"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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domingo, 18 de noviembre de 2007

Formas de evitar nuestra extinción

Formas de evitar nuestra extinción, ELPAÍS.com, Domingo, 18/11/2007 Sociedad
La desaparición de las especies se ha disparado. ¿Qué hará el ser humano cuando le llegue el turno? M. RUIZ DE ELVIRA (ENVIADA ESPECIAL) - Heidelberg - 18/11/2007

La especie humana es única, domina la Tierra y además ha demostrado a lo largo de sus 100.000 años de historia ser enormemente versátil. Sin embargo, los que se dedican a estudiarla no creen que estas características sean suficientes para garantizar su supervivencia a corto, medio o largo plazo, y los que se interrogan sobre su futuro no se ponen de acuerdo siquiera en lo que está dibujando su presente.

¿Llegará el hombre a ser mitad biológico y mitad electrónico?Para muchos expertos, la clave está en el cambio climáticoEn sólo decenas de miles de años surgió la amplia panoplia de razasLa evolución natural ya no es el primer factor de mejora de la especieUna incertidumbre a la que estos expertos (tecnólogos, demógrafos, biólogos, paleontólogos, antropólogos y genetistas) dan forma de preguntas.

¿Cuándo le llegará el turno de extinguirse a la especie humana? ¿Se mantiene la evolución darwiniana -la selección natural biológica- como la mayor fuerza para el cambio o ha sido superada por la evolución social y cultural?Se interrogan además sobre si la especie humana puede, e incluso debe, mejorarse a sí misma introduciendo cambios genéticos que se transmitan a sus descendientes e interfiriendo así en la evolución natural. ¿Llegará el ser humano a ser mitad biológico mitad electrónico y vivirá parcialmente en Internet?

Una batería de preguntas a la que un grupo de expertos convocados recientemente por el Laboratorio Europeo de Biología Molecular (EMBL), en la ciudad alemana de Heidelberg, han tratado de dar respuesta. Éstas son algunas de sus reflexiones."La Tierra será teóricamente habitable durante 5.000 millones de años más, así que el Homo sapiens tiene mucho más tiempo por delante que tras él. Y si sobrevivimos otros 100.000 años ¿cómo seremos y por qué nos importa saberlo?", se pregunta para empezar Andrew Moore, director del programa Ciencia y Sociedad en el EMBL. "Nuestro medio ambiente, que cambia rápidamente, es un factor muy importante para nuestro futuro y la supervivencia de los humanos no tiene por qué depender de los mismos factores que la supervivencia de otras especies". Y es que para muchos, aunque no para todos, el reto más urgente es el cambio climático. "Si sobrevivimos a este cambio climático..." es una coletilla constante en las reflexiones en Heidelberg.El estudio del pasado ya ha dejado claro que los cambios climáticos son una de las armas más poderosas de la naturaleza para cambiar el rumbo de la vida en la Tierra.

Una crisis medioambiental de alcance, que afectara a la productividad agrícola y a la respuesta cultural al estrés, podría ser suficiente para extinguir la especie humana, estima Jay Stock, experto en evolución de la Universidad de Cambridge. O al menos la civilización occidental, que actualmente está dominando el mundo a través de la globalización. "Todas las civilizaciones que hemos conocido han caído y la nuestra también caerá, obviamente. Podría ser por un cambio climático, no lo sabemos", opina el antropólogo canadiense Jerome Barkow.La duración media de una especie se estima en un millón de años, pero la tasa actual de extinción de especies es 1.000 veces superior a la media que se deduce del estudio de los fósiles a lo largo de millones de años.

¿Quiere eso decir que la crisis medioambiental nos aboca a la sexta extinción en masa conocida en la historia de la vida en la Tierra, 65 millones de años después de la desaparición de los dinosaurios?El riesgo existe, según el finlandés Ikka Hanski, de la Universidad de Helsinki, si no cambia la forma del ser humano de encarar los problemas de su medioambiente.Sin embargo, el punto en el que menos coinciden los expertos de los distintos campos es si estamos sometidos a la presión selectiva ambiental, la que hace que sobreviva y tenga descendientes el más apto.

Para biólogos y paleontólogos está claro que siguen funcionando los mecanismos biológicos, probablemente tan antiguos como la vida, que no detectamos hasta el siglo XIX, de la mano de Darwin.El genetista y paleontólogo Mark Stoneking, que descubrió el gen de los pelirrojos en la especie extinta neandertal junto al español Carlos Lalueza Fox, menciona ejemplos comprobados, como los cambios genéticos para tolerar la lactosa o resistir a la malaria que se han producido en la breve historia de la especie humana actual.El ejemplo más llamativo es el las llamadas razas humanas: En sólo decenas de miles de años, con la acción conjunta de la evolución y las migraciones, surgió la panoplia de distintos rasgos y tonos de piel que hizo creer hasta el siglo pasado que detrás debía de haber un proceso mucho más largo, de millones de años.

También existen ejemplos de presión selectiva, la que ejercen actualmente enfermedades epidémicas como el sida, la tuberculosis o la malaria, que causan millones de muertes al año, de personas que sucumben a la fuerza ambiental de la enfermedad. Aunque igualmente hay evidencias de que la presión selectiva se ha aflojado. Por ejemplo, la reducción del tamaño de los dientes y las mandíbulas, porque el ser humano ya no necesita la capacidad de masticación indispensable en el pasado. De ahí que, en muchas personas las muelas del juicio no tengan sitio donde desarrollarse.

