"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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lunes, 20 de abril de 2009

¿Qué globalización sobrevivirá?


JOSEPH S. NYE EL PAÍS 17/04/2009


En este año en que la economía mundial se contraerá por primera vez desde 1945 a algunos economistas les preocupa que la actual crisis pueda significar el principio del fin de la globalización. Las épocas de dificultades económicas y el proteccionismo van de la mano, puesto que cada país culpa de los problemas a los demás y trata de proteger sus empleos internos. En la década de los treinta del pasado siglo, las políticas consistentes en "empobrecer al vecino" empeoraron la crisis. Hoy, a menos que los líderes se resistan a ofrecer respuestas de ese tipo, el pasado podría convertirse en el futuro.

La economía no es lo único de dimensión planetaria. Salud, clima, violencia y cultura son mundiales

El proteccionismo puede acabar con la globalización buena y reforzar la mala

Irónicamente, sin embargo, esa perspectiva tan sombría no significaría el fin de la globalización definida como un aumento de las redes mundiales de interdependencia. La globalización tiene varias dimensiones. Aunque los economistas a menudo se refieren a ella y a la economía mundial como si fueran una sola y misma cosa, otras formas de la globalización también tienen efectos significativos -no todos benéficos- en nuestras vidas cotidianas.

La manifestación más antigua de la globalización fue ambiental. Por ejemplo, la primera epidemia de viruela se registró en Egipto en el año 1350 antes de Cristo. Llegó a China en el 49 después de Cristo, a Europa después del 700, a las Américas en 1520 y a Australia en 1789. La peste bubónica, o peste negra, se originó en Asia, pero al propagarse mató entre un cuarto y un tercio de la población de Europa en el siglo XIV.

En los siglos XV y XVI los europeos llevaron enfermedades a las Américas que destruyeron al 95% de la población nativa. En 1918, una pandemia de gripe causada por un virus de las aves acabó con la vida de 40 millones de personas en todo el mundo, mucho más que las que habían muerto en la guerra mundial que acababa de terminar. Actualmente, algunos científicos predicen que se repetirá la pandemia de gripe aviar.

Desde 1973 han surgido 30 enfermedades contagiosas que se desconocían y otras, más familiares, se han propagado geográficamente con nuevas formas resistentes a los medicamentos. En las dos décadas posteriores a la identificación del VIH/SIDA en los años ochenta han muerto 20 millones de personas y 40 millones más están infectadas en todo el mundo. Algunos expertos prevén que esa cifra se duplicará para 2010. La propagación de especies foráneas de flora y fauna a nuevas zonas ha aniquilado a las especies nativas y podría provocar pérdidas económicas de varios miles de millones de dólares al año.

El cambio climático global afectará a la vida de todo el mundo. Miles de científicos de más de cien países informaron recientemente de que hay nuevas y sólidas evidencias de que la ma-yor parte del calentamiento observado en los últimos 50 años es atribuible a las actividades humanas, y se prevé que las temperaturas promedio a nivel global aumenten entre 1,3 y 5,5 grados centígrados en el siglo XXI. El resultado podría ser una variación aún más severa del clima, con demasiada agua en algunas regiones y escasez en otras.

Entre los efectos, habrá tormentas y huracanes más fuertes, inundaciones y sequías más prolongadas y más desprendimientos de tierras. En muchas regiones el aumento de la temperatura ha alargado la estación de deshielo y los glaciares se están derritiendo. El ritmo al que subió el nivel del mar en el último siglo fue 10 veces más rápido que el promedio de los últimos tres milenios.

También está la globalización militar, que consiste en las redes de interdependencia en las que se utiliza la fuerza o la amenaza del uso de la fuerza. Las guerras mundiales del siglo XX son un ejemplo. La anterior era de globalización económica llegó a su cúspide en 1914 y las dos guerras mundiales significaron un retroceso. Pero si bien la integración económica global no recuperó el nivel que tenía en 1914 hasta medio siglo después, la globalización militar creció a medida que la económica se contraía.

Durante la guerra fría, la interdependencia estratégica global entre Estados Unidos y la Unión Soviética fue aguda y clara. No sólo produjo alianzas que abarcaban todo el mundo, sino que cualquiera de los bandos pudo haber utilizado misiles intercontinentales para destruir al otro en menos de 30 minutos.

