"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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jueves, 29 de noviembre de 2007

El déficit de natalidad en España

El déficit de natalidad en España: análisis y propuestas para la intervención pública
Fabrizio Bernardi

Texto completo en http://www.falternativas.org/base/download/0e7e_29-07-05_13_2003.pdf

En España la tasa de fecundidad es actualmente de sólo 1,2 hijos por mujer, una de las más bajas del mundo. Sin embargo, las españolas desearían tener más hijos: 2,2 por mujer en promedio. Por lo tanto, el déficit de natalidad, es decir, la diferencia entre el número real de hijos y el deseado, es aproximadamente de uno por mujer.

Los estudios ponen de manifiesto que este déficit de natalidad se concentra esencialmente en las parejas sin hijos o con un solo hijo.

Por otra parte, la proporción de parejas sin hijos amenaza con aumentar, acompañada de una polarización socioeconómica entre parejas de alta renta sin niños o con un número reducido, y familias numerosas con escasos recursos. La dificultad en conciliar maternidad y trabajo, por parte de la mujer, aparece como responsable del progresivo retraso en la concepción del primer hijo y, frecuentemente, también del segundo.

Si el objetivo político es reducir este déficit de natalidad, entonces las medidas de apoyo financiero al tercero y siguientes hijos son un remedio erróneo. En esencia, mayores deducciones fiscales o subvenciones al tercer hijo no remedian el problema del déficit de natalidad, el deseo frustrado de tener más hijos, porque afecta esencialmente a las parejas sin hijos o con hijo único. Estas medidas no sólo son ineficientes, sino que además podrían ahondar las divisiones socio-económicas en lo referente a la fecundidad, lo que redundaría en mayor pobreza para las familias de escasa renta y gran número de hijos.

A la luz de la experiencia de otros países, la ampliación de la baja de maternidad/paternidad y la introducción de incentivos para que el padre ejerza este derecho probablemente también resulten ineficaces. La principal razón reside en la estructura del mercado de trabajo español y en la capacidad de los padres para optar por la baja. Las personas sin empleo, con un
empleo precario o los trabajadores autónomos carecen de margen de maniobra. Hasta cierto punto, se acentuaría la desigualdad entre los que pueden beneficiarse plenamente de las bajas de maternidad o paternidad y los “excluidos”.

Dos son los aspectos en que debería concentrarse la política contra el déficit de natalidad: vivienda y cuidado de niños. Se tendría que hacer un gran esfuerzo para potenciar el mercado de alquileres sociales y privados, así como para crear una densa red pública de cuidado de niños. El fracaso simultáneo de un mercado inmobiliario con altos precios y oferta escasa, y de la tradicional solución “familiar” al cuidado de los niños, convierte los primeros años de la carrera profesional en una etapa vulnerable del curso vital, precisamente cuando las parejas tratan de consolidar su posición. En esta fase de la vida, el Estado debería generar seguridad para las familias: si el Estado asumiera parte del coste de la vivienda y del cuidado de los niños, las parejas podrían tener un hijo incluso antes de haberse asentado en el mercado laboral. Estas políticas contra el “déficit de natalidad” permitirían una más pronta emancipación de los jóvenes, al tiempo que eliminarían el dilema entre carrera profesional e hijos. Las jóvenes parejas podrían decidir el número de hijos que desean con menos restricciones y dispondrían de un periodo más largo para adoptar dicha decisión. La principal ventaja de las políticas de vivienda y cuidado de niños es que beneficiarían a todos los jóvenes ciudadanos, independientemente de sus preferencias en términos de natalidad. Además, los servicios de cuidado de niños crearían empleo, ingrediente fundamental para la futura viabilidad del Estado del Bienestar.

Aparte de las políticas de vivienda y cuidado de niños, las medidas de flexibilización de los horarios de trabajo también aumentarían la calidad de vida de los padres y reducirían su estrés. Los incentivos al trabajo a tiempo parcial probablemente no supondrían una mejora, debido a la ya mencionada segmentación del mercado laboral en España y a la necesidad que tienen muchas parejas de maximizar su renta. Por el contrario, la introducción de flexibilidad en los horarios de inicio y final de jornada sí aliviaría el conflicto entre vida familiar y trabajo. Asimismo, las medidas que permiten gestionar mejor el tiempo de cuidado de los niños y las tareas domésticas deberían ser beneficiosas. Una posibilidad consistiría en crear centros para niños a los que puedan acudir al terminar las clases y en vacaciones, de forma ocasional y flexible.

