"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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sábado, 15 de enero de 2011

EL MUNDO QUE VIENE | 14 ¿Qué nos depara el 2011?

Ilustración

En EE.UU. los republicanos prefieren ver fracasar a Obama a un éxito económico; en Europa, 27 países tiran en direcciones diferentes | El crecimiento se desacelerará, los ingresos por impuestos disminuirán y la reducción de los déficits será decepcionante | Un programa de inversión pública a gran escala estimularía el empleo a corto plazo y el crecimiento a largo plazo

El mundo que viene | LA VANGUARDIA 02/01/2011 
Joseph Stiglitz

La economía global termina el 2010 más dividida que a comienzos del año. Por un lado, los países con mercados emergentes como India, China y las economías del Sudeste Asiático están experimentando un crecimiento fuerte. Por otro lado, Europa y Estados Unidos afrontan un estancamiento –de hecho, un malestar al estilo japonés– y un desempleo tenazmente altos. El problema en los países avanzados no es una recuperación sin empleo, sino una recuperación anémica. O peor, la posibilidad de una recesión de doble caída.

Este mundo de dos pistas plantea algunos riesgos inusuales. Mientras que la producción económica de Asia es demasiado pequeña para impulsar el crecimiento en el resto del mundo, puede bastar para hacer subir los precios de las materias primas.

Mientras tanto, los esfuerzos de parte de Estados Unidos por estimular su economía a través de la política de “alivio cuantitativo” pueden fracasar. Después de todo, en los mercados financieros globalizados, el dinero busca las mejores perspectivas en todo el mundo, y estas perspectivas están en Asia, no en Estados Unidos. De manera que el dinero no irá adonde se lo necesita, y gran parte de ese dinero terminará donde no se lo quiere, causando mayores incrementos en los precios de los activos y las materias primas, especialmente en los mercados emergentes.

Dados los altos niveles de desempleo en Europa y en Estados Unidos, es poco probable que el “alivio cuantitativo” suponga un brote de inflación. Podría, en cambio, aumentar las ansiedades sobre la futura inflación, derivando en tasas de interés más altas a largo plazo, precisamente lo contrario del objetivo de la Reserva Federal.

Este no es el único riesgo de impacto negativo, ni siquiera el más importante, que afronta la economía global. La mayor amenaza surge de la ola de austeridad que arrasa al mundo, mientras los gobiernos, particularmente en Europa, afrontan los grandes déficits originados por la Gran Recesión y mientras la ansiedad sobre la capacidad de algunos países para cumplir con sus pagos de la deuda contribuye a la inestabilidad de los mercados financieros.

El resultado de una consolidación fiscal prematura está casi anunciado: el crecimiento se desacelerará, los ingresos impositivos disminuirán y la reducción de los déficits será decepcionante. Y, en nuestro mundo globalmente integrado, la desaceleración en Europa exacerbará la desaceleración en Estados Unidos, y viceversa.

En una situación en la que Estados Unidos puede pedir prestado a tipos de interés bajos sin precedentes, y frente a la promesa de altos beneficios por las inversiones públicas después de una década de negligencia, resulta claro lo que se debería hacer. Un programa de inversión pública a gran escala estimularía el empleo a corto plazo, y el crecimiento a largo plazo, lo que al final redundaría en una deuda nacional menor. Pero los mercados financieros demostraron su miopía en los años que precedieron a la crisis, y lo están volviendo a hacer, al ejercer presión para que se realicen recortes del gasto, incluso si eso implica reducir marcadamente las inversiones públicas necesarias.

Es más, el atasco político asegurará que sea poco lo que se haga respecto de los otros problemas acuciantes que tiene ante sí la economía estadounidense: las ejecuciones hipotecarias probablemente sigan con toda su furia (dejando de lado las complicaciones legales); es probable que las pequeñas y medianas empresas sigan privadas de fondos, y es posible que los bancos pequeños y medianos que tradicionalmente les ofrecen créditos sigan luchando para sobrevivir.

En Europa, mientras tanto, es poco probable que las cosas vayan mejor. Europa finalmente logró salir al rescate de Grecia e Irlanda. En las vísperas de la crisis, ambos países estaban regidos por gobiernos de derecha marcados por un capitalismo de connivencia o peor, lo que demostraba una vez más que la economía de libre mercado no funcionaba en Europa mejor de lo que lo hacía en Estados Unidos.

En Grecia, como en Estados Unidos, la tarea de limpiar el desorden recayó sobre un nuevo gobierno. Tal vez como era de esperar, el Gobierno irlandés que alentó un préstamo bancario imprudente y la creación de una burbuja inmobiliaria no fue más apto para manejar la economía después de la crisis que antes.

Dejando la política de lado, las burbujas inmobiliarias dejan tras de sí un legado de deuda y de sobrecapacidad productiva en el mercado de bienes raíces que no se puede rectificar fácilmente, sobre todo cuando bancos políticamente conectados rechazan reestructurar las hipotecas.

En mi opinión, intentar discernir las perspectivas económicas para el 2011 no es una cuestión particularmente interesante: la respuesta es sombría, con escaso potencial alcista y mucho riesgo bajista. Más importante es: ¿cuánto tiempo les llevará a Europa y a Estados Unidos recuperarse y pueden las economías de Asia aparentemente dependientes de las exportaciones seguir creciendo si sus mercados históricos languidecen?

Mi mejor apuesta es que estos países mantendrán un crecimiento rápido en la medida en que viren su foco económico hacia sus mercados internos, vastos e inexplorados. Esto exigirá una reestructuración considerable de sus economías, pero tanto China como India son dinámicas y dieron pruebas de resiliencia en su respuesta a la Gran Recesión.

No soy tan optimista respecto de Europa y EE.UU. En ambos casos, el problema subyacente es una demanda total insuficiente. La máxima ironía es que existen simultáneamente una capacidad productiva excesiva, vastas necesidades insatisfechas y políticas que podrían restaurar el crecimiento si usaran esa capacidad para satisfacer las necesidades.

Tanto Estados Unidos como Europa, por ejemplo, deben adaptar sus economías para encarar los desafíos del calentamiento global. Hay políticas factibles que funcionarían en el contexto de limitaciones presupuestarias de largo plazo. El problema es la política: en Estados Unidos, el Partido Republicano preferiría ver fracasar al presidente Barack Obama antes que ser testigo de un éxito económico. En Europa, 27 países con diferentes intereses y perspectivas tiran en direcciones diferentes, sin suficiente solidaridad para compensar. Los paquetes de rescate son, desde esta perspectiva, logros impresionantes.

Tanto en Europa como en Estados Unidos, la ideología de libre mercado que permitió que crecieran las burbujas de activos de manera descontrolada –los mercados siempre saben más, así que el gobierno no debe intervenir– ahora les ata las manos a los responsables de formular las políticas a la hora de articular respuestas efectivas a la crisis. Uno podría haber pensado que la crisis en sí misma socavaría la confianza en esa ideología. Por el contrario, ha vuelto a salir a la superficie para arrastrar a gobiernos y economías por el sumidero de la austeridad.

Si la política es el problema en Europa y Estados Unidos, sólo cambios políticos probablemente los vuelvan a colocar en el sendero del crecimiento. De lo contrario, pueden esperar hasta que la amenaza de sobrecapacidad productiva disminuya, los bienes de capital se vuelvan obsoletos y las fuerzas restauradoras internas de la economía pongan a funcionar su mágica gradual. En cualquiera de los casos, la victoria no está a la vuelta de la esquina.
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Distribuido por The New York Times Syndicate

martes, 15 de junio de 2010

La crisis y sus soluciones: Jugando con fuego: austeridad o crecimiento

El dilema entre los drásticos planes de ajuste de Europa y el mantenimiento de los planes de estímulo en EE UU marca la política económica 

LA FÓRMULA CIEGAMENTE SEGUIDA:  "drásticos recortes mezclados con las promesas de mejorar la competitividad combinando bajos salarios y reformas del mercado de trabajo y las pensiones en una dirección: más recortes".

