"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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lunes, 20 de abril de 2009

PUEBLOS DEL MUNDO: Los hadzabe de Tanzania y los san de Botsuana



Los hadzabe de Tanzania y los san de Botsuana

Fuente:
MAGAZINE 12/04/2009

Texto de Jordi Serrallonga

Fotos de Sebastião Salgado

Los hadzabe de Tanzania y los san de Botsuana pertenecen a la etnia joisán, los últimos pueblos cazadores recolectores de África, cuya forma de vida remite a la historia de la humanidad antes del neolítico
Un grupo joisán de Kalahari (Botsuana) practica una danza de trance en su campamento nómada: los hombres bailan alrededor de las mujeres sentadas. Tras unas pocas horas de trabajo diario, los cazadores recolectores disponen de mucho tiempo libre para dedicarlo a danzar, cantar, narrar historias y reír: son felices. Una realidad que se aleja de la imagen peyorativa que se había divulgado sobre estos pueblos predadores.

Hace 10.000 años, con la llegada del neolítico, la mayor parte de los seres humanos abandonamos una longeva y exitosa vida cazadora recolectora de seis millones de años desde la aparición del primer homínido africano para pasar a una economía productora –agricultura y ganadería primero– que derivó en la sociedad actual. Pero no todos.

Los hadzabe del lago Eyasi, en Tanzania, y los san del desierto de Kalahari, en Botsuana, ambos pertenecientes al grupo joisán, (también denominado khoisan o khoi-san, y mal llamados bosquimanos), mantienen una existencia como pueblos cazadores recolectores y conservan las lenguas más antiguas de la humanidad. Visitarlos permite contemplar escenas del presente que, perfectamente, podrían haber tenido lugar hace 40.000 años.

La presión de los pueblos agricultores y ganaderos en el lago Eyasi y la búsqueda de materias primas por parte de grandes empresas en el desierto de Kalahari hace cada vez más difícil la forma de vida de estos pueblos, tan Homo sapiens, tan inteligentes y tan contemporáneos como cualquier otro grupo humano. En vez de proteger este rico patrimonio, los hadzabe y los san han sido alejados de sus territorios de caza y recolección.

En Tanzania sólo quedan unos 400 hadzabe que viven en pequeños grupos nómadas distribuidos por el área más árida y deprimida del lago Eyasi. Gracias a la presión de organizaciones públicas y privadas, se ha conseguido que puedan adentrarse de nuevo en el área de conservación de Ngorongoro.

En cambio, en Botsuana, la situación de los san del desierto de Kalahari es mucho más complicada. En la década de los noventa todos los grupos fueron confinados en asentamientos donde languidecen lejos de sus costumbres ancestrales. El trabajo de diferentes organizaciones ha conseguido que unos pocos puedan abandonar estos lugares de hacinamiento para ocupar las tierras de ranchos privados donde están recuperando su forma de vida tradicional. Así lo documenta el extraordinario reportaje gráfico de Sebastião Salgado, quien, en enero del 2008, siguió a una veintena de estos cazadores recolectores san en los terrenos de la granja Trail Blazer, en la región de Ghanzi.

En Tanzania, un equipo interdisciplinar de arqueólogos y antropólogos tuvimos también el privilegio de formar una expedición con destino a un mundo perdido que nada tiene que envidiar al que inmortalizó la pluma de sir Arthur Conan Doyle.

Guiados por un rastreador e intérprete local, los wazungu (los hombres blancos en la lengua suajili) partimos antes del amanecer en busca de los hadzabe, una etnia prácticamente desconocida para la mayor parte de la población mundial. Gigantescos y antediluvianos baobabs, esos árboles que parecen crecer al revés y que hacían peligrar la supervivencia del planeta literario de El Principito, aquí son, por el contrario, los majestuosos guardianes centenarios de una región, la Gran Falla del Rift, que encierra algunos de los documentos más apasionantes del patrimonio de la humanidad.

Cazar no es fácil. Un 80% de la dieta de los pueblos joisán se basa en la recolección de vegetales (tubérculos, raíces, frutos, etcétera). Cuando un gran mamífero no se pone a tiro de las flechas envenenadas hay que capturar pequeños animales: insectos, aves, ratones, puercoespines y liebres. Para ello no dudan en cavar o introducirse en las madrigueras.
El control del fuego fue uno de los grandes avances de la humanidad. Los joisán de Tanzania y Botsuana hacen fuego en segundos frotando un bastón contra una base de madera. Lo utilizan para cocinar, calentarse y prender sus pipas. A la izquierda se observa un contenedor de agua: un huevo de avestruz vaciado.


Los hadzabe de Tanzania y los san de Botsuana pertenecen a la etnia joisán, los últimos pueblos cazadores recolectores de África, cuya forma de vida remite a la historia de la humanidad antes del neolítico
Los pueblos cazadores recolectores son nómadas; el sedentarismo no tiene sentido pues los recursos vegetales y animales cambian de ubicación. En la fotografía se observa el desplazamiento de un pequeño grupo joisán: los hombres han capturado un puercoespín mientras las mujeres recolectaban tubérculos con sus palos cavadores. Por la tarde será cocinado en medio de danzas en las que se da gracias al animal y al cazador.
El equipo de científicos sigue el sendero marcado por pisadas humanas y restos de cáscaras del fruto del baobab hasta una pequeña garganta. El disco solar emerge tímidamente, como una gran bola anaranjada, por detrás de las acacias y acompañado del canto de los pájaros tejedores. Los silbidos del rastreador son respondidos por unos interlocutores invisibles; como cualquier palabra del lenguaje humano, tienen un significado: advierten de la llegada de extraños e, importante, son también signo de invitación, de bienvenida.

Tras superar una gran roca caída, la puerta natural que sella el camino, los científicos se encuentran con un pequeño grupo de mujeres y hombres hadzabe. Protegidos en abrigos y cuevas, se calientan en torno a pequeños fuegos mientras–sentados sobre pieles curtidas de kudu– fabrican los estabilizadores de sus flechas con plumas de gallinas de guinea, las cuerdas de sus arcos con filamentos de tendón de antílope, palos cavadores con madera de acacia, etcétera.

El líder del grupo ha dado su aprobación para que los extranjeros puedan acompañarles. Aunque no habrá concesiones; los hadzabe necesitan comer y no adaptarán sus hábitos a las habilidades de los visitantes. Es por esto que, sin previo aviso, unos jóvenes cazadores (jóvenes para los occidentales, adultos en medio de la sabana más esteparia) cogen sus arcos y flechas
–algunas de ellas, envenenadas con la corteza de la rosa del desierto por si se topan con un gran mamífero– y salen corriendo en dirección a los matorrales. Les acompañan un par de niños con arcos más pequeños y flechas con punta de madera afilada destinadas a presas de menor calibre... es la verdadera escuela de los hadzabe. El ritmo es frenético. Si los investigadores quedan enredados y heridos entre la vegetación, como demuestran sus manchas de sangre entre jirones de otrora flamantes camisas, la piel de los cazadores permanece inmaculada y sólo manchada por el polvo.

Tras una hora de tortuosa carrera sin resultados, un profesor universitario escéptico, afectado quizás por el cansancio, llega a dudar de que, en pleno siglo XXI, estas gentes se dediquen realmente a la vida nómada oportunista. ¿Son impostores disfrazados de pueblo troglodita para satisfacción de científicos y turistas? Tres capturas consecutivas acallan la duda; el avezado académico queda atónito cuando su cámara registra cómo dos pequeños pájaros –situados en lo más alto de sendos árboles– son abatidos por uno de los niños que nos acompaña: ambos han recibido un flechazo en la cabeza.
El agua es uno de los bienes más escasos en las sabanas esteparias del lago Eyasi y el desierto de Kalahari, y mucho más en la estación seca. Los joisán cavan en los cauces para buscar niveles freáticos o absorben, como en la imagen, gotas de agua retenidas en las plantas.
Los últimos momentos del día están siempre dedicados a reunirse en grupos, las mujeres juegan con los niños y se encienden los primeros fuegos que retrasan la llegada del frío nocturno. El fuego es el foco de la vida social, y a su alrededor se narran a los pequeños los cuentos tradicionales que forman parte de la cultura del pueblo joisán.

Cuando llega la estación de las lluvias se produce un momento de gran alegría para los joisán. Aunque en la fotografía observamos a dos mujeres protegiéndose de las cortas pero intensas precipitaciones –hace frío y humedad– con improvisados paraguas, el hecho es que las pozas y los ríos se llenan de agua, aparecen nuevos frutos, y los animales acuden para comer en los pastos naturales: es época de abundancia.

Los cazadores de mayor edad también han tenido suerte. Han capturado un gran macho de babuino cuya carne podrán compartir en el poblado. Pero hay que recuperar fuerzas. Además de comer miel de colmenas silvestres, resinas de los árboles, semillas del fruto del baobab o pequeñas bayas, los hombres deben desayunar. Sacan el palo de hacer fuego, fabrican una base de madera plana, desmenuzan una boñiga seca de cebra y en menos de un minuto ya tienen un hogar donde cocinar los dos pájaros más una ardilla.

Cuando el sol empieza a calentar demasiado es el momento de detener la actividad cinegética para regresar al campamento. Pero falta una sorpresa; en el lecho seco de un río, cazadores y científicos se topan con una temida serpiente: la mamba negra. Todo el mundo huye por precaución... sólo los perros se enfrentan al rápido y venenoso ofidio, que se escabulle lejos del valle arenoso. Uno de los investigadores, sabiendo que los hadzabe tienen el campamento muy próximo, les pregunta: ¿por qué no la habéis matado? La respuesta es tan escueta como natural: porque no se come. Los hadzabe sólo cazan o recolectan lo que van a comer. Una idea extraña para el resto de los humanos que dominan hoy el planeta.
Los pueblos joisán conocen productos naturales con los que envenenan las puntas de sus flechas destinadas a la caza de grandes mamíferos. El veneno es muy tóxico y no tiene antídoto. En el lago Eyasi, los hadzabe extraen el veneno de una planta: la rosa del desierto. En el desierto de Kalahari, los san obtienen el veneno de insectos. Unos insectos que, como las orugas de la imagen, son un suculento manjar.