Éste fue un rasgo distintivo no porque fuera totalmente nuevo, sino porque la magnitud y la velocidad de un potencial conflicto derivado de la interdependencia militar eran enormes. Actualmente, Al Qaeda y otros actores transnacionales han formado redes globales de agentes y desafían los enfoques convencionales de la defensa nacional mediante lo que se ha dado en llamar la "guerra asimétrica".

Por último, la globalización social consiste en la propagación de pueblos, culturas, imágenes e ideas. La migración es un ejemplo concreto. En el siglo XIX, alrededor de 80 millones de personas atravesaron los océanos para buscar un nuevo hogar, muchas más que en el siglo XX. Al inicio del siglo XXI, 32 millones de los residentes en Estados Unidos (el 11,5% de la población) habían nacido en el extranjero. Además, aproximadamente 30 millones de personas (estudiantes, empresarios, turistas) entran cada año a este país.

Las ideas son un aspecto igualmente importante de la globalización social. La tecnología hace que la movilidad física sea más fácil, pero las reacciones políticas locales contra los inmigrantes ya estaban creciendo antes de la actual crisis económica.

El peligro actual es que las miopes reacciones proteccionistas a la crisis económica puedan contribuir a asfixiar la globalización económica que ha distribuido crecimiento y ha sacado de la pobreza a millones de personas en el último medio siglo. Pero el proteccionismo no frenará las demás formas de globalización.

La tecnología moderna significa que los patógenos viajan más fácilmente que en periodos anteriores. Las facilidades para viajar aunadas a los tiempos de dificultades económicas implican que las tasas de migración podrían acelerarse hasta el punto de que las fricciones sociales superen el beneficio económico general. De manera similar, las dificultades económicas pueden empeorar las relaciones entre Gobiernos y los conflictos internos que podrían llegar a la violencia.

Al mismo tiempo, los terroristas transnacionales seguirán beneficiándose de la tecnología de la información moderna como Internet. Y si bien la depresión de actividad económica puede desacelerar en cierta medida el ritmo de concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, también desacelerará el tipo de programas costosos que los Gobiernos deben aplicar para abordar las emisiones ya existentes.

Así pues, a menos que los Gobiernos cooperen para estimular sus economías y se resistan al proteccionismo, el mundo podría encontrarse con que la crisis económica actual no significa el fin de la globalización sino sólo de la del tipo positivo, con lo que quedaríamos en la peor de las situaciones posibles.

© Project Syndicate, 2009.

Traducción de Kena Nequiz.

Joseph S. Nye, Jr. es profesor en la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard.

martes, 21 de octubre de 2008

En el corazón del combate contra la malaria

Fuente:


28/09/2008
Texto de David Dusster
Fotos de Kim Manresa

El parásito de la malaria, que mata a un millón de personas cada año, está en el centro de la diana de Pedro Alonso. El investigador español y sus compañeros del centro de investigación de Mozambique han desarrollado la primera vacuna eficaz contra ese “bicho”, como lo define el propio Alonso, responsable de una de las grandes lacras de África. Su labor les ha valido el premio Príncipe de Asturias.


El chófer se dispone a cerrar el coche una vez que Pedro Alonso, Ariel Nhacolo, el coordinador del CISM, y Jahit Sacarlal, jefe de proyecto de vacuna de malaria (junto a la puerta), han bajado en un barrio pobre de Manhiça para visitar una casa donde se había dejado una trampa para mosquitos

Ahí está, yerta e inofensiva, más larga que las patas del anofeles, la trompa peluda y gruesa que inocula el parásito que provoca la malaria, perfectamente discernible a través del microscopio. El investigador Pedro Alonso, con barba descuidada y camisa cómoda para el calor de Mozambique, mira por el ocular y poco a poco se va entusiasmando. Luego se recuesta en la silla y, como si estuviera abatido por la apariencia insignificante del mosquito, se pregunta: “¿Es ese nuestro enemigo?”. “Pues sí –se responde a sí mismo sin dilación–, ese es, ese bicho es el que transmite una enfermedad que mata a un millón de personas cada año, la dolencia que más ha influido en la historia de la humanidad.”

