo minimizan también nuestros vecinos su riesgo de la deuda española que ostentan? Pues muy parecido: traspasando la deuda pública española en manos de no residentes a fondos de pensiones, fondos de inversión y bancos españoles. Desde hace meses, la banca internacional está reduciendo su exposición a la deuda pública española a una velocidad de vértigo. La está adquiriendo la banca española (¡que ya posee dos tercios del total!), gracias a las inyecciones del Banco Central Europeo (BCE). 

Para aclarar este galimatías: el riesgo se está desviando desde los distintos acreedores europeos hacia el Estado español a través de nuestro sistema financiero. Y con tal de que el Estado pueda asumir este peso, se le conceden 100.000 millones de euros a aplicar a la banca, de modo que parezca cosa del Gobierno imponer las condiciones de reestructuración de las entidades financieras, así como las subidas de impuestos y recortes. 

Pero con este mecanismo, la mayor parte de la responsabilidad de la deuda, ¡pública y financiera!, se está volcando sobre los españoles, que somos sólo una parte de los implicados, los deudores. ¿Dónde está la responsabilidad de los prestamistas que regulaba el sabio derecho romano? 

El rescate se está aprovechando para que, si llega un impago, la parte a soportar por los socios europeos sea mínima. Y esto no es justo porque también los bancos europeos han estado lucrándose de la burbuja inmobiliaria y de la deuda pública española.

UNA CARGA CRECIENTE

Por no aflorar una pérdida inmediata todos, y repartirla entre todas las partes, por evitar una intervención política (la económica ya está hecha), vamos a tener que ir asumiendo cada vez más y más carga. La crisis durará demasiado.

Europa se equivocará si trata de ahogar demasiado. Si los españoles no aguantamos, surgirán partidos extremistas (véase el caso de Grecia) y los votantes abominarán de los partidos políticos mayoritarios que regresan de las cumbres europeas con troikas enmascaradas. Si la voluntad popular rechaza al euro, Europa perderá mucho más dinero que condonando una parte razonable de la deuda. Fue una imprudencia tomar prestado el 400% del PIB. Pero fue también una imprudencia del BCE prestarlo. Ahora que se repartan las pérdidas. Alemania ya experimentó en sus carnes a qué conduce un castigo económico demasiado severo: fue el caldo de cultivo del nazismo. Debería echar mano de la memoria y recordar todo lo que en su país se produjo cuando, tras la Primera Guerra Mundial, fueron los aliados quienes quisieron apretar para cobrar y mandar.

sábado, 7 de julio de 2012

LETONIA. Laboratorio de “rescate”

Fuente:  http://blogs.lavanguardia.com/diario-itinerante/laboratorio-de-rescate/

Riga,- Ante una foto tamaño pared de las afiladas torres medievales y los puentes de acero soviético de Riga, Christine Lagarde se dirigía a una sala llena de ejecutivos y funcionarios de traje gris. El eslogan Letonia: against all odds (contra todos los pronósticos) que anunciaba la conferencia recordaba una película de Rambo. Y, efectivamente, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) había venido a Letonia para anunciar misión cumplida tres años después de acordar el rescate de la economía letona. “¿Quién se habría imaginado en el 2009 que estaríamos aquí celebrando el logro de Letonia, tras un viaje tan duro? –dijo–. Es un tour de force; habéis enseñado el camino a la zona euro…”.

¿Por qué tantos elogios a un pequeño país postsoviético de dos millones de habitantes en el mar Báltico, cuya principal exportación es madera talada en los bosques oscuros que se extienden desde la capital hasta la frontera con Rusia? Pues porque “somos el experimento en el laboratorio de la devaluación interna”, ironizó Serguéi Acupov, ex asesor del Gobierno que, tras gestionar la transición relámpago a la economía de mercado en 1990, parece ya mucho menos convencido por la ideología del short, sharp shock. “Quieren un ejemplo para Grecia, Portugal… España”. Con devaluación interna, Acupov se refiere a la política de ajustes mediante recortes de salarios y del gasto público. Aunque Letonia no es miembro de la zona euro, rechazó devaluar su divisa, el lats, y se convirtió en el conejillo de indias de la terapia shock, un poco como Chile en los años anteriores a la llamada revolución neoliberal en el Reino Unido y Estados Unidos . “Hemos escrito un nuevo capítulo en los libros de texto”, dijo un participante en la conferencia del FMI.

