"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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sábado, 14 de febrero de 2009

Los confines de la ciudad sin confines. Estructura urbana y límites administrativos en la ciudad difusa. Oriol Nel.lo

«La llanura está triste y cansada y ya no se defiende. La llanura está triste y muerta, y la ciudad la devora.» Émile Verhaeren, poeta belga próximo al movimiento obrero y socialista, abría con estos versos su poemario más conocido. La obra, significativamente titulada Les villes tentaculaires, apareció en 1895; en sus páginas el autor retrataba —inquieto y fascinado a un tiempo— la progresiva disolución de la separación tradicional entre ciudad y campo. Hoy, un siglo más tarde, este proceso ha llegado en los países de la Europa Occidental2 a su estadio final.

En efecto, si la separación formal y jurídica entre ciudad y campo se rompió a partir de la Revolución francesa, las transformaciones económicas y tecnológicas subsiguientes han integrado física y funcionalmente el espacio hasta tal punto que las actividades económicas y las formas de vida urbanas se han esparcido sobre la totalidad del territorio. Así, «ciudad» y «límite» son hoy conceptos inconciliables y el territorio se ha convertido en la «città sconfinata» de la que nos han hablado algunos autores italianos.3 Una ciudad sin confines que, precisamente por carecer de ellos, no puede ser considerada ciudad en el sentido tradicional.

Ahora bien, este espacio ilimitado desde el punto de vista físico y funcional está lleno de límites desde el punto de vista social y administrativo. En efecto, por una parte, la extensión de la ciudad sobre el territorio no ha hecho desaparecer las viejas divisiones sociales del espacio, sino que más bien ha transformado su carácter y expresión. Por otra parte, al difundirse sobre el territorio, la realidad urbana ha saltado sobre los antiguos límites administrativos que, sin embargo, suelen perdurar; asimismo, las nuevas necesidades y problemas que la misma difusión comporta, han forzado la creación de nuevos entes de gestión, con delimitaciones propias, que difieren muchas veces de las preexistentes. Así pues, la ciudad difusa, la ciudad ilimitada, es también una ciudad fragmentada social y administrativamente hasta extremos que resultan, a menudo, inverosímiles. La paradoja se plantea así: la ciudad sin confines es, al mismo tiempo, la ciudad de los confines.

Explorar las razones y las consecuencias de esta paradoja es el objetivo de las páginas que siguen. El trabajo consta de la presente introducción y de cuatro apartados. En el primero se describe brevemente el proceso a través del cual se han venido a configurar las realidades urbanas contemporáneas. A continuación se exponen las dificultades para delimitar territorialmente, hoy y desde una perspectiva científica, estas realidades urbanas. Establecido este marco, se pasa en la tercera parte a analizar las causas y las implicaciones de la proliferación de divisorias y fronteras en los nuevos espacios urbanos.

Finalmente, en el cuarto apartado se trata de argumentar cómo, para controlar los problemas que el crecimiento difuso de la ciudad comporta, es necesario dotarse de un proyecto colectivo —político y urbanístico— que ordene su desarrollo; un proyecto que tendrá como requisito necesario (aunque no suficiente) la delimitación normativa de las realidades territoriales que resulte más ajustada a los intereses de la mayoría de la población.

II. La ciudad difusa: la ciudad sin confines

Decíamos que, en tiempos modernos, la diferenciación formal entre la ciudad y el campo se disuelve jurídicamente en Europa Occidental a raíz de la Revolución francesa y las convulsiones sociales y políticas subsiguientes. En vísperas de aquel gran estallido, la Encyclopédie de Diderot y D’Alembert todavía definía la ciudad de la manera siguiente: «Ciudad, s. f. (arquit. civil) conjunto de muchas casas dispuestas en calles y cerradas por una cerca común, hecha ordinariamente de muros y fosos. Pero para definir una ciudad más exactamente, es un recinto cerrado por murallas que contiene diversos barrios, calles, plazas públicas y otros edificios».4 «Cerca común», «muros y fosos», «recinto»… todo en esta definición subraya el carácter cerrado de la ciudad. No es cierto, sin embargo, que ciudad y campo fueran en aquel momento compartimientos estancos y yuxtapuestos; al contrario, ya desde tiempos altomedievales mantenían, como explicó Henri Pirenne, un diálogo permanente y mutuamente transformador.5 Por otra parte, la definición, tan morfológica, de la Encyclopédie, podría ser enriquecida, sin duda, por muchas otras consideraciones sobre la estructura social, las funciones, la cultura e incluso la práctica urbanística de aquel período.6

Sin embargo, es a fines del siglo xviii cuando la relación entre ambas realidades empieza a experimentar una transformación radical y acelerada. La caída del Antiguo Régimen, con la abolición de las jurisdicciones señoriales y el establecimiento del principio de igualdad de los ciudadanos ante los poderes públicos, acabó con la diferenciación entre población urbana y población rural desde el punto de vista legal. Se facilitaba, de esta manera, la progresiva difusión de las relaciones de producción capitalistas sobre el conjunto del territorio. Así, en 1848, en el Manifiesto Comunista se podía ya dictaminar: «La burguesía ha sometido el campo a la dominación de la ciudad».7 Al mismo tiempo, el crecimiento concentrado de la población —fruto de la transición demográfica y de la revolución industrial— comportó una densificación extrema del espacio construido en el interior de las viejas murallas. Y éstas, empujadas, por una parte, por las necesidades higiénicas y la realidad social, y perdida, por otra, en gran medida su utilidad defensiva, pasaron a ser cuestionadas y finalmente —no sin dudas ni conflictos— derribadas. Acababa así el diálogo secular entre la ciudad y su muralla y desaparecía el principal elemento delimitador de ciudad y campo como dos realidades físicamente diferenciadas.8

Sin embargo, como ha explicado Lucio Gambi, de Napoleón a mediados de nuestro siglo la ciudad era todavía un espacio claramente diferenciable: un coágulo de actividades secundarias y terciarias en un mar de ruralidad. Pero con la generalización de los medios de comunicación modernos, la plena mecanización de la agricultura y la difusión de la industria y los servicios sobre el territorio, aquellos coágulos (aquellos escollos, dice Gambi) se han conectado entre sí para formar espacios vastísimos en los que predominan actividades y formas de vida urbanas. Se ha dado lugar así a los sistemas territoriales que han sido descritos con los conceptos de ciudad-región, ciudad-territorio, ciudad difusa.9

Ahora bien, estas nuevas realidades no son en modo alguno el resultado de una simple ampliación de los límites de la ciudad, sino más bien una consecuencia de la disolución misma de los conceptos tradicionales de ciudad y campo: «[…] No es que la ciudad, arracimándose con las vecinas haya venido a extenderse sobre un ámbito regional y haya ampliado a éste sus límites. El continuo del caserío, la dilatación de los módulos edificatorios de tipo urbano, el hecho de que la movilidad pendular haya ampliado extraordinariamente el diámetro en el que habitan aquellos que ejercen profesiones definidas como ur- banas, señalan la disolución, el desvanecimiento del concepto de ciudad que habíamos heredado de los siglos anteriores».10

Físicamente este proceso ha conocido, en los últimos cuarenta años, diversas fases que han sido bien estudiadas y descritas: del crecimiento de la ciudad «en mancha de aceite» (por simple agregación o ensanche sin solución de continuidad con el espacio construido preexistente) a la suburbanización (la aparición de periferias metropolitanas más o menos densas, a menudo sin solución de continuidad, como la ciudad central); de la suburbanización a la periurbanización (la integración en las dinámicas metropolitanas de los antiguos núcleos rurales); de la periurbanización a la rururbanización (la difusión de las dinámicas metropolitanas hasta los antiguos espacios rurales más alejados de los núcleos primigenios).11

El resultado de estas transformaciones ha sido: «[…] no solamente la creación de una suburbanización infinita, las así llamadas ‘edge cities’, y de megálopolis difusas, sino también convertir cada pueblo y cada rincón rural del mundo capitalista avanzado en parte de una compleja telaraña de urbanización que desafía toda categorización simple de la población entre ‘urbana’ y ‘rural’ en el sentido que antaño podía darse razonablemente a estos términos».12

En efecto, esta evolución ha dejado inservibles las viejas definiciones basadas en los umbrales de población y en las densidades relativas que ha sido, tradicionalmente, la forma más simple de identificación de la ciudad. La determinación de umbrales y densidades —aparte de su carácter necesariamente normativo—13 choca, en primer lugar, con la dificultad insuperable de la delimitación de las unidades territoriales de referencia. Por otra parte, la creciente movilidad de la población resta cada vez mayor sentido a los cálculos de densidades basados en la población censada: llevando la lógica de estos métodos hasta el límite, algunos centros urbanos terciarios casi desprovistos de población residente no podrían, paradójicamente, ser considerados ciudad; asimismo, estos cálculos esconden que muchas áreas «vacías» durante unos días a la semana —o unos meses al año— se encuentran «llenas» en otros.

Como consecuencia del proceso de urbanización al que nos referimos, el territorio, en países como el nuestro, se organiza en redes de relación. Redes espaciotemporales que lo articulan, lo integran y lo conectan con flujos de alcance continental y mundial. Se configuran así los actuales territorios en los cuales la distinción tradicional entre ciudad y campo, basada no ya en la densidad sino —como veremos a continuación— en la estructura económica, en el nivel de renta, en las formas de vida o en el acceso a los servicios ha dejado de ser operativa desde el punto de vista científico. La vieja dualidad ciudad-campo queda así relegada al ámbito interesante, pero poco mensurable, de las «construcciones del espíritu»: la percepción de los paisajes, el espacio vivido o las representaciones sociales. Nociones que, como se dirá, pueden sin embargo resultar importantes a la hora de diseñar un proyecto colectivo para la ordenación del territorio.

