"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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lunes, 3 de octubre de 2011

El triunfo de las ciudades. Cómo nuestra gran creación nos hace más ricos, más listos, más sostenibles, más sanos y más felices. Edward Glaeser.

Urbanofilia

SALVADOR GINER EL PAÍS 01/10/2011
Edward Glaeser realiza un canto a la ciudad en un docto y a la vez ágil tratado de urbanismo y urbanidad
No acabamos de decidirnos a favor ni en contra de la vida urbana. Desde el mismo momento de la invención de la ciudad sus moradores las han venerado, sin que faltaran quienes las aborrecían. Las maldiciones bíblicas contra Babilonia, la Gran Ramera, no son precisamente de ayer mismo. Poseemos en Europa una extraordinaria literatura sobre las ciudades, nunca libre del todo de esta inclinación a la desmesurada admiración o a la más abierta condena.
"Ayudemos a los pobres, no a las ciudades pobres", reza una de sus frecuentes expresiones de lapidaria sencillez

Fray Antonio de Guevara sabía bastante de esto cuando en 1539 dio a la imprenta su Menosprecio de corte y alabanza de aldea, sin decidirse demasiado ni por la una ni por la otra. En su siglo, el señor alcalde de Burdeos, Michel de Montaigne, amigo grande de la vida rural, nunca se distanció de la capital gascona ni dejó de sentir por París cariño y lealtad política. Las cosas se irían agriando, sin embargo, a medida que la ciudad se convertía en un pozo de vicios, o de tumulto revolucionario, como lo vio Thomas Hobbes en su poco leído Behemoth, nombre de un monstruo bíblico, dedicado a un Londres levantisco. (Aunque el otro monstruo, el Leviatán, ya abarcaba según él a toda la sociedad humana, campesinos inclusos). Para los buenos puritanos, la única ciudad buena era la Jerusalén prometida: las otras sólo acopiaban vicios. Tanta maldición culminaría con la idealización del campo y de la vida rural propia del mayor error romántico. A menudo se esconde bajo el llamado "descubrimiento de la naturaleza" desencadenado por el arte y en la filosofía por las ensoñaciones de Rousseau. A los románticos, tan amigos del desafuero, no se les ocurriría otra cosa que condenar las ciudades, sobre todo a medida que avanzaba el mundo industrial y el humo, el hollín y la miseria proletaria las invadía. Friedrich Engels pergeñó el clásico de la urbanofobia en su inmortal ensayo sobre Manchester, de 1844. Los bolcheviques, que no en vano hicieron la revolución con sus ideas, pensaron que en el mundo del comunismo del futuro deberían desaparecer las ciudades -por mor de eliminar la "contradicción entre la ciudad y el campo"- y ello explica que los primeros urbanistas soviéticos propusieran la desurbanización sistemática. No era idea descabellada: la Ciudad Lineal madrileña o las New Towns inglesas son hoy ecos de un esfuerzo parejo. Como los son hoy no pocos suburbios ajardinados, dependientes del automóvil, en incontables ciudades americanas, pero también europeas.

La ciencia social no ha sido nunca ajena a estas preocupaciones urbanas. A ella debemos algunas de las mejores reflexiones y propuestas. El ensayo de Fustel de Coulanges sobre la ciudad antigua, de 1864, una de las mayores reflexiones sobre la naturaleza de la ciudad, podría ser leído con provecho por más de un arquitecto o urbanista atolondrado, y no digamos La Metrópolis y la vida del espíritu de Georg Simmel, de 1903, o los escritos sobre la ciudad de Max Weber, junto a La ciudad en la historia, de 1961, posiblemente el mejor tratado sobre el asunto, que valió a su autor, Lewis Mumford, hombre de letras, la pertenencia a las asociaciones de arquitectos más selectas e incluso a los grandes premios de su arte.

Junto a esos clásicos sigue habiendo buenas razones para recomendar a nuestros planificadores un conocimiento somero de lo que aportó la Escuela de Chicago a la sociología urbana. De una crítica a aquel esfuerzo, fruto del progresismo norteamericano anterior a la II Guerra Mundial, se ha alimentado buena parte del pensamiento urbano posterior, con resultados desiguales. La lucha contra el peligro de la formación de guetos, la excesiva segregación por clases sociales o razas, los procesos de degeneración de barriadas enteras y la aparición de reductos para ricos en la ciudad capitalista moderna han encontrado mucha munición vía Chicago. (Algunos han querido criticar la célebre escuela aduciendo que olvida los "movimientos sociales urbanos", que es lo que presuntamente importa. Como si hubiera en el mundo moderno movimientos que no lo fueran. Cierto es, la guerrilla montaraz tuvo su momento -en Cuba por ejemplo- pero hoy, en todo el mundo musulmán, toda revuelta es urbana, por definición. Y los indignados, hoy también, han ocupado los núcleos emblemáticos de las ciudades españolas).

