"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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sábado, 15 de enero de 2011

EL MUNDO QUE VIENE | 14 ¿Qué nos depara el 2011?

Ilustración

En EE.UU. los republicanos prefieren ver fracasar a Obama a un éxito económico; en Europa, 27 países tiran en direcciones diferentes | El crecimiento se desacelerará, los ingresos por impuestos disminuirán y la reducción de los déficits será decepcionante | Un programa de inversión pública a gran escala estimularía el empleo a corto plazo y el crecimiento a largo plazo

El mundo que viene | LA VANGUARDIA 02/01/2011 
Joseph Stiglitz

La economía global termina el 2010 más dividida que a comienzos del año. Por un lado, los países con mercados emergentes como India, China y las economías del Sudeste Asiático están experimentando un crecimiento fuerte. Por otro lado, Europa y Estados Unidos afrontan un estancamiento –de hecho, un malestar al estilo japonés– y un desempleo tenazmente altos. El problema en los países avanzados no es una recuperación sin empleo, sino una recuperación anémica. O peor, la posibilidad de una recesión de doble caída.

Este mundo de dos pistas plantea algunos riesgos inusuales. Mientras que la producción económica de Asia es demasiado pequeña para impulsar el crecimiento en el resto del mundo, puede bastar para hacer subir los precios de las materias primas.

Mientras tanto, los esfuerzos de parte de Estados Unidos por estimular su economía a través de la política de “alivio cuantitativo” pueden fracasar. Después de todo, en los mercados financieros globalizados, el dinero busca las mejores perspectivas en todo el mundo, y estas perspectivas están en Asia, no en Estados Unidos. De manera que el dinero no irá adonde se lo necesita, y gran parte de ese dinero terminará donde no se lo quiere, causando mayores incrementos en los precios de los activos y las materias primas, especialmente en los mercados emergentes.

Dados los altos niveles de desempleo en Europa y en Estados Unidos, es poco probable que el “alivio cuantitativo” suponga un brote de inflación. Podría, en cambio, aumentar las ansiedades sobre la futura inflación, derivando en tasas de interés más altas a largo plazo, precisamente lo contrario del objetivo de la Reserva Federal.

Este no es el único riesgo de impacto negativo, ni siquiera el más importante, que afronta la economía global. La mayor amenaza surge de la ola de austeridad que arrasa al mundo, mientras los gobiernos, particularmente en Europa, afrontan los grandes déficits originados por la Gran Recesión y mientras la ansiedad sobre la capacidad de algunos países para cumplir con sus pagos de la deuda contribuye a la inestabilidad de los mercados financieros.

El resultado de una consolidación fiscal prematura está casi anunciado: el crecimiento se desacelerará, los ingresos impositivos disminuirán y la reducción de los déficits será decepcionante. Y, en nuestro mundo globalmente integrado, la desaceleración en Europa exacerbará la desaceleración en Estados Unidos, y viceversa.

En una situación en la que Estados Unidos puede pedir prestado a tipos de interés bajos sin precedentes, y frente a la promesa de altos beneficios por las inversiones públicas después de una década de negligencia, resulta claro lo que se debería hacer. Un programa de inversión pública a gran escala estimularía el empleo a corto plazo, y el crecimiento a largo plazo, lo que al final redundaría en una deuda nacional menor. Pero los mercados financieros demostraron su miopía en los años que precedieron a la crisis, y lo están volviendo a hacer, al ejercer presión para que se realicen recortes del gasto, incluso si eso implica reducir marcadamente las inversiones públicas necesarias.

Es más, el atasco político asegurará que sea poco lo que se haga respecto de los otros problemas acuciantes que tiene ante sí la economía estadounidense: las ejecuciones hipotecarias probablemente sigan con toda su furia (dejando de lado las complicaciones legales); es probable que las pequeñas y medianas empresas sigan privadas de fondos, y es posible que los bancos pequeños y medianos que tradicionalmente les ofrecen créditos sigan luchando para sobrevivir.

En Europa, mientras tanto, es poco probable que las cosas vayan mejor. Europa finalmente logró salir al rescate de Grecia e Irlanda. En las vísperas de la crisis, ambos países estaban regidos por gobiernos de derecha marcados por un capitalismo de connivencia o peor, lo que demostraba una vez más que la economía de libre mercado no funcionaba en Europa mejor de lo que lo hacía en Estados Unidos.

