"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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jueves, 1 de octubre de 2009

Felicidad, estadísticas e IDH. "¿Existe el PIB de la felicidad?"

El crecimiento económico no siempre va ligado a la sensación de bienestar - El Gobierno francés modificará las estadísticas para reflejar con más rigor el grado de satisfacción de los ciudadanos

DAVID FERNÁNDEZ EL PAÍS 27/09/2009


Nada parece imposible para Nicolas Sarkozy. La penúltima cruzada del presidente francés es lograr que los indicadores económicos reflejen algo tan difícil de medir como el bienestar de los ciudadanos. Sarkozy pretende derribar "la religión del número" que todo lo basa en el Producto Interior Bruto (PIB) y no tiene en cuenta las desigualdades sociales o el medio ambiente. Los expertos le reconocen parte de razón, y creen que su propuesta es buena porque abre un debate. Sin embargo, defienden las ventajas del PIB como sistema homologado, califican de utópica la intención de cuantificar la felicidad y advierten de que detrás de esta propuesta podrían esconderse motivos ideológicos y comerciales.


Ya hubo un intento de crear una "contabilidad social". Fracasó


La proliferación de indicadores sería un regalo para los grupos de intereses


"Los indicadores predijeron la crisis. No quisieron verlos", lamenta un experto


La polémica no es nueva. Robert Kennedy también fue muy crítico


En febrero de 2008, el presidente francés encargó la creación de una comisión para identificar los límites del PIB. La comisión, dirigida por el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, hizo públicos la pasada semana sus resultados en un informe de casi 300 páginas. Este comité ha confirmado las sospechas de Sarkozy: el PIB se utiliza de forma errónea, en particular cuando aparece como medida de bienestar. "Desde hace mucho tiempo hay un problema con la manera en que utilizamos los indicadores económicos", ha dicho el mandatario francés. "Durante años las estadísticas han mostrado un crecimiento económico cada vez más fuerte, pero este crecimiento, al poner en peligro el futuro del planeta, destruye más de lo que crea".

El informe advierte de que las estadísticas no sirven para capturar fenómenos con un impacto cada vez mayor en el bienestar de los ciudadanos. Por ejemplo, los atascos de tráfico pueden incrementar el PIB como resultado de un mayor consumo de gasolina, pero no contribuyen a mejorar ni la calida de vida ni la del aire.

"Estoy de acuerdo con la filosofía general del estudio. Del PIB se ha hecho una especie de tótem que se utiliza para cualquier cosa", dice Ángel Laborda, jefe del gabinete y estadística de la Fundación de las Cajas de Ahorros. "Parece que el único objetivo de los Gobiernos es tener más PIB. Es un indicador que se asocia al desarrollo, pero hay que tener mucho cuidado con esa deducción", añade. En su opinión, una medida más fiable es el PIB por habitante. "Luxembrugo, por ejemplo, no está entre los países más ricos por PIB, pero duplica a España en PIB por habitante", añade.

En términos académicos, el PIB se define como el valor de mercado de todos los bienes y servicios producidos por un país. "Se trata de un sistema de medición que sirve para hacer comparaciones entre países", argumenta Carmen Alcaide. La ex presidenta del Instituto Nacional de Estadística (INE) advierte de que medir el bienestar es mucho más complejo. "No hay que criticar por criticar al sistema estadístico. Hace años ya se intentó, con el concepto de contabilidad social, algo similar a lo que propone Sarkozy, pero no fraguó porque fue imposible ponerse de acuerdo sobre los indicadores. De implantarse las tesis del Gobierno francés, habría un pulso político muy difícil de solucionar porque cada país querría dar mayor peso a unas variables para salir mejor en la foto", indica.

La petición del presidente francés no supone una revolución. Desde hace años, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) publica el Informe sobre Desarrollo Humano (IDH) en función de una serie de variables (esperanza de vida, tasa de alfabetización, PIB per cápita...). "El concepto de desarrollo es más amplio, pero este índice es una alternativa sólida al uso del PIB per cápita como medida del bienestar humano", señala el PNUD.

El último informe de desarrollo humano data de 2008 (el de 2009 se publicará en octubre), y en él se comprueba que aunque los países más ricos encabezan el ranking, las naciones con mayor PIB no necesariamente lideran la clasificación. Por ejemplo, EE UU, el país más rico del mundo, aparece en el puesto número 12 (justo por delante de España). La lista la encabezan Islandia, Noruega, Australia, Canadá e Irlanda. Francia figura en el décimo puesto. Economías con gran potencial, como China e India, ocupan los puestos 81 y 128.

"El informe que ha presentado Francia tiene parte de razón porque los bienes y servicios producidos en un país no miden su bienestar. Sin embargo, el PIB es el mejor de los peores indicadores económicos que tenemos", apunta Pablo Vázquez, director ejecutivo de la Fundación de Estudios de Economía Aplicada (Fedea). "Todas las cosas que importan de verdad no se suelen comprar con dinero. En este sentido, la contabilidad nacional es un sistema limitado. Lo que ocurre es que en economía hay pruebas suficientes para decir que un incremento de la economía está correlacionado con la educación, la sanidad o la esperanza de vida", añade.

El economista Stiglitz, además de consejero áulico de Sarkozy, es también asesor internacional del PSOE. Por eso el debate que plantea la comisión encabezada por Stiglitz tiene también un trasfondo ideológico, a juicio del director de Fedea. "Hasta ahora todo se había dejado en manos del mercado, que era el que concedía un valor a las cosas. La recesión ha puesto en entredicho este planteamiento. Por lo tanto, si se cuestiona al mercado como sistema de medición, se está cuestionando también el PIB".

Quizás esta lectura del estudio explique la velada crítica que hace el semanario The Economist, para muchos la Biblia del pensamiento liberal: "Ampliar las estadísticas económicas es una gran idea. Algunos países, como el diminuto Bután, ya lo están haciendo. Pero también hay riesgos [...] La simple posibilidad de ver a políticos pagados de sí mismos diciendo a la gente cómo son de felices es puramente orwelliana. Otro peligro de la proliferación de indicadores es que supondría todo un regalo para determinados grupos de interés, al dejarles elegir números que amplifiquen su miseria y así poder reivindicar una mayor porción de la tarta de la economía nacional".

El informe del consejo de expertos contratados por el Gobierno francés advierte de la urgencia de reformar los sistemas estadísticos, ya que de lo contrario seguirá aumentando el recelo de la ciudadanía. "En Francia y en el Reino Unido sólo un tercio de las personas confía en las cifras oficiales, y estos países no son una excepción". Durante la presentación del estudio, Sarkozy fue más lejos: "Los ciudadanos creen que se les miente, que las cifras son falsas y, peor aún, que están manipuladas. No hay nada más destructor para la democracia".

Esta acusación no es compartida por los expertos. "Yo he sido presidenta del INE y puedo asegurar que las estadísticas no se manipulan", argumenta Carmen Alcaide. "Lo que hay que hacer es una intensa labor de pedagogía para hacer ver a la gente qué son los indicadores económicos, para qué sirven y cómo se elaboran. Las estadísticas no son una verdad absoluta, sino una aproximación a la realidad", agrega.

Pablo Vázquez comparte esa opinión, y señala que siempre hay una distorsión entre lo que la gente piensa y lo que reflejan las estadísticas. "El problema es que resulta muy difícil encontrar al ciudadano medio. De todas formas, hay que reconocer que los indicadores económicos son mucho más fiables que antes. Hace unas décadas, por ejemplo, casi la única forma de medir el PIB era el consumo eléctrico. Hoy en día se cuenta con herramientas de gran calidad para medirlo", indica.

Aparte del hueco que se abre entre la percepción ciudadana de la realidad y el mundo que dibujan las estadísticas, el estudio abanderado por Sarkozy pide también reformar los sistemas de medición económica porque la crisis ha puesto en entredicho estos parámetros. "Algunos miembros de la comisión creen que una de las razones por las cuales la crisis ha pillado por sorpresa a tanta gente es que el sistema de medición falló". Para estos expertos, si Gobiernos y organizaciones internacionales se hubieran dado cuenta de las limitaciones de los sistemas de medición, que tienen al PIB como ratio estrella, se habría enfriado la euforia acerca de la evolución económica de los años previos a la crisis y se podrían haber aplicado políticas para evitar la recesión, o al menos amortiguarla.

"Las señales de alarma sonaron con antelación. En España mucha gente empezó a hablar de burbuja inmobiliaria antes de 2007. El problema es que la psicología humana, durante la expansión de la economía, lleva a marginar a aquellos que advierten de posibles desfases, tachándoles de aguafiestas", disiente Ángel Laborda. "La gente en general, y los gobernantes en particular, se niegan a pensar, al menos en público, que pueden ir a peor", añade.

La lucha por restar poder al PIB como sinónimo de prosperidad económica, y por tanto de felicidad, no es nueva.

Sarkozy quizás tenga entre sus referentes políticos a Robert Kennedy, o quizás no. Pero seguro que suscribiría las palabras que el senador estadounidense pronunció en 1968: "El PIB no tiene en cuenta la salud de nuestros niños, la calidad de su educación o el gozo que experimentan cuando juegan. No incluye la belleza de nuestra poesía ni la fuerza de nuestros matrimonios, la inteligencia del debate público o la integridad de nuestros funcionarios. No mide nuestro coraje, ni nuestra sabiduría, ni la devoción a nuestro país. Lo mide todo, en suma, salvo lo que hace que la vida merezca la pena. Puede decirnos todo sobre los Estados Unidos, salvo por qué estamos orgullosos de ser estadounidenses".

