"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.
miércoles, 12 de mayo de 2010
La natalidad entra en declive en Catalunya El análisis
FUENTE: http://www.lavanguardia.es/premium/epaper/20100512/53925639180.html
La media de hijos por mujer preocupa más que el total de nacimientos
"La fecundidad no debería reducirse"
BARCELONA - Redacción
El descenso de natalidad registrado en Catalunya en el 2009 después de trece años seguidos de aumento preocupa menos a economistas y sociólogos que el hecho de mantener estable la tasa de fecundidad - el número medio de hijos por mujer-y de asegurar que los niños tengan después una educación de primer nivel. La calidad antes que la cantidad.
Según adelantó ayer La Vanguardia,el año pasado nacieron en Catalunya 85.916 niños, un 3,8% menos que en el 2008. Este descenso pone fin al ciclo de aumento de la natalidad iniciado en 1996 y augura un declive que se prolongará hasta más allá del 2020, según las proyecciones del Institut d´Estadística de Catalunya (Idescat)
Pero el número total de nacimientos es una cifra sobre la que los especialistas en ciencias sociales no hacen juicios de valor. Más importante que la cifra bruta de natalidad es la tasa de fecundidad, que indica cuántos hijos tiene cada mujer por término medio. Una reducción de la tasa de fecundidad indicaría que las parejas empiezan a tener menos hijos. O, lo que es lo mismo, que una proporción significativa de parejas renuncian a tener hijos que, en circunstancias más propicias, hubieran tenido.
Con los datos de natalidad del 2009 conocidos hasta ahora, que se derivan del registro de bebés nacidos en Catalunya del Departament de Salut, aún no es posible saber si en el 2009 se ha reducido la fecundidad o sólo la natalidad. Los demógrafos ya habían pronosticado que Catalunya entraría en una fase de declive demográfico cuando las generaciones nacidas durante el baby boom de los años setenta dejaran de tener hijos y las generaciones vacías de los años ochenta llegaran a la edad de reproducción. La natalidad, decían, tenía que bajar algún día porque se reduciría el número de personas en edad fértil. El momento ha llegado. "El panorama que tenemos ahora por delante, con una población que va reduciendo con la edad sus efectivos, desde un máximo a los 34 años de edad a un mínimo de más lejos", dice el demógrafo del centro Migra Studium Lluís Recolons.
El inicio del descenso se registró en abril del 2009, nueve meses después de que los efectos de la crisis empezaran a castigar a la población, lo que sugiere que sí pudo producirse un descenso de la fecundidad. También es probable, aunque por ahora sólo es una hipótesis, que este posible descenso de la fecundidad haya afectado más a la población inmigrante que a la autóctona. Pero habrá que esperar a que el Idescat presente los datos detallados de los nacimientos del 2009 para saber cómo evolucionó la tasa de fecundidad.
"Sí sería preocupante si la tasa de fecundidad se redujera en la población autóctona porque, si además deja de llegar inmigración, no habría repoblación", advierte el economista Guillem López-Casasnovas, de la Universitat Pompeu Fabra (UPF). López-Casasnovas rechaza el discurso catastrofista según el cual, si la natalidad cae, la población activa no será suficiente para pagar las pensiones y la sanidad del creciente número de personas jubiladas. "El discurso que dice que tiene que haber cada vez más jóvenes para equilibrar la seguridad social no es cierto", afirma este catedrático. "Sólo se equilibraría si la política de formación de capital humano fuera de primera división y si el mercado laboral pudiera absorber toda esta masa. Pero España no se distingue precisamente por tener una formación de capital humano de primera división, y los jóvenes tienen una tasa de paro elevada". Margarita Delgado, del CSIC, coincide en que "lo importante, más que el número total de nacimientos, es la estructura demográfica de la población, la relación entre la población activa y la dependiente".