Pedro Alonso, de 49 años, epidemiólogo director del Centro de Investigación en Salud de Manhiça (CISM) y líder del equipo que ha desarrollado la primera vacuna eficaz contra una de las grandes lacras que arrastra África, se pasaría horas y horas hablando del paludismo, siempre dispuesto a apañar un papel para dibujar esquemas, apuntar fechas o aclarar conceptos, o presto a contar alguna anécdota histórica de esa enfermedad a la que ha dedicado su carrera profesional. “Hemos dado un paso de gigante, pero la vacuna es una parada en el camino, no la estación de destino”, afirma tajante, como si fuera un general calculando las diversas fases de una guerra, contra un enemigo de aspecto baladí que inyecta un parásito llamado plasmodium, una lombriz inapreciable a la vista con dos puntas como cabezas de alfiler.

Manhiça es una ciudad pequeña a 60 kilómetros de Maputo, la capital de Mozambique, situada en una escarpadura desde la que se divisa la planicie del río Incomati. En 1996, científicos del hospital Clínic de Barcelona eligieron esa zona para montar un centro de investigación porque era el segundo distrito de un país que acababa de salir de la noche de una larga guerra civil con más incidencia de paludismo. La malaria es responsable del fallecimiento del 22,6% de los menores de un año y del 31,4% de los menores de seis años, según datos consolidados del CISM, que dispone de un censo y hace un seguimiento demográfico –casas numeradas y localizadas con GPS y fichas con las incidencias de los inquilinos–, de 82.000 personas de las 140.000 que viven en el distrito.



El investigador Pedro Alonso mira a través del microscopio un mosquito anofeles, transmisor de la malaria

“Hemos dado un paso de gigante –reconoce el epidemiólogo Pedro Alonso–, pero la vacuna es una parada en el camino, no la estación de destino"

Hace siete años, durante mi primera visita al CISM, Pedro Alonso era uno de aquellos científicos tenaces de las enfermedades tropicales olvidadas. Argumentaba que la humanidad no podía tolerar que de cada diez euros que se dedicaban a la investigación, nueve fueran al estudio de solamente una décima parte de las enfermedades, las que afectaban al mundo rico. Los males que aquejaban casi exclusivamente al tercer mundo, como la malaria, que provoca tres mil muertes al día, eran un páramo de recursos. “En el 2001 estábamos a dos velas, y ahora se me hace difícil pensar en un buen proyecto que no pueda encontrar financiación, de tanto que han cambiado las cosas en positivo”, resume Alonso, que pasa los meses del verano europeo trabajando en Manhiça y el resto del año atiende sus obligaciones de médico del Hospital Clínic y catedrático de la Universitat de Barcelona, aunque suele tener que ir a Mozambique una vez cada mes.

El complejo de Manhiça refleja el cambio. Siete años atrás era un recinto con cinco edificios bajos agrupados, un patio, unas literas para invitados y un comedor comunitario en una calle polvorienta, enfrente de un vetusto dispensario local, que daba trabajo a unas ochenta personas. Ahora se percibe la dimensión investigadora del centro. A los laboratorios sólo se accede con identificadores de huellas dactilares, y los científicos cuentan con aparatos como un citómetro y un PCR, instrumentos de tecnología punta nada habituales en Mozambique. Hay cuatro edificios más, incluida una biblioteca con un cuadro de Malangatana, el pintor más famoso de Mozambique, que describe la negritud en tonos azules marinos y los labios carnosos en rojo intenso. Los centros de datos y el demográfico han sido completamente informatizados. El CISM contrata ya a 270 personas, de las que solamente siete son expatriadas, y se ha convertido en el segundo empleador del distrito, después de la fábrica de azúcar que resistió abierta durante la guerra. La calle del portal, así como las del centro de la ciudad, ha sido asfaltada. La ciudad de Manhiça parece haber despertado de su languidez y vive un boom de la construcción. En el 2001 no había hoteles, ahora hay tres casas de huéspedes. Por aquel entonces, el CISM luchaba por reunir fondos de los gobiernos español y mozambiqueño junto a los propios del hospital Clínic de Barcelona, y ahora ha sido reconocido con el premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional, junto a otros tres centros de Tanzania, Ghana y Mali que también investigan la malaria.