Cuatro décadas después de este discurso, el PIB sigue siendo la medida de muchas cosas. Entre otras, es el baremo elegido para seleccionar los países que se han reunido esta semana en Pittsburgh para decidir el futuro económico del planeta. Dos de las sillas en el G-20 han sido para Francia y España. ¿Les hubieran pertenecido si las estadísticas económicas reflejasen la felicidad de sus habitantes?

lunes, 5 de enero de 2009

Capitalismo y confianza

GABRIEL JACKSON EL PAÏS 04/01/2009

Confieso que de adolescente tenía sentimientos muy encontrados respecto al sistema capitalista. Soñaba con profesiones como la de profesor de humanidades o músico de orquesta, que nunca me reportarían un puesto en la Bolsa, y mientras recorría las calles de Nueva York veía a hombres-anuncio de unos diez años más que yo que, proclamando que eran "Doctor en Física por el Instituto de Tecnología de Massachusetts" o "Doctor en Economía por Harvard", vendían manzanas. Pero también tenía un tío que, sin haber estudiado en la universidad, se había montado una buena papelería, se había comprado una bonita casa estucada en las afueras y, a lo largo del tiempo, más que perder había ganado en sus inversiones en Bolsa.

La noticia en otros webs

La pérdida de confianza paraliza a todo el mundo, y hace que nadie se gaste un céntimo

El lubricante fundamental de cualquier transacción es la confianza

Para complicar un poco más mis sentimientos, yo admiraba mucho a los grupos de jóvenes comunistas que ayudaban a las familias a volver a los pisos de los que la policía acababa de des-alojarlas por no pagar el alquiler. Sin embargo, la razón principal de que no me hiciera comunista fue la repugnancia que en agosto de 1936 me causó el juicio por "traición" contra los "viejos bolcheviques", que después de "confesar" que habían conspirado para matar a Stalin, fueron ejecutados por orden de éste.

Durante toda mi vida adulta nunca he estudiado economía de manera sistemática, pero, como historiador de la Europa contemporánea, y por razones tanto profesionales como personales, sí que seguí atentamente la competencia político-económica entre el capitalismo democrático occidental y el comunismo de cuño soviético.

Durante la grave depresión de la década de 1930, pareció bastante posible que el comunismo, gracias a su centralización económica, supuestamente racional, pudiera realmente tener más éxito que el capitalismo. Sin embargo, desde finales de los cuarenta hasta la deliberada disolución del imperio soviético, entre 1989-1991, fue quedando cada vez más claro que una economía capitalista democrática, descentralizada y de mercados relativamente libres era bastante más productiva y proporcionaba mucha más calidad de vida que el modelo comunista soviético.

Al mismo tiempo, también era cierto que el mundo capitalista, debido a la Gran Depresión de los años treinta y también a la existencia del mundo soviético como modelo alternativo, había desarrollado el "Estado del bienestar", para que sus clases trabajadoras, tanto industriales como del sector terciario, no cayeran en la tentación de optar por la seguridad económica, la asistencia sanitaria universal y la ausencia de desempleo que aparentemente proporcionaban los regímenes comunistas.

La desaparición del comunismo soviético y europeo-oriental, junto a la transformación simultánea de la China comunista, que pasó de una fracasada utopía maoísta a una exitosa combinación de economía capitalista y control autoritario de la política y la cultura, han liberado a los conservadores occidentales (sobre todo en los países anglosajones) de la inquietud que suscitaba una posible alternativa al capitalismo de libre mercado.

En general, las ventajas sociales y culturales del Estado del bienestar fueron aumentando y consolidándose paulatinamente desde finales de la década de 1940 hasta la de 1980. Sin embargo, al desaparecer el rival económico que representaba el comunismo y con el desarrollo industrial de gran parte de Asia y de Latinoamérica, el proceso de globalización que, dominado por el capitalismo, se inició en los años ochenta, comenzó a reducir las ventajas del Estado del bienestar.

Ahora, en medio de las alarmantes experiencias de nuestro siglo XXI: empezando con los escándalos contables de Enron y Arthur Andersen, y siguiendo a ritmo acelerado con las hipotecas basura, las bonificaciones de cien millones de dólares para altos cargos cuyas empresas poco después perdían la mitad o más de su valor en Bolsa, y las diversas bancarrotas y rescates con dinero público de bancos y sectores industriales supuestamente de primera fila, he tratado realmente de instruirme en las necesidades y fallos de la economía actual.

Si simplificamos un poco, pero no mucho, el lubricante fundamental que precisa cualquier transacción con efectos negociables, tarjetas de crédito, valores, obligaciones, depósitos derivados o titularizaciones es la confianza de todos los implicados en la operación.

En el caso de los productos de escritorio de mi tío, la confianza dependía simplemente de su patente calidad y de que sus precios y métodos de facturación fueran justos y fiables. Pero en un ambiente empresarial complejo, centrado en materias primas diversas y caras, y en propiedades inmobiliarias también costosas, que precisan de varios niveles de licencias públicas, y del servicio de abogados, ingenieros e investigadores científicos especializados, los procesos deben conllevar una confianza total en la integridad de las personas. No pueden quedar en manos de vendedores zalameros o de corredores formados en universidades de élite, que recuerdo que en los años ochenta predicaban: "La codicia es buena".

Quienes arriesgan su capital merecen obtener un porcentaje mayor de beneficios que el que obtendrían invirtiendo en bonos del Tesoro garantizados, pero el conjunto del sector financiero debe regularse para que la codicia, el error y el engaño humanos no conduzcan una y otra vez a crisis como la de los años treinta y la actual. Y lo que recuerdo que viví de muchacho, y lo que ahora veo reproducirse, es que la pérdida de confianza paraliza a todo el mundo, y hace que nadie se gaste un céntimo, salvo que sea para cubrir las necesidades cotidianas.

Durante el New Deal estadounidense de Franklin Roosevelt, en las sociedades socialdemócratas desarrolladas de Escandinavia, y en los Estados de bienestar de Europa Occidental posteriores a la Segunda Guerra Mundial, se daba por entendido que cualquier institución que gestionara grandes cantidades de dinero tenía que estar regulada por funcionarios responsables.

También se daba por hecho que para que el flujo de dinero sirviera para incrementar la prosperidad del conjunto de la sociedad, la gente debía tener un salario decente y poder opinar sobre sus condiciones laborales, y también contar con una asistencia sanitaria y una pensión de jubilación que le dieran confianza a la hora de gastar su dinero. En términos económicos, las décadas que median entre 1950 y 1980 fueron las mejores de la historia para los habitantes del entorno capitalista democrático. Pero el presidente Ronald Reagan, Margaret Thatcher y, en general, los teóricos del conservadurismo económico, comenzaron a postular que "el Gobierno es el problema, no la solución", y que la regulación de los bancos y los mercados de valores obstaculizaba el creativo desarrollo económico.

La existencia de bastantes ine-ficiencias y errores en los servicios públicos concedió cierta verosimilitud a esas ideas, y los fallos de la regulación se agudizaron, por el sencillo expediente de nombrar a reguladores que no creían realmente en las normas que supuestamente debían hacer cumplir.

A mis 88 años, mis deseos para el Año Nuevo son que la gente ambiciosa y enérgica limite su apetito de pura y simple riqueza, y que todos los Gobiernos democráticos, de derecha, centro o izquierda, reconozcan que la prosperidad económica depende absolutamente de la confianza, y que ésta depende de virtudes tan anticuadas como la honestidad y la moderación.

Gabriel Jackson es historiador estadounidense. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

lunes, 3 de noviembre de 2008

¿Será americano el siglo XXI?

Fuente:http://www.magazinedigital.com/reportajes/los_reportajes_de_la_semana/reportaje/cnt_id/2554


Magazine, 02/11/2008
Texto de Xavier Batalla

El siglo XX fue estadounidense.

La guerra de Cuba, en 1898, permitió a Estados Unidos poner un pie fuera del continente; la Primera Guerra Mundial hizo que Estados Unidos asomara la nariz entre los grandes; después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos dominó la escena o, si se quiere, la mitad más uno del mapa, y, finalmente, la posguerra fría, con la desaparición de la Unión Soviética, confirmó el predominio de Estados Unidos, que pasó a ser la única superpotencia. Pero ahora, en la víspera de las elecciones presidenciales del 4 de noviembre, el posible declive de la hegemonía estadounidense hace correr ríos de tinta en un mundo multipolar.

Meritxell Duran

Henry Luce, propietario de Time y Life, no se precipitó cuando sentenció que el siglo XX sería estadounidense. En el siglo XIX, Gran Bretaña fue una superpotencia que gobernaba una cuarta parte de la población mundial, pero era el segundo o tercer país más rico y una potencia militar entre las potencias militares. La fuerza se la proporcionaba su flota, que equivalía a la suma de las dos siguientes.

Estados Unidos fue más superpotencia en el siglo XX, tanto por su poder duro –militar y económico– como por la influencia de su poder blando, es decir, la democracia, la tecnología, la cultura, la música y el cine, que son maneras de prolongar la política por otros medios.