Tras el pinchazo de su propia burbuja inmobiliaria y una crisis de financiación de la deuda , Letonia firmó un acuerdo de rescate en diciembre del 2008 con la Unión Europea y el FMI. A cambio de recibir créditos por 7.500 millones de euros, el gobierno puso en marcha la madre de todos los ajustes presupuestarios, equivalente al 17% del valor de su economía, en sólo dos años. Letonia se sometió a la peor recesión económica registrada jamás en Europa, igualando la Gran Depresión estadounidense con un desplome del PIB del 23% en dos años. Los salarios se recortaron entre el 25% y el 30%. Mientras el paro subía del 5% a 20%, se recortó la prestación por desempleo hasta sólo 40 lati (57 euros) mensuales. La pobreza alcanzó a cuatro de cada diez familias, pero se amplió el impuesto plano sobre la renta (el 25%) hasta incluir las rentas de 60 euros al mes.

Ni tan siquiera Grecia había aniquilado una cuarta parte de su economía como hicieron los letones. Pero ahora la devaluación interna da sus frutos, sostienen Lagarde y los diseñadores del ajuste. Letonia crece el 6% este año, más que ninguna otra economía europea, y ha eliminado sus déficit exteriores. Ahora Letonia es el role model europeo. “Hicimos lo que debimos –dijo Ilmars Rimsevics, el severo gobernador del Banco de Letonia–. Diría que hemos desrabado al perro, pero mis asesores me aconsejaron hablar de podar el árbol”, añadió con un sentido del humor muy letón.

 A unos 12 kilómetros del centro de Riga, Diana Vasilane entiende lo que se siente uno al ser podado“Mi hija se fue a Roma hace tres meses cuando su empresa Statoil (Noruega) le cortó el salario de 600 a 400 lats al mes; mi hijo se ha ido a Suecia; el hijo del vecino se marchó para Australia; aquí estamos rezando para no vivar hasta muy viejos porque nadie nos va cuidar”, dijo. La marcha de jóvenes al extranjero ya había empezado tras la caída del comunismo. Pero desde el inicio del llamado rescatedel 2009 se ha convertido en una hemorragia. Un 10% de la población en general (230.000 de una población de 2,2 millones en el 2008) se ha marchado. El 30% –uno de cada tres– de los letones menores de 30 años se fueron, la mayoría para jamás regresar.

Hasta las ciudades británicas más pobres han sido destino para letones en busca de trabajo. El vuelo de Ryanair Liverpool-Riga iba abarrotado de jóvenes letones que visitaban a sus familias, y cada vuelo de vuelta la semana pasada estaba completo. Esto se suma a los graves problemas demográficos en Letonia, debido a una tasa de fecundad baja y a una esperanza de vida baja (un problema agravado por un sistema de sanidad en crisis presupuestaria). “La población envejece rápidamente; y la gente que se va en esta última ola son principalmente jóvenes con estudios”, dijo el demógrafo Mihail Hazans. Esto “ya amenaza el desarrollo económico y la seguridad social”.

Los hijos no son la única parte de la vida de Vasilane que ha sido podada. Hasta hace año y medio era directora de la oenegé Risk Berni (Riskchild.org) que prestaba apoyos a niños de familias marginadas (casi todas) en el barrio destartalado de etnia rusa de Moscow Worstadt en el centro de Riga. Moscow Worstadt era antes un distrito industrial de la economía soviética. Ahora es un foco de prostitución, drogadicción y actividades delictivas.