Joseph Stiglitz lo tiene claro: "Europa va directa al desastre si continúa con la manía de la austeridad"

 

CLAUDI PÉREZ - EL PAÍS - 13/06/2010

Ronald Reagan creía que las nueve palabras más aborrecibles que se pueden pronunciar son estas: "Soy del Gobierno y he venido a prestarles ayuda". Su legado y el de Margaret Thatcher inauguró una era que ha dominado la política económica durante 30 años con un lema claro y sencillo, aquel más mercado y menos Estado que acabó abrasando incluso la socialdemocracia. En estas llegó la crisis y en apenas tres años lo puso todo patas arriba: el Estado salvó a los mercados, el péndulo se fue justo al extremo contrario, el Fondo Monetario Internacional (FMI) desenterró a un tal Keynes y hasta los bancos miraban hacia otro lado cuando los políticos amenazaban con la refundación del capitalismo, con volver a regular los mercados para ponerlos en vereda.

Zapatero: "Íbamos a reformar los mercados y ellos nos han cambiado a nosotros"
Atajar el déficit con menos gasto puede frenar la economía, dicen los analistas
Los expertos critican que los Gobiernos se dejen llevar por los mercados
El recorte de gastos alemán puede traer la recesión a Europa, dice de Grauwe
"La confianza no volverá por reducir el déficit", dice Pastor, del IESE
La Reserva Federal compra mucha más deuda pública que el BCE

Evidentemente, esa etapa toca a su fin. "Íbamos a reformar los mercados y los mercados nos han reformado a nosotros", aseguró el presidente Zapatero tras presentar un drástico plan de recortes para calmar los ataques de los inversores, inquietos con la posibilidad de que España, junto con varios países europeos, pueda incumplir sus compromisos. Hace un año, los bancos eran el problema; ahora el problema son los Estados, su deuda pública. Una deuda que, paradójicamente, los Gobiernos se vieron obligados a acumular para salvar a los mismos mercados que ahora atacan duro.


La política económica está en una encrucijada. Esta vez el dilema no es exactamente mercado o Estado, pero se le parece. Austeridad o crecimiento, esa es la cuestión. Ajustarse el cinturón para reducir los enormes déficits públicos o perseverar en las políticas de estímulo hasta que el crecimiento económico vuelva a ser lo suficientemente robusto. Alemania ha hablado: Europa opta por el culto a la austeridad. Estados Unidos, por mantener los estímulos. La receta que demuestre más efectividad marcará el equilibrio de poder de los próximos años en el mundo mal llamado desarrollado. Pero a día de hoy no hay consenso. Ni nada que se le parezca.


- Los tumbos del FMI. El Fondo, y no solo el Fondo, llevaba muchos, muchos años cegado por los destellos del libre mercado, convencido de los mecanismos autoestabilizadores de los "mercados eficientes". Con la crisis y bajo el ascendente de un socialista francés -Dominique Strauss-Kahn-, se olvidó de su ortodoxia y aconsejó activismo fiscal para evitar una Gran Depresión. Ahora está tan despistado como la mayoría: hasta hace nada aún advertía de que una salida prematura de los estímulos perjudicaría la recuperación, pero en las últimas semanas combina ese mensaje con la necesidad de acelerar la consolidación fiscal. Es decir, se apunta al culto a la austeridad, pero también a la medicina contraria. "El Fondo ha vuelto a esas políticas de austeridad que usaba en los países emergentes, que no funcionan. Vuelve a correr detrás de los mercados", critica Raj Patel, autor de Cuando nada vale nada (Los libros del lince). Patel pensaba hasta hace poco que la recesión era la forma de enseñar al mundo un poco de economía. "La pura verdad es que lo que regresa otra vez es esa apoteosis de la supuesta racionalidad de los mercados".


- Europa y el calvinismo. Los expertos consultados coinciden en el enorme peligro de que unos mercados financieros que se han vuelto excesivamente cautos (tras años de tomar excesivos riesgos) fuercen a los Gobiernos a tomar la puerta de salida de los estímulos fiscales tal vez demasiado pronto. "Las medidas de austeridad representan una vuelta a la economía prekeynesiana, a Hoover en EE UU, a la victoria de los halcones antidéficit en Europa. Todo conduce a ese viejo error de reducir el gasto público y subir los impuestos mucho antes de que la economía se haya recuperado. Ese resurgir del conservadurismo está directamente relacionado con la fuerza de los intereses financieros, los mismos que nos metieron en la crisis en 2007. Callaban cuando fueron rescatados, pero ahora dictan la política en toda Europa, incluido Reino Unido. Ese calvinismo tan alemán de la austeridad es extremadamente peligroso en estos momentos y puede conducir a Europa a un largo, largo estancamiento", vaticina Costas Lapavitsas, del think tank londinense Research on Money and Finance.


Toda Europa parece correr detrás de una fórmula que se basa en drásticos recortes mezclados con las promesas de mejorar la competitividad combinando bajos salarios y reformas del mercado de trabajo y las pensiones en una dirección: más recortes. Grecia es el ejemplo más evidente. Se trata de la receta alemana: "Pero si Alemania quisiera de veras rescatar el euro y que esas medidas funcionaran en otros países, debería tomar el camino contrario al túnel al que conduce ese ajuste drástico", critica Lapavitsas. "La aplicación universal de recortes drásticos va a exacerbar los desequilibrios que existen en el corazón de la eurozona", sentencia.


- Norte y Sur. Paul de Grauwe, profesor de la Universidad de Lovaina, asegura que si un único país adopta medidas de austeridad eso no es mayor problema, "pero si Alemania obliga a toda Europa a hacerlo está condenando a la UE a una recaída a la recesión". El Nobel Paul Krugman ha calificado los planes europeos de "masoquismo". Pero en Europa conviven dos visiones: "En el Norte se cree que el dilema entre austeridad y crecimiento es falso: esa visión se basa en que los planes de austeridad de hoy permitirán el crecimiento de mañana porque devuelven la confianza a los mercados. La periferia de Europa ha aplicado los ajustes por obligación, pero en el fondo el Sur de Europa piensa que aplicar ajustes para reducir el déficit tendrá efectos sobre la demanda y precipitará a la eurozona a una nueva recesión. Comparto esa segunda vía sureña", asegura De Grauwe en una entrevista con este diario.


- Alemania o EE UU. La crisis fiscal es evidente en Europa, pero esconde otros problemas: serios desequilibrios en la balanza comercial, países con enormes superávits (encabezados por Alemania y Holanda, con un gran potencial exportardor) y países con déficits sensacionales (España y Grecia, por ejemplo, que importan más de lo exportan desde la noche de los tiempos). En el mundo ocurre lo mismo, con China y EE UU a ambos lados de la balanza comercial. "Los planes de austeridad y las reformas estructurales son una forma de que economías como la española o la griega reduzcan esa brecha. Si Alemania hace incomprensiblemente lo mismo, condena a toda Europa a una década perdida. EE UU está actuando con mayor pragmatismo. Pero si Alemania no incentiva el consumo, será imposible hacer ese reajuste en Europa", señala Vicente Pallardó, analista de coyuntura del Instituto de Economía Internacional.


Alfredo Pastor, del IESE, atribuye ese fetichismo del déficit que se va instalando en toda Europa "a la pura superstición". "Los Gobiernos creen que así se ganarán la confianza de los mercados. Cuando alguien está muy endeudado, sus prestamistas deciden su futuro. Eso le ocurre a Europa: los prestamistas deciden la política económica, los mercados han prestado mucho dinero a los Gobiernos y ahora reclaman el cetro de mando; la confianza no va a volver así como así", remacha.


- El BCE y los halcones. El Banco Central Europeo (BCE) desempeña un papel fundamental en esta historia. Su gestión es más heterodoxa que nunca, y sin embargo la política monetaria sigue siendo restrictiva: no hay crédito a pesar de las compras de bonos, a pesar de la barra libre de liquidez, a pesar de todas las medidas para ayudar a la banca. Al final, "su política no es lo suficientemente laxa: deberían acercar los tipos de interés al 0%, comprar más bonos, ayudar a debilitar el euro", aconseja esta semana el economista Nouriel Roubini, el gran gurú de la crisis. Pallardó sugiere que los halcones del déficit siguen mandando en el BCE, a pesar del salto dramático que supuso la compra de deuda pública. "La Reserva Federal ha comprado centenares de miles de millones de dólares en deuda pública, mientras que las cantidades del BCE son mucho más modestas. ¿La razón? Esa es la forma de poder de obligar a hacer ajustes más drásticos y reformas a los países del Sur, que de otra manera se resistirían a encajar ese duro golpe", dice.