En Grecia, como en Estados Unidos, la tarea de limpiar el desorden recayó sobre un nuevo gobierno. Tal vez como era de esperar, el Gobierno irlandés que alentó un préstamo bancario imprudente y la creación de una burbuja inmobiliaria no fue más apto para manejar la economía después de la crisis que antes.

Dejando la política de lado, las burbujas inmobiliarias dejan tras de sí un legado de deuda y de sobrecapacidad productiva en el mercado de bienes raíces que no se puede rectificar fácilmente, sobre todo cuando bancos políticamente conectados rechazan reestructurar las hipotecas.

En mi opinión, intentar discernir las perspectivas económicas para el 2011 no es una cuestión particularmente interesante: la respuesta es sombría, con escaso potencial alcista y mucho riesgo bajista. Más importante es: ¿cuánto tiempo les llevará a Europa y a Estados Unidos recuperarse y pueden las economías de Asia aparentemente dependientes de las exportaciones seguir creciendo si sus mercados históricos languidecen?

Mi mejor apuesta es que estos países mantendrán un crecimiento rápido en la medida en que viren su foco económico hacia sus mercados internos, vastos e inexplorados. Esto exigirá una reestructuración considerable de sus economías, pero tanto China como India son dinámicas y dieron pruebas de resiliencia en su respuesta a la Gran Recesión.

No soy tan optimista respecto de Europa y EE.UU. En ambos casos, el problema subyacente es una demanda total insuficiente. La máxima ironía es que existen simultáneamente una capacidad productiva excesiva, vastas necesidades insatisfechas y políticas que podrían restaurar el crecimiento si usaran esa capacidad para satisfacer las necesidades.

Tanto Estados Unidos como Europa, por ejemplo, deben adaptar sus economías para encarar los desafíos del calentamiento global. Hay políticas factibles que funcionarían en el contexto de limitaciones presupuestarias de largo plazo. El problema es la política: en Estados Unidos, el Partido Republicano preferiría ver fracasar al presidente Barack Obama antes que ser testigo de un éxito económico. En Europa, 27 países con diferentes intereses y perspectivas tiran en direcciones diferentes, sin suficiente solidaridad para compensar. Los paquetes de rescate son, desde esta perspectiva, logros impresionantes.

Tanto en Europa como en Estados Unidos, la ideología de libre mercado que permitió que crecieran las burbujas de activos de manera descontrolada –los mercados siempre saben más, así que el gobierno no debe intervenir– ahora les ata las manos a los responsables de formular las políticas a la hora de articular respuestas efectivas a la crisis. Uno podría haber pensado que la crisis en sí misma socavaría la confianza en esa ideología. Por el contrario, ha vuelto a salir a la superficie para arrastrar a gobiernos y economías por el sumidero de la austeridad.

Si la política es el problema en Europa y Estados Unidos, sólo cambios políticos probablemente los vuelvan a colocar en el sendero del crecimiento. De lo contrario, pueden esperar hasta que la amenaza de sobrecapacidad productiva disminuya, los bienes de capital se vuelvan obsoletos y las fuerzas restauradoras internas de la economía pongan a funcionar su mágica gradual. En cualquiera de los casos, la victoria no está a la vuelta de la esquina.
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Distribuido por The New York Times Syndicate

jueves, 7 de octubre de 2010

Alguien debería contarles que...sus hipotecas ya están en manos del Tesoro chino

Las revelaciones de Sant Benet


Es una irresponsabilidad no contar todas las previsiones, que se supone que Zapatero conoce perfectamente

Rafael Nadal  LA VANGUARDIA 07/10/2010
Alguien debería convocar solemnemente a los ciudadanos españoles y contarles que dentro de 40 años la edad media de la población africana será de 18 años.


Alguien debería contarles que en el mismo plazo de tiempo la economía china será ya el 40% de la economía mundial. Alguien debería contarles que mantener el sistema de bienestar español dentro de 40 años requerirá quince millones de nuevos trabajadores.


Alguien debería explicar que mientras España mantenga la tasa de natalidad más baja de Europa deberá buscar estos trabajadores en países extranjeros, aunque desde un punto de vista de equilibrio social resulte insoportable.