Estados Unidos gastaba a finales del siglo XX casi tanto como el resto de los estados miembros de la ONU. Su economía era la suma de las tres siguientes –entonces, Japón, Alemania y Reino Unido–. Tenía el 5% de la población mundial, pero producía el 43% del total mundial y el 40% de la alta tecnología. Y disfrutaba del 50% de la investigación. Fared Zakaria, analista de Newsweek, explicó así el poderío estadounidense: “América cierra el año 2001 más poderosa que cuando comenzó. En tres meses ha derrocado a un gobierno situado a 11.000 kilómetros, en uno de los más inhóspitos territorios de la Tierra, en las montañas y cuevas de Afganistán, y ha derrotado a las tribus que hicieron retroceder a los imperios británico y ruso. Y esto lo ha conseguido desde el aire y casi sin sufrir bajas. Ningún otro país puede hacer esto. Ningún otro país en la historia ha hecho esto”.

Hay países que se consideran víctimas de un error de la geografía. Es el caso de Costa Rica, que, con su renuncia a tener un ejército, está convencida de haber hecho méritos suficientes para estar situada entre las democracias europeas y no bajo el volcán centroamericano, periódicamente activo. Pero también hay países que siempre han tenido a la geografía como aliada. Es el caso de Estados Unidos, que hasta el 11 de septiembre del 2001 se consideraba invulnerable.

Principios o expansionismo


En Estados Unidos, la geografía es como una filosofía política. Como continente dentro de un continente, sin potencias rivales de consideración y lejos de Europa, cuna del realismo político y del equilibrio de poder, Estados Unidos siempre ha dado gracias a la geografía por poder permitirse el lujo de ser excepcional, en el sentido de diferente, como dice Seymour Martin Lipset, también en política exterior. La geografía, sin embargo, no lo explica todo.

La conducta exterior estadounidense en el siglo XX puede ser interpretada de maneras muy distintas, pero, básicamente, las visiones pueden resumirse en tres.

La primera es aquella que prefiere ver a Estados Unidos como un actor moral de las relaciones internacionales; es decir, como un Estado que no se ha movido en función de sus intereses nacionales, sino por principios, convencido de que la extensión de la democracia conducirá a unas relaciones internacionales pacíficas. Este es el punto de partida del idealismo internacionalista del presidente demócrata Woodrow Wilson y, en parte, se deriva de las ventajas que la geografía ha deparado a un poderoso país sin vecinos con los que haya tenido que hacer equilibrios de poder. Los partidarios de esta visión esgrimen como prueba las intervenciones estadounidenses en las dos guerras mundiales originadas en Europa en el siglo XX.

Una segunda interpretación se inclina por contemplar a Estados Unidos como un país históricamente expansionista, con una debilidad por la diplomacia de las cañoneras o del dólar y con una mal disimulada aspiración unilateralista a la hegemonía. Este es el punto de vista de analistas estadounidenses como Noam Chomsky.

Y la tercera interpretación es la que no contempla a Estados Unidos ni como un extraño campeón ético en un mundo de egoístas ni como un país con una avaricia superior a la media, sino como un país normal que pretende garantizar o aumentar su poder; esto es, un país como cualquier otro. Este es el punto de vista de los realistas, entre ellos Hans Morgenthau y Henry Kissinger, para los que la política exterior debe estar guiada por la defensa de los intereses nacionales.


Enric Jardí

La guerra de 1898, por la que Cuba dejó ser colonia española y Estados Unidos se anexionó Filipinas, Puerto Rico, Guam y las islas Hawái, es emblemática. Lo significativo de 1898 es que marcó un punto de inflexión, ya que estas anexiones territoriales representaron la primera extensión de la soberanía estadounidense más allá de los límites continentales de Norteamérica, lo que anunció el nacimiento de una gran potencia. Pero la guerra de 1898 (la voladura del Maine fue entendida como un 11 de septiembre) también es emblemática porque puede encajar, según quién sea el observador, en cada una de las tres visiones de la política exterior estadounidense.

¿A qué obedeció, hace más de cien años, la conducta de Washington? ¿Al idealismo propio de un actor moral en las relaciones internacionales, como indican los relatos de la época que hacen referencia a la indignación de la opinión pública estadounidense por los horrores de la guerra hispano-cubana? Hubo algo de esto, sin duda. La seguridad nacional estadounidense no estaba amenazada, y en la guerra se perpetraron atrocidades. Pero no es menos seguro que también había grandes intereses estadounidenses en juego.

Los acontecimientos del 98 son paradigmáticos porque provocaron un debate entre expansionistas (imperialistas) y no expansionistas, según la terminología utilizada por George F. Kennan, el realista que posiblemente ha sido el más grande diplomático estadounidense del siglo XX. Los expansionistas utilizaron diversos argumentos. Para unos, el derecho a la anexión de las colonias españolas estaba implícito en el destino manifiesto (doctrina unilateralista del expansionismo). Y, para otros, se trataba de defender el territorio continental estadounidense. También hubo quien esgrimió el deber, como nación ilustrada, de regenerar a los habitantes de los territorios anexionados. Parece, pues, que estamos hablando de la invasión de Iraq en el año 2003.

Los adversarios del expansionismo argumentaron su posición en términos de carácter legal. “Conquistar un territorio extranjero y gobernarlo sin el consentimiento de su población sería contrario a la Constitución y a la Declaración de Independencia”, dijo George F. Hoar, senador republicano por Massachusetts, en su respuesta al senador Platt sobre la rebelión protagonizada en Filipinas por los seguidores de Aguinaldo.

El despertar de la superpotencia


El desenlace es conocido. La Administración de William McKinley fue a la guerra, como propugnaba, entre otros, el futuro presidente Theodore Roosevelt. Y Estados Unidos se hizo mayor en política exterior. Después de España, Holanda fue hegemónica de 1580 a 1688, cuando tuvo como principal competidor a Gran Bretaña, que tomó el relevo de 1688 a 1914. Y los acontecimientos de 1898 anunciaron el despertar de una superpotencia que, después de 1945, copresidió un mundo bipolar hasta 1991, cuando la Unión Soviética desapareció y la guerra del Golfo despejó el camino hacia la hegemonía estadounidense.

Un factor determinante del liderazgo estadounidense en el siglo XX fue su modelo económico, una combinación de producción masiva y consumo de masas. Este sistema se apoyó en el new deal, el nuevo pacto social auspiciado por el demócrata Franklin Delano Roosevelt y también conocido como fordismo, en honor de Henry Ford, el inventor y fabricante de los célebres automóviles Model-T.

Entonces, el capitalismo sin prácticamente leyes dio paso a un sistema más reglamentado, por el que se aceptó que el gobierno limitara el poder del capital. No era el Estado del bienestar europeo, pero tampoco era la jungla anterior. A esta doctrina se la denominó convergencia armónica, idea que fue aplicada a las relaciones internacionales, en las que prometió un mundo con estables instituciones internacionales.

La competición ideológica entre Estados Unidos y la Unión Soviética se libró entre el new deal y la economía planificada. Entonces, de la misma manera que el idealismo de Wilson inspiró antes la Sociedad de Naciones, Franklin D. Roosevelt auspició un nuevo orden internacional basado en la ONU y en el imperio de la ley. La excepcionalidad estadounidense parecía, de esta manera, en retirada, y la convergencia armónica se convirtió en el gran proyecto. Según el guión, esta convergencia debería acelerarse después de la guerra fría, cuando, una vez desaparecida la URSS, el final de la historia estaría a un tiro de piedra, al menos para Francis Fukuyama, ahora un neoconservador crítico con la guerra de Iraq. Pero el modelo rooseveltiano comenzó a retroceder en los ochenta, cuando Ronald Reagan sentó las bases de otro capitalismo desregulado.

En los últimos veinte años, el mundo ha conocido los cambios más profundos desde el inicio de la guerra fría, tanto políticos como económicos, sociales y tecnológicos. La desaparición de la Unión Soviética puso fin a la guerra civil europea del siglo XX y dejó a Estados Unidos como única superpotencia, lo que cambió el mundo de arriba abajo, no los atentados del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York, Washington y Pensilvania. Aunque estos fueron interpretados por la Administración Bush como la oportunidad histórica para alumbrar otro sistema internacional basado en cuatro ideas: la preservación del flamante orden unipolar, la primacía de la fuerza, el ejercicio unilateral del poder y el derecho a desencadenar una guerra preventiva aunque la amenaza no fuera inminente. William Pfaff, columnista estadounidense, lo ha resumido contundentemente: “Antes del 11 de septiembre, Estados Unidos ya estaba cerca de una universalidad de influencia e incluso de una dominación de la sociedad internacional que ningún imperio anterior poseyó. Pero carecía de voluntad política para imponerse. El 11-S proporcionó esta voluntad”.

El debate sobre el imperio, cuyas raíces se remontan a Theodore Roosevelt, a principios del siglo XX, se disparó el 11 de septiembre del 2001, y uno de los primeros tiros lo disparó Max Boot, un editorialista de The Wall Street Journal que echó mano de la idea imperial para explicar los atentados. “El 11 de septiembre fue resultado de la insuficiente ambición de Estados Unidos; la solución, por eso, está en la necesidad de ser más amplio en los objetivos y más decidido a la hora de pasar a la práctica.” Al carro de Boot se subieron todo tipo de pensadores. Para un significativo sector de académicos y analistas, el término imperialista empezó a no ser una crítica, sino lo contrario.

