"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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lunes, 26 de enero de 2009

La cosecha de África se siembra en Europa. Ayudas a la agricultura de los países pobres

La ayuda debe impulsar la producción agraria para combatir el hambre - Los países ricos rectifican

ANA CARBAJOSA EL PAÍS 26/01/2009

Los países ricos llevan décadas inyectando miles de millones de euros a los países pobres en forma de ayuda al desarrollo con resultados claramente insuficientes: más de mil millones de personas viven en la pobreza extrema y las proyecciones indican que cada vez serán más a los que les cueste satisfacer sus necesidades energéticas diarias.

La revuelta del hambre de 2008 hizo saltar todas las alarmas

"Hay que evitar el monocultivo, que genera divisas pero no da de comer"

"Hace falta la mano visible del Estado", dice el informe del Banco Mundial

Los países receptores temen que la crisis reduzca la ayuda

Son muchas las voces que piden un aumento de la ayuda para paliar esta situación, pero también las que sostienen que además de la cantidad de ayuda hay que revisar la calidad de la misma. "Las políticas están claramente equivocadas porque sigue aumentando el número de personas que se mueren de hambre. Las tierras están ahí [en los países en desarrollo] y el potencial de producción también. Es un problema político". Quien lo dice no es la portavoz de una pequeña ONG ultracrítica, sino Soraya Rodríguez, secretaria de Estado de Cooperación, convencida de que hay que dar un vuelco a la situación.

El cambio más urgente, dice, pasa por apoyar la producción agrícola. A pesar de que el 75% de personas pobres de los países en desarrollo vive en zonas rurales y depende de la producción agrícola, las ayudas internacionales a la agricultura han caído en picado durante los últimos 20 años. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo económico (OCDE) indica que a mediados de los años ochenta, los países desarrollados destinaban cerca del 20% de la ayuda a la agricultura. Ese porcentaje rondaba el 7% en 2007 para el caso de la ayuda bilateral. La multilateral ha sufrido una evolución semejante en las dos últimas décadas. A la deficiente ayuda de la comunidad internacional hay que sumarle la falta de inversión por parte de los Gobiernos locales: en 2004, apenas un 4% de su gasto público, según el Banco Mundial.

Desde hace años la situación va a peor, pero fue la revuelta del hambre del año pasado la que hizo saltar las alarmas y la que ha provocado que ahora los políticos se replanteen la manera de actuar. Porque cuando los precios del arroz, del trigo y de la leche se dispararon, millones de empobrecidos de medio mundo dejaron de poder comprar estos alimentos. No pudieron tampoco echar mano de sus cultivos o de las cosechas de sus vecinos, simplemente porque no existían. Quedaron a la intemperie y según la jerga especializada, su "seguridad alimentaria" dejó de estar garantizada.

El Gobierno español tratará de revertir esta tendencia mañana en Madrid junto al secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, y cientos de ministros, expertos, miembros de ONG y de empresas durante la llamada "reunión de Alto nivel sobre Seguridad Alimentaria para todos". "Los países donantes tienen que aportar más, pero además, la ayuda tiene que centrarse en producir más y mejor; evitar que la producción de los países pobres se centre en monocultivos dedicados a la exportación que generan divisas pero no dan de comer a la población", añade Rodríguez.

Organizaciones multilaterales como la ONU o el Banco Mundial, que durante años optaron por otras vías para erradicar la pobreza, insisten ahora en que hay que volver a invertir en agricultura, porque, explican, es un sector que resulta hasta cuatro veces más efectivo en generación de ingresos para los más empobrecidos que cualquier otro. "La agricultura por sí sola no bastará para reducir de forma masiva la pobreza, pero ha demostrado ser especialmente eficiente a la hora de abordar la tarea", reza el informe sobre desarrollo mundial de 2008 publicado por el Banco Mundial, dedicado a la agricultura. Hacía 25 años que el Banco Mundial no centraba su informe en esta cuestión. "Es hora de volver a colocar este sector en el centro del programa de desarrollo", dice el documento.

Gonzalo Fanjul, experto en temas de cooperación y en la actualidad investigador en la Kennedy School de Harvard explica que en los noventa la cooperación dejó de apoyar a la agricultura "porque, por un lado, existía la sensación de que el dinero que se había invertido en el sector rural no había servido de mucho y por otro, porque en ese momento aparecieron las grandes empresas de semillas, fertilizantes y comercialización y se pensó que ellos iban a ser capaces de solucionar el problema".

Pero también, entonces y ahora, el cambio obedece a mutaciones ideológicas. "Eran los tiempos del consenso de Washington [el que dictó a principios de los noventa una serie de recetas para poner liberalizar los mercados en los países en desarrollo], en los que se confiaba en los agentes privados y se creía que el Estado no debía inmiscuirse en temas como la agricultura". Hoy, el propio Banco Mundial da por muerto el consenso de Washington y economistas como el Nobel Paul Krugman abogan por un papel más decidido de los agentes estatales. Existe el consenso de que por un lado, no existen recetas únicas aplicables a todos los países pobres y que por otro se trata de llegar a un punto medio entre el estatalismo de los setenta y el laissez-faire de los noventa.

"Hace falta la mano visible del Estado", dice el informe de desarrollo del Banco Mundial. "El Estado deberá contar con mayor capacidad para coordinar los diversos sectores y formar asociaciones con actores privados y de la sociedad civil", añade.

Pero a pesar de que Gobiernos y los agentes del mundo de la cooperación internacional hayan llegado a la conclusión de la necesidad de fomentar la producción agrícola en aras de garantizar la seguridad alimentaria de los más pobres y sobre el papel que debe jugar el Estado y la ayuda internacional, el camino para llegar a este fin se encuentra repleto de obstáculos. En primer lugar, porque la crisis financiera provocada por el fiasco de las hipotecas basura en Estados Unidos ha hecho que muchos Gobiernos en los países del hemisferio norte opten por inyectar ingentes cantidades de dinero público en el mercado para evitar la debacle. Y temen los expertos en cooperación que los países en desarrollo no sólo vayan a ser los más afectados por la crisis debido a su vulnerabilidad, sino que además vean reducida la ayuda que una comunidad internacional sumida en una crisis económica les envía. Las aportaciones advierten también, tenderán a centrarse en la provisión directa de alimentos ante lo urgente de la situación y las inversiones que generen crecimiento deberán de nuevo esperar.

"Nos encontramos en una situación muy peligrosa en la que ya se aprecian signos de una nueva crisis alimentaria, pero aún así, la crisis financiera puede hacer que algunos de los compromisos que se alcancen en Madrid acaben por no cumplirse", advierte Joachim Von Braum, director del International Food Policy Research Institute con sede en Washington y que participará en la reunión de alto nivel de esta semana.

Y considera Von Braum que uno de los asuntos que deben ponerse sobre la mesa en Madrid son las políticas comerciales, "porque no es posible garantizar la seguridad alimentaria sin un comercio justo". La crisis del precio de los alimentos hizo que muchos países en desarrollo cerraran sus mercados por miedo al desabastecimiento de su población. "Dejaron de importar, pero también ocurrió que los países pobres vieron hundida su producción", añade.