- Las dudas y la reencarnación. El Nobel Joseph Stiglitz lo tiene claro: "Europa va directa al desastre si continúa con la manía de la austeridad", una opinión que comparte con Krugman. El presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, tampoco tienen dudas, pero en sentido contrario: "Es una completa falacia decir que la consolidación fiscal reduce el crecimiento. Es exactamente al contrario. Es la ausencia de credibilidad fiscal lo que reduce el crecimiento". EE UU, de momento, opta por la vía Krugman-Stiglitz; Europa entera, en plena crisis fiscal, parece fiarse de Trichet. Aunque en realidad la inspiración tal vez no sea Trichet. Uno de los asesores económicos de Bill Clinton decía: "Antes pensaba que me gustaría reencarnarme como presidente o como jugador de béisbol. Pero ahora quiero reencarnarme en el mercado de bonos. Así puedo intimidar a cualquiera".

España y su respuesta

C. P.

"La contundencia de los recortes para ganar competitividad podría tener éxito si no existiera Alemania. Si Alemania hubiera hecho algo por incentivar su demanda"

Para Paul Collier, de Oxford, en España y en toda Europa "se están viendo severos recortes del gasto público y de la inversión pública, cuando se necesitaban recortes graduales en el gasto combinados con rápidos incrementos de la inversión pública".

Alemania podía permitirse el lujo de debatir entre mantener los estímulos o acometer un ajuste. España, no. "Si corres el riesgo de que nadie te compre tu deuda no hay alternativa", asegura el economista Ángel Ubide. "Hay que evitar a toda costa perder el control sobre el endeudamiento", afirma Antoni Zabalza, catedrático de la Universidad de Valencia. "España necesitaba dar un golpe de mano: dejar la consolidación fiscal para más adelante era temerario por los ataques de los mercados".

Economistas como Vicenç Navarro consideran un error mayúsculo el plan de ajuste presentado por Zapatero, que a su juicio aboca a España a un largo estancamiento. Otros expertos son menos negativos. El ex secretario de Estado Alfredo Pastor considera que de las medidas anunciadas "el único problema es el recorte de la inversión: lastrará el crecimiento. Las medidas que afectan a los funcionarios y los pensionistas influyen menos". "A partir de ahí, se trata de una cuestión de credibilidad: de volver a ganarse la confianza de los inversores", añade.

Ese recorte en la inversión es tal vez la mayor incertidumbre que deja el plan de Zapatero. Para Paul Collier, de Oxford, en España y en toda Europa "se están viendo severos recortes del gasto público y de la inversión pública, cuando se necesitaban recortes graduales en el gasto combinados con rápidos incrementos de la inversión pública". Aunque a la postre, paradójicamente, puede que la salida del túnel de la recesión no estuviera en manos del Gobierno. "La contundencia de los recortes para ganar competitividad podría tener éxito si no existiera Alemania. Si Alemania hubiera hecho algo por incentivar su demanda, la economía española y otros países con problemas podrían salir del paso con los ajustes, para después acometer nuevas reformas. Ahora el sur está obligado a hacer esas reformas y aún así difícilmente va a evitar una recaída", augura.

Para Mauro Guillén, de Wharton, "todo depende de si existen presiones inflacionistas o por el contrario se teme una deflación [una caída persistente del nivel de precios]. Si hay riesgo de deflación, el gasto público debe mantenerse para evitar que la demanda se hunda". El FMI considera que España es una de las economías con mayores riesgos de deflación del mundo. "Debería haber un programa flexible para mantener el gasto mientras la economía lo necesite con un plan bien concebido de reducción del déficit a medida que la economía se recupere. Pero también hay que preguntarse cuál es la mejor política económica y ponerla en práctica", añade. Guillén aconseja "explicar bien las decisiones y negociar". Nada fácil.


domingo, 1 de febrero de 2009

La crisis del sistema: Davos asume la decadencia del capitalismo a la americana


Fuente: EL PAÍS

Francia advierte de que la recesión puede provocar tensiones sociales

CLAUDI PÉREZ (ENVIADO ESPECIAL) - Davos - 01/02/2009

En pocos lugares se puede ver la decadencia del capitalismo tan de cerca como en Davos. Hay algo tóxico en la montaña de la estación de esquí alpina, que estos días ha vuelto a convertirse en el sanatorio para tuberculosos que era hace un siglo, en busca de una cura para frenar el declive del sistema. Los helicópteros de los VIP, el enjambre de guardaespaldas y policías que protegen a los capitanes de la economía mundial, la sucesión de fiestas y la ostentación de las élites de Davos -con la que está cayendo- emparentan el Foro Económico Mundial con los excesos de los últimos años, que han llevado al colapso al sector financiero, y con él al conjunto de la economía.

La crisis se ha llevado por delante una cuarta parte de la riqueza mundial

Las vedettes del capitalismo proclamaban ayer, como durante toda la semana, la decadencia del modelo estadounidense: el cóctel de globalización y comercio internacional, de libre mercado y desregulación financiera, defendidos aquí con uñas y dientes durante años, ya no es la fórmula mágica. La idea de que ese capitalismo a la americana traería grandes dosis de prosperidad y crecimiento sin apenas ciclos ni sobresaltos se ha esfumado. John K. Galbraith decía que hay dos clases de expertos en economía: "Los que no tenemos ni idea y los que no saben ni eso". El economista Martin Wolf se apuntó ayer al primer grupo: "Honestamente, no sabemos qué va a ocurrir". "Pero lo seguro es que las próximas noticias van a ser peores", replicó el número dos del FMI, John Lipsky.

Las consecuencias de la crisis son potencialmente peligrosas: la Organización Mundial del Comercio alertó ayer del riesgo de una escalada proteccionista, y la ministra de Finanzas francesa, Christine Lagarde, advirtió de que el huracán económico provocará "problemas sociales". No se trata de una profecía. Francia ha vivido esta misma semana una sonora huelga. Ayer, centenares de personas se manifestaron contra el foro en Ginebra. Pese a las espectaculares medidas de seguridad, las protestas llegaron hasta el corazón de Davos. Los manifestantes arrojaron zapatos contra el centro de congresos.

El desencanto de la ciudadanía se superpone al estupor de las élites reunidas en Suiza. El boom de los últimos años era para el hombre de Davos la consecuencia del triunfo del mercado sobre el Estado. Eso ha cambiado a toda velocidad. Como consecuencia, Davos tiene este año toques surrealistas: el mea culpa de los banqueros, ejecutivos y políticos, que piden ahora más regulación y aplauden los planes de rescate -"pirómanos convertidos en bomberos", dice el economista Jean-Pierre Lehman-, y el papel de Rusia y China, presentados casi como salvadores del capitalismo ante la escasa presencia en la ciudad suiza de la nueva Administración de EE UU, que contrasta con la confianza ciega del foro en Obama como prácticamente el único resquicio de esperanza. Ayer mismo, el presidente estadounidense dio "una nueva estrategia" para ayudar a bajar los costes hipotecarios de los ciudadanos.

Los expertos calculan que la tormenta subprime se ha llevado por delante al menos una cuarta parte de la riqueza mundial, y que golpea ya con dureza en todo el mundo, con el cierre de factorías y el aumento del paro. "Los bancos asumieron riesgos excesivos. Los empresarios se endeudaron demasiado. Los reguladores permitieron todo eso. Y ahora los contribuyentes tienen que acudir en su ayuda para limpiar toda la basura, lo que disparará la deuda del Estado y acabará teniendo consecuencias sobre los bienes públicos como la sanidad", destacó ayer el Nobel de economía Joseph Stiglitz. "Hay una tremenda arrogancia en todo lo que ha sucedido. Banqueros y ejecutivos deberían pensar en lo que han defendido durante años y asumir responsabilidades", concluyó.

"Se avecinan tiempos sombríos: o se ajusta el rumbo o habrá depresión", avisa Nouriel Roubini, el gran gurú de la crisis. "Hay que cambiar el sistema entero, o en caso contrario cuando salgamos de esta crisis tendremos otra de esas enormes burbujas de activos y endeudamiento, y será desastroso", prosigue.

