"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

Mostrando entradas con la etiqueta Keynes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Keynes. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de junio de 2010

La crisis y sus soluciones: Jugando con fuego


ANTÓN COSTAS EL PAÍS 13/06/2010


Ponen en riesgo el euro y la UE quienes no valoran las consecuencias de la recesión y el paro prolongado




El panorama económico europeo se ha oscurecido considerablemente en las últimas semanas. El riesgo de recesión prolongada y alto desempleo cotiza al alza. Las consecuencias para la sostenibilidad del euro y del propio proyecto político europeo no son despreciables. Sin embargo, las autoridades políticas y monetarias europeas parecen no ser conscientes de este riesgo.



El plan de austeridad de la canciller Angela Merkel es una mala noticia para la economía europea y para la propia Alemania. No tanto por su contenido como por la filosofía económica que le sustenta: la idea de que la austeridad es en sí misma una buena política en cualquier circunstancia y lugar. La austeridad alemana funcionó antes de la crisis porque con el ahorro alemán los demás europeos consumíamos productos que comprábamos a Alemania. Pero ahora que los demás tenemos que ser austeros y exportar, la política de Merkel puede hacer que la economía europea acabe como el rosario de la aurora.


Es aún más preocupante si cabe la situación que están viviendo los mercados financieros. La sensación de estar a las puertas de un colapso agudo de los mercados monetarios europeos donde la banca se refinancia sus posiciones de corto plazo se hace cada vez más intensa. El escenario se parece cada vez más al de los días posteriores a la caída de Lehman Brothers. O el Banco Central Europeo (BCE) cambia su actitud e interviene de forma radical para hacer retornar el dinero a esos mercados o el "crash bancario" y el "credit crunch" (sequía de crédito) dejarán de ser un fantasma para convertirse en realidad que golpeará especialmente al crédito minorista.


De no cambiar, todo presagia que nos dirigimos hacia una recesión o estancamiento prolongado acompañado de alto desempleo. En estas situaciones la reducción del paro es lenta. Hay que recordar que en medio de la Gran Depresión, entre 1930 y 1938, la tasa de desempleo medio se mantuvo en Francia en el 10,2% y en Alemania en el 21,2%. Las consecuencias políticas son conocidas.


Aquellos que ahora no valoran las consecuencias sociales y políticas de una recesión y de un paro prolongado están jugando con fuego. Es decir, están jugando con el euro y con la propia unión política europea.


¿Por qué nuestras autoridades no toman en consideración ese riesgo? Probablemente por tres razones.
Primera, no valoran el efecto de la austeridad sobre la incertidumbre de la gente ante el futuro. El miedo al futuro lleva a la anorexia de consumo y a la avaricia de ahorro. Pero, si como dijo Adam Smith, "el consumo es el único fin y propósito de toda producción", donde no hay consumo no hay producción; y donde no hay producción no hay empleo.


Segunda, confunden esta recesión con otras previas. Las crisis de los años setenta, ochenta y noventa las provocó un exceso de demanda de consumo que incrementó la inflación y desequilibró la economía. Los remedios fueron la restricción de crédito y el aumento de impuestos para reducir el gasto privado, así como el recorte de gasto público. Pero esta es una crisis originada por el pinchazo de una enorme burbuja especulativa, que al explotar ha producido por sí misma la caída de precios de los activos, desplome del consumo, recesión y paro. Como la enfermedad es diferente, la medicina no puede ser la misma.


Tercera, no toman en consideración la situación de "deflación de deuda" que acompaña a esta crisis y que, por sí sola, acentúa las tendencias recesivas. Imagine que usted compró un piso por 300.000 euros y que lo financió con un crédito por el mismo importe. Aunque está endeudado, su balance está equilibrado. Imagine (no hace falta demasiado esfuerzo) que surge de repente una fuerte crisis y los precios de esos activos se desploman un 30%. Ahora el valor de su piso es de 210.000 euros, pero la deuda se ha quedado colgada en 300.000 euros. Técnicamente está quebrado. Alguna inquietud le producirá, y seguramente usted ante la incertidumbre disminuirá su consumo para hacer frente a contingencias imprevistas. La cosa se puede complicar cuando la caída de precios (deflación) aumenta el valor real de la deuda, dado que ahora tendrá que hacer un mayor esfuerzo para pagarla.


Los bancos europeos, y en particular los de aquellos países donde la burbuja inmobiliaria fue mayor, están viviendo con especial intensidad las consecuencias de la deflación de deuda. Los descapitaliza, y esto les lleva a embalsar la liquidez que les suministra el BCE y restringir el crédito, especialmente el minorista.
A una situación de este tipo, Irving Fisher, prestigioso economista norteamericano de los años treinta, la llamó "deflación de deuda", y la consideró como una de las causas básicas, sino la principal, de la intensidad de la recesión y el paro durante la Gran Depresión de los años treinta.


¿Por qué las autoridades europeas están cometiendo estos errores? Algunos pensaran que por intereses. Otros, que es el miedo a asumir riesgos y ser acusados de intervencionistas. Pero hay otra explicación: el poder de las ideas, de las malas ideas. A ellas se refirió John Maynard Keynes al señalar que "las ideas de los economistas y los políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. En realidad el mundo está gobernado por poco más que esto. Los hombres prácticos, que se creen exentos por completo de cualquier influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto".


El mundo ha cambiado con la crisis financiera de 2008, pero las ideas sobre las políticas han quedado ancladas en el mundo que se fue. Espero, sin embargo, que la fuerza de los hechos haga cambiar las cosas antes de que el fuego sea irreparable.

Antón Costas Comesaña es catedrático de Política Económica de la UB.

sábado, 1 de noviembre de 2008

La era Bush y los neocons vistos por Krugman

La batalla a través de las ideas

JOAQUÍN ESTEFANÍA, EL PAÍS, 01/11/2008

Los libros de Paul Krugman se basan en un concepto: la polarización política de Estados Unidos es fruto de las crecientes desigualdades económicas. El Nobel analiza en su última obra el fin de los neocons.

Bill Clinton dejó la economía estadounidense, en la intersección de los dos siglos, con un crecimiento medio superior al 4% y superávit público. Las dos últimas legislaturas demócratas -básicamente la década de los noventa del siglo pasado- se caracterizaron por un incremento sin parangón de la riqueza, y dieron lugar al nacimiento de otro paradigma, la denominada nueva economía, que decía que se habían acabado los ciclos económicos. Todo ello motivado por la utilización masiva de las tecnologías de la información y la comunicación (lo relacionado con Internet y el planeta digital) y una flexibilización de las herramientas empresariales. Sin embargo, tanto desarrollo no sirvió para que se estrechasen las desigualdades en Estados Unidos, sino lo contrario, y éste es el único hilo conductor que coincide con lo que sucedería después, durante los ocho años de mandato de George W. Bush.

    Estados Unidos

    Estados Unidos

    A FONDO

    Capital:
    Washington.
    Gobierno:
    República Federal.
    Población:
    303,824,640 (est. 2008)

El apellido Bush, que desaparece ahora de la primera fila de la historia, no ha tenido suerte con la economía

El apellido Bush, que desaparece ahora de la primera fila de la historia, no ha tenido suerte con la economía. Bush padre perdió las elecciones a favor de un semidesconocido Bill Clinton, después de haber vencido en la primera guerra de Irak, porque una pequeña e inoportuna recesión se coló en la campaña al grito de: "¡Es la economía, estúpido!". Y Bush hijo, después de haber tenido que superar las secuelas del estallido de la burbuja tecnológica, de los atentados del 11-S, y de los escándalos corporativos que colocaron a Enron como su principal icono, deja la Casa Blanca como ya sabemos: EE UU al borde de la recesión, todos los desequilibrios macroeconómicos (inflación, déficit, deuda) manifestándose a la vez, e incrementándose espectacularmente las diferencias de la renta y la riqueza entre los ciudadanos.

Desde el inicio del primer mandato del actual Bush hubo un economista que manifestó abiertamente sus críticas a la política económica neocon, que hacía su principal bandera de la economía de mercado sin interferencias y que se reivindicaba heredera directa de la revolución conservadora de Ronald Reagan y Margaret Thatcher: el neokeynesiano Paul Krugman, que acaba de recibir el Premio Nobel de Economía por sus trabajos científicos, pero que había brillado en el planeta de la influencia no sólo por los mismos sino por su asombrosa capacidad de divulgación, manifestada en sus artículos semanales en The New York Times (que en España publica EL PAÍS) y por sus libros. En los últimos años ha publicado al menos tres de ellos. En El gran engaño. Ineficacia y deshonestidad: Estados Unidos ante el siglo XXI -una crónica de la primera legislatura de Bush- resume lo que ha pasado desde que la Administración Clinton cesase: caída de las Bolsas, escándalos empresariales, crisis energética, retroceso del medio ambiente, dos millones de nuevos parados, los déficits gemelos (exterior y público), recesión, terrorismo, etcétera. Krugman se asombra entonces de que la principal política económica de Bush consista en bajar los impuestos a los más ricos (con el pretexto de que son los que más invierten) en medio de dos guerras. Lo contrario de lo que decía el sentido común e incluso cualquier ortodoxia económica. Según nuestro economista, la secuencia que los neoconswelfare estadounidense que, a su entender, es un freno a la eficacia del sistema. pretendían instalar tenía un cariz ideológico: rebajar los ingresos públicos, subir el déficit ("el déficit no importa", declaró el vicepresidente Dick Cheney), y aumentar al tiempo los gastos de seguridad y defensa. Cuando la situación se hiciese insostenible, la solución era cristalina: reducir los gastos sociales, lo que significaba acabar con el pequeño

No todo el Partido Republicano pensaba igual. Las anteriores no son las señas de identidad tradicionales de los republicanos (por ejemplo, no lo fueron de la Administración Nixon) sino de un pequeño grupo, muy ideologizado, con raíces en la extrema derecha religiosa y en los institutos de pensamiento fundamentalistas más relacionados con la Escuela de Chicago, que se ha apoderado de la dirección del mismo: los neocons. Ésta es la principal tesis del último libro de Krugman, Después de Bush, que subtitula El fin de los neocons y la hora de los demócratas. En él se demuestra que la polarización política es consecuencia de la desigualdad económica, lo que explicaría en buena parte el desarrollo de la actual campaña electoral. El hoy Nobel de Economía apostó en principio por Hillary Clinton como la mejor candidata demócrata a la Casa Blanca, por ser la más coherente para aplicar la política que según él debía seguir el país (el libro está escrito antes de que estallase la crisis financiera y económica): completar la obra del New Deal rooselvetiano, incluyendo una expansión del seguro social que cubriera riesgos evitables cuya relevancia se ha hecho inconmensurablemente mayor durante las últimas décadas.

En el año 1999, Krugman escribió otro libro, cuyo título puede resultar premonitorio estos días: El retorno de la economía de la depresión. En él abordaba los efectos de la primera crisis económica de la globalización: la que comenzó en el verano de 1997 en Tailandia, con la devaluación de su moneda, que se extendió primero por el conjunto de Asia, luego a Rusia y a América Latina, y finalmente al resto del planeta. Decía entonces que la economía mundial no se encontraba en depresión y que probablemente tampoco experimentaría ninguna depresión en el corto plazo. Pero que la economía de la depresión -los tipos de problemas que caracterizaron buena parte de la economía mundial en los años treinta del siglo pasado- se había instalado de forma pasmosa: hasta hace poco era difícil que alguien pensara que los países modernos se verían obligados a soportar recesiones apabullantes por temor a los especuladores monetarios; que un país avanzado podría verse con persistencia incapaz de generar el gasto suficiente para mantener el empleo de sus trabajadores y de sus fábricas; que incluso la Reserva Federal se preocuparía por su capacidad para contener un pánico del mercado financiero. La economía mundial, concluye, se ha convertido en un lugar mucho más peligroso de lo que imaginábamos. Este texto, publicado hace una década, está siendo reescrito ahora por Krugman, a la luz de la experiencia presente, que multiplica por cien lo acontecido antaño.

En 1930, John Maynard Keynes escribió que "nos hemos metido en un desorden colosal, cometiendo errores garrafales en el control de una máquina delicada, cuyo funcionamiento no entendemos". La batalla que ha dado Krugman consiste precisamente en ello: para compartir un pronóstico de las dificultades y actuar en consecuencia, hay que comprender antes lo que está pasando. En ello ha sido un verdadero maestro. -

Después de Bush. El fin de los neocons y la hora de los demócratas. Traducción de Francesc Fernández. Crítica. Barcelona, 2008, 326 páginas. 29 euros. El gran engaño . Ineficacia y deshonestidad: Estados Unidos ante el siglo XXI. Traducción de Isabel Campos Adrados. Crítica. Barcelona, 2004. El retorno de la economía de la depresión . Traducción de Jordi Pascual. Crítica. Barcelona, 2000.