III. Los intentos de delimitación basados en criterios objetivos: poner puertas a la ciudad

Enfrentados a estas nuevas realidades, estudiosos y estadísticos han recurrido a diversos expedientes para tratar de definir aquello que puede ser llamado ciudad. Para ello han adoptado diversos criterios, cada uno de los cuales da lugar a una definición y una delimitación diferente del objeto de estudio. Según las variables utilizadas por los autores, las definiciones responden a cinco tipos de parámetros: el estatuto jurídico, las definiciones morfológicas, los espacios funcionales, la estructura económica y la jerarquía de los servicios.14

III.A. El estatuto jurídico

Partiendo de las delimitaciones administrativas existentes (municipio, commune, district…) se identifica una localidad y, en caso de superar un determinado umbral de población (10.000, 20.000 habitantes…), se la considera ciudad.15 A pesar de que resulta claro que las nociones de ciudad y municipio se han disociado definitivamente, este tipo de definición puede ser todavía útil, en algunos casos, para identificar la ciudad central de los sistemas metropolitanos: el núcleo donde tradicionalmente se han concentrado las funciones de jerarquía más alta, donde se encuentran los principales monumentos simbólicos y donde se genera, en buena parte, la imagen de toda la metrópolis.

Un ejemplo de compilación de estadísticas urbanas basada en este criterio es el estudio Giant Cities of the World, realizado en el Instituto de Estudios Metropolitanos de Barcelona por encargo del Fondo de las Naciones Unidas para Actividades de la Población a finales de los años ochenta.16 Se trata de un repertorio estadístico que ofrece información referida a los municipios centrales de las 108 mayores conurbaciones del planeta, y —cuando tienen realidad como ámbito administrativo o estadístico— también de las respectivas áreas metropolitanas.

Los defectos de este tipo de definición son, sin embargo, evidentes: no se trata ya de que las formas de vida urbana o las relaciones funcionales crucen claramente los límites administrativos, sino que en muchos casos incluso es el mismo espacio construido lo que se extiende sobre diversas unidades administrativas, evidenciando de forma palmaria la continuidad del fenómeno urbano por encima de las demarcaciones jurídicas.17

III.B. La continuidad del espacio construido

Los fundamentos del segundo grupo de ejercicios de delimitación son, precisamente, las consideraciones morfológicas. Así, se trata de determinar —a partir de la interpretación de la cartografía, la fotografía aérea o la imagen satélite— la extensión sobre la cual el espacio construido se sucede sin solución de continuidad. Es este un criterio cuya principal virtud reside en la sencillez y en su fácil generalización en contextos diversos, que posibilita su aplicación por encima de las peculiaridades del ordenamiento administrativo y la especificidad de los sistemas estadísticos. Un intento reciente de delimitación de las ciudades europeas a partir de criterios morfológicos es el Atlas of European Agglomerations, compilado por NUREC.18 En él se delimitan cerca de 300 aglomeraciones urbanas de los países de la Unión Europea, aplicando los criterios morfológicos con las concreciones siguientes:

a) Para quedar integrado en una misma aglomeración de espacio construido no debe presentar soluciones de continuidad superiores a los 200 metros de suelo no urbano; b) Cuando el 50% de la población de un municipio se encuentra en el interior de un continuo se engloba en este el municipio entero; c) Es preciso un umbral mínimo de 100.000 habitantes para tomar la aglomeración en consideración.

Diversos centros de estudio y servicios estadísticos europeos se proponen avanzar en proyectos similares.19 Ahora bien, resulta clara de nuevo la incapacidad de este tipo de ejercicios para abrazar la complejidad del fenómeno urbano contemporáneo: hoy las dinámicas urbanas integran funcionalmente espacios construidos que no tienen continuidad física entre ellos y, a menudo, se encuentran incluso a muchos kilómetros de distancia. Por otra parte, la creciente reivindicación de los espacios abiertos (los parques naturales, los espacios fluviales, las reservas de suelo) como elementos estructurales y estructurantes de la ciudad casa mal con este tipo de definición, basada, sobre todo, en el espacio construido.

III.C. Las áreas funcionales

La delimitación de las realidades urbanas atendiendo a criterios funcionales de movilidad parte, en cambio, de la definición del espacio urbano como una red de relaciones. En efecto, la movilidad de las personas, el movimiento de las mercancías y los flujos de información tejen redes sobre el territorio, integrando espacios que, como decíamos, no tienen a menudo continuidad física. Estas redes presentan distintas intensidades de flujo en cada una de las partes de su malla. Así, si se toma el grado de interrelación entre dos áreas como indicador de pertenencia a una misma realidad urbana (y se hacen coincidir los puntos más bajos de interrelación con los puntos de ruptura) se pueden delimitar espacios urbanos a partir del estudio de las redes de relación.20

Sin embargo, esta delimitación es también necesariamente problemática, ya que cada función urbana (la movilidad laboral, los desplazamientos por compras, los intercambios de mercancías) tiene un espacio (o espacios) propio que, además, varía en el tiempo. La ciudad, pues, más que una red, es una red de redes de geometría variable. Las delimitaciones funcionales han de ser por lo tanto necesariamente restrictivas y suelen tomar en consideración una sola función. Las más habituales son las referidas a la movilidad laboral, la cual es utilizada en los Estados Unidos como uno de los criterios estadísticos de delimitación de las áreas metropolitanas desde los años cincuenta.

En Europa, los trabajos más conocidos son los dirigidos, respectivamente, por Paul Cheshire y Leo van den Berg, que han llevado a la definición de las Functional Urban Regions, utilizadas a menudo en los estudios comparativos sobre la red urbana europea.21

III.D. La estructura económica y las formas de vida

Existe aún la posibilidad de delimitar áreas urbanas en función de la estructura económica y/o los hábitos y condiciones de vida de la población. Por lo que se refiere a la estructura económica, se suele asociar la presencia de un alto porcentaje de población activa en el sector primario a ruralidad. Asimismo, se ha afirmado que la existencia de bajas rentas medias per cápita, la dificultad de acceder a determinados servicios y la persistencia de ciertos hábitos y estructuras familiares serían indicadores de ruralidad.

Sin embargo, la mecanización de la agricultura y la integración del territorio han comportado que, en el conjunto de Europa Occidental, muchas áreas consideradas tradicionalmente como rurales se hayan convertido en vastas áreas de servicios, con un porcentaje bajísimo de población activa agraria y una preponderancia absoluta de la ocupación terciaria.

De la misma forma, los niveles de renta de las áreas consideradas rurales se han diversificado y los hábitos, valores y condiciones de vida tienden claramente a homogeneizarse con los del resto del territorio.22 Estos indicadores han perdido así buena parte de su utilidad y si se utilizan es, en todo caso, como complemento de otras variables de tipo físico o funcional.

Hay, sin embargo, una aproximación más rica y sutil que la estructura sectorial a la hora de tratar de definir la ciudad desde una perspectiva económica: su consideración como artefacto productivo complejo que gracias a la acumulación de actividades permite aumentar la eficiencia y reducir los costes.

Estas externalidades positivas generadas por la ciudad se derivarían no sólo de la proximidad física —que permitiría ahorrar costes de transporte e intermediación— sino que procederían sobre todo de la difusión entre individuos y empresas de un determinado know-how colectivo, de un conjunto de técnicas y de ideas que se transmiten y mejoran continuamente. Es el «aire de la ciudad» de que habló Alfred Marshall: «Cuando una industria ha escogido una localidad para asentarse, es probable que se quede en ella largo tiempo: así de importantes son las ventajas que los que practican el mismo oficio calificado derivan de su mutua vecindad. Los misterios del oficio dejan de ser misterio. Es como si flotaran en el aire y los niños aprenden inconscientemente muchos de ellos».23

Y es a partir de aquí que Andreu Mas Colell afirma: «El fondo de comercio de una ciudad bien formada yace en la urdimbre interactiva de su capital humano, en el aire de la ciudad. Los portadores de habilidades específicas se atraen entre sí y se apoyan mutuamente de tal forma que hace difícil que la estructura global se tambalee por el flujo y reflujo de las decisiones individuales. Estas serían en definitiva las razones de la solidez inherente de las ciudades. Es una concepción económica del hecho ciudad que, me atrevo a pensar, mantiene cien años después su validez básica».24

Ahora bien, la ciudad compacta ha ido perdiendo progresivamente la exclusividad en la generación de este tipo de dinámicas económicas. Más aún, los estudios que sobre la base de estos conceptos se han realizado en Europa (a partir sobre todo del trabajo seminal de Arnaldo Bagnasco para la Terza Italia)25 muestran, precisamente, que hoy en muchos casos estas dinámicas se desarrollan mejor en ámbitos de poblamiento relativamente difuso, con una alta presencia de pequeñas y medianas empresas, que en los grandes centros metropolitanos surgidos de la producción fordista y la gran empresa. Hoy, la ciudad del «distrito industrial» tiende a ser también un espacio urbano extendido sobre el territorio y de límites flexibles.26

iii.E. Los servicios y su jerarquía

Finalmente, desde la perspectiva no ya de la producción sino del consumo se ha querido definir e identificar la ciudad en relación a los equipamientos y servicios. Así, la jerarquía de las funciones que radican en un territorio (por ejemplo, el nivel de especialización y diversificación de los servicios) ha sido a menudo empleada, a partir de los trabajos de Walter Christaller y sus seguidores, como criterio para fijar el umbral a partir del cual una localidad puede ser considerada ciudad y cuál es su ámbito de influencia.27

La relación de este tipo de definición con el de áreas funcionales de movilidad es evidente y su crítica ha de responder necesariamente a las cuestiones planteadas más arriba. En efecto, por un lado —como ya se ha dicho— cada función se asocia a un ámbito diverso, de manera que habría, en principio, tantas delimitaciones posibles como funciones presentes. Y, por otro lado, el desarrollo de las comunicaciones y las telecomunicaciones ha debilitado los vínculos unívocos de jerarquía, en el sentido que un mismo territorio depende hoy de una multiplicidad de centros.

Así, como ha explicado Giuseppe Dematteis, las nuevas tendencias localizativas de equipamientos y servicios implican que, a escala local, los centros de un sistema urbano «tienden a sustituir las relaciones de dependencia jerárquico-funcional por relaciones de complementariedad».28 Se habría pasado así de las redes christallerianas jerárquicas, basadas en localidades centrales de carácter puntiforme, a sistemas urbanos reticulares, los cuales, si son considerados «en su conjunto, permiten encontrar la composición funcional completa que el modelo christalleriano atribuye al centro de orden más elevado comprendido en la red».29 Estas redes podrían ser, al menos teóricamente, delimitables atendiendo a su nivel de autocontención. Pero el estudio de la realidad nos devuelve al punto de partida: «…En los hechos, una delimitación tal [la de los sistemas urbanos reticulares] es mucho más problemática. En las realidades territoriales más evolucionadas, como en la franja media de la Lombardía, las «retículas» tienden a fundirse entre ellas en una trama continua que hace casi imposible su delimitación territorial».30

Vemos pues que los cinco grupos de criterios analizados (jurídicos, morfológicos, funcionales, económico-productivos y de servicios) presentan —a pesar de las virtudes inherentes a cada uno de ellos— importantes problemas en su utilización como instrumentos taxativos para la delimitación urbana. No hace falta decir que estos grupos de criterios pueden aún combinarse entre ellos dando lugar a definiciones más complejas del espacio urbano. Entre éstas la más conocida es la definición de las Standard Metropolitan Statistical Areas en los Estados Unidos de América, definición que combina elementos de orden jurídico-administrativo, demográfico, morfológico y funcional.31 Pero por más que aumentemos la complejidad técnica de la definición,32 un hecho se mantiene inmutable: la discusión sobre los límites urbanos es hoy una cuestión irresoluble de forma unívoca desde una perspectiva científica.

Podríamos, claro está, circunscribir normativamente el problema y delimitar el espacio a través de criterios parciales como los que se han descrito. Con ello tendremos ámbitos operativos y útiles, quizás, para el tratamiento de determinadas cuestiones (el planeamiento urbanístico, la gestión de los transportes, la recaudación de tributos…). Pero, como hemos escrito en alguna otra ocasión, estos ámbitos no responderán a lo que la ciudad es, sino a aquello que, de acuerdo con nuestros intereses y objetivos, queremos que la ciudad sea.33

A nuestro entender, pues, más que tratar de definir la ciudad en abstracto, lo importante es entender el proceso de urbanización. David Harvey lo plantea en estos términos: «Pienso que es importante reconceptualizar la cuestión urbana no como el problema de estudiar unas entidades casi naturales, llámense ciudades, suburbios, zonas rurales o lo que sea, sino como algo de esencial importancia en el estudio de procesos sociales que producen y reproducen espaciotemporalidades que son a menudo de tipo radicalmente nuevo y distinto».34 Así, «…El proceso de urbanización ha de ser entendido no en términos de una entidad socio-organizativa llamada «la ciudad» (el objeto teórico que tantos geógrafos, demógrafos y sociólogos erróneamente suponen), sino como la producción de formaciones espaciotemporales específicas y muy heterogéneas imbricadas dentro de distintos tipos de acción social».35

Enfocar el tema desde este punto de vista permite subrayar el carácter histórico de las formaciones espaciales y superar el debate sobre la relevancia de la cuestión urbana que ha ocupado por más de veinte años a buena parte de la sociología crítica contemporánea.36 Podremos así concluir que la dualidad campo/ciudad estaba asociada, como toda formación espacial, a determinadas estructuras sociales y a coyunturas históricas concretas. Aquellas coyunturas han desaparecido y continuar utilizando esta dualidad como categoría de descripción y análisis es un anacronismo: sería como obstinarse en mantener la vieja división sectorial de Colin Clark para analizar la estructura económica de la sociedades contemporáneas.

En el tiempo de la ciudad difusa, ¿qué utilidad puede tener, pues, el concepto de ciudad? Puede ser útil ciertamente como instrumento para el análisis histórico, es decir, para el estudio de las formaciones sociales preexistentes cuyo legado condiciona y mediatiza las transformaciones hoy en curso. Más adelante trataremos de demostrar también el interés del concepto para el diseño de proyectos sociales y políticos de futuro. Pero, como se ha tratado de explicar, en el análisis de la sociedad contemporánea aquello que resulta fundamental no es la definición de la ciudad en abstracto sino la comprensión del proceso de urbanización en una doble vertiente: por un lado, a partir del examen de los procesos sociales que impulsan —y son impulsados por— el proceso de urbanización; y, por otro lado, con el estudio de las repercusiones de este proceso sobre el conjunto del territorio. Como hemos visto, una de las principales de estas repercusiones es, en la actualidad, la integración del espacio a través de redes de relación (de producción, de intercambio, de consumo) cada vez más complejas. La utilidad del concepto «ciudad difusa» es, precisamente, la de definir un momento en este proceso histórico: aquel en el que las redes de relación abarcan ya la totalidad del territorio y hacen, de todo el territorio, ciudad.

iv. la ciudad difusa: la ciudad de los confines

Ahora bien —«fair is foul, and foul is fair»— esta ciudad difusa, esta ciudad indelimitable y sin confines, es también la ciudad de los confines. Confines y divisorias que son, en primer lugar, sociales y funcionales y, en segundo lugar, políticas y administrativas.

En efecto, contra aquello que alguna vez se ha afirmado, el paso del crecimiento intensivo al desarrollo extensivo del espacio urbano no se traduce necesariamente en una mayor igualdad de oportunidades para los ciudadanos a la hora de acceder a la renta, los equipamientos y los servicios. Es cierto que el proceso de difusión de la ciudad sobre el territorio puede tener en este campo efectos que resultan sin duda positivos. Los principales de entre ellos son la disminución de las densidades en las áreas urbanas centrales y la progresiva homogeneización relativa en la dotación de lugares de trabajo, equipamientos, infraestructuras y servicios sobre el territorio.37 Ahora bien, diversos autores han creído ver detrás de este proceso no una desaparición de las tendencias hacia la especialización funcional y la segregación social en los espacios urbanos sino el mantenimiento de éstas bajo nuevas formas.38

Tomemos, por ejemplo, el caso del poblamiento. Como es sabido, uno de los rasgos característicos de la difusión de la ciudad sobre el territorio es la salida de contingentes significativos de población desde las áreas más densas y pobladas de los sistemas urbanos hacia áreas vecinas de poblamiento más difuso. Este fenómeno —como se ha dicho— comporta una disminución de las densidades en las áreas centrales que, en principio, puede ser considerada un requisito para la mejora de las condiciones de vida en muchas metrópolis europeas y, en particular, mediterráneas. Ahora bien, al ser reguladas en buena parte por el filtro de los mercados del suelo y la vivienda, estas migraciones no afectan a todos los grupos sociales por igual. Así, quienes se desplazan son, sobre todo, jóvenes con niveles de ingresos y formación superiores a la media y con capacidad de satisfacer sus necesidades de vivienda fuera de las áreas centrales. El efecto de esta salida de grupos medios es fácil de colegir: si las antiguas periferias metropolitanas ven aumentar, en términos generales, su renta media per cápita, la ciudad central ha de enfrentarse a los riesgos de la polarización social. Las viejas divisorias sociales en grandes unidades (centro vs. periferia metropolitana) dan paso así a un calidoscopio mucho más complejo donde las barreras no desaparecen sino que se multiplican, encerrando ahora unidades más pequeñas. Unidades en las que, a menudo, la tradicional segregación por motivos de renta se ve reforzada por la estructura de edades y la composición étnica de la población.39

De la misma manera, es evidente que actividades productivas y servicios se difunden hoy sobre el territorio. Esto tiene también, sin duda, efectos positivos: la dispersión de la ocupación sobre el territorio y la homogeneización relativa en la dotación de servicios. Ahora bien, estos movimientos no afectan por igual a todas las actividades económicas y son distintos los comportamientos de la industria de alto y bajo valor añadido, del terciario estratégico y de los servicios a las personas. Así, el territorio de la ciudad difusa, además de conocer nuevas formas de segregación social, presenta nuevos tipos de especialización funcional.40

No es este el lugar para analizar las consecuencias de estas tendencias (la aparición de nuevas jerarquías urbanas, el consumo de suelo, la exacerbación de la movilidad...). Si las mencionamos es para recordar, con Francesco Indovina, que al estudiar los problemas de la ciudad difusa «no es indiferente, en modo alguno, analizar qué es lo que se difunde y qué es lo que se concentra». Y, sobre todo, para mostrar cómo las viejas barreras (límites, confines...) perduran en la nueva realidad urbana bajo formas diversas.41

En este contexto, la fragmentación de los espacios urbanos en un gran número de niveles y unidades administrativas es, al mismo tiempo, causa y reflejo de las divisiones económicas y sociales. En efecto, como se enunciaba al inicio, la difusión de las dinámicas urbanas sobre el territorio ha comportado la incorporación en un mismo espacio urbano de una multitud de unidades administrativas, correspondientes a entidades de poblamiento que habían tenido una vida relativamente autónoma. Por otra parte, la creciente complejidad de la gestión de los servicios y equipamientos urbanos ha conllevado en muchos lugares la creación de estructuras administrativas sectoriales ad-hoc. Finalmente, en diversos países se ha favorecido conscientemente —por razones políticas: para aplicar determinadas políticas e imposibilitar otras— la fragmentación administrativa de los ámbitos metropolitanos.42

