"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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domingo, 19 de diciembre de 2010

La era de las posibilidades

Occidente sufre la insistente sensación de que su tiempo ha pasado; fuera, muchos países creen que ha llegado el suyo o que está cerca. Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional siguen necesitando una reforma que refleje el cambio del orden mundial

LA VANGUARDIA 17/12/2010
Roger Cohen

Roger Cohen es columnista de temas mundiales del The New York Times y del International Herald Tribune
La caída del Muro de Berlín liberó a Europa, pero su mayor impacto apenas se ha evidenciado en la primera década del siglo XXI. En nuestro vértigo, no vimos el derrumbe de otros muros: por ejemplo entre Turquía –país miembro de la OTAN– y Siria, entonces aliado soviético, donde por lo menos 60.000 minas terrestres sellaron en su día una frontera de casi 870 kilómetros y donde alrededor de 2.000 millones de dólares fluyen anualmente en transacciones comerciales a lo largo de una línea divisoria exenta de visados. Países satélites y ex repúblicas de la antigua Unión Soviética, como Bulgaria y Georgia, también descubrieron a la vecina Turquía. Abandonando su papel de confín de Occidente, Turquía se ha convertido rápidamente en eje central de Eurasia.

Un África destrozada en los días de la guerra fría por la batalla entre representantes soviéticos y estadounidenses, aprendió a mirar allende muros ideológicos, permitiendo no solo algunos hallazgos de buena vecindad –Sudáfrica y Mozambique– sino también el desarrollo del comercio con China, que ha aumentado pasando de 10.000 millones de dólares en el año 2000 a muy por encima de 100.000 millones de dólares en la actualidad. Se espera que África crezca un 5.2% en este próximo 2011, más del doble del ritmo pronosticado para Estados Unidos y Europa. El director ejecutivo de Coca-Cola ha identificado al continente africano como una de las principales prioridades de inversión de la empresa.

Estos cambios forman parte de las corrientes más profundas y pausadas, aunque invisibles, que manaron de Berlín.

Si Occidente vibraba de emoción hace dos décadas por recibir a una Europa libre y completa, actualmente está mucho menos satisfecho con un mundo donde se le pasa por alto más fácilmente. El austero menú fijo de relaciones de la guerra fría se ha convertido en un extravagante à la carte. ¿Qué podemos decir de las uniones matrimoniales peruano-indios? El papel central estadounidense se ha desgastado, Europa se ha vuelto políticamente marginal y Japón, miembro honorario de Occidente, es simplemente deprimente. “¿Dónde está nuestra influencia?”, se quejan los diplomáticos occidentales. Muchas veces tienen muy poca, como en el caso de Irán.

En otras partes, empero, hay entusiasmo y emoción. Latinoamérica, superando viejos reflejos y resentimientos, comercia ahora con China e India, explora nuevas oportunidades en África y poco le importa que Estados Unidos esté muy agobiado por la guerra y la incertidumbre como para prestarle mucha atención. “Una Latinoamérica con mayor confianza en sí misma no está descontenta con la atención de Estados Unidos en otra parte”, me dijo Luis Alberto Moreno, presidente del Banco Interamericano de Desarrollo. “Atiende en cambio a Asia, cuyo interés en la región es enorme. La cooperación sur-sur crece al tiempo que no se ratifican acuerdos de libre comercio colombianos y panameños con Estados Unidos”, señaló.

En la actualidad, una división mundial esencial se abre entre un Occidente preocupado, deprimido y desorientado (donde el libre comercio se traduce en una pérdida de empleo) y el boyante, aventurero y cada vez más confiado mundo emergente de países como Brasil, Turquía y Sudáfrica. Occidente padece la insistente sensación de que su tiempo ha pasado; fuera de él, muchos países creen que ha llegado el suyo o que está cerca.

Aunque se habla de una nueva Era de Ansiedad, la neurosis de hecho está bastante circunscrita. Ciertamente, la desazón es patente en Estados Unidos, que sigue siendo, y con mucho, la economía más grande del mundo, y también es compartida por la Unión Europea. Los problemas que padecen –crecientes déficits, alto desempleo, envejecimiento de los baby boomers y esporádico rechazo de los inmigrantes– son espinosos. El exceso ha dado paso a la angustia. El apetitoso dinero se ha agotado.

Sin embargo, la gran mayoría de la población mundial vive fuera de estos exhaustos y sobrecargados enclaves. Para miles de millones de seres humanos, las oportunidades se amplían en lugar de contraerse, aunque de manera muy desigual. De hecho, cabe afirmar que esta es la nueva Era de las Posibilidades.

Estos cambios espectaculares entrañan peligros. Consideremos la irrupción de la Alemania de finales del siglo XIX en el escenario europeo como Estado-nación unificado y el siglo de baño de sangre y enfrentamientos que supuso solucionar la cuestión alemana. Tengamos en cuenta las convulsiones globales que cimentaron el auge de Estados Unidos en el siglo XX y el declive del imperio británico.

No creo que la transición de poder actualmente en marcha sea menos dramática. China es un enorme solar en construcción que apunta al pleno desarrollo para mitad de siglo y a un posible dominio en el año 2100. Ya ha producido una fenomenal riqueza. En otoño pasado conversé con Eric de Rothschild, quien dirige Château Lafite-Rothschild, la soberbia bodega de vinos bordeleses. “Conozco a gente que compró cajas de la cosecha 1982 y que ansiaba consumirlas”, me dijo. “Ahora, gracias a lo que los chinos están dispuestos a pagar, confían en comprarse un piso con las ganacias de su venta”, afirmó.

Llámesele agitación mundial: nueva riqueza que reemplaza a la vieja. Pero, por supuesto, resulta perturbador.

Estadounidenses y europeos de clase media observan cómo desaparecen empleos temporales en Guangzu o Bangalore; contemplan la pérdida de valor de casas para cuya compra pidieron prestadas enormes sumas; siempre han de trabajar más para mantener su nivel de vida y dar a sus hijos la educación exigida por un mundo moderno y que demandan las nuevas tecnologías; perciben una creciente desigualdad y ven que sólo los ricos se enriquecen; se preguntan si durarán los derechos sociales básicos, como la asistencia médica y las pensiones. Están sobreendeudados y, al parecer, son prescindibles. En resumen, se identifican con el personaje del cuadro El grito, de Edvard Munch. Y así comienza la búsqueda de chivos expiatorios y avanzan los movimientos políticos que los identifican. El próspero Tea Party es un movimiento estadounidense, pero muchas de sus pócimas se beben en la Europa del holandés Geert Wilders.

Sin embargo, no estoy preocupado en exceso. Esta impetuosa transformaciónde principios del siglo XXI se lleva a cabo con un puñado de ingredientes singulares que me hacen confiar en que la violencia que habitualmente ha acompañado estos cambios drásticos pueda evitarse.