También señala la importancia de revisar las políticas comerciale Rames Shasrma, economista del departamento de Comercio y Mercados de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que cuenta que uno de los problemas es que muchos países en desarrollo han pasado en los últimos 20 años de ser exportadores de productos agrícolas a importar toneladas de comida sujetas a la volatilidad de los mercados. Los países pobres importan más porque la población crece y porque surgen nuevos hábitos alimenticios. Pero también "porque durante los setenta y los ochenta los países ricos subsidiaron masivamente su producción agrícola y los mercados internacionales se llenaron de comida barata". Muchos países en desarrollo se entregaron a la importación porque resultaba más barato comprar fuera que producir en casa.

"Los Gobiernos [de los países pobres] dejaron de proporcionar semillas y fertilizantes al tiempo que la comunidad internacional dejó de enviar dinero para proyectos agrícolas y el campo se secó. Ahora todo el mundo habla de invertir en agricultura, de hacer lo que había que haber hecho hace 30 años".

La secretaria de Estado española reconoce que durante años, la Unión Europea ha volcado sus excedentes agrarios en los países en desarrollo, desincentivando la producción local. Pero asegura que "la UE ha ido abandonado poco a poco esas políticas. Sin embargo, otros países como Estados Unidos no lo han hecho y hoy una explotación agraria estadounidense recibe un 50% más de ayudas que las europeas". Por eso, termina, "hace falta un compromiso global y eso es lo que intentaremos en Madrid, crear una alianza global contra el hambre en la que participen todos los Estados, además del sector privado y la sociedad civil".

viernes, 14 de noviembre de 2008

Planeta hambriento

Enlace AQUÍ (aplicación FLASH***):http://video.alisys.net/cajamadrid/obrasocial/planetahambriento/

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Noticia TV3 vídeo

http://www.miciudadreal.es/fotos/2007/3991.jpg

[foto de la noticia]

http://canales.laverdad.es/nuestratierra/nt20062008/imag/002D6CTGP1_1.jpg
AYUDA. Dos mujeres arrastran sacos de maíz recibidos gracias al programa de Naciones Unidas en Morulinga, Uganda, una zona devastada por la sequía. / AFP

el planeta hambriento
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“Planeta Hambriento. Lo que come el mundo” es una exposición que enseña y denuncia al mismo tiempo.

A través de las imágenes del americano Peter Menzel, se puede ser testigo de las desigualdades alimenticias que hay en el mundo, en el que el sobrepeso convive con la desnutrición. Esta muestra tiene cinco partes.



30 familias, 24 países, 600 comidas

Peter Menzel y Faith D’Aluisio, se autoinvitan a comer a la mesa de 30 familias en 24 países del mundo, con la intención de explorar la más antigua de las actividades sociales humanas: el comer.

Cualquiera que recuerde lo que se adquiría en una compra de comida hace 20 años sabe
que las dietas están cambiando, pero muy poca gente cae en la cuenta de que este fenóme- no está sucediendo a nivel mundial.

Algunos cambios en la dieta están ocurriendo como consecuencia de la globalización a medida que el capitalismo a gran escala va llegando a nuevos lugares del globo.

Otros son debidos a aumentos del nivel de vida que da lugar a que gente de lugares que eran pobres antaño ganan ahora lo suficiente para poder tener variedad en su dieta. Primero comiendo más carne y pescado, luego más pizzas y hamburguesas.

Algunos cambios se deben a los flujos de
inmigración, cuando trabajadores, inmigrantes y refugiados traen sus propias comidas a nuevos lugares, que adquieren nuevos paladares en retorno.

Para saber más de todo ello observamos
a familias medias típicas por todo el mundo mientras trabajaban sus tierras, iban a hacer la compra, cocinaban y comían. Al final de cada visita, creamos el retrato de cada familia rodeados por la compra de alimentos correspondiente a una semana. El resultado será un atlas culinario del planeta en un tiempo de cambio extraordinario.


Hambre en el mundo

Faith D’Aluisio nos dice: “Este es un viaje alrededor del mundo con cuchara y tenedor.
A mesa puesta. Un gigantesco restaurante virtual que muestra cómo se alimentan, compran y cocinan varias familias de países diferentes.

En este retrato de la comida en los cinco continentes —que esta exposición incluye—,
se observan los comportamientos ante la alimentación en un momento de cambio potenciado por la globalización y la inmigración,lo que provoca que muchos pueblos estén sobrealimentados y otros se mueran de hambre.”

En una fotografía sufriremos una intensa sacudida cuando veamos en la India a un niño escarbando en un vertedero, entre cuervos, para encontrar algo que llevarse a la boca.

Imposible
olvidar en esta mirada fotográfica al alma a través del tubo digestivo, en ese asomarse a la gran vergüenza del planeta: todavía quedan más de 800 millones de personas que sufren problemas graves por una alimentación insuficiente; y según el llamamiento urgente de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), un buen grupo de países, todos en África, están en situación de emergencia porque atraviesan una nueva crisis de hambre.


Alemania. Familia Melander de Bargteheit.
Gasto semanal en comida: 375.39 Euros o $500.07
Comida favorita: papas fritas con cebolla, arenques con tocino,
fideos fritos con queso y huevo, pizza, postres de vainilla



EE.UU. Familia Revis de Carolina del Norte.
Gasto semanal en comida: $341.98
Comida favorita: spaghetti, papas, pollo con sésamo



Japón. Familia Ukita de Kodaira.
Gasto semanal en comida: 37,699 Yen o $317.25
Comida favorita: sashimi, fruta, pasteles, papas fritas



Italia. Familia Manzo de Sicilia.
Gasto semanal en comida: 214.36 Euros o $260.11
Comida favorita: pescado, pasta con ragú, salchichas,
barras de pescado congelado



Gran Bretaña. Familia Bayton de Collingbourne Ducis.
Gasto semanal en comida: 155.54 British Pounds o $253.15

Comida favorita: aguacate, sandwich con mayonesa, cóctel de gambas,
pastel de chocolate con crema



Kuwait. Familia Al Haggan de la ciudad de Kuwait.
Gasto semanal en comida: 63.63 dinar o $221.45

Receta familiar: Pollo biryani con arroz basmati



México. Familia Casales de Cuernovaca.
Gasto semanal en comida: 1,862.78 Mexican Pesos o $189.09

Comida favorita: pizza, cangrejo, pasta, pollo



EE.UU. Familia Caven de California.
Gasto semanal en comida: $159.18

Comida favorita: bistec, sundae de yogur con berries,
sopa de almejas, helado



China. Familia Dong de Pekin.
Gasto semanal en comida: 1,233.76 Yuan o $155.06

Comida favorita: cerdo frito en tiras con una salsa agridulce



Polonia. Familia Sobchinca de Konstancin-Ezora.
Gasto semanal en comida: 582.48 Zlotys o $151.27

Comida favorita: nudillos de cerdo con zanahoria,
apio y chirivía (una especie de nabo)



Egipto. Familia Ahmed del Cairo.
Gasto semanal en comida: 387.85 Egyptian Pounds o $68.53

Receta familiar: Quingombó con carne de oveja



Mongolia. Familia Batsuri de Ulan Bator.
Gasto semanal en comida: 41,985.85 togrogs o $40.02
Comida favorita: carne de oveja guisada



Ecuador. Familia Aime de Tingo.
Gasto semanal en comida: $31.55 (En Ecuador el dólar americano
es la moneda oficial)
Receta familiar: sopa de papa con zapallo (repollo)



Bután. Familia Namgai del pueblo Shingjei.
Gasto semanal en comida: 224.93 ngultrum o $5.03

Receta familiar: Callampas (champiñones), queso y cerdo



Chad. Familia Abubakar del pueblo Breidjing.
Gasto semanal en comida: 685 CFA Francs o $1.23
Comida favorita: sopa con carne fresca de oveja


La escasez en la abundancia

Mientras más de 800 millones de personas se tambalean de hambre, más de un tercio de la población de los países desarrollados sufre problemas de sobrepeso.