PUEBLOS DEL MUNDO: los dinkas. 5000 años de historia

MAGACINE 02/12/2007

Texto de Bru Rovira
Fotos de Sebastiao Salgado

En el sur de Sudán, el pueblo dinka vive en estrecha relación con la tierra, y sobre todo con su ganado, tan importante en su cultura que incluso modela el lenguaje. Aunque se han visto envueltos en la terrible guerra que enfrentó al norte y al sur del país, los dinkas han conseguido mantener su modo de vida tradicional

vea el reportaje multimedia


Cerca del campamento de Wutliet, las mujeres dinkas se congregan a la sombra de los árboles para moler los cereales. Los dinkas, más de un millón en el sur de Sudán, son mayoría en esta zona del país. Dinkas, nuers, shilluks y otras etnias descienden del antiguo pueblo nilótico que, en sus interminables batidas en busca de pasto para el ganado, fue alejándose cada vez más de sus orígenes y, con el tiempo, dio lugar a otras etnias, como los masais en Kenia o los tutsis en Ruanda y Burundi

El año 2005 empezó en Sudán con la firma de un acuerdo de paz entre el norte y el sur que quería dar por terminada una larga guerra de más de cuarenta años, durante la cual murieron dos millones de personas y otros cuatro fueron desplazados de sus territorios de origen.
Se trata de uno de los conflictos más largos de la historia –y, también, más desconocidos–, donde la geografía, las diferencias culturales y étnicas, la religión, la pobreza y las fronteras políticas creadas a golpe de cartabón por las potencias coloniales complican lo que, para simplificar, se ha presentado como un enfrentamiento entre el mundo musulmán y árabe, del norte, y el mundo negro, católico y animista, del sur. Un conflicto, también, entre la riqueza y la pobreza, donde el racismo y el tráfico de esclavos han estado presentes durante siglos sin que todavía hoy hayan desaparecido completamente. El petróleo que existe en la frontera entre estos dos mundos no ha hecho más que agravar estos conflictos.

Las fotos que en este Magazine presenta Sebastião Salgado fueron realizadas en el 2006, justo un año después de los citados acuerdos de paz. Salgado viajó durante los meses de febrero y marzo a la región y visitó algunas de las comunidades dinka que se desplazan con sus ganados en busca de pastos, entre las ciudades de Bor y Rumbek.

Aislados por la guerra, los dinkas han sido una tribu de difícil acceso para los turistas (no ha ocurrido lo mismo, por ejemplo, con los masai, en Kenia, emparentados también con los pueblos de pastores nilóticos) y, a pesar de que sus miembros han participado como la principal fuerza y dirección del Ejército Popular de Liberación del Sudán (SPLA) en su lucha contra el gobierno de Jartum, la comunidad ha conseguido sobrevivir conservando buena parte de sus costumbres y sistema de vida.

Aquellos que hayan tenido oportunidad de conocer esta aislada región durante estos últimos años, se sorprenderán por las fotos de Salgado, pues éstas evocan una imagen idílica y armónica de la relación que los dinkas tienen con la naturaleza y su hábitat, la misma que debían de tener hace cinco mil años, aunque esta imagen no recuerda precisamente lo que le tocó vivir al pueblo dinka durante los peores momentos de la guerra con el norte, cuando los combates les obligaron a desplazarse, fueron diezmados por la muerte y la hambruna, y sus niños eran sacados del campamento para incorporarlos a las filas de los guerrilleros del SPLA. Uno de sus dirigentes, el doctor Bellario, me acompañó a dar un paseo por lo que quedaba de la ciudad, durante una visita que hice a Rumbek en el año 2002. Nunca olvidaré sus comentarios mientras caminábamos en medio de las ruinas y los hierbajos que cubrían los edificios que, antaño, debieron de tener un cierto esplendor: “Aquí hubo una leprosería”, narraba Bellario mientras yo trataba de distinguir un muro entre la maleza; “aquí hubo una maternidad”, indicaba al tiempo que nos paramos para saludar al único estudiante que consiguió terminar la escuela de toda una generación de ex alumnos que perecieron durante la guerra.

Rumbek era en el año 2002 la capital del Nuevo Sur Sudán, después de que los guerrilleros consiguieran arrebatarla a las tropas de Jartum, que la mantuvo en su poder hasta el año 1998. Parapetados entre las ruinas, los soldados del SPLA controlaban la ciudad (Bor todavía se encontraba en manos de Jartum) y ya empezaban a diseñar su soñada autonomía. “Poco a poco
–dijo un optimista Bellario–, las cosas irán mejorando. Ahora ya tenemos doce escuelas secundarias y una escuela de formación profesional.” El guerrillero no se refería a las escuelas de la ciudad de Rumbek. ¡Hablaba de todo el sur Sudán, un territorio mayor que Francia!


En el sur de Sudán, el pueblo dinka vive en estrecha relación con la tierra, y sobre todo con su ganado, tan importante en su cultura que incluso modela el lenguaje. Aunque se han visto envueltos en la terrible guerra que enfrentó al norte y al sur del país, los dinkas han conseguido mantener su modo de vida tradicional


Campamento de Kei. Los dinkas tienen una gran afinidad con sus animales y a menudo duermen con ellos. Los domestican hasta tal punto que en su relación no hay signos de agresividad

Durante la estación seca, los campamentos concentran hasta cinco mil reses, y durante la estación de lluvia se dispersan en grupos que avanzan siguiendo la hierba regada por el Nilo
Una tarde quise visitar los campamentos dinka, los cattle camps, donde, pese a la guerra, la población dinka se esforzaba por conservar su sistema de vida. También a lo largo del viaje que realicé hasta la frontera de Uganda crucé distintas zonas dinkas donde unas veces me encontraba con guerrilleros desnudos armados con kalashnikovs y otras podía pararme en los cattle camps, que durante la estación seca se convierten en grandes concentraciones de hasta 5.000 reses, y durante la estación de lluvia se dispersan en pequeños grupos que avanzan siguiendo la hierba que crece en este Sudd, regado por el Nilo. En los periodos de lluvia, los dinkas suelen plantar mijo, sorgo y maíz para los meses secos. También se sumergen en lagos y ríos para capturar el pescado que les dará proteínas cuando el agua desaparezca y llegue la estación improductiva.
Los dinkas son una sociedad presidida por la vaca. La vaca tiene una importancia extraordinaria y central. Dentro del campo, los hombres y las mujeres suelen pasar el rato separados y, mientras ellas se ocupan de la comida y los niños, ellos departen junto a los animales, a los que acarician y limpian con esmero. La vaca es tan importante que suelen bautizar a sus hijos con los nombres de sus vacas preferidas o con nombres que hagan referencia al animal. Alek, el nombre de la modelo sudanesa Alek Wek, significa, por ejemplo vaca blanca y negra. El vocabulario que los dinkas utilizan para hablar de la vaca es infinito. “Su percepción del color, luz y sombra en el mundo que les rodea –ha escrito el antropólogo Godfrey Lienhard– está inextricablemente relacionado con el reconocimiento de las configuraciones cromáticas de su ganado.” Si se les privara de este vocabulario, apenas tendrían palabras para describir “su experiencia visual en términos de color, luz y oscuridad”.

La vaca también sirve de alimento y medicina. Todas las mañanas recogen sus orines y los usan para lavarse la cara y verterlos en una vasija con la leche recién ordeñada, antes de beberla. La boñiga de vaca secada al sol se enciende durante la noche para que les proteja a ellos y a los animales de los mosquitos, y utilizan la ceniza de la boñiga para frotarse la piel y esterilizarla contra las picadas de mosquitos y parásitos, así como el orín para teñir el pelo de rojo, en los hombres. Resulta sorprendente observar cómo todas las mañanas cubren con ceniza la piel de los animales al tiempo que les hablan dulcemente al oído antes de partir en busca de pastos de donde regresarán al anochecer para reunirse todos de nuevo.°


Campamento de Amak. Durante la estación lluviosa, los dinkas conviven con el ganado en sus aldeas, se dedican a la agricultura y cultivan principalmente mijo, sorgo y maíz, entre otros cereales


Campamento de Amak al caer el día, cuando la manada regresa al campamento para pasar la noche. Es el momento de mayor ajetreo, cuando se apila y quema el estiércol para que el humo ahuyente a los insectos. En esta región semiárida, la hierba crece por doquier y el ganado pasta a sus anchas, pero durante la estación seca, desaparece y las aldeas quedan desiertas. Sus habitantes se agrupan entonces y parten juntos con las manadas en busca de pastos, llevando consigo sus pertenencias más imprescindibles y los cereales necesarios para los largos meses de sequía. Formando manadas enormes, avanzan en pos de algún paraje que les ofrezca agua y alimento para el ganado y, una vez encontrado, levantan allí sus campamentos, donde, en ocasiones, pueden llegar a concentrarse más de 5.000 reses

Campamento de Kolkuei. La ceniza obtenida al quemar el estiércol la extienden sobre su piel y la de los animales para protegerse de las picaduras de insectos y parásitos

Los hombres conducen el ganado a los pastos cerca de los lagos y canales, donde aprovechan para pescar con lanza. En la imagen, pesca en los pantanos de Akarap, en la región de Pagarau. El pescado constituye la fuente principal de proteínas para los miles de dinkas que se congregan en campamentos en las zonas de los numerosos lagos y canales cerca del río Nilo


lunes, 17 de noviembre de 2008

Los últimos pigmeos


Viaje a Camerún tras los pasos de los últimos pigmeos, un pueblo sin derechos ni tierra. Las talas masivas les empujan a sobrevivir en asentamientos.

El propietario Bantú

El propietario Bantú

Los Angoula, familia de pigmeos baka que habita en la reserva de Dja, en Camerún, son propiedad de Romeo Ninty (jefe bantú, con camiseta roja). También le pertenecen los Wombo, los Ngopka, los Mbelanga. "No pueden irse porque trabajan para mí", dice Ninty.-


La familia Essola

La familia Essola

Arno Essola es bantú y su esposa, Abinajam, baka; tienen tres hijos, esperan otro y viven en Bonando, comunidad mixta. Posan en una vivienda común.

El bosque y el 'mongulu'

El bosque y el 'mongulu'

Rose Ampea, de 55 años, frente a su cabaña o 'mongulu' en el asentamiento de Menzoh. Para los baka, el bosque tiene su propio espíritu, 'Edjengui', el dios generoso y personal que les proporciona a diario cuanto necesitan para sobrevivir, repleto de vida, sonidos y mensajes.

ISABEL MUÑOZ - EL PAÍS - 2008-11-13


Índice

  • Nómadas - Poblado mixto Bonando
  • Nómadas - El propietario Bantú
  • Nómadas - Los más jóvenes
  • Nómadas - El bosque y el 'mongulu'
  • Nómadas - El vestido de caza
  • Nómadas - La familia Essola
  • Nómadas - Las mujeres baka
  • Nómadas - El pequeño pigmeo


Nómadas, sin derechos, tierra o identidad: unos cientos de miles habitan en los grandes bosques de África. Las talas masivas les empujan a sobrevivir en asentamientos. Un viaje a Camerún tras su rastro.

Al citar a los pigmeos, muchos bantúes, la etnia mayoritaria de Camerún, dicen: "Mi baka". Y se refieren a ese hombre, mujer o niño que trabaja para ellos en la casa o en el campo. O en ambos. Criados o esclavos. A veces es un individuo; a veces, familias completas.

"Si aquí enferman y mueren de ese mal del corazón que dice, quizá deberían irse a otro lugar del bosque", le sugiere alguien a Romeo Ntinty, de 42 años, jefe bantú del village de Ajoameoojh (unos 400 habitantes), cerca de Lomié, al este del país. Él se queda sorprendido con la sugerencia. Y algunos de los Angoula, la familia a la que se refieren, se van congregando, en silencio, observando a los visitantes, periodistas y trabajadores de la ONG Plan Internacional (de sus delegaciones de Camerún y España; esta última organiza el viaje) llegados hasta su campamento para observar sus condiciones de vida, como población indígena y minoría étnica que son. "Los pigmeos no tienen derechos sobre la tierra ni documentos de identidad; muy pocos están escolarizados; sus condiciones de salud, higiene y alimentación son precarias, y dependen para subsistir de otras tribus...", había resumido antes, en Bertoua, Denis Tchounkeu, coordinador del programa Derechos y dignidad de los baka, en marcha en esta zona en la que la ONG se implica desde hace dos lustros (de hecho, los primeros niños que apadrinaron al llegar al país en 1986 fueron pigmeos).

Los Angoula y sus vecinos viven en chozas llamadas mongulus; en pequeños claros que son un respiro en esta selva tupida, opresiva, abrasadora, en la que todo es exceso: la luz, el calor, los tonos de verdes y los mosquitos. Hace años, para encontrar pigmeos (para ellos, este término es peyorativo; prefieren ser llamados baka o badgeli) era necesario internarse en el bosque hasta toparse con esas construcciones minúsculas recubiertas con hojas secas de palmera, donde viven casi agazapados a la espera de salir de caza. Nómadas en sociedad cohesionada -organizados en matrimonios monógamos y familias nucleares abiertas, los niños son libres y se buscan la vida solos, los jóvenes solteros disfrutan del sexo, hay divorcio y los ancianos son autoridad-, se establecen en un lugar, y no sólo es la búsqueda de sustento lo que les hace moverse, también la muerte: cuando alguien fallece, se trasladan y lo dejan en paz. Ahora, a los baka se les ve cada vez más en los bordes de la jungla, deambulando en esa tierra de nadie que son las pistas forestales...

Una larga caminata por una senda zigzagueante jalonada de arbustos y de especies gigantescas de árboles nos ha traído hasta aquí. Hasta un paraíso. Y eso que sólo se trata de las estribaciones de la selva húmeda, una de los grandes bosques de África Central; más exactamente, la zona del campamento BA1 del parque natural de Dja, Reserva de Biosfera de la Unesco y Patrimonio de la Humanidad. La mayor parte del territorio aquí continúa siendo virgen. Y ahí, en su interior, los baka son maestros.

"No", responde el jefe bantú, Ntinty, rotundo a la propuesta de traslado de la familia Angoula. "No pueden irse". ¿Por qué no? "Porque ellos trabajan para mí. Trabajan para mi familia desde hace décadas". ¿Quiere decir que es usted su propietario? "Sí, antes pertenecieron a mi padre, y ahora, a mí". Y para certificarlo, escribe los nombres de las familias de su propiedad en la libreta: los Wombo, los Ngopka, los Mbelanga.

"La esclavitud existe. Pero, aun cuando no sea así, el Estado mismo y los bantúes no nos reconocen como ciudadanos de derecho", había contado en Lomié el presidente de Asbak, Valere Akpakoua, una ONG integrada en la red RACOPY, que agrupa a otras locales con objetivo común: mejorar la vida de su pueblo. "Y hoy, al contrario de lo que sucedía antaño, las relaciones bantúes-pigmeos son de confrontación. Hay mucho conflicto sobre la tierra. La necesitamos para sobrevivir".

Que los Angoula son pigmeos salta a la vista. Al igual que lo son los individuos que surgen, ahora y luego, aquí y allá, de entre la vegetación, machete en mano y con un saco a la espalda de tela o paja trenzada, que sujetan con correas a la cabeza, para transportar frutos, cortezas, bayas, leña... Cuerpos adultos con talla de adolescentes y cráneos grandes, piel oscurísima, pelo negro y rizado, los ojos saltones, la nariz ancha y aplastada, los labios prominentes. Son descendientes de los primeros habitantes de Camerún, una de las etnias más antiguas de África. Se calcula que son unos 300.000 en una decena de países. Y con un futuro incierto. Como les sucede a la mayoría de pueblos indígenas, esos casi cinco mil grupos étnicos en el mundo (unos 300 millones de personas). "El derecho internacional ha reconocido ampliamente sus derechos territoriales, pero no existe lugar donde estén libres de persecución", apuntan en Survival Internacional.

El territorio de los baka es el bosque. Y, como cazadores virtuosos, se nutren de la caza del antílope, cerdo, mono...; de la pesca y la recolección. Curanderos reconocidos, saben utilizar la selva como farmacia gigantesca en sus raíces, cortezas, hojas. Amantes de la música y el canto (hay un grupo, Baka Gbine, que ha viajado a Europa, ver www.baka.co.uk), para ellos el bosque está repleto de sonidos y mensajes, tiene su propio espíritu, Edjengui, el dios generoso y personal que les proporciona cuanto necesitan.

En simbiosis han vivido durante siglos y nunca fue problema para nadie. Hasta que la explotación de la madera, el oro verde, ha comenzado a adquirir dimensiones colosales. El ingreso por las exportaciones del sector maderero en Camerún se ha multiplicado por 25 en una década. Y las selvas tropicales aquí se han convertido en botín para las empresas forestales, los cazadores furtivos, los madereros ilegales; para las arcas del Estado y para mucho intermediario. Para comprender el volumen del negocio, basta intentar entrar por carretera a la capital, Yaoundé, al caer la tarde. Allí está la escena: kilómetros y kilómetros antes de llegar, los camiones aparcados en las cunetas, cargados de cuatro o cinco ejemplares de árboles, a la espera de cruzar la ciudad. "Sólo se puede de noche, hasta las siete de la mañana; luego seguimos camino a Douala, al puerto, a Europa", cuenta François Tsabang, uno de los conductores.

La madera exótica está de moda en Europa. Italia y España son de los mejores clientes. El Estado es propietario de los bosques y existe una legislación clara sobre su explotación, pero "no se aplica", dicen en la Organización Internacional de la Madera Tropical (OIMT). La jungla está cedida a pedazos a compañías que talan al mismo ritmo que acaban con la flora y expulsan a la fauna (hombres incluidos). Nueve empresas extranjeras (datos de 2004) tenían 3,15 millones de hectáreas de concesiones (de una zona forestal permanente de 12,8 millones de hectáreas, ese mismo año; para la FAO eran 16 millones en 1989). Una segunda Amazonía.

El sudor cae a chorros sobre los rostros de todos en la reserva de Dja. Posa el patriarca Angoula con Ntinty para las fotografías, y entre ellos, aunque se les pida que se acerquen, queda siempre un hueco, un espacio físico, una distancia inmensa. Quizá la percepción de la posición que cada uno tiene de sí y del otro. "La autoestima. Individual y de grupo. Fuera del bosque no existe. Somos los últimos de los últimos", había afirmado en Abong-Mbang Heleine Aye Mondo. Ella es la fundadora de Caddap, una asociación cuyas siglas la definen: centro de acción para el desarrollo permanente de los pigmeos autóctonos. ¿No es ella misma una excepción, como mujer y como baka?: "No creas, entre nosotros la mujer es fiera y ocupa un rol muy poderoso: construye el mongulu, trae a los hijos, los educa y no hay ninguna decisión que el hombre no le consulte". Y puntualiza: "Yo misma no obtuve mi ciudadanía hasta 2003". Muestra un papel, el gran logro último: un certificado de nacimiento que permite obtener la tarjeta de identidad. "Muchos pigmeos no saben ni del uno ni de la otra; ni cómo conseguirlos. No controlan la lengua oficial, ni los mecanismos administrativos, ni dónde hacerlo. Sin papeles no existimos".

Unos 50.000 baka habitan este país que es como un tesoro (se calcula que en Congo son cuatro veces más). Abres la tapa de este arcón de 475.500 kilómetros cuadrados, poco menos que España, y allí se reúnen todos los paisajes y climas (sabana, al norte; tropical, en el resto), 240 etnias y otras tantas lenguas. Camerún lo tiene todo: el monte homónimo, de 4.100 metros de altura; 400 kilómetros de costa y unos 16 millones de hectáreas de bosques. "Hay casi el doble de zonas naturales y de especies protegidas que en Kenia, pero pocos lo saben", dice Esther Ekoye, la ingeniero agrícola de Plan que ha preparado nuestra ruta. "La pequeña África", la llaman, de tanto que posee este país con crisis económicas recurrentes: ocupa la posición 148 de 177 en el Índice de Desarrollo Humano de la ONU; el 22% de la población urbana y el 50% de la rural vive con menos de un dólar/día. Y entre las etnias que conforman sus 17 millones de habitantes, esa "tribu de enanos" que gritaban los exploradores del siglo XIX a los cuatro vientos siempre fue preciado objeto de literatura, asunto de atracción casi mitológico. Lo sigue siendo: los pigmeos son esos tectón de ficción del africanista Albert Sánchez Piñol en su novela Pandora en el Congo. O cinematográfico: el drama titulado Man to man, de 2005, cuenta la historia tan común de dos pigmeos trasladados en jaulas a Escocia para ayudar a buscar el eslabón perdido. U objeto de investigación, como el homo floresiensis, descubierto en la Isla de las Flores, que sería cual pigmeo de los pigmeos actuales (1,50 metros), pues sólo medía 1.10. Incluso su organización social prehistórica es alabada hasta el punto de ayudar a explicar hoy modelos de management: así lo hace en su Equipos de alto rendimiento: lecciones de los pigmeos, el profesor de Harvard Manfred F. R. Kets de Vries. "La sociedad pigmea es un buen ejemplo de lo que puede hacer la confianza a la hora de simplificar y agilizar los procesos de toma de decisiones, y ofrece varias lecciones útiles para crear equipos de trabajo eficaces".

Lo pigmeo en el imaginario colectivo. Al preguntar al director de Plan en Yaoundé, Amadou Bocoum, por los grupos más primitivos, aquellos que se escarifican la piel, danzan en ceremonias secretas o prohibidas o permanecen desnudos, él se sorprende. El tópico del antropólogo a la caza de culturas milenarias antropófagas sobrevuela la escena. "Ya no existen como tal. Todos tienen contacto con la civilización. Ésa es su realidad hoy y su drama. Nosotros debemos trabajar por la modernidad", concluye. Y, desde sus dos metros de altura, dice que él procede de Mali y que su tatarabuelo también fue nómada. Sonríe como diciendo: "Y en este mundo ¿quién no lo es?".

Si han de asentarse, que lo hagan bien, parece ser la filosofía de ésta y muchas organizaciones de ayuda a los pueblos indígenas. Otras, como Survival Internacional, también, pero ven en el propio proceso de asentamiento un mal ya vivido una y otra vez que provoca males mayores: muertes por enfermedades de contacto, obesidad por sedentarización y alimentación procesada, suicidios, adicciones... Su informe de agosto último lo dice todo: El progreso puede matar. "Los proyectos que desalojan a los indígenas de sus tierras e imponen el progreso causan una miseria incalculable. Esto no es sorprendente: el progreso -la convicción de que 'nosotros sabemos más'- comparte con el colonialismo el efecto de apropiación de tierras y recursos nativos. Los indígenas no sobreviven a esta situación. Por el contrario, cuando están en sus propias tierras y eligen su propio desarrollo, simplemente prosperan". Para ilustrarlo, una frase de un bosquimano: "Primero nos hacen indigentes, al quitarnos nuestras tierras, nuestra caza y nuestro modo de vida. Luego dicen que no somos nada porque somos indigentes".

Al avanzar por la selva, suena una música de insectos y pájaros siempre de fondo... Y de muchas cosas más que el visitante no identifica. Mejor. Dicen que aquí abundan los gorilas de llanura, que hay elefantes, leopardos, más de 300 especies de pájaros, camaleones, tortugas y ¡pitones y víboras...! Mejor no pensarlo y rememorar la anécdota que narra la única guía en castellano sólo de Camerún que encontramos en España. Su autor es Joan Riera, africanista y antropólogo apasionado del país: "En 2000, dos guardas forestales afirmaron haber visto a un gran reptil... Los baka hablan de que habita pantanos y ríos remotos de la jungla... Algunos de sus cazadores dibujan la silueta del gran lagarto de cuello largo en el barro fresco... Podría tratarse de uno o varios ejemplares de saurópodo, especie de dinosaurio semiacuático que mediría más de 10 metros y se habría extinguido hace millones de años". Lo llaman mokele mbembe, "el que para las aguas del río".

El día anterior nos detuvimos en dos asentamientos baka a pie de pista (en la mayoría de recorridos por el Este no hay carreteras asfaltadas; las mejores pistas están en las explotaciones forestales), el de Mayos y el de Menzoh. El primero está dirigido por un jefe baka, Lazard Ngongo, y una jefa de desarrollo, bantú, Georgette Natouma. Una excepción. Cuenta con medio millar de habitantes de las dos comunidades, que habitan en casas de barro; disponen de escuela mixta, pozo y letrinas comunes, además de un museo donde exponen objetos que los relacionan con su forma de vida tradicional. Monitores bantúes y baka, Colette Yie y Mathieu Sangou, muestran cada objeto con orgullo: armas de caza, cestos, el traje de madera para las ceremonias o ritos iniciáticos. El jefe Ngongo, bajo de talla, dientes afilados como es costumbre, gran bigote y ojos enormes, hierático, habla de las grandes dificultades para sobrevivir. Añade: "Plan ha construido nuestras casas y me ha dado el móvil. Se lo agradezco". El centro de salud más cercano está a 10 kilómetros. Y eso obliga a la curandera, Therese Lendo, de 50 años, a trabajar extra: "Los ataques epilépticos, las locuras de la cabeza y cosas de mujeres", dice, es lo que más trata. "En el bosque vivimos mejor", comentan algunos hombres, "pero hay restricciones de caza".

Plan asegura que esta comunidad y la de Bosquet y Bonando, que visitaremos luego, es donde más se aprecia lo conseguido: interacción, intercambio, participación, escolarización, formación técnica y agrícola... Por primera vez hay un consejero municipal que es baka, y en Bertoua, un grupo de ellos emiten un programa de radio que es como un grito, Baka, je suis. "Nutrición, educación y tierra". Ése, decían en Asbak, es el secreto para que su cultura sobreviva. "Y el cambio de mentalidad que llegará en la siguiente generación".

El asentamiento de Menzoh es bien distinto: niños malnutridos, jóvenes pululando desocupados, ancianos deteriorados y la mayoría de hombres adultos alcoholizados, la única actividad posible en este lugar de casas de barro barridas por el polvo rojizo que levanta el trasiego continuo de camiones. Un reguero que viene de los países vecinos. Como las lágrimas de ese bosque "que llora", que dicen ellos. Y sí, podría ser: basta ver los troncos gigantescos de sapelli, moabit, ayous, azobe e iroco cruzar en toda su longitud a cada rato... "Ése, cien años; ése, más; ése, otros tantos...". Quizá no sea llanto, pero sí la prueba evidente de que el mundo pigmeo se desvanece ante sus propios ojos. Y no se engañan. Para confirmarlo les bastaría consultar los informes de organizaciones como la OIMT, del IWGIA, del WWF o el WRM en Internet. Sirvan los de Greenpeace: "El bosque africano de los grandes simios se extendía antaño a lo largo de África, desde Senegal a Uganda. Ahora no. Cerca del 85% de este bosque primario se ha destruido y la industria maderera amenaza el resto. Desde la pasada Cumbre de la Tierra de Río, África tropical ha incrementado en un 25% su tasa de deforestación. Y una parte de esta región ha incrementado su producción de madera en más de la mitad desde mediados de los noventa".

Al marchar, la comunidad de Menzoh en pleno se reúne para una foto: caras tristísimas, deterioro físico apreciable. Nada que hacer, poco que comer y menos que desarrollar, sin formación para los nuevos tiempos. Sólo el círculo vicioso de las ayudas de las ONG, que ellas mismas intentan como pueden romper. Pierre Katabo, director de Plan en Bertoua, califica su tarea de emergency action: "Sus condiciones lo son, necesitan desarrollarse, es urgente darles capacidades para vivir por sí mismos".

Yendo más hacía el Este, camino de Yokadouma, donde se concentra un 40% de pigmeos, entre camiones averiados en mitad de las pistas y asentamientos, cruzamos poblados madereros que lucen como uno imagina debían ser los mineros en el Oeste americano: olor a madera mojada, luces tenues, mucho hombre y herramienta, la cantina y las prostitutas sentadas en los bungalós. Por supuesto, mejor no parar, ni traspasar verjas, ni acceder a las pistas reservadas, ni preguntar siquiera. "Es verdad que las madereras dan trabajo, pero los grandes beneficios no son para la comunidad, sino para los intermediarios", cuenta Victor Amougun, presidente de la ONG Cefaid. Añade que en Yokadouma, ciudad de frontera con la parafernalia propia de su condición (pobreza, delincuencia, misioneros, burdeles, mucha tienda, mucho tráfico y muchos recién llegado en busca de oportunidades), la situación para los baka es extrema. "En todos lados los consideran intrusos". Desde su asociación les acompañan y asesoran para que sepan defenderse con la burocracia y las leyes. Que denuncien abusos. "El gran problema es la ignorancia. Su sabiduría sobre el bosque es inmensa, pero nadie la reconoce". En Congo, dice, emplean a muchos como guías. "Aquí los han usado, a veces, para identificar especies de árboles buscados. Y luego los talan. O para cazar animales concretos, y luego los encarcelan por ilegales. Les engañan. Ellos ya no confían". Y sí: hay algunos que trabajan dentro de las explotaciones. "¿Qué otra cosa pueden hacer?".

Luego, Martin Sigawie, de la tribu bimo, nos acerca hasta Akambi, donde ayer nació el pequeño baka Banguy Heman, de padres documentados, con nombre y apellido. "Un corto trecho, primero; otro largo, después, y llegamos", dice Martin. Pero anda tan deprisa que es difícil seguirle. La hilera de personas detrás se deshilacha. De nuevo surge la imagen del gorila, la víbora o el mono al acecho. Pero mucho rato, mucho calor y mucha selva después, quienes aparecen son Madeleine Ayola, Madeleine a secas, Emiliane y su bebé, y Mary. Ninguna mayor de 14. No saben leer o escribir, nunca han visto una cámara digital, ni contemplado su propia imagen, o escuchado su voz. A la blanca extranjera visitante le enseñan sus casas, sus bebés, sus ropas... Se sientan luego a mirar. Y cantan. Sin remedio, hay que preguntarse qué será de ellas.

Y en el medio del claro, solos, rodeados de árboles inabarcables, cuenta Martin que el poder aquí pasa de padres a hijos, pero que el jefe bantú de Nyabonga, el poblado más cercano, afirma que si el bosque es de todos y los baka estaban ya antes en él, suyo es. Y eso es un paso. Aunque sea pigmeo.

martes, 26 de febrero de 2008

PUEBLOS DEL MUNDO: Los samis: vivir en la tundra

Habitantes de las tierras más septentrionales de Europa

El pueblo sami, también denominado lapón, habita en una región
que se extiende por el norte de Noruega, Suecia, Finlandia y la península
de Kola, en el noroeste de Rusia, región conocida como
Laponia, pero que ellos prefieren llamar Sapmi.

Se considera a los samis como la población aborigen de la península
Escandinava, pues se han hallado evidencias de que las costas
árticas escandinavas estaban pobladas hace 11.000 años por
un pueblo que vivía ya de la pesca y la caza de renos.
Según las estimaciones oficiales, hoy son unos 70.000-80.000 individuos,
la mitad de los cuales vive en Noruega, otra cuarta parte
en Suecia, y el resto en Finlandia y Rusia. Sin embargo, podrían
llegar a 100.000, pues no hay ningún censo global y los gobiernos
quieren mantener bajas esas estimaciones.

Un ejemplo de adaptación al medio ártico
El clima frío, el suelo –helado durante el largo invierno y frecuentemente
cubierto por la nieve en primavera y otoño– y el aislamiento
que se deriva de esas duras condiciones ambientales, dificultan
enormemente la vida de los samis. Pero ellos han desarrollado modos
de supervivencia desde hace siglos.

Se trata de un pueblo tradicionalmente nómada o seminómada,
que habita entre la tundra y la taiga o bosque boreal.

Los samis se organizan en pequeñas comunidades, cada una de
las cuales posee su propio territorio de pastos, en el que también
puede cazar y pescar. Sus actividades tradicionales son la caza, la
pesca y, sobre todo, el pastoreo de renos.

El reno lo es todo para los samis: su oficio, su principal alimento
–junto al salmón–, fuente de productos para la confección de sus
trajes y sus tiendas (lavvus), etc. Del reno aprovechan casi todo: la
piel para las tiendas y la ropa, los tendones como hilo de coser, y
los cuernos y huesos para elaborar ciertos instrumentos.

Los samis siguen a los renos en sus movimientos estacionales entre
la montaña, a la que llegan en otoño, y la costa, a la que llegan
en primavera. Durante el desplazamiento, varias familias se juntan
y viven en comunidad en torno a un campamento –siida– hasta
que llega el momento de partir nuevamente tras el reno. Los siida
se levantan en tierras con buenos pastos, en las que las familias sitúan
sus gammes o cabañas hechas con madera, corteza y piedra.

Entre el siida de verano y el de invierno, los samis viven en sus
tiendas de piel de reno y palos de abedul, los lavvus.

Un pueblo respetuoso con la naturaleza y que lucha por mantener viva su cultura
Hoy, muchos samis practican el luteranismo. En el pasado, su sistema
de creencias era animista. Los samis creían en la existencia
de muchos dioses que dirigían los poderes de la naturaleza. La voluntad
de estos dioses era interpretada por el hechicero sami, llamado
noaid.

Sami

Zona donde habitan los samis

NORUEGA
SUECIA
FINLANDIA
ESTONIA
LETONIA
LITUANIA
LITUANIA

Los samis habitan en las tierras en torno al Círculo Polar Ártico.

INVESTIGACIÓN

El idioma de los samis pertenece al grupo fino-ugrio de la familia
de lenguas urálicas. Una palabra sami se ha extendido por todo el
mundo: «tundra».

Los samis luchan hoy por mantener viva su cultura (su idioma, su
folclore, sus tradiciones…) y por no perder los derechos a la tierra
y al agua que consideran suyos desde hace miles de años y que
constituyen un obstáculo para la explotación de los recursos naturales
de la región: los bosques, la energía hidráulica y el hierro.

Familia sami.

SABÍAS QUE…

La mayoría de los samis trabaja y vive en las poblaciones. Solo
unos pocos se dedican aún al pastoreo nómada de renos y, en lugar
de trineos y perros, usan sobre todo las motos de nieve, que
hacen más fácil el seguimiento de las manadas y el remolque de
sus casas desmontables, que hoy día se construyen con materiales
más ligeros e impermeables.

A ello ha contribuido el hecho de que, en las últimas décadas, los
samis han perdido grandes zonas de pastos en favor de otras actividades
económicas, fundamentalmente la industria forestal. Esta
requiere una red de caminos que han fragmentando las tierras
donde pastan los renos, lo que ha obligado a los samis a dividir los
rebaños y a utilizar motos para nieve e incluso helicópteros para vigilar
a los animales.

Además, progresivamente, el turismo va formando parte del modo
de vida sami. En la primavera y el verano principalmente, las rutas
guiadas con trineos tirados por huskies o renos, o en motocicletas
de nieve, y, en general, la afluencia turística completan los ingresos
de los samis.

1. Relaciona las personas con su medio físico.
• ¿Por qué se dice que los samis representan
uno de los casos más extremos de adaptación
humana a las condiciones más duras?
Explica cómo se han adaptado al medio ártico.
• En el pasado, los samis consideraban que todos
los seres, animados e inanimados, tienen
su espíritu. ¿A qué crees que se debía esta
concepción del mundo? ¿Conoces otros pueblos
aborígenes que tengan hoy un sistema
de creencias «animista»? Si es así, cítalos.
• ¿Qué factores más importantes han motivado
el deterioro de su modo de vida tradicional
en las últimas décadas?
2. Analiza su vestimenta.
• Describe el vestido y el calzado de los samis.
• Explica cómo influyen las condiciones
ambientales en esos dos aspectos.
3. Busca información.
• Entra en la dirección
http://www.cervantesvirtual.com/historia/THogonia_taiga_tundra.shtml
y lee sobre las creencias nativas de los samis y de
otros pueblos que habitan en la tundra
y en la taiga. A continuación, elabora un breve
resumen comparativo.

4. Busca imágenes y vídeos de los sami en internet.

PUEBLOS DEL MUNDO: Los masais: vivir en la sabana

FUENTE: Indexnet- Santillana





Habitantes de la sabana africana

Los antecesores de este pueblo, procedentes unos del valle del Nilo
y otros de Etiopía, migraron hacia el África oriental y se mezclaron
en la región del lago Turkana.

Posteriormente, los masais continuaron desplazándose hacia el
sur, y en el siglo XIV dominaban la mayor parte del valle del Rift
y las tierras altas contiguas. Era un pueblo poderoso, ganadero y
guerrero, muy temido por sus saqueos. Pero cuando llegaron los
colonizadores europeos, a principios del siglo XX, los masais se vieron
desplazados de las tierras más ricas.

Hoy viven en las sabanas del sur de Kenia y el norte de Tanzania,
y su número ronda los 250.000.

La vida en estas tierras es difícil debido sobre todo a las altas temperaturas
y a la aridez, pero los masais han desarrollado sistemas
de supervivencia desde hace miles de años.

Un ejemplo de adaptación a la sabana

Los masais son pastores nómadas. Su vida y su cultura tradicional
giran en torno a su ganado (principalmente vacas y bueyes, pero
también ovejas y cabras), y por eso se desplazan constantemente,
dependiendo de la estación, en busca de agua y de pastos.
La supervivencia de este pueblo depende de la salud y la fortaleza
de sus animales. De ellos obtienen la leche, el artículo básico de la
dieta masai, que suelen mezclar con la sangre de vacas y bueyes;
de los animales obtienen también el excremento con el que recubren
sus chozas. Casi nunca comen carne; solo en ceremonias y
fiestas sacrifican algún animal, generalmente alguna oveja o cabra.
Ahora bien, cuando lo hacen aprovechan todo del animal: los
cuernos los emplean como recipientes, con las pezuñas y los huesos
hacen adornos y armas, y curten la piel para confeccionar calzado,
vestimenta, etc.

En ocasiones toman alimentos vegetales: semillas y frutos de plantas
silvestres. A diferencia de otros pueblos de la región, los masais
rechazan los productos de la tierra cultivados, porque consideran
que la agricultura es una actividad indigna e impura.
Se organizan en grupos de varias familias que pastorean juntas el
ganado. Cada grupo (enkang) vive en un conjunto de chozas rodeado
por un cercado. Las chozas de ese poblado (i-manyat) son
construidas por las mujeres con ramas entrelazadas, hierba y barro
mezclado con excremento de vaca para el revestimiento; los tejados
son de paja. La puerta de acceso a ellas es muy pequeña y
no tienen ventanas. Las chozas se disponen formando un amplio
círculo u ovoide interior, llamado boma, que les sirve de corral
donde duerme el ganado durante la noche.

Todo el poblado está cercado por una empalizada de espinos, que
protege a los masais y al ganado de los ataques de los grandes depredadores,
principalmente hienas, leopardos y leones.


Grupo de masais.

Zona donde habitan los masais

TANZANIA
OCÉANO
ÍNDICO
UGANDA
KENIA
RUANDA
BURUNDI
REP. DEM.DEL CONGO

En la actualidad los masais viven en Kenia
y Tanzania.


INVESTIGACIÓN

Un pueblo organizado jerárquicamente en función de la edad

La comunidad masai se organiza en grupos de edad masculinos,
cuyos miembros deben pasar una serie de rituales y ceremonias
para convertirse primero en «guerreros» a los quince años, y después
en «ancianos» a partir de los treinta. Estos son los que tienen
más peso entre los masais, ya que son ellos quienes toman las decisiones
importantes, de forma igualitaria y reunidos en consejo.
En cuanto a sus creencias, los masais veneran al dios creador
Ngai (Enkai), ante el que se llevan a cabo ofrendas y rezos para
pedir la lluvia, la protección, etc. Asimismo creen que su dios les
ha concedido todo el ganado de la tierra. Sin embargo, actualmente,
muchos masais pertenecen a varias iglesias evangélicas.

Los ritos más importantes se relacionan con la edad o los ciclos vitales.
Los masais no creen en el más allá; por eso no tiene sentido
rezar u honrar a los muertos, que son abandonados en la llanura.
El anciano experto en rituales (oloiboni) es el responsable religioso
del poblado.

Los masais tienen una lengua propia: hablan maa.

Joven masai.

SABÍAS QUE…

Hasta los comienzos del siglo XX y la llegada de los colonizadores
europeos, los masais pastoreaban libremente. El trazado de fronteras
les obligó a modificar en parte su estilo de vida tradicional.
A lo largo de las últimas décadas, la mayor parte de lo que fue territorio
masai ha sido parcelado y ocupado por haciendas o granjas
privadas o declarado por los gobiernos espacio natural protegido.
Porque en las últimas décadas, tanto en Kenia como en Tanzania,
se han desarrollado mucho las infraestructuras para recibir al gran
número de turistas que acuden a visitar estos parques y reservas
repletos de fauna africana y de bellos paisajes.

El resultado es que muchos masais se han visto obligados a cambiar
de vida. Algunos han abandonado sus poblados y trabajan
como personal de servicios de empresas turísticas. Muchos de los
que han permanecido en sus tierras son utilizados como reclamo
turístico.

ACTIVIDADES

1. Relaciona las personas con su medio físico.
• ¿Por qué se cita a los masais como
un ejemplo de adaptación humana
a condiciones difíciles? Explica cómo
se han adaptado a la vida en la sabana.
Ten en cuenta los siguientes aspectos:
actividades económicas, vivienda, alimentación,
vestimenta, etc.
• ¿Por qué algunos masais han alterado su estilo
de vida tradicional en los últimos tiempos?
¿A qué problemas debe hacer frente hoy este
pueblo?
2. Analiza su vestimenta.
• Describe el peinado, el vestido, el calzado
y los adornos de las mujeres masais.
• Explica cómo influyen los factores ambientales
en su vestimenta y adornos.
3. Busca información.
• Entra en http://www.mapahumano.fiestras.com
y lee la información que ofrece sobre los masais.
Después, elabora una breve redacción sobre el
rito de iniciación, que convierte a los muchachos
en jóvenes guerreros.
4. Busca imágenes y vídeos de los masais en internet.
5. ¿Crees que en nuestro entorno cultural los chicos también tienen que superar de algún modo rituales de iniciación a la edad adulta, para ser reconocidos plenamente como hombres?. Si es así, di cuáles.¿Y las chicas?. ¿Tienen que pasar alguna prueba para ser consideradas mujeres adultas?. ¿Qué opinas al respecto?.
6. ¿Se valora en nuestro entorno la edad y la experiencia?

PUEBLOS DEL MUNDO: Los yanomamis: vivir en la selva

FUENTE: Indexnet-Santillana







Habitantes de la selva amazónica

Los yanomamis viven en la selva amazónica, en el territorio que se
extiende a ambos lados de la frontera entre Venezuela y Brasil. El
término «yanomami» significa «ser humano», «la gente».
Es una de las tribus indígenas más numerosas que habitan en la
Amazonia. Se estima que son alrededor de 20.000 personas, de
las que unas 11.000 viven en el sur de Venezuela, en los Estados
de Amazonas y Bolívar, y casi 9.000 en el norte de Brasil, en los
Estados de Roraima y Amazonas.

No se sabe cuánto tiempo han habitado los yanomamis en este territorio;
probablemente, desde que los primeros seres humanos
llegaron a América del Sur.

La vida en este lugar es difícil debido al sofocante calor, la elevada
humedad y el aislamiento originado por la exuberante vegetación.
Un ejemplo de adaptación al medio ecuatorial

Debido a la humedad, los suelos de la selva amazónica están muy
«lavados» y son poco fértiles. Por eso, los yanomamis practican
una agricultura itinerante.

Es una agricultura de «tala y quema», también llamada de «rozas
por fuego». La técnica es simple: se talan los árboles y se abre un
claro en la selva; después se queman aquellos y con sus cenizas
se abona la tierra, lo que permite sembrar sin arar. Estos huertos
(llamados «conucos» en Venezuela) son temporales: se pueden
cultivar solo 2 o 3 años, porque el suelo se agota y es necesario
dejarlo descansar y abrir otro claro para el cultivo. Por eso los yanomamis
se desplazan continuamente.

En sus conucos los yanomamis cultivan numerosas plantas: unas
para alimentarse, otras para fines rituales (por ejemplo, el tabaco),
algunas medicinales y otras que sirven como colorantes o para fabricar
utensilios y enseres (como el algodón, que usan para hacer
sus hamacas y su vestimenta, aunque esta es escueta).
La agricultura es una actividad fundamentalmente masculina, sobre
todo la limpieza, la tala y la quema; la siembra y la cosecha
son realizadas por hombres y mujeres.

Practican también la caza, la pesca y la recolección (por ejemplo, de
miel). La caza y la pesca son tareas masculinas; la recolección, femenina.
Para cazar utilizan el arco y las flechas, en cuyas puntas ponen
un veneno mortal, el curare. Para pescar emplean las flechas y el
timbó, un veneno que mueven en el agua para atontar a los peces.
Construyen sus casas próximas a sus conucos. Cada comunidad
yanomani vive en una enorme casa comunal (shapono) de madera
con techumbre de palma, que puede albergar hasta 400 personas,
aunque generalmente reúne entre 20 y 50 individuos. Suele
tener forma de anillo, con el centro abierto para celebrar danzas y
ceremonias. Cada familia tiene su hoguera bajo la zona cubierta
con palma y duerme en hamacas alrededor de ella.

Poblado yanomami.


Zona donde habitan los yanomamis:
BRASIL
VENEZUELA
SURINAM
COLOMBIA
PERÚ
GUYANA

Guayana Francesa(Francia)

Los yanomamis viven en la frontera entre Venezuela y Brasil.


INVESTIGACIÓN

Un pueblo solidario y respetuoso con la naturaleza

El shapono favorece una vida social intensa y animada. Las familias
comparten unas con otras la caza, la pesca y la cosecha. Alrededor
de las hogueras, comen, conversan, fabrican sus utensilios
y enseres, enseñan sus tradiciones a los niños y cuentan sus historias
y mitos, ya que la sabiduría yanomami se refleja en los mitos.
Sus hechiceros («chamanes») conocen largos repertorios míticos
que relatan de forma dramática. También realizan conjuros y sortilegios
y preparan amuletos para protegerse de los espíritus, pues
los yanomamis creen que estos habitan en todos los seres.
Tienen una lengua peculiar, que no se puede incluir en ninguna
de las grandes familias lingüísticas conocidas.

SABÍAS QUE…

El contacto con la civilización occidental no ha alterado apenas su
modo de vida tradicional. Sin embargo, sí que ha tenido serias
consecuencias en su medio ambiente y también en su salud.
En los años setenta y ochenta del siglo XX, la construcción de una
carretera a través de territorio yanomami en la Amazonia brasileña
puso en grave peligro la supervivencia de este pueblo. Los yanomamis
sufrieron mucho a causa de la invasión de sus tierras por
buscadores de oro brasileños, los garimpeiros. Los mineros les dispararon,
destruyeron sus aldeas e introdujeron enfermedades contra
las que los indígenas no estaban inmunizados. En apenas siete
años murieron el 20 % de los yanomamis.

Gracias a la presión internacional, el territorio fue declarado Parque
Yanomani en 1992, y expulsados los buscadores de oro.
El problema es que los indígenas no poseen derecho de propiedad
sobre estas tierras, que ocupan unos 10 millones de hectáreas,
porque Brasil no se lo reconoce. Hay muchas personas interesadas
en que se reduzca la reserva yanomami.
Por si todo esto fuera poco, también se ha hecho público que se ha
utilizado a los yanomamis en investigaciones genéticas y médicas.
Indígena yanomami.

1. Relaciona las personas con su medio físico.
• ¿Por qué se cita a los yanomamis como un
ejemplo extremo de adaptación humana a las
condiciones más duras? Explica cómo se han
adaptado a la vida en la selva. Ten en cuenta
los siguientes aspectos: actividades económicas,
vivienda, alimentación, vestido, etc.
• ¿Por qué algunos antropólogos temen que
los yanomamis estén «en peligro de extinción»?
¿A qué problemas debe hacer frente actualmente
este pueblo?
2. Analiza su vestimenta.
• Describe el peinado, el vestido y los adornos
de las personas de las fotografías.
• Explica cómo influyen los factores ambientales
(clima, vegetación…) en su vestimenta
y adornos.
3. Busca información.
• Entra en la dirección
http://www.mapahumano.fiestras.com/
y lee la información que ofrece sobre los yanomamis.
Después, elabora una breve redacción sobre
una de las costumbres más peculiares de este
pueblo, como es el rito funerario o mortuori
4. Busca imágenes y vídeos de los yanomanis en internet.
5. ¿Crees que en nuestro entorno cultural también se asocia la condición de hombre o de mujer a determinadas actividades o tareas?. Si es así, di cuáles. ¿Te parece bien?

PUEBLOS DEL MUNDO: Los pastores mongoles: vivir en el desierto asiático








Habitantes de las estepas y desiertos de Asia central



Los mongoles son originarios de las tierras que hoy ocupan
Mongolia,China y Rusia.

En la actualidad, se calcula que son unos 8.500.000 individuos,
de los que aproximadamente 4 millones viven en la Región Autónoma
de Mongolia Interior (China) y algo más de 2 millones en
Mongolia. La mayoría de ellos habitan en el desierto de Gobi, situado
entre el sur de Mongolia y el norte de China; precisamente, el
término «gobi» significa desierto en mongol.

La vida en este vasto territorio, donde alternan praderas, estepas y
desiertos, es difícil debido al clima extremo (en invierno, las temperaturas
bajan hasta 50° bajo cero; y en verano, suben hasta los
40°) y a la aridez. Sin embargo, los nómadas mongoles han desarrollado
modos de supervivencia desde hace siglos.

Un ejemplo de adaptación a las tierras desérticas y semidesérticas

Las temperaturas extremas y la aridez dificultan el crecimiento de
la vegetación y de las plantas; por eso el modo de vida tradicional
de los mongoles es nómada, y su actividad principal, la ganadería.
El ganado constituye su única riqueza; por eso los pastores mongoles
se desplazan continuamente en busca de pastos naturales
con sus caballos, pequeños y fuertes, capaces de recorrer enormes
distancias y soportar los fríos inviernos; y sus rebaños de camellos,
cabras, ovejas y yaks.


Los nómadas mongoles viven en tiendas que transportan consigo y
que se conocen como yurtas. Se trata de tiendas hechas de fieltro
(elaborado prensando la lana de ovejas y cabras), sostenidas por
un armazón de varas de madera unidas entre sí con tiras de piel y
fácilmente desmontables. Tienen forma cilíndrica, con el techo en
forma de cúpula y un agujero redondo en él para facilitar la salida
de humos y la entrada de aire; ese agujero se puede cerrar cuando
llueve con un trozo de fieltro móvil. Las distintas piezas de fieltro
que forman la tienda se sujetan por medio de cuerdas de pelo
que dan varias vueltas a todo el conjunto.

Los animales son la principal fuente de alimentación de los pastores
mongoles, que consumen mucha leche y derivados y poca carne.
Matan el ganado en septiembre, y el resto del año se alimentan
de carne seca, que cuecen para hidratarla junto con algo de
grasa de yak, y en ocasiones, pasta que compran en los poblados
por los que pasan. Con la leche, ya sea de cabra, yak, vaca o
yegua, elaboran quesos, mantequilla, nata y yogur. La bebida tradicional
que toman a diario los mongoles es el té, que hierven
en leche.

Los excrementos del ganado sirven para alimentar el fuego de sus
hogares, para cocinar y calentarse.

Zona donde habitan los mongoles:

KAZAJSTÁN MONGOLIA
UZBEKISTÁN
TURKMENISTÁN
KIRGUIZISTÁN
TAYIKISTÁN
AFGANISTÁN
IRÁN
PAKISTÁN
INDIA
NEPAL BUTÁN
BANGLADESH
MYANMAR
VIETNAM
LAOS
CHINA
TAILANDIA


Los mongoles se distribuyen por Asia Central.


Un pueblo fuerte, rudo e integrado con la naturaleza

Los mongoles tienen un idioma propio, el mongol.
La mayoría de ellos se han convertido al budismo lamaísta tibetano,
pero el chamanismo se sigue practicando. El chamán es una
figura importante para los mongoles; es alguien capaz de mantenerse
consciente cuando, en estado de trance, se coloca entre el
mundo de los vivos y el de los muertos para recibir el don de la
adivinación y la facultad de curar. La leyenda cuenta que el propio
Gengis Kan recurría a chamanes para que le aconsejaran.
Los nómadas mongoles respetan profundamente al lobo, aunque
deben guardar sus rebaños de él. De hecho, los mongoles han
considerado durante mucho tiempo al lobo como tótem. Se cuenta
que su cruel y fuerte espíritu, y su sabiduría y coordinación como
manada inspiró a Gengis Kan y a su ejército durante la conquista
del continente euroasiático en el siglo XIII. Y cuando un pastor
mongol muere, a menudo es enterrado cerca de la guarida de un
lobo, pues existe la creencia de que el lobo puede llevar el alma
del muerto al Tengger, el cielo de los mongoles.

1. Relaciona las personas con su medio físico.
• ¿Por qué se señala a los nómadas mongoles
como ejemplo de adaptación humana
a condiciones ambientales difíciles? Explica cómo
se han adaptado a la vida en las estepas
y los desiertos de Asia central. Ten en cuenta
los siguientes aspectos: actividades económicas,
vivienda, alimentación, vestimenta, etc.
• ¿Qué ha motivado el deterioro de su modo
de vida tradicional en los últimos años?
2. Analiza su forma de vida.
• Describe cómo es una yurta. Explica por qué
crees que son así.
• Para este pueblo los chamanes son importantes.
¿Conoces otros pueblos que practiquen
el chamanismo? Si es así, cítalos.
3. Busca información.
• Entra en la dirección
http://www.wikipedia.org/wiki/Mongol
(etnia) y busca información sobre la historia de los mongoles
y, en particular, sobre Gengis Kan. Después,
elabora una breve redacción al repecto.
4. Busca imágenes y vídeos de los mongoles en internet.



Los dzud y el fin del estilo de vida tradicional de los nómadas mongoles

A principios de esta década y durante varios
años, unas setenta y cinco mil familias
de nómadas mongoles padecieron una grave
hambruna debido a la muerte de millones
de cabezas de ganado. Naciones Unidas
y la Cruz Roja Internacional hicieron un
llamamiento internacional para ayudar a estas
familias proporcionándoles alimentos y
ropa de abrigo.

La causa fue el fenómeno conocido como
«dzud», específico del invierno mongol, que
se puede traducir como «desastre invernal»,
y que se caracteriza por temperaturas por
debajo incluso de los 50° bajo cero y fuertes
ventiscas, algo especialmente grave si
tiene lugar tras un verano muy seco.
La pérdida de ganado y, por tanto, del estilo
de vida tradicional ha hecho que decenas
de miles de nómadas mongoles emigren a
las ciudades y que estas se vean desbordadas
por su llegada y no puedan proporcionarles
ni los servicios necesarios ni empleo.
La población de Ulan Bator, la capital de
Mongolia, se duplicó en los últimos diez años
y, según las previsiones, volverá a hacerlo
en los próximos diez o quince.

La mitad de los vecinos de Ulan Bator vive en yurtas.






PUEBLOS DEL MUNDO: Los bosquimanos: vivir en el desierto africano


Habitantes de las estepas y desiertos del sur de África








Los bosquimanos son los habitantes más antiguos del cono sur
de África, donde han vivido durante al menos 20.000 años. Otros
pueblos se refieren a ellos con distintos nombres: «san» (extraños,
vagabundos) en Namibia o «basarwa» (pueblo que no tiene nada)
en Botswana. Pero el término más aceptado es el de bosquimanos,
en inglés bushmen, que se puede traducir como «hombres
de los matorrales».

Sus antepasados ocupaban casi toda el África meridional y probablemente
parte de África oriental, pero fueron desplazados por los
bantúes y los hotentotes, pueblos ganaderos, que fueron posteriormente
diezmados y despojados de sus tierras por los colonos holandeses
en el siglo XVII. Hoy, la mayoría de los bosquimanos (se
calcula que son unos 95.000) vive en el desierto del Kalahari, en
un área de más de 500.000 km2 entre Bostwana y Namibia, aunque
existen grupos dispersos por distintos países del sur de África.
La vida en estas tierras es difícil debido sobre todo a la aridez, pero
los bosquimanos han desarrollado sistemas de supervivencia desde
hace miles de años.

Un ejemplo de adaptación al medio estepario y desértico

Los bosquimanos se organizan en pequeños grupos familiares,
cada uno de los cuales dispone de un territorio para autoabastecerse
y en los que las tareas están repartidas por sexos.

• Las mujeres se ocupan de la recolección de frutas, frutos secos
y raíces, alimentos que constituyen la mayor parte de su dieta
diaria. También recogen gusanos, insectos y animales pequeños
(tortugas, sapos, etc.), y agua y madera para el fuego.
• Los hombres se encargan de cazar, sobre todo distintas especies
de antílopes, cuya carne se considera un alimento especial
y muy valioso. Además, su piel se utiliza para el vestido, los huesos
para elaborar armas, etc. Para cazar utilizan un pequeño
arco de madera y flechas. Cuando se trata de un animal grande
(como puede ser un impala, un búfalo o una cebra) las puntas
de las flechas se impregnan de un veneno que elaboran a
partir de la savia de una planta conocida como panjupe.
Tanto unos como otras son capaces de recorrer grandes distancias
a pie sin mostrar el más mínimo indicio de fatiga.

Algunos grupos de bosquimanos no disponen de cabañas: viven
en los matorrales y aprovechan los arbustos grandes para cobijarse
entre ellos, exceptuando la época de lluvias, en la que acuden a
alguna cueva para refugiarse; de ahí su denominación, «hombres
de los matorrales». En otros grupos, las mujeres construyen toscas
estructuras con la madera que recogen, aunque las utilizan solo
de forma temporal.



Zona donde habitan los bosquimanos


La mayoría de los bosquimanos viven en Namibia y Botswana.

INVESTIGACIÓN

Un pueblo solidario, hábil y con un lenguaje muy peculiar

En la comunidad bosquimana no existen propiedades particulares;
a excepción del arco y las flechas, los pocos enseres que posee el
grupo son de todos. Además, el cuidado de ancianos y enfermos
es tarea común.

Los niños pasan gran parte del tiempo escuchando las historias de
sus mayores y aprendiendo el arte de la caza. Por su parte, las niñas
acompañan a las mujeres para recoger frutos y raíces de pequeños
arbustos.

Los distintos grupos de bosquimanos hablan diversos idiomas,
casi todos ellos «lenguajes clic», o «lenguajes de chasquido»,
pues utilizan varios chasquidos y sonidos hechos con la lengua
para comunicarse.


SABÍAS QUE…

En la actualidad, solo algunos grupos de bosquimanos viven exclusivamente
de la caza y la recolección. En las últimas décadas, se
les ha arrebatado casi por completo la tierra que les quedaba para
establecer granjas, ranchos o reservas naturales. Por eso, la mayoría
viven como pastores trabajando gratis o por salarios minúsculos
como jornaleros, criados o en asentamientos del gobierno.
En los últimos años los bosquimanos han comenzado a reclamar
sus derechos a través de diversas organizaciones, lo que ha agravado
su situación.

Así, como denuncian algunas ONG, desde los años ochenta del siglo
XX el gobierno de Botswana ha tratado por todos los medios de
desalojar a los bosquimanos que viven en la Reserva de Caza del
Kalahari Central, para dejar vía libre a la conservación ambiental,
el turismo y la extracción de diamantes. En 1998 en torno a un tercio
de los habitantes habían sido inducidos por las autoridades a
abandonar la reserva y trasladarse a «campos de reasentamiento»,
donde no pueden conservar su modo de vida.
Grupo de bosquimanos.

ACTIVIDADES

1. Relaciona las personas con su medio físico.
• ¿Por qué se menciona a los bosquimanos como
un ejemplo de adaptación humana a condiciones
ambientales muy difíciles? Explica cómo se han
adaptado a la vida en tierras desérticas
y semidesérticas. Ten en cuenta los siguientes
aspectos: actividades económicas, vivienda,
alimentación, vestimenta, etc.
• ¿Qué factores principales han motivado
el deterioro de su modo de vida tradicional
en los últimos años?
2. Analiza su vestimenta.
• Describe la vestimenta, el calzado, los adornos
y las armas que llevan los bosquimanos
de las fotografías.
• Explica cómo influyen las condiciones
ambientales en todos esos aspectos.
3. Busca información.
• Entra en la dirección
http://www.survival.es/tribes.php?tribe_id=104
y lee la información que ofrece sobre los bosquimanos.
A continuación, elabora un breve resumen sobre
la situación en que se hallan hoy los distintos
grupos de bosquimanos y las medidas que están
adoptando para defender sus derechos.
4. Busca imágenes y vídeos de los bosquimanos en internet.
5. ¿Crees que en nuestro entorno cultural también se asocia la condición de hombre o de mujer a determinadas actividades o tareas?. Si es así, di cuáles.

PUEBLOS DEL MUNDO: Los irulas: vivir en los bosques

Habitantes de los bosques y ríos de la India meridional

Las comunidades indígenas irulas habitan en el Estado de Tamil
Nadú, en el sur de la península del Decán (India), y también en la
isla de Sri Lanka.

Según las estimaciones oficiales, solo en Tamil Nadú sobreviven
más de 150.000 irulas. Son de baja estatura, piel muy oscura, nariz
achatada y pelo negro rizado y poco abundante.

En la actualidad, la vida de estos aborígenes resulta sumamente
difícil debido, más que a las condiciones ambientales, a su status
social, pues son considerados «inferiores» por el gobierno y por la
mayoría de la población.

Un ejemplo de adaptación al medio

Los irulas son seminómadas. En el pasado, habitaban en los bosques
del sur de la India, donde se dedicaban a cazar ratas y serpientes
y a vender miel, cera o leña a otras comunidades.

En 1976 el gobierno indio declaró ilegal su medio de vida. Desde
entonces algunos indígenas irulas sobreviven trabajando las tierras
de los ricos terratenientes en condiciones casi de semiesclavitud.
Otros se dedican a la pesca en canales y aguas interiores, donde
también recolectan lombrices que venden a los criaderos de gambas.
El trabajo es difícil y laborioso: en un día normal pueden llegar
a capturar un kilo de lombrices, por el que solo reciben unas 200
rupias, algo más de 3 euros y medio.

Los irulas, que pertenecen a la población india autóctona y hablan
dravídico, han sido incluidos por el gobierno indio dentro de las
«comunidades tribales catalogadas», lo que, en teoría, les facilita
el acceso a una serie de recursos: educación, sanidad, diferentes
tipos de ayuda, títulos de propiedad de sus tierras…

Sin embargo, en la práctica no reciben ningún tipo de ayuda ni tienen
acceso a ningún servicio. El resultado es que viven en una situación
de extrema pobreza y que son analfabetos.

No poseen documentos que acrediten su identidad ni cartillas de
racionamiento que les permitan acceder a los bienes básicos subsidiados
por el gobierno de la India para las personas que viven
por debajo del umbral de la pobreza, y lo peor de todo es que se
les considera «inferiores».

Los indígenas irulas, marginados

El 26 de diciembre de 2004, un terremoto en las cercanías de la
isla de Sumatra (Indonesia) provocó una serie de olas gigantescas,
denominadas tsunamis, que asolaron las costas de diez países, y
que dejaron más de 220.000 víctimas mortales y seis millones de
damnificados.

El tsunami alcanzó la costa sureste de la India. En algunas zonas
de Tamil Nadú, el Estado más afectado por la catástrofe, llegó hasta
un kilómetro tierra adentro, inundando numerosas áreas. Murieron
más de 10.000 personas.


Esta catástrofe agravó la situación de exclusión y marginalidad de
los irulas. En los campos de desplazados levantados para alojar y
atender a las personas que habían perdido su hogar y sus tierras,
las familias irulas fueron marginadas por considerar que eran «inferiores
» y también que no habían sido afectadas «directamente»
por el tsunami porque sus pérdidas no fueron «comparables» a las
de los pescadores. Seis meses después de la catástrofe no habían
recibido aún la asistencia necesaria y ni tan siquiera tenían las cartillas
de racionamiento que les hubieran permitido acceder a los
bienes básicos distribuidos por el Gobierno; tenían que sobrevivir
escarbando entre la basura.

Fueron las organizaciones humanitarias, y en concreto Ayuda en
Acción, a través de ActionAid India, las que se ocuparon de esta
comunidad indígena.

En colaboración con la ITWWS (Irulas Tribal Women Welfare Society),
ActionAid proporcionó alimentos, ropa, tiendas de campaña,
utensilios, etc., y asistencia médica a las familias de irulas.
También ayudó a construir refugios en unos terrenos comprados y
cedidos en propiedad a estas familias en Nemelli, cerca del mar
y de los canales de los que dependen para sobrevivir.

Pero, además, estas organizaciones han desarrollado un plan a
largo plazo en materia de educación, sanidad, vivienda, etc. El objetivo
es que todos los irulas afectados por el tsunami recuperen
sus medios de vida. Para ello, se les han facilitado, de momento,
nuevos aparejos, pequeñas redes de pesca y bicicletas. Porque
cuando no hay lluvias y el nivel de las aguas desciende, los irulas
se ven obligados a desplazarse más lejos para pescar.

El trabajo de las organizaciones humanitarias hará que esta sea la
primera generación de irulas que vaya a la escuela.

Las catástrofes naturales agravan más la vida de los irulas.
1. Relaciona las personas con su medio físico.
• ¿Crees que los irulas representan un
ejemplo de adaptación a condiciones
ambientales difíciles? Explica por qué.
• ¿Qué factores han motivado el
deterioro de su modo de vida
tradicional en las últimas décadas?
2. Analiza su forma de vida.
• Di cómo influirá, a tu juicio, el acceso
de los irulas a la educación en su
modo de vida tradicional: ¿crees que
contribuirá a su conservación
o que, por el contrario, favorecerá su
desaparición? Justifica tu respuesta.
• ¿Crees que la marginación a la que
están sometidos los irulas por
el gobierno indio afecta a su forma
de vida? Razona tu respuesta.
3. Busca información.
• Entra en la siguiente dirección:

http://www.mapahumano.fiestras.com

y busca información sobre los
indígenas irulas y otras comunidades
afectadas por el tsunami en la India.
Averigua cuál ha sido la actuación
del gobierno en cada caso.
4. Busca fotografías y vídeos relacionados con este pueblo en internet.