Alguien debería decirles a los ciudadanos que todos hemos gastado más de lo razonable y que nuestras deudas, las de las familias, son muy superiores a las de las administraciones públicas y las empresas.


Alguien debería decirles que las hipotecas de sus casas en realidad no están en manos de las cajas y bancos que les prestaron un dinero que no tenían y que fueron a buscar a bancos franceses y alemanes.


Alguien debería aventurar que quizás ahora sus hipotecas ya están en manos del Tesoro chino, que ha empezado a comprar deuda soberana de la zona euro.


Alguien debería hablarles abiertamente de las crecientes transferencias de poder, que ya no se dan de un país occidental a otro, sino de Occidente a otras partes del planeta.


Alguien debería reconocer ante ellos que los gobiernos mandan menos de lo que mandaban.


Alguien debería preguntar crudamente a los ciudadanos si Europa debe seguir abriendo sus concursos de obras públicas a países no comunitarios para que los acabe ganando China, un país que a menudo no cumple con las directrices de la Organización Mundial del Comercio.


Alguien debería tener la valentía de reconocer que probablemente la crisis nació con la presidencia de Bill Clinton y con el mandato de Lawrence Summers al frente del Tesoro norteamericano, cuando con la voluntad de dar casa a los que no tenían, promovieron hipotecas para los que no podían pagarlas.


Alguien debería advertir que California, el estado más rico del mundo, no logra salir del colapso: para aprobar los presupuestos anuales necesita una mayoría imposible de dos tercios de los diputados, mientras que con sólo unos miles de firmas todas las minorías pueden presentar iniciativas legislativas –algunas oportunas, otras sumamente estrafalarias– que se acaban aprobando con costes inasumibles.


Es posible que algunos de los enunciados anteriores no se cumplan. Hasta es posible que algunas políticas derivadas de este tipo de previsiones retrasen la salida de la crisis, como ha dicho el Nobel de Economía Joseph Stiglitz. Pero para buscar alternativas, primero es imprescindible conocer las hipótesis que manejan los expertos. Las que Jordi Pujol, Felipe González, Javier Solana, Enrique Iglesias y otros líderes políticos y empresariales nos contaron la semana pasada en el monasterio de Sant Benet de Bages, alrededor de una gran mesa rectangular a la que nos sentamos un centenar de privilegiados convocados por la cátedra Lideratges i Governança Democràtica de Esade, cuyo titular es el propio Pujol y que dirige el profesor Àngel Castiñeira.


Así nos lo contaron a nosotros, pero alguien con autoridad y legitimidad suficientes debería contárselo también a los ciudadanos. En todos los países occidentales lo han explicado directamente los presidentes del Gobierno. No ha sido el caso de Zapatero, que aún no ha comparecido solemnemente ante las cámaras desde que en mayo fue obligado a rectificar de la noche a la mañana su política económica. Es una irresponsabilidad no contar todas estas previsiones, que se supone que conoce perfectamente. Aunque tratándose de Rodríguez Zapatero, tampoco puede descartarse totalmente que haya preferido no enterarse.


En cualquier caso, parece que no podemos contar con el presidente para contarles a los ciudadanos que cuando Javier Solana dice que hoy los gobiernos mandan menos que antes quiere decir que el Gobierno de España y todos los gobiernos europeos mandan menos que antes, pero que seguramente el Gobierno chino y otros gobiernos asiáticos mandan más que nunca. Tanto, que últimamente Felipe González ha encontrado a algunos de sus interlocutores americanos fascinados con el mandarinato chino. Así lo confesó fríamente la otra noche, durante la cena en el monasterio, cuando acababa de encender un puro habano que parecía de primera categoría:


Algunos líderes empiezan a envidiar a los chinos su sistema por la facilidad con la que pueden tomar decisiones. Solana ya me dijo algo parecido hace un par de años cuando me invitó a una inquietante comida mano a mano:


–Cuando cayó el Muro, supusimos que era cuestión de pocos años que la democracia se extendiera como una mancha de aceite por todo el planeta. Ahora ya sabemos que no será así e incluso veremos algunos pasos atrás: China y Rusia ya han decidido que nunca van a seguir nuestro modelo.


¡Alguien debería advertir a nuestros ciudadanos! Tienen derecho a dormir tan mal como dormimos algunos después de pasar por Sant Benet de Bages.