Hace una generación se publicó The Ugly American (el americano feo), que trató de explicar por qué Estados Unidos, errores políticos incluidos, se había ganado la antipatía de quienes podían ser sus amigos en el Sudeste Asiático. Después del 11 de septiembre, Joseph Nye jr., subsecretario de Defensa de Bill Clinton, publicó un magnífico libro, La paradoja del poder norteamericano (Taurus, 2003), en el que reclamó la atención de la Administración Bush sobre el poder blando, que es considerado como el tercer pilar, con el militar y el económico, de la política exterior que ha hecho de Estados Unidos una hiperpotencia. Nye no resta importancia al poder militar, pero advirtió de los peligros que se derivan de la obsesión de confiar exclusivamente, o casi, en la fuerza.

La posible caída del imperio americano es ahora un tema recurrente. El debate lo resucitó en 1987 Paul Kennedy, eminente historiador de Harvard, y ahora, con el gradual desplazamiento del poder hacia Asia, la discusión se ha hecho global. Kennedy escribió un libro excelente, Auge y caída de las grandes potencias (DeBolsillo), en el que pronosticó el declive de Estados Unidos, como antes hicieron el historiador Carlo Cipolla y el periodista Walter Lippmann, al reparar en que la caída de las grandes potencias ha estado estrechamente relacionada con la multiplicación de sus responsabilidades militares hasta que se han quedado sin fuerzas. Pero Kennedy, que se adelantó a la ruina estratégica y económica de la invasión de Iraq, no tuvo suerte: su libro se publicó dos años antes de que se hundiera el imperio soviético.

Los cambios operados en la escena internacional desde el 11 de septiembre han puesto fin al momento unipolar de los neoconservadores y han hecho que la escena sea más multipolar. En Asia se ha gestado el acontecimiento económico de nuestra era: el ascenso de China e India, las superpotencias demográficas. En Oriente Medio, el triunfo de la revolución teocrática de Jomeini, así como el enconamiento del conflicto palestino-israelí, han dado paso al resurgir del islamismo y del terrorismo apocalíptico. La globalización se ha acelerado con innovaciones tecnológicas como internet y los ordenadores personales. Y las migraciones se han mundializado con las globalizaciones de la economía, del transporte y de la información, que han achicado el mundo. Es decir, mientras la Administración Bush estaba atrapada en las guerras de Afganistán e Iraq, el planeta se ha transformado. Estados Unidos aún es la única superpotencia, pero el hundimiento de Wall Street, el desastre económico y los compromisos militares indican, a diferencia de lo que ocurría hace medio siglo, que a Estados Unidos el mundo parece venirle grande.

Fareed Zakaria acaba de publicar un libro, The Post-American World, que define la nueva era, caracterizada, según dice, no tanto por el declive estadounidense como por el ascenso de los otros. Gulliver no ha empequeñecido, sino que, gracias a la globalización, le han crecido los enanos, como China, que en un día exporta ahora más que todo lo que exportó en 1978, cuando Deng Xiaoping abrió la puerta al capitalismo. Las estadísticas que maneja Zakaria son elocuentes. El PIB estadounidense actual asciende a 14 billones de dólares, mientras que el chino es de tres billones. En dos decenios, China podrá crecer hasta los 12 billones. ¿Rozaría entonces la primera plaza? No, su PIB sería menos de la mitad que el estadounidense. Los valedores del crecimiento chino subrayan que ya fabrica 600.000 ingenieros anuales mientras que Estados Unidos sólo produce 70.000. ¿La enseñanza china es, pues, superior? No. Entre el 42% y el 68% de las cincuenta primeras universidades del mundo son estadounidenses. Y China también tiene sus puntos débiles, incluida su sed de petróleo, ya que, como Europa y Japón, envejece. ¿Cuál sería, entonces, el último secreto estadounidense? La inmigración, que le hará más joven en este siglo.

La Administración Bush ha sido un desastre. Ha pretendido revolucionar, con las guerras de Afganistán e Iraq, el sistema heredado de la guerra fría. Pero el resultado ha sido un desastre, entre otras cosas porque la guerra contra el terrorismo no se ha convertido en ningún principio organizador del sistema internacional, al tiempo que la influencia del poder blando estadounidense ha disminuido. Por eso, la continuidad de la hegemonía estadounidense en un mundo cada vez más multipolar dependerá, al menos en parte, de la percepción que de ella tenga el mundo, si se la considera benigna o arrogante. El unilateralismo de Bush sin el complemento multilateralista, que significa legitimidad internacional, es una invitación a contrapesos estratégicos.

¿Qué cambiarán, entonces, las elecciones presidenciales del 4 de noviembre? La guerra global contra el terrorismo seguirá siendo la prioridad de la política exterior estadounidense después de Bush, pero la globalización, dominada inicialmente por Estados Unidos, ha acelerado, como dice Laurent Cohen-Tanugi (Guerre ou paix, 2007), el ascenso de nuevos centros de poder. El mundo ha cambiado.

El barón del petróleo

En la década de 1970, con la guerra de Vietnam, El Padrino, Chinatown y Alguien voló sobre el nido del cuco fueron metáforas de la sociedad estadounidense de la época. Ahora, con la guerra de Iraq, Pozos de ambición, de Paul Thomas Anderson, y Michael Clayton, de George Clooney, son la imagen de la venalidad de los negocios de fin de siglo. Pozos de ambición se inspira en Petróleo, novela de Upton Sinclair que en 1927 abrió el pozo sin fondo de la demonización de los barones del petróleo, cuya penúltima dinastía es la de los Bush.

El petróleo comenzó a cambiar el mundo a mediados del siglo XIX, cuando Samuel Kier, un boticario de Pensilvania, lo comercializó con el nombre de aceite de roca. Desde entonces, el crudo ha creado personajes peculiares, como Daniel Plainview, el protagonista ambicioso, despiadado y misántropo de Pozos de ambición. Para narrar esta historia, que arranca en 1898, en el sur de California, y termina en 1927, dos años antes del crac de Wall Street, Sinclair tuvo abundante materia para inspirarse. Un yacimiento fue el joven John D. Rockefeller (1839-1937), quien, después de un rosario de extorsiones y sobornos, llegó a controlar el 90% del petróleo del país. Si se tradujera su fortuna de la época en dólares actuales, Rockefeller habría sido el individuo más rico de la historia.

El petróleo explica la prehistoria empresarial estadounidense. Wall Street,
la película de Oliver Stone, nos adelantó la codicia que ha desembocado en la crisis financiera del 2008. Y Michael Clayton nos cuenta la corrupción de principios
del siglo XXI.


Del aislacionismo al globalismo

El salto de Estados Unidos desde el aislacionismo hasta el globalismo es explicado por sus respuestas a cuatro graves incidentes, aunque no todos fueron agresiones.

Primero, la voladura del Maine el 15 de febrero de 1898, cuando 266 marineros estadounidenses perdieron la vida en un accidente que Washington atribuyó a un sabotaje español, lo que provocó la guerra; la victoria militar permitió a Estados Unidos poner un pie por primera vez fuera del continente americano.

Segundo, el hundimiento del transatlántico Lusitania, provocado por un submarino alemán el 7 de mayo de 1915, que costó la vida a 1.200 personas, entre ellas 129 estadounidenses; Estados Unidos comenzó entonces a codearse entre los grandes después de la guerra.

Tercero, el ataque japonés contra Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, que mató a 2.043 estadounidenses; la derrota de las potencias del eje hizo de Estados Unidos una superpotencia.

Y, finalmente, el 11 de septiembre del 2001, cuando los atentados en Nueva York, Washington y Pensilvania segaron 2.986 vidas, la mayoría estadounidenses, y dieron paso a las guerras de Afganistán y de Iraq.

La voladura del Maine, el hundimiento del Lusitania y el ataque contra Pearl Harbor fueron decisivos para que los estadounidenses pusieran de manifiesto su vocación hegemónica global. Después del 11 de septiembre, la Administración Bush pretendió revolucionar el sistema heredado de la guerra fría, pero el resultado ha sido un desastre. El momento unipolar que celebraron los neoconservadores ha dado paso a un mundo más multipolar.

sábado, 18 de octubre de 2008

Kyoto 2: un camino irreversible


Antonio Cerrillo

Fuente: La Vanguardia (17-10-2008)

El Consejo Europeo ha resistido uno de los embates más serios para que la UE postergue los nuevos objetivos para luchar contra el cambio climático. Las presiones no hacen sino confirmar que existen poderosos sectores en Europa (entre ellos, empresas contaminantes) que quieren apartar de la agenda política la preocupación ambiental. No es la primera vez que están al acecho esperando cualquier coyuntura para pedir que se desande el camino de Kioto. Pero esta senda ya es irreversible. El premio Nobel de la Paz Rajendra Pachauri dice que ceder a esta presión sería un error: la crisis es la demostración de que el actual modelo económico es insostenible.

La crisis financiera se gestó sobre una gran distorsión del sistema productivo, que pivotó en exclusiva sobre el ladrillo. Por eso, que la salida sea un maquillaje con dinero público es poco ético si no se da una reflexión para no tropezar otra vez con la misma piedra. Además, hay sectores emergentes que salen reforzados (eléctricas que apuestan por energías renovables, fabricantes que se decantan por coches limpios...). "La crisis es una oportunidad. Hemos visto los riesgos financieros que comporta una economía que hace un uso intenso del carbono y ahora las inversiones deben ir a las fuentes renovables, a las tecnologías bajas en carbono", explica Jordi Ortega, director de Expo CO de Barcelona.