La doctora Tacilta y dos enfermeras mozambiqueñas del dispensario de Manhiça realizan una visita de seguimiento a niños con problemas de salud

El motor de la transformación ha sido la movilización internacional y una mezcla de donaciones filantrópicas y asignación de recursos públicos para que las multinacionales farmacéuticas recuperasen estudios en busca de medicamentos de venta casi exclusiva en el tercer mundo y, por lo tanto, poco rentables. En menos de una década, la malaria ha pasado de ser una enfermedad olvidada a ser un objetivo primordial de prevención de la Organización Mundial de la Salud. El hasta hace poco hombre más rico del mundo, Bill Gates, y su esposa, Melinda, han donado cien millones de dólares de su fortuna personal para la investigación del paludismo, de los que casi tres han ido a parar al CISM. La creación de la MVI (Malaria Vaccine Initiative, iniciativa para la vacuna de la malaria) permitió que la multinacional farmacéutica GlaxoSmithKline continuara con las pruebas de la vacuna que iba a abandonar.

La obstinación de Pedro Alonso contra la malaria ha variado poco desde que, mientras realizaba prácticas en Gambia en 1984, llegó a la certeza de que quería enfocar su labor médica a la investigación de esa dolencia. En 1991, Alonso, que se especializó en medicina tropical en la Universidad de Harvard, demostró la eficacia en la prevención de la malaria de las redes mosquiteras impregnadas, una iniciativa que poco a poco ha ido extendiéndose por toda África. Posteriormente trabajó en el centro Ifakara de Tanzania, otro de los que recibirán en octubre el premio Príncipe de Asturias, junto a Clara Menéndez y John Apponte, que han formado el núcleo duro de su equipo en Manhiça con los mozambiqueños Eusebio Macete, Ariel Nhacolo y Jahit Sacarlal. La asturiana Clara Menéndez, su esposa, a la que conoció en la facultad de Medicina en Madrid, es otra eminencia en paludismo, consagrada al estudio de la incidencia de la enfermedad en niños y mujeres embarazadas y autora de una propuesta de tratamiento intermitente que, administrado por vía oral en los primeros meses de vida, puede reducir hasta un 30 por ciento los episodios de malaria. El tratamiento intermitente está pendiente de aprobación por la OMS.

La epidemióloga Clara Menéndez, que ha desarrollado un tratamiento preventivo intermitente contra la malaria, en un control del programa de suplantación de leche materna

En una década, la malaria ha pasado de enfermedad olvidada a objetivo primordial de la OMS. El dinero de Bill y Melinda Gates reavivó una vacuna casi abandonada

Pedro Alonso fue una de las doscientas eminencias de todo el mundo invitadas al Fórum de la Malaria en Seattle, organizado en el 2007 bajo el auspicio de la familia Gates, y ya antes había sido uno de los veinte expertos citados en Annecy (Francia) en el 2002 para diseñar la estrategia de la MVI. En las notas de la visita a Manhiça del 2001 descubro su convicción de que habría vacuna para la malaria en diez años. Y la previsión parece que va a cumplirse. El 2011 es la fecha señalada para que termine la tercera y última fase de la vacuna RTS,S / ASO2A y, en caso de ser exitosa, como se prevé, pueda ser registrada y comercializada. “La tercera fase consiste en repetir a gran escala lo mismo que se ha hecho hasta ahora; el principal reto es logístico, porque se va a probar en 16.000 personas de once centros africanos y hay que coordinar todo ese esfuerzo”, explica Jahit Sacarlal, uno de los investigadores mozambiqueños formados en Barcelona gracias al programa de becas y que ha sido el jefe del proyecto de vacuna en el CISM.
La segunda fase de la vacuna experimentada en Manhiça, que terminó en el 2007, demostró que la fórmula era eficaz y segura, capaz de reducir en un 58% los casos graves de malaria en niños de 1 a 4 meses y en un 77% en la franja de uno a dos años. Alonso rechaza ser el padre de la vacuna. “La vacuna es de Glaxo­SmithKline, que tiene la patente desde los años setenta, y nosotros hemos sido los primeros que la hemos desarrollado y hemos comprobado que es viable”, aclara Pedro Alonso, quien recurre al símil del niño nacido de forma prematura que hay que poner en una incubadora y cuidar para que prospere. Y añade que “la vacuna no es la panacea, no es la definitiva, habrá nuevas generaciones de vacunas que serán mejores que esta, pero, de momento, es una vacuna válida que, aunque no sea tan eficaz como la del sarampión, puede salvar miles y miles de vidas”.