La lucha contra los males endémicos de la ciudad ha marcado por mucho tiempo una tendencia esencial en el mundo del urbanismo. Muchos pensaron que la solución era la intervención en la ordenación del territorio urbano, y así conseguían que actuaran las autoridades. Hoy la regulación, la zonificación, la calificación y recalificación están por doquier a la orden del día. Cuando aciertan, el resultado puede ser beneficioso para los moradores. Cuando no, los daños son difíciles de calcular. Las tendencias sociales -migraciones, huida de las ciudades de los grupos más dinámicos, la formación de núcleos favorables a la delincuencia- pueden ser bastante catastróficas.

Los fracasos han sido aleccionadores. Así, no hace mucho que los urbanistas han redescubierto las virtudes de la ciudad densa y castiza, la que otrora se quería ruralizar, esponjar, o dotar de grandes espacios, con avenidas imponentes, plazas más o menos "duras", parques inmensos, y vivienda asequible en grandes bloques de pisos rodeados de verdura. Esa idea ha gozado de buen predicamento entre arquitectos de la Europa meridional que han redescubierto los encantos y la calidad de vida de la ciudad mediterránea, de la "ciudad compacta". Ahora resulta que ni Génova, ni Atenas, ni Valencia están tan mal. Y ahora con El triunfo de la ciudad, del urbanólogo norteamericano Edward Glaeser, profesor de economía en Harvard, este redescubrimiento encuentra una curiosa síntesis, que quiere solucionar los problemas que plantea el exceso de planificación cuando derrota las tendencias espontáneas de la población, sin por ello caer (del todo) en una suerte de neoanarquismo urbano.

Su bestia negra son las políticas públicas urbanas que van contra aquellas corrientes más o menos inexorables. ¿Por qué salvar Detroit o Liverpool de su decadencia? ¿Por qué inyectar dinero y recursos contra lo inexorable? Cuando el huracán Katrina destruyó Nueva Orleans, ¿qué sentido tenía reconstruirla tal cual, gastando billones de dólares? ¿No era mejor subvencionar a las víctimas, generosamente, para que se marcharan a donde les pluguiera? Seguramente irían a engrosar otras ciudades, a dinamizarlas con savia nueva, piensa Glaeser.

Las ciudades, con sus centros urbanos -plagados de rascacielos en Toronto, México, Nueva York, Buenos Aires, Chicago- algo caóticos, vibrantes, intensos son la solución, y no el problema. Engendran calidad de vida de incontables ciudadanos. Las calles y barrios circundantes, también. ¿Por qué dispersar, suburbanizar? ¿Por qué no atraer talento, o promover políticas públicas para incrementar su vitalidad? La más importante -y en esto la faz progresista y claramente distanciada de todo anarquismo aparece en los argumentos de Glaeser- es la educación, las escuelas. Unas buenas escuelas primarias y secundarias en los centros urbanos atraen a clases profesionales jóvenes que buscan, ante todo, una escolarización decente para sus hijos. A su vez, el flujo de las clases medias profesionales y ambiciosas a la ciudad revitaliza los barrios en que se instalan y mejoran el transporte público, que es el que importa.

Este canto a la ciudad como tal -el título es el de El triunfo de la ciudad, no "de las ciudades" como reza el de la versión castellana- insiste en la importancia de potenciar la vida de sus gentes, no la de la ciudad misma. "Ayudemos a los pobres, no a las ciudades pobres", reza una de sus frecuentes expresiones de lapidaria sencillez. El encanto de este docto y a la vez ágil tratado de urbanismo es que también lo es de urbanidad. Vinculado por un lado con la actitud tradicional de la izquierda -y contra las fuerzas del egoísmo que no quieren para su barrio servicios molestos que es menester instalar en algún lugar- se mantiene fascinado por la tendencia de las gentes a hacer su vida y montar su hogar como les place y donde les place. Tal vez no haya resuelto esta imposible y vieja contradicción. Pero es imposible salir indiferente, ni llenos de estímulos, de una reivindicación tan feliz del modo urbano de convivir.