lunes, 2 de febrero de 2009
Estado de la natalidad en Europa. Francia, un país para NACER
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| Secció '', 23/01/2009 | |
El éxito francés en la política de natalidad contrasta con los tímidos avances en España Los párrafos sombreados se refieren a la situación en España LLUÍS URÍA CELESTE LÓPEZ - París. Corresponsal / Madrid EL SISTEMA DE AYUDAS Francia facilita la compatibilidad de la maternidad con una carrera profesional LA TASA DE FECUNDIDAD Las francesas llegaron en el 2008 a la media de 2,02 hijos, un nivel no visto en 30 años Béatrice L., contable en unos grandes almacenes de París, acaba de tener a su tercer hijo - un niño-después de haber traído al mundo a dos pizpiretas niñas que ahora tienen 6 y 8 años. El salto de dos a tres no ha requerido un gran debate familiar, se ha impuesto con lógica naturalidad. Como muchas de las madres a las que se cruza cada día camino de la escuela de sus hijas, como muchas de sus compañeras de trabajo y de sus amigas. Como miles de francesas en edad de procrear, para quienes el hispánico ideal de la "parejita" resulta un horizonte demasiado estrecho. Como a todas ellas, a Béatrice no parecen arredrarle ni los peajes de su carrera profesional ni el esfuerzo económico adicional que exigirá la ampliación de la familia. Empleo, formación y medios públicos son la clave de los países que más procrean Más viejo todavía BEATRIZ NAVARRO - Bruselas. Corresponsal EXCEPCIONES Sólo Francia, Irlanda y los países nórdicos se acercan al ideal de 2,1 hijos LAS CLAVES "Da mejor resultado invertir en guarderías que dar ayuda económica" DIFÍCIL TRANSICIÓN SOCIAL En los países del Este, el paso al sistema capitalista frenó la natalidad Referirse a Europa como el Viejo Continente no sólo tiene que ver con la historia, sino también con la demografía, aunque sería más correcto llamarlo el envejecido continente:la tendencia se inició en los años setenta con la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral y desde entonces pocos países han logrado invertirla y acercarse al ideal de 2,1 hijos, el necesario para mantener estable la población de un país. Sólo Francia, Irlanda, Suecia, Finlandia y Dinamarca se acercan, con entre 1,8 y 2 hijos por familia. Tuvieron sus altibajos en los noventa, pero las cifras de nacimientos se mantienen altas. Junto con Holanda, son además los únicos países que superan los 1,7 hijos por mujer, el nivel que garantiza mantener la población con una tasa de inmigración moderada. |
martes, 28 de octubre de 2008
Sin hijos por elección (reportaje)
Ilustraciones de Antonio Ballesteros

“Cuando la gente se entera de que no tengo coche, me mira como a un bicho raro; cuando me preguntan si tengo hijos y contesto que no, ¡me miran como a un marciano!” Quien así habla es Eduardo, un abogado madrileño de 39 años. Desde hace 11, mantiene una relación de pareja con Carla, y hace ya ocho que contrajeron matrimonio. Ambos tienen claro que los hijos no entran en su proyecto de vida. Como ellos, son cada vez más los españoles que rechazan la idea de ser padres.
Nos encontramos ante las primeras generaciones que se atreven a poner en la balanza los pros y los contras de la paternidad. Sus bisabuelos y sus abuelos crecían teniendo muy claro que de ellos se esperaba que tuvieran una vida similar a la de sus padres, en la que tener y sacar adelante a los hijos sería una faceta fundamental. El primer hijo se tenía poco después de alcanzar la madurez y contraer matrimonio, y después venía otro, y otro… Hoy, los hombres y las mujeres que eligen vivir sin descendencia son una tendencia al alza en los países industrializados. En el mundo anglosajón, hace ya años que se vienen organizando para compartir vivencias y reivindicar espacios sólo para adultos: restaurantes, paquetes turísticos ¡y hasta urbanizaciones donde los pequeños tienen vetada su entrada! Se denominan childfree (libres de hijos) por oposición a childless (sin hijos), término con el que según ellos debería identificarse sólo a aquellas personas que, aun deseándolos, no los tienen. Sólo en Estados Unidos, se estima que en el 2010 habrá 31 millones de parejas sin niños.