Dentro de un coche, de visita por los barrios más pobres de Manhiça, Jahit Sacarlal rebate la idea de que el parásito plasmodium sea muy inteligente y lo rebaja a un ser muy complejo capaz de mutar a velocidad muy rápida: “Al contrario, es un parásito que fracasa en su objetivo de vivir en el anfitrión, pues termina matándolo y, por lo tanto, se suicida”, concluye con un gesto de perplejidad. En apenas cinco minutos, Manhiça deja se ser una ciudad y muestra sin transición el Mozambique rural, una sucesión de calles arenosas con chozas de cañizo donde las familias plantan huertos diminutos con piñas, tomateras o lo que crezca en un terreno tan poco fértil.



La doctora Montse Renom supervisa a un niño en su casa. Días atrás había sido atendido en el dispensario por una crisis de malaria.

El objetivo de la comitiva es instalar una trampa para mosquitos que se pone sobre el camastro en una de las barracas registradas en el centro del CISM. Hay noches en que se capturan dos mil mosquitos.
“Hay mucha gente que me dice que si se pudo erradicar la malaria de Europa, también será posible en África, y yo les digo que no es tan fácil, que depende de la cantidad y el tipo de mosquitos, aquí en esta choza los mosquitos es como si fueran en un Ferrari, y en Europa iban en un 600”, comenta Pedro Alonso.

Otra complejidad de la lucha contra la malaria proviene de la gran exposición de las poblaciones afectadas. El CISM tiene controlado que un niño del distrito de Manhiça puede recibir 150 picaduras al año de un anofeles con plasmodium en su interior. En el caso de otras enfermedades, como el cólera o el sarampión, los potenciales pacientes se ven expuestos a la bacteria o el virus pocas veces en su vida. Y, sin embargo, en el Fórum de la Malaria, Melinda Gates, que definió al paludismo como una partida de ajedrez contra un ordenador que cambia las normas sobre la marcha en cuanto ve que empieza a perder, se atrevió a decir que “no pararemos hasta que la malaria sea erradicada”. La erradicación era hasta ahora una de las palabras tabú para los investigadores. Pero en el nuevo contexto internacional todo es posible. Y en esa nueva batalla, Pedro Alonso está dispuesto a asumir los galones que le entrega la OMS, que le ha encargado elaborar la agenda mundial para la erradicación del paludismo. El objetivo, un mundo sin malaria en cincuenta años.

Inàcio Mando-Mando, jefe de laboratorio del CISM, frente a una centrifugadora de muestras de sangre

Modelo de cooperación en África

Los pacientes del dispensario de Manhiça, en la misma calle que las dependencias del CISM, ya no tienen que esperar al sol mientras aguardan consulta. Un nuevo ambulatorio, pagado por la Agencia Española de Cooperación al Desarrollo (Aecid) y que cuenta con un ala de análisis y prevención del sida costeado por la Agència Catalana de Cooperació per al Desenvolupament, confirma a este distrito como uno de los más afortunados de Mozambique, donde la mitad de la población carece de acceso fácil a la atención médica. Y las obras de un hospital van a empezar pronto. El Centro de Investigación en Salud de Manhiça aporta y paga un 50% del personal sanitario del ambulatorio, como actividad de asistencia ligada a la investigación y la formación.

