"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

Mostrando entradas con la etiqueta pobreza extrema. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pobreza extrema. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de agosto de 2010

Agujeros negros del planeta: Haití



Más de mil millones de personas viven en el mundo con menos de un dólar diario y más de dos mil, con menos de dos. La mitad de ellos son niños. 1.100 millones no tienen acceso a agua corriente y 2.600 millones no conocen las condiciones sanitarias mínimas. La globalización ha aumentado las desigualdades, creando grandes focos de pobreza. EL PAÍS ha viajado a algunos de los cientos de agujeros negros del planeta, en distintos puntos cardinales: Bangladesh, Gaza, Haití y República Centroafricana. Cuatro historias humanas de miseria que se publicarán durante agosto 

Textos: JAVIER AYUSO 
Fotos: BERNARDO PÉREZ

Una gota del África más pobre en el Caribe

Siete meses después del terrible terremoto, el país sigue hecho añicos. No solo los edificios y las carreteras, también las personas están hechas añicos. En medio de los escombros sin recoger, 1.300.000 haitianos viven bajo los plásticos.

Capítulos

Haití
Para ver el vídeo es necesario tener el plugin de flash activo.

Haití: El rito de "el compromiso"

Ajenos a todo y a todos, miles de haitianos celebran en Saut D’Eau, a unos 60 kilómetros al norte de Puerto Príncipe, "el compromiso". Un ritual medio católico, medio vudú que les hace entrar en trance y olvidar su miseria por unos días. Y es que, aunque esté en América, Haití es África. Comparte con ese continente las raíces, el color, las costumbres y, sobre todo, la pobreza. Siete meses después del terremoto, el país sigue hecho añicos. No solo los edificios y las carreteras, también las personas están hechas añicos. En medio de los escombros sin recoger, 1.300.000 haitianos viven bajo los plásticos de 1.384 campos de desplazados (900 de ellos en la capital), esperando el momento de volver a sus casas. Un momento que se retrasa mes a mes, mientras 5.300 millones de dólares de los principales donantes internacionales esperan a que haya un Gobierno decidido a actuar con un proyecto y sin corrupción.

Haití ya era un agujero negro antes del terremoto que mató a más de 200.000 personas y si no fuera por las cientos de ONG que trabajan allí desde el 12 de enero, la vida se hubiera acabado para los nueve millones y medio de habitantes del país caribeño. Los haitianos llevan siglos acostumbrados a caer y a levantarse, pero la tarde en que tembló la tierra de la isla marca un antes y un después para el Estado más pobre de América. Los más optimistas piensan que las ayudas internacionales pueden servir para despertar de cientos de años de miseria y reinventarse a sí mismos. Pero la realidad es que los haitianos no creen en milagros, aunque recen a Dios y a los loas (santos del vudú).
Pier Janis tiene 37 años, seis dedos en cada mano y una mirada perdida, como de bruja. Es santera y dice que habla con Dios, mientras fuma sin parar. Lleva cuatro días en Saut D’Eau atendiendo a los cientos de fieles que se le acercan para que les ponga en contacto con Dios y con los loas. Por una pequeña cantidad de dinero les ayuda a comunicarse con el más allá en una pequeña cueva llena de velas encendidas, junto a las dos cataratas de 30 metros de altura.
"Aquí encontré hace muchos años el poder de los loas", explica en una mezcla de francés y creole. "Mis padres tenían los mismos poderes y me los traspasaron. Los fieles vienen a que les ayudemos a encontrar el camino. El bien y el mal conviven juntos y hay que apartar a los espíritus del mal, para encontrar el buen camino. Yo les ayudo".

"¿Por qué sucedió el terremoto en Haití?".

La respuesta tarda unos segundos, un par de caladas del cigarrillo, en salir de su boca. "Había mucha gente haciendo el mal y no se rezaba lo suficiente". Tras la sentencia, extiende la mano en busca de unas monedas.
La fiesta continúa junto a las dos enormes cascadas y otras tres o cuatro más pequeñas. Cientos de personas se apelotonan medio desnudas en busca de su purificación. Se lavan con hojas de basilisco y unos jabones que venden a la entrada y cantan. Hay muchas más mujeres que hombres. Al ruido del agua se une un estruendo de cigarras que también quieren participar de la fiesta.