Años atrás estudié la estructura administrativa de las grandes ciudades en los Estados Unidos de América;43 me admiraba entonces al ver que en el interior de una misma SMSA se encontraban centenares, y en ocasiones hasta algún millar, de unidades administrativas: 531 en Nueva York, 698 en Pittsburgh, 1.172 en Chicago... Hoy la realidad de las regiones metropolitanas de París, Milán o Barcelona (esta última con 204 entes locales pertenecientes a 5 niveles administrativos sobre un exiguo territorio de 3.200 km2) no se encuentra ya tan lejos del modelo norteamericano: en la mayoría de los casos, la ciudad europea de hoy es, desde el punto de vista administrativo, un espacio triturado, opaco y conflictivo.44

El impacto de la fragmentación administrativa de la ciudad sobre las dinámicas urbanas ha sido objeto, como es bien sabido, de una abundantísima literatura. El mecanismo básico fue enunciado ya hace años por Ronan Paddison: «A priori, cuanto mayor sea el número de límites jurisdiccionales en una determinada área, más fácil será que las externalidades positivas y negativas se ‘escapen’ a través de las unidades administrativas».45

En efecto, la proliferación de unidades administrativas se traduce a menudo en la existencia de diversas presiones fiscales en espacios urbanos contiguos. Esto, en principio, posibilita que en el momento de definir su lugar de residencia los ciudadanos (y las empresas) puedan escoger entre distintas «ofertas» de impuestos y servicios locales.46 Ahora bien, es sabido que la posibilidad de escoger residencia está condicionada por diversos factores, el primero de los cuales es, sin duda, la renta disponible. Así, las familias con más capacidad económica podrán establecerse en municipios socialmente homogéneos donde, a cambio de una presión fiscal relativamente baja, disfrutarán de buenos servicios y equipamientos locales, sin perder, al mismo tiempo, la posibilidad de gozar de servicios de ámbito metropolitano típicamente localizados en el municipio central del área urbana. Es el tema de los «free riders», ampliamente estudiados sobre todo para las realidades anglosajonas.47

De la misma forma, empresas y corporaciones se pueden valer de la fragmentación administrativa para conseguir de unas autoridades locales en competencia entre sí mejores servicios a cambio de impuestos más bajos, sin que la capacidad de éstas para captar el retorno en favor de la comunidad local resulte siempre evidente. Así, la configuración del mapa administrativo de la ciudad tiene repercusiones también sobre la distribución de las rentas entre capital y trabajo. Tal como escribió Ann Markusen: «Si los intereses capitalistas consiguen transferir diversos costes de producción hacia el presupuesto local y escapan a los impuestos que hace falta pagar por ellos, pueden ampliar con éxito sus beneficios a expensas de los asalariados. Esto tiene la apariencia de una pugna sobre los recursos para el consumo colectivo y no sobre los retornos de la producción, pero es esencialmente el mismo conflicto. En vez de acontecer en el interior de la empresa, el conflicto tiene lugar en la arena política local».48

Las muestras de cómo la fragmentación administrativa acompaña y favorece las divisorias sociales en la ciudad difusa podrían alargarse más y más: con los problemas que ésta plantea para el planeamiento urbanístico integrado, con las dificultades que pone para la práctica de políticas sociales redistributivas en un mismo espacio urbano, con la dinámica que imprime a la política local, etc. La especialización funcional, la segregación social y la fragmentación administrativa se alimentan mutuamente para levantar y reforzar un laberinto de confines en la ciudad sin confines.

v. la ciudad ilimitada y la ciudad futura

Las consecuencias de la paradoja que hemos explorado sobre la calidad de vida de la población no son, en modo alguno, insignificantes. La indefinición de los límites de los espacios metropolitanos y la proliferación de divisiones administrativas en su interior contribuyen poderosamente, como hemos visto, a las tendencias espontáneas de diferenciación social de los espacios urbanos. De ello se derivan también dificultades para la financiación, la coordinación administrativa y el diseño de un planeamiento urbanístico efectivo. Estas dificultades comportan, a su vez, problemas para hacer frente a los desafíos funcionales y a las dificultades para la sostenibilidad ecológica que las nuevas formas de desarrollo urbano plantean. Otros costes son aún los que se derivan de la pérdida de eficiencia administrativa y legitimidad democrática de unos entes locales que se corresponden cada vez menos con el espacio de vida de los ciudadanos.

Así, administrativamente fragmentada, la ciudad difusa es no sólo la red relacional de la que hemos hablado, sino también una malla apta para capturar a los más débiles mientras permite escapar a los poderosos. Los versos de la obra en la que Bertolt Brecht representó —como en una parábola— el ascenso y la caída de la ciudad capitalista vienen aquí a la memoria:

«¡Fundemos una ciudad, en este lugar,

y se llamará Mahagonny,

que significa «Ciudad-red»!

Será como una red

tendida a todos los pájaros comestibles.»

Para aprovechar las potencialidades y hacer frente a los problemas que el desarrollo difuso de la ciudad plantea hay que superar esta situación. Y hay que superarla dotándose de un proyecto colectivo capaz de ordenar el desarrollo urbano en beneficio de la mayoría de la población.49 En otros lugares, he tratado de enunciar cuáles deberían ser, a mi entender, las principales líneas de un proyecto de este tipo.50 No nos detendremos en ello ahora. Recalquemos sólo que de lo que se trata es de afirmar —frente a los espacios urbanos ineficientes, segregados e insostenibles que se derivarían de una actuación irrestricta de los agentes privados— la necesidad de un diseño, un planeamiento y una estrategia colectiva. Diseño, planeamiento y estrategia que deben ser tanto sociales y económicos como ambientales y urbanísticos.

Faltos de este diseño colectivo, democráticamente definido y aplicado de acuerdo con los intereses mayoritarios, nuestros espacios urbanos no serán ciudades. Serán, más bien, mosaicos de parcelas social y funcionalmente especializadas, yuxtapuestas sin otro principio ordenador que el de la renta urbana y el privilegio social. Conformarán así conjuntos inviables desde el punto de vista ecológico, inmanejables desde el punto de vista funcional y conflictivos desde el punto de vista social. El desarrollo reciente de algunas de las grandes áreas urbanas de los Estados Unidos de América provee indicios respecto hacia dónde puede conducir, en una sociedad avanzada, un desarrollo urbano de este tipo, sometido de forma abrumadora al dictado de los intereses privados:51 huérfanos de un proyecto colectivo que los regule, los espacios urbanos devienen conjuntos en los cuales la vida en común, que ha sido el legado más positivo de la ciudad, se hace imposible.

La ciudad ilimitada sólo será, pues, ciudad si incorpora un proyecto de ciudad futura. «Città futura» en un sentido gramsciano, es decir, un proyecto de transformación social en beneficio de la mayoría de la población. Este proyecto, como decíamos, no puede centrarse solamente en la transformación física de la estructura urbana. Si hemos definido más arriba la ciudad como el resultado de un proceso —como la expresión física de un momento histórico del proceso de urbanización—, resulta claro que para mejorarla hay que actuar sobre los mecanismos que se encuentran en la base de este proceso. La transformación física del espacio es un factor importante en este proyecto de mejora, ya que, como hemos visto, la configuración del territorio es al mismo tiempo elemento resultante y elemento condicionante de los procesos sociales que en él tienen lugar; es decir, que en el espacio, «las formas creadas […] se vuelven creadoras».52 Pero además de actuar sobre la forma urbana se deberá intervenir también, y quizás en primer lugar, en otros campos decisivos, y, en particular, sobre la organización de la producción y el consumo.

Uno de los principales requisitos para dotarse de un proyecto de este tipo es adaptar las estructuras políticas y administrativas a los requerimientos que las nuevas dinámicas territoriales y sociales plantean. Esto debe hacerse —se está haciendo ya en algunos casos— a todas las escalas: de la planetaria a las continentales, las regionales y las locales. A escala grande —sobre territorios pequeños, pues—, el reto principal es dotar los espacios urbanos de mecanismos de gobierno democrático que, sin destruir las identidades locales ni anular la riqueza que se deriva de las prácticas sociales, permitan planificar y gestionar unidades significativas del territorio, regiones metropolitanas enteras.

Y para establecer estos mecanismos de gobierno se debe proceder necesariamente a delimitar espacios urbanos. Esta delimitación no debe, a nuestro entender, tratar de recrear las desaparecidas barreras entre ciudad y campo. Hemos visto cómo, a lo largo de la historia «[…] la ciudad existe en tanto que hay una no ciudad que la rodea, creada por ella misma con tanta o más precisión que el espacio central, la ciudad negada, periferia, borde, alfoz, suburbano, arrabal o extramuros. La línea que separa estos dos espacios señalando el ‘hasta dónde’ y ‘desde dónde’ de sus normas, leyes y ordenanzas, resume mejor que ningún otro elemento la idea de ciudad deseada, al excluir o rechazar de forma expresa lo que en cada momento […] se considera como no ciudad».53 Pues bien, en tiempos de la ciudad difusa, es decir, cuando las dinámicas urbanas integran todo el territorio, los límites administrativos no deben separar ya «ciudad» y «no ciudad», sino espacios urbanos centrífugos (formados por espacios construidos y espacios abiertos, por áreas centrales y áreas periféricas, por sistemas generales y sistemas locales) a los que el sustrato histórico, las dinámicas sociales y la escala de las intervenciones aconsejan dotar de distintos proyectos de «ciudad deseada». Una delimitación de este tipo, como resulta de aquello que se exponía en los apartados anteriores, ha de ser forzosamente normativa, voluntaria. Es difícil expresarlo mejor que José Manuel Naredo: «Recalquemos que la delimitación y la relación entre lo de ‘fuera’ y lo de ‘dentro’ de ese espacio pretendidamente ordenado que es la ciudad, no son el resultado de ninguna evidencia geométrica o territorial concreta, sino de las propias ideas de los ciudadanos. Y siendo la ideología el vehículo espontáneo de nuestro pensamiento y de buena parte de nuestras reacciones, hemos de someterla a reflexión, si queremos modificar sus incidencias territoriales. Pues ya hemos apuntado que no basta para ello con recurrir a ese pensamiento dirigido que es la ciencia, mientras permanezca prisionero del statu quo mental e institucional que se trata de modificar».54 Es decir, para hacer frente a los retos planteados por el desarrollo de la ciudad difusa hace falta un proyecto colectivo, y este proyecto ha de incorporar necesariamente —como premisa, como medio y como resultado— una delimitación del espacio urbano.

Ahora bien, como hemos visto, esta delimitación no se deriva hoy fácilmente de las dinámicas territoriales. No importa: es bien sabido que ya los romanos diferenciaban entre urbs (el espacio construido de la ciudad) y civitas (la organización social y política). Será necesario, pues, hacer un ejercicio de geografía voluntaria. Un ejercicio de reflexión y acción colectiva en el que la mayoría de los ciudadanos, de acuerdo con sus intereses y su espacio de vida, establez- can los límites dentro de los cuales quieren desarrollar un proyecto de vida urbana en común.

La existencia de intereses sociales contrapuestos y, a menudo, contradictorios hará que esta definición —como la de cualquier delimitación administrativa— sea problemática y, eventualmente, conflictiva. Toda división administrativa del territorio —con su correspondiente ordenamiento de competencias y funciones— implica una visión y un diseño de futuro, un proyecto político. Establecer pues un determinado ordenamiento implica no sólo delimitar el territorio sino también delimitar las opciones de desarrollo futuro.

Para beneficiar a la mayoría de la población, esta doble delimitación —física y política— deberá hacer posible, como mínimo, la vertebración del espacio urbano, la defensa del derecho de todos los ciudadanos a disfrutarlo, su eficiencia funcional y su calidad ambiental. Y al mismo tiempo, esta definición de límites no deberá implicar, en modo alguno, la imposición de barreras que quieran hacer de cada espacio urbano un ámbito cerrado sobre sí mismo, un marco excluyente e insolidario; al contrario, en un contexto planetario cada vez más integrado, todo nuevo proyecto urbano habrá de asegurar la apertura del territorio que abarca, facilitando la convivencia de los ciudadanos en la diversidad y promoviendo la integración y cooperación con otros territorios a todos los niveles de escala.

La difusión y aceptación —por lo menos teórica— de los principios de representatividad, solidaridad, federalización y subsidiariedad como bases para el ordenamiento administrativo son elementos que apuntan, en principio, en la buena dirección. Sin embargo, sería necesario un gran impulso colectivo para imponerlos y concretarlos, y su implantación deberá producirse, para ser efectiva, en el contexto de una transformación progresiva del conjunto de mecanismos en los que se ha basado, hasta ahora, el proceso de urbanización. Sólo si existe este impulso colectivo podremos, en el futuro, hablar propiamente de ciudades en un mundo de ciudades. Esta es la razón por la cual, a mi entender, hay que dar nuevos confines a la ciudad sin confines.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

¿Ciudades difusas?

ORIOL BOHIGAS EL PAÍS 06/02/2008

La Diputación de Barcelona, a través de su Observatorio Territorial, está publicando en estos últimos años algunos trabajos de investigación urbanística oportunos y cualificados. Desde 2002 han salido a la luz los diversos títulos de la colección Territorio y Gobierno: Visiones y en 2007 se inició Estudios, que incluye la serie Territorio. El primer volumen es La ciudad de baja densidad. Lógicas, gestión y contención, un conjunto de textos coordinados por Francesco Indovina, procedentes de un curso del Centre Ernest Lluch de noviembre de 2004.

La dispersión es un fenómeno urbano que se ha convertido en un virus mortal para las esencias sociales de la ciudad

No hay duda de que la dispersión urbana es uno de los fenómenos más contradictorios de la ciudad reciente. ¿Por qué se mantiene y aumenta continuamente esa tendencia hacia la ciudad difusa, la extensión desordenada más allá de sus límites naturales, sus murallas, fuera de la cohesión y la compacidad que la tradición urbana había establecido? No hay duda de que esa dispersión tiene unos elevados costes económicos, ambientales y, sobre todo, sociales. Porque no se trata sólo del despilfarro de suelo o de la multiplicación excesiva de servicios y flujos circulatorios. Se trata, sobre todo, de la pérdida de los valores sociales de la urbanidad, de la eliminación de las bases colectivas y cohesionadoras de la ciudad. En algunos capítulos del libro que comentamos se analizan estos costes y se comprende que son objetivamente insostenibles con los recursos económicos disponibles. La ciudad dispersa es, en principio, una ciudad imposible, pero, paradójicamente, no sólo existe en todas partes, sino que se produce con una intensidad creciente desde hace 50 años. Es una realidad en ciudades y países muy distintos, lo cual hace pensar que hay razones profundas y complejas que la justifican en términos muy esenciales. En diversos textos del libro se intentan algunas explicaciones a este fenómeno. Indovina resume así el tema:


"En definitiva, este es el circuito:

  1. desarrollo económico (industrial) de la ciudad,
  2. emigración del campo a la ciudad,
  3. crecimiento de la densidad,
  4. aumento de los precios inmobiliarios
  5. y predisposición del campo a dejarse urbanizar

constituyen los ingredientes que dieron origen a una transformación del territorio que ya no se ha detenido". Pero a estos elementos -propios de la lógica del crecimiento en el auge de un cambio productivo-, se añaden otros factores, como pueden ser

  1. los cambios de formas de vida,
  2. la mitología de la segunda residencia,
  3. la avasallante especulación territorial,
  4. las facilidades de un transporte aparentemente rápido,
  5. el populismo político y vecinal que acaba logrando las infraestructuras aparentemente urbanizadoras,
  6. las necesidades de grandes superficies productivas que sólo son posibles en el espacio fuera murallas
  7. o la imposibilidad de que la industria fraccionada absorba los costos especulativos del suelo dentro de las murallas.

La cuestión fundamental es, no obstante, decidir -o, en este caso, sugerir a partir del análisis sociológico- qué política se podría adoptar para conseguir la reurbanización, es decir, una nueva calidad urbana para esa dispersión suburbial. Para ello hay dos puntos de partida radicales:

  1. el de los que creen que la única solución es volver a meter a la ciudad dentro de las murallas, imponer el diseño de la coherencia y la compacidad
  2. y, enfrente, el de los que creen que la situación, en manos del mercado, es ya irreversible y que no hay más solución que aceptar -e incluso favorecer- ese nuevo tipo de ciudad, apoyándola e incluso favoreciéndola con servicios y estructuras, asumiendo colectivamente los costes elevadísimos.

Pero, entre extirpar y favorecer, la mayor parte de autores de los textos se deciden a favor del corregir, con la doble aceptación contradictoria de que el fenómeno es nefasto pero irreversible, permanente pero corregible.

Como suele ocurrir en la mayoría de textos teóricos sobre urbanismo, los resultados prácticos son de eficacia muy discutible. Al fin, incluso, la voluntad de corregir implica la aceptación acrítica de una injusticia social implantada con el señuelo de una felicidad prefabricada por la propaganda consumista y por los intereses especulativos. Corregir es, en parte, aceptar y, quizá, rendirse. Es aceptar que el suburbio no puede ser más que el resultado del fomento de una sociedad suburbial, una sociedad coherente con la permanente contradicción entre bienestar y malestar. Es decir, la corrección no va a resolver el problema, sino aplazarlo, esperando cambios más revolucionarios e intransigentes. Pero, sea como sea, el conjunto de textos incluidos en La ciudad de baja densidad son unos estudios magníficos sobre un fenómeno urbano paradójico que se ha convertido en un virus mortal para las esencias sociales de la ciudad europea.

domingo, 2 de noviembre de 2008

La crisis del césped en Estados Unidos.

Fuente:http://www.lavanguardia.es/lv24h/20081026/53566592471.html

Obama gana enteros en las urbanizaciones que antes votaban republicano

El nuevo 'patio man' vive en una casa de la periferia que cada vez vale menos | La sequía y la crisis acaban con el césped en las zonas desérticas del Oeste

Andy Robinson | LA VANGUARDIA, Las Vegas. Enviado especial | 26/10/2008 |

En las urbanizaciones valladas de Summerlin, en las afueras de Las Vegas, se ven todos los síntomas de la crisis suburbana americana.

Muchos carteles de "Foreclosure (embargada), propiedad del banco". Todoterrenos chupagasolinas y McMansiones sobredimensionadas. Bancos con drivein de las firmas quebradas Wachovia y Washington Mutual, que solo recuerdan el lamentable estado del plan de pensiones.

Pero la prueba concluyente de que la urbanización norteamericana ya no es lo que era son los jardines. No hay hombres cincuentones regando, ni trabajadores mexicanos montados en máquinas cortacésped. En Summerlin - como en todo Las Vegas-, desaparece el esencial componente de la estética suburbana estadounidense: el césped.

Urbanización by machbel.


Tras una larga sequía en una región gravemente afectada por el cambio climático, el departamento de Agua del sur de Nevada ha prohibido el césped en construcciones nuevas . "No estamos en Inglaterra, sino en el desierto del Mojave y debemos cambiar nuestra cultura", sentencia Kay Brothers, responsable de ingeniería del departamento.

Son palabras subversivas. Desde finales del siglo XIX, el césped se ha considerado una señal de civilización, comunidad y, ante todo, de conformismo en el Estados Unidos de urbanizaciones.

Hay 130.000 kilómetros cuadrados de césped en jardines y campos de golf, según un estudio de la NASA, más de cuatro veces la superficie de Catalunya. Los estadounidenses gastan 40.000 millones de dólares al año en el mantenimiento de sus céspedes, tarea obligatoria con pena de ostracismo en muchas comunidades. Betty Perry, una mujer jubilada de 70 años -ahora conocida como Lawn Lady (Señora Césped)- fue detenida el año pasado cuando dejó de regar el jardín de su casa en Utah.

En las nuevas ciudades urbanización del oeste interior que rodean Las Vegas, Phoenix , Salt Lake City o Denver, el césped es un desafío a la naturaleza. Traga 2.500 litros de agua por metro cuadrado al año. Y en estos momentos, es un lujo de una cultura urbana que Las Vegas no puede permitirse. Queda claro al contemplar el gigantesco pantano Lake Meade que abastece la ciudad. Con menos nieve en las sierras del noroeste, el río Colorado baja con menos caudal y el nivel de agua en el pantano ha bajado unos 30 metros en diez años.

El golf, otro emblema de la vida en urbanizaciones, también está amenazado. "Hemos prohibido tajantemente nuevos campos", dice Brothers. En el Angel Park Golf Course, uno de cinco de Summerlin, la arena ha sustituido al césped y carteles en los arroyos advierten: "¡Peligro: agua reciclada, evitad contacto!".

John McCain no ayudó a su causa en Las Vegas cuando -intentando atraer votos en Colorado- dijo que podría ser necesario renegociar el Compact del río Colorado, un acuerdo histórico sobre el reparto del agua entre los estados del oeste. California y -en cierta medida- Nevada son las grandes beneficiarias. Las Vegas, una ciudad en el desierto, cuya población se ha triplicado en 15 años, una expansión demográfica sin igual en EE.UU., no puede ni oír hablar de renegociación. "El Compact no se toca", dijo Brothers. McCain debió rectificar.

Summerlin - construido por la inmobiliaria del multimillonario Howard Hughes- es uno de aquellos exurbs de elevado crecimiento demográfico que fueron clave en la victoria de George Bush en el 2004. Cuatro años después, la epidemia de embargos de viviendas ya afecta a urbanizaciones de alto standing como Summerlin. En el Red Rock Country Club, con dos campos de golf, el banco es propietario de una mansión que vende por 1,49 millones dólares. "Antes, el 78% de los votantes de estas zonas estaban más blindados desde el punto de vista económico que los de las zonas urbanas; pero la crisis de la vivienda afecta más las áreas periféricas que las urbanas", explica Chris Niedt del Centro Nacional de Estudios Suburbanos.

La crisis del césped en un estado como Nevada, republicano pero donde Obama tiene posibilidades, puede resultar importante el próximo 4 de noviembre. Es la primera vez que dificultades económicas, energéticas y medioambientales golpean simultáneamente al hombre suburbano del oeste, el patio man, según el calificativo del sociólogo pop David Brooks: "Tiene una casa que vale cada vez menos en una urbanización relativamente nueva; ha aplazado la compra del nuevo coche y ni quiere mirar su plan de pensiones", ha escrito esta semana en The New York Times.Obama gana terreno en las urbanizaciones a pesar de que en sitios como Summerlin la gran mayoría de habitantes son blancos.

jueves, 15 de mayo de 2008

La ciudad dispersa

Fuente: http://www.xcosta.arq.br/atlas/debate/debat_frames.htm


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La ciudad dispersa

Giuseppe Dematteis grafic.gif (837 bytes) Alvaro Domingues grafic.gif (837 bytes) Ramón López de Lucio grafic.gif (837 bytes) Francisco Javier Monclús grafic.gif (837 bytes) Oriol Nel·lo grafic.gif (837 bytes) Francisco Pellicer grafic.gif (837 bytes) Nuno Portas grafic.gif (837 bytes) Salvador Rueda grafic.gif (837 bytes) Joan-Eugrafic.gif (837 bytes) geni Sánchez grafic.gif (837 bytes)

Los fenómenos de la suburbanización y la dispersión se abordan aquí desde distintas perspectivas y poniendo el acento en aspectos diversos, aunque estrechamente vinculados entre sí. Por un lado, las visiones más territoriales y metropolitanas consideran las dinámicas de expansión urbana y descentralización, enfatizando los aspectos estructurales de tipo económico, social y político. Otras aportaciones se plantean, en cambio, desde la dimensión medioambiental, poniendo de manifiesto la incidencia de dichos fenómenos en los ecosistemas urbanos, dada la ocupación indiscriminada de suelo y la des-estructuración de los sistemas naturales inherente a los mismos. El papel del planeamiento urbanístico y la ordenación del territorio se considera, por último, en las intervenciones más interesadas en las posibilidades de controlar unos procesos que, en los últimos años, conocen una aceleración más que notable, no sólo en el mundo anglosajón sino, también, en nuestras ciudades y conurbaciones urbanas mediterráneas.

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lunes, 3 de marzo de 2008

¡Abajo las murallas!

JORDI BORJA
EL PAÍS - 03-03-2008

El título corresponde al doctor Monlau, autor de la memoria manifiesto con el mismo título y uno de los principales representantes del movimiento ciudadano que forzó la demolición de las murallas en 1854. El Museo de Historia de la Ciudad realizó una magnífica exposición al cumplirse los 150 años de un hecho que permitió el posterior desarrollo orientado por uno de los proyectos fundacionales del urbanismo moderno, el Plan Cerdà. El año próximo se celebrará el 150º aniversario de este plan, que ha configurado a la ciudad actual. Y este año recordaremos, supongo, los 70 años de los bombardeos sobre Barcelona. Por otra parte, en la agenda política reaparece la creación de un gobierno metropolitano, como declaró la semana pasada el alcalde después de una visita a la capital del Estado. Hay una lógica en este recordatorio y una oportunidad en el actual momento político. A menos que las elecciones generales provoquen un terremoto político. ¡Dios no lo quiera! Bastante le deben de irritar nuestros obispos, que se han echado al monte, como para premiarles con una victoria electoral. Si el poder divino existe y lo permitiera, como dice Woody Allen, le sería muy difícil darnos una explicación convincente.Barcelona vive ahora también encerrada en sus murallas administrativas, murallas opresoras como los muros de antaño. Este encierro tiene un efecto perverso: la mayor potencia relativa de la ciudad central con relación a sus entornos la lleva a concentrar los equipamientos y servicios de excelencia, a tender a expulsar a los jóvenes y a los sectores populares, y al ombliguismo autosatisfecho. Y no olvidemos que la Barcelona municipio es en habitantes sólo la mitad de la ciudad compacta y un tercio de la región metropolitana. En consecuencia, contra lo que a veces se piensa, la inexistencia de un gobierno metropolitano y la debilidad o fragmentación de las políticas públicas en este ámbito perjudican mucho más al conjunto de Cataluña y especialmente a las periferias metropolitanas que a la ciudad central. La desconfianza atávica de los municipios del entorno frente al expansionismo barcelonés y de la Generalitat ante un poder metropolitano que podría representar a la mayoría de la población hoy nos parece que no estaría justificada. Y vamos a intentar explicarlo.

La ciudad se las arregla muy bien en su jaula dorada. Tiene capacidad para atraer inversiones y para externalizar problemas sociales y ambientales. La disolución de la Corporación Metropolitana en 1987 no impidió que la década siguiente fuera probablemente la más brillante de su historia moderna. Y ahora, en nombre de la equívoca proximidad su gobierno, tiende a un amable conservadurismo. Es cierto también que los municipios del entorno han afirmado su identidad, han multiplicado iniciativas transformadoras y han demostrado que es posible una ciudad metropolitana policéntrica. Pero su independencia es muy relativa. Las infraestructuras (la condición principal para el funcionamiento de la ciudad metropolitana) y los grandes proyectos urbanos son casi siempre plurimunicipales, afectan a competencias y requieren recursos de la Generalitat o del Estado, y en sus decisiones la ciudad de Barcelona, lógicamente, tiene mucha más capacidad de influencia que los otros municipios. El resultado de esta fragmentación política de la ciudad metropolitana es que se favorece un desarrollo excluyente en las áreas centrales e insostenible en las periferias menos densas. Los municipios entran en una competición de suma negativa en vez de una relación cooperativa y caen fácilmente en la tentación del nuevo rico, del urbanismo ostentoso cuyo ejemplo más reciente es la plaza de Europa: entre Barcelona y el aeropuerto se nos ofrece esta mala imitación de la Isla de Pascua en cemento.

Paradójicamente, cuanto más débil es la política metropolitana, más se multiplican los organismos supramunicipales.¿Para qué? A la treintena de municipios que componen la ciudad compacta (que, no lo olviden, ocupa una superficie inferior a la del municipio de Madrid) se añaden los perfectamente inútiles consejos comarcales, las opacas entidades metropolitanas de servicios (transportes, residuos, agua, etcétera), la casi clandestina mancomunidad, la silenciosa Autoridad Metropolitana del Transporte (¿oyeron su voz a lo largo de la crisis de cercanías?), el inactivo Consorcio Metropolitano de la Vivienda, etcétera. Incluso una iniciativa interesante y en la que hay una participación activa de la sociedad civil como es el Plan Estratégico Metropolitano no tiene quien recoja sus propuestas al estar huérfano de liderazgo político. Y un organismo técnicamente potente como Barcelona Regional no puede impedir la degradación del urbanismo fragmentado. Un gobierno metropolitano político, es decir, electivo (directa o indirectamente por parte de los consejos municipales), permitiría suprimir lo superfluo y dar sentido a lo necesario, redistribuir ingresos y promover proyectos articulados y coherentes. No solo daría más fuerza y eficacia al conjunto, sino también a cada uno de los municipios. Éstos tendrían una presencia igual o superior a la de la ciudad capital puesto que representarían a la mitad o más de la población. No abordamos ahora la cuestión de la veguería, un ámbito más propio de la Generalitat y de su relación con los municipios y que requiere resolver otro tema pendiente, el de las diputaciones provinciales.

Es frecuente oír que la Barcelona posolímpica se ha quedado sin proyecto. Es cierto, pero es que no puede tenerlo encerrada en sus murallas administrativas. La Barcelona ciudad solamente puede tener un proyecto si su gobierno corresponde a la realidad social y territorial. Entonces no sólo podrá tener un proyecto integrador, sino ejercer la capitalidad entendida como motor y emblema de Cataluña, buque insignia no solamente en sus relaciones con el resto de España, sino también en su proyección europea. Hoy toca construir la eurorregión y ésta se hará primero por medio de las ciudades, con Perpiñán, Montpellier y Toulouse, con Zaragoza y las capitales catalanas, con Valencia si quieren. Solamente una Barcelona liberada podrá impulsar este proyecto de futuro y por ende superar la fijación con Madrid. Un gobierno metropolitano no es hacer futurismo, sino pagar una deuda del pasado. El Plan Cerdà tenía ya como vocación recuperar el territorio del Consell de Cent, de Montgat a El Prat, suprimido después de 1714. Lo consiguió sólo en parte. El Plan Macià de 1932 tenía como referente este territorio. Las bombas de 1938 exigían una reconstrucción que era también una oportunidad que el plan comarcal de 1953 hubiera debido formalizar. La imperfecta Corporación Metropolitana tardó más de 20 años en crearse y fue disuelta en plena democracia, cuando hubiera debido perfeccionarse. Hoy nuevamente emerge la oportunidad. Esperemos que, superando egoísmos particularistas, los responsables políticos estén a la altura indispensable. La ciudad futura se construye en la periferia y ésta necesita poder.

jueves, 31 de enero de 2008

“La dispersió de la ciutat implica la no ciutat” Entrevista a Oriol Nel·lo

FONT: http://www.uv.es/metode/numero31/oriol.html
En castellano: http://www.uv.es/metode/anuario2001/160_2001.html

Nel·lo és un referent essencial i permanent en els debats actuals sobre el futur de Barcelona i d’aquell país. El seu llibre Ciutat de ciutats (Empúries, 2001) i la coneixença que té dels processos que passen a les ciutats i a l’espai en general derivada, primer, d’haver estat director de l’Institut d’Estudis Metropolitans de Barcelona i, ara, del contacte directe amb la política catalana, aconsellaven aquesta conversa dins del número monogràfic de MÈTODE.

Si cada vegada resulta més difícil definir la ciutat en sentit abstracte, com vostè diu en el llibre, és una gosadia parlar d’una ciutat “ideal”? El tema de la ciutat ideal m’agrada molt. És veritat que té problemes de definició molt greus, sobretot perquè ens resulta cada cop més complicat definir el que és urbà, però la noció de ciutat ideal m’agrada pel que té d’educatiu respecte la noció de projecte col·lectiu, d’idea, d’ordenació de l’esdevenidor. Com seran les nostres ciutats no ho podem saber, però és la nostra obligació preveure com volem que siguin, perquè altrament no serem capaços ni de resoldre els problemes que tenim plantejats ara, ni els que tindrem en el futur.

És possible fer un model plàstic de la ciutat ideal? Es pot arribar a un plànol final de la bona forma urbana o cal millorar els processos petits, quotidians, que regulen el bon funcionament de la ciutat?No crec de cap manera que la forma d’aproximar-se avui a la previsió del futur de la ciutat pugui ser a través de la prefiguració d’una imatge, del zonning, d’allò de la imatge com a objectiu final. Avui dia, amb la complexitat de les nostres societats, és pràcticament inviable, si és que mai ho havia estat. Així doncs, en pensar la ciutat del futur el que hauríem de tenir clar sobretot és quins són els valors que volem defensar i com és la forma física de la ciutat, però també les relacions socials i econòmiques que s’hi donen i que poden fer possibles aquells valors. Això necessita reflexionar sobre la forma física de la ciutat, però en canvi va més enllà d’una simple prefiguració de la ciutat.

En aquest sentit, quins són els processos que articulen el repte de la ciutat futura?Si volem plantejar en termes de processos el futur de la ciutat, en podem detectar tres, de processos, que afecten, respectivament, la forma, la funció i la cohesió social urbana. Són tres processos interconnectats que ens posen davant de tres dilemes: el relatiu a la forma de la ciutat i que es planteja entre compacitat de la forma urbana o la dispersió, el relatiu a la funció, entre especialització o complexitat de les funcions i el relatiu a la cohesió social, entre integració o segregació dels grups socials urbans. Aquests són els tres dilemes de la ciutat futura.

Si anem cap a una ciutat difusa, com diuen els estudiosos italians, ens pot explicar què es vol dir amb aquesta expressió? Ciutat difusa és un terme que van encunyar certament els italians i que pot semblar una contradicció: ciutat i difusa són paraules que no s’avenen en principi. A mi m’agrada més la idea de ciutat dispersa. Tal i com jo ho veig, la dispersió de la ciutat implica la no ciutat. La ciutat dispersa no és ciutat, perquè la ciutat quan s’escampa pel territori tendeix a perdre aquelles característiques que la fan ciutat i que són la convivència d’usos i de persones. La separació d’ambdues coses fa que l’espai esdevingui urbanització però no ciutat. Per això, al marge d’aquestes referències, jo parlaria més aviat d’urbanització dispersa...

Contra la qual caldria lluitar?Més que lluitar, caldria temperar, caldria controlar la dispersió. Perquè la dispersió de la urbanització obeeix a uns processos de metropolitanització, i això té alguns aspectes positius, per exemple, el salt d’escala, que ens permet competir amb més força i capacitat en l’escenari internacional, i la relativa homogeneïtzació de les dotacions de serveis i llocs de treball. Però per altre costat, aquest procés té elements negatius: el primer, el consum d’espai, l’ocupació de sòl. A València teniu el cas de l’horta. A la regió metropolitana de Barcelona, les dades que tenim ara sobre la conversió de sòl urbanitzable a sòl urbà estan pels voltants d’un miler d’hectàrees l’any, això vol dir, prop de tres hectàrees cada dia, tres camps de futbol cada dia! Una velocitat extraordinària, exagerada. El segon és l’impacte sobre la mobilitat: cada vegada la ciutat és més estesa i té més assentaments dispersos i especialitzats i el resultat és que ens veiem obligats a moure’ns cada vegada més pel territori. I el tercer aspecte és el perill de pèrdua de cohesió social: determinats grups socials es veuen reclosos en determinades àrees, amb dotacions i serveis insuficients.Però per temperar la desconcentració, hi ha un problema fonamental: qui ha de governar les regions metropolitanes. Les dinàmiques urbanes comporten problemes. Davant d’això, alguns diuen que s’ha de desregular. Per exemple, si el problema de l’habitatge és que és massa car, el que s’ha de fer és desregular el mercat del sòl. Sabem que això és una simplificació i una fal·làcia: els preus de l’habitatge no es formen d’aquesta manera. Al meu entendre, el que cal no és desregular, sinó regular, no cal menys govern, sinó més govern. Cal més política, però de la grossa. El que cal són projectes, projectes col·lectius. I per tant cal dir que volem que la ciutat sigui no el resultat de les tendències “espontànies” que s’hi donen, sinó el resultat d’un projecte, d’un conjunt de decisions democràtiques i col·lectives. Per a portar a terme això, cal, d’un costat, moviment i participació social, i cal govern.

Quin tipus? Doncs cal govern local, municipal i fort, però també capacitat d’ordenar, de treballar sobre espais i processos que són clarament supramunicipals. Cal governació de l’espai metropolità. Cal trobar els mecanismes perquè, de forma equilibrada, els agents que hi participen puguin interaccionar i crear aspectes positius.Però a València varen dissoldre el Consell Metropolità de l’Horta i a Barcelona, també. No són bons temps per a governs metropolitans. No per casualitat les dissolucions han estat obra en els dos casos de governs conservadors. De totes maneres, el tipus de govern que nosaltres necessitem no és un gran govern, no és una gran administració única. És més aviat un sistema d’organització consorcial de nou encuny. Jo posaria l’exemple de l’Autoritat del Transport Metropolità, que és integrada per la Generalitat catalana i les administracions locals de l’àrea metropolitana de Barcelona que gestionen la planificació i tarifació d’una àrea metropolitana que abasta el 70% de la població catalana. És un bon exemple que podria generalitzar-se. Però el problema és que arribar a acords municipi a municipi és difícil. Una possible solució per a dotar l’ajuntament d’una veu col·lectiva en aquests processos de concertació amb les empreses i les altres administracions seria la regionalització, la creació de les vegueries com a ens de coordinació municipal que permetrien acordar polítiques més generals.

