"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

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domingo, 8 de marzo de 2015

El colapso de un modelo

LA VANGUARDIA | 02/03/2015
Josep Maria Sòria
Barcelona

El acreditado profesor Josep Fontana escribe que La economía española en perspectiva histórica de Jordi Maluquer de Motes (Pasado&Presente. 2014) es un libro producto de su experiencia de más de 40 años de investigación y de docencia, en el que además de renovar la historia económica, porque concede una gran importancia a los factores políticos y sociales, es un trabajo "absolutamente necesario para quienes aspiren a armar un interpretación coherente de lo sucedido en España, y muy en especial del fracaso de un crecimiento que llevó a que de 1997 a 2007 se llegase casi a doblar el PIB por habitante".

Este hundimiento de un modelo de crecimiento tiene que ver no sólo con las seculares debilidades estructurales del Estado español, que Maluquer escudriña de forma minuciosa para poner de manifiesto el acierto de la afirmación de Lord Byron de que "el mejor profeta del futuro es el pasado", sino también con el hecho de que en la segunda mitad del siglo XX y el primer decenio del XXI ha sido incapaz de superar los retos que tenía por delante:.

Las tres grandes depresiones españolas. Maluquer de Motes analiza las tres grandes depresiones de la España contemporánea, que todas tienen un importante componente exterior. La primera (1881-1896), viene determinada por la caída de la competitividad del sector agrario, básico entonces en la economía española, por la llegada masiva de productos de ultramar (especialmente de los Estados Unidos y de Argentina) y por la destrucción de la producción vitícola por la plaga de la filoxera. La segunda (1929-1939) tiene su causa principal en el colapso de las economías más desarrolladas del mundo, que provoca la caída de las exportaciones, el retorno masivo de los emigrantes españoles residentes en el exterior, el hundimiento de la inversión productiva y una masiva fuga de capitales al proclamarse la Segunda República. Se prolonga en nuestro país, por otra parte, con dos décadas enteras de miseria, autarquía y aislamiento internacional (1939-1959). La paradoja de la gran depresión actual que se inicia a fines del 2007 se basa en la caída del crecimiento, por el colapso de la productividad, cuando se dispone de un equipamiento tecnológico avanzado que debería haber permitido elevar la eficiencia productiva y reducir costes.

Las causas de la depresión actual. Aunque el origen está en la crisis de las subprime norteamericanas, las causas son el muy excesivo endeudamiento exterior, la caída de la productividad y la pérdida de competitividad que colocaron a España en una situación de enorme debilidad. Había señales que no deberían haber pasado desapercibidas.

En plena fase expansiva, el déficit por cuenta corriente de la economía españo la es el más grande de la historia y el año 2007 alcanza casi el 10% del PIB, un nivel auténticamente astronómico. La pertenencia a la zona euro anulaba la posibilidad de devaluar la moneda, herramienta que la experiencia histórica demuestra que hubo de ser utilizada cuando aquel déficit superaba un mucho más modesto 4% del PIB. El profesor Luis Ángel Rojo siempre advirtió que la integración en la moneda única requería ser muy prudente, pero ni los gobernantes ni los agentes económicos ni los ciudadanos en general lo fueron. Otra causa es el estancamiento de la productividad. Hasta 1996, este índice que mide la producción media por trabajador, no dejó de crecer en España de forma regular desde que existen datos, de 1850 en adelante. Pero desde 1997 hasta 2007 se trunca esa dinámica, a pesar de la aportación que debía suponer la aplicación de las nuevas tecnologías. Una anomalía que se focaliza en la construcción y en los servicios (turismo, asistencia doméstica, dependencia, etcétera), sectores donde se incorporan masivamente cinco millones de inmigrantes con baja calificación media que, aunque hacen crecer el PIB real, rebajan el PIB por habitante que es el que mide el crecimiento económico de forma efectiva. Además, los muy elevados costes salariales y fiscales debilitan la exportación y alientan la desindustrialización. Así que para Maluquer de Motes, la verdadera causa de la depresión en España no es el pinchazo de la burbuja inmobiliaria -expresión dramática de sus consecuencias- sino el estancamiento de la productividad, la pérdida de competitividad y el enorme endeudamiento exterior.
Los principales errores. El autor señala que el mayor error cometido por los gobernantes españoles de los años de la mal llamada "década prodigiosa" es no haber corregido el déficit exterior, consecuencia inevitable y demostración palpable de que el sistema perdía competitividad. Contrariamente, se sacó pecho o se miró para otra parte, confiando en la diosa fortuna o en la providencia. Además, se utilizaron los muy cuantiosos fondos europeos de forma ineficiente, cuando no suntuaria, electoral, poco o nada responsable o incluso, con frecuencia, delictiva. Ahí están las fuentes de la corrupción política. El ejemplo más paradigmático de la falta de escrúpulos y de racionalidad en el gasto público es la faraónica construcción del AVE de forma radial, con centro en Madrid, mientras la red ferroviaria convencional sigue con un ancho distinto al europeo o mientras el corredor del Mediterráneo, que es sin duda el más rentable y el de mayor capacidad de contribuir al crecimiento económico en el medio y largo plazo, sigue en el limbo de los proyectos que avanzan a trancas y barrancas. Respecto de la corrupción, afirma que no es privativa del sistema político sino que se halla muy arraigada en los hábitos y en las mentalidades de la ciudadanía y en los comportamientos y en las rutinas de las Administraciones Públicas. La corrupción política es consecuencia de un grave problema de fondo, que exigiría una profunda reforma administrativa -pendiente desde el final de la dictadura-, contra el que hasta ahora se ha sido poco o nada beligerante.

Los responsables. La respuesta de Jordi Maluquer es inmediata: "el país entero". Es cierto -señala- que la clase política no ha estado a la altura. Y también lo es que la responsabilidad de quienes ejercieron tareas de gobierno es muy superior a la del simple ciudadano que trabaja y paga sus impuestos. Pero el país entero -que, al fin y al cabo, es quien elige a los gobernantes- tampoco estuvo a la altura. "Cuando se analiza el pasado, queda claro que no era tan difícil tomar conciencia que se estaba en un camino insostenible a medio plazo, pero quien trataba de llamar la atención sobre el problema era marginado". Para el autor, en estas actitudes colectivas hay mucho de herencia del franquismo, que se manifiesta en la falta de reflexión individual y colectiva sobre los problemas comunes. "Antes mandaba el general y ahora mandan los partidos, a los que se exige que sean quienes aporten soluciones, lo que explica que se hayan elegido a políticos incompetentes, con muy bajo nivel de formación, poco transparentes o sencillamente corruptos". La pregunta que se hace Maluquer es por qué se es tan tolerante con la falta de formación de muchos políticos, que no pasarían pruebas sencillas para optar a trabajos de baja calificación o a puestos de modesto nivel en la propia Administración Pública.

El futuro. Para el catedrático de la UAB se han realizado dos grandes reformas, la laboral y la financiera. El mercado laboral ha eliminado aquella extrema rigidez que le caracterizó por décadas. El sistema bancario ha sido sometido a una purga de extraordinaria dureza que ha eliminado todas las entidades que actuaron de forma imprudente e irresponsable. Pero restan por realizar cambios trascendentales, particularmente en la esfera de las Administraciones Públicas.


miércoles, 17 de marzo de 2010

¿NEOLUDISMO?

Crisis (18): neoluddismo
Xavier Sala i Martín
La Vanguardia / 17-III-2010

Nottingham, Inglaterra, 11 de marzo de 1811. Son los albores de la revolución industrial y las empresas del textil están adoptando una nueva tecnología de tejido. Miles de artesanos entran en las fábricas y destruyen las nuevas tejedoras. Las manifestaciones se generalizan por todo el país en lo que se da en llamar "movimiento luddita" (llamado así porque aseguran estar liderados por un tal Ned Ludd a quien, todo sea dicho de paso, nadie ha visto jamás). El rey inglés, temiendo una revolución parecida a la que acabó guillotinando a sus aristocráticos colegas franceses, envía 35.000 soldados a Nottingham. Las batallas campales se saldan con cientos de trabajadores ejecutados o desterrados a Australia. El movimiento luddita desaparece trágicamente.

A raíz de la crisis económica actual, sin embargo, una especie de neoluddismo parece haber reaparecido con fuerza, pero no entre los ignorantes artesanos del siglo XIX que defendían sus puestos de trabajo, sino entre economistas serios del siglo XXI. Los intelectuales dicen que la modernización y el cambio tecnológico hacen que las máquinas produzcan lo que antes hacían los trabajadores y eso genera desempleo crónico. El luddismo del siglo XIX era comprensible porque defendía sus puestos de trabajo. El del siglo XXI carece de sentido porque se basa en una falacia económica.

Me explicaré con un ejemplo: imaginemos un país con 6 millones de trabajadores que sólo produce dos bienes, pan y tomate (resulta que a los ciudadanos les encanta comer las dos cosas juntas ya que han inventado el "pan con tomate"). Las empresas panaderas emplean a 3 millones de trabajadores, cada uno de los cuales produce una barra cada día. Las tomateras emplean a los otros 3 millones de trabajadores y cada uno produce un tomate diario. Total, cada día se producen 3 millones de panes y 3 millones de tomates. Hasta aquí todo es sencillo.

Imaginemos ahora que al sector pan llega una máquina que permite a cada trabajador producir no una sino dos barras al día. La productividad de los trabajadores se dobla y eso es fantástico, ¿no? Pues no: un catedrático neoluddita explica que, dado que el sector tomate no ha mejorado y seguirá produciendo sólo 3 millones de tomates al día y dado que, con la nueva tecnología, el sector pan puede producir los 3 millones de panes con la mitad de trabajadores, los empresarios despedirán a la mitad de sus empleados. Es decir, el progreso tecnológico habrá destruido 1,5 millones de puestos de trabajo y el paro subirá hasta el 25%. ¡La innovación es una tragedia!

Todo esto sería correcto si no fuera por el hecho de que es incorrecto. Y es que el catedrático debería saber que, en un mundo donde los ciudadanos se buscan la vida, aparecerán emprendedores que verán una buena oportunidad de negocio: si crean nuevas empresas de tomate que contraten a un millón de trabajadores y crean nuevas empresas de pan que contraten al medio millón restante, podrán producir y vender en total un millón adicional de unidades de pan con tomate y el paro desaparecerá. El progreso tecnológico, pues, no habrá generado desempleo sino que la producción (el PIB) habrá aumentado en un… ¡33%! Los neoludditas, pues, caen en la "falacia de la composición" que dice que lo que es verdad en un sector, también lo es para la economía en su conjunto. En realidad, aunque es cierto que el sector del pan pierde empleo en primera instancia, una vez producidos los ajustes, la macroeconomía no pierde empleo sino que gana riqueza.

Naturalmente, el ejemplo es muy sencillo y no refleja completamente la compleja realidad de nuestro país, pero si ustedes sustituyen la palabra pan por la palabra industria y la palabra tomate por la palabra servicios verán que eso es más o menos lo que ha pasado en nuestra economía en los últimos cien años: el progreso tecnológico en la industria ha hecho que el empleo en ese sector haya ido cayendo. Pero, a diferencia de lo que dicen los neoludditas, eso no ha provocado masivas tasas de paro, sino que los trabajadores se han ido recolocando en el sector servicios al tiempo que la riqueza del país aumentaba.

Todo esto es todavía más cierto si tenemos en cuenta que la mayor parte del progreso tecnológico no consiste en aumentar la productividad en sectores tradicionales, sino en crear nuevos productos que requieren trabajo: desde iPods hasta Nespressos pasando por Googles, Viagras o YouTubes. Ahora bien, el ejemplo demuestra que, incluso cuando el cambio tecnológico tiende a ahorrar mano de obra, se crea riqueza y el desempleo no aumenta. Aquí es donde ustedes se preguntan: si cuando hay desempleo, rápidamente aparecen empresas nuevas que crean puestos de trabajo, ¿por qué hay un 20% de paro en España? Pues porque en España esas empresas no aparecen rápidamente. Y no lo hacen porque existen muchas barreras prohibitivas, entre las que destacan el exceso de regulación, la rigidez de los convenios, una banca excesivamente obsesionada con el negocio hipotecario ignorando a los emprendedores y un sistema educativo que permite a los trabajadores adaptarse a los cambios impuestos por la innovación. Y todo eso no sólo hace que las tasas de paro sean altas, sino que hace que sean crónicas. Para arreglarlo hay que liberalizar esos mercados, facilitar la actividad empresarial y conseguir que los trabajadores sean más productivos. La productividad, pues, no sólo no es el problema que causa el paro, sino que es exactamente la solución… por más que digan los intelectuales del neoluddismo.
X. SALA I MARTÍN, Columbia University, Fundació Umbele y UPF