El triunfo de las ciudades. Cómo nuestra gran creación nos hace más ricos, más listos, más sostenibles, más sanos y más felices. Edward Glaeser. Traducción de F. Corriente Basús. Taurus. Madrid, 2011. 494 páginas. 22 euros.

lunes, 13 de octubre de 2008

Malthus, Marx, superpoblación y superpoblación relativa

MALTHUS

Malthus criticaba a los economistas por no considerar el crecimiento de la población, Marx, por omitir la desigualdad y la lucha de clases

http://www.eumed.net/cursecon/textos/Daly-mania.htm



Malthus y Marx

Malthus planteaba en 1798 "que la población si no se encuentra obstáculos aumenta en progresión geométrica, mientras que los alimentos tan solo aumentan en progresión aritmética. Basta con suponer los más elementales nociones de números para poder apreciar la inmensa diferencia a favor de la primera de estas dos fuerzas" (Malthus, Alianza Editorial, 1970)

Por su parte Marx, en sus estudios sobre el sistema capitalista, consideraba esta tesis y la obra general de este autor como resultado de "un plagio superficial y curescamente declamatorio de varios autores". Al respecto Marx señala que "Malthus establece como ley universal de la historia de la humanidad una ley que se basa en observaciones parciales, aplicables solamente al modo de producción capitalista. El capitalismo produce su propia sobrepoblación, que se presenta porque la demanda de mano de obra aumenta menos rápidamente que el número de trabajadores, debido a la distribución desigual que media entre el trabajo asalariado y el capital. Mathus –dice Marx- aconseja al proletariado que para resolver sus condiciones de vida miserables es necesario limitar la procreación".

http://www.bvs.sld.cu/revistas/ssoc/vol5_3_99/ssoc04399.htm



Textos de Malthus


“Que la causa principal y más permanente de la pobreza tiene poca o ninguna relación directa con las formas de gobierno, o con la desigualdad en el reparto de la propiedad y que, puesto que los ricos no disponen en realidad de la facultad de encontrar..."


“Si se disminuyeran así las clases más bajas de la sociedad y se aumentaran las clases medias, cada trabajador podría tener una esperanza más razonable de alcanzar, mediante su actividad y sus esfuerzos, una mejor situación en la vida”


Las palabras finales del Ensayo, los exhorta a comprender
"que la causa principal y más permanente de la pobreza tiene poca o ninguna relación directa con las formas de gobierno o con la desigualdad en el reparto de la propiedad y que, puesto que los ricos, no disponen en realidad de la facultad de encontrar empleo y sustento para todos los pobres, éstos no pueden según las leyes de la naturaleza, poseer el derecho de exigírselo [..] Si se generalizara poco a poco el conocimiento de estas verdades [..] las clases más bajas del pueblo, consideradas en su conjunto, serían más pacíficas y amantes del orden, menos inclinadas a promover disturbios en épocas de escasez y carestía y siempre se dejarían influir menos por los escritos incendiarios y sediciosos, al saber cuan poco dependen de una revolución el precio del trabajo y los medios para sostener una familia"


Ensayo sobre el principio de la población, Thomas Robert Malthus




El Ensayo sobre el principio de la población

En 1798 Robert T. Malthus establece -a partir de la combinación de una serie de proposiciones simples- su interpretación de la relación entre población y alimentos. ...Entendiendo que la suya es una "investigación concerniente al mejoramiento de la sociedad", se propone investigar las causas que han impedido hasta el momento "la evolución de la humanidad hacia la felicidad" y "examinar la probabilidad de supresión total o parcial de esas causas en el provenir." Entre todas las causas posibles prioriza una, cuyo análisis es el "principal objeto" de su máxima obra, el Ensayo sobre el principio de la población (Malthus, 1977): "la causa a la que aludo es la tendencia constante de toda vida a aumentar, reproduciéndose más allá de lo que permiten los recursos disponibles para su subsistencia".


En su perspectiva, todas las especies vivientes, la humama incluida, tienen un "poderoso instinto" que las lleva a reproducirse y sólo "la necesidad, esa ley inflexible y universal", es la que los mantiene dentro de los límites prescriptos." A partir de este supuesto dedica todo su trabajo a demostrar las siguientes proposiciones:


"1) la población está necesariamente limitada por los medios de subsistencia.

