"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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martes, 18 de mayo de 2010

LA CRISIS GLOBAL DEL AGUA

¿Escasez o quiebra ecológica y moral?

La crisis global del agua no es propiamente de escasez, sino consecuencia de dos grandes fallas convergentes

Pedro Arrojo Agudo  16/05/2010 LA VANGUARDIA
 
Según las Naciones Unidas, más de mil millones de personas no tienen acceso garantizado al agua potable y unas 10.000 mueren cada día por ello, en su mayoría niños. En estas estimaciones no se contabilizan los procesos de envenenamiento progresivo que producen miles de abortos, malformaciones congénitas y muertes por beber agua contaminada con metales pesados, cianuros y otros tóxicos procedentes de vertidos como los de la minería a cielo abierto o determinadas industrias. 

Ante estos datos, a menudo se oye hablar de escasez de agua en el mundo. Sin embargo, la mayoría de esos mil millones de personas viven a orillas de ríos y lagos, o en zonas donde el agua subterránea es abundante. El problema está en que, allí donde antes se podía beber, hoy la gente enferma. Hemos quebrado la salud de nuestros ríos, provocando la crisis más aguda de biodiversidad de la biosfera. Las ranas hace tiempo que desaparecieron; la pesca, la proteína de los pobres, en muchos casos también. Y finalmente son las personas, siempre en las comunidades más pobres, las que enferman y mueren. Paradójicamente, en el planeta azul, el planeta agua, hemos transformado el elemento clave de la vida en vector de enfermedad y muerte.

La crisis global del agua no es propiamente de escasez, sino consecuencia de dos grandes fallas convergentes: la crisis de insostenibilidad de nuestros ríos y la de inequidad y pobreza.



Desde el modelo de globalización neoliberal, las instituciones económico-financieras internacionales han optado por transformar esta crisis en "oportunidad de mercado". La idea de que el agua es un bien útil y escaso ha llevado a considerarla como un bien económico que el mercado debe administrar. Desde pretendidos argumentos de racionalidad económica se han promovido políticas de privatización de los servicios públicos de agua, transformando a los ciudadanos en clientes. El Banco Mundial ha condicionado sus créditos a que los gobiernos de países en desarrollo concesionen esos servicios a los operadores transnacionales, en su mayoría europeos. Bajo esta lógica, la vulnerabilidad de los más pobres, lejos de reducirse, se ha acentuado, abriéndose una tercera falla: la de la gobernanza de los servicios básicos de agua y saneamiento.

Hay que entender que, a diferencia de la madera u otros bienes naturales renovables, el agua tiene funciones que desbordan la lógica del mercado. Desde un punto de vista ético, lo fundamental no es su materialidad, H O, sino las funciones y valores 2 en juego, que en muchos casos no son sustituibles por dinero. Es necesario distinguir categorías éticas, para establecer prioridades y diseñar adecuados criterios de gestión en cada una de ellas.

- El agua vida, en funciones básicas de supervivencia, debe priorizarse, garantizando la sostenibilidad de los ecosistemas, el acceso de todos a cuotas básicas de agua potable (40 litros/ persona/ día), como un derecho humano, y la producción de alimentos básicos en las comunidades más vulnerables.

- El agua ciudadanía, en funciones de salud y cohesión social (servicios domiciliarios de agua y saneamiento), debe situarse en un segundo nivel de prioridad, desde la lógica del interés general y en el ámbito de los derechos de ciudadanía, con sus correspondientes deberes. Su gestión, desde modelos de gestión pública participativa, debe basarse en sistemas tarifarios que permitan financiar servicios eficientes y de acceso universal.

- El agua economía, en funciones productivas que generan beneficios, vinculada al derecho a mejorar nuestro nivel de vida, debe gestionarse desde un tercer nivel de prioridad, desde criterios de racionalidad económica basados en el principio de recuperación de costes.

La escasez de agua vida es injustificable, en la medida que supone la quiebra de derechos humanos y deriva en catástrofes humanas. Pero no debemos olvidar que 40 litros/ persona/ día es apenas el 1,2% del agua que usamos.

La escasez de agua ciudadanía (cortes de agua en una ciudad), afectando al interés general, es un fracaso político. Pero tales servicios suponen apenas el 6% del agua que extraemos de ríos y acuíferos.

El agua economía es propiamente la que desborda la capacidad de los ecosistemas. En este contexto, la escasez en el ámbito del agua economía debe dejar de afrontarse como una tragedia que evitar, a costa del erario público, para considerarse como una realidad que gestionar, asumiendo los límites de sostenibilidad y exigiendo el pago adecuado a quienes demandan más y más caudales para ser más ricos.

En realidad, lo que hemos venido llamando déficits hídricos son más propiamente excedentes de ambición y déficits de responsabilidad.


¿Un derecho tiene precio?