El final del túnel no está claro. Lipsky aseguró ayer que la recuperación puede llegar a finales de año. Stiglitz habla de 2010. El fundador de Microsoft, Bill Gates, apunta a 2012. Pero en todos los casos, eso sucederá si se cumplen infinitos condicionales: "Si aumenta la coordinación de las políticas económicas" (Lipsky); "si se crea un supervisor financiero internacional y si aumenta el proteccionismo" (Stiglitz); "si hacemos lo correcto" (Roubini).

Pero nadie parece saber qué es lo correcto. Davos apenas ha aportado soluciones a los problemas actuales. Frente al optimismo de los últimos años, en la edición de este año el pesimismo domina el horizonte económico.

La fe en una mezcla de globalización, innovación financiera y fundamentalismo de mercado ha desaparecido. El Estado vuelve a estar de moda. Obama mira a Europa: su plan de rescate bancario se inspira en el sueco de los años noventa, así como políticas fiscales a la europea. China ha defendido también en Davos un plan al estilo Keynes para incentivar el consumo, que incluye los primeros pasos hacia un rudimentario sistema de salud universal. "Cuando la mayor economía y el mayor país emergente miran a la vez hacia el mismo sitio, algo pasa", afirma el economista Kenneth Rogoff. El nuevo paradigma, una auténtica revolución cultural en el foro, "es más europeo e implica más Estado", asegura.

La convalecencia de la economía global provoca extrañas situaciones. Al lado del centro de congresos de Davos un librero colocaba ayer junto a las novedades del escaparate un libro que multiplicó por cuatro sus ventas en 2008: El capital, de Marx. "El papel del Estado es ahora fundamental, pero se trata de una situación de emergencia, temporal", avisa el financiero George Soros sugiriendo que el péndulo puede volver hacia el otro lado cuando la crisis desaparezca y EE UU se recupere. Obama ha aparecido como un soplo de aire fresco para amortiguar el trastazo, pero ya hay varios cambios en marcha ante la constatación de ese declive.

viernes, 3 de octubre de 2008

"Acabaremos ahogados en una deuda sin precedentes que durará mucho tiempo"


Jose Luis de Haro EL ECONOMISTA 3/10/2008

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Joseph Stiglitz, premio Noberl de Economía. Foto: Archivo

En plena incertidumbre sobre qué sucederá con el plan de rescate propuesto por la Administración Bush, el premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, se suma a la larga lista de académicos que consideran la propuesta como una medida poco eficiente. Stiglitz no dudó en compartir con elEconomista sus opiniones sobre el polémico Acto de Emergencia de Estabilización Económica de 2008 y el rumbo que tomará la economía norteamericana en los próximos meses.

¿Qué opinión le merece el plan de rescate presentado por la Administración Bush?

El plan propuesto está mal diseñado y pone de manifiesto que la falta de entendimiento es el principal problema que existe actualmente. Los bancos tienen un agujero en sus balances de cuentas que necesita ser reparado inmediatamente a través de una inyección de capital. Pero, después de este descomunal rescate, continuará la necesidad de inyectar a escala masiva más dinero federal. Pese a todo, dada la incompetencia del presidente George Bush y del secretario Paulson, este plan es lo mejor que podemos hacer y es mejor que nada.

Entonces, ¿usted cree que es mejor invertir casi un billón de dólares en una medida ineficaz?

Debo rectificar (risas). No estoy seguro que sea mejor que nada. Es muy triste que en este momento de crisis tengamos un liderazgo tan empobrecido en la Casa Blanca. Este es un plan verdaderamente nefasto, pero dada la incompetencia del Gobierno parece que es lo mejor que vamos a conseguir sacar de todo esto.

¿Qué piensa de las rencillas políticas desatadas por los republicanos en el Congreso el pasado lunes?

En cierta forma es un especie de paradoja. Por un lado, la ideología republicana es la que ha provocado este desastre, pues esa idea pro mercado ha sido la causa de esta situación. Por otro, parece que los políticos han decidido escuchar a los ciudadanos, que están muy enfadados, y han manifestado el sentimiento popular, mientras que el presidente no ha conseguido convencer de que éste sea un buen plan. Bush ha utilizado el miedo para conseguir todo lo que le ha venido en gana durante los últimos ocho años y como alguien dijo ya no es un pato atontado sino un pato muerto. Existe un gran odio alrededor de esta propuesta.

¿Cree que los anteriores rescates de compañías, como Freddie Mac, Fannie Mae o AIG, están justificados? ¿Debería el Gobierno federal haberlas dejado quebrar?

Si hubiéramos tenido la administración y el liderazgo necesarios, podríamos haber dejado que Freddie y Fannie fueran a la bancarrota para crear un nuevo sistema hipotecario que copiase, por ejemplo, el de los bancos daneses, y que hubiera asegurado todo el dinero invertido. Sin estas circunstancias de liderazgo, al no rescatar ambas compañías, lo más probable es que hubiéramos sufrido una congelación de la industria hipotecaria, y eso, sin duda, habría sido un verdadero desastre. Con una administración tan incompetente, rescatarlas fue lo mejor que se podía hacer.

¿Considera que la Administración Bush es la única culpable o debemos buscar otros responsables entre los ejecutivos de Wall Street, Alan Greenspan??

Los que han fomentado esta situación son la Casa Blanca, la Reserva Federal, Alan Greenspan, los reguladores y, sobre todo, Wall Street, porque al fin y al cabo fueron los que juzgaron erróneamente. Diseñaron esquemas de incentivos que fomentaban enormemente el riesgo y encima contrataron gente que no entendía ni sabía controlarlo. La agencia de calificación no supo juzgar el riesgo. Wall Street no hizo lo que debía y los reguladores, que supuestamente deberían haberles frenado por hacer lo que no debían, se quedaron de brazos cruzados. Los ciudadanos odian esta propuesta, porque parece que están dando dinero a los responsables de esta catástrofe.

Muchos contribuyentes se quejan porque no existe una pena para los responsables. Usted que cree, ¿se debería castigar a los ejecutivos o a las entidades financieras?

El problema es que tenemos unas leyes muy estrictas que básicamente dicen que alguien sólo puede ser castigado si hace algo considerado ilegal en el momento de hacerlo. Lo que debemos hacer es asegurarnos de que esto no ocurra otra vez. Sin embargo, algunos de los implicados en todo este asunto seguramente realizaron algún tipo de fraude y si es así deberían ser duramente castigados. Pero soy consciente de que en muchas de estas áreas estuvieron actuando de forma ilegal sin incurrir en un delito.

¿Qué tipo de cambios de regulación deberían implementar las autoridades federales?

Básicamente necesitamos no sólo una mayor transparencia en la revelación de información, sino que también debemos cambiar la estructura de incentivos, reducir el conflicto de intereses, los incentivos derivados de los riesgos a corto plazo, una comisión de estabilidad financiera? existe una agenda completa para llevar a cabo una reforma reguladora.

¿Cuál va a ser el impacto a medio plazo de esta crisis en la economía estadounidense?

A la economía norteamericana todavía le espera una caída mucho más seria. EEUU se encamina hacia una contracción económica, al igual que el resto del mundo, y probablemente acabará sufriendo una recesión importante. Estamos inyectando mucho dinero para corregir el problema, pero vamos a acabar ahogados en una deuda sin precedentes que va a seguir con nosotros mucho tiempo.

¿Cuándo cree que los precios inmobiliarios van a tocar fondo?

Depende de lo rápido que caigan. Yo diría que en uno o dos años.

De los dos candidatos presidenciales de Estados Unidos, ¿quién se muestra más preparado para resolver esta crisis?

No existe una comparación posible, ya que McCain ha manifestado que no entiende de economía y Obama ha dejado claro la necesidad de crear e implantar una nueva estructura reguladora. El plan que tenemos hoy es mucho mejor que el presentado inicialmente por Paulson y eso es gracias a la intervención de Obama.

¿Cómo va a afectar este supuesto rescate a la política económica del próximo presidente de EEUU?

Las ambiciones económicas del próximo inquilino a la Casa Blanca tendrán que ser modificadas. Sin embargo, cuando la economía está débil es un momento perfecto para que el gobierno cambie las normas de inversión, así que algunos de los planes de Obama se podrían implantar sin problema.

martes, 23 de septiembre de 2008

Joseph Stiglitz:"La crisis de Wall Street es para el mercado lo que la caída del muro de Berlín fue para el comunismo"

NATHAN GARDELS
EL PAÍS, NEGOCIOS - 21-09-2008

Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001, sostiene que la crisis de Wall Street pone de manifiesto que el modelo de fundamentalismo de mercado no funciona. En su opinión, la crisis que ha sacudido Wall Street la última semana es para ese modelo el equivalente a lo que fue la caída del muro de Berlín para el comunismo. Stiglitz critica la complejidad de los productos financieros que han provocado la crisis y los incentivos al riesgo de los sistemas de retribución de los directivos.