Planeta hambriento refleja esas diferencias a través de 24 países. Mientras en algunos, elevados porcentajes de su gente sufren problemas graves de malnutrición:

Chad, un 34%;
Guatemala, 25%;
Filipinas, 22%;

en otros, las personas obesas siguen aumentando:

un 20% en el Reino Unido, Alemania y Australia,
y un 35% en Estados Unidos.


http://www.marcvidal.cat/pindoles/images/2007/06/14/hungryplanet15.jpg

http://numerof.com/blog/wp-content/uploads/2007/09/Planeta_hambriento.jpg
Esta exposición llega precisamente en un momento en que se ha creado uno de los caldos
de cultivo más propicios de las últimas décadas para conseguir de una vez por todas acabar
con el hambre.

En palabras de Kofi Annan: “Si se deja pasar esta oportunidad, se perderán millones de vidas humanas que podrían haberse salvado, se negarán muchas libertades que podrían haberse conseguido y viviremos en un mundo más peligroso e inestable”.

Naciones Unidas insiste en un mensaje: el mundo nunca gozará de seguridad sin conseguir el desarrollo. Es uno de los asuntos en que más se detiene Planeta Hambriento el debate sobre la globalización –sin duda, uno de los grandes dilemas de nuestros días, con incontables perspectivas y consecuencias–, y la capacidad de conservar la gastrodiversidad, como en la naturaleza la biodiversidad, con toda su riqueza de ingredientes, de recetas, costumbres y presentaciones.


La Globalización, el turismo masificado y las grandes empresas involucradas en el negocio de la comida hacen que las estanterías de los supermercados americanos estén repletos de todo tipo de productos alimenticios. Es más, Mc Donald’s, Kentucky Fried Chicken, y Kraft son exportados a todos los rincones del planeta.






Detalle de la Exposición


“Big Portrait”


La primera sección de la exposición es un repaso de la producción de “Big Portrait”, para la que pasaron una semana con cada familia, fotografiando sus actividades relacionadas con obtener, producir y consumir alimentos.


El autor y la productora y escritora Faith D’Aluisio, recorrieron un total de 24 países en busca de las costumbre que en cada uno hay a la hora de comer. A través de este viaje fueron testigos de cómo ha cambiado la dieta global en los últimos veinte años, sobretodo como consecuencia del fenómeno de la En la segunda sección, “Gastrodiversidad”, se encuentran las imágenes de las familias que consiguió fotografiar Menzel.

Estas son representativas de cada uno de los países en los que estuvieron. De esta manera, el visitante puede comparar las imágenes y darse cuenta de las desigualdades que hay entre las regiones del planeta.


Gastrodiversidad

En la segunda sección, “Gastrodiversidad”, se encuentran las imágenes de las familias que consiguió fotografiar Menzel.

Estas son representativas de cada uno de los países en los que estuvieron. De esta manera, el visitante puede comparar las imágenes y darse cuenta de las desigualdades que hay entre las regiones del planeta.


Globalización.

No solo fotografiaron a familias sino que realizaron un amplio reportaje en supermercados, puestos de comida ambulante y todas aquellas cosas que describieran la cultura y el estado de la gastronomía en cada país.


Mientras hay familias que disfrutan de una gran diversidad de alimentos que puede que no se acaben en una semana, otras familias pasan esos siete días con algunas hortalizas y arroz. Por no mencionar los que no tienen nada.

En esta parte también hay sitio para la comida rápida, cada vez más extendida y claro ejemplo de cómo ha influido la Globalización en los nuevos malos hábitos alimenticios.


Del cazador-recolector a la comida rápida

“Del cazador-recolector a la comida rápida”. Este es el título de la tercera sección temática en la que se habla sobre la evolución que ha sufrido la comida y su origen desde los tiempos de los comida y su origen, desde los tiempos de los cazadores y recolectores, pasando por la evolución de la agricultura o la ganadería y hasta la actualidad.

Las imágenes de Menzel sirven de denuncia de una realidad humillante. Hoy en día en el mundo se producen suficientes alimentos para poder dar de comer a toda la humanidad. Sin embargo, hay millones de seres humanos que apenas tienen para una comida diaria o que mueren de hambre.

En la actualidad existen más de 800 millones de personas que padecen graves problemas derivados de una alimentación insuficiente.

La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) advierte de que un grupo de países africanos están al borde de atravesar una crisis de hambre.

En el lado opuesto, más de un tercio de la población de los países desarrollados tiene problemas de sobrepeso, y la obesidad está el mismo en cualquier parte del planeta. Lo único que puede variar es la hora y el tipo y cantidad de alimento que se ingiere. Así pasamos del tradicional desayuno inglés con huevos fritos, tostadas y bacon al puñado de arroz en los países tercermundistas.


Uno de los hechos más sorprendentes que muestra “Planeta hambriento. Lo que come el mundo” es que cuanto más próspero es un país, peor elección se hace de los alimentos, ya que es donde los alimentos contienen más azúcares y grasas saturadas.


La escasez en la abundancia

Una vez el hombre ha conseguido acceder a los alimentos de forma sencilla, quedan otras cuestiones pendientes de evolucionar como su distribución equitativa.

Esta paradoja es la que presenta la cuarta sección de la muestra: cuanto más hay peor reparto se lleva a cabo. Esto queda claro desde el inicio de “Planeta hambriento.

Otra muestra de esta paradoja está en los gráficos que muestran el presupuesto semanal en comida de varias familias: una de seis miembros en Sudán gasta 1.23 de familias rodeadas de víveres junto a otras en las que se ve a niños sentados en el suelo, comiendo arroz con las manos de un mismo bol; una de siete personas en Ecuador, unos 31.55$; y una familia de cuatro miembros en Francia se gasta semanalmente en comida más de 400 $.


Dime qué comes y te diré quién eres

Al igual que otras muchas de las acciones que las personas realizan a lo largo de su vida, el comer también sirve para definirlas.

Se trata de una necesidad vital, un placer,un hecho social o incluso una obligación para algunos, aunque parezca absurdo.