2) Allí donde aumentan los medios de subsistencia, aumenta la población invariablemente, a menos que se lo impidan obstáculos poderosos y evidentes.

3) Estos obstáculos, que reprimen la capacidad superior de aumento de la población y mantienen sus efectos al nivel de los medios de subsistencia, pueden todos resumirse en la abstención moral, los vicios y la miseria".


Sobre la base de un caso empírico, el estudio del primer censo de población norteamericano (1790), establece su conocido principio: mientras la población crece en progresión geométrica, la producción de alimentos lo hace sólo en progresión aritmética. Según Malthus, esperar un aumento similar al de la población, "sería contrario a todos nuestros conocimientos sobre las propiedades del suelo" y "el estado actual de las tierras".


A nivel de la política interna inglesa, el Ensayo enfrentaba a la Ley de Pobres, existente desde el siglo XVI, pero cuya importancia era cada vez mayor frente al pauperismo creciente producido por la expulsión de los campesinos de sus tierras gracias al movimiento de los "cercados" y a su hacinamiento en las ciudades atraídos por las posibilidades de empleo ofrecidas por las industrias. La Ley imponía a las parroquias la obligación de socorrer a los indigentes con impuestos recaudados a los habitantes y poseedores de tierras en su área de influencia. Una modificación de 1795 subordinaba el monto de la asistencia al precio del pan y al número de hijos. Hacia 1750 casi un quinto de la población se beneficiaba de ella.


http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=865750



Malthus, ideólogo del capitalismo


Malthus, ideólogo del capitalismo, fue el iniciador de una línea de pensamiento que continuó Herbert Spencer desde mediados del siglo xix y siguió posteriormente Francis Galton, ambos representantes de una burguesía que tras abandonar sus reivindicaciones democráticas se había embarcado en la represión contra los pobres y los étnicamente diferentes. Su lógica lleva en última instancia a la aplicación masiva de las esterilizaciones forzadas que se practicaron en Estados Unidos desde comienzos del siglo xx y continuaron hasta la década de 1970, y en Alemania bajo el régimen de Hitler. Los hornos crematorios creados por este personaje constituyeron la muestra más criminal de esta tendencia.


Es probable que Malthus se hubiera horrorizado ante posibilidades de este tipo, pero ello no cambia las cosas; seguramente en otros muchos casos determinados personajes no son conscientes de las consecuencias que en última instancia pueden tener sus ideas.


..su teoría no sólo fue una máquina de guerra contra éstos, sino contra la clase trabajadora, como lo planteó Marx, un dispositivo para reforzar la severa represión social y sexual ya existente. Se puede también plantear que la teoría de Malthus sirvió para justificar uno de los hechos fundamentales de la historia de esa época: la miseria de las masas en una situación de auge económico sin precedentes.


El carácter extremo del pesimismo de Malthus aparece en sus comentarios acerca del futuro de la salud pública. En efecto, reprueba a los médicos que diseñan medicinas específicas para enfermedades devastadoras, y a “aquellos benévolos, pero muy equivocados hombres, que han pensado que estaban haciendo un servicio a la humanidad proyectando esquemas para la extirpación total de desórdenes particulares”. Malthus incluyó lo anterior en la edición de 1816 de su Ensayo. Parece improbable que no hubiera conocido el reporte sobre la vacunación contra la viruela, publicado por Edward Jenner en el mismo año 1816. Esta práctica se extendió rápidamente, y fue un gran paso hacia la erradicación de una de las enfermedades más terribles que habían azotado a la humanidad durante milenios. ¿Estaba criticando veladamente a Jenner porque el control de las epidemias favorecía el aumento de la población?


Estuvo en contra de la ayuda a los pobres porque ésta aumentaría el precio de los medios de subsistencia y disminuiría el “precio real del trabajo”. Su visión del mundo es una visión despiadada recubierta de santurronería. En una de las ediciones del Ensayo afirmó que los hijos de los “imprudentes” debían ser abandonados a su suerte, aunque posteriormente eliminó esta propuesta. Se manifestó en contra de aumentar la miserable ayuda que se daba a los indigentes. Fue totalmente conservador en su oposición a toda acción colectiva de los trabajadores para exigir aumentos de salarios, y lo expresó ante una comisión parlamentaria en 1824. También lo fue en su objeción a las obras públicas para dar trabajo a los desempleados porque esto mejoraría su situación de manera temporal, les permitiría casarse y tener hijos y con ello quedarían en peores condiciones una vez terminadas las obras en que trabajaban.


