"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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lunes, 3 de noviembre de 2008

Viaje al centro de la crisis ninja


Las Vegas refleja lo que ha querido ser el sueño económico de los últimos años, basado en los créditos baratos para acceder a la vivienda y la riqueza aparentemente ilimitada generada por esas hipotecas. Hoy, con la crisis extendida por todo el mundo, nadie se atreve a decir si lo peor está por llegar.

Barrios de reciente construcción en los alrededores desérticos de la ciudad de Tucson, en Arizona, un fenómeno inmobiliario común en muchos lugares de Estados Unidos
Cuando contemplas la vista nocturna desde la planta 25 del hotel casino South Point en el sur del Strip de Las Vegas, la idea aún puede parecer genial. Barrios suburbanos, extraurbanos, se extienden como espejismos por el desierto. Decenas de miles de casas unifamiliares. Luces que parpadean como una nueva galaxia de estrellas con promesas de otras vidas. Es el sueño de la vivienda de propiedad hecho realidad gracias a la ingeniería financiera más compleja de la historia. Y más allá, a unos 30 kilómetros del centro, abruptamente, la oscuridad del desierto.

Las Vegas es un buen punto de partida de un recorrido por la crisis financiera que amenaza la economía mundial y, según advirtió George W. Bush, ha puesto en entredicho el “capitalismo democrático”. Y no sólo porque la ciudad casino –destino de diversión, especulación y pérdidas garantizadas para 40 millones de personas al año– sea una metáfora de las locuras especulativas que se han cometido en Wall Street en los últimos años.

“Cuando yo vine a vivir a Las Vegas en 1982, 60.000 personas vivían aquí; ahora son dos millones”, dice Keith Schwer, economista de la Universidad de Nevada. “Hemos sido la ciudad de mayor crecimiento de empleo y de población de todo Estados Unidos en 19 de los últimos 20 años.” Decenas de miles de personas llegaron desde California o el Medio Oeste, por un lado, y desde México, por el otro. Las viviendas en las afueras de Las Vegas, al igual que las del extrarradio de otras ciudades del llamado Sun Belt (cinturón del sol), como Phoenix, Los Ángeles u Orlando (Florida), empezaron a registrar subidas explosivas de precios, del 50% al año durante el 2005 y el 2006 en algunas zonas de las afueras de Las Vegas. “Vinieron tipos financieros de California que compraban cinco o seis casas a la vez y las vendían al cabo de un mes o dos y se forraban”, dice Schwer.

Las burbujas especulativas en el mercado de la vivienda ya se conocen de sobra en el Sun Belt. A mediados de los años veinte, década del Gran Gatsby del crac bursátil, especuladores inmobiliarios como Charles Ponzi vendieron miles de parcelas en Florida para construir casas de veraneo a inversores que revendían y revendían. Como escribe John Kenneth Galbraith en su libro The Great Crash of 1929, emergió “un mundo de fantasía poblado por gente que buscaba una excusa para creer que Florida se iba a llenar de los buscadores de sol de la nueva era indolente; el clima de Florida permitió que la gente que quería creerlo pudiera creérselo”.

Pero tras el huracán de 1926, el mercado se colapsó desencadenando miles de quiebras, y el hundimiento de la economía de Florida duró décadas. Incluso después del pinchazo del boom inmobiliario de Florida, la gente siguió creyendo que la extraordinaria subida bursátil en Wall Street era sostenible. Hasta el otoño de 1929. El boom de Florida, resume Galbraith, “era el primer indicio de la convicción generalizada en los años veinte de que Dios quería que la clase media se hiciera rica”.

Ochenta años después, en las afueras de Las Vegas, la convicción era que Dios quería que los llamados ninja –sin ingresos y sin trabajo bien remunerado– fueran propietarios de una casa. Y había aún más motivos para que la gente que “quería creer pudiera creérselo”. Ya no era el clima maravilloso de Florida, sino las últimas innovaciones financieras en Wall Street, lo que justificaría la burbuja. Muchos de los nuevos compradores de viviendas unifamiliares en el desierto eran trabajadores de bajos ingresos en años de estancamiento salarial, mientras la renta de los más ricos se disparaba. En otros tiempos, incluso en los roaring twenties (los locos años veinte) de la burbuja de Florida y Scott Fitzgerald, un banco se lo habría pensado varias veces antes de conceder hipotecas por el 100% a inmigrantes de Sonora o a familias pobres que huían de la costa, muchos de ellos con deudas acumuladas en sus tarjetas de crédito. Pero en el nuevo siglo, ya consolidada la desregulación bancaria de los ochenta y los noventa, una oleada de innovaciones financieras había transformado los métodos de gestión de riesgo en los bancos. Engendró instrumentos financieros mágicos capaces de convertir la deuda de los working poor (trabajadores pobres) en activos de alta rentabilidad que hedge funds y otros vehículos de la nueva estratosfera financiera compraban y vendían en el mercado global. Tenían nombres y acrónimos técnicos que ayudaban a la gente a creerse la mentira. Había vehículos estructurados de inversion (SIV) y collateral debt obligations (CDO). Incluso se inventó una variante matemática del CDO, conocida como la CDO cuadrado.

Esos exóticos productos financieros habían cuadrado el círculo de la nueva economía de desigualdad. En la posguerra keynesiana, de sindicatos poderosos y mercados financieros férreamente regulados, las economías occidentales crecían gracias a una expansión constante del poder adquisitivo del trabajador medio. Mientras los salarios subían con los aumentos de la productividad, era una fórmula socioeconómica bastante lograda. La desigualdad económica se moderó tras alcanzar un máximo histórico justo antes del crac de 1929. “Entre los cuarenta y los setenta, los ingresos reales de familias de trabajadoras pobres creció el 98% o igual que las familias más ricas”, explica Larry Bartel en su nuevo libro Unequal Democracy. Y el aumento constante del poder adquisitivo de los asalariados permitió la expansión de la gran clase media propietaria de una vivienda con hipoteca asumible.


Ejecutivos de bancos de inversión intercambian impresiones en el exterior de la Bolsa de Nueva York el 2 de octubre pasado, después de que se extendiese la idea de que la ayuda de 700.000 millones de dólares del Gobierno podría no ser suficiente para superar la crisis
Pero tras las crisis de los setenta, los líderes de la nueva revolución conservadora se comprometieron a elevar los beneficios como porcentaje de la renta total y bajar la renta de la familia media. Eso se hizo de forma espectacular mediante la destrucción de sindicatos ayudado por la globalización económica. La renta correspondiente al 1% de estadounidenses más ricos ha subido del 10% del total al 22% del total desde los años cincuenta. Los brókers de Wall Street cobraban 1,5 veces más que el salario medio en los años cuarenta. Ahora cobran tres veces más. Pero había un problema: ¿cómo se mantendría el crecimiento de una economía cada vez más dependiente del consumo y la compra de viviendas si no subía el poder adquisitivo del trabajador medio?
La respuesta era fácil: endeudamiento. Una enorme expansión de crédito en la clase media permitía una explosión del consumo endeudado. El ahorro estadounidense de desplomó hasta niveles inferiores a la renta, pero mientras los bancos prestasen, ¿quién se iba a preocupar? Los bancos invitaban a la gente a aprovechar las subidas disparadas del precio de sus viviendas para negociar segundas hipotecas y avalar créditos al consumo con sus casas revalorizadas. Estas refinanciaciones en las que sacabas dinero del supuesto valor de la casa para otras compras subieron de 14.000 millones de dólares en 1995 hasta 250.000 millones en el 2005.

Pero aún había amplios segmentos de la población que –con sueldos de cinco o seis dólares por hora– ni trabajando 50 horas a la semana podían incorporarse a la tierra prometida de la clase media propietaria. Ideológicamente, era difícil de explicar la exclusión de los working poor y los nuevos inmigrantes hispanos del sueño americano. Y de ahí la magia alquímica de los CDO cuadrados y otras maneras de empaquetar hipotecas basura. Michael Milken, el lince de los bonos basura en los años ochenta, había usado CDO y CDO cuadrados para facilitar la compra de empresas por empresarios sin ingresos. Pero aplicar la misma técnica para convertir proletarios de bajos sueldos en propietarios de viviendas en las afueras desérticas de Las Vegas sería una innovación sencillamente genial, la salvación del capitalismo democrático (George Bush dixit) sin que la nueva clase de superricos tuviese que ceder un centavo de sus ganancias. Siguiendo la lógica de Galbraith, haría falta algo para “permitir que quienes quieren creérselo pudieran creérselo”. Y ese algo era la nueva generación de modelos de riesgo crediticio que hacían posible que familias de salario mínimo se incorporasen al sueño americano de la pequeña casa, si no en la pradera de Montana, al menos en el desierto de Nevada.

Se empezó a facilitar hipotecas al 120% del valor de la casa con tipos de interés muy bajo, a veces cero para el primer año, pero que luego subirían, según la letra pequeña del contrato. “Antes, para comprar una casa tenías que poner un 20% de tu propio dinero, y eso funcionaba durante siglos. Pero aquí la gente compraba una casa y, tras cerrar la compra, sus bolsillos estaban más llenos que antes; conozco a gente que compraba casa y les daban 7.000 dólares para muebles; puedes hablar con niños de colegio y te dirán que eso no está bien; jamás debería haber pasado”, dijo George Smith, jubilado de California, que apostaba en carreras de caballos en un casino de Las Vegas. Pero fue posible gracias a la capacidad de los bancos de empaquetar esa deuda subprime –de baja calidad– en nuevos instrumentos segmentados que, como la alquimia medieval, serían vendidos como si fueran instrumentos de elevada rentabilidad a inversores. Mientras la Reserva Federal mantenía los tipos de interés en niveles históricamente bajos, la magia funcionaba. Desde Nevada a Wall Street, pasando por Phoenix y Florida, los compradores, los bancos hipotecarios, los asesores financieros, los brókers en bancos de inversiones como Lehman Brothers, todos salieron contentos. En Wall Street las remuneraciones y las comisiones batieron todos los récords, y ejecutivos como Henry Paulson (Goldman Sachs), John Thain (Merrill Lynch), John Mack (Morgan Stanley) y Dick Fuld (Lehman Brohers) se adjudicaban salarios por cientos de millones de dólares justificados por su habilidad para gestionar bancos en un mercado de complejidad laberíntica y crear innovaciones financieras que democratizaban el mercado de la vivienda. Era como si, tras dos siglos y medio, el sueño americano se hubiese hecho realidad gracias a la matemática financiera de banqueros de Wall Street. Bush premió a Paulson nombrándolo secretario del Tesoro en el 2006. Había cobrado 30 millones de euros el año anterior.

Como los proyectos de Ponzi en Florida en los años veinte, las casas de naipes en el desierto de Las Vegas y los rascacielos art deco de Wall Street inevitablemente se derrumbarían. Y cuando la Reserva Federal subió tipos en el 2005, el sueño de las subprime empezó a convertirse en pesadilla. La morosidad se disparó en barrios suburbanos del cinturón del sol, de Florida, California, Arizona y Nevada, así como en ciudades postindustriales en el Medio Oeste. Miles de casas fueron embargadas por los bancos. Al principio, Wall Street no se preocupaba, y los índices bursátiles aún se disparaban. A fin de cuentas, las hipotecas basura sólo correspondían al 15 o el 20% del mercado hipotecario. “Aun suponiendo una tasa elevada de morosidad en ese segmento, en el contexto de una economía que vale doce billones de dólares parecía poca cosa”, explicaba Charles Morris, autor del libro The Trillion Dollar Meltdown. Pero la semilla de desconfianza se había sembrado. Conforme creció la morosidad en el sector subprime, cayó en picado el precio de los instrumentos financieros basados en el valor menguante de esas hipotecas. A la vez, se extendió la desconfianza por el sistema bancario, ya que nadie sabía cuáles eran los secretos que se escondían off balance, si un banco cliente había ocultado activos dañados por la crisis subprime, ya conocidos gráficamente como residuos tóxicos. “El problema es que nadie sabe cuánto vale toda esta deuda relacionada con las hipotecas, y hasta que los precios de la vivienda toquen fondo no lo sabremos”, augura Allan Meltzer, de la Universidad Carnegie Mellon en Pittsburgh.

Una epidemia de desconfianza y miedo se apoderó de los mercados, y los bancos dejaron de prestarse dinero entre ellos. Al principio, los bancos que quebraron eran especialistas en el mercado hipotecario, como Countrywide o New Century. Pero luego quedó claro hasta qué punto las instituciones históricas de Wall Street estaban involucradas. Bear Stearns, el venerable banco de inversiones, reconoció que dos de sus hedge funds tenían problemas debido al colapso del valor de los activos respaldados por hipotecas subprime. Luego, otras joyas de Wall Street confesaron sus secretos ocultos. Bancos que meses antes habían estado disfrutando de una fiesta orgiástica de beneficios, repartiendo miles de millones de dólares entre sus ejecutivos, se desplomaron en Bolsa. Merrill Lynch y Lehman Brothers confesaron que habían tenido que borrar miles de millones de supuestos activos en sus balances. Sólo un año antes, en el 2006, estos dos bancos habían pagado casi 7.000 millones de euros en compensaciones a sus agentes y ejecutivos. Un año después de reconocer sus problemas, Bear ­Stearns y Lehman habían quebrado, desvaneciéndose en el aire durante una tormenta de ventas. Merrill Lynch sólo se salvó gracias a que se vendió a Bank of America.

Tras el colapso de Lehman, la psicosis financiera entró en una nueva fase, terminal, la que Charles Kindleberger, autor de Manias, Panics and Crashes, calificó como la fase de revulsión. Nadie se fiaba de nadie y, como un cuadro negro de Goya, el monstruo financiero se devoró a sí mismo. Paulson y Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, fueron al Congreso para explicar a los líderes legislativos que la única forma de salvar el sistema sería comprando los activos tóxicos cuyo valor subyacente yacía en el suelo árido de alguna casa ya vacía, en las afueras de Las Vegas, Phoenix, Los Ángeles o Miami, el césped quemado, un cartel propiedad del banco clavado en la tierra seca. Se calculaba que haría falta pagar 700.00 millones de dólares por los activos tóxicos, una propuesta que se calificaría como el plan cash for trash. “Si no lo hacemos rápido, ya no habrá economía”, dijo Bernanke. Pero tras un crac a cámara lenta a principios de octubre en el cual la bolsa perdió más del 20% de su valor en cinco días, el Gobierno federal dio otro paso y decidió entrar en el capital de los bancos.

Ahora Wall Street –parcialmente nacionalizada– espera a ver si otras bombas de relojería fabricadas durante sus días anárquicos de innovación financiera también van a saltar por los aires. Por ejemplo, en el mercado de credit default swaps (CDS), instrumentos financieros cuyo valor asciende a 60 billones de dólares, cuatro veces más que el PIB de EE.UU. Diseñados para que instituciones pudieran asegurarse ante posibles quiebras, ya crece el temor de que la recesión y una inevitable ola de suspensiones de pagos desate una explosión nuclear de CDS. Mientras tanto, en Las Vegas, 25.000 casas en las nuevas urbanizaciones se vacían. Los propietarios insolventes meten las llaves en un sobre y las mandan al banco. Se llama jingle mail, correo tintineo. Luego se marchan no se sabe adónde, las luces se apagan, y el desierto recobra la oscuridad.

sábado, 1 de noviembre de 2008

La era Bush y los neocons vistos por Krugman

La batalla a través de las ideas

JOAQUÍN ESTEFANÍA, EL PAÍS, 01/11/2008

Los libros de Paul Krugman se basan en un concepto: la polarización política de Estados Unidos es fruto de las crecientes desigualdades económicas. El Nobel analiza en su última obra el fin de los neocons.

Bill Clinton dejó la economía estadounidense, en la intersección de los dos siglos, con un crecimiento medio superior al 4% y superávit público. Las dos últimas legislaturas demócratas -básicamente la década de los noventa del siglo pasado- se caracterizaron por un incremento sin parangón de la riqueza, y dieron lugar al nacimiento de otro paradigma, la denominada nueva economía, que decía que se habían acabado los ciclos económicos. Todo ello motivado por la utilización masiva de las tecnologías de la información y la comunicación (lo relacionado con Internet y el planeta digital) y una flexibilización de las herramientas empresariales. Sin embargo, tanto desarrollo no sirvió para que se estrechasen las desigualdades en Estados Unidos, sino lo contrario, y éste es el único hilo conductor que coincide con lo que sucedería después, durante los ocho años de mandato de George W. Bush.