"Le dije a Bill Gates que por mucho dinero que invirtiera, si no había centro de investigación en África, no serviría de nada", afirma Pedro Alonso, quien siempre estuvo convencido de que la investigación y la transferencia de tecnología y conocimientos eran una forma de cooperación tanto o más válida que la de las ONG o los misioneros. En la actualidad existen más de una treintena de centros investigadores en África que realizan proyectos vinculados a la malaria, pero ninguno ha avanzado tanto en el desarrollo de una vacuna. El CISM es una colaboración conjunta del Ministerio de Salud de Mozambique, de la Universidad Eduardo Mondlane de Maputo, de la Aecid y del hospital Clínic de Barcelona a través de la Fundació Clínic, la Universitat de Barcelona y el Centro de Investigación en Salud Internacional de Barcelona (Cresib), con apoyo de la Generalitat de Catalunya.

La africanización del CISM está a punto de completarse. Ariel Nhacolo ya es el coordinador, Jacinto Chilengue el administrador general y, en los próximos meses, Eusebio Macete, médico investigador formado en Barcelona, relevará a Pedro Alonso como director. Una fundación mozambiqueña también asumirá la gestión a partir del próximo febrero, aunque Alonso será presidente del consejo de administración y representará al hospital Clínic y al Cresib. Puesto que los investigadores han constatado que un 26% de las mujeres embarazadas del distrito de Manhiça son seropositivas, el sida se está convirtiendo en una de las prioridades de investigación y asistencia del centro.

La trampa para mosquitos permite saber cuántos de ellos portadores del plasmodium picarían en una noche en una sola casa

Una vacuna a ciegas

La malaria siempre ha sido un reto científico de gran envergadura para los científicos. Algunos expertos decían que dar con la vacuna era como encontrar el grial de la medicina. Por varios motivos. Primero, porque se lucha contra un parásito, algo más complejo que un virus y una bacteria. Nunca ha habido una vacuna contra un parásito. En segundo lugar, porque “vamos a ciegas”, en palabras de Pedro Alonso. “Tenemos vacuna, pero no entendemos sus mecanismos y, a diferencia de otras enfermedades, no podemos experimentar en animales, pues el parásito plasmodium sólo vive en los mosquitos anofeles y en los humanos.”

El paludismo se transmite por picadura del insecto anofeles, que clava su trompa en la piel humana y, antes de succionar la sangre, inocula saliva. En ese líquido traspasa el parásito plasmodium, que rápidamente busca refugio en el hígado. Una vez allí, el parásito muta y se multiplica, y al cabo de una semana vuelve al flujo sanguíneo y se apodera de los glóbulos rojos, a los que va haciendo estallar y va privando de oxígeno a las células.

Existen cuatro tipos de plasmodium, de los que son importantes dos, el falciparum y el vivax. El primero, predominante en África, es el que provoca la malaria más grave y mortal. El segundo provoca una dolencia más leve, raramente fatal aunque incurable del todo, y es la más habitual en Latinoamérica y Asia. El paludismo mata a un millón de personas al año, la mayoría niños africanos. El plasmodium vivax, por su menor virulencia, es el menos investigado y, de hecho, ningún fármaco actual garantiza la erradicación total del vivax, por lo que el parásito puede permanecer en el cuerpo de forma larvada y provocar nuevos brotes de malaria. En cambio, los medicamentos aniquilan todos los falciparum, pues de lo contrario el paciente moriría.

La mayoría de las víctimas mortales de la malaria son niños, porque a partir de los cinco años el cuerpo va creando una inmunidad que hace que los episodios sean leves cuando se es adulto. Este proceso explica casos como el del portero de fútbol camerunés del Espanyol, Carlos Kameni, que este año enfermó de malaria tras pasar las vacaciones en su país. Al vivir en Europa muchos años, Kameni fue perdiendo paulatinamente la inmunidad. Igualmente, a los viajeros a países tropicales, que a lo largo de su vida no han estado expuestos a picaduras repetidas del mosquito, se les recomienda una profilaxis, un tratamiento preventivo eficaz sólo parcialmente pero que puede retrasar la aparición o atenuar la virulencia de la enfermedad.


La vacuna contra la malaria será asequible para los países pobres porque gobiernos como el británico ya han anunciado la compra de millones de dosis para distribuirlas gratuitamente o a bajo precio a los países afectados, garantizado así a las farmacéuticas una rentabilidad en su comercialización, lo que, junto a donaciones privadas y otras inversiones públicas, ha permitido que multinacionales como GlaxoSmithKline no abandonasen los proyectos de vacuna que tenían atascados desde los años setenta.