En España, el porcentaje de personas de 29 años solteras ha pasado en sólo dos décadas de un 20 a un 56%. Hace treinta años, el 80% de las mujeres entre los 25 y los 29 años tenía al menos un hijo a su cargo; hoy son minoría las que en esta franja de edad ya han iniciado el camino de la maternidad. De media, la mujer española da a luz a su primer hijo rozando la treintena, a una edad en que sus abuelas ya vivían rodeadas de una prole más o menos numerosa.
Del materialismo imperante en los ochenta y los noventa hemos pasado a una sociedad que los estudiosos llaman posmaterialista, en la que la participación y la libertad de poder elegir son valores al alza. Las nuevas generaciones exigen (y ejercen) un mayor control sobre su destino. Eligen su pareja o su orientación profesional con mayor libertad; también el número de hijos y el momento de tenerlos. Retrasan la edad de contraer matrimonio, y, tras él, son muchas las parejas que posponen el momento hasta haber alcanzado cierta estabilidad económica o, simplemente, se dan unos años para disfrutar de actividades y experiencias que los hijos harán inviables en el futuro. Y algunos deciden simplemente que invertir un número importante de años en la educación de sus retoños es algo que no va con ellos.
A contracorriente
“No es que no me gusten los niños. Adoro a mis sobrinos, y me encanta llevármelos de fin de semana o pasar una tarde con ellos. Pero también me gusta devolvérselos a sus padres y saber que puedo seguir con mi vida”, explica Asunción, que trabaja en las urgencias de un gran centro hospitalario. “Me gusta mi vida, tengo un trabajo que me apasiona y que me absorbe jornadas larguísimas. En mi tiempo libre, me gusta viajar, leer y practicar el alpinismo. Me parece bien que haya quien piense que una vida con pañales, colacaos y tareas escolares es más interesante. Cada cual debe elegir vivir la suya como mejor le parezca.”
En su forma de hablar asoma algo muy parecido a la provocación que ella aclara que es en realidad hastío. Un hastío compartido por muchos hombres y mujeres que no están dispuestos a asumir la procreación como una necesidad ni como una obligación, sino como una opción que debería ser, al menos, tan respetada como la de tener hijos. Se sienten a contracorriente en una sociedad que, a su juicio, idealiza la maternidad y mira con suspicacia a quienes la ponen en cuestión.
Acostumbrados a tener que explicarse una y otra vez ante un entorno que considera que se equivocan, sus argumentos están concienzudamente hilvanados. Esgrimen en primer lugar la libertad personal de emplear el tiempo y las capacidades propios como cada cual lo estime conveniente, siempre y cuando no perjudique a terceros. No viven la falta de hijos como una renuncia, sino como la oportunidad de dedicar su tiempo y su energía a otras facetas sin el peso de la responsabilidad de su crianza. Ya lo decía Virginia Woolf, el mundo sería mucho más pobre si los grandes escritores hubieran cambiado sus libros por niños de carne y hueso. Autores como Platón, Émile Zola, Sartre, Descartes y Kant, o artistas como Francis Bacon o Beethoven nos han dejado un valioso legado sin necesidad de perpetuar sus genes (o tal vez en parte gracias a ello).
Junto al libre albedrío, los argumentos éticos y ecológicos son otro de los pilares del discurso de numerosos childfree. José Luis, que el año pasado se practicó una vasectomía, explica así lo definitivo de su postura: “No es que sobren personas en la Tierra, ¡lo que sobran son ricos! Cada españolito que nace tendrá un impacto medioambiental enorme y consumirá una cantidad indecente de recursos. Para mí, las familias numerosas son una demostración del egoísmo ciego de una sociedad egocéntrica lanzada a un consumo desaforado; mientras, la mitad de la humanidad no puede cubrir sus necesidades mínimas. ¿Cómo se atreven a decirme que soy un egoísta por no querer aumentar el desequilibrio?”, añade.