A pesar de estos datos, nadie niega la importancia de la cultura como motor de la evolución humana. "Hace ya entre 50.000 y 60.000 años que se puede hablar de cultura, y de su compañera, la tecnología. En los humanos la evolución biológica está condicionada fuertemente por la cultura", comenta Stock. "No existen límites definidos entre la evolución natural y la cultural", opina la alemana Eve-Marie Engels, catedrática de Bioética en Tubingen.Pero el estadounidense James Hughes es más tajante: "La evolución biológica ha terminado o es mucho menos importante que hace 20.000 años.

No existe ya una selección biológica real, lo que les pase a mis hijos dependerá de en qué condiciones vivan, no de sus características biólógicas".De la discusión surgen dos conclusiones. La primera: "No nos hemos aislado totalmente de la naturaleza, la evolución continúa, pero no sabemos exactamente lo que está pasando". Y la segunda: "La evolución es menos importante porque nos adaptamos a nuestro ambiente y sobrevivimos por la transmisión social de gran cantidad de información acumulada".

Si la evolución natural no es ya el principal mecanismo de mejora de la especie humana y ésta dispone de un amplísimo bagaje de conocimientos, la pregunta entonces es si el ser humano puede o debe mejorarse a sí mismo y a sus descendientes. Según Engels, esta cuestión no es nueva: "Estamos trascendiéndonos permanentemente, como ya lo definió Julian Huxley hace medio siglo: la especie humana dirige la evolución sin quererlo, al percibir nuevas posibilidades de y para su naturaleza".

La aspiración de mejorar es tan antigua como el hombre -desde que soñó con la inmortalidad, por ejemplo-, pero cuando ahora se habla de mejorar genéticamente la especie aparecen fantasmas: la producción de una raza de superhombres que mandarán sobre razas "inferiores".

Hay quien, al menos, quiere provocar el debate: "Lo que me importa es que las personas sean mejores, más felices y vivan más, y si el resultado es que los que se mejoren evolucionen hacia una especie diferente, incluso hasta el punto de que no se puedan cruzar con la especie humana actual, yo creo que debemos hacerlo", afirma el filósofo británico John Harris, que tiene un nuevo libro sobre la mejora de la especie humana (Enhancing evolution: The Ethical case for making better people, editado por Princeton Press)."¿Pero quién va a decidir qué es una mejora, y qué mejora es la deseable?", se pregunta Engels. ¿Será un cambio para aumentar la inteligencia de nuestros hijos y nietos o un cambio estético, para evitar la calvicie? ¿Será para evitar la depresión o para tener menos apetito? Al principio serán experimentos en humanos para los que no está clara la justificación ni que exista una buena relación entre el riesgo y el beneficio, comenta la bióloga holandesa Elaine Dzierzak.

Sin embargo, para algunos, como la especialista australiana en bioética Sara Chan, la manipulación genética es únicamente un medio más, que debe regularse en función de los objetivos deseados: "Que exista riesgo no justifica el rechazo sin más. Si, por ejemplo, existe una posibilidad de curar el cáncer de este modo, debemos permitirlo si disponemos de la seguridad necesaria y tenemos la convicción de que funciona".

Para otros, como el británico Ian Pearson, no pasará mucho tiempo antes de que a los padres se les exija que mejoren genéticamente a sus hijos, como ahora se les exige que les den educación.A Pearson, este tipo de discusiones le aburren. Él, que trabaja en British Telecom, es de los que miran mucho más allá. Ve un futuro en el que el Homo optimus se funde con el Homo cyberneticus para dar lugar al Homo hybridus: mezcla de ser humano y máquina optimizados genéticamente, que funcionan en parte en el cerebro humano y en parte en ordenadores. Y, cuando alcancen la conciencia, los robots se fundirán a su vez con el Homo hybridus para dar lugar al Homo machinus, afirma. Además las fronteras entre individuos serán borrosas -se compartirá la conciencia y no se morirá porque habrá un número infinito de réplicas y muchas vidas- y los mundos virtuales añadirán valor al mundo real.

Para Pearson, el verdadero problema, que además es otro riesgo para la supervivencia de la especie, es que la tecnología está mucho más adelantada que la ciencia, lo que supone el peligro de poder cambiar el mundo sin saber qué se quiere obtener.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Diagnóstico sobre la sostenibilidad: la especie humana como patología terrestre

José Manuel Naredo

FUENTE: http://archipielago-ed.com/62/jm_naredo.html

“Un mono antropoide tuvo una vez un hijo enfermo, desde el punto de vista estrictamente animal o zoológico, verdaderamente enfermo...”, postulaba ya Miguel de Unamuno (1913) refiriéndose al homo sapiens . Esta consideración, reiterada en estudios posteriores, subraya que el animal humano es el único al que no le bastan los instintos para orientar su comportamiento, sino que tiene que acudir a esquemas simbólicos o culturales que den sentido y otorguen racionalidad a lo que hace. Y entre las creaciones de la mente humana que hoy gobiernan nuestra existencia destaca cada vez más la idea usual de lo económico , con la convención social del dinero que le da vida y sus afanes de crecimiento permanente (J.M. Naredo, 2003a), con evidente incidencia en el territorio, el urbanismo y la construcción.