En el centro infantil de Riska Berni daban de comer a entre 20 y 30 niños al día y repartían ropa. Organizaban actividades –remar en el río, patinar, partidos de fútbol– para adolescentes. El Estado letón les pagaba una ayuda de 2.000 lati (2,400 euros) al mes. El hotel Radisson aportaba las sobras de su cocina, quizás de las cenas del mismísimo equipo de la UE y del FMI que llegaban a Riga de cuando en cuando. Pero luego el mega ajuste llegó a Riska Berni. El gobierno podó la subvención hasta la mitad y Riska Berni cerró el año pasado en muy mal momento. “Con tanta emigración se han ido las madres de muchos niños al extranjero y muchos niños ahora viven con sus hermanos mayores o sus abuelos”, dijo. Durante una parada en Moscow Worstadt, un joven de cabeza rapada irrumpió en el bar donde hombres con cara de pocos amigos tomaban cerveza en silencio. “Acabo de pegarme con uno; él me pegó primero”, dijo. Fuera en la calle, jóvenes prostitutas –quizás de 17 o 18 años– esperaban.

Exceptuando Moscow Worstadt, la crisis brilla por su ausencia en el centro de Riga, recorrido por manadas de turistas nórdicos que interrumpen sus giras de las iglesias para tomar sopa de remolacha en las terrazas donde un grupo toca Knocking on heaven’s door. Pero en el extrarradio donde vive Diana, las puertas no son del paraíso sino de cientos de infraviviendas, habitadas en muchos casos por familias desahuciadas tras el pinchazo. “Muchas de las casas buenas ya pertenecen a los bancos, y sus ex habitantes acaban aquí”, añade Vasilane mientras el coche sube por una carretera sin asfalto. Nos adentramos en una urbanización de chabolas de madera que se extiende hasta el río, muchas de ellas con parcelas cultivadas que los nuevos pobres de Letonia combinan con la pesca para sobrevivir. No tienen electricidad, pese a temperaturas invernales de 20 grados bajo cero. “En tiempos soviéticos, la gente tenía su pequeño huerto aquí para los fines de semana con un cobertizo para guardar las herramientas –dice el conductor–. Ahora la gente vive en los cobertizos”.

 Konstance Bondare, de 80 años, es uno de los residentes del distrito de infraviviendas . Vive en una cabaña destartalada de madera sin luz y sin agua, tal vez uno de esos cobertizos que los hortelanos de Riga usaban en tiempos soviéticos para almacenar las herramientas. Konstance dice que vino a vivir aquí hace año y medio tras ser desahuciada por un banco que tomó posesión de su apartamento en Riga. Había avalado la hipoteca del piso que compró su hija unos años antes, pero cuando esta perdió su trabajo el banco embargó los dos pisos. Siguiendo los pasos de uno de cada tres jóvenes letones que han emigrado desde el inicio del ajuste, la hija se marchó. Konstance se vino a vivir aquí con su perro. Recibe una pensión de unos 180 euros al mes. Baja todos los días a por agua al río y dice que la bebe. Ante la incredulidad de quienes la entrevistaban, dijo que paga alquiler por esta infravivienda de unos 12 metros cuadrados, aunque no dice a quién se lo paga. “El banco me echó a la calle y me dijeron que debería envenenar a mi perro; prefiero envenenarme a mí misma –dice–. ¡Miren cómo los letones vivimos en nuestro propio país!”

Hay cientos de viviendas como esta en este extrarradio rural de Riga abierto por las víctimas del ajuste. Curiosamente muchas de las callejuelas entre las infraviviendas lucen candados antirobo. “La gente tiene muy pocos bienes, pero hay muchos robos y tiene miedo”, dice. Una señora de la edad de Konstance fue asesinada a hachazos hace unas semanas en una barriada cerca de aquí. Le robaron su pensión de unos 100 euros.

* Para un análisis de por qué la devaluación interna no funciona ni en Letonia, ver La Vanguardia 6/7/2012

domingo, 19 de diciembre de 2010

La era de las posibilidades

Occidente sufre la insistente sensación de que su tiempo ha pasado; fuera, muchos países creen que ha llegado el suyo o que está cerca. Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional siguen necesitando una reforma que refleje el cambio del orden mundial

LA VANGUARDIA 17/12/2010
Roger Cohen

Roger Cohen es columnista de temas mundiales del The New York Times y del International Herald Tribune
La caída del Muro de Berlín liberó a Europa, pero su mayor impacto apenas se ha evidenciado en la primera década del siglo XXI. En nuestro vértigo, no vimos el derrumbe de otros muros: por ejemplo entre Turquía –país miembro de la OTAN– y Siria, entonces aliado soviético, donde por lo menos 60.000 minas terrestres sellaron en su día una frontera de casi 870 kilómetros y donde alrededor de 2.000 millones de dólares fluyen anualmente en transacciones comerciales a lo largo de una línea divisoria exenta de visados. Países satélites y ex repúblicas de la antigua Unión Soviética, como Bulgaria y Georgia, también descubrieron a la vecina Turquía. Abandonando su papel de confín de Occidente, Turquía se ha convertido rápidamente en eje central de Eurasia.

Un África destrozada en los días de la guerra fría por la batalla entre representantes soviéticos y estadounidenses, aprendió a mirar allende muros ideológicos, permitiendo no solo algunos hallazgos de buena vecindad –Sudáfrica y Mozambique– sino también el desarrollo del comercio con China, que ha aumentado pasando de 10.000 millones de dólares en el año 2000 a muy por encima de 100.000 millones de dólares en la actualidad. Se espera que África crezca un 5.2% en este próximo 2011, más del doble del ritmo pronosticado para Estados Unidos y Europa. El director ejecutivo de Coca-Cola ha identificado al continente africano como una de las principales prioridades de inversión de la empresa.

Estos cambios forman parte de las corrientes más profundas y pausadas, aunque invisibles, que manaron de Berlín.

Si Occidente vibraba de emoción hace dos décadas por recibir a una Europa libre y completa, actualmente está mucho menos satisfecho con un mundo donde se le pasa por alto más fácilmente. El austero menú fijo de relaciones de la guerra fría se ha convertido en un extravagante à la carte. ¿Qué podemos decir de las uniones matrimoniales peruano-indios? El papel central estadounidense se ha desgastado, Europa se ha vuelto políticamente marginal y Japón, miembro honorario de Occidente, es simplemente deprimente. “¿Dónde está nuestra influencia?”, se quejan los diplomáticos occidentales. Muchas veces tienen muy poca, como en el caso de Irán.

En otras partes, empero, hay entusiasmo y emoción. Latinoamérica, superando viejos reflejos y resentimientos, comercia ahora con China e India, explora nuevas oportunidades en África y poco le importa que Estados Unidos esté muy agobiado por la guerra y la incertidumbre como para prestarle mucha atención. “Una Latinoamérica con mayor confianza en sí misma no está descontenta con la atención de Estados Unidos en otra parte”, me dijo Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo. “Atiende en cambio a Asia, cuyo interés en la región es enorme. La cooperación sur-sur crece al tiempo que no se ratifican acuerdos de libre comercio colombianos y panameños con Estados Unidos”, señaló.

En la actualidad, una división mundial esencial se abre entre un Occidente preocupado, deprimido y desorientado (donde el libre comercio se traduce en una pérdida de empleo) y el boyante, aventurero y cada vez más confiado mundo emergente de países como Brasil, Turquía y Sudáfrica. Occidente padece la insistente sensación de que su tiempo ha pasado; fuera de él, muchos países creen que ha llegado el suyo o que está cerca.

Aunque se habla de una nueva Era de Ansiedad, la neurosis de hecho está bastante circunscrita. Ciertamente, la desazón es patente en Estados Unidos, que sigue siendo, y con mucho, la economía más grande del mundo, y también es compartida por la Unión Europea. Los problemas que padecen –crecientes déficits, alto desempleo, envejecimiento de los baby boomers y esporádico rechazo de los inmigrantes– son espinosos. El exceso ha dado paso a la angustia. El apetitoso dinero se ha agotado.

Sin embargo, la gran mayoría de la población mundial vive fuera de estos exhaustos y sobrecargados enclaves. Para miles de millones de seres humanos, las oportunidades se amplían en lugar de contraerse, aunque de manera muy desigual. De hecho, cabe afirmar que esta es la nueva Era de las Posibilidades.

Estos cambios espectaculares entrañan peligros. Consideremos la irrupción de la Alemania de finales del siglo XIX en el escenario europeo como Estado-nación unificado y el siglo de baño de sangre y enfrentamientos que supuso solucionar la cuestión alemana. Tengamos en cuenta las convulsiones globales que cimentaron el auge de Estados Unidos en el siglo XX y el declive del imperio británico.

No creo que la transición de poder actualmente en marcha sea menos dramática. China es un enorme solar en construcción que apunta al pleno desarrollo para mitad de siglo y a un posible dominio en el año 2100. Ya ha producido una fenomenal riqueza. En otoño pasado conversé con Eric de Rothschild, quien dirige Château Lafite-Rothschild, la soberbia bodega de vinos bordeleses. “Conozco a gente que compró cajas de la cosecha 1982 y que ansiaba consumirlas”, me dijo. “Ahora, gracias a lo que los chinos están dispuestos a pagar, confían en comprarse un piso con las ganacias de su venta”, afirmó.

Llámesele agitación mundial: nueva riqueza que reemplaza a la vieja. Pero, por supuesto, resulta perturbador.

Estadounidenses y europeos de clase media observan cómo desaparecen empleos temporales en Guangzu o Bangalore; contemplan la pérdida de valor de casas para cuya compra pidieron prestadas enormes sumas; siempre han de trabajar más para mantener su nivel de vida y dar a sus hijos la educación exigida por un mundo moderno y que demandan las nuevas tecnologías; perciben una creciente desigualdad y ven que sólo los ricos se enriquecen; se preguntan si durarán los derechos sociales básicos, como la asistencia médica y las pensiones. Están sobreendeudados y, al parecer, son prescindibles. En resumen, se identifican con el personaje del cuadro El grito, de Edvard Munch. Y así comienza la búsqueda de chivos expiatorios y avanzan los movimientos políticos que los identifican. El próspero Tea Party es un movimiento estadounidense, pero muchas de sus pócimas se beben en la Europa del holandés Geert Wilders.

Sin embargo, no estoy preocupado en exceso. Esta impetuosa transformaciónde principios del siglo XXI se lleva a cabo con un puñado de ingredientes singulares que me hacen confiar en que la violencia que habitualmente ha acompañado estos cambios drásticos pueda evitarse.

El primero es el tejido de redes sociales que ahora se extiende por el mundo. Los quinientos millones de usuarios de Facebook constituyen cierto tipo de seguro contra la disgregación. Tal vez sea demasiado intangible como para satisfacer a las aseguradoras, pero no es despreciable. Estar en contacto mediante sistemas que borran las fronteras nacionales dificulta incurrir en conflictos violentos a gran escala según las líneas divisorias.

El segundo son las guarniciones estadounidenses en Asia que, situadas en un área de cambio más rápido, compensan el auge de China y tranquilizan a otras potencias. La Pax Americana todavía no ha muerto.

El tercero es el cansancio de Estados Unidos por la guerra casi una década después del 9 de septiembre de 2001; el período de atrincheramiento inaugurado por el presidente Barack Obama perdurará cierto tiempo.

El cuarto es la obsesión china con la estabilidad global. Se juzga en Pekín como el sine qua non del 9% de crecimiento anual que, a la vez, sostiene al gobierno del Partido Comunista.

Y el quinto es la profunda interdependencia de los vínculos chino-estadounidenses, una relación tan importante para cada parte que su ruptura es casi inconcebible.