A pesar de sus argumentaciones –o tal vez precisamente porque estas cuestionan algunas de las asunciones sobre las que el grueso de la población construye sus esquemas–, quienes se cierran en banda a la posibilidad de reproducirse suelen ser vistos como seres inmaduros y egoístas. “Es difícil de entender”, afirma Javier, el marido de Asunción. “Traer una criatura a este mundo implica una responsabilidad enorme, pero nadie te pide explicaciones. Si soy un mal padre o no tengo el tiempo necesario para dedicarlo a mis niños, puedo hacer mucho daño; no tenerlos es una opción que no atañe a terceros. A veces pienso que el mundo sería mejor si la gente pensara más en por qué tienen niños en lugar de por qué algunos no los tenemos.”

¿Por qué tenemos hijos?
¿Por qué tenemos hijos? La cuestión que Javier coloca sobre el tapete no es tan fácil de responder como pudiera parecer. ¿Porque es lo natural, lo propio del ser humano? “Llevamos inscrito en los genes el instinto de reproducción, pero hemos evolucionado lo suficiente como para poder cuestionar nuestros instintos con la razón ¿no?”, argumenta el profesor de secundaria.
Desde un punto de vista meramente adaptativo, parece claro que procrear ha dejado de ser una necesidad. Durante gran parte de la historia del Homo sapiens, tener hijos aseguraba la supervivencia de la especie y del individuo. Pero ya hace mucho tiempo que la perpetuación de la especie humana no depende de que el máximo número de individuos fértiles se reproduzcan. La tensión entre una población mundial que aumenta en 80 millones al año y unos recursos cada vez más escasos alimenta la tesis contraria. Por otra parte, los hijos eran necesarios en el pasado para garantizar la seguridad individual, ya que la familia era el refugio de la vejez y una red de protección frente a la adversidad. La seguridad social, los seguros y los planes de pensiones cubren hoy estos aspectos.
¿Tenemos hijos porque necesitamos dejar nuestra impronta sobre el planeta? ¿Porque fuimos educados para ello? ¿Porque seguimos asumiendo sin cuestionarlo que es lo natural? ¿Simplemente porque es lo que queremos hacer? Para la escritora Corine Maier (que se dio a conocer internacionalmente con el polémico Buenos días, pereza), existe una conspiración de los gobiernos y de las empresas capitalistas a favor de la maternidad que anula y esclaviza al personal, en especial a las mujeres. Su libro No kids: 40 razones para no tener hijos ha sido número uno en ventas en Francia, uno de los países europeos con mayores tasas de natalidad. Con un tono provocador, al más puro estilo Risto Mejide, se marca el objetivo de “desmoralizar a los padres y madres en potencia”. Madre de dos hijos, Maier escribe: “Si no hubiera tenido hijos, estaría dando la vuelta al mundo con el dinero que he hecho con mis libros. En lugar de eso, tengo que quedarme en casa, servir las comidas, levantarme a las siete todos los días, repasar estúpidas lecciones y poner la lavadora. Todo eso, por dos hijos que me tratan como a la sirvienta. Algunos días me arrepiento de haberlos tenido. Y me atrevo a decirlo”.
No cabe duda de que convertirse en padres obliga a reajustar las rutinas y las prioridades. Decía el escritor Michael Levine que tener un piano no lo hace a uno pianista, del mismo modo que tener un hijo no lo convierte en padre. Ser padre requiere al menos tanto tiempo y dedicación como llegar a dominar el arte del piano, pero también es cierto que produce algunas de las satisfacciones mayores a las que puede aspirar el ser humano. Acompañar a un hijo en el apasionante proceso por el que pasa de ser un ser indefenso incapaz de valerse por sí mismo a un adulto autónomo es una experiencia transformadora, que nos permite redescubrirnos a nosotros mismos y redescubrir la vida y sus esencias. El amor padre-hijo es posiblemente la forma más limpia de amar, ya que es la única que está siempre dispuesta a darlo todo sin necesidad de reciprocidad.