    Estados Unidos

    Estados Unidos

    A FONDO

    Capital:
    Washington.
    Gobierno:
    República Federal.
    Población:
    303,824,640 (est. 2008)

El apellido Bush, que desaparece ahora de la primera fila de la historia, no ha tenido suerte con la economía

El apellido Bush, que desaparece ahora de la primera fila de la historia, no ha tenido suerte con la economía. Bush padre perdió las elecciones a favor de un semidesconocido Bill Clinton, después de haber vencido en la primera guerra de Irak, porque una pequeña e inoportuna recesión se coló en la campaña al grito de: "¡Es la economía, estúpido!". Y Bush hijo, después de haber tenido que superar las secuelas del estallido de la burbuja tecnológica, de los atentados del 11-S, y de los escándalos corporativos que colocaron a Enron como su principal icono, deja la Casa Blanca como ya sabemos: EE UU al borde de la recesión, todos los desequilibrios macroeconómicos (inflación, déficit, deuda) manifestándose a la vez, e incrementándose espectacularmente las diferencias de la renta y la riqueza entre los ciudadanos.

Desde el inicio del primer mandato del actual Bush hubo un economista que manifestó abiertamente sus críticas a la política económica neocon, que hacía su principal bandera de la economía de mercado sin interferencias y que se reivindicaba heredera directa de la revolución conservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher: el neokeynesiano Paul Krugman, que acaba de recibir el Premio Nobel de Economía por sus trabajos científicos, pero que había brillado en el planeta de la influencia no sólo por los mismos sino por su asombrosa capacidad de divulgación, manifestada en sus artículos semanales en The New York Times (que en España publica EL PAÍS) y por sus libros. En los últimos años ha publicado al menos tres de ellos. En El gran engaño. Ineficacia y deshonestidad: Estados Unidos ante el siglo XXI -una crónica de la primera legislatura de Bush- resume lo que ha pasado desde que la Administración Clinton cesase: caída de las Bolsas, escándalos empresariales, crisis energética, retroceso del medio ambiente, dos millones de nuevos parados, los déficits gemelos (exterior y público), recesión, terrorismo, etcétera. Krugman se asombra entonces de que la principal política económica de Bush consista en bajar los impuestos a los más ricos (con el pretexto de que son los que más invierten) en medio de dos guerras. Lo contrario de lo que decía el sentido común e incluso cualquier ortodoxia económica. Según nuestro economista, la secuencia que los neoconswelfare estadounidense que, a su entender, es un freno a la eficacia del sistema. pretendían instalar tenía un cariz ideológico: rebajar los ingresos públicos, subir el déficit ("el déficit no importa", declaró el vicepresidente Dick Cheney), y aumentar al tiempo los gastos de seguridad y defensa. Cuando la situación se hiciese insostenible, la solución era cristalina: reducir los gastos sociales, lo que significaba acabar con el pequeño

No todo el Partido Republicano pensaba igual. Las anteriores no son las señas de identidad tradicionales de los republicanos (por ejemplo, no lo fueron de la Administración Nixon) sino de un pequeño grupo, muy ideologizado, con raíces en la extrema derecha religiosa y en los institutos de pensamiento fundamentalistas más relacionados con la Escuela de Chicago, que se ha apoderado de la dirección del mismo: los neocons. Ésta es la principal tesis del último libro de Krugman, Después de Bush, que subtitula El fin de los neocons y la hora de los demócratas. En él se demuestra que la polarización política es consecuencia de la desigualdad económica, lo que explicaría en buena parte el desarrollo de la actual campaña electoral. El hoy Nobel de Economía apostó en principio por Hillary Clinton como la mejor candidata demócrata a la Casa Blanca, por ser la más coherente para aplicar la política que según él debía seguir el país (el libro está escrito antes de que estallase la crisis financiera y económica): completar la obra del New Deal rooselvetiano, incluyendo una expansión del seguro social que cubriera riesgos evitables cuya relevancia se ha hecho inconmensurablemente mayor durante las últimas décadas.

En el año 1999, Krugman escribió otro libro, cuyo título puede resultar premonitorio estos días: El retorno de la economía de la depresión. En él abordaba los efectos de la primera crisis económica de la globalización: la que comenzó en el verano de 1997 en Tailandia, con la devaluación de su moneda, que se extendió primero por el conjunto de Asia, luego a Rusia y a América Latina, y finalmente al resto del planeta. Decía entonces que la economía mundial no se encontraba en depresión y que probablemente tampoco experimentaría ninguna depresión en el corto plazo. Pero que la economía de la depresión -los tipos de problemas que caracterizaron buena parte de la economía mundial en los años treinta del siglo pasado- se había instalado de forma pasmosa: hasta hace poco era difícil que alguien pensara que los países modernos se verían obligados a soportar recesiones apabullantes por temor a los especuladores monetarios; que un país avanzado podría verse con persistencia incapaz de generar el gasto suficiente para mantener el empleo de sus trabajadores y de sus fábricas; que incluso la Reserva Federal se preocuparía por su capacidad para contener un pánico del mercado financiero. La economía mundial, concluye, se ha convertido en un lugar mucho más peligroso de lo que imaginábamos. Este texto, publicado hace una década, está siendo reescrito ahora por Krugman, a la luz de la experiencia presente, que multiplica por cien lo acontecido antaño.