La crisis tiene un efecto benéfico coyuntural sobre el medio ambiente. Las emisiones de gases se han contenido por un menor consumo de energía; el tráfico descendió en el primer semestre un 2,9% en Barcelona y la generación de residuos ha disminuido en Madrid un 4%. Igualmente, se han frenado megaproyectos devoradores de suelo, recursos naturales y agua. Pero este beneficio debe fortalecerse.

En cambio, muchos desvían la atención. Existe el riesgo de que las administraciones edulcoren la tramitación ambiental (para nuevos megaproyectos inmobiliarios) con la excusa de dar empleo. Y ya se han reducido las primas a la energía fotovoltaica, justo cuando esta fuente empieza a salir en las estadísticas de producción eléctrica.

Es lógica la colisión de intereses. Las reglas de Kioto imponen estrictas cuotas de emisión de CO a las grandes industrias y extenderán estos cupos menguantes a otras. Muchas sufren un aumento del precio de los derechos de emisión (hasta 25 euros la tonelada). Y la UE advierte que a partir del 2012 estos derechos ya no serán gratis (pues negocian con un capital común: el aire limpio). Es cierto que esta presión sobre las empresas alimenta el riesgo de deslocalización. Pero la única solución es que las reglas del mercado que impone la protección del clima sean también globales.

viernes, 19 de septiembre de 2008

La historia de las cosas (vídeo altermundista, Geografía crítica)

Ir a:





Actividad sobre el vídeo La historia de las cosas de Annie Leonard

Referencias:

http://es.wikipedia.org/wiki/La_historia_de_las_cosas_(documental)

Completa con las informaciones que aparecen en el vídeo los espacios en blanco (utiliza letra de color verde o rojo)


• En las últimas _____décadas, hemos consumido la _______de las reservas de los recursos básicos del planeta

• En los Estados Unidos, sólo se conservan el __% de los bosques originales

• Sólo el ______ % del agua que circula por los ríos y canales de E.E.U.U. es potable.

• Estados Unidos con sólo el __% de la población de mundo consume el ____% de los recursos y genera el 30% de los residuos del mundo

• Si todos consumiéramos tanto como los E.E.U.U. necesitaríamos de __ a __ planetas.

• Los productos con los que se comercia actualmente contienen más de ________ sustancias químicas tóxicas diferentes

• Solamente se han evaluado los impactos en la salud de ________ de sustancias químicas sintéticas, aunque ni siquiera en esos casos se han _______sus efectos sinér____cos

• En los E.E.U.U., la industria admite a lanzar sobre __ mil millones de quilos de sustancias químicas t_____ cada año.

• Según las estadísticas, cada ciudadano de los E.E.U.U. consume ahora ___ veces más de lo que se consumía hace 50 años.

• Cada uno de nosotros vemos más anuncios en ___ ___ que los que vio la gente de hace 50 años en toda su vida

• En los E.E.U.U., la tasa de felicidad media nacional alcanzó su punto más alto en los años ____.

• En los E.E.U.U., dedicamos a las compras de __a __ horas más que los europeos.

• El tamaño medio de los hogares estadounidense se ha multiplicado por ___ desde los años 1970.

• Cada persona en los Estados Unidos produce __quilos de basura al día. Eso supone multiplicar por ___ la cantidad de basura que generábamos hace treinta años.

• Para fabricar el cubo de basura que ustedes utilizan fueron necesarios generar ____ cubos de residuos que finalmente acabaron contaminando nuestras aguas.




lunes, 15 de septiembre de 2008

La moda en eje del juego de las identidades y de la compra compulsiva en la era del consumo como forma de vida.

"Vestirse es como escribirse en el cuerpo, es plasmar la propia biografía, es contar una historia nuestra a los demás " Oscar Wilde

“La moda es la última piel de la civilización”. Paco Rabanne

"La moda no es un arte, pero para dedicarse a ella hay que ser un artista”Yves Saint Laurent


La evolución del sector textil en España

2003

2004

2005

2006

2007

Empresas

7.200

6.850

6.350

6.100

5.900

Empleo (en miles) '-

257,5

243,3

223,2

206,0

196,5

Producción (millones €)

13.258

12.790

11.650

11.415

11.390

Valor añadido (millones €)

5.700

5.500

5.020

4.920

4.900

importaciones (millones €)

9.431

10.031

11.011

12.336

13.383

Exportaciones (millones €)

6.437

6.627

6.659

7.356

7.814





¿Para quién estás desfilando?


Alejada de su origen cultural, la moda apela al consumo compulsivo.Cinco argumentos para entender adónde conduce la pasarela

MARICEL CHAVARRÍA, LA VANGUARDIA, 5 de septiembre de 2008


Desesperada por llamar la aten­ción y posicionarse en el mer­cado de las gran­des marcas, la moda, efímera y frívola por natu­raleza, busca sin resuello epatar, sorprender un poco más cada día con pasarelas convertidas en oca­siones en auténticos happenings artísticos. Su misión: romper tabúes, recrear mundos oníricos y apelar a los deseos que hoy son un billete a la eterna insatisfac­ción.


El consumo y el motor co­mercial están en juego.

En una rentreé marcada por un sinfín de pasarelas como la sema­na de la moda de Tokio, Nueva York, Melbourne, Taipei, en Taiwán, o incluso la feria textil en Ponzan (Polonia), y de mane­ra más cercana, la moda de Valen­cia o la aún tierna Pasarela 080 que se celebra estos días en Barcelona, La Vanguardia se plan­tea, entre otras cuestiones, cómo ha cambiado la relación del con­sumidor con la moda o cómo exis­te un mercado de productos de lujo o diseño en busca de mino­rías en un mundo global.


1. El cebo de la pasarela


Convertir a los consumidores en creyentes. Eso es lo que buscan las marcas que proyectan estilos de vida. Lo explica la diseñadora e historiadora Imma Urrea, pione­ra en introducir la moda en la uni­versidad de Catalunya -codirige dos posgrados en la UPF- y socia de Sofoco Media. "Desde la caída de las ideologías en los años 80, las personas nos aferramos a identidades que a menudo crea la ropa. No compramos produc­tos sino marcas. Mientras, estas luchan por hacerse un hueco pa­riendo imágenes potentes".


La al­ta costura, un laboratorio de ideas donde se permiten las ma­yores excentricidades con tal de vender nombre e imagen, genera discursos, no importa si la gente se idenfitica o se rebe­la: es el míra­me, no me míres, soy como tú, no lo soy, no me importa co­mo voy sino quién soy...

En la ca­rrera hacia la transgre­sión, los diseñadores John Gallia-no y Tom Ford protagonizaron este principio de siglo un duelo para Dior y Gucci respectivamen­te, obligados el primero a ser ca­da vez más loco y el segundo ca­da vez más sexy. "Es la lucha por estar en las portadas o los noticia­rios de la noche. La moda espec­táculo vende sueño, locura y mo­dernidad, pero que nunca sale a la venta, porque Dior gana diñero con sus perfumes, bolsos, ga­fas... La gente escoge gastar me­nos en ropa pero llevarse el com­plemento. El logo le pone hasta la locura... claro que la moda es una gran hipócrita, pues las pro­pias marcas se han hecho con el negocio paralelo de copias y falsi­ficaciones y fabrican los caros y los baratos", afirma. La compra compulsiva y la búsqueda ince­sante de lo nuevo viene hoy alen­tada por la gran distribución. Za­ra, por ejemplo, ya no repone ca­da seis meses sino cada quince días. Incluso las grandes marcas tienen que hacer la colección cru­cero, el flash, el avance..., mano de santo para el consumo.


2. Trapitos y hotel donde lucirlos


El futuro del diseño y la moda es­tá en captar minorías y ofrecer multiproductos y multiservicios, dice la diseñadora Gloria Jover. Una élite acaudalada, que ya no es relevante en Europa sino en Asia o Latinoamérica, llama a la involución de la democratiza­ción de la moda. Las marcas to­man nota de la vuelta al lujo y fa­brican seríes cortas, pero ya no sirve el sueño francés de los 50. Es un público lejano, heterogé­neo. De modo que, comprendida la mentalidad del cliente, habrá que ofrecerle el modelo y el hotel donde lucirlo. El diseñador se atreve con todo tipo de objetos, y se cuece una unión con arquitec­tos con quien compartir códigos y crear ambientes comunes.


3. Menos sexo y más angustia


La versión tradicional de la mo­da -que parte de una clave fálica para vestir un cuerpo que respon­de a un ideal sexual- trae varian­tes. Diseñar no tiene el mismo sentido en una época en la que el mito de la armonía sexual se ha perdido y el sexo ya no es tabú. "Los modistos ya no aspiran a es­tablecer el canon de la represen­tación femenina, sino más bien a evocar algo de lo que es el ser mo­derno. En parte, sigue siendo ese ideal pero incluye aspectos rela­cionados con el sentimiento de vacío y angustia", apunta el psi­coanalista José Ramón Ubieto. Muerte, destrucción o abuso, as­pectos antes dejados de lado, su­ben a la pasarela. "El capitalismo hace de todo ello un objeto de consumo que caduca: el empuje a la insatisfacción misma".