De cuantas decisiones marcan nuestra vida, la de tener hijos es seguramente la más determinante. Podemos cambiar nuestra orientación profesional o nuestra pareja, pero no es posible devolver al útero materno un niño de tres años, un adolescente iracundo o un adulto que no nos entiende. La aventura de ser padres es grandiosa y de por vida y, al mismo tiempo, encierra una enorme responsabilidad. Vivimos tiempos en que podemos (y debemos) plantearnos si deseamos o no asumirla.
Para muchos, ver a sus hijos crecer y desenvolverse en la vida es una de las claves que dan sentido a su paso por el mundo; en cambio, otros sienten que su proyecto de vida es pleno y completo dedicándola a otros proyectos que los hacen sentirse realizados. Si asumimos que tener hijos no es ni una obligación ni una necesidad, podremos considerar tan válida una opción como la otra.
Abogados de la extinción
Gran parte de los males que aquejan al planeta y amenazan la supervivencia de muchas especies son producto de la mano del hombre. ¿Sería la Tierra un mundo mejor si desaparecieran los humanos? Para el Movimiento en Pro de la Extinción Humana Voluntaria, la respuesta es claramente afirmativa: la única solución posible es que los humanos dejemos de reproducirnos.
Puede sonar a chiste, pero no lo es. El VHEMT (Voluntary Extinction Movement, pronunciado vehement, por lo que sus miembros se autodenominan vehementes) cuenta con miles de voluntarios en todo el mundo. Su página web, traducida a 16 idiomas entre los que se encuentran el castellano y el catalán, propugna la no procreación como solución a los problemas del ecosistema. Acabar con la polución, el calentamiento global y el cambio climático está en nuestras manos, pero no basta con reciclar el plástico y el vidrio y utilizar gasolina sin plomo. Sólo la desaparición de nuestra especie podrá solucionar los problemas del ecosistema que nosotros mismos hemos creado.
Les U. Knight, fundador del VHEMT, pone especial atención en aclarar que se trata de un movimiento pacífico que no defiende la eliminación de los seres humanos que ya existen. Se trata de un movimiento informal que propugna el diálogo y el debate. A su juicio, traer una criatura al mundo es una forma de negación que equivale a alquilar habitaciones en un edificio ardiendo. “Y nada menos que a nuestros propios hijos” añade. Sabe que es improbable que el movimiento logre imponerse, pero aun así defiende que el Homo sapiens es un cáncer que está destruyendo el ecosistema y que deberíamos dejar de reproducirnos para que la vida pueda seguir su curso en la Tierra.
sábado, 18 de octubre de 2008
Cuatro de cada diez embarazos de barcelonesas no fueron planificados
Una de cada cuatro gestaciones termina en aborto provocado
NATALIA IGLESIAS - Girona -
Fuente: EL PAÍS, 16/10/2008
Un estudio de la Agencia de Salud Pública de Barcelona (ASPB) concluye que el 42% de los embarazos que se producen en Barcelona no son planificados y que una de cada cuatro gestaciones termina en aborto provocado. Son datos "extrapolables" al conjunto de Cataluña, según explicó la doctora Gloria Pérez, coautora del informe presentado ayer en el marco del 26º Congreso de la Sociedad Española de Epidemiología que se celebra esta semana en el Auditorio de Girona.