El día transcurre entre rezos, lloros y velas encendidas. En una esquina, otra santera de más edad que Pier Janis llora frente a una fiel que ha ido a consultarla. "Aleluya. Te quiero mucho, Dios", grita con estrépito, mientras pone sus manos sobre los hombros de la mujer, que mira al cielo entre enormes lagrimones. Nadie se inmuta cuando empieza a llover torrencialmente. Parece que forma parte del ritual.

Poco a poco, los fieles van abandonando las cataratas y bajan hacia el pueblo, en donde un tumulto de miles de personas continúa la fiesta. Los creyentes se mezclan con grupos de jóvenes que vienen como al carnaval. La calle principal está llena de pequeños puestos de comida en donde las mujeres cocinan arroz, frijoles, manos de cerdo, carne guisada y patacones de plátano frito. Las botellas de ron corren de boca en boca.
Un grupo de mujeres vestidas con trajes azul claro y blanco avanzan, cantando en creole. Todas llevan el mismo escapulario de la Virgen de los Milagros. Una de ellas explica que han venido del norte de la isla para rezar. Se reconoce católica, pero no hace ningún feo al vudú. "Las dos cosas son parecidas", dice mientras avanza hacia una gran ceiba en donde se arremolina un enorme gentío. Allí, en medio, Pier Janis baila vestida de amarillo el ritmo africano de los bongos y las maracas. A su alrededor, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, se mueven al mismo ritmo.

Es el momento del sacrificio. Varios hombres traen dos vacas y dos cabras para que la santera elija el animal que debe ser sacrificado al dios Erzuli. La cadencia se va acelerando y Pier Janis da vueltas cada vez más rápidas, con los ojos cerrados. Está como en trance cuando se acerca a los cuatro animales; los toca, los rodea y, finalmente, se apoya, medio desmayada, sobre la cabeza y el cuello de una de las vacas. Es la elegida.

Mientras Pier Janis sigue con sus bailes rituales junto a un corro de fieles, el matarife degüella a la vaca y un chorro de sangre salpica al grupo, provocando el éxtasis general. Los cantos y los bailes africanos se hacen entonces más frenéticos todavía y hombres y mujeres entran en trance, mientras corre el ron haitiano. La fiesta continuará hasta entrada la madrugada en esta pequeña población en donde ni se sintió el terremoto del 12 de enero, ni quieren acordarse de él.
De vuelta a Puerto Príncipe, el visitante se encuentra con un panorama desolador. De los 9,5 millones de habitantes de Haití, más de 4,5 viven en la capital. Y de estos, cerca de un millón han perdido sus hogares y se refugian en los 900 campos que se extienden por toda la ciudad. En solares, plazas, jardines, campos de golf y hasta en la mediana de una carretera de la entrada en la ciudad se encuentra uno con decenas de miles de chamizos cubiertos de plásticos azules, negros o grises donados por las organizaciones internacionales.

La celebración de “el compromiso”
Una de las cientos de personas que se apelotonan medio desnudas en busca de su purificación bajo el agua de unas cascadas. En el rito se lavan y cantan.
La celebración de “el compromiso”
Pier Janis tiene 37 años, seis dedos en cada mano y una mirada perdida, como de bruja. Por una limosna, ayuda a comunicarse con el más allá.
La celebración de “el compromiso”
Ceremonia de vudú en la que se sacrifica un toro.
La celebración de “el compromiso”
El matarife degüella al toro y un chorro de sangre salpica al grupo. La mambó, agotada, se abraza a la nueva mambó, que oficiará el próximo rito.

lunes, 26 de enero de 2009

La cosecha de África se siembra en Europa. Ayudas a la agricultura de los países pobres

La ayuda debe impulsar la producción agraria para combatir el hambre - Los países ricos rectifican

ANA CARBAJOSA EL PAÍS 26/01/2009

Los países ricos llevan décadas inyectando miles de millones de euros a los países pobres en forma de ayuda al desarrollo con resultados claramente insuficientes: más de mil millones de personas viven en la pobreza extrema y las proyecciones indican que cada vez serán más a los que les cueste satisfacer sus necesidades energéticas diarias.