Pregunta. Barack Obama afirma que el hundimiento de Wall Street es la mayor crisis financiera desde la gran depresión. John McCain dice que la economía está amenazada, pero es básicamente fuerte. ¿Cuál de ellos tiene razón?

Respuesta. Obama se acerca mucho más a la verdad. Sí, Estados Unidos tiene talentos, grandes universidades y un buen sector de alta tecnología. Pero los mercados financieros desempeñan un papel muy importante; supusieron en los últimos años el 30% de los beneficios empresariales. Los directivos de los mercados financieros han cosechado esos beneficios con el argumento de que ayudaban a gestionar el riesgo y a asignar el capital con eficacia, y afirmaban que por eso "merecían" unos rendimientos tan altos. Se ha demostrado que no es cierto. Lo han gestionado todo mal. Ahora el tiro les ha salido por la culata, y el resto de la economía pagará porque las ruedas del comercio se ralentizan debido a la quiebra del crédito. Ninguna economía moderna puede funcionar bien sin un sector financiero vibrante.

De modo que el diagnóstico de Obama, cuando dice que nuestro sector financiero está en un estado deplorable, es correcto. Y si está en un estado deplorable, significa que nuestra economía está en un estado deplorable. Aunque no observásemos la conmoción financiera, sino la deuda doméstica, nacional y federal, el problema es serio. Nos estamos ahogando. Si observamos la desigualdad, que es la mayor desde la gran depresión, el problema es serio. Si observamos el estancamiento de los salarios, el problema es serio. La mayor parte del crecimiento económico de los últimos cinco años se basaba en la burbuja de la vivienda, que ahora ha estallado. Y los frutos de ese crecimiento no se repartieron ampliamente. En resumen, los cimientos no son buenos.

P. ¿Cuál debería ser la respuesta política al hundimiento de Wall Street?

R. Está claro que no sólo necesitamos volver a regular, sino también rediseñar el sistema regulador. Durante su reinado como jefe de la Reserva Federal en la que surgió esta burbuja hipotecaria y financiera, Alan Greenspan tenía muchos instrumentos a su alcance para frenarla, pero no lo consiguió. Después de todo, Ronald Reagan le escogió por su actitud contraria a la regulación.

A Paul Volcker, el anterior presidente de la Reserva Federal, conocido por mantener la inflación bajo control, le cesaron porque el Gobierno de Reagan no creía que fuera un liberalizador adecuado.

Por consiguiente, nuestro país ha sufrido las consecuencias de escoger como regulador supremo de la economía a alguien que no creía en la regulación. De modo que para corregir el problema, lo primero que necesitamos son líderes políticos y responsables que crean en la regulación. Además, necesitamos establecer un sistema nuevo, capaz de soportar la expansión de las finanzas y los instrumentos financieros mejor que los bancos tradicionales.

Por ejemplo, necesitamos reglamentar los incentivos. Las primas tienen que pagarse basándose en los resultados de varios años, y no de un solo año, porque esto último fomenta las apuestas. Las opciones de compra de acciones fomentan la adulteración de la contabilidad y hay que frenarlas. En resumen, ofrecimos incentivos para que se diese un mal comportamiento en el sistema, y nos salimos con la nuestra.

También necesitamos frenos, bandas sonoras. Históricamente, todas las crisis financieras han estado asociadas con una expansión muy rápida de determinados tipos de activos, desde los tulipanes hasta las hipotecas. Si frenamos eso, podremos impedir que las burbujas se descontrolen. El mundo no desaparecería si las hipotecas creciesen un 10% y no un 25% anual. Conocemos tan bien el patrón que deberíamos poder hacer algo para dominarlo. Ante todo, necesitamos una comisión de seguridad de los productos financieros, como la que tenemos para los productos de consumo. Los financieros estaban inventando productos que no gestionaban el riesgo, sino que lo producían.

Por supuesto, creo firmemente en una mayor transparencia. Sin embargo, desde el punto de vista de los criterios reguladores, estos productos eran transparentes en un sentido técnico. Pero eran tan complejos que nadie los entendía. Aunque se hicieran públicas todas las cláusulas de estos contratos, no le habrían aportado a ningún mortal información útil sobre el riesgo.

Demasiada información equivale a nada de información. En este sentido, quienes piden más revelaciones como solución al problema no entienden la información. Si uno compra un producto, lo que necesita es conocer el riesgo, así de sencillo. Ésa es la cuestión.

P. Los activos hipotecarios que han provocado el caos están en manos de bancos o fondos soberanos de China, Japón, Europa y el Golfo. ¿Cómo les afectará esta crisis?

R. Es cierto. Las pérdidas de las instituciones financieras europeas por las hipotecas subprime han sido mayores que en Estados Unidos. El que Estados Unidos diversificase estos activos hipotecarios entre tenedores de todo el mundo gracias a la globalización de los mercados ha suavizado de hecho el impacto en Estados Unidos. Si no hubiéramos diseminado el riesgo por todo el mundo, la crisis sería mucho peor. Una cosa que ahora se entiende, a consecuencia de esta crisis, es la información asimétrica de la globalización. En Europa, por ejemplo, no se sabía muy bien que las hipotecas estadounidenses son hipotecas sin recurso: si el valor de la casa baja más que el de la hipoteca, uno puede devolverle la llave al banco y largarse. En Europa, la casa sirve de garantía, pero el prestatario sigue endeudado por la cantidad debida, pase lo que pase.

Éste es uno de los peligros de la globalización: el conocimiento es local, porque uno sabe mucho más de su propia sociedad que de las otras.

P. ¿Cuál es entonces en último término el impacto del hundimiento de Wall Street en la globalización regida por el mercado?

R. El programa de la globalización ha estado estrechamente ligado a los fundamentalistas del mercado: la ideología de los mercados libres y de la liberalización financiera. En esta crisis, observamos que las instituciones más basadas en el mercado de la economía más basada en el mercado se vienen abajo y corren a pedir la ayuda del Estado. Todo el mundo dirá ahora que éste es el final del fundamentalismo del mercado. En este sentido, la crisis de Wall Street es para el fundamentalismo del mercado lo que la caída del muro de Berlín fue para el comunismo: le dice al mundo que este modo de organización económica resulta insostenible. Al final, dicen todos, ese modelo no funciona. Este momento es señal de que las declaraciones de liberalización del mercado financiero eran falsas.

La hipocresía entre el modo en el que el Tesoro estadounidense, el FMI y el Banco Mundial manejaron la crisis asiática de 1997, y el modo en que se está manejando ésta, ha acentuado dicha reacción intelectual. Ahora los asiáticos dicen: "Un momento, a nosotros nos dijisteis que imitásemos a Estados Unidos que vosotros sois el modelo. Si hubiéramos seguido vuestro ejemplo, ahora estaríamos en el mismo lío. Vosotros tal vez podáis permitíroslo. Nosotros, no".



¿El fin del neoliberalismo?

JOSEPH E.STIGLITZ
EL PAÍS, NEGOCIOS - Negocios - 20-07-2008

El mundo no ha sido amable con el neoliberalismo, esa caja de sorpresas de las ideas que se basa en la noción fundamentalista de que los mercados se corrigen a sí mismos, asignan los recursos con eficiencia y sirven bien al interés público. Este fundamentalismo del mercado estuvo detrás del thatcherismo, la reaganomía y el denominado "consenso de Washington", todos ellos a favor de la privatización, de la liberalización y de los bancos centrales independientes y preocupados exclusivamente por la inflación.
Durante un cuarto de siglo, los países en vías de desarrollo han estado en pugna, y está claro quiénes son los perdedores: aquellos que siguieron políticas neoliberales no sólo han perdido la lotería del crecimiento, sino que cuando esos países crecían, los beneficios iban a parar desproporcionadamente a las clases más altas.

Aunque los neoliberales no quieren admitirlo, su ideología también ha fracasado en otra prueba. Nadie puede afirmar que los mercados financieros hicieran un trabajo estelar en la asignación de recursos a finales de la década de 1990, cuando un 97% de las inversiones en fibra óptica necesitaron años para ver la luz. Pero al menos ese error tuvo una ventaja inesperada: con la bajada de los costes de la comunicación, India y China se integraron más en la economía mundial.

Pero es difícil ver muchas ventajas en la enorme e inadecuada asignación de recursos al sector de la vivienda. Las casas construidas recientemente para familias que no podían pagarlas se están deteriorando a medida que millones de estas familias se ven obligadas a dejar su hogar y sólo quedan en pie las fachadas. En algunas comunidades el Gobierno ha tomado por fin cartas en el asunto y está retirando los restos. En otras, la destrucción se extiende. De modo que incluso aquellos que han sido ciudadanos modelo, endeudándose con prudencia y manteniendo sus casas, descubren ahora que los mercados han hecho que disminuya el valor de su vivienda más allá de las peores pesadillas.

Ciertamente, este exceso de inversión en el sector inmobiliario tuvo sus beneficios a corto plazo: algunos estadounidenses disfrutaron, aunque sólo fuera durante unos meses, de los placeres de ser propietarios y de vivir en una casa más grande de lo que podían permitirse. ¡Pero a qué precio para sí mismos y para la economía mundial! Millones perderán los ahorros de su vida con la casa. Y las ejecuciones de hipotecas de viviendas han precipitado una recesión mundial. Cada vez se coincide más en el pronóstico: esta crisis será prolongada y extensa.

Y los mercados tampoco nos prepararon bien para el encarecimiento del petróleo y los alimentos. Por supuesto, ninguno de los sectores es un ejemplo de economía de libre mercado, pero ése es en parte el argumento: la retórica del libre mercado se usa selectivamente; se asume cuando sirve a intereses especiales y se descarta cuando no es así.

Quizá una de las pocas virtudes del Gobierno de George W. Bush es que el desfase entre retórica y realidad es menor que con Ronald Reagan. A pesar de toda su retórica de libre mercado, Reagan impuso restricciones comerciales a mansalva, incluidas las famosas restricciones de exportación "voluntarias" a los automóviles.

Las políticas de Bush han sido peores, pero el grado en que ha servido abiertamente al complejo industrial y militar estadounidense ha sido más meridiano. La única vez que el Gobierno de Bush se volvió ecológico fue cuando empezó a subvencionar el etanol, cuyas ventajas para el medio ambiente son dudosas. Las distorsiones del mercado de la energía (en especial a través del sistema tributario) continúan, y si Bush hubiera podido salirse con la suya, las cosas estarían peor.

Esta mezcla de retórica de libre mercado e intervención estatal ha funcionado especialmente mal para los países en vías de desarrollo. Se les dijo que dejasen de intervenir en la agricultura, con lo cual sus agricultores quedaron expuestos a una devastadora competencia por parte de Estados Unidos y Europa. Sus agricultores habrían podido competir con los estadounidenses y los europeos, pero no con las subvenciones estadounidenses y europeas. No es de extrañar que las inversiones en agricultura en los países en vías de desarrollo desaparecieran y que el desfase alimentario se agravara.

Los que prodigaron este mal consejo no tienen que preocuparse de mantener un seguro contra demandas por negligencia. Los costes los soportarán los países en vías de desarrollo, en especial los pobres. Este año veremos un gran aumento de la pobreza, sobre todo si la medimos correctamente.

Dicho de manera más sencilla, en un mundo de abundancia, millones de personas en los países en desarrollo siguen sin poder pagar las necesidades nutricionales básicas. En muchos países, la subida de precios de los alimentos y la energía tendrá consecuencias especialmente devastadoras para los pobres, porque estos artículos constituyen una parte más elevada de sus gastos.

El enfado en todo el mundo es palpable. Los especuladores son blanco de buena parte de esa ira, lo cual no es sorprendente. Los especuladores sostienen que no son la causa del problema, sino que simplemente se dedican al "descubrimiento de precios", o en otras palabras, están descubriendo -un poco tarde para hacer mucho respecto al problema este año- que hay escasez.

Pero ésa es una respuesta poco honrada. Las expectativas de subida y volatilidad de los precios animan a cientos de millones de agricultores a tomar precauciones. Puede que ganen más dinero si guardan un poco de su grano hoy para venderlo más tarde; y si no lo hacen, no podrán pagarlo si la cosecha del año siguiente es menor de lo esperado. Un poco de grano sacado del mercado por cientos de millones de agricultores de todo el mundo se convierte en mucho.

Los defensores del fundamentalismo del mercado quieren achacar la culpa no a los fallos del mercado sino a los fallos del Gobierno. Cuentan que un alto cargo chino decía que el problema era que el Gobierno estadounidense debería haber hecho más por ayudar a los estadounidenses de rentas bajas con sus viviendas. Estoy de acuerdo. Pero eso no cambia los hechos: los bancos estadounidenses gestionaron mal el riesgo en una escala monumental, y esto tuvo repercusiones mundiales, mientras que los que dirigen estas instituciones se han ido con miles de millones de dólares como compensación.

Actualmente percibimos un desajuste entre los beneficios sociales y los privados. Pero a menos que estén escrupulosamente alineados, el sistema de mercado no podrá funcionar bien.

El fundamentalismo de mercado neoliberal siempre ha sido una doctrina política que sirve a determinados intereses. Nunca ha estado respaldado por la teoría económica. Y, como debería haber quedado claro, tampoco está respaldado por la experiencia histórica. Aprender esta lección tal vez sea un rayo de luz en medio de la nube que ahora se cierne sobre la economía mundial.

lunes, 23 de junio de 2008

“Irak no ha sido sólo un fracaso, también un desastre”

ENTREVISTA Joseph E.stiglitz


Joseph E. Stiglitz



JOSÉ MARÍA RIDAO
EL PAIS SEMANAL - 22-06-2008

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía en 2001, acaba de publicar un libro, La guerra de los tres billones de dólares (editorial Taurus), junto a la catedrática de Harvard Linda J. Bilmes, especialista en finanzas públicas. Sin menospreciar los costes políticos, y sobre todo humanos, de la invasión de Irak, Stiglitz y Bilmes hacen una aproximación económica a la invasión de Irak. No sólo las cifras son sobrecogedoras, también los mecanismos de corrupción que la guerra ha provocado.
Este libro deja claras las razones económicas por las que la guerra de Irak fue un error, pero usted estuvo en contra desde el principio. George W. Bush aseguró que había un riesgo inminente de que el régimen de Sadam Husein utilizase armas de destrucción masiva. Pero el jefe de la misión de inspectores de Naciones Unidas, Hans Blix, dijo que no existía ninguna prueba de que tales armas existieran. Pidió más tiempo y más inspecciones.

Fue, entonces, la necesidad de respetar los procedimientos de Naciones Unidas lo que le llevó a oponerse. Después de la II Guerra Mundial se estableció un marco para la legalidad internacional en el que no se reconocía la posibilidad de declarar una guerra preventiva. En este caso se trataba de saber si había razones para hacer una excepción a las reglas que habían funcionado durante medio siglo. Naciones Unidas aseguraba que no tenía pruebas que justificasen hacerla.

Por tanto, emprender esta guerra era violar la legalidad internacional. La necesidad de respetarla me pareció un argumento decisivo. Además, Naciones Unidas tuvo razón: las armas de destrucción masiva no aparecieron. Pero también me pareció decisivo aprender de los errores pasados.

¿Se refiere a Vietnam? Ése fue el segundo argumento, teníamos que haber aprendido del fracaso en Vietnam. No había ninguna duda de que el ejército más poderoso del mundo conquistaría sin muchas dificultades un país sometido a sanciones durante años. Por eso, el verdadero problema consistía en saber si se podía ganar la paz. La estructura tribal de Irak era bien conocida, y, desde esta perspectiva, la invasión conllevaba serios riesgos de conflicto entre los shiíes, los suníes y los kurdos. No era fácil ganar la paz aunque se ganara la guerra.

Pero se habló de llevar la democracia a Irak y, por extensión, a todo Oriente Próximo. La ironía reside en que se pretendía instaurar una democracia a través de medios antidemocráticos.

Y finalmente se habló de una conexión entre Sadam Husein y los terroristas del 11-S. Desde que se demostró que no había armas de destrucción masiva, la Administración de Bush tuvo que recurrir a otros argumentos para justificar la guerra. Irak no tenía ninguna relación con los atentados, no tenía ninguna conexión con Al Qaeda. Esta organización terrorista no existía en Irak. Ahora sí, porque se le ha brindado la oportunidad. No importa qué criterios se utilicen –económicos, petróleo, democracia, seguridad–; la guerra no ha sido sólo un fracaso, sino también un desastre.

Pero, entonces, ¿por qué se emprendió? Es uno de los aspectos que tratamos en el libro. Nadie lo sabe a ciencia cierta. Pudo tener algún papel una visión infantil de la geopolítica del petróleo. George W. Bush y sus asesores pensaron que podrían controlar los recursos petrolíferos de Irak, y que eso se traduciría en una fuente adicional de abastecimiento. Pero estamos en los comienzos del siglo XXI y no en el siglo XIX, y si un país invade a otro tiene que respetar unas normas. Estados Unidos es firmante de la Convención de La Haya, y, por consiguiente, como potencia ocupante, no podía disponer del petróleo iraquí.

Eso es, sin embargo, lo que ha hecho. En el libro contamos cómo una vez se le recordó la Convención de La Haya al enviado de la Administración de Bush para privatizar el petróleo iraquí, y cómo él se limitó a responder: la legalidad internacional no es asunto mío, yo sólo cumplo órdenes del presidente Bush. Y sin embargo, las compañías no podían adquirir ese petróleo. En fin, como poder, podían; pero se arriesgaban a que después alguien les dijera que habían comprado una propiedad robada. Y no se pueden comprar propiedades robadas porque el vendedor no puede venderlas. La verdad es que no sé si la Administración de Bush no entendía la legalidad internacional o si le traía sin cuidado.

¿Cabría imaginar lo más sencillo, y es que Bush y sus asesores creyeran en su plan? He leído recientemente que la guerra de Irak remite al complejo de Edipo entre Bush y su padre; en definitiva, que no puede explicarse a través de argumentos racionales. Pero, sin duda, puede que creyeran en su plan; al menos, algunos de los asesores del presidente, los neocons. Sé positivamente que Bush no entendió la complejidad de la sociedad iraquí, porque he hablado con algunas personas que se entrevistaron con él antes de la guerra. No tenía siquiera una estrategia para la ocupación.

De ahí, tal vez, que ahora se diga que fue un error licenciar a todos los funcionarios y militares que colaboraron con el partido de Sadam Husein, el Baaz. La ironía es que en estos momentos están poniendo en marcha la estrategia contraria, recuperar a los mismos que licenciaron al principio. Entonces no estuvieron dispuestos a escuchar a quienes les advertían de los peligros. Pero ahora, tampoco: esa mentalidad continúa. Sólo quieren escuchar a quienes les dicen lo que quieren oír.

Entre tanto, la situación en Irak se ha mezclado con la tensión con Irán. Es otra de las paradojas de esta guerra. Se dijo que se emprendía por causa de las armas de destrucción masiva, y se invadió un país que no las tenía, mientras que otro país, Corea del Norte, se convertía en una potencia nuclear. Tratando de resolver un falso problema, la Administración de Bush creó uno nuevo. Y ahora el asunto es Irán. Es interesante constatar que el riesgo estuviera en Corea y, sin embargo, se comenzara por Irak.

¿Y por qué se hizo así? Creo que guarda relación con el mantenimiento de la falsa visión sobre Irak de algunos extremistas. Es una especie de vendetta. De hecho, es una vendetta. A principios de los años ochenta, Sadam Husein recibió armas –incluyendo, creo, armas químicas– a consecuencia de la guerra con Irán. Se actuó bajo el principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Sadam Husein estaba contra Irán, e Irán era el principal enemigo, y, por tanto, había que suministrarle armas, apoyarlo. Y ahora la posibilidad de hacer algo con Irán es más limitada como consecuencia de la guerra en Irak.

Es decir, que la posición de Estados Unidos se ha debilitado. Exactamente. Los shiíes, que son mayoría en Irak, se sienten próximos a Irán. Con 140.000 soldados americanos y 40.000 agentes de seguridad contratados en Irak, Estados Unidos es vulnerable. Si Estados Unidos le hace la vida difícil a Irak, Irán puede hacérsela difícil a Estados Unidos.

¿Es posible detener el programa nuclear iraní? Habría que distinguir dos aspectos. Uno es si los iraníes tienen capacidad o no para desarrollar armas nucleares; otro es su capacidad para lanzarlas. Por referirme sólo al primero, al aspecto de la proliferación, lo esencial es encontrar un mecanismo de control adecuado. Pero en este momento, la posibilidad de que Estados Unidos haga algo es limitada. Se podría, obviamente, destruir el programa atómico de los iraníes, aunque lo único que se conseguiría es que empezaran de nuevo.

La salida más razonable parece, pues, alcanzar un acuerdo sobre ese mecanismo. Al final habrá que hacer un esfuerzo global para desalentar la proliferación de armas nucleares. Tendría que ser un programa amplio, que incluyera algunas de las armas nucleares de Estados Unidos. Porque, en definitiva, ¿quiénes son hoy los enemigos? Se sigue operando con la mentalidad de la guerra fría, que terminó hace veinte años. Entonces existía un sistema de disuasión, pero ahora no hay nadie en el otro lado. Es difícil que todos acepten a un solo país como policía del mundo. En especial, cuando ese país ha fracasado a la hora de respetar la legalidad internacional. Por eso creo que debería establecerse un régimen de control internacional más efectivo, en el que Estados Unidos fuera también parte.

En su libro no sólo se habla del coste económico de la guerra. Describe, además, la corrupción que ha generado. Los mecanismos han sido múltiples. Se ha recurrido a la obtención de partidas de emergencia más que a las asignaciones presupuestarias ordinarias. Una emergencia es, por definición, algo que no se puede prever, como el huracán Katrina. Pero la guerra no era imprevisible, y además ha llegado a su sexto año y todavía se sigue recurriendo a partidas de emergencia. En las asignaciones presupuestarias ordinarias, la corrupción es difícil, porque el gasto es escrupulosamente supervisado. Ante las emergencias es distinto. Se le dice al Congreso que si no aprueban las asignaciones se producirá un desastre, y, por consiguiente, los congresistas no pueden detenerse en los detalles. Así surge el marco que hace posible la corrupción.

Usted también ha estudiado la asignación de los contratos con cargo a esas partidas de emergencia. En las situaciones corrientes, los contratos se llevan a cabo a través de un concurso público. En nuestro libro nos referimos a la lucha que se estableció entre Rumsfeld y el Congreso. El Congreso le reclamaba convocar concursos públicos para asignar las partidas de emergencia, y Rumsfeld lo rechazaba. Entre tanto, no se gastó nada en la reconstrucción de Irak, aunque el Congreso insistió en que había que hacerlo. Consiguientemente, la reconstrucción fracasó, y su fracaso se convirtió en una baza para la insurgencia. Muchos iraquíes perciben que su vida es peor ahora que antes de la guerra.

Es también interesante, y revelador, el tipo de contrato que se establecía con algunas empresas. El Gobierno aceptaba un mecanismo de reintegro de los gastos y el pago de una cantidad suplementaria como beneficio. Por otra parte, disminuyó el número de auditores. O sea, se excluyó la competencia y se redujo el control mientras aumentaba el volumen y la cifra de contratos. Se actuaba sin ningún escrúpulo, y empresas como Blackwater, que tenía contactos políticos, lo mismo que Halliburton, se llegaron a considerar parte del aparato de apoyo al Partido Republicano. Los jóvenes norteamericanos luchaban y arriesgaban sus vidas mientras ellos sólo se preocupaban de obtener más beneficios. Se triplicó el valor de sus acciones.

¿Y el Congreso no reaccionó contra estas prácticas? Mientras los republicanos tuvieron el control, no hizo nada. Ahora que los demócratas son mayoría, existen comisiones de investigación que han permitido conocer los problemas. Casi cada semana estallan nuevos escándalos. Por ejemplo, se ha descubierto que muchos de los contratos de Halliburton fueron a parar a una empresa subsidiaria en las islas Caimán, donde no pagaban impuestos. La Administración de Bush facilitó esta evasión fiscal.

Al margen de la manera en la que se han gastado, los tres billones de dólares en los que usted cifra el coste de la guerra obligan a preguntarse sobre su efecto en la economía de Estados Unidos. Creo que nuestro libro ha ayudado a la discusión sobre el coste de oportunidad, sobre lo que se podía haber hecho con ese dinero. Se han abierto varias webs en las que se discute del asunto. El presidente Bush sostiene, por ejemplo, que tenemos un grave problema con la seguridad social. Se teme la bancarrota del sistema. Por una sexta parte de lo que nos ha costado la guerra de Irak podríamos mantener el sistema funcionando durante los próximos 50 años. Pero, en realidad, cualquier problema al que se enfrente Estados Unidos en estos momentos se resolvería con una pequeña porción del gasto en la guerra de Irak.

Bush y sus asesores siempre podrían decir, y de hecho dicen, que eso es lo que cuesta tener un país más seguro… Incluso en el terreno de la seguridad estamos peor, porque se han concentrando los esfuerzos y los recursos en el asunto equivocado. Como consecuencia de la guerra de Irak, el coste de reclutamiento se ha encarecido, lo mismo que el coste para atender las necesidades de los veteranos. Y otro coste que ha aumentado es el que conlleva la necesidad de reponer el material bélico. Y todo ello sin contar con otros efectos más generales, que tampoco contribuyen a que estemos más seguros: la subida del precio del petróleo y el debilitamiento de la economía están relacionados con la guerra de Irak.

Usted cifra el impacto de la guerra sobre el precio del petróleo entre 5 y 10 dólares. Es un cálculo conservador. Creo que la cifra es mayor. Pero, en cualquier caso, y regresando al debilitamiento de la economía, la principal diferencia entre la situación de 2001 y la de hoy es que, en la de 2001, el Gobierno de Estados Unidos disponía de un superávit del 2% antes de llegar a la recesión. Ahora, antes de llegar a la recesión, tenemos un déficit alto.

¿Cree que Estados Unidos entrará en recesión? Sí, soy pesimista. Pero la recesión no es la cuestión fundamental. La cuestión fundamental es la diferencia entre el potencial de crecimiento de una economía y lo que está creciendo en realidad. Si puedes crecer al 3% y tu crecimiento es del 1%, la caída es del 2%. Es la misma caída que si se creciera al 1,9% y se bajara algo por debajo de cero, sólo que ya no se estaría en tasas positivas.

¿Y no habría manera de evitarlo? Tendrían que haberse tomado medidas hace seis meses. Pero lo que Bush ha hecho es poco y tarde, además de que no son las medidas adecuadas. Por ejemplo, la reducción de impuestos de 150.000 millones de dólares tal vez pudo ayudar, pero fue una medida rápidamente superada por las importaciones de petróleo. En el corto plazo necesitamos dos cosas: reducir el número de personas en riesgo de perder sus casas, que no es sólo un problema económico, sino también social, y la otra cosa es buscar estímulos fiscales. Pero estímulos fiscales dirigidos a los verdaderos problemas. Cada dólar gastado tiene que orientarse a estimular la economía, tiene que emplearse en objetivos a largo plazo. Lo que Bush está haciendo, sin embargo, es trasladar el problema a la próxima Administración.

¿Cómo ve la situación en España? Lo que el Gobierno español ha hecho a lo largo de los últimos años es intentar que la economía no dependa tanto de la construcción y poner más el acento en tecnología y otras industrias, invirtiendo más en educación. Es una agenda correcta. Quizá ha llegado el momento de acelerarla, porque es probable que en los próximos dos años la construcción esté mucho más débil.

¿Qué dificultades percibe? España es parte de Europa, lo que implica numerosos beneficios. Pero, al mismo tiempo, España carece del control sobre su política monetaria. El gobernador del Banco Central Europeo, Trichet, se está concentrando en la inflación. El paro puede llegar a ser un problema, y tendrán que pensar en planes alternativos. Creo que deberían facilitar el crédito, incluso si el Banco Central se está concentrando en la inflación. España disponía de superávit antes del cambio de ciclo y, por tanto, tiene la posibilidad de usarlo para estimular la economía.

Antes de las elecciones se aprobaron diversas ayudas, por nacimiento de hijos o para estimular el alquiler de los jóvenes. No conozco los detalles, pero creo que si estuviera en la posición del Gobierno habría reconocido que, dados los problemas en la economía global desde agosto de 2007, existía un riesgo significativo de desaceleración y hubiera adoptado medidas preventivas. No hay que actuar después, hay que hacerlo antes, y así suavizar la burbuja. Sin dejar de resolver los problemas a corto plazo, se debe avanzar en la agenda a largo plazo.

Decía hace un momento que, en Estados Unidos, Bush está tratando de trasladar los problemas económicos a la próxima Administración. ¿Será la de Barack Obama? Soy optimista. Lo que McCain propone es, en realidad, un tercer mandato de Bush. En algunos aspectos representa, sin duda, una mejoría. Por ejemplo, cuando dice que no cree en la tortura o que el calentamiento global existe. En otros asuntos, sin embargo, no hay diferencia: piensa permanecer en Irak, y cree, como Bush, que las rebajas de impuestos son la solución a cualquier problema. Espero que estas políticas cambien, porque han minado nuestra seguridad y nuestra economía.

Y Barack Obama representa un cambio. No sólo para Estados Unidos, sino un cambio para el mundo. Porque si algo hemos aprendido en estos años es que Estados Unidos no puede resolver por sí solo todos los problemas. Tiene el ejército más fuerte, pero no puede ganar la paz. Ahora necesitamos ayuda. El único camino es la aproximación multilateral a los contenciosos internacionales, y este periodo de unilateralismo desbocado debe llegar a su fin.

Quienes critican a Obama dicen, sin embargo, que su “diplomacia directa” rompe con la tradición norteamericana. Bush maneja un concepto insensato: diplomacia sin conversaciones. Es decir, nosotros estamos dispuestos a hablar con usted, pero usted, antes, tiene que estar de acuerdo con todo lo que queremos nosotros. Esto no es diplomacia, es una tradición que se ha inventado Bush. Su concepto de diplomacia sin conversaciones ha fracasado. Y ahora acusa a Obama de defender el apaciguamiento. Pero hablar no es apaciguar.

¿También en materia económica, Barack Obama representaría un cambio? En dos sentidos diferentes. El primero es que Obama reconoce los problemas frente a los que Bush rechazó tomar ninguna iniciativa, como, por ejemplo, el hecho de que existan cincuenta millones de americanos sin oportunidades o el sector sanitario atraviese una grave crisis. El segundo es que se propone que el país crezca con igualdad. Bush criticaba el sector público, pero bajo su mandato los gastos alcanzaron una cifra récord. Eso sí, sin ninguna visión acerca de lo que se hacía. Barack Obama, por el contrario, aporta una nueva visión sobre lo que el Gobierno tiene que hacer en áreas como investigación, infraestructuras, calentamiento global…, cosas que tenemos que emprender juntos en la sociedad. El mercado tiene su papel, pero también el Estado tiene el suyo.

Después de los tres billones de dólares gastados, después de la inestabilidad económica y política en todo el mundo, ¿la nueva Administración norteamericana tendrá el coraje de retirar las tropas de Irak? La cuestión no es ya si Estados Unidos va a retirar o no las tropas, sino cuándo va a hacerlo. Porque la pregunta a la que hay que responder es qué resuelve quedándose. Si Estados Unidos sigue en Irak cuatro años más, eso nos supondrá, cuando menos, una cifra parecida a la que hemos gastado. No ganaremos en seguridad, y el coste de oportunidad será mayor. Quien proponga que Estados Unidos se quede más tiempo en Irak tendrá que explicar, y hasta que probar, que las cosas irán mejor que hasta ahora. Todo indica, sin embargo, que no habría diferencia. Y si no hay diferencia, cada día que pase, cada semana que pase, cada mes que pase, más iraquíes y más norteamericanos perderán la vida, sin que se produzca ningún avance significativo en la situación.

¿Entonces? Tenemos que aprender de la experiencia de Vietnam. Millares de norteamericanos murieron inútilmente. Y al final tuvimos que retirarnos. Salvo que alguien encuentre un argumento convincente para decir que las cosas irían mejor quedándonos, nos veremos obligados a salir.