(Sin embargo,) criticó las largas jornadas de trabajo y se opuso al trabajo infantil; se manifestó a favor de la educación pública y de la atención médica gratuita; apoyó la igualdad de derechos para los católicos; estuvo a favor de un impuesto sobre la propiedad, medida aprobada como temporal en 1799 y suprimida en 1816; también se opuso a los diezmos.

http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2191926&orden=97244&info=link



MÁS INFORMACIÓN SOBRE MALTHUS EN:

http://www.ced.uab.es/jperez/pags/polpob/temaspolpob/Malthus.htm



MARX


Marx piensa que el crecimiento de la población no implicaría un crecimiento de la pobreza, ya que traería un crecimiento de la producción, la pobreza sólo llegaría con la explotación social. Es una postura pronatalista. La tecnología evitaría el desajuste de crecimiento.

http://www.liceus.com/cgi-bin/ac/pu/pobl1.asp


Karl Marx rechazó de plano las tesis maltusianas, afirmando que la miseria no nacía del exceso de la población, ni de la escasez de alimentos, sino de una or­ganización social basada en la propiedad privada de los medios de producción.

http://eljineteinsomne.blogspot.com/2008/01/la-curiosa-teora-de-thomas-malthus.html


Superpoblación relativa


Según Marx el exceso de población siempre es relativo al modo de producción vigente. Es la disponibilidad de lugares de trabajo y no los medios de subsistencia los que hacen ingresar al trabajador en la categoría de superpoblación. La superpoblación relativa sería aquella que ve imposibilitada su incorporación al empleo y subsiste con dificultades engrosando la población pobre.


http://www.igeograf.unam.mx/institutoposgradoactividadesJuan%20Campos%20Alanis.pdf


Marx afirma coherentemente con el resto de sus propuestas, que a cada sistema corresponde UNA ley de población. ES LEY del SISTEMA CAPITALISTA crear una población obrera excesiva, que en este caso se denomina "remanente o sobrante".

Teoría de la población. Sarrible Pedroni, Graciela



Marx frente a Malthus



Marx y Engels eran sólo dos adolescentes alemanes cuando Malthus falleció en Inglaterra en 1834. Cuando se encontraron en Inglaterra, las ideas de Malthus eran ya políticamente influyentes en la tierra natal de ambos. Varios estados alemanes y Austria habían reaccionado ante lo que consideraban una aumento excesivo del número de pobres promulgando leyes que prohibían casarse a quien no pudiera garantizar que su familia no acabaría dependiendo de la asistencia pública.


En la práctica estas medidas tuvieron efectos en contra de los objetivos que perseguían, la gente siguió teniendo hijos, sólo que fuera del matrimonio.


Ello originó un aumento de los gastos en asistencia pública, ya que el Estado tenía que hacerse cargo de los hijos ilegítimos. Finalmente dicha legislación fue abolida pero no sin haber causado un gran impacto en Marx y Engels, que consideraron la perspectiva malthusiana como un ultraje a la humanidad. Su perspectiva demográfica nació, así como reacción contra Malthus...


La perspectiva marxista básica es que cada sociedad, en cada momento histórico, tiene su propia ley de la población que determina las consecuencias del crecimiento demográfico.

Para el capitalismo esas consecuencias son sobrepoblación y pobreza; en una sociedad socialista, en cambio, el crecimiento de la población es absorbido inmediatamente por la economía sin efecto secundario alguno.


Esta forma de razonar suponía no tanto un rechazo abierto de la explicación malthusiana de por qué crecen las poblaciones cuanto un rechazo de su teoría de las consecuencias del crecimiento demográfico.


Marx y Engels rechazaban de plano la idea de que los pobres tienen la culpa de su pobreza. Pensaban, en cambio, que la pobreza es el resultado de la mala organización de la sociedad, especialmente de la sociedad capitalista.


En los escritos de Marx y Engels se encuentra implícita la idea de que la consecuencia normal del crecimiento demográfico debería ser un aumento significativo de la producción.