4. Culturalizarnos en la moda


La cultura sobre la moda es un bien escaso en España, muy por debajo del nivel de EE.UU., Fran­cia, Gran Bretaña o Italia. Una ra­zón es que no hemos hecho de la moda una fuente de ingresos im­portante, dice Urrea. "Lo más im­portante que ha surgido aquí es Indítex, que ya ha superado a Gap como distribuidor, pero los diseñadores españoles no consi­guen que se lleve su moda en la calle y los medios relegan la mo­da a las páginas rosa", advierte la historiadora. Los especialistas echan en falta plataformas de opi­nión y análisis, más allá de las re­vistas entregadas a lo visual.


5. El sucedáneo de conexión


"Vivimos un momento de gran velocidad, lo cual no está nada mal, porque hemos llegado tan le­jos y somos tan rápidos y radica­les que todo aboca a que lleguen nuevos aires, otros valores", ase­gura Jover. "La moda hoy es vintage, lo recogemos todo y hace­mos un pastiche. Es un momento de cambio en el que rompemos dogmas, por eso banalizamos. Pe­ro la juventud creará nuevos valo­res éticos. La moda no deja de ser arte y provocación en la calle, y hay outsiders que pueden tener posturas interesantes y hacer un producto en profundidad. De mo­mento, lo que hay es una gran cri­sis ideológica. Se diría que no creemos que vaya a haber futuro. ¿Por eso no invertimos en know how? Vivimos el ahora, pero sin esa conexión espiritual. Y llena­mos ese vacío con el sucedáneo de la conexión que es la moda".»

viernes, 6 de junio de 2008

Dinero, cómic de Miguel Brieva y entrevista con el autor

DINERO de Miguel Brieva
(Ilustración y Cómic)

El mundo como supermercado

Por Mariano Kairuz







Fuente: radar

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-4299-2007-12-09.html

Domingo, 9 de Diciembre de 2007

HUMOR > EL ESPAñOL MIGUEL BRIEVA: LIBRO Y MUESTRA

El mundo como supermercado

Dios decide cerrar la Tierra porque no es rentable y pone todo en venta: ya no queda nada que no tenga un precio y no hay precio que alguien no esté dispuesto a pagar para tener lo que quiere. Mientras, hasta Bambi y Mickey supervisan la guerra contra las guerrillas y la condición humana ha sido aislada en un laboratorio. Frente a ese escenario, el español Miguel Brieva se ha dedicado a dibujar viñetas en las que captura el sinsentido en el que parece haber caído el mundo. Una muestra en el Centro Cultural de España y el flamante libro Dinero son una manera de consuelo, o camaradería, en medio de la desazón.

Por Mariano Kairuz

Todo está a la venta: en el mundo según el dibujante español Miguel Brieva (Sevilla, 1974) no hay cosa o persona, esencia o abstracción que no pueda ser cuantificada y convertida en una mercancía con un valor preciso de compra-venta. En las desesperanzadas viñetas de Dinero (Revista de poética financiera e intercambio espiritual) la gran oferta del momento es el planeta Tierra, y Dios –un hombre de negocios, mayor de edad; saco y corbata y aspecto de burócrata– parece haber puesto de remate todos sus contenidos, y a la Humanidad en liquidación total. El Dios de Brieva ha inventado el capitalismo como podría haber inventado casi cualquier otra cosa (por ejemplo, “un nuevo deporte acuático, mi próximo proyecto”), pero desde que lo puso en acción todo en el mundo funciona en torno a ese único sistema operativo.

Con influencias declaradas de Robert Crumb y del humorista gráfico español El Roto (así como una ecléctica selección de referentes visuales y literarios en la que se funden Terry Gilliam y los Monty Python, Jonathan Swift, Duchamp, Gombrowicz), Brieva se lanzó al mercado por su cuenta con Dinero, una revista autoeditada en la que compiló, por insistencia de sus amigos, las ilustraciones que llevaba haciendo por años en un cuaderno como puro hobby. Ilustraciones que giran casi exclusivamente en torno al papel del dinero como centro gravitacional de nuestras vidas; el consumismo, la publicidad, el avance tecnológico indetenible. A lo largo de las páginas del primer tomo que compila tres números de aquella revista (recién publicado en Argentina), un billete impreso accidentalmente con el símbolo que representa al infinito provoca un caos financiero universal; mientras las fuerzas de la ciencia positivista consiguen aislar en un laboratorio las partes insondables de la condición, la autoestima y la conciencia humanas. Todo es capitalizable, todo es comercializable: las cosas más inútiles se transforman en productos de primera o segunda necesidad y la publicidad nos vende hasta aquello que no sólo no necesitamos sino que no queremos (el kit de “Alójese usted mismo una bala en el cerebro”). Los niños son programados mediante sofisticadas pistolas de rayos para convertirse en cretinos iguales a sus padres pero más temprano en sus vidas y con mayor eficiencia. “Los servicios de inteligencia de los Estados Unidos y Disney firman un acuerdo por el cual Bambi y el Ratón Mickey supervisarán personalmente la lucha antiguerrillas en América latina.” Los multimillonarios hacen sentadas públicas por sus derechos; el comunismo es un pintoresco objeto retro. Dios cierra la Tierra porque no es rentable y un pequeño burrito llamado Smuffy se confiesa culpable del 97 por ciento del mal que asuela la Tierra.

Nada nuevo, todo vigente y en expansión.

Las feas artes

Las viñetas de Brieva empezaron como una broma, una pequeña idea para una boutade artística entre amigos, hecha de collages, con dibujos, fotos y publicidades de revistas viejas encontradas en la popular feria de El Rastro cuando vivía en Madrid. En su libro impera la imitación del estilo publicitario norteamericano modelo años ’50 o ’60, con su noción de progreso infinito. Avisos del tipo de los que abundaban en revistas de esos años: “Life, Reader’s Digest, que la gente tiraba, y yo encontraba en la feria en una época de mi vida en que vivía justo enfrente e iba todos lo domingos en busca de material”, le contó Brieva a Radar un par de semanas atrás, de visita en Buenos Aires para la inauguración de una muestra con sus dibujos en el Centro Cultural de España y la presentación de su libro. “Yo en ese momento no sabía que esto es algo que ya hacían los situacionistas: distorsionar la realidad a partir de un material ajeno. Sólo que para nosotros fue más lúdico y casual.” Además de la vieja publicidad —que hoy, con su falsa ingenuidad, ya fue reprocesada como objeto de diseño—, la otra referencia directa a la cultura norteamericana globalizada a la que vuelve una y otra vez Dinero es la de los personajes de Disney: “Se ha usado mucho esto de poner a estos personajes de una manera un poco perversa, como deformaciones de aquel american way of life”, dice Brieva. “Ya lo hacía Robert Crumb hace muchos años. Pero como seguimos en lo mismo, sigue funcionando a la hora de hablar sobre nuestro mundo.”

A pesar de su convicción en el dibujo, Brieva dice que dejó de hacer ilustraciones durante el tiempo que estudió en Bellas Artes. “Es un lugar en el que el comic tiene una reputación bastante baja entre los profesores. Y si bien se aprende de arte contemporáneo, a mí no me interesan ni los materiales tradicionales ni sus canales de distribución. No me parecen reales. El circuito del arte contemporáneo está reducido a una elite, sus subvenciones y becas y el dinero que el Estado destina a cultura. Mientras que con la autoedición hay algo que es mucho más real: si la gente lo compra es porque le gusta lo que haces. Funciona como un chiste: si la gente se ríe, sabes que lo estás haciendo bien.”

Tragar lo que sea

Por momentos, las viñetas de Brieva pueden pasarse de obvias o de cínicas, pero su autor está convencido de que si no ha recibido demasiadas críticas por su retrato impiadoso de la clase media europea es porque “los niveles de cinismo de nuestro mundo hacen que la gente ya se trague lo que sea”. Ese humor salvaje en todo caso, dice, puede ayudar “a reconstruir una conciencia crítica. Mucha gente ha aparcado el pensamiento, y se ha dicho bueno, vale, ya que ha llegado el fin de la historia yo dejo de pensar y me tomo un Cabernet Sauvignon. El posmodernismo es un reprocesamiento de la modernidad justificado por la frustración de una serie de intentos de construir otro mundo, basados en una idea un poco simplista de cómo era el ser humano, o algo así. Muchos intelectuales se han vendido a los grandes medios, tiraron la toalla y sálvese quien pueda. Pero a través de lo lúdico es más fácil reconstruir una esperanza; más al menos que a través de un discurso político convencional, al cual la gente tiene mucha alergia, sobre todo en el Primer Mundo. No en América latina tal vez, donde se impone la realidad, pero en Europa vivimos una irrealidad, un mundo de colores”.

¿Te imponés algún límite en tus dibujos?

—El límite es lo que te hace gracia. Yo no creo que haya ningún límite, pero en el caso de la polémica de las caricaturas de Mahoma, por ejemplo, sabiendo cómo funciona el mundo y los desequilibrios de poderes que hay, es un chiste que yo no haría. Como tampoco lo haría a Bush con una bomba en la cabeza, porque es un chiste malo, los problemas del mundo son más estructurales, no es Bush. Si no el chiste sale en una dirección errónea, la del opresor riéndose del oprimido. Y el humor es gracioso siempre y cuando se dé en condiciones de igualdad.