La elección de los alimentos está en gran parte influenciada por la publicidad. La industria alimentaria gasta alrededor de 40.000 millones de dólares al año en publicidad, sobretodo en productos poco saludables dirigidos, sobretodo, a los niños.

La cámara con la que han recorrido los cinco continentes ha dejado testigo de imágenes como la de un niño en Mali, cargando con una bandeja de sandía para vender, casi tan grande como él; un grupo de cuatro niños Weitaiwu, Beijing, China; ecuatorianos sentados en el suelo mientras comen un trozo de pan y un plato de sopa; un niño americano en un supermercado, tratando de decidir qué cereales quiere que le compren sus padres.

Uno de los adjetivos que mejor define la comida hoy en día es el de diversidad. Como con las culturas, la variedad gastronómica ayuda a hacer del mundo un lugar más rico, y nunca mejor dicho.







Un planeta hambriento


La escalada de precios, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad dificultan la meta de la ONU de paliar la inanición de 425 millones de personas antes del 2015

ALFREDO PASCUAL

Fuente: aquí

Más de 850 millones de personas pasan hambre en la Tierra. Como es razonable, detrás de este trágico fenómeno confluyen multitud de causas políticas y socioeconómicas. No obstante, ciertos factores de índole medioambiental, como el calentamiento global o la escasez de agua, están afectando decisivamente a la lucha del ser humano por conseguir alimentos. Hasta el 73% de la población mundial que vive por debajo del umbral de la pobreza habita en zonas rurales, donde la subsistencia depende directamente de lo que brote de la tierra.

«Nuestro planeta rebosa riqueza biológica, y esta gran diversidad es la clave para afrontar la peor crisis alimentaria de la historia moderna», asegura Alexander Müller, subdirector general de la FAO (Food and Agriculture Organization) durante la reciente conferencia celebrada en Bonn, Alemania. Precisamente, el acentuado descenso de la diversidad genética en animales y cosechas es uno de los problemas más lacerantes en el Tercer Mundo.

El primero de los Objetivos de Desarrollo del Milenio planteados por Naciones Unidas es erradicar el 50% del hambre y la pobreza en el mundo para 2015. En las cifras actuales, esto supondría mejorar las condiciones de vida de 425 millones de personas que malviven en entornos rurales carentes de fuentes de alimentación. Germán Rojas, responsable de la FAO en España, considera «sumamente complicado» cumplir el objetivo dentro del plazo marcado. Con todo, pese a alcanzar la utópica meta, más de 400 millones de personas, excluidas de los criterios de Naciones Unidas, seguirán pasando hambre.

En el último siglo, el 75% de los cultivos han desaparecido en favor de una minoría de cosechas a priori más rentables.

Hoy, la mayor parte de los alimentos procede únicamente de doce productos agrícolas y catorce especies animales. José Esquinas Alcázar, secretario de la Comisión de Recursos Genéticos para la Alimentación de la FAO, lo explica así: «Debido al aumento demográfico, nosotros y las futuras generaciones tendremos que intensificar la producción agrícola. La biotecnología será más rica, pero, sin diversidad, las opciones serán limitadas. La biodiversidad -los recursos genéticos- es la materia prima y la biotecnología un instrumento para combinarla y producir variedades comerciales».

Esta enorme dependencia de unas pocas variedades significa menos oportunidades para el crecimiento y la innovación necesarios para impulsar la agricultura y ganadería en una época tendente al alza de los precios. Mientras la demanda de cereales crece dramáticamente, a razón de un 6%anual, sus costes finales siguen una senda paralela aún más vertiginosa. Gigantes como China o la India cada vez requieren mayor volumen de estos cultivos para autoabastecerse, al tiempo que su uso como biocombustibles ha disparado su valor económico en los mercados.

Deforestación

En consecuencia, numerosas empresas han emprendido un proceso de tala masiva en selvas y bosques con el fin de replantar especies vegetales aptas para la obtención de etanol y biodiésel, como la caña de azúcar o la jatropha. Esto ha provocado que los habitantes de las regiones aledañas perdiesen el espacio natural que suponía su principal -y a veces única- fuente alimentaria.

En respuesta a este abuso, algunos organismos internacionales, como la Unión Europea, han condicionado la adquisición del «combustible verde» a la procedencia del mismo: a partir de enero de este año, Bruselas asegura no aceptar etanol procedente de «bosques en los que no haya habido actividad humana significativa» o «áreas protegidas, a no ser que se certifique que la producción de biocombustible no interfiere en la protección ambiental».

El fenómeno del calentamiento global, sobre todo en zonas áridas y semiáridas, supone otra de las amenazas que afrontar en la lucha contra la malnutrición.

Según un informe publicado el año pasado por el Panel Intergubernametal para el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), el impacto medioambiental en estas regiones podría dejar bajo mínimos las precipitaciones, además de suponer la extinción de numerosas especies animales y vegetales, incapaces de adaptarse al nuevo entorno.

Los cultivos de secano, que dependen directamente de la meteorología para salir adelante, serían otros de los grandes damnificados; la FAO estima que la India podría perder 125 millones de toneladas de cereales de secano, un 18% de su producción total si la temperatura aumentase más de dos grados centígrados.

Pero la peor parte sería para los pueblos asentados más cerca de la costa, pues las tormentas de aire y el incremento del nivel del mar terminaría por eliminar los escasos recursos naturales disponibles.

«Las zonas pobres son las más vulnerables, porque tienden a concentrarse en franjas de relativo riesgo y tienen menos medios para hacer frente a los imprevistos, además de menos recursos como agua y alimentos», concluye en texto del IPCC.

La gestión eficaz de los recursos hidrológicos, un tema muy en boga este año, representa otra de las caras del hambre. Como tejido de la vida, el agua es indispensable para el desarrollo humano, desde su papel como generador de ecosistemas hasta su necesidad para irrigar los suelos de cultivo. Precisamente es la actividad agrícola, con un 65% del volumen total, la mayor consumidora de agua en el mundo.

Lamentablemente, las áreas donde la escasez del líquido es endémica, como África y Asia occidental, no suelen disponer de fondos para invertir en la tecnología necesaria para optimizar los sistemas de riego y canalización.

Debido a las obsoletas estructuras de irrigación utilizadas en los países pobres, que llegan a desperdiciar el 60% del líquido, la demanda ha crecido hasta límites insostenibles. Desde 1950, el consumo de agua se ha triplicado a nivel mundial, pasando ya de los 4.300 km. cúbicos al año. El 97,5% del agua dispersa por el planeta es marina, lo que significa que ha de ser tratada previamente a su utilización. Y las alternativas están fuera del alcance de la mayoría de naciones; depuradoras y plantas desalinizadoras arrojan unos elevados costes energéticos, además de requerir de una compleja infraestrucutra para su puesta en funcionamiento.



sábado, 18 de octubre de 2008

El precio del hambre: un 0,7% de la ayuda contra la crisis

Fuente: La Vanguardia (17.10.2008)

STOP al hambreLa ONU reclama más de 20.000 millones contra la hambruna

STOP al hambreA los 923 millones de personas hambrientas podrían sumarse los 290 que están en riesgo de pobreza.