El primero es el tejido de redes sociales que ahora se extiende por el mundo. Los quinientos millones de usuarios de Facebook constituyen cierto tipo de seguro contra la disgregación. Tal vez sea demasiado intangible como para satisfacer a las aseguradoras, pero no es despreciable. Estar en contacto mediante sistemas que borran las fronteras nacionales dificulta incurrir en conflictos violentos a gran escala según las líneas divisorias.

El segundo son las guarniciones estadounidenses en Asia que, situadas en un área de cambio más rápido, compensan el auge de China y tranquilizan a otras potencias. La Pax Americana todavía no ha muerto.

El tercero es el cansancio de Estados Unidos por la guerra casi una década después del 9 de septiembre de 2001; el período de atrincheramiento inaugurado por el presidente Barack Obama perdurará cierto tiempo.

El cuarto es la obsesión china con la estabilidad global. Se juzga en Pekín como el sine qua non del 9% de crecimiento anual que, a la vez, sostiene al gobierno del Partido Comunista.

Y el quinto es la profunda interdependencia de los vínculos chino-estadounidenses, una relación tan importante para cada parte que su ruptura es casi inconcebible.

Por tanto, existen importantes fuerzas estabilizadoras conforme cobra vida un nuevo mundo. Por eso el paradigma son las posibilidades. Pero aun bajo el gobierno de Obama presiento un Estados Unidos más inclinado a preservar la creencia en la influencia que tuvo que a aceptar los ajustes exigidos por el reequilibrio del poderío mundial. Tal actitud alimenta tensiones.

Las principales instituciones del mundo, como la Organización de las Naciones Unidas y el Fondo Monetario Internacional, siguen necesitando una reforma que refleje el cambio del orden mundial. El G 20, sin el respaldo de ninguna estructura profesional significativa, representa un paso, pero inadecuado. La inestabilidad de las monedas está motivando una creciente preocupación sin ninguna señal de acuerdo sobre cómo solucionarla.

La perspectiva convencional de Estados Unidos hacia Oriente Medio –el tipo de mentalidad que ve a la nueva Turquía como insuficientemente ligada a Occidente, o que se imagina que la doble moral de tolerar el arsenal nuclear de Israel pasa inadvertida, o que afirma que ningún sector de los amplios movimientos políticos Hizbulah y Hamas podría ser llamado a participar de modo fructífero, o que se imagina que la opción de bombardear Irán no es una receta para un desastre casi inimaginable– sigue necesitando de una sacudida, sobre todo en el Capitolio.

Como consecuencia, Obama no ha sido un agente de cambio tan importante como sugerían sus discursos iniciales. El muro que parte Tierra Santa desaira la esperanza. El presidente estadounidense cada vez se parece más a un hombre inseguro sobre sus convicciones esenciales sobre quien se proyectó un erróneo idealismo en momentos en que Estados Unidos ansiaba una renovación.

En otros lugares, la renovación es real. Es palpable en Turquía, donde la tasa de crecimiento alcanzará el 7% este año. Todavía se libra una batalla entre el ardiente secularismo de Ataturk, fundador de la república moderna, y el islam moderado del gobernante PKA, pero en general me parece gratificante: la mezcla turca de ambas corrientes ideológicas es tonificante y es un recordatorio de cuánto disparate se vocifera sobre la supuesta incompatibilidad del islam con la modernidad. Estambul tal vez sea el principal revés mundial para los discípulos del punto de vista mundial del choque de civilizaciones.

Mientras aún se lucha por la esencia de Turquía, el nuevo panorama del país parece claro. “La geografía de Turquía es tal que no acepta la división Oriente-Occidente o Norte-Sur”, me dijo en una entrevista Ahmet Davutoglu, ministro de Asuntos Exteriores. “Estamos en Occidente, pero también somos uno de los principales protagonistas en Asia y Oriente Medio. Intentamos una normalización de la historia. La guerra fría fue una anomalía. El ‘telón de acero’ no estaba sólo en Berlín sino a nuestro alrededor. Por tanto, no teníamos buenas relaciones con nuestros vecinos”, precisó el ministro.
“Y observamos que para ser influyentes en nuestra región hay que tener una nueva imagen y expresarse con sinceridad, sin imponer nada”, continuó. Davutoglu está cansado de lo que considera una doble moral occidental: “Cuando participamos activamente en Afganistán, no nos dicen que nos estamos inclinando a Oriente. Afganistán es más oriental que Irán. Pero en lo relativo a Afganistán, a todo mundo agrada que estemos en Oriente”.

En 2011 se cumplirá el décimo aniversario del devastador ataque de Al Qaeda en Estados Unidos que dejó casi tres mil muertos en Nueva York y Washington. Contra la opinión de moda, Estados Unidos no invadió Afganistán –recuérdese la estrategia de la guerra argelina– por un motivo fútil. Resuenan las palabras de Kipling, casi 102 años después:

“Los puertos en los que no entraremos,
Los caminos que no pisaremos,
Anda, hazlos con tu vida
Y márcalos con tu muerte”.


Los límites del poderío de Estados Unidos en la actualidad son notablemente claros, aun cuando la forma en que se repartirá el poder en este siglo todavía joven, y con qué fin, sigue siendo una cuestión sin resolver; efectivamente, es un asunto escasamente abordado por aquellos a quienes –ya sean temerosos o dominadores– interesará e involucrará.

miércoles, 14 de enero de 2009

El coche eléctrico se convierte en tabla de salvación para la industria


Los fabricantes esperan que Obama incentive el tránsito al automóvil 'limpio'

DAVID ALANDETE - EL PAÍS Washington - 14/01/2009

En plena crisis del sector, tras haber solicitado 13.000 millones de euros al Congreso en un plan de rescate para evitar el cierre inminente de diversas plantas de fabricación de coches, las grandes compañías de motor de Estados Unidos se han lanzado a la que defienden como su gran opción de futuro. El coche eléctrico, con sus ventajas e inconvenientes, se ha convertido en una tabla de salvación a través de la cual las empresas radicadas en Detroit, la meca del motor en Norteamérica, tratarán de asegurarse una continuidad en los años venideros.


Los vehículos saldrán a la calle en 2010 y aún no se ha resuelto su recarga

Gracias a los avances en las baterías, el coche eléctrico se ha impuesto como prioridad frente a otras alternativas limpias como la pila de hidrógeno. La nueva generación de vehículos saldrá a la calle a partir del año próximo sin que por ahora esté resuelto el principales desafío para su utilización en masa: que exista una infraestructura para recargarlos en la red, o bien un sistema de sustitución rápida de baterías.

Chrysler ha sido la empresa que se ha mostrado más optimista respecto al futuro del coche eléctrico, augurando unas ventas anuales de unos 100.000 coches en 2013. Por su parte, General Motors confía en satisfacer una demanda de 60.000 automóviles cuando ponga en venta su primer coche eléctrico en 2010.

La estrella de la Feria Internacional del Automóvil, que se celebra en Detroit hasta el 25 de enero, ha sido el nuevo prototipo de Chevrolet Volt, un híbrido alimentado simultáneamente por una batería eléctrica y por un motor de gasolina de tres cilindros. Con las baterías totalmente recargadas, este coche podría recorrer unos 64 kilómetros al día, según el fabricante, General Motors. Un a vez agotadas estas reservas, un generador alimentado por gasolina recargará la batería.

En un cambio de tono respecto a años anteriores, el presidente de General Motors, Richard Wagoner, proclamó que este prototipo de coche eléctrico "será crucial para el éxito futuro".

Chrysler, por su parte, presentó varios prototipos, entre ellos el futurista 200CV EV Concept y un nuevo Jeep Patriot, ambos alimentados por baterías eléctricas. Sin embargo, la empresa no aclaró ningún plan de fabricación ni si estos modelos llegarán a ver, finalmente, las carreteras.

Sumida en una grave crisis -ha cerrado sus plantas de fabricación un mes para recortar gastos y ya ha recibido 3.000 millones de euros en ayudas gubernamentales-, Chrysler confía en que la investigación en motores eléctricos abra la puerta a nuevas inversiones por parte del gobierno.

Según diversos congresistas demócratas, el presidente electo Barack Obama condicionará las ayudas al motor incluidas en el nuevo Plan de Dinamización Económica -que se planea que sea de 600.000 millones de euros- al hecho de que los fabricantes dediquen fondos a la investigación y el desarrollo de coches eléctricos.

"Me sorprendería muchos que en este Plan de Estímulo no hubiera el compromiso de una importante cantidad al desarrollo de baterías eléctricas", dijo el senador de Delaware Tom Carper en una entrevista a The Detroit News. "Si vamos a destinar tanto dinero al desarrollo de baterías, es muy importante para mí y mis compañeros del Senado que esas baterías se fabriquen aquí en América".

Uno de los grandes desafíos a los que se enfrenta el coche eléctrico es, de hecho, el de la duración media de la carga de sus baterías, que en el caso de los híbridos ronda los 60 kilómetros, lo que podría satisfacer las necesidades de los ciudadanos en su vida diaria pero que no sería suficiente para largos trayectos.

Algunas empresas han comenzado a investigar cómo facilitar la recarga de estas baterías. El proyecto Better Place, por ejemplo, está intentando crear una red de estaciones en las que se repondría las baterías de fosfato de litio-hierro que consumen estos coches. Por ahora, el proyecto se ha probado con dos modelos: el Renault Mégane y el Nissan eRogue.

"Será un sistema más barato que el que tenemos en este momento. El precio de consumo de un coche operado con gasolina es de 78 centavos de dólar por milla. En cambio, el de este coche eléctrico no superará los 32 centavos", explica Shai Agassi, que dirige Better Place desde California. "Además, con diversas alianzas estratégicas podríamos crear una red de estaciones de servicio eléctricas donde reponer las baterías, que funcionarían como ahora funcionan las gasolineras. El cambio sería rápido y barato. Es el sistema del futuro".


Asignaturas pendientes

MANUEL GÓMEZ BLANCO EL PAÍS 14/01/2009

Que el futuro del automóvil pasa por el coche eléctrico apenas plantea dudas. Pero que su llegada al mercado sea en dos o tres años, resulta imposible, por mucho que lo anuncie el ministro de Industria. La fabricación masiva del coche eléctrico exigirá fuertes inversiones en diseño, proceso de producción y adaptación de las fábricas, y sólo los grupos potentes podrán afrontar el esfuerzo de ponerlos en el mercado y resistir hasta que el volumen de ventas los haga rentables.

Las mejoras que aportan las nuevas baterías de ion-litio desarrolladas para teléfonos y ordenadores portátiles resuelven la mayoría de las asignaturas pendientes del coche eléctrico, al menos en lo que se refiere a potencia, prestaciones y autonomía. Los primeros modelos probados, como el Mitsubishi MI-EV o el Mini E, ofrecen una respuesta más que satisfactoria. Pero faltan detalles por resolver.

El primer desafío es la adaptación de esas baterías a los coches. No es igual utilizarlas una a una en un teléfono que agruparlas en módulos de un centenar de unidades y lograr que funcionen coordinadamente. Otro inconveniente es el aumento de temperatura que provoca su funcionamiento en el coche, que exigirá nuevos sistemas de refrigeración. Además, falta confirmar su ciclo de vida, que al menos debería garantizar un mínimo de 100.000 kilómetros de uso con sus correspondientes cargas y descargas. Una vez superadas estas exigencias sólo faltará reducir el coste de las baterías.

Aparte de estos condicionantes técnicos queda por resolver el despliegue de los postes de recarga, al menos en las ciudades. Aunque la mayoría de los coches eléctricos se recargarán de noche aprovechando la energía que sobra en las horas valle, si el mercado de estos vehículos crece de forma acelerada habrá que aumentar la producción eléctrica para cubrir la demanda.

Con estos condicionantes, la implantación del coche eléctrico será muy lenta, aunque progresiva. Mitsubishi fabricará 2.000 unidades del MI-EV este año para Japón. Y Smart empezará a fabricar el Fortwo eléctrico a final de año. Pero las ventas serán, en principio, testimoniales. A medio plazo, el futuro parece más optimista para los eléctricos de autonomía extendida, que funcionan con la energía de las baterías y llevan un motor convencional suplementario, de gasolina o gasóleo, bien para recargarlas en marcha (Chevrolet Volt) o para afrontar los viajes y recargarlas en el trayecto para poder conectarlas al llegar a la ciudad (VW Golf Twin Drive).

jueves, 6 de noviembre de 2008

Algunas cosas que el mundo espera de Obama

Fuente:EL PAÍS, 06/11/2008

PETER SINGER

La asombrosa historia de la elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos ha ayudado ya enormemente a restablecer la imagen mundial de ese país. En vez de un presidente cuya única cualificación para el cargo era llamarse como su padre, ahora tenemos a otro cuya inteligencia y capacidad de visión han superado el formidable obstáculo de tener un nombre exótico y ser hijo de un musulmán africano. ¿Quién habría podido pensar, tras las dos elecciones de 2000 y 2004, que los estadounidenses eran capaces de elegir a un candidato así?

    Barack Hussein Obama

    Barack Obama

    A FONDO

    Nacimiento:
    04-08-1961
    Lugar:
    Honolulu
    Estados Unidos

    Estados Unidos

    A FONDO

    Capital:
    Washington.
    Gobierno:
    República Federal.
    Población:
    303,824,640 (est. 2008)

El presidente electo debe hacer cambios en Guantánamo, Irak, África y medio ambiente

Obama hizo campaña subrayando que es distinto a otros políticos y que va a efectuar un verdadero cambio. El llamamiento llevó a las urnas a multitudes entusiastas. Estamos, pues, ante una oportunidad histórica de acabar con el cinismo que inunda la política estadounidense desde hace decenios.

Muchos estadounidenses juzgarán al nuevo Gobierno en función de lo que haga en su país. Entre otras cosas, subir los impuestos para los que ganan más de 250.000 dólares al año y emplear el dinero para ampliar el seguro de salud a las decenas de millones de ciudadanos que -caso único entre los países industrializados- no disponen de él. También se ha comprometido a reducir los impuestos para los trabajadores con salarios medios y bajos y a mejorar el sistema educativo de Estados Unidos. Cumplir esas promesas con el sombrío panorama económico actual no será fácil.

Sin embargo, donde más impacto puede ejercer Obama es fuera de las fronteras de Estados Unidos. El año pasado, cuando habló ante el Consejo de Asuntos Mundiales de Chicago, proclamó la necesidad de un presidente norteamericano que sea capaz de hablar directamente con todos los que, en el mundo, anhelan la dignidad y la seguridad, y les diga: "Vosotros sois importantes para nosotros. Vuestro futuro es nuestro futuro".

Para ser un presidente así, Obama debe comenzar por cumplir sus promesas de cerrar el campo de prisioneros de la bahía de Guantánamo, en Cuba, y acabar con la costumbre del Gobierno de Bush de encerrar a la gente sin decirle nunca por qué ni de qué se le acusa. Asimismo, debe iniciar el proceso para retirar las tropas de combate de Irak, una tarea que dijo que completaría en 16 meses. Materializar esas promesas contribuiría enormemente a restaurar la imagen de Estados Unidos en el mundo.

También es fundamental que desempeñe un papel constructivo en la reforma de Naciones Unidas. La estructura del Consejo de Seguridad tiene 60 años de antigüedad. Todavía da a los vencedores de la II Guerra Mundial el derecho a ser miembros permanentes y a vetar sus decisiones. Cambiar eso significaría inevitablemente diluir los privilegios de esos países, entre ellos Estados Unidos. Pero si hay un presidente estadounidense que puede vencer esa sombra histórica que pende sobre la ONU es Obama.

Obama tiene un padre keniano y ha pasado tiempo en las aldeas africanas en las que todavía viven sus familiares; por eso no es extraño que comprenda la necesidad de que los países ricos ayuden a los países en vías de desarrollo. El año pasado se comprometió a duplicar la ayuda exterior de Estados Unidos de aquí a 2012, hasta alcanzar 50.000 millones de dólares al año (una cifra con la que Estados Unidos todavía estaría por detrás de muchos países europeos en cuanto al porcentaje de su renta nacional destinado a la ayuda).

También hay que redirigir mejor esta ayuda para destinarla a quienes viven en extrema pobreza. Por desgracia, cuando preguntaron al hoy vicepresidente electo, Joe Biden, qué gastos podría reducir un Gobierno de Obama debido a la crisis financiera, mencionó la promesa de incrementar la ayuda exterior. No obstante, para duplicar la ayuda exterior haría falta una cantidad pequeña de dinero, en comparación con lo que se ahorraría con la retirada de Irak.

Tal vez el aspecto más difícil de la tarea de convertir a Estados Unidos en un buen ciudadano mundial sea la reducción de sus desmesuradas emisiones de gases de efecto invernadero, aproximadamente cinco veces más que la media per cápita mundial. El Gobierno de Bush ha malgastado ocho años preciosos durante los que nos hemos acercado peligrosamente al punto en el que podría suceder una cadena irreversible de acontecimientos que desemboque en catástrofe. El año pasado, el presidente de Uganda, Yoweri Museveni, acusó a los países industrializados de agredir a África con el calentamiento global. Puede parecer una exageración, pero aumentar la temperatura y disminuir el volumen de lluvia de un país predominantemente agrario puede resultar tan destructor para sus habitantes como que les bombardeen.

Obama debe hacer que Estados Unidos encabece los esfuerzos para reducir las emisiones. Luego, después de dejar clara su buena fe, debería ser capaz de elaborar un acuerdo con los líderes europeos para incluir a China e India en cualquier tratado que sustituya al Protocolo de Kioto cuando éste expire, en 2012. Quizá sea éste el mayor desafío ético de la presidencia de Obama. Su respuesta será decisiva a la hora de juzgar su mandato.

Peter Singer es catedrático de Bioética en la Universidad de Princeton. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Silicon Valley

En Wikipedia:

El Valle del Silicio (en inglés, Silicon Valley) es el nombre de la zona sur del área de la Bahía de San Francisco, en el norte de California, (Estados Unidos). Comprende el Valle de Santa Clara y la mitad sur de la Península de San Francisco, abarca aproximadamente desde Menlo Park hasta San José y cuyo centro se situaría en Sunnyvale.

Vista panorámica del Valle del Silicio.

Contenido


El nombre

El término Silicon Valley fue acuñado por el periodista Don C. Hoefler en 1971. Silicon (Silicio), alude a la alta concentración de industrias en la zona, relacionadas con los semiconductores y las computadoras; Valley se refiere al Valle de Santa Clara, aunque se podría también aplicar a los alrededores, a ambos lados de la bahía, hacia los que muchas de estas industrias se han expandido.

Durante muchos años de la década de los 70 y 80 se le llamó incorrectamente Silicone americana.

Historia

La ubicación de las industrias de alta tecnología en el valle fue debida en gran medida a dos hombres, William Shockley y Frederick Terman.
Terman, profesor de la Universidad de Stanford, consideró que una vasta zona sin utilizar de la tierra de la universidad sería perfecta para el desarrollo inmobiliario y estableció un programa para incentivar a los estudiantes egresados a quedarse allí, proveyéndoles de capital riesgo. Uno de los principales éxitos en la historia del programa fue que logró convencer a dos egresados: William Hewlett y David Packard. Hewlett-Packard llegaría a convertirse en una de las primeras firmas tecnológicas que no estaban directamente relacionadas con la NASA o la Marina estadounidense.

En 1951 el programa fue expandido de nuevo, creando el Stanford Industrial Park, una serie de pequeños edificios industriales que eran alquilados a muy bajo costo a compañías técnicas. En 1954, se instituyó The Honors Cooperative Program, hoy conocido como el coop, para permitir a los empleados a jornada completa de las compañías obtener títulos universitarios estudiando en un régimen de media jornada. Las primeras compañías firmaron acuerdos de cinco años en los cuales establecían que pagarían el doble de la matrícula por cada estudiante para cubrir gastos. Hacia mediados de los 50 la estructura de lo que posteriormente permitiría la creación de "el valle" se encontraba en una etapa ascendente gracias a los esfuerzos de Terman.

Fue en esta atmósfera en la que un antiguo californiano decidió mudarse allí. William Shockley había abandonado Bell Labs en 1953 por un desacuerdo sobre la forma en que se había presentado el transistor al público, ya que debido a intereses de patentes, se relegó su nombre a un segundo plano a favor de los co-inventores John Bardeen y Walter Houser Brattain. Tras divorciarse de su mujer, volvió al Instituto de Tecnología californiano donde había recibido su licenciatura en Ciencias, pero se trasladó a Mountain View para crear Shockley Semiconductor como parte de Beckman Instruments y vivir más cerca de su anciana madre.

Shockley se propuso mejorar el transistor con un diseño de tres elementos (hoy se le conoce como el diodo de Shockley) que obtendría éxito comercial pero, el diseño era considerablemente más difícil de construir que el "simple" transistor y a medida que el proyecto pasó por dificultades, Shockley se volvió cada vez más paranoico. Exigió que a los empleados se les hicieran pruebas con un detector de mentiras, anunció sus salarios públicamente y, en general, se enemistó con todo el mundo, lo que conllevó a que en 1957, ocho de los ingenieros más dotados, que él mismo había contratado, le abandonaran para formar la compañía Fairchild Semiconductor.

Durante los años siguientes este hecho se repetiría varias veces; a medida que los ingenieros perdían el control de las compañías que crearon, al caer en manos de directivas exteriores, las abandonaban para formar sus propias empresas. AMD, Signetics, National Semiconductor e Intel comenzaron como vástagos de Fairchild o, en otros casos, como vástagos de vástagos.

A comienzos de los 70 toda la zona estaba llena de compañías de semiconductores, que abastecían a las compañías de ordenadores abasteciendo estas dos a su vez a las compañías de programación y servicios. El espacio industrial era abundante y el alojamiento aún barato. El crecimiento se vio potenciado por el surgimiento de la industria de capitales de riesgo en Sand Hill Road que fundó Kleiner Perkins en 1972; la disponibilidad de estos capitales estalló tras el éxito de 1,3 billones de dólares por la OPA de Apple Computer en diciembre de 1980.

Haciendo mérito de esta herencia, el valle es la sede de la cadena de grandes almacenes de alta tecnología Fry's eletronics. El Valle del Silicio demuestra el triunfo del capitalismo occidental, en cuanto a economía y desarrollo se refiere, siendo esta una de las regiones más prosperas del Estado de California.

En Europa el concepto equivalente a Silicon Valley es el de los parques tecnológicos, que son espacios específicamente creados para empresas de carácter tecnológico. En Europa existen muchos de ellos especialmente en las proximidades de las ciudades de mayor tamaño.[1]

Compañías renombradas

Miles de empresas de alta tecnología han establecido sus cuarteles generales en el Valle del Silicio; la siguiente lista son algunas de las que figuran en Forbes 500:

Adobe Systems | Advanced Micro Devices | Agilent | Altera | Apple Inc. | Applied Materials | BEA Systems | Cadence Design Systems | Cisco Systems | eBay | Electronic Arts | Google | Hewlett-Packard | Intel | Intuit | Juniper Networks | Knight-Ridder | Maxtor | National Semiconductor | Network Appliance | Oracle Corporation | Siebel | Sun Microsystems | Symantec | Synopsys | Veritas Software | Yahoo!| Informatica Corporation


Otras compañías famosas con sede también en el Valle del Silicio:

Adaptec | Atmel | Cypress Semiconductor | Handspring | Intermedia.NET | Kaboodle | McAfee | NVIDIA Corporation| Infolink | Palm, Inc. | PalmOne, Inc. | PayPal | Rambus | Silicon Graphics | Tivo | Verisign

Otras compañías famosas con sub-sede también en el Valle del Silicio:

Microsoft: Es el cuartel general de las actualizaciones de Microsoft Windows, Office, Knowledge Base, Hotmail y MSN Windows Live, a pesar de ser Sub-Sede del gigante de informática con sus servidores del Windows Update, el Correo Electrónico gratuito Hotmail y la base de datos de errores y actualizaciones de los programas de Microsoft, la Knowledge Base.

Universidades

Ciudades [editar]

Algunas de las ciudades de Silicon Valley (por orden alfabético):

Bibliografía

  • Dennis Hayes, Behind the silicon curtain : the seductions of work in a lonely era, London: Free Association Books 1989
  • David Naguib Pellow, Lisa Sun-Hee Park, The Silicon Valley of Dreams: Environmental Injustice, Immigrant Workers, and the High-Tech Global Economy, New York University Press 2003
  • Manuel Castells, "Tecnopolis del mundo" Capítulo 2

Referencias [editar]

Enlaces externos

Commons


Última información de EL PAÍS desde Silicon Valley

Un centro para "start-ups" en Palo Alto

FRANCIS PISANI 30/10/2008

NADA MEJOR PARA olvidarse de la morosidad ambiente que un paseo por el Plug and Play Technology Center de Sunnyvale, dos pasos al sur de Palo Alto y de la Universidad de Stanford. Actividad intensa, caras alegres... como si no pasara nada. Me imagino que muchos de los fundadores de las 170 start-ups aquí reunidas estarán revisando sus esperanzas a la baja, pero, por ahora, siguen con un empeño que da gusto. Son innovadores y piensan encontrar en este incubador el trampolín que necesitan para la fama y la fortuna.

"La diferencia de Silicon es que cuando el emprendedor viene, hay suficiente interés y ejemplos para reunir fondos, experiencia y las conexiones"

Cuatro 'start-ups' catalanas se instalarán en Sunnyvale en enero y planean 10 más para fines de 2009. "La Cámara paga espacio; nosotros haremos lo posible por ayudar"

El día de mi visita, los fundadores de Social Calendar estaban particularmente felices porque su aplicación acababa de lograr ubicarse entre las 20 más populares de Facebook (de entre 24.000). Permite organizar fiestas, cenas y otras salidas al facilitar la división de tareas (¿quién va a aportar qué plato? ¿A qué restaurante vamos a ir?). Detalle fundamental: el sistema está conectado al catálogo de Amazon. Le permite facilitar la entrega de regalos (de las que recibe un porcentaje).

"Nos interesaba el mercado de los regalos", explica Raj Lalwani, fundador y consejero delegado, "pero nos dimos cuenta de que no bastaba con ofrecer acceso. Había que dar un servicio que agregara valor". De ahí la idea del calendario social. Ya gana dinero y está empezando a recibir propuestas publicitarias. Algo normal por una empresa que tiene 200.000 visitantes diarios.

Raj encuentra en Plug and Play "una solución perfecta" para una empresa del tamaño de la suya (tres empleados en EE UU, más dos consultores de diseño y 10 ingenieros en la India). La receta de Plug and Play es el 20% de bienes raíces y el 80% de financiación en start-ups de tecnologías de la información (de 200 que albergan los tres centros instalados en la región hasta ahora, apenas cinco tienen que ver con tecnologías verdes).

El lado bienes raíces consiste en alquilar cubículos a las nuevas empresas que no tienen suficiente dinero para pagar un despacho. El precio, de 600 dólares mensuales, incluye infraestructura informática, centro de datos, servicio de relaciones humanas y la organización de eventos sociales. Sirven para el famoso networking y lo más interesante es que consiguen atraer a muchos inversionistas y capitalistas de riesgo que los visitan con regularidad. "Albergamos muchas start-ups y eso les interesa", explica Maud.

El centro acaba de firmar un acuerdo con la Cámara de Comercio de Barcelona. Cuatro start-ups catalanas se instalarán en Sunnyvale en enero y planean tener 10 para fines de 2009. "La cámara paga el espacio. Nosotros haremos lo posible para ayudar, poniéndolos en contacto con abogados o inversores y haciéndoles partícipes de las actividades del centro con el resto de empresas".

El fundador Saeed Amidi también es dueño de un edificio todavía más famoso en el 165 de University Avenue, en Palo Alto. Su familia, oriunda de Irán, posee el local desde la década de 1990 y lo utilizó para vender tapetes antes de transformarlo en incubador de start-ups. Ahí empezaron PayPal (comprada luego por eBay) y Google, que albergó en ese local sus primeros empleados.

No cabe duda, para Saeed, de que las innovaciones se dan en cualquier parte del mundo. "Alguien busca algo, no encuentra solución y, confrontado con el reto trata de innovar. Muchas veces la propia necesidad del emprendedor es la chispa que da lugar a la innovación", explica. De esto puede salir un producto, una tecnología.

"La diferencia entre Silicon Valley y otros lugares es que cuando el emprendedor viene con una idea o una solución hay suficiente interés y ejemplos para reunir los fondos necesarios, la experiencia y las conexiones. Hace que el proyecto tenga más posibilidad de éxito".

Amidi tiene particular interés en la universidad, de donde salen ideas y emprendedores jóvenes gracias a acuerdos especiales con Stanford y Cornell, para empezar. Cree que EE UU puede aprender de Europa, en particular en la telefonía móvil, pero no le cabe duda de que Silicon Valley sigue siendo el centro de gravedad de las tecnologías, en particular para las start-ups.

¿Será americano el siglo XXI?

Fuente:http://www.magazinedigital.com/reportajes/los_reportajes_de_la_semana/reportaje/cnt_id/2554


Magazine, 02/11/2008
Texto de Xavier Batalla

El siglo XX fue estadounidense.

La guerra de Cuba, en 1898, permitió a Estados Unidos poner un pie fuera del continente; la Primera Guerra Mundial hizo que Estados Unidos asomara la nariz entre los grandes; después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos dominó la escena o, si se quiere, la mitad más uno del mapa, y, finalmente, la posguerra fría, con la desaparición de la Unión Soviética, confirmó el predominio de Estados Unidos, que pasó a ser la única superpotencia. Pero ahora, en la víspera de las elecciones presidenciales del 4 de noviembre, el posible declive de la hegemonía estadounidense hace correr ríos de tinta en un mundo multipolar.

Meritxell Duran

Henry Luce, propietario de Time y Life, no se precipitó cuando sentenció que el siglo XX sería estadounidense. En el siglo XIX, Gran Bretaña fue una superpotencia que gobernaba una cuarta parte de la población mundial, pero era el segundo o tercer país más rico y una potencia militar entre las potencias militares. La fuerza se la proporcionaba su flota, que equivalía a la suma de las dos siguientes.

Estados Unidos fue más superpotencia en el siglo XX, tanto por su poder duro –militar y económico– como por la influencia de su poder blando, es decir, la democracia, la tecnología, la cultura, la música y el cine, que son maneras de prolongar la política por otros medios.

Estados Unidos gastaba a finales del siglo XX casi tanto como el resto de los estados miembros de la ONU. Su economía era la suma de las tres siguientes –entonces, Japón, Alemania y Reino Unido–. Tenía el 5% de la población mundial, pero producía el 43% del total mundial y el 40% de la alta tecnología. Y disfrutaba del 50% de la investigación. Fared Zakaria, analista de Newsweek, explicó así el poderío estadounidense: “América cierra el año 2001 más poderosa que cuando comenzó. En tres meses ha derrocado a un gobierno situado a 11.000 kilómetros, en uno de los más inhóspitos territorios de la Tierra, en las montañas y cuevas de Afganistán, y ha derrotado a las tribus que hicieron retroceder a los imperios británico y ruso. Y esto lo ha conseguido desde el aire y casi sin sufrir bajas. Ningún otro país puede hacer esto. Ningún otro país en la historia ha hecho esto”.

Hay países que se consideran víctimas de un error de la geografía. Es el caso de Costa Rica, que, con su renuncia a tener un ejército, está convencida de haber hecho méritos suficientes para estar situada entre las democracias europeas y no bajo el volcán centroamericano, periódicamente activo. Pero también hay países que siempre han tenido a la geografía como aliada. Es el caso de Estados Unidos, que hasta el 11 de septiembre del 2001 se consideraba invulnerable.

Principios o expansionismo


En Estados Unidos, la geografía es como una filosofía política. Como continente dentro de un continente, sin potencias rivales de consideración y lejos de Europa, cuna del realismo político y del equilibrio de poder, Estados Unidos siempre ha dado gracias a la geografía por poder permitirse el lujo de ser excepcional, en el sentido de diferente, como dice Seymour Martin Lipset, también en política exterior. La geografía, sin embargo, no lo explica todo.

La conducta exterior estadounidense en el siglo XX puede ser interpretada de maneras muy distintas, pero, básicamente, las visiones pueden resumirse en tres.

La primera es aquella que prefiere ver a Estados Unidos como un actor moral de las relaciones internacionales; es decir, como un Estado que no se ha movido en función de sus intereses nacionales, sino por principios, convencido de que la extensión de la democracia conducirá a unas relaciones internacionales pacíficas. Este es el punto de partida del idealismo internacionalista del presidente demócrata Woodrow Wilson y, en parte, se deriva de las ventajas que la geografía ha deparado a un poderoso país sin vecinos con los que haya tenido que hacer equilibrios de poder. Los partidarios de esta visión esgrimen como prueba las intervenciones estadounidenses en las dos guerras mundiales originadas en Europa en el siglo XX.

Una segunda interpretación se inclina por contemplar a Estados Unidos como un país históricamente expansionista, con una debilidad por la diplomacia de las cañoneras o del dólar y con una mal disimulada aspiración unilateralista a la hegemonía. Este es el punto de vista de analistas estadounidenses como Noam Chomsky.

Y la tercera interpretación es la que no contempla a Estados Unidos ni como un extraño campeón ético en un mundo de egoístas ni como un país con una avaricia superior a la media, sino como un país normal que pretende garantizar o aumentar su poder; esto es, un país como cualquier otro. Este es el punto de vista de los realistas, entre ellos Hans Morgenthau y Henry Kissinger, para los que la política exterior debe estar guiada por la defensa de los intereses nacionales.


Enric Jardí

La guerra de 1898, por la que Cuba dejó ser colonia española y Estados Unidos se anexionó Filipinas, Puerto Rico, Guam y las islas Hawái, es emblemática. Lo significativo de 1898 es que marcó un punto de inflexión, ya que estas anexiones territoriales representaron la primera extensión de la soberanía estadounidense más allá de los límites continentales de Norteamérica, lo que anunció el nacimiento de una gran potencia. Pero la guerra de 1898 (la voladura del Maine fue entendida como un 11 de septiembre) también es emblemática porque puede encajar, según quién sea el observador, en cada una de las tres visiones de la política exterior estadounidense.

¿A qué obedeció, hace más de cien años, la conducta de Washington? ¿Al idealismo propio de un actor moral en las relaciones internacionales, como indican los relatos de la época que hacen referencia a la indignación de la opinión pública estadounidense por los horrores de la guerra hispano-cubana? Hubo algo de esto, sin duda. La seguridad nacional estadounidense no estaba amenazada, y en la guerra se perpetraron atrocidades. Pero no es menos seguro que también había grandes intereses estadounidenses en juego.

Los acontecimientos del 98 son paradigmáticos porque provocaron un debate entre expansionistas (imperialistas) y no expansionistas, según la terminología utilizada por George F. Kennan, el realista que posiblemente ha sido el más grande diplomático estadounidense del siglo XX. Los expansionistas utilizaron diversos argumentos. Para unos, el derecho a la anexión de las colonias españolas estaba implícito en el destino manifiesto (doctrina unilateralista del expansionismo). Y, para otros, se trataba de defender el territorio continental estadounidense. También hubo quien esgrimió el deber, como nación ilustrada, de regenerar a los habitantes de los territorios anexionados. Parece, pues, que estamos hablando de la invasión de Iraq en el año 2003.

Los adversarios del expansionismo argumentaron su posición en términos de carácter legal. “Conquistar un territorio extranjero y gobernarlo sin el consentimiento de su población sería contrario a la Constitución y a la Declaración de Independencia”, dijo George F. Hoar, senador republicano por Massachusetts, en su respuesta al senador Platt sobre la rebelión protagonizada en Filipinas por los seguidores de Aguinaldo.

El despertar de la superpotencia


El desenlace es conocido. La Administración de William McKinley fue a la guerra, como propugnaba, entre otros, el futuro presidente Theodore Roosevelt. Y Estados Unidos se hizo mayor en política exterior. Después de España, Holanda fue hegemónica de 1580 a 1688, cuando tuvo como principal competidor a Gran Bretaña, que tomó el relevo de 1688 a 1914. Y los acontecimientos de 1898 anunciaron el despertar de una superpotencia que, después de 1945, copresidió un mundo bipolar hasta 1991, cuando la Unión Soviética desapareció y la guerra del Golfo despejó el camino hacia la hegemonía estadounidense.

Un factor determinante del liderazgo estadounidense en el siglo XX fue su modelo económico, una combinación de producción masiva y consumo de masas. Este sistema se apoyó en el new deal, el nuevo pacto social auspiciado por el demócrata Franklin Delano Roosevelt y también conocido como fordismo, en honor de Henry Ford, el inventor y fabricante de los célebres automóviles Model-T.

Entonces, el capitalismo sin prácticamente leyes dio paso a un sistema más reglamentado, por el que se aceptó que el gobierno limitara el poder del capital. No era el Estado del bienestar europeo, pero tampoco era la jungla anterior. A esta doctrina se la denominó convergencia armónica, idea que fue aplicada a las relaciones internacionales, en las que prometió un mundo con estables instituciones internacionales.

La competición ideológica entre Estados Unidos y la Unión Soviética se libró entre el new deal y la economía planificada. Entonces, de la misma manera que el idealismo de Wilson inspiró antes la Sociedad de Naciones, Franklin D. Roosevelt auspició un nuevo orden internacional basado en la ONU y en el imperio de la ley. La excepcionalidad estadounidense parecía, de esta manera, en retirada, y la convergencia armónica se convirtió en el gran proyecto. Según el guión, esta convergencia debería acelerarse después de la guerra fría, cuando, una vez desaparecida la URSS, el final de la historia estaría a un tiro de piedra, al menos para Francis Fukuyama, ahora un neoconservador crítico con la guerra de Iraq. Pero el modelo rooseveltiano comenzó a retroceder en los ochenta, cuando Ronald Reagan sentó las bases de otro capitalismo desregulado.

En los últimos veinte años, el mundo ha conocido los cambios más profundos desde el inicio de la guerra fría, tanto políticos como económicos, sociales y tecnológicos. La desaparición de la Unión Soviética puso fin a la guerra civil europea del siglo XX y dejó a Estados Unidos como única superpotencia, lo que cambió el mundo de arriba abajo, no los atentados del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York, Washington y Pensilvania. Aunque estos fueron interpretados por la Administración Bush como la oportunidad histórica para alumbrar otro sistema internacional basado en cuatro ideas: la preservación del flamante orden unipolar, la primacía de la fuerza, el ejercicio unilateral del poder y el derecho a desencadenar una guerra preventiva aunque la amenaza no fuera inminente. William Pfaff, columnista estadounidense, lo ha resumido contundentemente: “Antes del 11 de septiembre, Estados Unidos ya estaba cerca de una universalidad de influencia e incluso de una dominación de la sociedad internacional que ningún imperio anterior poseyó. Pero carecía de voluntad política para imponerse. El 11-S proporcionó esta voluntad”.

El debate sobre el imperio, cuyas raíces se remontan a Theodore Roosevelt, a principios del siglo XX, se disparó el 11 de septiembre del 2001, y uno de los primeros tiros lo disparó Max Boot, un editorialista de The Wall Street Journal que echó mano de la idea imperial para explicar los atentados. “El 11 de septiembre fue resultado de la insuficiente ambición de Estados Unidos; la solución, por eso, está en la necesidad de ser más amplio en los objetivos y más decidido a la hora de pasar a la práctica.” Al carro de Boot se subieron todo tipo de pensadores. Para un significativo sector de académicos y analistas, el término imperialista empezó a no ser una crítica, sino lo contrario.

Hace una generación se publicó The Ugly American (el americano feo), que trató de explicar por qué Estados Unidos, errores políticos incluidos, se había ganado la antipatía de quienes podían ser sus amigos en el Sudeste Asiático. Después del 11 de septiembre, Joseph Nye jr., subsecretario de Defensa de Bill Clinton, publicó un magnífico libro, La paradoja del poder norteamericano (Taurus, 2003), en el que reclamó la atención de la Administración Bush sobre el poder blando, que es considerado como el tercer pilar, con el militar y el económico, de la política exterior que ha hecho de Estados Unidos una hiperpotencia. Nye no resta importancia al poder militar, pero advirtió de los peligros que se derivan de la obsesión de confiar exclusivamente, o casi, en la fuerza.

La posible caída del imperio americano es ahora un tema recurrente. El debate lo resucitó en 1987 Paul Kennedy, eminente historiador de Harvard, y ahora, con el gradual desplazamiento del poder hacia Asia, la discusión se ha hecho global. Kennedy escribió un libro excelente, Auge y caída de las grandes potencias (DeBolsillo), en el que pronosticó el declive de Estados Unidos, como antes hicieron el historiador Carlo Cipolla y el periodista Walter Lippmann, al reparar en que la caída de las grandes potencias ha estado estrechamente relacionada con la multiplicación de sus responsabilidades militares hasta que se han quedado sin fuerzas. Pero Kennedy, que se adelantó a la ruina estratégica y económica de la invasión de Iraq, no tuvo suerte: su libro se publicó dos años antes de que se hundiera el imperio soviético.

Los cambios operados en la escena internacional desde el 11 de septiembre han puesto fin al momento unipolar de los neoconservadores y han hecho que la escena sea más multipolar. En Asia se ha gestado el acontecimiento económico de nuestra era: el ascenso de China e India, las superpotencias demográficas. En Oriente Medio, el triunfo de la revolución teocrática de Jomeini, así como el enconamiento del conflicto palestino-israelí, han dado paso al resurgir del islamismo y del terrorismo apocalíptico. La globalización se ha acelerado con innovaciones tecnológicas como internet y los ordenadores personales. Y las migraciones se han mundializado con las globalizaciones de la economía, del transporte y de la información, que han achicado el mundo. Es decir, mientras la Administración Bush estaba atrapada en las guerras de Afganistán e Iraq, el planeta se ha transformado. Estados Unidos aún es la única superpotencia, pero el hundimiento de Wall Street, el desastre económico y los compromisos militares indican, a diferencia de lo que ocurría hace medio siglo, que a Estados Unidos el mundo parece venirle grande.

Fareed Zakaria acaba de publicar un libro, The Post-American World, que define la nueva era, caracterizada, según dice, no tanto por el declive estadounidense como por el ascenso de los otros. Gulliver no ha empequeñecido, sino que, gracias a la globalización, le han crecido los enanos, como China, que en un día exporta ahora más que todo lo que exportó en 1978, cuando Deng Xiaoping abrió la puerta al capitalismo. Las estadísticas que maneja Zakaria son elocuentes. El PIB estadounidense actual asciende a 14 billones de dólares, mientras que el chino es de tres billones. En dos decenios, China podrá crecer hasta los 12 billones. ¿Rozaría entonces la primera plaza? No, su PIB sería menos de la mitad que el estadounidense. Los valedores del crecimiento chino subrayan que ya fabrica 600.000 ingenieros anuales mientras que Estados Unidos sólo produce 70.000. ¿La enseñanza china es, pues, superior? No. Entre el 42% y el 68% de las cincuenta primeras universidades del mundo son estadounidenses. Y China también tiene sus puntos débiles, incluida su sed de petróleo, ya que, como Europa y Japón, envejece. ¿Cuál sería, entonces, el último secreto estadounidense? La inmigración, que le hará más joven en este siglo.

La Administración Bush ha sido un desastre. Ha pretendido revolucionar, con las guerras de Afganistán e Iraq, el sistema heredado de la guerra fría. Pero el resultado ha sido un desastre, entre otras cosas porque la guerra contra el terrorismo no se ha convertido en ningún principio organizador del sistema internacional, al tiempo que la influencia del poder blando estadounidense ha disminuido. Por eso, la continuidad de la hegemonía estadounidense en un mundo cada vez más multipolar dependerá, al menos en parte, de la percepción que de ella tenga el mundo, si se la considera benigna o arrogante. El unilateralismo de Bush sin el complemento multilateralista, que significa legitimidad internacional, es una invitación a contrapesos estratégicos.

¿Qué cambiarán, entonces, las elecciones presidenciales del 4 de noviembre? La guerra global contra el terrorismo seguirá siendo la prioridad de la política exterior estadounidense después de Bush, pero la globalización, dominada inicialmente por Estados Unidos, ha acelerado, como dice Laurent Cohen-Tanugi (Guerre ou paix, 2007), el ascenso de nuevos centros de poder. El mundo ha cambiado.

El barón del petróleo

En la década de 1970, con la guerra de Vietnam, El Padrino, Chinatown y Alguien voló sobre el nido del cuco fueron metáforas de la sociedad estadounidense de la época. Ahora, con la guerra de Iraq, Pozos de ambición, de Paul Thomas Anderson, y Michael Clayton, de George Clooney, son la imagen de la venalidad de los negocios de fin de siglo. Pozos de ambición se inspira en Petróleo, novela de Upton Sinclair que en 1927 abrió el pozo sin fondo de la demonización de los barones del petróleo, cuya penúltima dinastía es la de los Bush.

El petróleo comenzó a cambiar el mundo a mediados del siglo XIX, cuando Samuel Kier, un boticario de Pensilvania, lo comercializó con el nombre de aceite de roca. Desde entonces, el crudo ha creado personajes peculiares, como Daniel Plainview, el protagonista ambicioso, despiadado y misántropo de Pozos de ambición. Para narrar esta historia, que arranca en 1898, en el sur de California, y termina en 1927, dos años antes del crac de Wall Street, Sinclair tuvo abundante materia para inspirarse. Un yacimiento fue el joven John D. Rockefeller (1839-1937), quien, después de un rosario de extorsiones y sobornos, llegó a controlar el 90% del petróleo del país. Si se tradujera su fortuna de la época en dólares actuales, Rockefeller habría sido el individuo más rico de la historia.

El petróleo explica la prehistoria empresarial estadounidense. Wall Street,
la película de Oliver Stone, nos adelantó la codicia que ha desembocado en la crisis financiera del 2008. Y Michael Clayton nos cuenta la corrupción de principios
del siglo XXI.


Del aislacionismo al globalismo

El salto de Estados Unidos desde el aislacionismo hasta el globalismo es explicado por sus respuestas a cuatro graves incidentes, aunque no todos fueron agresiones.

Primero, la voladura del Maine el 15 de febrero de 1898, cuando 266 marineros estadounidenses perdieron la vida en un accidente que Washington atribuyó a un sabotaje español, lo que provocó la guerra; la victoria militar permitió a Estados Unidos poner un pie por primera vez fuera del continente americano.

Segundo, el hundimiento del transatlántico Lusitania, provocado por un submarino alemán el 7 de mayo de 1915, que costó la vida a 1.200 personas, entre ellas 129 estadounidenses; Estados Unidos comenzó entonces a codearse entre los grandes después de la guerra.

Tercero, el ataque japonés contra Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, que mató a 2.043 estadounidenses; la derrota de las potencias del eje hizo de Estados Unidos una superpotencia.

Y, finalmente, el 11 de septiembre del 2001, cuando los atentados en Nueva York, Washington y Pensilvania segaron 2.986 vidas, la mayoría estadounidenses, y dieron paso a las guerras de Afganistán y de Iraq.

La voladura del Maine, el hundimiento del Lusitania y el ataque contra Pearl Harbor fueron decisivos para que los estadounidenses pusieran de manifiesto su vocación hegemónica global. Después del 11 de septiembre, la Administración Bush pretendió revolucionar el sistema heredado de la guerra fría, pero el resultado ha sido un desastre. El momento unipolar que celebraron los neoconservadores ha dado paso a un mundo más multipolar.