En aquest sentit, l’autonomia local és un residu a extingir?No. L’autonomia local és molt important. Perquè a mesura que el territori s’integra, tant a escala regional, com continental o mundial, els factors locals cobren paradoxalment més importància. Avui veiem que a Catalunya, però també en molts països més d’Europa occidental, hi ha un esclat dels problemes territorials més o menys locals, des del transvasament de l’Ebre, la central de cicle combinat de la Ribera de l’Ebre, els parcs eòlics, la línia d’alta tensió de les Gavarres, les estacions d’esquí dels Pirineus, els ports esportius. Cada cop, els diaris ens porten pàgines senceres de conflictes territorials!

Per què? Perquè com més depèn cadascú de la resta, com més s’integra el territori, més important és saber en què t’especialitzes i en què t’especialitzen. I aquesta consciència de saber que ja no estem sols i que ens hem de definir en relació als altres és el que crea aquest gran neguit respecte les implantacions que, per exemple, es consideren negatives: abocadors, parcs eòlics, centrals tèrmiques... Però seria molt pitjor si no hi hagués capacitat de cada localitat d’expressar-se, de poder-se fer sentir. Ara bé, per afrontar aquest problema, cal també aplicar polítiques territorials capaces d’integrar, de coordinar, polítiques que massa sovint manquen. Necessitem, per tant, poders locals forts i al mateix temps una voluntat política forta a escala regional.Tot i que ara siga moda la ciutat “sostenible”, em fa la impressió que en el seu llibre tracta molt més la ciutat “social”.En part pot ser una reacció davant una paradoxa: nosaltres hem acabat associant la ciutat al problema, al temor, la soledat, la violència, la desesperança. Un poc és allò que, després d’aquells tristos incidents a Los Angeles, va sortir a la premsa americana: “Hell is an american city”. No és que l’infern estigués a la ciutat americana és que l’infern era una ciutat americana! Això és una paradoxa: hem acabat associant la ciutat, el que sembla més complex, elaborat i sofisticat de la societat humana, el resultat màxim de la societat per protegir-nos de les inclemències i els perills de la natura, al mateix perill, mentre que la natura, que és allò contra el que la societat ha lluitat durant mil·lennis, ha acabat essent associada a la pau, a la tranquil·litat, a l’estabilitat. De fet, recordant Brecht, la ciutat, que era allò que havíem edificat per protegir-nos contra la jungla, l’hem acabada fent una jungla en si mateix. El llibre és una reacció contra aquesta paradoxa. I vol ser una vindicació de la ciutat per allò que és i sobretot per allò que pot ser: des del punt de vista social però també des del punt de vista ambiental. En aquest sentit, el llibre vol ser un al·legat a favor de la ciutat, però no contra l’ambient.

Pensa que en la reacció contra el malestar a les ciutats hi ha alguna cosa d’ideologia antiurbana? Ho dic perquè algunes plataformes que protesten a la ciutat de València fan del paisatge rural el seu referent. Les plataformes ciutadanes tenen alguns elements molt positius, sobretot pel que impliquen de generositat, de voluntat de participació, de voluntat d’implicació en els afers col·lectius, però també tenen algunes limitacions importants. Sovint són reactives, monotemàtiques, “ainstitucionals” i, de vegades, apolítiques o fins i tot antipolítiques. Al meu entendre, tot i que de vegades les circumstàncies aboquin a aquest tipus de reacció, l’actuació sobre el territori no ha de ser reactiva, sinó proactiva, no ha de ser monotemàtica, sinó comprensiva, no ha de ser “ainstitucional”, sinó endegada a través de les normes i les institucions i no ha de ser apolítica, sinó profundament política. De cap manera podem travar una política urbana i territorial coherent a base de reaccions. Tanmateix, algunes plataformes han esdevingut moviments molt interessants perquè han estat capaços de passar d’un problema concret a una reflexió global, d’un “aquí no” a un “doncs, si aquí no, on?”, “amb quines contrapartides?”, “en quin context?”

Quin paper poden representar les ciutats en un món globalitzat?Les ciutats representen un paper important en aquest món interdependent i ens remeten a la idea de la importància dels llocs. En l’Europa unida, en què les barreres espacials tendeixen a caure en tots els sentits, podríem pensar que els llocs no tenen cap importància. Si jo puc instal·lar la meva empresa aquí o allà, quina importància té el lloc? Però com sabem, l’abatiment de les barreres, en compte d’acabar amb els llocs, n’augmenta la importància. I l’augmenta per una raó: l’avantatge comparatiu. Si lliurement puc instal·lar la meva empresa a Lió o a Barcelona, si no tinc restriccions administratives o tecnològiques de cap tipus, el petit avantatge que m’ofereix Barcelona i que m’evita marxar cap a Lió és molt important. I d’això es deriva que les ciutats lluiten per atreure activitats. És la competència dels territoris, basada en la necessitat de millorar l’oferta urbana i de promocionar-se. Ara bé, és una dinàmica que no és innòcua: si hi ha competència, uns guanyen i altres perden. I, per tant, hauríem de veure-la amb una certa prevenció i per això els mecanismes de col·laboració territorial són imprescindibles.

I com això podria plasmar-se en el cas de les relacions Barcelona-València o més genèricament Catalunya-País Valencià?Precisament un dels mecanismes de col·laboració més interessants és aquell que tendeix a configurar espais regionals, en el sentit geogràfic, no necessàriament administratiu, en els quals les ciutats integrades en xarxa ofereixen determinats serveis, infraestructures i dotacions de qualitat. En aquest sentit, una política destinada a fomentar les virtuts d’aquesta dorsal nostra, l’arc llatí, des de Roma o Livorno fins a Múrcia o l’arc més petit de Perpinyà a Alacant, em sembla de gran importància. Important per la nostra posició a Europa, per l’equilibri europeu entre el nord i el sud, però important també respecte la configuració d’Espanya. La configuració d’un potent eix mediterrani és un excel·lent antídot contra l’Espanya radiocèntrica que, dissortadament, es predica de nou des de Madrid. No és igual tenir una euroregió de 15 milions d’habitants que vagi de Montpeller o Tolosa a Barcelona, València o Ciutat de Mallorca que tenir un conjunt de territoris desvertebrats, uns lligats a París, altres a Madrid a través d’estructures radiocèntriques. Aquesta darrera situació no sols priva les regions de determinades aportacions que necessitarien, sinó que evita que aporten allò que podrien aportar al conjunt espanyol. Per a finalitzar, un tema que vostè coneix bé en la seua condició de geògraf i de ponent en comissions que analitzen i estudien la realitat comarcal catalana diària i institucionalitzada: la comarcalització. Quins consells donaria als valencians?Consells, cap. Reflexions, algunes.

Quin és l’enrenou que tenim? Per una part, tenim un territori sotragat per les transformacions territorials de què parlàvem. Venim d’un procés de concentració de la població, que tot i haver estat matisat per la dispersió actual, encara dibuixa un país amb desigual ocupació de l’espai i que contradiu la graella homogènia municipal de base napoleònica que hem heretat. Així, hi ha municipis molt grans i d’altres de molt petits. Ara bé, tant els grans, que poden afrontar determinats problemes, com els petits, que no hi poden amb tanta facilitat, estan afectats per aquests processos d’integració territorial, entre els quals la mobilitat. El problema és com ho fem. Es fa necessària la formació d’òrgans supramunicipals. A Catalunya, el camí va ser instaurar un sistema a base de comarques, ja assajat en temps de la Segona República, però la implantació ha tingut molts problemes.

Com es podria resoldre aquest enrenou? En primer lloc, fent que les comarques passin a ser sobretot àmbits de cooperació municipal, amb òrgans elegits de forma proporcional i que, a més, tinguin competències molt flexibles.

Quines? Les que els municipis les hi vulguin donar. D’altra banda, si els municipis volen aplegar-se de forma distinta a les comarques, en consorcis o mancomunitats, aquestes formes d’associació haurien de ser benvingudes. Més encara, l’administració hauria de primar l’exercici consorciat de determinades competències i activitats per part de determinats municipis. Això és el que s’està fent a França, on es diu: si vostès s’apleguen per a prestar aquest, aquell i aquell servei, l’estat us hi ajudarà amb 250 francs per habitant i any. Però al mateix temps que es municipalitzen les comarques, caldria establir uns àmbits més amples que poguessin complir algunes de les funcions que avui tenen les diputacions, però corresponent-se amb els espais que marquen les ciutats de Catalunya: la regió metropolitana, el camp de Tarragona, l’Ebre, les terres de Lleida, les comarques de Girona, la Catalunya central, el Pirineu. I sobre aquestes set vegueries, s’hauria de descentralitzar la Generalitat. Així tindríem municipis que cooperarien amb consorcis o mancomunitats, unes comarques que serien àmbits de col·laboració municipal amb competències molt flexibles i regions o vegueries que serien àmbits de coordinació local, de reflexió col·lectiva i de planejament territorial més general i, alhora, àmbits de descentralització del govern.

En aquest mapa polític, vostè defensa que no totes les comarques haurien de tenir les mateixes competències. No. No té cap sentit que tinguin les mateixes competències el Pallars Sobirà, que té 6.000 habitants, que el Vallès Occidental, que en té 600.000. I la raó és que un territori que està poblat de forma diversa requereix instruments diversos. Perquè tothom sigui tractat igual, s’ha de governar diversament. Si governes homogèniament un territori que és desigual, acabes configurant desigualtats. Del que es tracta és que tothom, amb independència de viure on visqui, tingui igualtat d’oportunitats en l’accés a la renda i als serveis. I se senti democràticament ben representat. Per això cal que tot el país s’articuli en espais d’alta qualitat ambiental, eficiència funcional i cohesió social. De forma que la qualitat de vida urbana, pel que fa als serveis i a l’equitat, abasti tot el territori i, al mateix temps, es preservi el patrimoni ambiental. El país esdevindrà així com una gran ciutat integrada per ciutats. Una ciutat de ciutats.