En cualquier caso, una medida aislada, aun acometida con intensidad, probablemente no resultará efectiva para luchar contra el “déficit de natalidad”. Por ejemplo, hacer crecer la inversión en servicios públicos de cuidado de niños hasta alcanzar los niveles escandinavos casi no tendría efecto si los jóvenes son incapaces de formar sus propios hogares a edad temprana. Por consiguiente, las actuaciones en materia de vivienda, cuidado de niños y flexibilización de horarios deberían no sólo entrar a formar parte de los objetivos públicos, sino también abordarse de forma conjunta.

En España, la tasa de fecundidad es actualmente de 1,2 hijos por mujer, una de las más bajas del mundo. También es bien conocido que las españolas desearían tener más hijos: una media de 2,2 (Delgado, Martín 1998). En suma, existe un déficit de natalidad, la diferencia entre el número real de hijos y el deseado, que es aproximadamente de uno por mujer. En los últimos años, el declive de la fecundidad y las barreras que impiden alcanzar el “número deseado de hijos” han suscitado mucho debate. Artículos publicados en periódicos y revistas han venido a mostrar la honda preocupación por la caída de la natalidad (Stark, Kohler 2001). Los partidos políticos también han señalado la escasa fecundidad como uno de los problemas más acuciantes que requieren medidas públicas. Por ejemplo, el Plan Integral de Apoyo a la Familia del PP, aprobado en 2001 por el Gobierno, realiza un análisis de la caída de la natalidad en España e incluye medidas que pretenden garantizar la continuidad demográfica y permitir a las familias alcanzar el número deseado de hijos.


¿Por qué la baja natalidad es un problema público?

Dejando de lado motivaciones de tipo religioso o nacionalista, el debate público y académico enumera cuatro razones para justificar las políticas de natalidad:

1) la viabilidad a largo plazo del estado del bienestar y del sistema de pensiones;
2) el mencionado déficit de natalidad que produce un déficit de bienestar en los individuos;
3) la búsqueda de equidad horizontal entre las familias con y sin hijos;
4) la búsqueda de la igualdad entre los niños.

La primera de estas motivaciones se refiere al problema del envejecimiento de la población y al aumento de la ratio de dependencia (proporción entre los mayores de 65 años y los del tramo 15-64 años). Se ha sugerido que la escasa natalidad pone en peligro la viabilidad del Estado del Bienestar (Livi Bacci 1999; Esping-Andersen 1999). En esencia, en el futuro habrá menos personas trabajando que tendrán que financiar las generosas pensiones de grandes segmentos de población retirada. Por otra parte, con una mayor proporción de ancianos, cuya esperanza de vida va en aumento, se prevé una mayor incidencia de las enfermedades crónicas, lo que aumentará la presión sobre el sistema de salud pública. Además, también se ha expresado preocupación por la reducción en términos absolutos de la mano de obra cualificada que, a medio plazo, podría derivar en escasez de oferta en el mercado de trabajo (McDonald, Kippen 2000). Bajo este prisma, las políticas de natalidad quedan, por lo tanto, justificadas, porque un aumento de la natalidad permitiría a largo plazo reequilibrar en parte la ratio de dependencia, aliviar las finanzas de los sistemas de pensiones y de salud, y garantizar la reposición de la mano de obra cualificada.

En contra de estos argumentos, habría que destacar que existen otras soluciones para contrarrestar el envejecimiento de la población y la futura escasez de mano de obra: por un lado, la inmigración y, por otro, el aumento del nivel de participación en el mercado de trabajo a través de mayores tasas de ocupación de la mujer y/o un retraso general de la edad de jubilación (McDonald 2002).

Las motivaciones nacionalistas se refieren a la reproducción o fortalecimiento de un determinado tipo de población nacional o regional. Este objetivo subyace en la generosa política de natalidad del Gobierno de Québec en 1998 (Milligan 2002). Las motivaciones religiosas inciden en el carácter sagrado de la reproducción que debería ser fomentada por el Estado. Una exposición más detallada de las justificaciones de las políticas de natalidad puede hallarse en Dalla Zuanna (1999).

Un aumento de la participación de la mujer y de los trabajadores mayores podría mantener el nivel de oferta laboral de mediados de los noventa hasta 2040, incluso si no mejorase la natalidad y la inmigración se mantuviese tan baja como en 1995 (McDonald, Kippen 2000). A este respecto hay que destacar que el flujo de inmigración ha aumento fuertemente en los últimos años, pasando de un nivel de 30.000 inmigrantes a mediados de los noventa a casi 400.000 en 2001 (INE 2002)4. Además, una mayor participación de la mano de obra femenina y un retraso en la edad de jubilación son también previsibles, teniendo en cuenta el mayor nivel de cualificación de los que se han incorporado al mercado de trabajo en los últimos años (Garrido 2003). En suma, las tendencias actuales en el mercado de trabajo español sugieren que, a medio plazo, una mayor participación en el mercado de trabajo y la inmigración deberían compensar el envejecimiento de la población provocado por la baja natalidad y, de este modo, garantizar la viabilidad del sistema de pensiones y el estado del bienestar.