El derecho al agua debería ser considerado uno más de los derechos humanos


Jaime Morell Sastre 16/05/2010 LA VANGUARDIA 

La actual y generalizada reivindicación para incluir el derecho al agua como derecho humano es de una lógica tal que no habría debate si no fuera por los desproporcionados intereses económicos que lastran el acceso a este servicio básico a todos los habitantes del planeta. Cuando la ONU aprobó por unanimidad la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948, no olvidó el derecho al agua o al aire, sino que los consideró obvios al estar incluidos en el derecho a la vida, que incluye disfrutar de un nivel de vida adecuado para la salud y el bienestar, la protección frente a las enfermedades y una alimentación adecuada.

El derecho al agua debería ser considerado uno más de los derechos humanos, que a menudo son usurpados por los intereses del mercado y sus actores. La necesidad de explicitarlo e incluirlo en la Declaración Universal está motivada por la dolorosa contradicción generada en el seno de las sociedades de pretender que sean el mercado y sus dispositivos el eje que estructure y organice la vida social, lo que ha creado importantísimas desigualdades y carencias que es prioritario resolver.

Al hablar del derecho humano al agua nos referimos exclusivamente a la cantidad de agua de consumo para el uso personal y doméstico, 30 o 40 litros por persona y día, potable, salubre y disponible y a un precio asequible. El resto, hasta los 130 litros por habitante y día de la sociedad del bienestar, serían derechos de ciudadanía. Por encima de estas cantidades y hasta el límite de la sostenibilidad estará el agua como factor económico, que, bien regulado, podría estar sujeto a las reglas del mercado.

¿Debe ser esta garantía de acceso al agua y el saneamiento básico, entendida como derecho humano, gratuita? La respuesta es clara: no. Debe ser asequible y las soluciones para asegurar esas dotaciones deben adecuarse a su sostenibilidad institucional, social, técnica y económica. Además, posibilitaría que se incluyera como tal en las constituciones de todos los países y se traduciría en obligaciones legales. La política tarifaria se debería adecuar a las posibilidades reales de los usuarios, diferentes en cada sociedad y circunstancia. Los estados deben garantizar con estas políticas el cumplimiento de este derecho con tarifas progresivas que penalicen a los mayores consumidores, a diferencias de otros servicios como la electricidad que se abaratan con el incremento del consumo, y con políticas sociales que corrijan las desigualdades garantizando el acceso universal al agua potable y al saneamiento básico.

PARA SABER MÁS: PUBLICACIONES
'Agua, ríos y pueblos'. Libro catálogo de la exposición del mismo nombre. Editado por la Asociación Agua Ríos y Pueblos

'El reto ético de la nueva cultura del agua', Pedro Arrojo. Editorial Paidós

'Ríos silenciados: ecología y política de las grandes presas'. Patrick McCully. Editorial P.

'El derecho humano al agua', Aniza García. Editorial Trotta, Madrid 2008

'Nueva Cultura del Agua'. Colección editada por Bakeaz y por la Fundación Nueva Cultura del Agua

WEBS
www.aguariosypueblos.org
http://papeldeaguas.net
www.unizar.es/fnca

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Evitar las guerras del agua

Brahma CHELLANEY, profesor de Estudios Estratégicosdel Centro para Investigación de Políticas, Nueva Delhi


LA VANGUARDIA, 4 de noviembre de 2009 


La construcción de represas sobre ríos transnacionales provoca cada vez más fricciones entre los estados.


La fuente de todos los grandes ríos indios, menos el Ganges, es la meseta tibetana, en poder de China. 


 Traducción: Juan Gabriel López Guix 


Las batallas de ayer se libraron por la tierra. Las de hoy, por la energía. Sin embargo, las batallas de mañana se librarán por el agua. Y en ninguna otra parte es más real esta perspectiva como en Asia, el continente más grande y poblado del planeta, y enfrentado a un futuro más caliente y seco a causa del calentamiento global. Según el informe de las Naciones Unidas publicado en el 2006, Asia dispone de menos agua dulce (3.920 metros cúbicos por persona) que cualquier otro continente, salvo la Antártida




  • La deforestación
  • la mala gestión de las cuencas fluviales
  • el regadío no sostenible en términos medioambientales, 
  • la sobreexplotación del agua subterránea 
  • y la contaminación de las fuentes han contribuido a agravar los males hídricos de Asia. 




Por ello, la cantidad y calidad de agua dulce disponible se está convirtiendo en un componente crítico de los problemas relacionados con la seguridad. Cada vez más, la construcción de represas sobre ríos transnacionales provoca fricciones entre los estados. Si en el futuro queremos evitar las guerras provocadas por estos y otros proyectos de ingeniería hidráulica, habrá que desarrollar normas y reglamentos.  


Asia, con el mayor aumento en los gastos militares de todo el mundo, los puntos conflictivos más peligrosos y la competencia más feroz por los recursos, aparece como el lugar donde es más probable el estallido de guerras por el agua, una probabilidad subrayada por los intentos de algunos estados de explotar su posición o su dominio que, impermeable a los principios legales internacionales, puede crear una situación en la que los repartos hídricos entre estados que comparten ríos y cuencas pasan a ser una cuestión de orden político. 