El 0,7 cobra más sentido que nunca, puesto que únicamente un 0,7% de los cerca de tres billones de dólares que la UE y Estados Unidos van a inyectar para sanear la crisis bastaría para paliar el hambre en el mundo. Ya no se trata del anhelo frustrado de las ONG por lograr que se destine el 0,7 del PIB al desarrollo. La ecuación se ha simplificado: un grupo de trabajo de la ONU que estudia el precio de los alimentos estima que se requieren entre 20.000 y 40.000 millones de dólares para que los 923 millones de personas hambrientas salven sus vidas, una horquilla que de hecho supone el 0,7 de esos tres billones.
Así lo explicó ayer el director de Intermón Oxfam (IO) en Catalunya, Francesc Mateu, durante la presentación de un informe sobre los estragos de la crisis alimentaria en países del Sur: 290 millones de personas más serán arrastradas a la pobreza si la comunidad internacional no reacciona, cosa poco probable teniendo en cuenta que la prioridad de los países ricos es hoy su crisis.

"Tanto la crisis de alimentos como la financiera no son fatalidades - indica Mateu-, sino frutos de políticas equivocadas frente a las que se reacciona rápidamente si la crisis es nuestra. En cambio, se pospone el cumplimiento de las recomendaciones de la FAO". Justamente, el director general de la FAO, Jacques Diouf, lamentaba ayer que de los 19.305 millones de euros que se estimaron necesarios en junio para erradicar el hambre sólo se haya recaudado el 10%.

"Tenemos un grave problema - asegura Mateu-, pues todas las políticas agrarias de las que disponían países del Sur en los años 80 y que les permitían asegurarse stocks para afrontar sequías, tener bancos de semillas o presionar para acabar con los aranceles de la importación de cereales que procedían del exterior, se han quedado en la cuneta. Nos hemos cargado su agricultura interna y ahora dependen de la externa, que tiene los precios por las nubes". Así lo denuncia IO en el informe Precios de doble filo,pues afectan tanto a consumidores como a productores.

"En un mundo coherente, los altos precios de los alimentos deberían haber sido una oportunidad para los pequeños productores del Sur. Sin embargo, vemos como políticas agrícolas y comerciales equivocadas, tanto de los países en desarrollo como de la comunidad internacional, han impedido que los pequeños productores se beneficiaran de esta subida. Son a menudo las grandes multinacionales las que reciben esos beneficios", lamentó Arián Arpa, directora general de IO.

La crisis alimentaria afecta de forma menor a Brasil o México, que han construido una política agrícola. En cambio, en otros como Guatemala, el número de funcionarios de extensión agraria que apoyan a la población campesina han pasado de 70.000 en el año 80 a 700. Y en Mozambique hay un funcionario por cada 30.000 agricultores. IO llama a gobiernos del Sur a recuperar la soberanía alimentaria, "independientemente de lo que diga el Banco Mundial", y a los países ricos a aumentar el porcentaje de ayuda al desarrollo destinado a agricultura, que ha pasado del 18% en 1990 al 4%. E insiste en un cambio de política comercial: menos dumping y subvenciones a la exportación en los países del norte. Y España anunció ayer que eliminará los créditos FAD.

martes, 2 de septiembre de 2008

Etiopía, centro de la peor crisis alimentaria

John Holmes, de la ONU, considera que la falta de alimentos y la muerte de niños por la hambruna convierten esta crisis en única


Adis Abeba. (EFE).- La crisis alimentaria mas acuciante del mundo se registra actualmente en Etiopía, dijo hoy en Adis Abeba el Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas para Asuntos Humanitarios, John Holmes.

"Respecto de la urgencia que ha creado la falta de alimentos y el riesgo de que niños mueran de hambre, no creo que haya (actualmente) otra crisis como ésta", dijo Holmes.


El funcionario de las Naciones Unidas se encuentra en una visita de tres días a Etiopía para observar sobre el terreno los esfuerzos del Gobierno etíope, las agencias de la ONU y las organizaciones internacionales de asistencia humanitaria para atender las necesidades de más de diez millones de personas que sufren una escasez de alimentos en este país del "Cuerno de África".

Los agricultores y criadores de ganado etíopes se ven afectados por una persistente sequía y los altos precios de los alimentos, que en algunas áreas se han quintuplicado en sólo un año.

Al mismo tiempo, el incremento mundial en los precios de la comida y los combustibles han dificultado las iniciativas de asistencia del Programa Mundial de Alimentos, cuyo poder adquisitivo se ha visto reducido a la mitad debido a esos aumentos.

Con escasos recursos para hacer frente a la emergencia en Etiopía, las familias rescatadas del hambre a menudo vuelven a caer en la crisis.

En el primer día de su visita a Etiopía, Holmes se trasladó a un centro de alimentación, donde decenas de mujeres aguardaban para que sus hijos fueran pesados y examinados por el personal sanitario.

Aquellos niños que estaban muy enfermos recibieron raciones de una nutritiva pasta de cacahuetes que, en muchos casos, les salvará la vida, pero otros deberán regresar semana tras semana, pues su situación no es "crítica".

La ONU estima que en Etiopía hay 75.000 niños que corren peligro de morir de hambre. Pese a que el país ha experimentado un crecimiento económico de poco más del 11 por ciento durante los últimos cinco años, la mayoría de sus agricultores continúan dependiendo de las lluvias para sus cosechas, pues no pueden afrontar el costo de sistemas de irrigación.

Por su parte, los pastores, que son nómadas y trasladan su ganado en busca de buenas pastos, también están a merced del clima, En algunas regiones de Etiopía, las temporadas de lluvias han sido escasas o casi inexistentes durante tres años seguidos.

Durante su recorrido por las áreas más afectadas, uno de los granjeros, parado frente a una raquítica plantación de maíz, dijo a Holmes que había plantado cuatro veces este año con la esperanza de que lloviera, pero que en cada oportunidad las lluvias no se produjeron.

"Hasta que las lluvias lleguen, los donantes internacionales de asistencia tendrán que prestar su ayuda", señaló Holmes. Etiopía ha pedido a países donantes como Estados Unidos y el Reino Unido 140 millones de dólares extras en asistencia y la cifra probablemente aumentará este mes, cuando las autoridades de Adis Abeba divulguen una actualización de sus necesidades humanitarias.

"Una de las dificultades es que estos problemas se están agudizando en todas las regiones del mundo y los recursos que los donantes pueden brindar no son ilimitados", puntualizó el directivo de Asuntos Humanitarios de la ONU.

domingo, 20 de abril de 2008

La revuelta del hambre y los transgénicos. Actividades

FUENTE: http://www.elpais.com/articulo/sociedad/revuelta/hambre/urge/revolucion/agraria/elpepisoc/20080418elpepisoc_1/Tes?print=1


Ante la revuelta del hambre, ¿urge la revolución agraria?