Después de todo, todo obrero produce, obviamente, más de lo que precisa para su subsistencia, si no fuera así, ¿cómo podría sobrevivir toda la población dependiente (incluyendo a los opulentos empresarios)? En una sociedad bien organizada, un mayor número de individuos debería suponer más riqueza, no más pobreza.


Marx y Engels discrepaban especialmente de la idea malthusiana de que los recursos no pueden crecer tan rápidamente como la población. No veían razón alguna que permitiera sospechar que la ciencia y la tecnología no podrían aumentar las disponibilidades de alimentos y de otros recursos con la misma rapidez con que la población creciese.


El propio Malthus pudo ver que las industrias fabriles realizaban beneficios, pero no se le ocurrió que pudieran realizarse transferencias de capital y de tecnología a la agricultura que permitieran un crecimiento de los recursos alimenticios tan rápido como el de la población. Sin embargo, en uno de los pasajes menos coherentes de su obra, Malthus indica que en Estados Unidos, tanto la población como la producción de alimentos habían ido duplicándose cada 25 años.


No sólo pensaban Marx y Engels que en general la pobreza no es el resultado final del crecimiento demográfico, sino que específicamente sostenían que incluso en la Inglaterra de su época había riqueza suficiente para erradicar la pobreza.


Si en Inglaterra el aumento de la población había supuesto mayor riqueza para los capitalistas y no para los trabajadores, ello se debía a que los primeros se quedaban con parte del salario de los segundos en concepto de beneficios.


Según Marx esto se realizaba desposeyendo a los trabajadores de sus herramientas para luego en esencia, poder cobrarles por poder ir a la fábrica a trabajar.

Por ejemplo, si el trabajador no tiene las herramientas precisas para construir un automóvil pero desea trabajar construyendo automóviles puede encontrar trabajo en una fábrica y acudir a ella ocho horas diarias.


Ahora bien, según Marx, el salario que percibirá corresponderá tan solo a seis horas: el capitalista (o propietario de la fábrica) se queda con el resto en pago de la utilización de sus herramientas. Por supuesto, cuanto más se apropie el capitalista menos percibirá el trabajador y más pobre será.


Por otro lado, Marx sostenía que el funcionamiento del capitalismo se basa en utilizar el trabajo de la clase obrera para obtener beneficios con los que adquirir máquinas tendentes a reducir la mano de obra necesaria, lo cual conduce a la creación de desempleo y pobreza.


Así pues, los pobres son pobres no por haber desbordado los recursos alimenticios sino únicamente porque los capitalistas les despojaron primero de parte de sus salarios y después hasta de su mismo trabajo, sustituyéndoles por máquinas.


De este modo, las consecuencias del crecimiento demográfico examinadas por Malthus eran sólo, en realidad, las consecuencias de la sociedad capitalista, no del crecimiento de la población en sí mismo. Si la sociedad fuera reorganizada de forma más equitativa (es decir, de forma socialista), entonces los problemas demográficos desaparecerían.


Teorías demográficas. Para explicar el funcionamiento de una ...


El caso de Irlanda


...probablemente la crítica científica más demoledora fue for­mulada por Marx después de su muerte de Malthus, y aparentemente tuvo muy poca difusión. Por ejemplo Ronald Meek, que publicó una compilación de textos de Marx y Engels sobre Malthus, no la mencio­na. La crítica de Marx apunta a un aspecto que aparen­temente no se ha percibido sobre la metodología de las ciencias socia­les. Muchos filósofos de las ciencias sociales suelen afirmar que en éstas no hay posibilidad de realizar experimentos; sin embargo pueden ocurrir acontecimientos históricos totalmente imprevistos que desem­peñan el papel que se les asignaría en un experimento imposible. Marx afirmó que después de la gran hambruna que a fines de la década de 1840 provocó en Irlanda una reducción drástica de su población por falta de alimentos y la emigración de millones de personas, de haber sido correcta la suposición de Malthus la situación de los irlandeses debió mejorar al haber disminuido la población, y que puesto que no se observaba tal mejora, las causas de la pobreza de las masas había que buscarlas en el terreno político, es decir, en la opresión colonial inglesa, y no en la población.