Las represas, las presas de derivación, los canales y los sistemas de irrigación situados aguas arriba pueden hacer que el agua se convierta en un arma política, un arma susceptible de ser utilizada de modo abierto en una guerra o, de modo sutil, en tiempos de paz como señal de insatisfacción con un Estado. La simple negativa de proporcionar datos hidrológicos en una estación crítica puede equivaler a un uso del agua como instrumento político. A su vez, semejante influencia es capaz de inducir a un Estado situado aguas abajo a reforzar sus capacidades militares para contrarrestar la desventaja riparia. 


Salvo Japón, Malasia y Birmania, los estados asiáticos ya se enfrentan a escaseces hídricas. El futuro mismo de algunos estados de poca altitud, como Bangladesh y las Maldivas, corre peligro debido a la creciente infiltración de agua salada y las inundaciones frecuentes. Bangladesh tiene hoy mucha agua, pero no la suficiente para satisfacer sus necesidades. El país, nacido entre sangre en 1971, se enfrenta al fantasma de una tumba cubierta por agua. 


China e India son ya economías con dificultades hídricas. Los dos gigantes han entrado en una época de escasez perenne de agua, posiblemente comparable dentro poco, en términos de disponibilidad per cápita, con la escasez que sufre Oriente Medio. Su acelerado crecimiento económico podría desacelerarse si la demanda de agua sigue creciendo al frenético ritmo actual. En realidad, la escasez de agua amenaza con convertir a China e India, hoy exportadores de alimentos, en grandes importadores, un hecho que acentuaría de un modo muy serio la crisis alimentaria mundial.  Aunque la tierra cultivable disponible de India es mayor que la de China (160,5 millones de hectáreas frente a 137,1 millones), la fuente de todos los grandes ríos indios, excepto el Ganges, es la meseta tibetana, en poder de China. Se trata de la meseta más grande del mundo; gracias a los vastos glaciares, los enormes manantiales subterráneos y la elevada altitud, posee los mayores sistemas fluviales. Allí nacen casi todos los ríos importantes de Asia. Por ello la posición de Tíbet es única: ninguna otra región del mundo posee unas reservas hídricas de tal magnitud, que además sirven de línea de comunicación para gran parte del continente. Mediante su control sobre Tíbet, China controla la viabilidad ecológica de varios sistemas fluviales importantes en el sur y el sudeste de Asia. Sin embargo, China está considerando hoy gigantescos proyectos de transferencia hídrica entre cuencas y ríos a partir de la meseta de Tíbet. Su actual Gran Proyecto Norte-Sur de transferencia hídrica es una muy ambiciosa obra de ingeniería para llevar agua por canales artificiales hasta el semiárido norte. 


La desviación de aguas desde la meseta de Tíbet, que constituye la tercera parte de este proyecto, es una idea apoyada con entusiasmo por el presidente Hu Jintao, un hidrólogo que debe su rápido ascenso en la jerarquía del Partido Comunista a la brutal represión que llevó a cabo en Tíbet el año 1989.  En las crudas palabras del primer ministro Wen Jiabao, la escasez de agua "amenaza la propia supervivencia de la nación china". Ahora bien, en su búsqueda de soluciones a ese problema, los mastodónticos proyectos de China amenazan con dañar el frágil ecosistema tibetano. Y también contienen las semillas del conflicto entre estados. La hidropolítica de la cuenca del Mekong, por ejemplo, sólo empeorará si China, haciendo caso omiso de las preocupaciones de los estados situados aguas abajo, completa más presas cerca de la cabecera del río. Mientras realiza desganados intentos de aplacar los temores indios ante una posible desviación del Brahmaputra hacia el norte, Pekín ha identificado la curva en que, justo antes de entrar en India, dicho río forma el cañón más largo y profundo del planeta como el lugar que contiene las mayores reservas sin explotar con objeto de satisfacer las necesidades hídricas y energéticas del país. Un conflicto chino-indio por el reparto de las aguas del Brahmaputra podría estallar en cuanto China empiece a construir la mayor central hidroeléctrica del mundo en la Gran Curva del río. 


A todas luces, el modo de prevenir o gestionar las disputas hídricas en Asia es alcanzar acuerdos de cooperación entre las cuencas que incluyan a todos los vecinos riparios. Tales acuerdos institucionales deberían centrarse en la transparencia, el intercambio de información, el control de la contaminación y la promesa de no redirigir el flujo natural de los ríos transfronterizos ni de emprender proyectos que disminuyan sus flujos. El éxito de los acuerdos internacionales sobre cuencas transfronterizas (como los firmados en el caso del Nilo, el Indo y el Senegal) se fundamenta en estos principios. En ausencia de una cooperación institucionalizada sobre los recursos compartidos, la paz será la gran perdedora en Asia cuando el agua se convierta en el nuevo campo de batalla. Léanse las inquietantes palabras de Wang Shucheng, antiguo ministro chino de Recursos Hídricos: "Luchar por cada gota de agua o morir, este es el desafío al que se enfrenta China".