El 13% de las catalanas de entre 15 y 49 años toma anticonceptivos
"El estudio hace referencia a Barcelona, pero creemos que puede extrapolarse a toda Cataluña", aseguró Pérez, si bien matizó algunas diferencias con el resto del territorio, donde las gestaciones que se interrumpen de forma voluntaria serían una de cada cinco. "En Barcelona, entre el 25% y el 27% de los embarazos acaban en aborto y en el resto de Cataluña estaríamos hablando aproximadamente del 20%. En la ciudad probablemente se aborta más", añadió la doctora.
Según Pérez, tanto las cifras sobre abortos como el número de mujeres encinta que reconoce "no haber buscado" el embarazo son "muy altas" y se deben a una "mala planificación" y a la falta de "información y acceso" a métodos anticonceptivos. El estudio también revela que el 34% de las mujeres que optan por abortar son reincidentes y que el 10% de las que interrumpen su embarazo por segunda vez se someten a una nueva intervención en menos de un año. Son mujeres de entre 20 y 34 años con pocos recursos económicos, bajo nivel de estudios y en su mayoría, de origen inmigrante.
El informe también recoge que en el 97% de los casos, los abortos practicados en Barcelona son por razones de salud física y mental de la madre y el 3%, por casos por malformación congénita del feto o violación.
El mismo equipo de investigadores ha realizado un estudio sobre el uso de la píldora anticonceptiva y los factores socioeconómicos que influyen en su uso. El informe recoge que el 13% de catalanas de entre 15 y 49 años toman habitualmente anticonceptivos orales y que las universitarias son las que más usan la píldora. Según los investigadores, la cifra es "baja" y consideran que falta información sobre los diferentes métodos. "Hemos detectado que aún sigue habiendo reticencias a usar contraceptivos y miedo a sus posibles efectos secundarios", concluye Gloria Pérez.
Los datos se obtuvieron a través de la Encuesta de Salud de Cataluña del año 2006, que se realizó a 4.433 mujeres.
jueves, 29 de noviembre de 2007
El déficit de natalidad en España
Fabrizio Bernardi
Texto completo en http://www.falternativas.org/base/download/0e7e_29-07-05_13_2003.pdf
En España la tasa de fecundidad es actualmente de sólo 1,2 hijos por mujer, una de las más bajas del mundo. Sin embargo, las españolas desearían tener más hijos: 2,2 por mujer en promedio. Por lo tanto, el déficit de natalidad, es decir, la diferencia entre el número real de hijos y el deseado, es aproximadamente de uno por mujer.
Los estudios ponen de manifiesto que este déficit de natalidad se concentra esencialmente en las parejas sin hijos o con un solo hijo.
Por otra parte, la proporción de parejas sin hijos amenaza con aumentar, acompañada de una polarización socioeconómica entre parejas de alta renta sin niños o con un número reducido, y familias numerosas con escasos recursos. La dificultad en conciliar maternidad y trabajo, por parte de la mujer, aparece como responsable del progresivo retraso en la concepción del primer hijo y, frecuentemente, también del segundo.
Si el objetivo político es reducir este déficit de natalidad, entonces las medidas de apoyo financiero al tercero y siguientes hijos son un remedio erróneo. En esencia, mayores deducciones fiscales o subvenciones al tercer hijo no remedian el problema del déficit de natalidad, el deseo frustrado de tener más hijos, porque afecta esencialmente a las parejas sin hijos o con hijo único. Estas medidas no sólo son ineficientes, sino que además podrían ahondar las divisiones socio-económicas en lo referente a la fecundidad, lo que redundaría en mayor pobreza para las familias de escasa renta y gran número de hijos.
A la luz de la experiencia de otros países, la ampliación de la baja de maternidad/paternidad y la introducción de incentivos para que el padre ejerza este derecho probablemente también resulten ineficaces. La principal razón reside en la estructura del mercado de trabajo español y en la capacidad de los padres para optar por la baja. Las personas sin empleo, con un
empleo precario o los trabajadores autónomos carecen de margen de maniobra. Hasta cierto punto, se acentuaría la desigualdad entre los que pueden beneficiarse plenamente de las bajas de maternidad o paternidad y los “excluidos”.
Dos son los aspectos en que debería concentrarse la política contra el déficit de natalidad: vivienda y cuidado de niños. Se tendría que hacer un gran esfuerzo para potenciar el mercado de alquileres sociales y privados, así como para crear una densa red pública de cuidado de niños. El fracaso simultáneo de un mercado inmobiliario con altos precios y oferta escasa, y de la tradicional solución “familiar” al cuidado de los niños, convierte los primeros años de la carrera profesional en una etapa vulnerable del curso vital, precisamente cuando las parejas tratan de consolidar su posición. En esta fase de la vida, el Estado debería generar seguridad para las familias: si el Estado asumiera parte del coste de la vivienda y del cuidado de los niños, las parejas podrían tener un hijo incluso antes de haberse asentado en el mercado laboral. Estas políticas contra el “déficit de natalidad” permitirían una más pronta emancipación de los jóvenes, al tiempo que eliminarían el dilema entre carrera profesional e hijos. Las jóvenes parejas podrían decidir el número de hijos que desean con menos restricciones y dispondrían de un periodo más largo para adoptar dicha decisión. La principal ventaja de las políticas de vivienda y cuidado de niños es que beneficiarían a todos los jóvenes ciudadanos, independientemente de sus preferencias en términos de natalidad. Además, los servicios de cuidado de niños crearían empleo, ingrediente fundamental para la futura viabilidad del Estado del Bienestar.
Aparte de las políticas de vivienda y cuidado de niños, las medidas de flexibilización de los horarios de trabajo también aumentarían la calidad de vida de los padres y reducirían su estrés. Los incentivos al trabajo a tiempo parcial probablemente no supondrían una mejora, debido a la ya mencionada segmentación del mercado laboral en España y a la necesidad que tienen muchas parejas de maximizar su renta. Por el contrario, la introducción de flexibilidad en los horarios de inicio y final de jornada sí aliviaría el conflicto entre vida familiar y trabajo. Asimismo, las medidas que permiten gestionar mejor el tiempo de cuidado de los niños y las tareas domésticas deberían ser beneficiosas. Una posibilidad consistiría en crear centros para niños a los que puedan acudir al terminar las clases y en vacaciones, de forma ocasional y flexible.
En cualquier caso, una medida aislada, aun acometida con intensidad, probablemente no resultará efectiva para luchar contra el “déficit de natalidad”. Por ejemplo, hacer crecer la inversión en servicios públicos de cuidado de niños hasta alcanzar los niveles escandinavos casi no tendría efecto si los jóvenes son incapaces de formar sus propios hogares a edad temprana. Por consiguiente, las actuaciones en materia de vivienda, cuidado de niños y flexibilización de horarios deberían no sólo entrar a formar parte de los objetivos públicos, sino también abordarse de forma conjunta.
En España, la tasa de fecundidad es actualmente de 1,2 hijos por mujer, una de las más bajas del mundo. También es bien conocido que las españolas desearían tener más hijos: una media de 2,2 (Delgado, Martín 1998). En suma, existe un déficit de natalidad, la diferencia entre el número real de hijos y el deseado, que es aproximadamente de uno por mujer. En los últimos años, el declive de la fecundidad y las barreras que impiden alcanzar el “número deseado de hijos” han suscitado mucho debate. Artículos publicados en periódicos y revistas han venido a mostrar la honda preocupación por la caída de la natalidad (Stark, Kohler 2001). Los partidos políticos también han señalado la escasa fecundidad como uno de los problemas más acuciantes que requieren medidas públicas. Por ejemplo, el Plan Integral de Apoyo a la Familia del PP, aprobado en 2001 por el Gobierno, realiza un análisis de la caída de la natalidad en España e incluye medidas que pretenden garantizar la continuidad demográfica y permitir a las familias alcanzar el número deseado de hijos.