La muestra Dinero, Consumo Cuidado (Una introspectiva en la obra de Miguel Brieva) se puede visitar hasta el 21 de diciembre en el Centro Cultural de España en Buenos Aires, Paraná 1159. El libro Dinero (Ediciones Ex Abrupto) se consigue en los kioscos de diarios.

Click en las imágenes para ampliarlas






ENTREVISTA a Miguel Brieva


Por Javier Esteban Fuente:http://www.generacionxxi.com/entrevistas/brieva.htm

“Otro mundo es posible y urgentemente necesario…”
Miguel Brieva (1974) es uno de los perfiles más creativos de la nueva generación de dibujantes. Sus ilustraciones contienen una crítica radical del sistema de valores imperante y sus paradojas. Miguel cultiva una suerte de humor antagonista que produce un extraño vacío: ¿carcajada en busca de un nuevo mundo? Brieva es autor de la revista Dinero y Propuestas para no hacer. Co-editor y co-autor de La Vida La Muerte, El Niño Carajaula y Om2: Informe sobre el estado actual del objeto maravilloso. Colaborador en El Jueves, La Vanguardia, El País, Rolling Stone, Ajoblanco, Mondo Bruto, NSLM, Recto, Tos y Generación XXI.

¿Cuáles son las mayores influencias en tu manera de ver la realidad?
Principalmente las de cualquier persona: la familia, los amigos, las lecturas, las experiencias vividas, etc. A este respecto debo agradecer doblemente a mis padres por ser un verdadero ejemplo para mí y por llevarme a un colegio en el que se primaba la incitación a la curiosidad y a la libre expresión por encima de los encorsetamientos más convencionales de la pedagogía en general. Cada vez tiendo a creer más firmemente que en la formación de la persona, de su universo moral, intelectual y afectivo, el elemento fundamental es un mimetismo casi literal de lo que observamos en nuestros mayores. De esta manera, si, por ejemplo, un niño crece en un entorno en el que no se recurre al empleo de la mentira, ésta se hace igualmente infrecuente e inaceptable en su desarrollo como adulto, mientras que en un ambiente inverso, en el que ciertas represiones hacen de la mentira una estrategia común y necesaria, el uso de ésta queda ya “autorizado” para el resto de la vida. De ahí se desprende la aseveración, por otra parte de Perogrullo, de que la educación es nuestra única esperanza factible para enderezar el estúpido y errático deambular de nuestra especie sobre la faz de la tierra.

Algunas Escuelas Filosóficas te han marcado considerablemente: Deleuze, Derrida, Foucault…
Tampoco es muy cierto esto. Si bien he sido influido, de manera inevitable, por el relativismo teórico de la filosofía posmoderna, esto ha sido más involuntario que buscado, ya que a estas alturas es algo que impregna innumerables parcelas de la vida, desde los medios de comunicación, la publicidad, la política o eso que se llama arte. Yo más bien diría lo contrario: que aquellas maneras de explicar la realidad que de siempre me han despertado la curiosidad y la empatía más inmediata han sido justamente las que rebaten ese relativismo corrosivo, las que contemplan la necesaria consideración de la verdad, las que apelan a un nuevo esfuerzo de la razón por reformularse y reclaman, una vez más, la urgencia de la utopía. En este sentido, dos autores para mí enormemente reveladores, y además de aquí mismo, son Agustín García Calvo y Rafael Sánchez Ferlosio. Ambos construyen un discurso, cada uno a su manera, enormemente lúcido y crítico, librepensador, sin rehuir de ninguna manera las contradicciones propias del pensamiento moderno, pero sin renegar tampoco de los logros sustanciales desvelados por el empleo de la razón, y sin permitir, como a menudo han hecho otros intelectuales mucho más celebrados, el desvanecimiento autocomplaciente de su compromiso político y moral.

¿Qué dibujantes te han influido?
Robert Crumb, Daniel Clowes, Beto Hernández, Glen Baxter, Gary Larson, Therry Gillian y El Roto.

En tu obra representas nuestra sociedad como en una suerte de antipublicidad, frente al modelo de vida occidental, que nos han impuesto los imagólogos, a imagen y semejanza de los anuncios…
Es una prolongación hiperbólica y desalmada de la publicidad que ya nos circunda. Mediante la exageración de la ironía parece que quedan más fácilmente expuestas las barbaridades y contradicciones sobre las que se erige nuestro modelo de vida y la condición humana en si misma. No obstante, cada día que pasa la absurda realidad va comiendo terreno y el marco para la sátira se queda más y más reducido. Tal vez dentro de diez o veinte años las viñetas de la revista Dinero no sean más que hiperrealismo. Pensemos si no en ese Gran Hermano que ha comenzado en Alemania, en el que ya no hay límite de duración, es decir, que es algo así como una cárcel monitorizada, o en las declaraciones de Bush acerca de la necesaria tala de los bosques estadounidenses como medida idónea para prevenir incendios. Francamente, esto es intrusismo profesional; en un mundo así, ¿qué espacio queda para los humoristas?

En algunos de tus dibujos se observa un cierto escándalo que se muta en un guiño cómico ante la realidad. ¿Te consideras un moralista? ¿No hay algo reaccionario en la crítica al avance de “el mejor de los mundos posibles”?
Es curioso cómo el término moralista se asocia desde siempre a alguien que pretende imponer su visión particular, prejuiciosa e intolerante del mundo. De esto es culpable, en grandísima medida, la degeneración moral y violenta prepotencia de los que desde siempre han ostentado los Valores Morales, es decir, la Iglesia Católica en nuestro caso, o cualquier otra forma de dogmatismo religioso en otras culturas. Esto nos permite entender reacciones tan virulentas contra esa supuesta moralidad como la de la obra de Nietzsche, y todo el legado individualista y relativista que ésta ha dejado a lo largo del siglo XX. Sin embargo, siendo siempre muy conscientes de la debilidad y arbitrariedad intrínseca de nuestra propia constitución moral, no podemos olvidarnos sin más de nociones tan fundamentales como el Bien o la Verdad. Sin la consideración, aunque sea permanentemente cuestionada, de estas dos instancias o absolutos, jamás podremos aspirar a la justicia, la belleza o la igualdad. Y en esas estamos.
Por otra parte, eso de que el nuestro es el mejor mundo de los posibles es una falacia burda aunque eficazmente implantada por la ideología neoliberal que oculta, bajo la apariencia de una cierta madurez histórica y humana, los anhelos y deseos más estúpidos, por no decir perversos, que albergamos dentro. Creo que es responsabilidad de cualquier persona sensata que aspire a la libertad el comenzar a desmantelar, pieza a pieza, el complicado mecano que argumenta este disparate.

¿Cómo te sientes después de publicar en los grandes medios nacionales, partiendo de la autoedición de Dinero? ¿Te corromperá el Sistema?
El corromperse es una opción siempre posible. Es algo que hemos podido observar profusamente en la generación pretendidamente progresista que tomó el poder tras la Transición. El Sistema Capitalista, por otra parte, ha demostrado ser extraordinariamente adaptativo y absorbente, y requiere por tanto un esfuerzo y un permanente autocuestionamiento el adentrarse en sus cauces sin perder el Norte. ¿De qué otra manera se pueden difundir ampliamente ideas diferentes a las imperantes sin verse contaminado por el mercado? Debemos de buscarlas. Yo siempre me he inclinado, en mi caso, por la autoedición y la distribución alternativa de ese material, y creo que ese es un camino de los posibles. Pero creo igualmente necesario aprovechar los espacios de más difusión, aunque ello confiera una cierta dosis de contradicción a nuestro mensaje, en tanto que no se pierda la integridad política o estética de lo que hagamos. Otras iniciativas, como la del recién nacido periódico quincenal DIAGONAL, son fundamentales para tratar de eludir esas permanentes incoherencias entre medio y mensaje.

Vives en comuna, procuras no consumir, careces de móvil, de automóvil y viajas en segunda…
Una vez entendido el modo intrincado y algo perverso de cómo funciona nuestro mundo globalizado, en el que nuestros más nimios actos de consumo tienen una repercusión casi inimaginable en las condiciones de vida de miles de millones de personas, creo que es fundamental, si queremos exigirnos un comportamiento coherente y humano para con los demás, el comenzar a renunciar. Es preciso, en tanto tratamos de reconstruir otras propuestas políticas, actuar en el plano más primario aunque por el momento más influyente: el consumo. Es una exigencia moral: debemos comenzar a renunciar a unos modos de vida que no pueden ser universales, en primer lugar porque sólo se sustentan en la desigualdad entre consumidores y productores, y en segundo lugar porque son ecológicamente insostenibles. La gente sale a la calle en contra de la guerra de Irak, pero no está dispuesta, por ejemplo, a renunciar al coche, al uso permanente de hidrocarburos. Y ahí estamos todos, sintiéndonos excelentes personas mientras tecleamos alegremente en nuestros móviles fabricados por millones de chinos en estado de semiesclavitud.
Es algo inevitable: tarde o temprano habrá que renunciar, porque, al margen de su cuestionable utilidad, estos juguetitos con los que se alimenta incesantemente el consumo tienen un precio ecológico y humano excesivamente elevado. Otra cosa sería que verdaderamente deseemos la autodestrucción, que es algo que a estas alturas ya no se puede descartar del todo. Como decía una tía abuela mía: “Si hemos de ir al infierno, ¡vayamos en coche!”.

La política es una de tus fuentes de inspiración ¿Cómo ves la militancia? ¿Qué te parece el derrotero sangriento de las utopías rojas y negras del siglo XX?
Si algo ha quedado esclarecido tras las experiencias políticas del siglo XX es que lo fundamental no reside tanto en el credo ideológico que estructure una sociedad, sino en la integridad moral de cada uno de sus individuos, en la plena madurez de su conciencia individual, en el pensamiento libre y crítico de cada uno de los integrantes del colectivo. Planteamientos a priori contrapuestos como son el fascismo y el comunismo han desembocado en formas de dominio y represión no tan dispares entre sí. No obstante, no debemos ignorar que, aunque su desenlace ha sido en numerosos aspectos similar, existen diferencias teóricas de raíz entre ambos pensamientos. Mientras que el comunismo o el socialismo parten de una noción de igualdad entre todos los individuos, que creo que casi todos compartimos; el fascismo en cambio asume una visión jerárquica de la sociedad, estatificada en elites dirigentes, trabajadores cualificados y masa obrera, que por otra parte no hace otra cosa sino justificar ideológicamente y dar nombre a lo que ya lleva existiendo casi desde el principio de los tiempos. En la actualidad, nuestro mundo continúa rigiéndose con arreglo a esta premisa, que no es más, en definitiva, que una reformulación teórica y complejizada de “la ley del más fuerte”. O lo que es lo mismo, que estamos infinitamente más cerca del fascismo que de ese ideal universal de igualdad que ha defendido siempre la izquierda. Resumiendo; debemos de seguir luchando en contra de este nuevo fascismo de mercado con democracia de pantomima y, aprendiendo de los errores cometidos por los que tan erradamente pretendieron cambiar la historia, buscar nuevas vías para hacer esto bien. Me niego a vivir en un mundo en el que no quede otra cosa más que asumir la maldad y la estupidez como nuestros inevitables compañeros de camino. Eso me parece desgarrador, patético y hasta feo.

La vieja izquierda prejuzgo la espiritualidad como una lacra y una farsa social… Muchos de tus dibujos son sarcasmos frente a la Nueva Era y, sin embargo, en otros apelas a algo que sea más que el consumismo masivo, farsa democrática y estupidez colectiva. ¿Crees que se han producido cambios al respecto de la conciencia espiritual?
Espero que así sea. Yo he crecido en una familia de científicos y ello me ha dado un gran apego a la razón, la cual creo que, junto con el arte, es la herramienta más preciada que ha aportado al mundo la cultura occidental. No obstante, creo que es fundamental diferenciar entre la razón, la que hacía a Sócrates dudar permanentemente, hasta de sí mismo, y la que vulgarmente ha venido a usurpar ese nombre, que no es otro que la razón instrumental, la que se emplea, por ejemplo, para calcular la trayectoria de un misil. Hay una razón abstracta que cuestiona, y luego está esta otra razón, más técnica, podríamos decir, que es la que se emplea para resolver cuestiones concretas y que es la que la gente asocia con La Razón. Esta confusión de base a menudo produce un rechazo incluso en nuestra propia cultura, y lleva a muchos a refugiarse, a menudo de manera bastante incoherente y superficial, en esoterismos puramente formales y demás trivializaciones de la espiritualidad de otras culturas. Yo más bien creo que, respetando y aprendiendo de la verdadera esencia de esas otras cosmovisiones, lo que los occidentales debemos hacer es precisamente redescubrir la verdadera dimensión de la razón, que, aunque parezca algo casi sacrílego e irracional, abarca en sí misma una connotación espiritual.

¿Consideras que habitamos una decadencia, qué nos encontramos al final de un modo de vida? ¿Cómo crees que puede acabar este mundo? ¿Otro mundo es posible?
Ciertamente hay motivos para pensar que, si bien el mundo no va a desaparecer, las condiciones de vida en él van a verse visiblemente trastocadas hacia peor, tal vez con unas dimensiones catastróficas y hasta apocalípticas. La ambición ciega de las elites dominantes, tolerada por la mansedumbre bobalicona y consumista de los ciudadanos del primer mundo, y regida en última instancia por la inercia abstracta y gélida del capital, parecen conducirnos irrevocablemente al peor de los escenarios imaginables. Por supuesto, otro mundo es posible y urgentemente necesario. Es de vital importancia, de hecho, el construir estos mundos alternativos, aunque sea tan sólo sobre el papel o sobre una pantalla de cine. El arte tiene un papel esencial en este enriquecimiento del imaginario colectivo. Como decíamos al principio, las personas tendemos inevitablemente a actuar conforme al juego que vemos en los demás. Es preciso, pues, crear nuevas reglas del juego, y el arte es quizá el mecanismo más elocuente que tenemos para ello.
Con todo, el pesimismo me lleva a pensar que únicamente se dará una reacción política real a todo este desenfreno hiperproductivo cuando el cambio climático sea ya una realidad demoledora y anualmente perezcan millones de personas en desastres naturales, incluso en los países ricos.

Los adelantos científicos aparecen relativizados en tu obra. ¿Eres tecnófobo? ¿Cuál es tu sentimiento hacia la ecología?
Los adelantos científicos son estupendos, siempre que sean motivados por las verdaderas necesidades de los seres humanos, estén al alcance de todos y no interfieran en el equilibrio de nuestro ecosistema. Como dice García Calvo, hay inventos primordiales, como el tren o el teléfono, que facilitan enormemente la vida sin causar grandes estragos medioambientales, y luego están los inventos secundarios, derivados de estos primeros, como pueden ser el coche y el teléfono móvil, cuya expansión no ha sido tanto motivada para cubrir necesidades humanas hasta ese momento insatisfechas como para, simple y llanamente, generar nuevos mercados y aumentar la producción. Y sin embargo, gracias al extraordinario calzador de la publicidad, han colado entre una población cada vez más desprovista de los valores más elementales.
Si las cosas se pensasen, se pudieran planificar al margen de la estulta dictadura del mercado, todos los humanos podríamos mantener un nivel de vida más que digno, incluso con avances científicos, sin necesidad de destruir nuestro alrededor ni de esclavizar a la mitad de nuestros congéneres.
Imaginen si todo el potencial científico y humano que se ha empleado en estos últimos años en insertar un televisor con vídeo-conferencia en el móvil se hubiese encaminado, en su lugar, hacia la mejora de las fuentes energéticas o la curación de numerosas enfermedades. Su influencia hubiera sido fabulosa. Pero no; estamos estúpidamente maniatados por esta aséptica monstruosidad que hemos creado, que nos regala con más y más baratijas al tiempo que nos allana el camino hacia la autoaniquilación.

La democracia parece haberse convertido en la gran excusa para un nuevo Orden Mundial que expande el mercado a golpe de lo que haga falta, al tiempo que el sistema garantiza unas libertades sin las cuales no sería posible la crítica… ¿Qué salvarías de este Sistema?
No lo sé, francamente... ¿El tupé de Acebes?
Salvaría el sentido común de mucha gente que, aun a pesar de tanto adoctrinamiento tontorrón y mezquino, todavía se mantiene firme señalando, como una obstinada brújula, hacia aquello que podríamos y deberíamos ser.

También ridiculizas el individualismo de hacer cada uno lo que le da la gana, que tiene sus orígenes en la contracultura, pero que ha sido integrado por el consumo…
Cuando todo el mundo, creyéndose que hace lo que le da la gana, hace exactamente lo mismo que todos lo demás, tenemos indicios para sospechar que, o bien hemos llegado a una sociedad perfecta y sorprendentemente bien sincronizada, o bien se ha inducido muy hábilmente a la gente a pensar que es libre mientras que obedece de manera estricta. Esta reflexión podemos ilustrarla con tan sólo asomarnos a una autopista a una hora punta y comprobar cómo miles de personas, pertrechadas en el interior de sus cubículos móviles idénticos, haciendo todos lo mismo en sus micro cárceles, viendo morir ahí dentro las horas de sus breve existencia, y que aún logran creerse la ilusión de que son libres y deciden por sí mismos. La maquinaria de la propaganda ha descubierto la fuerza de apelar una y otra vez a la región más hueca y disminuida de la persona: su individualismo.

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A veces has comentado tu decisión de hacer cine o documentales. ¿El lenguaje del cómic es ya antiguo?
Resulta curioso cómo, precisamente por su estado moribundo frente al auge de lo audiovisual, el cómic es un campo al resguardo de las presiones del mercado, un remanso de libertad creativa, un género en decadencia que, dejado de lado por el espectador, florece sin cortapisas. Parecen encontrarse allí con más facilidad obras excepcionales que en el elevado campo de las artes plásticas, prácticamente muerto a estas alturas, o en el del cine y la televisión. Su marginalidad es su fuerza.
Lo audiovisual, no obstante, presenta tal potencial estético y comunicador, y está además tan interiorizado por todos nosotros, que resultaría triste renunciar a ello. Creo que lo más recomendable siempre al adentrarse en un campo creativo desconocido es dejarse llevar por la intuición y el sentido lúdico, y dejar las pretensiones para más tarde. Yo de momento no he pasado de ahí.

¿Cómo alteras tu conciencia?
Escuchando la guitarra de Django Reinhardt mientras sostengo en equilibrio sobre la nariz una réplica a escala 1:1 de La galaxia de Andrómeda. Lo suelo hacer los jueves, de 18:20 a 19:05, y algunos días festivos.