Por tanto, existen importantes fuerzas estabilizadoras conforme cobra vida un nuevo mundo. Por eso el paradigma son las posibilidades. Pero aun bajo el gobierno de Obama presiento un Estados Unidos más inclinado a preservar la creencia en la influencia que tuvo que a aceptar los ajustes exigidos por el reequilibrio del poderío mundial. Tal actitud alimenta tensiones.

Las principales instituciones del mundo, como la Organización de las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional, siguen necesitando una reforma que refleje el cambio del orden mundial. El G 20, sin el respaldo de ninguna estructura profesional significativa, representa un paso, pero inadecuado. La inestabilidad de las monedas está motivando una creciente preocupación sin ninguna señal de acuerdo sobre cómo solucionarla.

La perspectiva convencional de Estados Unidos hacia Oriente Medio –el tipo de mentalidad que ve a la nueva Turquía como insuficientemente ligada a Occidente, o que se imagina que la doble moral de tolerar el arsenal nuclear de Israel pasa inadvertida, o que afirma que ningún sector de los amplios movimientos políticos Hizbulah y Hamas podría ser llamado a participar de modo fructífero, o que se imagina que la opción de bombardear Irán no es una receta para un desastre casi inimaginable– sigue necesitando de una sacudida, sobre todo en el Capitolio.

Como consecuencia, Obama no ha sido un agente de cambio tan importante como sugerían sus discursos iniciales. El muro que parte Tierra Santa desaira la esperanza. El presidente estadounidense cada vez se parece más a un hombre inseguro sobre sus convicciones esenciales sobre quien se proyectó un erróneo idealismo en momentos en que Estados Unidos ansiaba una renovación.

En otros lugares, la renovación es real. Es palpable en Turquía, donde la tasa de crecimiento alcanzará el 7% este año. Todavía se libra una batalla entre el ardiente secularismo de Ataturk, fundador de la república moderna, y el islam moderado del gobernante PKA, pero en general me parece gratificante: la mezcla turca de ambas corrientes ideológicas es tonificante y es un recordatorio de cuánto disparate se vocifera sobre la supuesta incompatibilidad del islam con la modernidad. Estambul tal vez sea el principal revés mundial para los discípulos del punto de vista mundial del choque de civilizaciones.

Mientras aún se lucha por la esencia de Turquía, el nuevo panorama del país parece claro. “La geografía de Turquía es tal que no acepta la división Oriente-Occidente o Norte-Sur”, me dijo en una entrevista Ahmet Davutoglu, ministro de Asuntos Exteriores. “Estamos en Occidente, pero también somos uno de los principales protagonistas en Asia y Oriente Medio. Intentamos una normalización de la historia. La guerra fría fue una anomalía. El ‘telón de acero’ no estaba sólo en Berlín sino a nuestro alrededor. Por tanto, no teníamos buenas relaciones con nuestros vecinos”, precisó el ministro.
“Y observamos que para ser influyentes en nuestra región hay que tener una nueva imagen y expresarse con sinceridad, sin imponer nada”, continuó. Davutoglu está cansado de lo que considera una doble moral occidental: “Cuando participamos activamente en Afganistán, no nos dicen que nos estamos inclinando a Oriente. Afganistán es más oriental que Irán. Pero en lo relativo a Afganistán, a todo mundo agrada que estemos en Oriente”.

En 2011 se cumplirá el décimo aniversario del devastador ataque de Al Qaeda en Estados Unidos que dejó casi tres mil muertos en Nueva York y Washington. Contra la opinión de moda, Estados Unidos no invadió Afganistán –recuérdese la estrategia de la guerra argelina– por un motivo fútil. Resuenan las palabras de Kipling, casi 102 años después:

“Los puertos en los que no entraremos,
Los caminos que no pisaremos,
Anda, hazlos con tu vida
Y márcalos con tu muerte”.


Los límites del poderío de Estados Unidos en la actualidad son notablemente claros, aun cuando la forma en que se repartirá el poder en este siglo todavía joven, y con qué fin, sigue siendo una cuestión sin resolver; efectivamente, es un asunto escasamente abordado por aquellos a quienes –ya sean temerosos o dominadores– interesará e involucrará.