La carestía del grano desata las protestas y aumenta la presión para impulsar la innovación en el camp - Los transgénicos ofrecen soluciones, pero preocupa su impacto ambiental

ANA CARBAJOSA 18/04/2008

De Puerto Príncipe a Kabul, pasando por El Cairo o Manila, millones de pobres del mundo padecen el azote de la descomunal subida del precio de alimentos básicos como la leche, el arroz o el pan. Los desajustes del mercado global les han arrebatado la subsistencia y se han lanzado a la calle en masa para exigir a sus gobiernos una solución a la mayor inflación alimentaria de la historia, que amenaza con la propagación de revueltas hasta ahora aisladas. "Hemos aprendido de la historia que este tipo de situaciones a veces acaban en guerras", advirtió el pasado fin de semana el director del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn.
Las causas del encarecimiento son conocidas: el precio del petróleo, una exagerada inversión en biocombustibles en países como EE UU, la creciente demanda de alimentos en China e India, las condiciones climatológicas... Pero, más allá de las causas coyunturales, ganan fuerza las voces que denuncian otras estructurales: una productividad menor que el crecimiento del consumo y la población en las últimas dos décadas, y el menosprecio de los gobiernos hacia la investigación en temas agrícolas.
Naciones Unidas ha publicado esta semana un informe en el que recomienda la vuelta a la agricultura tradicional, el uso de métodos ecológicos y el consumo local. En contra, los defensores del progreso tecnológico dicen que la caída de las cosechas y el aumento de la población mundial son dos cuestiones que difícilmente se resolverán con la agricultura a pequeña escala. Creen que hoy es posible una segunda revolución verde, cuyos avances tecnológicos multipliquen, como sucedió en los sesenta, la productividad de las cosechas. Y creen que la crisis del precio de los alimentos es la coyuntura idónea para lanzar la nueva revolución con semillas mejoradas y modificadas genéticamente.
En los sesenta, la experimentación agrícola en México empleó variedades de trigo mejoradas y más receptivas a los fertilizantes y a los pesticidas. A estas semillas se añadieron nuevos sistemas de regadío y una potente mecanización. El resultado fue un aumento espectacular de las cosechas. Había nacido la revolución verde. Las invenciones corrieron como la pólvora hasta Asia, donde los experimentos se centraron en el arroz, y alcanzaron también a los cereales en África. Las estimaciones de las instituciones del sector indican que un 40% del campesinado del mundo en desarrollo se pasó a las nuevas semillas, que dispararon la producción agrícola. Las cosechas se multiplicaron, sí, pero no está tan claro que ese aumento se tradujera en una reducción del hambre. Años más tarde, empezaron a dejarse ver los daños ambientales producidos por el uso masivo de fertilizantes y pesticidas.
Ahora, no faltan las voces científicas y empresariales que piden que la experiencia de los sesenta se repita. Dicen que multiplicar el rendimiento de las semillas propiciará la bajada de precios, pero sobre todo garantizará el alimento a los más pobres. Es lo que piensa Jaakko Kangasjärvi, biólogo de la Universidad de Helsinki, quien, junto a colegas californianos, ha identificado el gen que regula la pérdida del agua en las plantas. El descubrimiento, hecho público hace un mes, servirá para que en 10 o 20 años se creen semillas resistentes a la sequía gracias a la manipulación genética. Descubrimientos como éste podrían dar lugar a una segunda revolución verde. "Que suceda o no dependerá de la financiación y a su vez de la voluntad política", estima Kangasjärvi por teléfono desde Finlandia. "Está claro que la población mundial crece y que, por tanto, hace falta que las plantas produzcan más".
Frente a los devotos de la manipulación genética como Kangasjärvi, una legión de ecologistas alega que los avances tecnológicos no solucionarán el hambre en el mundo, que obedece al reparto desigual de los alimentos y no a su falta. Temen, además, el daño ecológico que pueden acarrear las nuevas plantas.
Mientras, las reservas mundiales de trigo, por ejemplo, se encuentran en sus niveles más bajos desde hace casi 30 años, según la Organización para la Agricultura y la Alimentación de la ONU (FAO). Comemos más de lo que cultivamos y vivimos de lo acumulado en años anteriores. La productividad de las cosechas ha crecido desde 1990 a un ritmo del 1% anual; la mitad que las décadas anteriores y la mitad también de lo que ha crecido la demanda de grano, debido al aumento de la población, al enriquecimiento de las clases medias asiáticas y a los cambios en la alimentación de países como China.
"Puede que con esta crisis los gobiernos finalmente se despierten y se den cuenta de que tienen que cambiar sus políticas agrícolas y subvencionar masivamente la investigación para aumentar la productividad de las cosechas. Esperamos que esta crisis sea el empujón para el nacimiento de la segunda revolución verde", desea Duncan Macintosh, del Instituto Internacional para la Investigación del Arroz (IRRI), la agencia intergubernamental con sede en Manila que impulsó la gran revolución del campo en los sesenta.
La voz del IRRI suena estos días con mucha fuerza en los foros internacionales, en los que los expertos del instituto defienden la implantación de semillas híbridas de arroz -los científicos cruzan tres variedades para producir una planta que crece más rápido y cuyo volumen de cosecha sea hasta un 20% superior- en toda Asia. En conversación telefónica desde Manila, Macintosh explica que la mitad del arroz que produce China ya procede de semillas híbridas y que ahora pretenden que países como Filipinas, Indonesia o India se suban al carro de las semillas mejoradas. Reconoce sin embargo que estas semillas, que, a diferencia de las tradicionales, no se reutilizan de un año para otro porque pierden el potencial, obligan a los campesinos a adquirir nuevas simientes cada año, si quieren plantar estas variedades de mayor rendimiento y con las que combatir la subida del 70% del precio del arroz en lo que va de año. Advierte Macintosh que aún queda mucho por descubrir, y dice que grandes empresas como Bayer o Monsanto trabajan a marchas forzadas para mejorar el aroma y el sabor de los híbridos, todavía no muy conseguido, y para tratar de hacerlos resistentes a ciertos insectos.
En el Instituto Internacional para la Investigación de Políticas Alimentarias, con sede en Washington y que financian gobiernos e instituciones multilaterales de todo el mundo (IFPRI, por sus siglas en inglés), también están convencidos de que esta crisis demuestra "que, tras décadas de abandono, necesitamos más inversión para investigación sobre la mejora de semillas. Hacen falta nuevos descubrimientos para lograr semillas resistentes al calor, a la sequía o a la salinidad", sostiene Mark W. Rosegrant, director del departamento de Medio Ambiente y Producción Tecnológica del IFPRI. Dice que es verdad que durante la revolución verde el abuso de subsidios para aplicar fertilizantes y pesticidas acabó teniendo consecuencias negativas para el medio ambiente, y por eso cree que en esta ocasión la clave es "combinar los adelantos científicos con buenas políticas".
Pero no toda la comunidad científica y académica está convencida de que un mayor desembolso por parte de los Gobiernos para investigar cómo sacar más rendimiento al campo vaya a erradicar una crisis como la actual. Lester Brown, el gran experto estadounidense en cuestiones ambientales y de seguridad alimentaria, con más de 20 libros publicados, piensa que, más allá de la fe del sector privado o público en los adelantos científicos, será imposible repetir la revolución verde, que triplicó la productividad de las cosechas desde los años cincuenta hasta ahora. "Es muy difícil ir mucho más allá. Existe un límite fisiológico para las cosechas. Habrá mejoras, pero no una nueva revolución". Reconoce que la investigación en temas agrícolas ha sufrido un fuerte abandono en los últimos años, pero, para él, la verdadera prioridad para mitigar la subida del precio de los alimentos es que su país restrinja severamente el cultivo de cereales para fabricar etanol. "Si no, las revueltas populares se extenderán e irán cayendo los gobiernos uno a uno", advierte.
Carlos Galian, responsable de temas agrícolas de Intermón Oxfam, coincide con Brown en que los pronósticos de esta crisis, que se ceba con las familias más pobres, las que dedican entre el 50% y el 70% de su renta a alimentarse, no son nada buenos. "Recibimos continuamente nuevas informaciones que alertan de graves crisis alimentarias", señala Galian, que ofrece datos estremecedores. En Kabul, por ejemplo, la subida del pan desde noviembre de 2007 es del 90%. Cuenta que subidas similares se registran a lo largo y ancho del planeta.
Su ONG es de las que cuestionan la mayor, es decir, consideran que el problema no es que no haya suficiente comida en el mundo, sino que está mal repartida, y que el problema se centra en la falta de acceso a recursos como el agua o créditos para comprar maquinaria o semillas. Pese a ello, Galian coincide en que la agricultura ha sido un capítulo olvidado durante los últimos años y cuenta que, mientras que en los años ochenta un 17% de la ayuda al desarrollo mundial estaba dedicado a la agricultura, en el año 2005, esa cifra había descendido hasta el 3%. Y coincide también con los defensores de la mejora de las semillas en que "hace falta mejorar la productividad de los campos, ya que tres cuartos de la gente que vive bajo el umbral de pobreza es población rural".
Eso sí, pide que la investigación se centre siempre en cultivos y zonas en las que malviven los agricultores empobrecidos. Habla Galian de experiencias en el pasado, en las que se han creado semillas que no resisten las condiciones climáticas de África, por ejemplo, y se queja, como el ejército de activistas que se oponen a los transgénicos y que pueblan la Red, de que las empresas que comercializan las semillas transgénicas obligan a los campesinos a comprar cada año no sólo las simientes, sino todo el paquete que incluye pesticidas y fertilizantes, lo que impide el intercambio de semillas entre los agricultores de un año para otro, como se ha hecho toda la vida.
Junto a los que piden justicia distributiva, están los que exigen un uso más eficiente de la comida que ya está disponible. "No tiene sentido producir más comida si no utilizamos la que ya tenemos de forma más eficiente. Tiramos a la basura un tercio de nuestra comida. Los restos podrían ser utilizados para producción energética", escribía hace poco Les Firbank, director del instituto de investigación medioambiental británico North Wyke Station.
Ideas y propuestas, más o menos factibles, no faltan. Lo que es fundamental que no falte es la voluntad política necesaria para evitar las "hambrunas masivas" que vaticina el FMI durante los próximos dos años, en los que se prevé que seguirá subiendo el precio de los alimentos básicos.

Precios por las nubes

El encarecimiento del precio del petróleo ha sido, sin duda, la madre de la crisis alimentaria. Con el barril por encima de los 100 dólares (63 euros), gobiernos como el de EE UU se han lanzado al cultivo de biocombustibles. La subida de la energía ha encarecido el propio cultivo.La plantación masiva de maíz para dar de comer a los coches a expensas del cultivo de soja o trigo ha mermado la inyección de grano en el mercado. Al haber menos oferta y más demanda, los precios han subido. En EE UU, este año, hasta un 30% de la producción de maíz estará dedicada a biocombustibles.Además, la población mundial crece y cambia de gustos. El enriquecimiento de la clase media en países como China ha propiciado nuevos hábitos alimenticios que han disparado el consumo mundial de leche y carne. Este cambio en la dieta exige un gran consumo de grano para alimentar al ganado.El cambio climático tampoco ayuda. Sequías como la de Australia -la peor en 100 años-, uno de los grandes productores de trigo, han esquilmado la oferta mundial de este cereal en 2008.Para rematar, numerosos gobiernos han adoptado medidas como la restricción e incluso la prohibición a la exportación de productos como el arroz o la leche en polvo para no desabastecer a su población. La medida ha retirado toneladas de comida del mercado global de alimentos, contribuyendo aún más a la subida de los precios. Los países exportadores han sufrido, además, los reflejos proteccionistas nacidos de esta crisis.

Actividades (E. Jimeno)


1. ¿Qué significa inflación alimentaria?
2. ¿Por qué se han encarecido los alimentos básicos?. Al responder, distingue entre causas coyunturales y causas estructurales.
3. ¿Qué recomendaciones realiza Naciones Unidas?
4. ¿Qué proponen los defensores del progreso tecnológico?
5. ¿En qué consistió la revolución verde de los sesenta?. Cuales fueron sus efectos positivos y negativos?
6. ¿Qué solución defiende Jaakko Kangasjärvi?. ¿En qué podría consistir una segunda revolución verde?.
7. ¿A qué atribuyen los ecologistas el hambre del mundo?
8. ¿Qué ha ocurrido con el trigo en las últimas décadas?
9. ¿Qué ventajas e inconvenientes tienen las semillas híbridas?
10. ¿Qué características deberían tener las nuevas semillas?
11. ¿Qué efectos tiene en los precios el cultivo de cereales para fabricar etanol?
12. ¿A que atribuye Galian los desajustes actuales y qué propone?
13. ¿Qué ha pasado con las ayudas a la agricultura?
14. Ante el volumen de comida que se tira a la basura, algunos hablan de hacer uso más eficiente de los alimentos. Pon ejemplos.
15. ¿Es probable que en el futuro hayan más hambrunas?.



ANÁLISIS: Los hambrientos salen de nuevo a las calles

Volvemos a ver en muchas ciudades del mundo disturbios por la carestía de los alimentos. Esto revela hasta qué punto está podrido el corazón de la política y la economía de tantos países en vías de desarrollo

POR RAJ PATEL EL PAÍS, 19/04/2008



Recientemente, los precios de los alimentos han experimentado en todo el mundo unas subidas extraordinarias. Tanto es así, que Naciones Unidas ha anunciado que necesitan 500 millones de dólares antes de que transcurra un mes a fin de evitar que se produzca una hambruna generalizada. El pasado marzo, el precio del arroz subió en los mercados asiáticos un 30% en un solo día. Ésta y otras subidas de precios son el resultado de una tormenta perfecta en la que se han combinado los efectos de las malas cosechas, la escasez de alimentos almacenados, la sustitución de cultivos de alimentos por otros que producen biocombustibles, el aumento de la demanda de carne, el precio récord del petróleo, y la especulación financiera.

Los disturbios por la comida son un síntoma agudo de la ausencia de una verdadera democracia

En Haití prospera hoy la industria de las "galletas de barro", hechas con margarina, sal y arcilla
El aumento del coste de los alimentos ha llegado a ser tan grave que incluso se ha inventado un nombre para bautizarlo: agroflación (agflation). Una fea palabra, sin duda, cuyos efectos son todavía más feos. Y que ha producido el regreso de una de las formas de activismo colectivo más antiguas del mundo: los disturbios callejeros de los hambrientos.