En 1930, John Maynard Keynes escribió que "nos hemos metido en un desorden colosal, cometiendo errores garrafales en el control de una máquina delicada, cuyo funcionamiento no entendemos". La batalla que ha dado Krugman consiste precisamente en ello: para compartir un pronóstico de las dificultades y actuar en consecuencia, hay que comprender antes lo que está pasando. En ello ha sido un verdadero maestro. -

Después de Bush. El fin de los neocons y la hora de los demócratas. Traducción de Francesc Fernández. Crítica. Barcelona, 2008, 326 páginas. 29 euros. El gran engaño . Ineficacia y deshonestidad: Estados Unidos ante el siglo XXI. Traducción de Isabel Campos Adrados. Crítica. Barcelona, 2004. El retorno de la economía de la depresión . Traducción de Jordi Pascual. Crítica. Barcelona, 2000.

domingo, 26 de octubre de 2008

Leopoldo Abadía explica la crisis (vídeos)***







Ens ofereix una una visió més del què és la crisis subprime d'Estats Units i que està afectant ja a tot el globus. Ell denomina aquesta crisis com la Crisis Ninja (No Income, No Job, (and) no Assets)

sábado, 18 de octubre de 2008

Kyoto 2: un camino irreversible


Antonio Cerrillo

Fuente: La Vanguardia (17-10-2008)

El Consejo Europeo ha resistido uno de los embates más serios para que la UE postergue los nuevos objetivos para luchar contra el cambio climático. Las presiones no hacen sino confirmar que existen poderosos sectores en Europa (entre ellos, empresas contaminantes) que quieren apartar de la agenda política la preocupación ambiental. No es la primera vez que están al acecho esperando cualquier coyuntura para pedir que se desande el camino de Kioto. Pero esta senda ya es irreversible. El premio Nobel de la Paz Rajendra Pachauri dice que ceder a esta presión sería un error: la crisis es la demostración de que el actual modelo económico es insostenible.

La crisis financiera se gestó sobre una gran distorsión del sistema productivo, que pivotó en exclusiva sobre el ladrillo. Por eso, que la salida sea un maquillaje con dinero público es poco ético si no se da una reflexión para no tropezar otra vez con la misma piedra. Además, hay sectores emergentes que salen reforzados (eléctricas que apuestan por energías renovables, fabricantes que se decantan por coches limpios...). "La crisis es una oportunidad. Hemos visto los riesgos financieros que comporta una economía que hace un uso intenso del carbono y ahora las inversiones deben ir a las fuentes renovables, a las tecnologías bajas en carbono", explica Jordi Ortega, director de Expo CO de Barcelona.

La crisis tiene un efecto benéfico coyuntural sobre el medio ambiente. Las emisiones de gases se han contenido por un menor consumo de energía; el tráfico descendió en el primer semestre un 2,9% en Barcelona y la generación de residuos ha disminuido en Madrid un 4%. Igualmente, se han frenado megaproyectos devoradores de suelo, recursos naturales y agua. Pero este beneficio debe fortalecerse.

En cambio, muchos desvían la atención. Existe el riesgo de que las administraciones edulcoren la tramitación ambiental (para nuevos megaproyectos inmobiliarios) con la excusa de dar empleo. Y ya se han reducido las primas a la energía fotovoltaica, justo cuando esta fuente empieza a salir en las estadísticas de producción eléctrica.

Es lógica la colisión de intereses. Las reglas de Kioto imponen estrictas cuotas de emisión de CO a las grandes industrias y extenderán estos cupos menguantes a otras. Muchas sufren un aumento del precio de los derechos de emisión (hasta 25 euros la tonelada). Y la UE advierte que a partir del 2012 estos derechos ya no serán gratis (pues negocian con un capital común: el aire limpio). Es cierto que esta presión sobre las empresas alimenta el riesgo de deslocalización. Pero la única solución es que las reglas del mercado que impone la protección del clima sean también globales.