Patologías del crecimiento: cuando el parásito invade al huésped

La extensión de ese empeño enfermizo del crecimiento económico hace que, con los potentes medios técnicos disponibles, la especie humana aparezca como una especie de patología terrestre. Pues, en el marco de la llamada “globalización”, el objetivo generalizado del crecimiento económico promueve la progresiva explotación y uso humano masivo de la biosfera, la corteza terrestre, la hidrosfera y la atmósfera, unidos a la expansión de asentamientos e infraestructuras, a ritmos muy superiores al del crecimiento demográfico, que están dejando huellas de deterioro territorial evidentes[1]. Lo cual avala la consideración antes mencionada de la especie humana como patología parasitaria de la biosfera que devora, simplifica y deteriora el complejo entramado de ecosistemas y paisajes que había llegado a tejer la vida evolucionada en la Tierra.

W.M. Hern (1990), médico de profesión, apreció una fuerte analogía entre las características que definen los procesos cancerígenos y la incidencia de la especie humana sobre el territorio, apoyándose en las similitudes observadas entre la evolución de las manchas cancerígenas reflejadas en los escáneres y las que recoge la cartografía sobre la ocupación del territorio.

Este autor enumeró las siguientes características de las patologías cancerígenas:

1) crecimiento rápido e incontrolado;
2) indiferenciación de las células malignas;
3) metástasis en diferentes lugares;
4) invasión y destrucción de los tejidos adyacentes. Analizó después la relación de estas características con el reflejo territorial de las tendencias incontroladas del crecimiento poblacional, económico, etc.; con sus consecuencias destructivas sobre el patrimonio natural y cultural; con la extensión de los modos de vida y de gestión indiferenciados; con las metástasis que genera la proyección del colonialismo de los Estados primero y de las empresas transnacionales después, a través de la “globalización” del comercio, las finanzas… y los media .
Como pasamos a ver seguidamente, las características arriba mencionadas ofrecen, a mi juicio, un paralelismo todavía más concreto con el modelo territorial, urbano y constructivo que se deriva de las reglas del juego económico dominantes (J.M. Naredo, 2000).

Nuestro país, pese a contar con una demografía estable o en regresión, ofrece un ejemplo modélico del “crecimiento rápido e incontrolado” que generalmente observa el actual modelo de urbanización, con sus crecientes servidumbres territoriales, por extracción de recursos, vertido de residuos e infraestructuras diversas. Al que se unen los paralelos fenómenos de simplificación extractiva y contaminante de los sistemas agrarios o abandono y ruderización del medio rural, con el consiguiente deterioro del patrimonio natural observable en el paisaje. El trepidante crecimiento de la urbanización viene espoleado, más allá de la demografía, por el insaciable afán de lucro de promotores y compradores, animado por un marco institucional que privilegia la adquisición de viviendas como inversión, que ha situado a nuestro país a la cabeza de Europa en porcentaje de viviendas secundarias y desocupadas [J.M Naredo (dir.), 2000 y 2003c).

España ejemplifica cómo, al extenderse por toda la población el virus de la especulación inmobiliaria, se está construyendo un patrimonio inmobiliario sobredimensionado de escasa calidad y se está originando una burbuja especulativa cuyas dimensiones resultan cada vez más amenazantes (J.M. Naredo, O. Carpintero y C. Marcos, 2004). Al mismo tiempo, como subrayaremos más adelante, la ocupación territorial por usos urbano-industriales indirectos sigue un ritmo expansivo muy superior al de la urbanización directa, contribuyendo a situar el crecimiento de la ocupación total muy por encima del crecimiento demográfico[2].

La “indiferenciación de las células malignas” ofrece una clara similitud con el predominio planetario de “un único modelo constructivo: el que podríamos llamar ‘estilo universal', que dota a los edificios de un esqueleto de vigas y pilares (de hierro y hormigón) independiente de los muros, por contraposición a la arquitectura vernácula (que construía los edificios como un todo indisoluble adaptado a las condiciones del entorno y utilizando los materiales de éste)” (J.M. Naredo, 2000). A la vez que la aparición de “metástasis en diferentes lugares” encaja como anillo al dedo con la naturaleza del “nuevo modelo de urbanización: el de la ‘ conurbación [3] difusa' (el llamado urban sprawl , que separa además las distintas funciones de la ciudad), por contraposición a la ‘ciudad clásica' o ‘histórica', más compacta y diversa” ( Ibidem ). Pero aquí ya no son los canales linfáticos del organismo enfermo los que permiten la extensión de las metástasis, sino el viario y las redes que el propio sistema construye posibilitando su difusión hasta los lugares más recónditos.