La revuelta del hambre de 2008 hizo saltar todas las alarmas

"Hay que evitar el monocultivo, que genera divisas pero no da de comer"

"Hace falta la mano visible del Estado", dice el informe del Banco Mundial

Los países receptores temen que la crisis reduzca la ayuda

Son muchas las voces que piden un aumento de la ayuda para paliar esta situación, pero también las que sostienen que además de la cantidad de ayuda hay que revisar la calidad de la misma. "Las políticas están claramente equivocadas porque sigue aumentando el número de personas que se mueren de hambre. Las tierras están ahí [en los países en desarrollo] y el potencial de producción también. Es un problema político". Quien lo dice no es la portavoz de una pequeña ONG ultracrítica, sino Soraya Rodríguez, secretaria de Estado de Cooperación, convencida de que hay que dar un vuelco a la situación.

El cambio más urgente, dice, pasa por apoyar la producción agrícola. A pesar de que el 75% de personas pobres de los países en desarrollo vive en zonas rurales y depende de la producción agrícola, las ayudas internacionales a la agricultura han caído en picado durante los últimos 20 años. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo económico (OCDE) indica que a mediados de los años ochenta, los países desarrollados destinaban cerca del 20% de la ayuda a la agricultura. Ese porcentaje rondaba el 7% en 2007 para el caso de la ayuda bilateral. La multilateral ha sufrido una evolución semejante en las dos últimas décadas. A la deficiente ayuda de la comunidad internacional hay que sumarle la falta de inversión por parte de los Gobiernos locales: en 2004, apenas un 4% de su gasto público, según el Banco Mundial.

Desde hace años la situación va a peor, pero fue la revuelta del hambre del año pasado la que hizo saltar las alarmas y la que ha provocado que ahora los políticos se replanteen la manera de actuar. Porque cuando los precios del arroz, del trigo y de la leche se dispararon, millones de empobrecidos de medio mundo dejaron de poder comprar estos alimentos. No pudieron tampoco echar mano de sus cultivos o de las cosechas de sus vecinos, simplemente porque no existían. Quedaron a la intemperie y según la jerga especializada, su "seguridad alimentaria" dejó de estar garantizada.

El Gobierno español tratará de revertir esta tendencia mañana en Madrid junto al secretario general de la ONU, Ban Ki-Moon, y cientos de ministros, expertos, miembros de ONG y de empresas durante la llamada "reunión de Alto nivel sobre Seguridad Alimentaria para todos". "Los países donantes tienen que aportar más, pero además, la ayuda tiene que centrarse en producir más y mejor; evitar que la producción de los países pobres se centre en monocultivos dedicados a la exportación que generan divisas pero no dan de comer a la población", añade Rodríguez.

Organizaciones multilaterales como la ONU o el Banco Mundial, que durante años optaron por otras vías para erradicar la pobreza, insisten ahora en que hay que volver a invertir en agricultura, porque, explican, es un sector que resulta hasta cuatro veces más efectivo en generación de ingresos para los más empobrecidos que cualquier otro. "La agricultura por sí sola no bastará para reducir de forma masiva la pobreza, pero ha demostrado ser especialmente eficiente a la hora de abordar la tarea", reza el informe sobre desarrollo mundial de 2008 publicado por el Banco Mundial, dedicado a la agricultura. Hacía 25 años que el Banco Mundial no centraba su informe en esta cuestión. "Es hora de volver a colocar este sector en el centro del programa de desarrollo", dice el documento.

Gonzalo Fanjul, experto en temas de cooperación y en la actualidad investigador en la Kennedy School de Harvard explica que en los noventa la cooperación dejó de apoyar a la agricultura "porque, por un lado, existía la sensación de que el dinero que se había invertido en el sector rural no había servido de mucho y por otro, porque en ese momento aparecieron las grandes empresas de semillas, fertilizantes y comercialización y se pensó que ellos iban a ser capaces de solucionar el problema".