El segundo tipo de motivación se refiere al deseo frustrado de tener hijos. Tal y como se mencionó en la introducción, los españolas desean en promedio un hijo más del que realmente tienen. Por ello se ha sugerido que el Estado debería intervenir para eliminar las barreras que impiden que los españoles alcancen el número deseado de hijos. Esta argumentación aparece en el Plan Integral de Apoyo a la Familia del PP y, de forma más explícita, en el programa de Políticas para el Bienestar de las Familias del PSOE.

En contra de este razonamiento algunos autores han resaltado que los ciudadanos tienen muchos deseos frustrados (Dalla Zuanna 1999). Muchos quisieran tener un coche mejor, una casa más grande, vacaciones más largas, menos horas de trabajo... ¿Por qué debería el Estado subvencionar a los que optan por tener niños y no a los demás? Este debate termina derivando hacia la cuestión no resuelta de si los niños son “bienes esenciales”, a los que todos los ciudadanos tienen derecho, o si se trata de “bienes de consumo”, que dependen de las preferencias individuales. El argumento del déficit de natalidad asume que los niños son “bienes esenciales” y que existe un “derecho a la reproducción” de los individuos que el Estado tiene que garantizar. Sin embargo, obviando justificaciones religiosas, resulta difícil defender semejante “derecho a la reproducción”. No obstante, existe un versión menos radical del déficit de natalidad que no se centra en los derechos del ciudadano sino en su bienestar (Esping-Andersen 2002). En este sentido se podría argumentar que tener hijos contribuye a mejorar el bienestar individual. Por lo tanto, permitir a los que quieren tener hijos cumplir sus deseos sería una forma de aumentar el bienestar general de los ciudadanos. Se podría añadir que, a diferencia de “otros bienes”, la preferencia por los niños parece estar bastante extendida entre la población. De hecho, sólo una pequeña minoría de españoles no desea tener ningún hijo. Si se pudiese cubrir el déficit de natalidad sin penalizar a la pequeña minoría que no desea tener hijos, se podría argumentar que la sociedad en su conjunto alcanzaría un mayor nivel de Bienestar en términos paretianos.
El tercer tipo de motivación se debe a que los padres con hijos incurren en costes, directos (gastos de cuidado y educación) e indirectos (menos tiempo para dedicarse al trabajo remunerado y a invertir en capital humano) que no padecen los padres con menos hijos o sin descendencia. El Estado debería, por tanto, contribuir a esos costes para reducir la desigualdad entre familias debida a la presencia de hijos. Además, también se ha argumentado que los niños de hoy serán los generadores de la riqueza del mañana y que financiarán el futuro Estado del Bienestar (Maley 2002).

Este punto de vista se centra en la idea de que los niños son “bienes públicos”(Folbre 1994). Los padres que invierten dinero y tiempo en sus hijos contribuyen a la reproducción de la sociedad y, de forma más prosaica, a la viabilidad del Estado del Bienestar. En este sentido los adultos sin hijos pueden ser considerados como “jugadores de ventaja” dentro del pacto generacional que sostiene el sistema de pensiones. El Estado debería reconocer la contribución de los padres a la sociedad en su conjunto y, por ello, compensar los costes asociados a la paternidad/maternidad (Saraceno 1999).
El clásico argumento en contra cuestiona la naturaleza de los niños como “bienes públicos”. Se sugiere en este sentido que los padres se benefician de sus hijos en muchas formas y que los padres potenciales pueden decidir libremente si tener o no tener hijos. Dicha decisión es estrictamente un asunto de preferencias individuales respecto a costes, beneficios y alternativas a la paternidad/maternidad. Si los individuos tienen hijos es porque los beneficios que perciben son superiores o compensan los costes directos e indirectos de la paternidad. La acusación de “jugadores de ventaja” se puede rechazar si se acepta que los individuos sin hijos también financian el sistema educativo y de salud para los niños, a través de sus impuestos y, por ende, contribuyen, aunque de forma parcial, al desarrollo del capital humano de la infancia. Si se aceptan estas críticas a la consideración de los niños como “bienes públicos”, se vuelve a la cuestión de por qué el Estado debería financiar preferencias individuales. Entonces, sólo quedaría la posibilidad de reformular la cuestión en términos de bienestar general del ciudadano en lugar de preferencias individuales y ello nos haría volver a la definición menos radical del déficit de natalidad y su justificación ya mencionadas anteriormente.

Finalmente, la última motivación tiene relación con el bienestar del niño. Se argumenta que, aunque los padres deciden libremente tener hijos y, por ello, sería discutible que el Estado interviniese en las preferencias individuales, los niños no son responsables de las decisiones de sus padres (Dalla Zuanna 1999). Si se mantienen constantes los ingresos y la estructura del gasto de una familia, un niño con n+1 hermanos/as dispone de menos recursos materiales que otro niño con n hermanos/as. Estudios recientes han mostrado que las oportunidades vitales dependen en gran medida de la educación a edad temprana, que a su vez es función del capital económico, cultural y social de la familia de origen. Además, también se ha sugerido que los niños provenientes de familias numerosas están en desventaja respecto a los de familias más reducidas, porque sus padres tienen menos recursos y tiempo para dedicarles. En definitiva, un estado de bienestar comprometido con la igualdad de oportunidades educativas y, de forma más general, con la igualdad social, debería transferir recursos hacia los niños de las familias numerosas. Queda claro que las medidas para promover el bienestar de los niños no son directamente natalistas. De hecho, dichas medidas están dirigidas a los niños que ya han nacido, aunque se ha argumentado que la creación de un entorno más favorable para la infancia probablemente anime los padres a tener más hijos (Dalla Zuanna 1999). No obstante, hay que señalar que si el objetivo político es promover la igualdad de oportunidades entre los niños, entonces el nivel actual de baja natalidad es preferible a un aumento de la fecundidad. En esencia, la intervención pública tenderá a ser más efectiva si los recursos disponibles se distribuyen entre menos niños.

domingo, 11 de noviembre de 2007

TASAS DEMOGRÁFICAS BÁSICAS

FUENTE: http://www.eumed.net/cursecon/2/demografia.htm

La ciencia de la demografía no se limita a la medición sino que incluye necesariamente la interpretación y análisis de los datos, las proyecciones y previsiones en base a supuestos que incluyen variables no demográficas. Sin embargo la demografía estadística es el punto de partida del análisis de la población en el que se trata de medir con precisión las magnitudes demográficas.

El concepto de fecundidad se refiere al número medio de hijos que tienen las mujeres. Para medirlo con precisión es necesario delimitar con precisión la variable que queremos medir ya que la cifra que la exprese será muy distinta según consideremos a todas las mujeres que viven en un momento determinado en un país, o sólo a las mujeres fértiles, eliminando las que mueren antes de alcanzar la edad fértil. Podremos estimar también tasas de fecundidad por edades o tasa de fecundidad de cohortes.

Vea la evolución de la tasa de fecundidad en los diferentes países de la Unión Europea

Las tasas de natalidad y mortalidad son el resultado de dividir el número de nacimientos o defunciones por la población total. Normalmente se expresan en tantos por mil y por año.

Vea la evolución de las tasas de natalidad y mortalidad en España.

La diferencia entre las tasas de natalidad y de mortalidad indican el crecimiento natural o vegetativo.

El crecimiento demográfico mide el aumento, en un período específico, del número de personas que viven en un país o una región.

La tasa de crecimiento demográfico depende, además de la tasa de natalidad y de la tasa de mortalidad, de los movimientos migratorios.

La tasa de natalidad depende a su vez de la tasa de fecundidad.

La tasa de fecundidad está influida por muchos factores pero el principal es el nivel cultural de la sociedad y especialmente de las mujeres: a mayor cultura, menor número de hijos se tienen.

La tasa de mortalidad depende del grado de desarrollo económico y sanitario.

La longevidad es la duración de la vida de una persona. Se mide mediante el concepto de esperanza de vida. La esperanza de vida de un tipo de persona es la media de la duración de la vida de ese tipo de personas. Así, la esperanza de vida al nacer en España en 1900 es la media del número de años que vivieron los españoles nacidos ese año. También podemos calcular la esperanza de vida a los 75 años en 1963: cuánto tiempo sobrevivieron de media las personas que ese año tenían una edad de 75.

Esperanza de vida mundial

La "esperanza de vida al nacer" es la tasa que mide el número de años que vivirá por termino medio un individuo de 24 horas de edad. El mapa muestra la esperanza de vida en todos los países del mundo, más de 75 años en los más desarrollados, menos de 55 en los menos desarrollados.

Los índices demográficos se suelen referir a las cohortes, el conjunto de personas nacidas en un período determinado. Una forma muy habitual de representar gráficamente el tamaño de diferentes cohortes en un momento determinado es la pirámide de población. El análisis longitudinal de las cohortes y las comparaciones entre cohortes son también muy ilustrativas de la dinámica de población.

CONCEPTOS Y TASAS DEMOGRÁFICAS

Revisión de conceptos demográficos (Versión Octubre 2001)

José Antonio Ortega Osona
Universidad Autónoma de Madrid
joseantonio.ortega@uam.es

FUENTE:
Ortega Osona, José Antonio (2001): "Revisión de conceptos demográficos"
en Contribuciones a la economía de La Economía de Mercado, virtudes e inconvenientes
http://www.eumed.net/cursecon/colaboraciones/index.htm
consultado el 10 de noviembre de 2007

PALABRAS CLAVE

Las siguientes palabras clave pueden servirle para recordar los conceptos básicos de demografía. Intente recordar de qué se trata en cada caso. Si no recuerda algún término o los desconoce, la lectura del resto del documento puede contribuir a aclarárselos. Las palabras clave aparecen subrayadas.

Demografía.
Análisis Demográfico.
Población total.
Tasa de crecimiento de la población.
Tasa bruta de natalidad.
Tasa bruta de mortalidad.
Tasa bruta de nupcialidad.
Tasa bruta de emigración.
Tasa de crecimiento natural o vegetativo.
Migración neta.
Pirámide de población.
Población joven
Generación o cohorte
Análisis longitudinal o de cohorte
Tamaño de la cohorte.
Esperanza de vida de la cohorte.
Descendencia final.
Medidas de período o transversales.
Tasas especificas de mortalidad y fecundidad por edades.
Tabla de mortalidad.
Supervivientes, lx
Defunciones, dx
Esperanza de vida, e0
Indice Sintético de Fecundidad ó Tasa de Fecundidad Total, ISF ó TFR.
Hijos por mujer.
Nivel de reemplazo.
Tasa Neta de Reproducción, NRR.
Población estable.
Estructura por edades de la población estable.
Tasa de crecimiento intrínseca, r.
Población estacionaria.



La demografía es una de las ciencias sociales. Estudia los acontecimientos que ocurren a los miembros de una población a lo largo de su vida. Este estudio tiene dos dimensiones: la medición (¿Cuántos hay?, ¿Cuántos nacen?, ¿Cuántos trabajan?, ¿Quiénes mueren?), y la explicación (¿por qué se tienen más hijos en Marruecos que en España? ¿por qué recibimos emigrantes? ¿por qué hoy mucha más gente llega a vivir 80 años?).

La definición anterior es muy amplia e incluye una difusa línea de separación con otras ciencias. A menudo en la búsqueda de explicaciones la demografía utiliza la economía, la historia, la biología. Por otro lado las herramientas de medición de los demógrafos y sus análisis son también aplicados al resto de ciencias que estudian al hombre: la estructura por edades afecta al consumo y al resto de magnitudes económicas, a la política, a las costumbres. En general el trabajo de los demógrafos se limita dentro de la definición anterior en dos sentidos: se presta especial importancia a los agregados, a lo macro frente a lo micro; existe un núcleo central de temas que hacen referencia a la dinámica de la población: la fecundidad interesa más que el desempleo porque la primera determina directamente cómo cambia la población. Eso no quiere decir que no se pueda hacer un estudio demográfico del desempleo, ni que el desempleo no pueda ser uno de los factores explicativos de la fecundidad. A este núcleo central dentro de la demografía de medición de la dinámica de las poblaciones se le suele denominar Análisis Demográfico.

TAMAÑO DE LA POBLACIÓN

Cómo cambia el tamaño de la población objeto de estudio es, por tanto, tema central de la demografía. El estudio de la dinámica de una población tiene mucho de contabilidad: si partimos de una población inicial para saber cual es la población final tenemos que seguir las entradas y las salidas de la población. A una población se puede entrar de dos formas: al nacimiento o por inmigración. De una población se puede salir de dos formas: por muerte o por emigración. De aquí se tiene la igualdad demográfica básica o Ecuación Fundamental de la Población que podemos escribir de diversas maneras:

Población Final = Población Inicial + Nacimientos - Defunciones + Inmigración - Emigración

Población Final = Población Inicial + Crecimiento Natural ó Vegetativo + Migración Neta

Crecimiento de la Población = Nacimientos - Defunciones + Migración Neta

De este modo, llamando P(t) a la población a principio del año t, N(t) a los nacimientos registrados en ese año, D(t) a las defunciones, y por último E(t) e I(t) a las migraciones tenemos que en un año:

P(t+1) - P(t) = DP(t) = N(t) - D(t) + I(t) - E(t)

Naturalmente cuantos más habitantes tiene una población mayor será el número de nacimientos, defunciones y demás. Para hacernos una idea de lo grande que es la natalidad, la mortalidad o las migraciones tenemos que poner en relación los acontecimientos vitales con el total de población. Se definen así las tasas brutas de natalidad, mortalidad, inmigración y emigración dividiendo el número de sucesos por la población media del período, PM(t), que se suele calcular cómo ½[P(t+1)+P(t)]. Así tenemos, por ejemplo:

TBN(t) = b(t) = N(t)/PM(t); TBM(t) = d(t) = D(t) / PM(t); TBI(t) = I(t) / PM(t)

Todas estos indicadores son proporciones. En la práctica suelen multiplicarse por mil para expresarse así en tantos por mil.

La tasa de crecimiento natural ó vegetativo queda entonces definido por la diferencia entre la tasa bruta de natalidad y de mortalidad:
r(t) = b(t) - d(t)

Esta tasa suele habitualmente expresarse en tantos por ciento en vez de en tantos por mil (es decir, suele multiplicarse por cien).

También se define la tasa bruta de migración neta como la diferencia entre las tasas de inmigración y emigración:

TBMN(t) = TBI(t) – TBE(t)

De modo similar podemos definir la tasa bruta de nupcialidad.

Volviendo a la ecuación de crecimiento nos damos cuenta de que podemos ahora caracterizar el crecimiento de la población sumando la tasa de crecimiento natural y la tasa bruta de migración neta. De este modo se obtiene la tasa de crecimiento de la población.

ESTRUCTURA POR EDADES

Hasta aquí hemos contemplado a la población en su conjunto. A menudo nos interesa clasificar la población en subgrupos más homogéneos: estudiamos la estructura de la población. La clasificación por edades y sexos es la más utilizada puesto que gran parte del comportamiento demográfico está condicionada por estas dos dimensiones. La representación gráfica en la que clasificamos la población de acuerdo a la edad y el sexo recibe el nombre de pirámide de población, pues para muchas poblaciones (aquellas que crecen o que tienen alta mortalidad) el aspecto del gráfico se asemeja al de una pirámide: hay menos personas según aumenta la edad.

La forma de la pirámide de la población es importante, pues nos indica lo joven o anciana que es esta población. Si la base es muy ancha, esto quiere decir que hay muchos jovenes. Esto tendrá implicaciones importantes para la educación o la estructura familiar, por ejemplo. Si la cúspide es muy ancha, tenemos una población madura o vieja. Esto tiene a su vez efectos sobre el gasto en salud o pensiones por ejemplo.

La pirámide de población también nos informa sobre el pasado. Las personas de una edad determinada son personas que nacieron en un mismo período, es decir: cada franja de la pirámide de población representa a una generación o cohorte. El número de nacidos inicialmente representaría el tamaño de la cohorte. Según pasan los años van falleciendo miembros de la cohorte de modo que si seguimos a una generación en una secuencia de pirámides de población, vamos viendo como su tamaño va disminuyendo. Esto ocurriría en ausencia de migraciones. Como las migraciones suelen afectar más a los jóvenes, la existencia de fuertes migraciones modifica la forma de la pirámide de población. Esto es particularmente evidente cuando la población que analizamos es relativamente reducida, por ejemplo, una ciudad o un pueblo.

ANÁLISIS DE COHORTE

Hemos visto que una cohorte de nacimiento, entendiendo como tal un conjunto de personas nacidas en un período determinado, puede ser seguido a lo largo de su vida. Si seguimos a todas estas personas a lo largo de su vida hasta que todos han muerto puedo resumir cuál ha sido el comportamiento demográfico de la cohorte. A este tipo de análisis se le llama análisis longitudinal o de cohorte.

Para resumir como de intensa ha sido la mortalidad de la cohorte estudiamos lo longevos que han sido sus miembros. En particular, es posible calcular cuántos años han vivido de media. Para ello no tendré más que sumar las edades exactas al fallecimiento de todos ellos y dividir por el tamaño de la cohorte. A esta cantidad se le denomina esperanza de vida de la cohorte.

Para resumir como se ha reproducido la cohorte ponemos en relación el número de hijos que han tenido con el tamaño de la cohorte. Es práctica habitual centrarse únicamente en la población de mujeres. El número de hijas dividido entre el número de mujeres inicialmente en la cohorte es la razón de reproducción neta o tasa de reproducción neta (NRR, Net Reproduction Ratio en inglés). Un número mayor que uno indica que la generación ha contribuido al aumento de la población.

La razón de reproducción neta no es estrictamente una medida de la fecundidad. Para tener hijas es necesario que las mujeres hayan sobrevivido hasta el momento del nacimiento, y no todas las mujeres de la cohorte lo consiguen. La mortalidad, por lo tanto, también influye sobre la NRR. Es posible, sin embargo, eliminar el efecto de la mortalidad y estimar cuántos hijos de media habría terminado teniendo cada mujer de la cohorte en ausencia de mortalidad. Para ello calculamos las tasas de fecundidad de la cohorte a cada edad, poniendo en relación el número de hijos con las mujeres supervivientes. A la suma de estas tasas se le denomina descendencia final.
La utilidad del análisis longitudinal no se restringe al puro análisis demográfico. En particular el análisis longitudinal es muy aplicable a la economía: podemos observar a qué edad los distintos miembros de una cohorte dejan de estudiar, comienzan a trabajar, se compran un piso o cualquier otra dimensión que nos interese.

DINÁMICA DEMOGRÁFICA

El análisis longitudinal o de cohortes es muy útil para describir generaciones. No lo es tanto para describir la evolución de la población. Como hemos visto una población en un instante está compuesta por distintas generaciones observadas cada una de ellas en una edad diferente. El número de nacimientos, el número de defunciones será finalmente el resultado de una combinación de circunstancias: el comportamiento y características de cada una de las cohortes por un lado, y la estructura por edades de la población por otro, que determina el peso relativo de las distintas generaciones en el total. El análisis de la población en un momento dado recibe el nombre de análisis transversal o de período o del momento.

Si queremos predecir como va a cambiar una población en un momento dado, la información que nos da la estructura por edades es importante: no todo el mundo tiene el mismo riesgo de morir. Es mucho más probable morir para un anciano que para un joven. Tampoco todas las personas pueden tener hijos. Sólo las mujeres en edad fértil pueden dar a luz un hijo. Por este motivo para comprender la dinámica demográfica no basta con conocer las tasas brutas: una tasa bruta de mortalidad baja puede ser debida a que los riesgos de morir sean muy bajos o a que la población sea muy joven. Por este motivo construimos las tasas especificas de mortalidad por edades.

Estas se construyen dividiendo las personas muertas a una determinada edad en un año por la población media de esa edad:

mx(t) = Dx(t) / PMx(t), donde x indica la edad. En la práctica estas tasas se calculan de forma separada para hombres y mujeres puesto que las tasas son distintas para los dos sexos.

A partir de las tasas específicas de mortalidad por edades es posible construir una tabla de mortalidad de período. Esta consiste en un ejercicio de imaginación que se conoce como análisis de cohorte sintética o ficticia: seguimos a una cohorte supuesta de tamaño arbitrario, por ejemplo, 10000 individuos, y calculamos cuántos morirían a cada edad de esa cohorte si sus tasas de mortalidad son las tasas específicas del momento. Al número de muertes a cada edad de esa cohorte ficticia le denominamos dx. Al número de supervivien­tes de esos 10000 mil que llegarían a cumplir x años se le llama lx. Ambas son funciones de x que nos sirven para caracterizar la mortalidad en un instante dado. Es también posible calcular la esperanza de vida al nacimiento de la cohorte ficticia, e0(t): cuántos años vivirían de media unos individuos que experimentaran a lo largo de su vida las tasas de mortalidad por edades del momento actual. Esta es la medida pura de mortalidad de uso más común. Es importante señalar que es una medida de período: no responde a la experiencia de una cohorte real. Es errónea su interpretación, muy común por otra parte, como el número esperado de años que vivirá un recién nacido de ese año. Esta última cantidad depende de la mortalidad futura, y se corresponde con la esperanza de vida de la cohorte de nacidos en ese año. Sin embargo, esta sólo podrá ser conocida con certeza cuando todos los miembros de esa cohorte hayan fallecido, a posteriori.

El artificio de la cohorte sintética se utiliza también para calcular indicadores de fecundidad puros. Para ello calculamos las tasas especificas de fecundidad por edades, fx(t) = Nx(t) / PMx(t), donde Nx(t) es el número de nacimientos en el período cuyas madres tenían edad x, y PMx(t) es la población media de mujeres de edad x. Puede interpretarse como la proporción de mujeres de esa edad que tienen hijos en ese año. Sumando las tasas específicas de fecundidad por edades obtenemos el equivalente en análisis de período a la descendencia media: el Índice Sintético de Fecundidad o Tasa de Fecundidad Total (ISF ó TFR de sus iniciales en inglés, Total Fertility Rate). Se trata del indicador de fecundidad de período más utilizado, y se expresa en hijos por mujer. Representa el número medio de hijos que acabaría teniendo una mujer de la cohorte sintética (de ahí lo de índice sintético) que sobreviviera las edades fértiles y tuviera hijos de acuerdo a las tasas especificas de fecundidad por edades del momento actual.

Finalmente es también posible combinar fecundidad y mortalidad y estudiar la reproducción en la cohorte sintética, es decir: la razón de reproducción neta de período. Para ello no tendríamos más que aplicar simultáneamente las tasas de mortalidad y de fecundidad a la cohorte sintética de mujeres y dividir el número de hijas que tuvieran por el número inicial de mujeres. Esta medida me puede dar una idea de las implicaciones a largo plazo de las tasas de mortalidad y fecundidad del momento. Un valor de 2 indicaría que si se mantienen las tasas actuales la población tendería a duplicarse cada generación. Un valor de 1 indicaría que la población tendería a perpetuarse en un tamaño concreto. Por eso decimos que 1 es el nivel de reemplazo de la Razón de Reproducción Neta. A menudo también se habla del nivel de reemplazo del Índice Sintético de Fecundidad, es decir, cuántos hijos tendrían que tenerse por mujer en la cohorte sintética para que la NRR fuera igual a 1. Esta cantidad depende del nivel de mortalidad, pero suele estar en torno a 2,1 que suele indicarse como la fecundidad de reemplazo. Como vemos el análisis demográfico de período lleva de forma natural a preguntarse sobre las implicaciones a largo plazo de unas tasas concretas de mortalidad y fecundidad. Esto se corresponde con la idea de las poblaciones estables.

POBLACIONES ESTABLES

Uno de los núcleos centrales del análisis demográfico es el estudio de qué ocurre cuando se mantienen fijas a lo largo del tiempo la fecundidad, representada por las tasas de fecundidad por edades, fx, y la mortalidad, representada por las tasas de mortalidad por edades mx, o más comúnmente por la función de supervivientes de la tabla de mortalidad, lx(es posible pasar de una a otra). A una población que cumple estas condiciones a lo largo del tiempo se le denomina Población Estable. La teoría de las poblaciones estables fue desarrollada por Alfred Lotka en la primera mitad del siglo XX.

La respuesta a qué ocurrirá si las tasas no cambian es que, a largo plazo, la población tenderá a crecer a una tasa de crecimiento constante, la tasa de crecimiento intrínseca de esa población, r. Además, la estructura por edades, independientemente de cuál fuera la estructura por edades inicial de la población, tenderá a acercarse a una estructura fija. Es la llamada estructura por edades de la población estable. Una vez que una población alcanza su estructura estable, ésta no cambiará a lo largo del tiempo, es decir: la población podrá crecer al ritmo indicado por r, pero la proporción de personas de una edad concreta en la población no cambiará.
La tasa de crecimiento intrínseca está relacionada con la razón de reproducción neta. Una primera aproximación de esta se obtiene como r @ log(NRR) / m dondem es la edad media a la maternidad. Por otro lado es también común relacionar r con el Índice Sintético de Fecundidad. El Índice Sintético de Fecundidad es aproximadamente igual a ISF @ lm×NRR donde lm representa la proporción de mujeres que sobreviven hasta la edad media al tener hijos. A su vez esta proporción guarda en la práctica una relación aproximada con la esperanza de vida al nacer, eo. En definitiva, podemos escribir r como una función aproximada del Índice Sintético de Fecundidad, ISF, la esperanza de vida, e0, y la edad media a la maternidad, m. Esta aproximación suele utilizarse bastante en la práctica.

REFERENCIAS

Cualquier texto de demografía cubre los aspectos aquí tratados. Podemos recomendar los siguientes:

LIVI-BACCI, Massimo (1993): Introducción a la Demografía, Ariel.
TAPINOS, Georges (1988): Elementos de Demografía, Espasa Calpe.
VINUESA, Julio (Ed.) (1994): Demografía. Análisis y Proyecciones. Síntesis.
PRESTON, Samuel; Patrick HEUVELINE y Michel GUILLOT (2001): Demography : Measuring and Modeling Population Processes, Blackwell.
CASELLI, Graziella; Jacques VALLIN y Guillaume WUNSCH (2001): Démographie: Analyse et Synthèse. I. La Dynamique des Populations, Éditions de l’Institut National d’ Études Démographiques.
CHALLIER, Marie-Christine y MICHEL, Philippe (1996): Analyse Dynamique des Populations: Les Approches Démographiques et économiques, Caps. 1 al 3.