"Antes ganábamos 14 dólares a la semana y nos llegaba justo para ganarnos la vida. Pero desde que han subido tanto los precios, no nos alcanza para vivir. Nos limitamos a existir". La mujer que pronunció esta frase podría haber sido ciudadana de cualquiera de los países pobres donde, durante los últimos meses, se han producido disturbios callejeros provocados por la agroflación. Pero estas frases desesperadas fueron pronunciadas en Nueva York, el año 1971, y las dijo una de las Mujeres Judías del East Side que protestaban por los precios inalcanzables que los alimentos tenían en aquel momento en la ciudad. Sus circunstancias encuentran un eco en la actualidad.

Y es que la similitud entre las protestas históricas y las de este comienzo del siglo XXI no es meramente cosmética. Vale la pena analizar los vínculos entre los precios de los alimentos y la inestabilidad política. Muchas de las protestas actuales han ocurrido en países considerados como bastiones de la estabilidad. Ha habido revueltas en ciudades de Mauritania, Senegal y Burkina Faso, por ejemplo. Pero estos disturbios se han distribuido de forma irregular.

En Haití, uno de los países más pobres del hemisferio occidental, el hambre ha propiciado en los últimos tiempos la aparición de nuevas estrategias de supervivencia, fruto de una desesperación cada vez más acentuada. En las chabolas de Cité Soleil prospera hoy la industria de las "galletas de barro". Es decir, galletas hechas con margarina, sal y arcilla. La gente se las come porque no puede comprar nada mejor. Pero incluso allí la gente ha terminado saliendo a la calle y enfrentándose a las fuerzas del orden.

Haití representa un caso extremo, pero su trayectoria parece una versión acelerada del camino que van a ir siguiendo decenas de países, muchos de los cuales han sufrido años de crisis alimenticia, siempre al borde de la hambruna. Dado que los ingresos familiares en esos países se dedican en su mayor parte a la compra de alimentos, es indudable que es allí donde la agroflación tendrá efectos más dolorosos.

Ahora bien, los disturbios callejeros no se producen necesariamente en los países más pobres. Egipto y la India, por elegir dos de los países en donde ha habido recientemente manifestaciones, ocupan una posición intermedia.

¿Cómo explicar entonces la explosión de los disturbios, si su causa no es el hambre extrema? El historiador británico E. P. Thompson nos brinda alguna luz al respecto. Analizando los disturbios provocados por la carestía de los alimentos en la Inglaterra del siglo XVIII, localizó los dos factores cruciales que se suman para dar lugar a las revueltas. En primer lugar, el capitalismo trajo consigo una brutal diferencia entre lo que la gente entendía como sus derechos y las cosas que en realidad conseguía. En segundo lugar, las protestas surgían cuando los hambrientos pensaban que ésa era la única forma de hacerse oír.

La suma de estos dos criterios, a saber, la distancia muy marcada entre aquello a lo que uno cree tener derecho y aquello que en realidad obtiene, por un lado; y, por otro, el que no haya mejor manera de articular una protesta política que mediante la protesta callejera, permite explicar los disturbios causados por la falta de comida en circunstancias diversas. Esta clase de disturbios fueron frecuentes en Europa hasta la mitad del siglo XIX, pues entonces Europa comenzó a importar cereales procedentes de sus colonias para alimentar así a sus masas de trabajadores. Paralelamente, las protestas callejeras fueron sustituidas por otro tipo de actividades más sofisticadas y coordinadas, como las huelgas.

Los disturbios reaparecieron en Estados Unidos justo al término de la Primera Guerra Mundial. Las mujeres estaban en la primera línea de las manifestaciones en Filadelfia, Chicago, Toronto y Nueva York, por ejemplo. Esas mujeres creían tener el derecho de alimentar a sus familias. Cosa cada vez más imposible, debido a la fuerte inflación que se produjo al terminar la guerra. Además, esas mismas mujeres estaban excluidas de la participación política y no tenían más alternativa que la protesta callejera. En cuanto las mujeres consiguieron el derecho a voto y comenzó a producirse una mejor redistribución de los bienes, los disturbios por la carestía de los alimentos fueron perdiendo fuerza.

Así pues, la historia nos dice que prestemos atención a ambos factores, la distancia entre expectativas y realidades, por un lado, y por otro la inexistencia de un auténtico sistema democrático. Se producen disturbios callejeros por la comida en aquellos países en donde las subidas rápidas de los precios hacen prohibitiva la compra de alimentos. Y en donde, además, el desarrollo ha agudizado las desigualdades económicas entre sus propios ciudadanos, lo cual hace que crezcan las expectativas al tiempo que las probabilidades de satisfacerlas van disminuyendo. Son países en donde el abismo entre expectativas y logros se ha hecho enorme. Al mismo tiempo, los disturbios ocurren en países que sólo tienen sistemas de participación meramente formal, de manera que los pobres no encuentran modos eficaces de expresar su descontento.

En otras palabras, los disturbios por la comida son un síntoma agudo de la ausencia de una verdadera democracia, junto con una grave disminución de la posibilidad de obtener aquello a lo que los ciudadanos creen tener derecho. Desde Haití hasta la India, este doble deterioro tiene una causa común. Ambos son subproductos de las políticas de desarrollo aplicadas con criterios neoliberales. Aunque se ha hecho correr la especie de que ya no tiene validez ni se sigue aplicando, en realidad el llamado "consenso de Washington" sigue vigente, y ha supuesto para los países en vías de desarrollo un recorte radical de las ayudas de los Estados a los pobres, y, además, una profundización del hiato entre expectativas y realidades.

Además, las políticas de austeridad impuestas a esos países requieren la intervención de gobiernos capaces de ignorar las presiones democráticas de sus ciudadanos. Las instituciones financieras internacionales les conceden créditos solamente si ponen en marcha políticas de austeridad, por mucho que se quejen sus ciudadanos. Esas mismas instituciones incentivan a los gobiernos a acallar las protestas populares. De modo que, finalmente, en lugar de un debate democrático en esos países apenas si se produce una escenificación políticamente inocua de la "participación" ciudadana, lo cual permite seguir poniendo en práctica políticas de desarrollo contrarias a la voluntad de las mayorías.

Frustradas las expectativas, y sin nada que permita a los ciudadanos expresar sus necesidades, la agroflación provoca una conmoción social que puede conducir a la revuelta popular. El hecho de que volvamos a ver en las ciudades del mundo disturbios ocasionados por la carestía de los alimentos muestra hasta qué punto está podrido el corazón mismo de las economías y los sistemas políticos de muchos países en vías de desarrollo. Y qué descomunal es el fracaso de las instituciones internacionales que han pretendido llevar el desarrollo económico y democrático tanto a los países donde hay disturbios como a aquellos en donde no se han producido.


Raj Patel es autor de Obesos y famélicos. El impacto de la globalización en el sistema alimentario mundial (Los Libros del Lince). Traducción de Enrique Murillo.