La cuenta atrás del clima. Europa fronta dividida su papel de líder en la campaña contra el calentamiento

Fuente: La Vanguardia (17-10-2008)

Ahora o nunca. Si en algo están de acuerdo los gobiernos europeos es en que se acerca el momento de la verdad esfuerzos globales contra las emisiones de CO causantes del calentamiento del planeta.


La crisis financiera y económica amenaza con llevarse por delante el fervor con que la UE ha enarbolado esta bandera. "Si China o Estados Unidos no recortan sus emisiones, no es el momento de hacer de Don Quijote, tenemos tiempo", ha reclamado en la cumbre de Bruselas el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, aliado a un grupo de países del Este que se niega a suscribir las propuestas de la Comisión Europea para luchar contra el cambio climático. Juntos suman votos suficientes para bloquear las propuestas.

Los esfuerzos de los últimos años pueden quedarse en agua de borrajas si a final de año los Veintisiete no cierran un acuerdo sobre qué camino seguir cuando en el 2013 expire el protocolo de Kioto. El calendario europeo hará imposible llegar a las negociaciones internacionales del 2009 en Copenhague con una posición común fuerte que marque el punto de partida.

A duras penas la cumbre de Bruselas se comprometió ayer a cerrar un acuerdo en diciembre sobre cómo cumplir con los nuevos objetivos de lucha contra el cambio climático, el llamado 20-20-20: alcanzar un 20% de reducción de emisiones de dióxido de carbono en 2020, con una cuota del 20% de renovables. Polonia, Bulgaria, Estonia, Hungría, Lituania, Rumanía, Eslovenia y Eslovaquia, además de Italia, se arrepienten de haberlos suscrito hace 18 meses. También el convencimiento de Alemania, instigadora de la idea, se tambalea al mismo ritmo que su economía.

Nicolas Sarkozy tuvo que echar el resto para evitar que la fecha de diciembre desapareciera del compromiso final. "He tenido que poner en la balanza todo el peso de Francia", dijo Sarkozy, al frente de la UE durante este semestre. "Los objetivos, la ambición y el calendario se mantienen". Pero también los países del Este cantaron victoria. El compromiso admite que buscará "soluciones apropiadas a la situación específica de los países", lo que en las negociaciones técnicas dará pie a relajar las exigencias de cumplimiento. Organizaciones ecologistas europeas se felicitaron porque ayer la presidencia francesa plantara cara a las exigencias de los países del Este para diluir las propuestas, aunque se resistieron a dar a Sarkozy su ansiada categoría de "héroe ecologista": "Debe ser firme ante países como Italia que no han hecho ningún esfuerzo para cumplir con Kioto y aplicar políticas ambientales decentes", le pidieron Greenpeace, WWF, la Red de Acción Climática Europea y Amigos de la Tierra Europa.

El debate dentro de Europa es el mismo que a menudo surge entre grandes potencias y países emergentes. "Los ricos, especialmente en Europa, quieren proteger el clima. Pero los pobres tienen miedo", planteó Donald Tusk, primer ministro polaco, que considera que la economía nacional no soportaría la carga del 20-20-20. La presidencia francesa propone mantener las cifras pero suavizar la forma de alcanzarlas. Por ejemplo entregando gratis los permisos de emisión de CO a las eléctricas o industrias 2 con un consumo intensivo de energía si no hay un acuerdo global al respecto. Según el plan original, todos los sectores industriales ingresarían progresivamente en el sistema de subastas.

Algunos países reclaman en cambio medidas específicas para los sectores que pueden verse más afectados por deslocalizaciones a países con leyes ambientales menos exigentes. Otros piden ver reducida la cuota de energía renovable que deberían alcanzar en el 2020. Los países del Este sostienen que con la metodología actual la mayor parte del esfuerzo cae sobre sus hombros. Francia cuenta con la mítica imaginación de la Comisión Europea para elaborar propuestas flexibles. España, uno de los países que más se aleja del cumplimiento de Kioto, defiende las propuestas.

Claude Turmes, eurodiputado de los Verdes encargado del dossier en la Eurocámara, subrayó que "las raíces de la crisis climática son tan profundas como la de los mercados financieros, pero sus extremas consecuencias pueden afectar a mucha más gente en el planeta". El Parlamento Europeo, sometido a una intensa campaña de lobby tanto a favor como en contra del plan, votará las propuestas en diciembre.