http://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=2191926&orden=97244&info=link

jueves, 5 de junio de 2008

Quién paga las crisis del capitalismo

J. A. González Casanova en El País de Cataluña
Junio 4th, 2008

Se nos anuncian años de sequía económica. Viviremos peor en todo lo pagadero. El paro y sus secuelas (xenofobia, drogadicción y delincuencia) crecerán. Las depresiones personales mermarán la productividad. La economía es ya un círculo vicioso mundial que se expande como las ondas del estanque golpeado por una piedra. Las gentes de todo el planeta están sometidas a un sistema económico único, el capitalista, cuyas crisis periódicas son inherentes a su lógica y consecuencia directa de su contradicción esencial. El mayor teórico del capitalismo, Karl Marx, no podía prever cómo se producirían las crisis actuales ni qué soluciones coyunturales tendrían, pero sí dejó muy claro en qué consiste dicha contradicción. La posesión y el poder en unas pocas manos particulares de unos bienes que son públicos o colectivos, porque de ellos depende la vida y el trabajo de millones de seres, enfrenta el lucro del capital con el salario laboral. La diferencia favorable al primero es su beneficio y un maleficio para el trabajador. Pero, a la larga, esto perjudica al capitalista en forma de superproducción. Hay que tirar lo que es invendible porque la gente percibe un salario muy inferior al coste en el mercado de lo que ella misma ha producido. Si el capital reduce su beneficio para facilitar la compra, pierde el estímulo inversor. Si no lo reduce, ha hecho un gasto inútil. No le quedan más que dos estrategias complementarias: acudir a los países más pobres pagando agradecidos salarios de pura supervivencia y fomentar el consumismo en los países ricos con señuelos publicitarios. El palo y la zanahoria, ya se sabe, hacen correr al rucio. De ese modo, la producción no se detiene, todo el producto se vende (incluido el innecesario y caprichoso), el beneficio aumenta, el sistema funciona. Eso sí, millones de seres mueren de hambre, sed, enfermedad y guerras, pero la máquina que mueve el beneficio del capital no se puede parar porque, si para, cae como una bicicleta, a no ser que algo la aguante. Para el capital, su apoyo es el Estado. Él evita que el capital muera de éxito suicidándose, al matar la gallina de los huevos de oro cuando ya no puede explotar más a la gente sin perjudicarse a sí mismo

Los neoliberales que se cargan los servicios públicos, convertidos en negocios privados, exigen a los gobiernos que les aseguren sus ganancias: por las armas si las víctimas del sistema osan combatirlo (fascismo y guerras coloniales) e interviniendo en la economía para enjugar sus deudas, sus abusos y errores financieros, su falta de liquidez, mediante la aportación del erario público y, por tanto, a costa de las rentas medias y bajas. Marx decía que los gobiernos no eran más que los consejos de administración del capital. No erraba. Gobiernen las derechas o las izquierdas actuales, Obama, Hillary o McCain, sus políticas no pueden dejar que el sistema se hunda. El Estado y los trabajadores se ven amenazados por el capital con cerrar empresas o deslocalizarlas si se pretende compensar con ayudas e impuestos los salarios insuficientes ante el alza de los precios. El welfare state (Estado de bienestar) es un parche de los países ricos a la crisis permanente del capital. Pretende moderarlo en su instinto básico selvático para que no mate la gallina de los huevos de oro, que es el trabajo humano, pero prolonga su agonía a costa del naufragio genocida cuyos restos llegan a Europa o a Suráfrica provocando violencia xenófoba entre los más castigados por la recesión.

El principio darwinista de la competencia (el pez grande se traga al chico) obliga a la pugna empresarial, que suele concluir en oligopolios y monopolios que niegan la proclamada libertad de mercado y que, para controlar energías básicas como el petróleo, causan invasiones, guerras y alzas tácticas de su precio que repercuten en productos de primera necesidad popular. Los bancos viven del crédito usurario, rivalizan, ocultan sus cuentas, empujan al consumo, pero tropiezan con la morosidad y el impago, fruto del estímulo inyectado en la gente a vivir del crédito porque el salario nunca llega (hipotecas basura, por ejemplo). La economía financiera y especuladora comporta jugadas bursátiles entre firmas rivales que tienen consecuencias terribles para empresas menores y sus puestos de trabajo. En definitiva, quien paga las crisis de las que se nutre el capitalismo somos los trabajadores de todas clases y de todo el mundo. Y digo “se nutre” porque, superada la crisis, los más poderosos se han sacudido competidores, han acumulado más riqueza y han debilitado la fuerza y las exigencias sindicales. Hasta la próxima crisis vivirán de la última. Y así hasta que alguien se plante y mande parar.

J. A. González Casanova es catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona.