"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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jueves, 7 de octubre de 2010

Alguien debería contarles que...sus hipotecas ya están en manos del Tesoro chino

Las revelaciones de Sant Benet


Es una irresponsabilidad no contar todas las previsiones, que se supone que Zapatero conoce perfectamente

Rafael Nadal  LA VANGUARDIA 07/10/2010
Alguien debería convocar solemnemente a los ciudadanos españoles y contarles que dentro de 40 años la edad media de la población africana será de 18 años.


Alguien debería contarles que en el mismo plazo de tiempo la economía china será ya el 40% de la economía mundial. Alguien debería contarles que mantener el sistema de bienestar español dentro de 40 años requerirá quince millones de nuevos trabajadores.


Alguien debería explicar que mientras España mantenga la tasa de natalidad más baja de Europa deberá buscar estos trabajadores en países extranjeros, aunque desde un punto de vista de equilibrio social resulte insoportable.


Alguien debería decirles a los ciudadanos que todos hemos gastado más de lo razonable y que nuestras deudas, las de las familias, son muy superiores a las de las administraciones públicas y las empresas.


Alguien debería decirles que las hipotecas de sus casas en realidad no están en manos de las cajas y bancos que les prestaron un dinero que no tenían y que fueron a buscar a bancos franceses y alemanes.


Alguien debería aventurar que quizás ahora sus hipotecas ya están en manos del Tesoro chino, que ha empezado a comprar deuda soberana de la zona euro.


Alguien debería hablarles abiertamente de las crecientes transferencias de poder, que ya no se dan de un país occidental a otro, sino de Occidente a otras partes del planeta.


Alguien debería reconocer ante ellos que los gobiernos mandan menos de lo que mandaban.


Alguien debería preguntar crudamente a los ciudadanos si Europa debe seguir abriendo sus concursos de obras públicas a países no comunitarios para que los acabe ganando China, un país que a menudo no cumple con las directrices de la Organización Mundial del Comercio.


Alguien debería tener la valentía de reconocer que probablemente la crisis nació con la presidencia de Bill Clinton y con el mandato de Lawrence Summers al frente del Tesoro norteamericano, cuando con la voluntad de dar casa a los que no tenían, promovieron hipotecas para los que no podían pagarlas.


Alguien debería advertir que California, el estado más rico del mundo, no logra salir del colapso: para aprobar los presupuestos anuales necesita una mayoría imposible de dos tercios de los diputados, mientras que con sólo unos miles de firmas todas las minorías pueden presentar iniciativas legislativas –algunas oportunas, otras sumamente estrafalarias– que se acaban aprobando con costes inasumibles.


Es posible que algunos de los enunciados anteriores no se cumplan. Hasta es posible que algunas políticas derivadas de este tipo de previsiones retrasen la salida de la crisis, como ha dicho el Nobel de Economía Joseph Stiglitz. Pero para buscar alternativas, primero es imprescindible conocer las hipótesis que manejan los expertos. Las que Jordi Pujol, Felipe González, Javier Solana, Enrique Iglesias y otros líderes políticos y empresariales nos contaron la semana pasada en el monasterio de Sant Benet de Bages, alrededor de una gran mesa rectangular a la que nos sentamos un centenar de privilegiados convocados por la cátedra Lideratges i Governança Democràtica de Esade, cuyo titular es el propio Pujol y que dirige el profesor Àngel Castiñeira.


Así nos lo contaron a nosotros, pero alguien con autoridad y legitimidad suficientes debería contárselo también a los ciudadanos. En todos los países occidentales lo han explicado directamente los presidentes del Gobierno. No ha sido el caso de Zapatero, que aún no ha comparecido solemnemente ante las cámaras desde que en mayo fue obligado a rectificar de la noche a la mañana su política económica. Es una irresponsabilidad no contar todas estas previsiones, que se supone que conoce perfectamente. Aunque tratándose de Rodríguez Zapatero, tampoco puede descartarse totalmente que haya preferido no enterarse.


En cualquier caso, parece que no podemos contar con el presidente para contarles a los ciudadanos que cuando Javier Solana dice que hoy los gobiernos mandan menos que antes quiere decir que el Gobierno de España y todos los gobiernos europeos mandan menos que antes, pero que seguramente el Gobierno chino y otros gobiernos asiáticos mandan más que nunca. Tanto, que últimamente Felipe González ha encontrado a algunos de sus interlocutores americanos fascinados con el mandarinato chino. Así lo confesó fríamente la otra noche, durante la cena en el monasterio, cuando acababa de encender un puro habano que parecía de primera categoría:


–Algunos líderes empiezan a envidiar a los chinos su sistema por la facilidad con la que pueden tomar decisiones. Solana ya me dijo algo parecido hace un par de años cuando me invitó a una inquietante comida mano a mano:


–Cuando cayó el Muro, supusimos que era cuestión de pocos años que la democracia se extendiera como una mancha de aceite por todo el planeta. Ahora ya sabemos que no será así e incluso veremos algunos pasos atrás: China y Rusia ya han decidido que nunca van a seguir nuestro modelo.


¡Alguien debería advertir a nuestros ciudadanos! Tienen derecho a dormir tan mal como dormimos algunos después de pasar por Sant Benet de Bages.

jueves, 26 de noviembre de 2009

El mapa del tiempo. La crisis climática no se puede solucionar del todo.




Por John Gray.


ABCD, 21 de noviembre de 2009 - número: 925


Una atmósfera de irrealidad impregna el debate sobre el cambio climático. Ahora la gente acepta que está teniendo lugar un cambio en el clima del mundo y que dicho cambio ha sido desencadenado por la actividad humana. Muchos científicos han llegado a creer que el cambio en el clima es de una escala mayor (y pudiera ser que más abrupto) de lo que se pensaba hace tan sólo unos años. Parece razonable concluir que la necesidad de una respuesta política eficaz es más urgente que nunca.


A pesar de ello, los gobiernos y la opinión pública parecen estancados en una forma de pensar que prácticamente garantiza que cualquier medida que se tome será ineficaz o contraproducente. Gran parte de la retórica pública tiene un tono extremadamente moralista y produce o bien medidas simbólicas, que tendrán poco o ningún impacto práctico, o exigencias para la reconstrucción de toda la economía global. Hay una desconexión sistemática entre la escala del problema y la respuesta que se le da, y resulta difícil resistirse a la sospecha de que el objetivo real de muchos debates serios es generar un estado de comodidad psicológica en lugar de lograr resultados para el mundo real.

Efecto secundario. Una razón que explica esta situación es la falta de voluntad para enfrentarse a la magnitud del problema. El cambio climático no siempre ha sido provocado por la humanidad (la mayoría de los cambios radicales en el clima de la Historia del planeta tuvieron lugar antes de que existiéramos los seres humanos), pero el cambio actual es un efecto secundario de un fenómeno humano muy poderoso: la industrialización mundial. Las sociedades industriales utilizan combustibles fósiles para cubrir la mayor parte de sus necesidades energéticas, y esta dependencia constituye la base de las emisiones de carbono a la atmósfera. De hecho, el cambio climático es la otra cara de la globalización; a medida que la globalización avanza y se acelera, también lo hace el calentamiento global. Esto no se debe únicamente a que las emisiones tiendan a incrementarse con la globalización, ya que las emisiones son sólo la mitad del problema, si acaso.
La industrialización mundial provoca tanto un rápido crecimiento de la población como la continua destrucción de la biosfera como consecuencia de la agricultura y del uso de biocombustibles. Al dañar la biosfera, estamos debilitando los mecanismos naturales del planeta para regular el clima.


Los próximos veinte años. Se prevé que la población humana global aumentará en cerca de 2.000 millones en los próximos 20 años. Toda esa gente querrá un estilo de vida parecido al que disfruta actualmente la minoría acaudalada del planeta. Llegará un momento en el que el crecimiento de la población se estabilizará y el número de habitantes empezará a descender pero, mientras tanto, aumentarán masivamente las presiones sobre el planeta.


Las soluciones habituales que proponen los gobiernos occidentales, los economistas del desarrollo y los ecologistas se centran en la energía renovable y en el desarrollo sostenible, así como en la redistribución económica entre países ricos y países pobres. Este planteamiento elude los vínculos entre el cambio climático, el avance de la globalización y el incremento de la población humana. Algunos expertos en medio ambiente proponen que se detenga la globalización y se adopte un estilo de vida de baja tecnología basado en la autosuficiencia local, pero una población de 9.000 millones de personas no puede vivir a base de una combinación de granjas orgánicas y turbinas eólicas. Los economistas del desarrollo nos dicen que el problema es el uso de los recursos per cápita, no el exceso de población, pero las necesidades humanas ya están poniendo a prueba las capacidades del planeta y, en cualquier caso, no existe la más remota posibilidad de una redistribución a gran escala de los recursos a escala global.


Fuente de poder. Hay un consenso biempensante en que la economía mundial debería dejar de depender del petróleo. Este consenso no tiene en cuenta el hecho de que, para algunos países -Irán, Rusia o Venezuela, por ejemplo-, las reservas de petróleo son su principal fuente de poder geopolítico. Los economistas neoliberales consideran que, a medida que el petróleo convencional se vuelva más caro, los combustibles alternativos se harán más viables y la crisis climática y energética básicamente se solucionará por sí sola. La pega es que la mayoría de las alternativas, como las arenas de alquitrán, son más contaminantes que el petróleo convencional. Además, incluso si a los países occidentales se les ocurriera una alternativa sistémica a los combustibles fósiles (una idea rocambolesca), se seguiría extrayendo y utilizando petróleo. De acuerdo con esta hipótesis, los países productores de petróleo tendrían un incentivo para extraer sus reservas más rápidamente y evitar tener que venderlas a precios más bajos en el futuro. La crisis medioambiental no se puede resolver simplemente confiando en las fuerzas del mercado.


En realidad, ninguna de las soluciones estándar tiene mucha influencia sobre el problema. La actividad humana ha provocado la oleada actual de cambio climático, pero eso no significa que la acción humana pueda pararla. El planeta no es un reloj al que se le pueda dar cuerda y parar a voluntad. Incluso si todos los seres humanos dejáramos de contaminar la atmósfera mañana mismo, el calentamiento global no se detendría, ya que está integrado en el sistema de la Tierra. Incluso podría acelerarse como consecuencia de una reducción del oscurecimiento mundial (el efecto oscurecedor de los aerosoles en la atmósfera, que parcialmente contrarresta los efectos de calentamiento de los gases de efecto invernadero). Pero esto no significa que no se pueda hacer nada. Todo lo contrario: se pueden hacer muchas cosas para mitigar los efectos del calentamiento global actual y puede que todavía haya alguna posibilidad de ralentizar su avance. Pero las respuestas que probablemente sean más eficaces requieren un pensamiento más realista que el que se ha manifestado hasta la fecha.


El punto de partida del pensamiento realista en este ámbito debe ser la aceptación de que el clima perjudicial no se puede evitar. Deberíamos centrarnos en proteger del daño a la vida civilizada. Los países emergentes requerirán ayuda para adquirir los servicios que todavía les faltan y esto no se puede conseguir sin la voluntad de utilizar tecnologías hacia las que los movimientos ecologistas se muestran tremendamente hostiles. Está claro que hay muchas cosas que la tecnología no puede hacer. Por ejemplo, no puede rejuvenecer los sistemas biológicos dañados (a lo mejor es posible devolver la vida a especies extintas utilizando su ADN, pero no los hábitats en los que proliferaron en su día). No hay ningún remedio tecnológico que pueda resolver por completo la crisis climática y energética del mundo, que es una consecuencia de las exigencias excesivas que la humanidad le ha impuesto al planeta. Aún así, los remedios tecnológicos serán indispensables a la hora de navegar por los rápidos que tenemos por delante; es muy posible que entre las tecnologías que acabarán siendo más útiles se incluyan algunas de las que más se critican.


¿Una vida más natural? Los ecologistas han convencido a la opinión pública (y a muchos políticos) de que los problemas medioambientales se pueden superar si vivimos de una forma más natural. Si este argumento fue verdad en algún momento, ahora ya no lo es. El imperativo primordial es reducir la huella humana en el planeta. Con una población mundial de 9.000 millones de personas, esta necesidad sólo se puede cubrir explotando al máximo las soluciones de la alta tecnología. Tanto la energía nuclear como la comida modificada genéticamente presentan un peligro serio, pero no tenemos el lujo de unas soluciones sin riesgo. Es más que dudoso que los métodos agrícolas tradicionales (orgánicos o de otro tipo) vayan a permitirnos alimentar a la población humana que existirá a mediados de este siglo. El tipo de agricultura intensiva que se ha desarrollado desde la revolución ecológica es un proceso basado en el petróleo (de hecho, la extracción de alimentos del petróleo) que, en sí, fomenta el calentamiento global. Probablemente nuestra única esperanza de limitar un daño adicional al medio ambiente sea utilizar la energía nuclear y los alimentos genéticamente modificados que, a pesar de todos sus peligros, no conllevan la destrucción de la biosfera.


Hay una paradoja en esto que el pensamiento convencional no alcanza a ver. El origen de la crisis medioambiental es la disyunción entre el crecimiento industrial exponencial y los recursos naturales del planeta. Por una pura cuestión de matemáticas, el crecimiento de la población humana, la producción y el consumo no pueden seguir así siempre; estamos destinados a chocar con las limitaciones de una escasez cada vez mayor de recursos, como el petróleo, el agua potable o los terrenos arables. De hecho, es probable que no nos quede mucho para llegar a los límites de estas restricciones. Nuestro actual sistema económico, que está basado en el crecimiento exponencial, es claramente insostenible.


Al mismo tiempo, no podemos salir de este aprieto adoptando un crecimiento lento o nulo. En China, el crecimiento constante es una condición previa para la estabilidad política: si los cientos de millones de personas que se están incorporando al mercado laboral no encuentran el empleo que necesitan, la consecuencia será el descontento social. Lo mismo se puede decir de otros países emergentes e incluso de las sociedades más avanzadas del mundo. Tengan o no una forma democrática, la mayoría de los gobiernos ahora dependen del consenso popular para su supervivencia, y este consenso no se alcanzará en circunstancias en las que el crecimiento sea estático (o negativo) durante periodos prolongados.


Peligrosa estrategia. Actualmente, los gobiernos se están viendo obligados a estimular el crecimiento para escapar del impacto deflacionario de la crisis financiera. En cierto sentido, ésta es una estrategia peligrosa. Si nos adelantamos sólo un poco en el tiempo, podemos prever que volverán los elevados precios de los productos básicos de hace unos años. Cualquier reanudación del crecimiento económico también desencadenará tensiones geopolíticas. La competencia cada vez más intensa por el patrimonio mundial restante de recursos naturales acompañará con toda seguridad a la recuperación económica. También podemos afirmar que, a medida que el casquete polar ártico se derrita como consecuencia del calentamiento global, esa región se convertirá en una zona de conflictos cada vez más intensos.
No obstante, reactivar el crecimiento es una parte necesaria de cualquier respuesta adecuada al cambio climático. Se ha hablado mucho del «crecimiento verde» (refiriéndose a las energías renovables y cosas por el estilo). No cabe duda de que las energías alternativas deberían formar parte de nuestra respuesta. La energía solar parece especialmente prometedora; está claro que la energía nuclear, aunque en mi opinión es esencial, no es la panacea. Lo que cualquier reactivación del crecimiento debe incluir, como su componente más importante, es la investigación y el desarrollo de tecnologías que puedan cubrir las necesidades humanas al tiempo que limitan el impacto humano en el planeta. Puede que las granjas verticales que se están desarrollando actualmente en Estados Unidos, por ejemplo, no satisfagan las sensibilidades estéticas urbanas, pero si permiten que el terreno vuelva a hacerse agreste, estos rascacielos agrícolas podrían terminar valiendo la pena.


Mentalidad de negación. Se podría afirmar que una solución de alta tecnología para la crisis medioambiental no requiere un uso intensivo de mano de obra y, por tanto, no cubriría las necesidades del mercado de trabajo mundial. Pero si no se puede frenar el cambio climático, habrá mucho que hacer para combatir sus efectos. El nivel del mar aumentará y habrá que reforzar las defensas costeras. Habrá que crear senderos para la fauna y la flora, como en Holanda, y en algunos casos habrá que devolver tierra al mar. La vida en las ciudades tendrá que regenerarse y consumir menos energía. Los refugiados por causas medioambientales (que podrían ser muchos millones) necesitarán ayuda. Éstas son tareas enormes que requerirán todos nuestros recursos humanos. No hay razón por la que un gran número de gente deba seguir desempleada.


El principal obstáculo para una política eficaz es una mentalidad constante de negación. Hay profundos reparos para aceptar la idea de que la crisis climática no se puede solucionar del todo y afrontar el hecho de que, hagamos lo que hagamos, el calentamiento mundial persistirá. Pero estas conclusiones son la consecuencia inevitable tanto del mejor conocimiento científico disponible como de cualquier valoración realista de la política mundial. Las dificultades a las que nos enfrentaremos en las próximas décadas serán enormes y en algunos contextos, posiblemente inextricables. Lo sobrellevaremos mejor si dejamos de lado la mentalidad irrealista y utilizamos nuestra creatividad tecnológica para sobrevivir a una crisis que ya no se puede evitar. Si limitamos nuestros objetivos, puede incluso que acabemos viviendo más felices.


martes, 24 de noviembre de 2009

En el peor escenario, la temperatura podría subir seis grados este siglo



Aún hay vida en Copenhague 

Los expertos sostienen que se mantendrá la lucha contra el CO2 aunque no haya un pacto completo en Dinamarca - La UE, China y EE UU quieren alejarse del petróleo
RAFAEL MÉNDEZ - EL PAÍS  - 22/11/2009

La cumbre del clima de Copenhague está condenada y ya es seguro que de allí no saldrá el tratado vinculante contra el cambio climático para sustituir al Protocolo de Kioto. Sólo habrá un acuerdo político. Esto no era lo que los 192 países de la ONU acordaron en Bali en 2007, así que es legítimo considerar que la cumbre es un fracaso, pues no ha cumplido lo previsto. Y sin embargo, la lucha contra el cambio climático parece que seguirá más allá. Sobre todo por las ventajas que tiene para la UE, EE UU y China alejarse de los combustibles fósiles y ahorrar energía, con lo que mejorarán su independencia energética, según los expertos consultados. ¿Un fiasco rotundo, pues? No tan rápido.


"Estamos mucho mejor que hace dos años", asegura Teresa Ribera

En el peor escenario, la temperatura podría subir seis grados este siglo

Pedro Linares, profesor de Organización Industrial de la Universidad Pontificia Comillas y miembro del Instituto de Investigación Tecnológica, afirma que el avance hacia una economía baja en carbono no se parará del todo si en Copenhague no hay un tratado: "China, EE UU y la UE van a reducir sus emisiones porque les interesa por el objetivo ambiental, pero también por otros motivos, como la seguridad de suministro o la contaminación de las ciudades en China. Si reduces los gases de efecto invernadero mejoras también en esos aspectos".

La UE considera que cada vez que un europeo sube el termostato de la calefacción los euros se escapan hacia Rusia o Argelia a través de los gasoductos. Y que cada kilovatio producido con energía eólica o cada aislamiento térmico reduce ese escape con la dependencia energética que conlleva y le impulsa en la carrera de las renovables.

La secretaria de Estado de Cambio Climático, Teresa Ribera, pone un ejemplo: "La industria del automóvil de EE UU cayó porque ofrecía algo que no era viable, unos coches que consumían demasiado". La industria europea y asiática, menos contaminante, resistió mejor a la subida del petróleo precisamente por tener exigencias legales de eficiencia mucho mayores. Aunque en EE UU el debate aún gira sobre el coste de llenar el depósito, la Administración también ha tomado nota.

La subida del precio del petróleo antes de la crisis fue un aviso de lo que está por venir. El economista jefe de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), Fatih Birol, explicó hace dos semanas que "la era del petróleo barato se ha acabado". "Tardará un par de años hasta que la demanda se recupere, pero volverá a los 100 dólares", agregaba. Aunque el alto precio del petróleo es una muy mala noticia para los ministros de economía, es buena para los coches eléctricos, la energía eólica, el ahorro y la eficiencia.

Birol sostiene que, incluso si se consiguen reducir las emisiones, los yacimientos actuales no bastan: "Tenemos que descubrir reservas equivalentes a cuatro arabias saudíes antes de 2020 para mantener el consumo, pero la inversión en nuevas perforaciones ha caído un 19% en un año". Gas hay más, pero Rusia e Irán acumulan un 40% de las reservas, según la AIE. Más motivos para combatir el CO2.

Ribera reclama un poco de perspectiva: "En la angustia del momento todo se ve negro. Pero hace sólo un par de años estábamos mucho más lejos del acuerdo que ahora". Hace sólo dos años, George W. Bush estaba en la Casa Blanca y se negaba a firmar cualquier acuerdo internacional. Hoy, el Senado de EE UU tramita una ley que recorta las emisiones entre un 17% y un 20% en 2020 respecto a 2005, lo que supone en ese periodo de tiempo un recorte mayor que el europeo (aunque sería menor si se toma el periodo 1990-2020, el preferido en Europa). El presidente de EE UU, Barack Obama, ha pedido un año más de tiempo para firmar un tratado internacional.

Hace dos años, China y el resto de economías emergentes (India, Brasil, México...) se negaban a limitar sus emisiones. Hoy, China aún no ha anunciado su compromiso de emisiones, pero tiene un plan de eficiencia energética que, según Birol, "reducirá más las emisiones que el paquete de la UE contra el cambio climático". El secretario de la Convención contra el Cambio Climático de la ONU, Yvo de Boer, ha afirmado que "China está en la vanguardia de la lucha contra el cambio climático" y aspira a inundar el mundo con sus aerogeneradores y sus paneles solares. A lo que se opone, y eso sí que es grave para la negociación, es a que la ONU audite sus emisiones, porque con ellas se puede conocer toda su política económica.

Brasil anunció el jueves pasado que emitirá en 2020 un 36% menos de lo que emitiría de seguir la tendencia actual, algo que conseguirá principalmente frenando la deforestación en la Amazonia, lo que tendrá efectos positivos en la biodiversidad. El mismo día, Rusia proclamó un recorte de emisiones de entre un 20% y un 25% en 2020 respecto a 1990. En realidad, no le será difícil alcanzarlo, porque ahora emite un 40% menos debido al cierre de las ineficientes fábricas soviéticas, pero aún así es más del rango del 10% al 15%, su objetivo hasta ahora.

Todos estos números están en muchos casos condicionados a que haya un acuerdo internacional y financiación de los países ricos. Quizá sean sólo buenas intenciones. Pero si se suman los esfuerzos anunciados (o en tramitación como el de EE UU), la temperatura subiría unos 2,8 grados centígrados a final de siglo, según el cálculo del Sustainability Institute, un organismo en el que colabora el prestigioso Instituto Tecnológico de Massachusetts.

Eso sigue lejos de los dos grados de aumento de la temperatura del planeta que el G-8 se puso como objetivo, pero no son los seis que pronostica la AIE de seguir la tendencia actual. Aun así, según la Agencia de Meteorología del Reino Unido, una subida de cuatro grados causaría migraciones forzosas de millones de personas, inundaciones en las costas por la subida del nivel del mar y problemas de abastecimiento por el deshielo de glaciares en Asia.

Entre la necesidad ambiental y energética, Ribera sostiene que la revolución "ya no hay quien lo pare". "El Deutsche Bank ha comenzado a medir el riesgo de invertir en un país en función de su apuesta por el cambio de modelo energético. Puede que en Copenhague no tengamos todos los detalles del acuerdo, pero la tendencia y la dirección están claras. Y los inversores y los sistemas financieros necesitan esas directrices".

El domingo pasado, Obama y el presidente chino, Hu Jintao, admitieron que no habría un acuerdo vinculante en diciembre. Pero dos días después, ante la depresión que generaron sus palabras, el presidente estadounidense dijo que sí quería un acuerdo político y que su país estaba comprometido. El Gobierno danés cree probable que Obama acuda a la cumbre. Como lo harán Gordon Brown, Merkel, Sarkozy y la mayoría de jefes de Gobierno de la UE. Zapatero lo tiene en su agenda. Es poco previsible que vayan allí para firmar un papel vacío.

Elliot Diringer, vicepresidente de Estrategias Internacionales del Centro Pew para el Cambio Climático, un influyente grupo de expertos, dice que EE UU "no asumirá un objetivo concreto de reducción de emisiones, pero sí puede aceptar una declaración de intenciones con un rango de recorte". Si va más allá, añade, el Senado se lo podría tomar como una injerencia de la ONU intolerable.

Obama no quiere repetir lo que le ocurrió a Clinton, que firmó Kioto y luego el Senado se negó a ratificarlo. Obama irá al revés. Primero la ley y luego el acuerdo internacional. Diringer, que ya pronosticó en septiembre que de Copenhague sólo se debía esperar un acuerdo político, señala otras prioridades: "Sería más importante aclarar ahora la arquitectura del acuerdo y si va a haber un sistema transparente".

El negociador de la UE en las conversaciones del clima de Barcelona, el sueco Anders Tureson, explicó que Copenhague buscaba "sentar los cimientos de una nueva revolución industrial". Birol defiende que para conseguir el objetivo de los dos grados de aumento en sólo 10 años un 40% de los coches que se vendan en el mundo deben ser híbridos, eléctricos o híbridos enchufables. En el sector energético, la transformación necesaria es igual de gigantesca.

Por supuesto que sin un acuerdo internacional con sanciones -las que hacen que España esté gastando millones en el Este de Europa para poder emitir más dentro de Kioto- y ambicioso muchos países no cumplirían lo anunciado, pero los expertos creen que aún se puede llegar al pacto en 2010. O quizá es que el secreto de la satisfacción es rebajar las expectativas lo suficiente.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Casi la mitad de los adultos catalanes serán jubilados en 2020. La Cataluña del futuro.



Habrá un crecimiento lento, la población envejecerá y se distribuirá por el territorio  |  Aumentará la demanda de residencias porque sube el número de mayores de 85 años   |  Harán falta más escuelas porque crece la población escolar, de 0 a 15 años

JOSEP PLAYÀ MASET | LA VANGUARDIA, Barcelona | 22/11/2009 
Catalunya seguirá siendo un país pequeño porque el espectacular crecimiento que ha tenido en los últimos años no se repetirá. En el año 2012 habrá llegado a los ocho millones de habitantes y en el 2040 no habrá alcanzado aún los nueve millones. Será además unapoblación muy envejecida. Habrá nada menos que 2,3 millones de personas con más de 65 años (26,6% del total). Si ahora por cada cien personas en edad de trabajar hay 24 jubilados, en ese horizonte de tres décadas se prevé que puedan ser 45, un dato que con ser preocupante no lo es más que en el resto de España o de Europa.
Es la tercera vez que el Institut d´Estadística de Catalunya (Idescat) elabora unas proyecciones demográficas, con carácter quinquenal, que incluyen información sobre los efectivos, tanto activos como en edad escolar, y su distribución por el territorio. A partir de tres variables, fecundidad, esperanza de vida y migraciones, se determinan tres hipótesis de crecimiento (alta, media y baja), aunque aquí se hará referencia sólo a la que se considera como media. Las Projeccions de població 2021-2041 (base 2008), dadas a conocer esta semana, reflejan un crecimiento moderado, debido a la fuerte disminución de las entradas de inmigrantes.


El año 2008 ya refleja una caída de las entradas desde el exterior como consecuencia de lacrisis que se mantendrá hasta el 2010. A partir de entonces se recuperarán las entradas y a partir del 2013 se podría estabilizar en un saldo neto de 41.000 personas (lejos de los 130.000 de hace tres años), al menos hasta el 2021. "En las proyecciones del Idescat - dice el documento-se ha previsto que el saldo migratorio continuará siendo positivo, de acuerdo con los análisis de los expertos de las Naciones Unidas, que prevén que se mantenga el flujo neto de migración hacia los países desarrollados, no sólo por las diferencias de nivel de vida entre los países pobres y ricos, sino porque en los próximos años se acelerará el envejecimiento de los países desarrollados y, en particular, el déficit de población en edad laboral". En ese punto los expertos del Instituto Nacional de Estadística (INE) hacen unas hipótesis más pesimistas. Prevén menos llegadas y más salidas, de tal modo que llegan a vaticinar un saldo migratorio negativo en comunidades como la catalana.


Mireia Farré, responsable de las proyecciones junto a Josep Anton Sánchez, recuerda que "la pirámide de la población catalana va envejeciendo, mientras que Por el contrario, el movimiento natural irá a la baja. Descenderá el número de nacimientos y crecerán las defunciones. Y, sin embargo, se prevé que la población en edad escolar, de 0 a 15 años, crecerá por efecto de la reagrupación familiar de los inmigrantes y el aumento de las parejas jóvenes en edad de tener hijos. Y una de las consecuencias sociales más llamativas es que harán falta más escuelas, especialmente en las comarcas de Girona y Tarragona, donde más crecerá la población.


En el lado opuesto, el aumento sostenido de la esperanza de vida contribuye a aumentar el contingente de más de 80 años que podría alcanzar los 450.000 habitantes en el 2012, lo que representa un aumento del 34% respecto al 2008. "Dado que a esa edad las tasas de dependencia son muy elevadas, eso significa una demanda de más residencias, especialmente en el ámbito metropolitano de Barcelona donde se produce el mayor crecimiento", señala Mireia Farré.


La población crecerá en los siete ámbitos territoriales, aunque con diferencias sustanciales. El territorio con un crecimiento menor es el del ámbito metropolitano, que incluso registrará un leve descenso en Barcelona y un estancamiento en el resto del Barcelonès. Los mayores crecimientos se darán en el segundo anillo, formado por las comarcas centrales y las de Tarragona y Girona. La comarca con mayor crecimiento será el Alt Penedès (19,9%) y la más regresiva, la Terra Alta (-4,7%).



La década prodigiosa

Las predicciones del 2000 no adivinaron el gran crecimiento de la inmigración
En el año 2000 se hizo la primera prospección demográfica para el año 2010. Entonces aún era válido el eslogan "Som sis milions" y la previsión indicaba un crecimiento moderado que permitiría llegar a los 6,4 millones de habitantes en diez años. Había otras hipótesis, pero la horquilla oscilaba entre los 6,2 y los 6,55 millones de habitantes. La predicción falló estrepitosamente porque a 1 de enero del 2008 se había llegado ya a los 7,24 millones de habitantes. El crecimiento no ha sido de 369.000 habitantes, sino de 1.242.000, una desviación tres veces superior a la prevista.
¿Por qué falló la predicción del Institut d´Estadística de Catalunya? El cálculo se basó en tres factores: una recuperación de la tasa de fecundidad (pasaría de 1,18 hijos por mujer a 1,7); un aumento de la esperanza de vida (llegaría a los 77,7 años para los hombres y 84,7 para las mujeres) y un aumento de la inmigración extranjera (se consideraba una migración neta de 14.000 personas al año). La primera hipótesis se cumplió parcialmente, ya que en el 2007 sólo se había llegado a una media de 1,46 hijos por mujer y se prevé alcanzar la cifra de 1,73 a partir del 2035. Por ese lado, la población actual hubiese sido incluso menor. En lo que se refiere a la esperanza de vida, se han cumplido escrupulosamente las expectativas. En el 2007 era de 78,2 años para los hombres - se quedaron cortos-y 84,6 para las mujeres.


El error fue no prever la llegada masiva de inmigrantes. La confluencia de las regularizaciones, el anuncio de la exigencia de visados a colombianos, ecuatorianos y bolivianos y la crisis en el Este europeo provocaron una avalancha en las fronteras españolas. Sólo entre el 1 de enero del 2002 y el 31 de diciembre del 2007 hubo un crecimiento migratorio en Catalunya de 735.000 habitantes, a razón de 122.000 de media anual. Muy por encima de los 14.000 previstos. Este crecimiento fue el resultado exclusivo de la inmigración exterior, ya que el saldo migratorio con el resto de España fue incluso negativo (se perdieron 5.000 habitantes anuales).


La tercera gran oleada inmigratoria en Catalunya permitió pasar de los 141.646 extranjeros que había en 1999 (2,3% de la población) a los 1,1 millones del 2008 (15% del total). Es lo que Anna Cabré y Andreu Domingo, del Centre d´Estudis Demogràfics de la Universitat Autònoma de Barcelona, han denominado "la década prodigiosa". Un boom que tenía precedentes en los periodos 1900-1930 y 1951-1975, aunque entonces se trató de una inmigración procedente del sur de España.





Unos 13.000 inmigrantes han retornado con ayudas en el último año

Los planes de retorno tienen éxito entre los latinoamericanos y han fracasado con los musulmanes
Esta semana se cumplía un año de la puesta en marcha del Programa de Retorno Voluntario de Trabajadores Extranjeros no Comunitarios y el ministro de Trabajo,Celestino Corbacho, hizo balance: desde su entrada en vigor se han registrado 8.724 solicitudes, fundamentalmente en la Comunidad de Madrid (1.857), Catalunya (1.432) y Comunidad Valenciana (1.234). El programa está diseñado para trabajadores extracomunitarios que se van al paro y piden percibir su prestación contributiva a través del abono acumulado, con vistas a regresar a su país de origen y reiniciar allí sus proyectos de vida. Junto a los trabajadores desempleados, también se han beneficiado del plan 1.581 familiares. La cuantía media de las prestaciones asciende a 9.148 euros. Se han acogido en torno al 10% de la potencial población beneficiaria, lo que es considerado "un buen resultado", según fuentes ministeriales.
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Inmigración
Los países latinoamericanos son los principales receptores de esos inmigrantes. DestacanEcuador (44%) y Colombia (18%); y a cierta distancia, Argentina (9,7%), Perú (8,6%), Brasil(5,3%), Chile (4,1%) y Uruguay (3,6%). El programa no ha tenido ningún eco entre la comunidad musulmana, lo que no sólo indica su nula intención de regresar, sino también sus dificultades para tener una relación fluida con las administraciones. Anna Cabré y Andreu Domingo, en un artículo en la revista L´Avenç, afirmaban "que si nos fijamos en lo que sucedió en Europa con la crisis de mediados de los 70, deberíamos convenir que en épocas de crisis sólo retornan quienes tienen un espacio social para hacerlo". En su opinión, la mayoría de inmigrantes optará por quedarse e incluso, como sucedió con los marroquíes o los turcos en Francia, Alemania o Bélgica, "pueden reagruparse con más intensidad".


Otro Plan de Retorno Social, que financia la Secretaría de Estado de Inmigración y gestionan ONG, destinado a personas que carecen de medios económicos, ha atendido este año a 3.160 personas. Bolivia es el país al que han viajado más personas (805), seguido de Argentina (504) y Brasil (413). En total, más de 13.000 inmigrantes han podido retornar gracias a los distintos planes.



domingo, 22 de noviembre de 2009 Tendencias | página nº 36
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MÁS INFORMACIÓN









jueves, 22 de octubre de 2009

Alimentos para el futuro, J. DIOUF(artículo***)



FUENTE:  LA VANGUARDIA, 22-10-09



En las próximas cuatro décadas la población mundial crecerá en 2.300 millones de personas y se hará más rica. Satisfacer la demanda de los 9.100 millones de habitantes del planeta en el 2050 exigirá producir un 70 por ciento más de alimentos que hoy en día. Por tanto, a no ser que tomemos ahora las decisiones adecuadas, nos arriesgamos a que el día de mañana la despensa mundial esté peligrosamente vacía. Sobre todo porque en los próximos años el sistema alimentario mundial debe hacer frente al creciente desafío del cambio climático - que puede reducir la producción agrícola potencial hasta en un 30 por ciento en Áfricay hasta en un 21 por ciento en el conjunto de los países en desarrollo-,y también afrontar plagas y enfermedades transfronterizas más graves que afecten a animales y plantas. 

Al mismo tiempo, el sector tendrá que hacer frente a una reducción de la mano de obra agrícola - ya que unos 600 millones de personas se desplazarán del campo a las ciudades-y a una mayor competencia por la tierra y los recursos naturales, incluyendo la procedente del sector de la bioenergía. Nuestra respuesta a estos desafíos determinará cómo podremos alimentar al planeta el día de mañana. Pero igual de importante es ocuparnos de que la gente esté alimentada hoy en día. Esto supone acabar con la difícil situación de 1.020 millones de personas que actualmente sufren desnutrición, actuando de forma decidida para erradicar el hambre completa y rápidamente. 

Con la revolución verde del pasado siglo, el mundo evitó una hambruna masiva en Asia y América Latina en la década de 1970, dedicando el 17 por ciento de la ayuda al desarrollo a proyectos de irrigación, sistemas de producción de semillas, fertilizantes y forraje, carreteras rurales e instalaciones de almacenamiento. 

Al afrontar un desafío similar hoy en día, el camino que seguir debe ser necesariamente diferente. Además de impulsar la inversión en agricultura, necesitamos usar de una forma más eficiente la energía, los insumos químicos y los recursos naturales, y centrarnos más en las necesidades de los campesinos y las familias rurales que viven de la agricultura. 

En este sentido, un reto importante será el del agua, ya que necesitaremos de forma simultánea ampliar la superficie de regadío usando proporcionalmente menos agua. La clave para cuadrar este círculo reside en la captación y almacenamiento de aguas y en técnicas que mejoren la eficiencia en el uso del agua. 

A medida que disminuya la población rural y agraria, la agricultura será cada vez más intensiva en capital - y conocimientos-para producir más alimentos y de mayor calidad para una población urbana más rica y numerosa. Por tanto, se necesitarán inversiones importantes, porque los futuros aumentos de la producción deben proceder casi en su totalidad de incrementos sostenibles de los rendimientos y de una mejor intensidad de cultivo, más que de un aumento de la superficie cultivada. 

De ahí también la importancia de invertir en investigación y desarrollo. Los campesinos necesitarán también capacitarse para aprender nuevos métodos y tecnologías, y ello requerirá invertir en educación y extensión agraria. Muchas de estas inversiones procederán del sector privado y de los campesinos. Sin embargo, para que las inversiones privadas en agricultura sean atractivas, también se deben dedicar importantes cantidades de dinero público a infraestructuras, educación, tecnología y sistemas de extensión. Se necesitan inversiones en instalaciones y equipamientos. No tiene sentido producir alimentos a no ser que haya carreteras y vehículos que permitan llevarlos a los mercados, que exista un mercado, y que el producto pueda ser almacenado y conservado. Pero ni la financiación ni las cosechas récord serán capaces por sí solas de asegurar que todas las personas tengan acceso a los alimentos que necesitan. 

Si la gente pasa hambre hoy en día no es porque el mundo no esté produciendo suficientes alimentos para todos, sino porque estos no son producidos por el 70 por ciento de las personas pobres cuyo principal medio de vida es la agricultura y paradójicamente no tienen lo suficiente para satisfacer sus necesidades básicas. Por tanto, alimentar a todo el mundo en el 2050 requerirá también de estrategias de reducción de la pobreza, redes de protección social para productores y consumidores y programas de desarrollo rural. Se necesitará el establecimiento de un modelo de condiciones socioeconómicas que mejore el acceso de la gente a los alimentos. Y una reforma del sistema de comercio agrícola de forma que no sólo sea libre, sino equitativo. Estos temas estarán presentes en los debates de la cumbre mundial sobre Seguridad Alimentaria que se celebrará en Roma del 16 al 18 de noviembre, y en la que los jefes de Estado y de Gobierno de los 192 estados miembros de la FAO decidirán sobre las políticas y estrategias que aseguren que todo el mundo tenga comida suficiente hoy y el día de mañana. Considero que es nuestro deber, como comunidad global, hacer todo lo que esté en nuestras manos para desterrar el fantasma del hambre para siempre. 

J. DIOUF,director general de la Organización de la ONU para la Agricultura y la Alimentación (FAO)

lunes, 3 de noviembre de 2008

¿Será americano el siglo XXI?

Fuente:http://www.magazinedigital.com/reportajes/los_reportajes_de_la_semana/reportaje/cnt_id/2554


Magazine, 02/11/2008
Texto de Xavier Batalla

El siglo XX fue estadounidense.

La guerra de Cuba, en 1898, permitió a Estados Unidos poner un pie fuera del continente; la Primera Guerra Mundial hizo que Estados Unidos asomara la nariz entre los grandes; después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos dominó la escena o, si se quiere, la mitad más uno del mapa, y, finalmente, la posguerra fría, con la desaparición de la Unión Soviética, confirmó el predominio de Estados Unidos, que pasó a ser la única superpotencia. Pero ahora, en la víspera de las elecciones presidenciales del 4 de noviembre, el posible declive de la hegemonía estadounidense hace correr ríos de tinta en un mundo multipolar.

Meritxell Duran

Henry Luce, propietario de Time y Life, no se precipitó cuando sentenció que el siglo XX sería estadounidense. En el siglo XIX, Gran Bretaña fue una superpotencia que gobernaba una cuarta parte de la población mundial, pero era el segundo o tercer país más rico y una potencia militar entre las potencias militares. La fuerza se la proporcionaba su flota, que equivalía a la suma de las dos siguientes.

Estados Unidos fue más superpotencia en el siglo XX, tanto por su poder duro –militar y económico– como por la influencia de su poder blando, es decir, la democracia, la tecnología, la cultura, la música y el cine, que son maneras de prolongar la política por otros medios.

Estados Unidos gastaba a finales del siglo XX casi tanto como el resto de los estados miembros de la ONU. Su economía era la suma de las tres siguientes –entonces, Japón, Alemania y Reino Unido–. Tenía el 5% de la población mundial, pero producía el 43% del total mundial y el 40% de la alta tecnología. Y disfrutaba del 50% de la investigación. Fared Zakaria, analista de Newsweek, explicó así el poderío estadounidense: “América cierra el año 2001 más poderosa que cuando comenzó. En tres meses ha derrocado a un gobierno situado a 11.000 kilómetros, en uno de los más inhóspitos territorios de la Tierra, en las montañas y cuevas de Afganistán, y ha derrotado a las tribus que hicieron retroceder a los imperios británico y ruso. Y esto lo ha conseguido desde el aire y casi sin sufrir bajas. Ningún otro país puede hacer esto. Ningún otro país en la historia ha hecho esto”.

Hay países que se consideran víctimas de un error de la geografía. Es el caso de Costa Rica, que, con su renuncia a tener un ejército, está convencida de haber hecho méritos suficientes para estar situada entre las democracias europeas y no bajo el volcán centroamericano, periódicamente activo. Pero también hay países que siempre han tenido a la geografía como aliada. Es el caso de Estados Unidos, que hasta el 11 de septiembre del 2001 se consideraba invulnerable.

Principios o expansionismo


En Estados Unidos, la geografía es como una filosofía política. Como continente dentro de un continente, sin potencias rivales de consideración y lejos de Europa, cuna del realismo político y del equilibrio de poder, Estados Unidos siempre ha dado gracias a la geografía por poder permitirse el lujo de ser excepcional, en el sentido de diferente, como dice Seymour Martin Lipset, también en política exterior. La geografía, sin embargo, no lo explica todo.

La conducta exterior estadounidense en el siglo XX puede ser interpretada de maneras muy distintas, pero, básicamente, las visiones pueden resumirse en tres.

La primera es aquella que prefiere ver a Estados Unidos como un actor moral de las relaciones internacionales; es decir, como un Estado que no se ha movido en función de sus intereses nacionales, sino por principios, convencido de que la extensión de la democracia conducirá a unas relaciones internacionales pacíficas. Este es el punto de partida del idealismo internacionalista del presidente demócrata Woodrow Wilson y, en parte, se deriva de las ventajas que la geografía ha deparado a un poderoso país sin vecinos con los que haya tenido que hacer equilibrios de poder. Los partidarios de esta visión esgrimen como prueba las intervenciones estadounidenses en las dos guerras mundiales originadas en Europa en el siglo XX.

Una segunda interpretación se inclina por contemplar a Estados Unidos como un país históricamente expansionista, con una debilidad por la diplomacia de las cañoneras o del dólar y con una mal disimulada aspiración unilateralista a la hegemonía. Este es el punto de vista de analistas estadounidenses como Noam Chomsky.

Y la tercera interpretación es la que no contempla a Estados Unidos ni como un extraño campeón ético en un mundo de egoístas ni como un país con una avaricia superior a la media, sino como un país normal que pretende garantizar o aumentar su poder; esto es, un país como cualquier otro. Este es el punto de vista de los realistas, entre ellos Hans Morgenthau y Henry Kissinger, para los que la política exterior debe estar guiada por la defensa de los intereses nacionales.


Enric Jardí

La guerra de 1898, por la que Cuba dejó ser colonia española y Estados Unidos se anexionó Filipinas, Puerto Rico, Guam y las islas Hawái, es emblemática. Lo significativo de 1898 es que marcó un punto de inflexión, ya que estas anexiones territoriales representaron la primera extensión de la soberanía estadounidense más allá de los límites continentales de Norteamérica, lo que anunció el nacimiento de una gran potencia. Pero la guerra de 1898 (la voladura del Maine fue entendida como un 11 de septiembre) también es emblemática porque puede encajar, según quién sea el observador, en cada una de las tres visiones de la política exterior estadounidense.

¿A qué obedeció, hace más de cien años, la conducta de Washington? ¿Al idealismo propio de un actor moral en las relaciones internacionales, como indican los relatos de la época que hacen referencia a la indignación de la opinión pública estadounidense por los horrores de la guerra hispano-cubana? Hubo algo de esto, sin duda. La seguridad nacional estadounidense no estaba amenazada, y en la guerra se perpetraron atrocidades. Pero no es menos seguro que también había grandes intereses estadounidenses en juego.

Los acontecimientos del 98 son paradigmáticos porque provocaron un debate entre expansionistas (imperialistas) y no expansionistas, según la terminología utilizada por George F. Kennan, el realista que posiblemente ha sido el más grande diplomático estadounidense del siglo XX. Los expansionistas utilizaron diversos argumentos. Para unos, el derecho a la anexión de las colonias españolas estaba implícito en el destino manifiesto (doctrina unilateralista del expansionismo). Y, para otros, se trataba de defender el territorio continental estadounidense. También hubo quien esgrimió el deber, como nación ilustrada, de regenerar a los habitantes de los territorios anexionados. Parece, pues, que estamos hablando de la invasión de Iraq en el año 2003.

Los adversarios del expansionismo argumentaron su posición en términos de carácter legal. “Conquistar un territorio extranjero y gobernarlo sin el consentimiento de su población sería contrario a la Constitución y a la Declaración de Independencia”, dijo George F. Hoar, senador republicano por Massachusetts, en su respuesta al senador Platt sobre la rebelión protagonizada en Filipinas por los seguidores de Aguinaldo.

El despertar de la superpotencia


El desenlace es conocido. La Administración de William McKinley fue a la guerra, como propugnaba, entre otros, el futuro presidente Theodore Roosevelt. Y Estados Unidos se hizo mayor en política exterior. Después de España, Holanda fue hegemónica de 1580 a 1688, cuando tuvo como principal competidor a Gran Bretaña, que tomó el relevo de 1688 a 1914. Y los acontecimientos de 1898 anunciaron el despertar de una superpotencia que, después de 1945, copresidió un mundo bipolar hasta 1991, cuando la Unión Soviética desapareció y la guerra del Golfo despejó el camino hacia la hegemonía estadounidense.

Un factor determinante del liderazgo estadounidense en el siglo XX fue su modelo económico, una combinación de producción masiva y consumo de masas. Este sistema se apoyó en el new deal, el nuevo pacto social auspiciado por el demócrata Franklin Delano Roosevelt y también conocido como fordismo, en honor de Henry Ford, el inventor y fabricante de los célebres automóviles Model-T.

Entonces, el capitalismo sin prácticamente leyes dio paso a un sistema más reglamentado, por el que se aceptó que el gobierno limitara el poder del capital. No era el Estado del bienestar europeo, pero tampoco era la jungla anterior. A esta doctrina se la denominó convergencia armónica, idea que fue aplicada a las relaciones internacionales, en las que prometió un mundo con estables instituciones internacionales.

La competición ideológica entre Estados Unidos y la Unión Soviética se libró entre el new deal y la economía planificada. Entonces, de la misma manera que el idealismo de Wilson inspiró antes la Sociedad de Naciones, Franklin D. Roosevelt auspició un nuevo orden internacional basado en la ONU y en el imperio de la ley. La excepcionalidad estadounidense parecía, de esta manera, en retirada, y la convergencia armónica se convirtió en el gran proyecto. Según el guión, esta convergencia debería acelerarse después de la guerra fría, cuando, una vez desaparecida la URSS, el final de la historia estaría a un tiro de piedra, al menos para Francis Fukuyama, ahora un neoconservador crítico con la guerra de Iraq. Pero el modelo rooseveltiano comenzó a retroceder en los ochenta, cuando Ronald Reagan sentó las bases de otro capitalismo desregulado.

En los últimos veinte años, el mundo ha conocido los cambios más profundos desde el inicio de la guerra fría, tanto políticos como económicos, sociales y tecnológicos. La desaparición de la Unión Soviética puso fin a la guerra civil europea del siglo XX y dejó a Estados Unidos como única superpotencia, lo que cambió el mundo de arriba abajo, no los atentados del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York, Washington y Pensilvania. Aunque estos fueron interpretados por la Administración Bush como la oportunidad histórica para alumbrar otro sistema internacional basado en cuatro ideas: la preservación del flamante orden unipolar, la primacía de la fuerza, el ejercicio unilateral del poder y el derecho a desencadenar una guerra preventiva aunque la amenaza no fuera inminente. William Pfaff, columnista estadounidense, lo ha resumido contundentemente: “Antes del 11 de septiembre, Estados Unidos ya estaba cerca de una universalidad de influencia e incluso de una dominación de la sociedad internacional que ningún imperio anterior poseyó. Pero carecía de voluntad política para imponerse. El 11-S proporcionó esta voluntad”.

El debate sobre el imperio, cuyas raíces se remontan a Theodore Roosevelt, a principios del siglo XX, se disparó el 11 de septiembre del 2001, y uno de los primeros tiros lo disparó Max Boot, un editorialista de The Wall Street Journal que echó mano de la idea imperial para explicar los atentados. “El 11 de septiembre fue resultado de la insuficiente ambición de Estados Unidos; la solución, por eso, está en la necesidad de ser más amplio en los objetivos y más decidido a la hora de pasar a la práctica.” Al carro de Boot se subieron todo tipo de pensadores. Para un significativo sector de académicos y analistas, el término imperialista empezó a no ser una crítica, sino lo contrario.

Hace una generación se publicó The Ugly American (el americano feo), que trató de explicar por qué Estados Unidos, errores políticos incluidos, se había ganado la antipatía de quienes podían ser sus amigos en el Sudeste Asiático. Después del 11 de septiembre, Joseph Nye jr., subsecretario de Defensa de Bill Clinton, publicó un magnífico libro, La paradoja del poder norteamericano (Taurus, 2003), en el que reclamó la atención de la Administración Bush sobre el poder blando, que es considerado como el tercer pilar, con el militar y el económico, de la política exterior que ha hecho de Estados Unidos una hiperpotencia. Nye no resta importancia al poder militar, pero advirtió de los peligros que se derivan de la obsesión de confiar exclusivamente, o casi, en la fuerza.

La posible caída del imperio americano es ahora un tema recurrente. El debate lo resucitó en 1987 Paul Kennedy, eminente historiador de Harvard, y ahora, con el gradual desplazamiento del poder hacia Asia, la discusión se ha hecho global. Kennedy escribió un libro excelente, Auge y caída de las grandes potencias (DeBolsillo), en el que pronosticó el declive de Estados Unidos, como antes hicieron el historiador Carlo Cipolla y el periodista Walter Lippmann, al reparar en que la caída de las grandes potencias ha estado estrechamente relacionada con la multiplicación de sus responsabilidades militares hasta que se han quedado sin fuerzas. Pero Kennedy, que se adelantó a la ruina estratégica y económica de la invasión de Iraq, no tuvo suerte: su libro se publicó dos años antes de que se hundiera el imperio soviético.

Los cambios operados en la escena internacional desde el 11 de septiembre han puesto fin al momento unipolar de los neoconservadores y han hecho que la escena sea más multipolar. En Asia se ha gestado el acontecimiento económico de nuestra era: el ascenso de China e India, las superpotencias demográficas. En Oriente Medio, el triunfo de la revolución teocrática de Jomeini, así como el enconamiento del conflicto palestino-israelí, han dado paso al resurgir del islamismo y del terrorismo apocalíptico. La globalización se ha acelerado con innovaciones tecnológicas como internet y los ordenadores personales. Y las migraciones se han mundializado con las globalizaciones de la economía, del transporte y de la información, que han achicado el mundo. Es decir, mientras la Administración Bush estaba atrapada en las guerras de Afganistán e Iraq, el planeta se ha transformado. Estados Unidos aún es la única superpotencia, pero el hundimiento de Wall Street, el desastre económico y los compromisos militares indican, a diferencia de lo que ocurría hace medio siglo, que a Estados Unidos el mundo parece venirle grande.

Fareed Zakaria acaba de publicar un libro, The Post-American World, que define la nueva era, caracterizada, según dice, no tanto por el declive estadounidense como por el ascenso de los otros. Gulliver no ha empequeñecido, sino que, gracias a la globalización, le han crecido los enanos, como China, que en un día exporta ahora más que todo lo que exportó en 1978, cuando Deng Xiaoping abrió la puerta al capitalismo. Las estadísticas que maneja Zakaria son elocuentes. El PIB estadounidense actual asciende a 14 billones de dólares, mientras que el chino es de tres billones. En dos decenios, China podrá crecer hasta los 12 billones. ¿Rozaría entonces la primera plaza? No, su PIB sería menos de la mitad que el estadounidense. Los valedores del crecimiento chino subrayan que ya fabrica 600.000 ingenieros anuales mientras que Estados Unidos sólo produce 70.000. ¿La enseñanza china es, pues, superior? No. Entre el 42% y el 68% de las cincuenta primeras universidades del mundo son estadounidenses. Y China también tiene sus puntos débiles, incluida su sed de petróleo, ya que, como Europa y Japón, envejece. ¿Cuál sería, entonces, el último secreto estadounidense? La inmigración, que le hará más joven en este siglo.

La Administración Bush ha sido un desastre. Ha pretendido revolucionar, con las guerras de Afganistán e Iraq, el sistema heredado de la guerra fría. Pero el resultado ha sido un desastre, entre otras cosas porque la guerra contra el terrorismo no se ha convertido en ningún principio organizador del sistema internacional, al tiempo que la influencia del poder blando estadounidense ha disminuido. Por eso, la continuidad de la hegemonía estadounidense en un mundo cada vez más multipolar dependerá, al menos en parte, de la percepción que de ella tenga el mundo, si se la considera benigna o arrogante. El unilateralismo de Bush sin el complemento multilateralista, que significa legitimidad internacional, es una invitación a contrapesos estratégicos.

¿Qué cambiarán, entonces, las elecciones presidenciales del 4 de noviembre? La guerra global contra el terrorismo seguirá siendo la prioridad de la política exterior estadounidense después de Bush, pero la globalización, dominada inicialmente por Estados Unidos, ha acelerado, como dice Laurent Cohen-Tanugi (Guerre ou paix, 2007), el ascenso de nuevos centros de poder. El mundo ha cambiado.

El barón del petróleo

En la década de 1970, con la guerra de Vietnam, El Padrino, Chinatown y Alguien voló sobre el nido del cuco fueron metáforas de la sociedad estadounidense de la época. Ahora, con la guerra de Iraq, Pozos de ambición, de Paul Thomas Anderson, y Michael Clayton, de George Clooney, son la imagen de la venalidad de los negocios de fin de siglo. Pozos de ambición se inspira en Petróleo, novela de Upton Sinclair que en 1927 abrió el pozo sin fondo de la demonización de los barones del petróleo, cuya penúltima dinastía es la de los Bush.

El petróleo comenzó a cambiar el mundo a mediados del siglo XIX, cuando Samuel Kier, un boticario de Pensilvania, lo comercializó con el nombre de aceite de roca. Desde entonces, el crudo ha creado personajes peculiares, como Daniel Plainview, el protagonista ambicioso, despiadado y misántropo de Pozos de ambición. Para narrar esta historia, que arranca en 1898, en el sur de California, y termina en 1927, dos años antes del crac de Wall Street, Sinclair tuvo abundante materia para inspirarse. Un yacimiento fue el joven John D. Rockefeller (1839-1937), quien, después de un rosario de extorsiones y sobornos, llegó a controlar el 90% del petróleo del país. Si se tradujera su fortuna de la época en dólares actuales, Rockefeller habría sido el individuo más rico de la historia.

El petróleo explica la prehistoria empresarial estadounidense. Wall Street,
la película de Oliver Stone, nos adelantó la codicia que ha desembocado en la crisis financiera del 2008. Y Michael Clayton nos cuenta la corrupción de principios
del siglo XXI.


Del aislacionismo al globalismo

El salto de Estados Unidos desde el aislacionismo hasta el globalismo es explicado por sus respuestas a cuatro graves incidentes, aunque no todos fueron agresiones.

Primero, la voladura del Maine el 15 de febrero de 1898, cuando 266 marineros estadounidenses perdieron la vida en un accidente que Washington atribuyó a un sabotaje español, lo que provocó la guerra; la victoria militar permitió a Estados Unidos poner un pie por primera vez fuera del continente americano.

Segundo, el hundimiento del transatlántico Lusitania, provocado por un submarino alemán el 7 de mayo de 1915, que costó la vida a 1.200 personas, entre ellas 129 estadounidenses; Estados Unidos comenzó entonces a codearse entre los grandes después de la guerra.

Tercero, el ataque japonés contra Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, que mató a 2.043 estadounidenses; la derrota de las potencias del eje hizo de Estados Unidos una superpotencia.

Y, finalmente, el 11 de septiembre del 2001, cuando los atentados en Nueva York, Washington y Pensilvania segaron 2.986 vidas, la mayoría estadounidenses, y dieron paso a las guerras de Afganistán y de Iraq.

La voladura del Maine, el hundimiento del Lusitania y el ataque contra Pearl Harbor fueron decisivos para que los estadounidenses pusieran de manifiesto su vocación hegemónica global. Después del 11 de septiembre, la Administración Bush pretendió revolucionar el sistema heredado de la guerra fría, pero el resultado ha sido un desastre. El momento unipolar que celebraron los neoconservadores ha dado paso a un mundo más multipolar.

jueves, 23 de octubre de 2008

El tema es Europa y las ciudades, de Pasqual Maragall en La Vanguardia

Publicado en LA VANGUARDIA 22-Octubre-2008

Cuando los asesores de Clinton descubrieron que la clave para ganar las elecciones era la economía, el uno le dijo al otro, dándose un fuerte bofetón en la frente: “It´s the economy, stupid!”. La llave era la economía.

De ahí el título que encabeza las consideraciones que siguen, que pudiera haber sido: “¡El tema es Europa, estúpido!”. En efecto, en cierto sentido el tema central hoy es Europa, no es ni España ni Catalunya. Me explico. Catalunya y España se la juegan en Europa. No es el enfrentamiento Catalunya / Centro, ni Norte / Sur, ni Euskal Herria / España el que va a decidir la mayor parte de nuestro futuro. Es nuestro papel en Europa. O mejor dicho: la clave de nuestra calidad de vida está en Europa. En Europa y en la buena marcha de nuestras ciudades. Las naciones y los estados, y las comunidades autónomas, tienen mucho que ver con la redistribución de la renta - tema importantísimo- pero no tanto con la generación de la renta. Por supuesto que hacer o no hacer el Eix Transversal en Catalunya, sacar o poner peajes, invertir más o menos en educación, salud, etcétera, son opciones que tienen mucho que ver con el crecimiento y la felicidad, pero creo que algunos de los grandes temas se van a jugar en Europa o con fondos europeos de por medio. Y otros en cambio en el perfil que vayan adoptando las ciudades, las áreas metropolitanas o las comarcas en que vivimos. Es decir, en nuestro lebensraum,en nuestro escenario vital habitual. Aún admitiendo que cada vez más vamos a haber vivido cada cual en varios sitios o incluso continentes distintos en el curso de nuestras vidas.

Empecemos por Europa.

Vamos hacia una Europa americana con dos grandes partidos, el demócrata y el popular. Pero con interesantes mutaciones, como la liberal que puede representar un Gallardón (que era el tapado de Rajoy) o un Bayrou en Francia, o alguno de los nuevos ingleses que todavía no conocemos bien.

Pero sigamos por las ciudades.

Al nivel local, las ciudades deberían ir recuperando competencias de las naciones. Miren: Europa es nuestro nuevo Estados Unidos particular. Y si eso es así, si Bruselas es nuestro Washington, y Londres, Frankfurt o París son nuestros Nueva York, Chicago o San Francisco, entonces Madrid y Barcelona deberían ser como mínimo nuestro Los Ángeles.

Si las empresas son ya transnacionales, las naciones van a contar menos. No es que lo desee, pero no me parece mal. El siglo XX ha sido el siglo de las naciones. Y de las guerras entre naciones. El XXI va a ser distinto. Sí, hay conflictos, los va a seguir habiendo, pero la simplificación de un mundo con siete, ocho o diez grandes bloques, como mucho, ayudará a que el guirigay de las Naciones Unidas se convierta en eso que de forma algo beatífica se ha denominado el concierto de las naciones. La victoria de Obama ayudaría mucho, aun suponiendo que la realidad de sus actos acabe siendo inferior a las esperanzas que infunde este hombre.

Lo interesante será ver quién gobernará en Madrid y Barcelona. Zapatero ganó sus elecciones generales en Barcelona, habiendo perdido en Madrid y Valencia, y bajando algo en Andalucía. A Hereu se le ve tranquilo y con proyectos en marcha, si bien difíciles, como el de la plaza Lesseps (una nueva Sagrada Família), la conexión del tranvía de la Diagonal en el trozo que falta, entre Francesc Macià y la invariable plaza de las Glòries Catalanes, y un montón de nuevas vías de metro. Hay quien piensa que en las próximas elecciones habrá menos partidos. No estaría mal.

¿Qué más falta? En Barcelona sin duda restablecer el Área Metropolitana, la aglomeración de 4 millones y pico de habitantes en la que realmente vivimos. Y la conexión puerto-ferrocarril-aeropuerto-Zona Franca, que propiciaría un clúster de actividades sólo superado por Rotterdam, Hamburgo y Londres en Europa. Joaquín Coello, el dirigente de la potentísima empresa de certificación Applus, maneja datos importantes al respecto.

Por supuesto que todos (mejor dicho, algunos) tenemos parte de la culpa en no haber avanzado suficientemente en esa línea. Cuando la Generalitat suprimió la AMB que habían fundado Serratosa y Vilalta, y en la que yo trabajé como funcionario, se cruzó un Rubicón del que no ha habido vuelta atrás: el nacionalismo veía la AMB como una amenaza a la nación, y el socialismo, asentado en las diputaciones provinciales poco después, como una amenaza al sistema de partidos, muy ligado a las provincias.

Cuando a cambio tal vez de una importante financiación para los Juegos Olímpicos del 92, años antes de los mismos, el Ayuntamiento admitió que la alta velocidad ferroviaria no empezase por el tramo Madrid-Barcelona, que era lo lógico, sino por el Madrid-Sevilla, cometimos otro error. Se aceptó además que Barcelona-Valencia sería “velocidad alta” en vez de “alta velocidad”: 200 en vez de 300 kilómetros por hora. Luego llegó el PP y Aznar impuso el eslogan “de Madrid a cada capital de provincia en alta velocidad”. Y Barcelona-Bilbao igual o peor que el tren Barcelona-Valencia.

Parte de esos errores (ojo, errores para Catalunya pero probablemente también desde la óptica de la maximización de beneficios en el conjunto de España) se cometieron siendo yo alcalde. Pido excusas por ello.

PASQUAL MARAGALL, ex presidente de la Generalitat de Catalunya.