Pero también, entonces y ahora, el cambio obedece a mutaciones ideológicas. "Eran los tiempos del consenso de Washington [el que dictó a principios de los noventa una serie de recetas para poner liberalizar los mercados en los países en desarrollo], en los que se confiaba en los agentes privados y se creía que el Estado no debía inmiscuirse en temas como la agricultura". Hoy, el propio Banco Mundial da por muerto el consenso de Washington y economistas como el Nobel Paul Krugman abogan por un papel más decidido de los agentes estatales. Existe el consenso de que por un lado, no existen recetas únicas aplicables a todos los países pobres y que por otro se trata de llegar a un punto medio entre el estatalismo de los setenta y el laissez-faire de los noventa.

"Hace falta la mano visible del Estado", dice el informe de desarrollo del Banco Mundial. "El Estado deberá contar con mayor capacidad para coordinar los diversos sectores y formar asociaciones con actores privados y de la sociedad civil", añade.

Pero a pesar de que Gobiernos y los agentes del mundo de la cooperación internacional hayan llegado a la conclusión de la necesidad de fomentar la producción agrícola en aras de garantizar la seguridad alimentaria de los más pobres y sobre el papel que debe jugar el Estado y la ayuda internacional, el camino para llegar a este fin se encuentra repleto de obstáculos. En primer lugar, porque la crisis financiera provocada por el fiasco de las hipotecas basura en Estados Unidos ha hecho que muchos Gobiernos en los países del hemisferio norte opten por inyectar ingentes cantidades de dinero público en el mercado para evitar la debacle. Y temen los expertos en cooperación que los países en desarrollo no sólo vayan a ser los más afectados por la crisis debido a su vulnerabilidad, sino que además vean reducida la ayuda que una comunidad internacional sumida en una crisis económica les envía. Las aportaciones advierten también, tenderán a centrarse en la provisión directa de alimentos ante lo urgente de la situación y las inversiones que generen crecimiento deberán de nuevo esperar.

"Nos encontramos en una situación muy peligrosa en la que ya se aprecian signos de una nueva crisis alimentaria, pero aún así, la crisis financiera puede hacer que algunos de los compromisos que se alcancen en Madrid acaben por no cumplirse", advierte Joachim Von Braum, director del International Food Policy Research Institute con sede en Washington y que participará en la reunión de alto nivel de esta semana.

Y considera Von Braum que uno de los asuntos que deben ponerse sobre la mesa en Madrid son las políticas comerciales, "porque no es posible garantizar la seguridad alimentaria sin un comercio justo". La crisis del precio de los alimentos hizo que muchos países en desarrollo cerraran sus mercados por miedo al desabastecimiento de su población. "Dejaron de importar, pero también ocurrió que los países pobres vieron hundida su producción", añade.

También señala la importancia de revisar las políticas comerciale Rames Shasrma, economista del departamento de Comercio y Mercados de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), que cuenta que uno de los problemas es que muchos países en desarrollo han pasado en los últimos 20 años de ser exportadores de productos agrícolas a importar toneladas de comida sujetas a la volatilidad de los mercados. Los países pobres importan más porque la población crece y porque surgen nuevos hábitos alimenticios. Pero también "porque durante los setenta y los ochenta los países ricos subsidiaron masivamente su producción agrícola y los mercados internacionales se llenaron de comida barata". Muchos países en desarrollo se entregaron a la importación porque resultaba más barato comprar fuera que producir en casa.

"Los Gobiernos [de los países pobres] dejaron de proporcionar semillas y fertilizantes al tiempo que la comunidad internacional dejó de enviar dinero para proyectos agrícolas y el campo se secó. Ahora todo el mundo habla de invertir en agricultura, de hacer lo que había que haber hecho hace 30 años".

La secretaria de Estado española reconoce que durante años, la Unión Europea ha volcado sus excedentes agrarios en los países en desarrollo, desincentivando la producción local. Pero asegura que "la UE ha ido abandonado poco a poco esas políticas. Sin embargo, otros países como Estados Unidos no lo han hecho y hoy una explotación agraria estadounidense recibe un 50% más de ayudas que las europeas". Por eso, termina, "hace falta un compromiso global y eso es lo que intentaremos en Madrid, crear una alianza global contra el hambre en la que participen todos los Estados, además del sector privado y la sociedad civil".