Por último, en lo que concierne a la “invasión y destrucción de los tejidos adyacentes”, hay que subrayar que las tendencias indicadas no ayudan a mejorar los asentamientos y edificios anteriores, sino que, en ausencia de frenos institucionales que lo impidan, los engullen y destruyen, para levantar sobre sus ruinas los nuevos e indiferenciados modelos territoriales, urbanísticos y constructivos. Destruyen los asentamientos alejados vaciándolos de población, de contenido y condenándolos a la ruina. Y engullen a los asentamientos próximos al envolverlos en un volumen tal de nueva edificación y de esquemas de vida metropolitanos que dejan como algo testimonial o caduco su antigua especificidad económica, cultural o arquitectónica. A la vez que el “estilo universal” tiende a suplantar al patrimonio inmobiliario preexistente, condenándolo a la demolición para acrecentar el volumen construido siempre que la normativa lo permita. En este sentido ya señalamos que España es líder europeo en destrucción de patrimonio inmobiliario[4]. También las expectativas de urbanización contribuyen a desorganizar los sistemas agrarios próximos, al mismo tiempo que las demandas en recursos y residuos, en extracciones y vertidos, que plantea el modelo de urbanización imperante, extienden la “huella” de deterioro ecológico hacia puntos cada vez más alejados.

El resultado conjunto de estas tendencias es la creciente exigencia directa en recursos naturales y territorio (y, por ende, en generación de residuos), que acentúan las servidumbres indirectas que tal modelo comporta, unidas a la evolución simplificadora y esquilmante de los propios sistemas agrario-extractivos. El tamaño y la velocidad de estas exigencias dan muestras de un comportamiento que se revela globalmente degradante, al expandirse a mayor tasa las servidumbres territoriales indirectas que tal modelo comporta (vertidos, actividades extractivas e infraestructuras diversas que se incluyen en la denominación de “sistemas generales”[5]).

Los procesos indicados están produciendo el cambio de fase (R. Margalef, 2004) en el modelo territorial que denota la extensión de la dolencia descrita: se está pasando de un mar de ruralidad o naturaleza poco intervenida con algunos islotes urbanos, hacia un mar metropolitano con enclaves de campo o naturaleza cuyo deterioro se trata, en ocasiones, de proteger de la patología en curso (con la doble incidencia degradante no sólo de los sistemas urbanos sino también de los sistemas agrario-extractivos). Pero el modelo parasitario al que estamos haciendo referencia se solapa con otros también propiciados por las reglas del juego económico imperantes que merece la pena considerar.

Patologías competitivas: cuando el enfrentamiento se impone sobre la cooperación y la depredación sobre la producción renovable

Es un hecho hoy admitido que la simbiosis es el fenómeno que impulsó la evolución de la vida en la Tierra desde sus formas iniciales más simples hacia la configuración de los organismos y ecosistemas complejos que hoy componen la biosfera (L. Margulis, 2002 y 2003). De esta manera la Tierra aparece como una prodigiosa recicladora de materiales que trabaja apoyándose en la energía solar. Y tanto la simbiosis como el reciclaje requieren un alto grado de diversidad biológica, ya que los organismos no acostumbran a alimentarse de sus propios detritus, ni a ser simbiontes de sí mismos. Sin embargo, hoy se divulga a los cuatro vientos que la competitividad debe regir, y en buena medida rige, la vida económica. A la vez que el instrumental económico al uso no sólo reduce la toma de información a una única dimensión, la monetaria, sino que registra solamente el coste de extracción y manejo de los recursos naturales, pero no el de reposición, favoreciendo así el creciente deterioro del patrimonio natural, que no se tiene en consideración en el proceso cuantificador. Los frutos de esta regla de valoración sesgada, que permanece por lo común indiscutida[6], son el creciente abastecimiento del metabolismo económico con cargo a la extracción de recursos de la corteza terrestre y el esquilmo de los derivados de la fotosíntesis, que va en detrimento de las verdaderas producciones renovables. De esta manera, el metabolismo de la civilización industrial, a diferencia del correspondiente a la biosfera, se caracteriza por no cerrar los ciclos de materiales y por simplificar o deteriorar drásticamente la diversidad propia de los ecosistemas naturales para aumentar las extracciones de determinados productos.

Así las cosas, la especie humana se ha erigido en la cúspide de la pirámide de la depredación planetaria. En la naturaleza, los depredadores suelen estar dotados de mayor tamaño y más medios (dientes, garras, etc.) que sus presas: “el pez grande se come al chico”. Pero la especie humana, gracias a sus medios de intervención exosomática, no sólo es capaz hoy de capturar ballenas o elefantes, de talar bosques enteros y de domesticar animales y plantas, sino que extiende hasta límites sin precedentes los usos agrarios, urbano-industriales y extractivos sobre el planeta, así como las infraestructuras y medios de transporte que los posibilitan.

Las asimetrías en jerarquía y capacidad de control que suelen darse entre el depredador y la presa alcanzan, en el caso de la especie humana, no sólo un cambio de escala, sino también de dimensión, al extender el objeto de las capturas al conjunto de los recursos planetarios, ya sean éstos bióticos o abióticos, dando pie a los modelos territoriales, urbanísticos y constructivos antes mencionados y a los símiles de parasitación patológica de la biosfera que comportan.
Pero cabe subrayar, sobre todo, que las relaciones jerárquicas y de control unilateral se extienden también entre los propios individuos y grupos humanos.

La divisa “libertad, igualdad y fraternidad”, enunciada por la Revolución Francesa y recogida en un sin número de constituciones, está bien lejos de realizarse. Es más, en los últimos tiempos se ha recrudecido el comportamiento depredador e insolidario, originando una polarización social y territorial acrecentada, que renueva la actualidad de las interpretaciones y los oscuros presagios de Spengler y otros autores del período de entreguerras del pasado siglo xx[7] , cuando la Alemania nazi establecía la necesidad de ampliar su “espacio vital”, postulando que había pueblos llamados a gobernar y organizar el mundo y otros a someterse a sus designios.

Tras presentar al alma humana como la de un “animal rapaz insaciable” y tras afirmar “la profunda semejanza y aun casi identidad entre la política, la economía y la guerra” para lograr el “botín” deseado, Spengler advierte que semejante modelo no puede más que impulsar la humana rebelión de los dominados “en innumerables formas, desde el atentado hasta el suicidio, pasando por el sabotaje y la huelga… iniciándose una sublevación contra la máquina, contra la vida organizada y, al fin, contra todo y contra todos” (O. Spengler, 1932).

La polarización social y territorial antes mencionada se produce no sólo entre las ciudades y el resto del territorio, sino, dentro de aquéllas, entre barrios ricos y zonas desfavorecidas o “sensibles” y, más allá, entre los países ricos y el resto del mundo, como ejemplifica la creciente “brecha Norte-Sur”. En el libro Extremadura saqueada [J.M. Naredo, M. Gaviria y J. Serna (dirs.), 1978], aplicamos ya el modelo depredador-presa para ejemplificar la tendencia a ordenar el territorio en núcleos atractores de capitales, poblaciones y recursos y áreas de apropiación y vertido: los grandes núcleos, como Madrid o Barcelona, no sólo recibían los flujos netos de materiales y energía cuantificados en el libro[8], sino que succionaban igualmente tanto la población como el ahorro de Extremadura y otras zonas abastecedoras “periféricas” o “excéntricas”. En J.M. Naredo y A. Valero (dirs.) (1999) se cuantifica este modelo a escala planetaria, saldando el comercio de los países ricos y calculando su posición deficitaria en tonelaje, lo que confirma su condición de receptores netos de recursos del resto del mundo, que ilustran los mapas de flujos publicados en el libro citado para las principales sustancias. Y esta entrada neta de recursos, cuantificable en términos físicos, no se equilibra ya en términos monetarios: no es la balanza de mercancías la que, por lo general, salda las cuentas de los países ricos, sino el intercambio financiero, al ejercer estos países como atractores del ahorro del mundo.

De esta manera los intercambios comerciales y financieros explican que, al igual que existe un flujo de baja entropía que va desde el depredador a la presa, se observa también un flujo semejante, que va desde el resto del mundo hacia los países ricos (véase también J.M. Naredo, 2003b). Lo cual testifica que el desarrollo es hoy un fenómeno posicional, en el que los países ricos trascienden las posibilidades que les brindan sus propios territorios, y sus propios ahorros, para utilizar los recursos (y los sumideros) disponibles a escala planetaria, por lo que no cabe generalizar sus patrones de vida y de comportamiento al resto de la población mundial[9]. La existencia de países ricos se vincula hoy al hecho de que otros no lo son, al igual que no cabe concebir la existencia de depredadores sin la existencia de presas. No todos los países pueden beneficiarse a la vez de una relación de intercambio favorable, como tampoco todos pueden ejercer como atractores del ahorro del mundo.

En los libros de ecología que estudian el modelo depredador-presa (R. Margalef, 1992) se advierte que, a la vez que se produce, como consecuencia de las capturas, un flujo de energía y materiales desde la población de presas hacia la de depredadores, ambas poblaciones muestran modelos demográficos diferentes.

En primer lugar, la esperanza de vida de las presas suele ser mucho menor que la de los depredadores.

En segundo lugar, mientras en las presas la probabilidad de supervivencia cae desde edades muy tempranas, en los depredadores se mantiene alta hasta edades avanzadas en las que, al fin, se desploma bruscamente.

En tercer lugar, las presas son mucho más prolíficas que los depredadores y además se reproducen durante la mayor parte de su vida, mientras que los depredadores tienden a hacerlo sólo durante intervalos de edad mucho más limitados.

La polarización social y territorial que se observa a todos los niveles de agregación llega a escindir también los patrones demográficos entre países, entre regiones y entre barrios ricos y pobres de acuerdo con los modelos antes indicados. En efecto en J.M. Naredo (2004) se confirma que, en el último cuarto de siglo xx , las curvas de supervivencia y las curvas de natalidad por edades de la población de la mayoría de los países ricos y pobres se ajustaban, respectivamente, a las típicas de depredadores y presas, encontrándose en posiciones intermedias los países llamados en “vías de desarrollo”. Y, como hemos indicado, la polarización social y territorial se proyecta también dentro de los países e incluso de las ciudades, haciendo, por ejemplo, que la esperanza de vida caiga en los barrios desfavorecidos de Nueva York por debajo incluso de la media de los países más pobres[10]. En este modelo crecientemente polarizado ya no cabe preservar la calidad del nuevo mar metropolitano, con sus servidumbres e infraestructuras, sino sólo de las zonas más valoradas del mismo cada vez más segregadas y defendidas de las bolsas de marginación que las envuelven, acentuándose las fronteras de dentro del propio medio urbano, entre bunkers privilegiados y guetos de marginación. La polarización social avanza así de la mano de la segregación espacial, amenazando con romper el espacio de vida colectivo, de libertad, de apertura y de civismo que en su día fue o pretendió ser la ciudad.

Valga lo anterior para subrayar que la especie humana no sólo destaca como la gran depredadora de la biosfera, sino también de sus propios congéneres, llegando a escindirse profundamente como especie: la polarización social entre países, regiones o barrios es tan extremada que origina patrones demográficos tan diferentes como los que se observan en la naturaleza entre especies distintas[11]. Pero, a diferencia de otros depredadores, los individuos y grupos humanos no ejercen hoy generalmente su dominio apoyándose en una estructura corporal mejor dotada en tamaño, olfato, vista, colmillos o garras, sino utilizando las reglas del juego y los instrumentos económico-financieros imperantes para dotarse de medios exosomáticos de intervención y diferenciación social cada vez más potentes[12]. Y recordemos que esas reglas del juego son las que también promueven los modelos de ocupación del territorio, de urbanización y de construcción ligados a las patologías parasitarias del crecimiento indicadas al inicio.

En suma, las reglas del juego económico-financiero en vigor refuerzan un orden territorial crecientemente polarizado en núcleos atractores de recursos, capitales y población y áreas de abastecimiento y vertido que, como hemos indicado, se despliega tanto a escala global como regional y local. El nuevo orden metropolitano resultante es fértil en paradojas (se solapan mercados globales y economías de archipiélago [13], fenómenos de globalización y de exclusión socioeconómica, de conexión y de fragmentación territorial…) cuyo análisis detallado escapa a las pretensiones de este texto.

Concluyamos simplemente recordando que una de las consecuencias de este juego es el desbocado proceso de urbanización “difusa”, con el consiguiente mar de redes y servidumbres, que se sitúa en la base de los principales problemas ecológicos y sociales de nuestro tiempo (J.M. Naredo, 2000). También hay que recordar un indicador, propuesto por R. Margalef (1992), que marca la decadencia del sistema: la fracción cada vez mayor de recursos que reclaman las funciones (e infraestructuras) de transporte, administración, control, defensa o policía, a la vez que se reduce la fracción de recursos ligada a verdaderas ganancias de información o al simple disfrute de la vida.

Perspectivas

La ecología nos enseña que las perspectivas de evolución de un sistema dependen de su flexibilidad para reaccionar ante los nuevos acontecimientos en función de las señales que sobre ellos le envían sus circuitos de información. Pero la información ni se capta de modo homogéneo ni fluye por igual a todos los niveles. De ahí que “su capacidad para reaccionar como un sistema y su flexibilidad interna se deben precisamente a que no todas las conexiones imaginables están realizadas, a que muchas que serían posibles no se dan o estarían cortadas” (R. Margalef, 1992).

Hemos visto que el razonamiento que orienta la gestión en el actual sistema económico se apoya en informaciones monetarias sesgadas, a la vez que mantiene taponados los circuitos que informan sobre los aspectos físicos y sociales ligados a dicha gestión. Mientras esto ocurra, el juego económico seguirá impulsando la extracción y deterioro de recursos frente a la obtención y uso renovable de los mismos, con el consiguiente deterioro del conjunto. A escala agregada, este modelo de gestión parasitaria nos arrastra hacia estados de mayor entropía planetaria.

La evolución de nuestro planeta, que arranca de esa sopa primigenia de la que empezó a surgir la vida, se ve impulsada ahora por este modelo hacia una especie de puré crepuscular , cuya composición química se ha precisado[14]. Cabe cuantificar esta senda de evolución calculando la energía de calidad contenida en la corteza terrestre actual frente a la de máximo orden, en la que todas las sustancias estuvieran debidamente agrupadas, como en un almacén, y la de máxima entropía, en la que estarían todas revueltas. Se obtendría así un indicador inequívocamente cuantitativo del deterioro de la base de recursos planetaria y del horizonte de insostenibilidad , hacia el que apunta el metabolismo de la sociedad actual. Estos instrumentos permitirían tomar conciencia anticipada del horizonte de deterioro planetario hacia el que apunta la actual civilización, como condición para rectificar las tendencias en curso[15].

Por otra parte, apoyar la calidad de los barrios, las ciudades y los países más ricos en la analogía del modelo depredador-presa es un buen caldo de cultivo para alimentar la crispación y la conflictividad social que, previsiblemente, socavarán el actual modelo mucho antes de que éste se acerque al puré póstumo antes mencionado. De ahí que la crisis del “estado de bienestar”, que se ocupaba de paliar la pobreza que segrega la máquina económica en funcionamiento, esté dando paso a la expansión del “estado represivo-penal”, como mutación perfectamente previsible en un panorama de creciente polarización económica y social (L. Wacquant, 1999).

Las posibilidades de reconvertir el metabolismo de la sociedad actual dependen de que se replantee el modo de gestión imperante, restableciendo y priorizando los circuitos de información física y social ligada a dicha gestión. Sin embargo, hoy se invierten muchos más recursos en mantener taponados estos circuitos, mediante campañas de “imagen verde”, que en suplir tales carencias de información: más que solucionar los problemas ecológico-ambientales, se pretende conseguir que la población conviva con ellos como si de algo normal o inevitable se tratara.

De esta manera, por muchas “autopistas de la información” que existan, mientras no se modifique la materia prima que las nutre seguirán extendiendo el ruido mediático que oculta o banaliza los costes sociales y ambientales que se derivan del modo de gestión imperante.

Cuando la práctica totalidad del planeta ha sido ya apropiado, el problema ecológico no estriba tanto en socializar o redistribuir esa propiedad, como en establecer unas reglas del juego que faciliten la conservación del patrimonio natural, cualquiera que sea su titularidad, en vez de su acelerada explotación-destrucción practicada hoy tanto por particulares, empresas o administraciones de índole diversa.

Como vengo apuntando desde hace tiempo, ese problema arranca de la inadecuación entre la noción usual de “sistema económico” y la de “sistema ecológico”: el reconocimiento generalizado de esa inadecuación sería el primer paso para implantar el por mi denominado enfoque “ecointegrador” (J.M. Naredo, 2003a) a fin de reconciliar en una misma raíz eco la utilidad y el bienestar propugnados por la economía con la estabilidad analizada por la ecología.

O, en palabras de Norgaard (1984), se trata de conseguir que el sistema económico actual “coevolucione” adaptándose a exigencias ecológicas, como había ocurrido durante buena parte de la historia de la humanidad, en vez de potenciar las patologías descritas, que fuerzan la evolución degradante del medio a base de crear islas de orden y mares de deterioro. La cuestión clave es si esa “coevolución” se produce o no . En caso de producirse, tal “coevolución” afectaría también a los patrones de vida y de consumo, que no cabe pensar que cambien unilateralmente. Es decir, el cambio de aquéllos presupone modificar la idea de sistema económico, de crecimiento, de desarrollo, de calidad o nivel de vida16 y, por supuesto, trascender los modelos constructivos ( estilo universal ) y urbanísticos ( conurbación difusa ) imperantes. A ello tratan de contribuir, con mejor o peor fortuna, la llamada economía ecológica y especialidades como la ecología industrial , la ecología urbana 17 o la arquitectura bioclimática . Aunque esa adecuación del sistema económico a requerimientos ecológicos no esté teniendo lugar en general, y menos aún en España, plantearla sigue siendo el primer paso para conseguirla.

* Texto presentado en las Jornadas sobre “La sostenibilidad en el proyecto arquitectónico y urbanístico”, celebradas en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid del 8 al 12 de marzo de 2004, y amablemente cedido por el autor a la revista Archipiélago .
José Manuel Naredo es autor de Por una oposición que se oponga (Barcelona, Anagrama, 2001, reseñado en Archipiélago nº 54) y de La economía en evolución , Madrid, Siglo XXI, 1987 (1996, 2ª ed. actualizada), libro ampliamente comentado en el nº 8 de Archipiélago . También ha coordinado libros como El agua en los sistemas agrarios. Una perspectiva histórica (junto con R. Garrabou), La gestión del agua de riego (junto con J. López Gálvez) y La economía del agua en España , los tres publicados por Fundación Argentaria y Visor distribuciones en 1999, 1997 y 1996 respectivamente.

Del mismo autor en Archipiélago destacamos: “La encrucijada de la gestión del agua en España” (nº 57), “Configuración y crisis del mito del trabajo” (nº 48), “Sobre la función mixtificadora del pensamiento económico dominante” (nº 33), “Sobre el ‘pensamiento único'” (nº 29), “Las paradojas del automóvil. Las cuentas del automóvil desde el punto de vista del usuario” (nº 18-19, en colaboración con Luis J. Sánchez Ortiz).
NOTAS

1. Ocupación de los suelos de mejor calidad agronómica para usos extractivos, urbano-industriales e implantación de infraestructuras, reducción de la superficie de bosques y otros ecosistemas naturales con gran diversidad biológica e interés paisajístico, avance de la erosión, los incendios y la pérdida de la cubierta vegetal, etc.
2. Por ejemplo, en el caso de la provincia de Madrid se ha constatado que entre 1957 y 1980 se duplicó el requerimiento total de suelo por habitante (excluyendo el suelo de uso agrícola), volviendo a duplicarse entre 1980 y 1999, a la vez que aumentaron espectacularmente las exigencias per capita de energía y materiales. La mayor ocupación de suelo por habitante se debe básicamente al aumento de la segunda residencia y de los usos indirectos (vertederos, actividades extractivas, embalses, viario, suelo en promoción, etc.) que conlleva el fenómeno de la conurbación difusa y de la continua construcción-destrucción de infraestructuras e inmuebles, a la vez que crece la proporción de viviendas y locales desocupados. Así, el presente modelo de urbanización se revela, en Madrid, mucho más consumidor de suelo, energía y materiales que el antiguo (J.M. Naredo, 2003 c).
3. Término, éste, acuñado por Patrick Geddes (1915) para designar esta nueva forma de urbanización, diferenciándola de lo que antes se entendía por ciudades.
4. En efecto, más de la mitad del parque de viviendas existentes en 1950 ha desaparecido por demolición o ruina en nuestro país, que cuenta con menor porcentaje de viviendas anteriores a 1940 que Alemania, que quedó destruida por la Segunda Guerra Mundial. El crecimiento económico fue más destructivo del patrimonio inmobiliario de lo que, en proporción, lo fue la Segunda Guerra Mundial en Alemania [J.M. Naredo (dir.), 2000].
5. La superficie destinada a “sistemas generales” ha venido creciendo en la Comunidad de Madrid durante los últimos siete años con datos disponibles a una tasa media anual del 13%, mientras que el suelo urbano y urbanizable lo hacía a tasas medias del 2 y 3 % anual (J.M. Naredo, 2003c).
6. En J.M. Naredo y A. Valero (dirs.) (1999) se trata de suplir este vacío de reflexión, aportando el instrumental teórico necesario para cuantificar el coste de reposición del capital mineral de la Tierra, que ofrece el principal input en tonelaje que alimenta al metabolismo económico actual.
7. La obra de P.A. Sorokin (1950) describe el pensamiento de estos autores (Spengler, Toynbee, Schubart, Berdiaef, etc. y alguno de sus precursores) que negaban la idea lineal de progreso y veían la historia como una sucesión de auges y declives de civilizaciones.
8. En efecto, las ciudades son sistemas abiertos que se nutren de los recursos de fuera y envían los residuos fuera, con la salvedad de que el modelo de la conurbación difusa es mucho más exigente en recursos y residuos por habitante que los anteriores, tal y como ejemplifica la evolución del metabolismo urbano madrileño (J.M., Naredo, 2003c).
9. Esta evidencia ya había sido apreciada hace tiempo por mentes no colonizadas por la patología del crecimiento, sin necesidad de sesudas reflexiones científicas: cuando, tras haberse independizado la India, los periodistas ingleses preguntaron a Ghandi si trataría entonces de alcanzar su país el “nivel de vida” británico, este respondió: “Si Gran Bretaña ha necesitado expoliar medio planeta para conseguirlo, ¿cuántos planetas necesitaría la India?”. Con todo, hay que advertir que hasta bien entrada la segunda mitad del siglo xx la dependencia de los países ricos de las materias primas del resto del mundo era bastante limitada. La industrialización de estos países se apoyó básicamente en el hierro y el carbón, dos substancias abundantes y bien distribuidas por la corteza terrestre, que extraían de sus propios territorios. Sin embargo, el desplazamiento de la base energética de estos países hacia el petróleo y el gas natural y la multiplicación de sus requerimientos de energía y materiales a niveles sin precedentes acentuaron notablemente su dependencia física del resto del mundo durante la segunda mitad del siglo xx .
10. Por ejemplo, en Harlem sólo el 40% de la población alcanza los 65 años, mientras que en Bangla Desh este porcentaje es del 55% (J. Petras, 1992, pp. 24-25).
11. Me refiero a especies de vertebrados, en las que no se observa tan extrema segregación de funciones intra-especie: ésta solo se encuentra entre los invertebrados en los llamados insectos sociales como las hormigas o las abejas.
12. En realidad los instrumentos financieros y el poder que otorgan los medios técnicos de disuasión se apoyan mutuamente: la confianza en el dólar no es ajena al poder político y militar de los ee uu . Por otra parte, los más poderosos no sólo se sirven de potentes medios exosomáticos para imponer y practicar la depredación planetaria, sino también para marcar diferencias de posición entre los individuos y grupos humanos. Las limusinas, los aviones y los yates con los que se mueven los grandes depredadores humanos dejan pequeños, en tamaño y velocidad, a los grandes paquidermos… y los detectores y armas que utilizan para su seguridad superan ampliamente, en capacidad de detección (vista, olfato, oído, etc.) y de destrucción (dientes, garras, etc.), a los de los más acreditados depredadores del reino animal.
13. Término utilizado por P. Veltz, (1999).
14. En J.M. Naredo, y A. Valero (dirs.) (1999) y en las tesis doctorales de L. Ranz (1999) y de E. A. Botero (2000), ambas dirigidas por A. Valero y presentadas en la Universidad de Zaragoza.
15. Agradezco a mi buen amigo Manuel Alcorlo el dibujo, que incluyo al final de este texto, del hombre viendo la especie de puré crepuscular que él mismo ha originado.
16. No se trata tanto de disminuir el nivel de vida de las poblaciones de los países ricos, sino de cambiar los patrones de vida de esos países, que hoy se toman como modelo, por otros que no tienen por qué ser inapelablemente peores o “más bajos”, aunque sean más bajos en consumo de materiales y energía.
17. Los estudios sobre el metabolismo urbano, que empezaron a hacerse en los años 70 y cayeron luego en desuso, parece que están renaciendo en los últimos tiempos de la mano de la ecología urbana (S. Rueda, 2001): Véase, por ejemplo, los trabajos sobre Sidney (P.W.G. Newman, 1999) y Taipei (H-L. Huang y W-L. Hsu., 2003), además de los de Madrid (J.M. Naredo, 2003c) y Barcelona (H. Barracó et al. , 1999).
BIBLIOGRAFÍA
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