¿Por qué la baja natalidad es un problema público?
Dejando de lado motivaciones de tipo religioso o nacionalista, el debate público y académico enumera cuatro razones para justificar las políticas de natalidad:
1) la viabilidad a largo plazo del estado del bienestar y del sistema de pensiones;
2) el mencionado déficit de natalidad que produce un déficit de bienestar en los individuos;
3) la búsqueda de equidad horizontal entre las familias con y sin hijos;
4) la búsqueda de la igualdad entre los niños.
La primera de estas motivaciones se refiere al problema del envejecimiento de la población y al aumento de la ratio de dependencia (proporción entre los mayores de 65 años y los del tramo 15-64 años). Se ha sugerido que la escasa natalidad pone en peligro la viabilidad del Estado del Bienestar (Livi Bacci 1999; Esping-Andersen 1999). En esencia, en el futuro habrá menos personas trabajando que tendrán que financiar las generosas pensiones de grandes segmentos de población retirada. Por otra parte, con una mayor proporción de ancianos, cuya esperanza de vida va en aumento, se prevé una mayor incidencia de las enfermedades crónicas, lo que aumentará la presión sobre el sistema de salud pública. Además, también se ha expresado preocupación por la reducción en términos absolutos de la mano de obra cualificada que, a medio plazo, podría derivar en escasez de oferta en el mercado de trabajo (McDonald, Kippen 2000). Bajo este prisma, las políticas de natalidad quedan, por lo tanto, justificadas, porque un aumento de la natalidad permitiría a largo plazo reequilibrar en parte la ratio de dependencia, aliviar las finanzas de los sistemas de pensiones y de salud, y garantizar la reposición de la mano de obra cualificada.
En contra de estos argumentos, habría que destacar que existen otras soluciones para contrarrestar el envejecimiento de la población y la futura escasez de mano de obra: por un lado, la inmigración y, por otro, el aumento del nivel de participación en el mercado de trabajo a través de mayores tasas de ocupación de la mujer y/o un retraso general de la edad de jubilación (McDonald 2002).
Las motivaciones nacionalistas se refieren a la reproducción o fortalecimiento de un determinado tipo de población nacional o regional. Este objetivo subyace en la generosa política de natalidad del Gobierno de Québec en 1998 (Milligan 2002). Las motivaciones religiosas inciden en el carácter sagrado de la reproducción que debería ser fomentada por el Estado. Una exposición más detallada de las justificaciones de las políticas de natalidad puede hallarse en Dalla Zuanna (1999).
Un aumento de la participación de la mujer y de los trabajadores mayores podría mantener el nivel de oferta laboral de mediados de los noventa hasta 2040, incluso si no mejorase la natalidad y la inmigración se mantuviese tan baja como en 1995 (McDonald, Kippen 2000). A este respecto hay que destacar que el flujo de inmigración ha aumento fuertemente en los últimos años, pasando de un nivel de 30.000 inmigrantes a mediados de los noventa a casi 400.000 en 2001 (INE 2002)4. Además, una mayor participación de la mano de obra femenina y un retraso en la edad de jubilación son también previsibles, teniendo en cuenta el mayor nivel de cualificación de los que se han incorporado al mercado de trabajo en los últimos años (Garrido 2003). En suma, las tendencias actuales en el mercado de trabajo español sugieren que, a medio plazo, una mayor participación en el mercado de trabajo y la inmigración deberían compensar el envejecimiento de la población provocado por la baja natalidad y, de este modo, garantizar la viabilidad del sistema de pensiones y el estado del bienestar.
El segundo tipo de motivación se refiere al deseo frustrado de tener hijos. Tal y como se mencionó en la introducción, los españolas desean en promedio un hijo más del que realmente tienen. Por ello se ha sugerido que el Estado debería intervenir para eliminar las barreras que impiden que los españoles alcancen el número deseado de hijos. Esta argumentación aparece en el Plan Integral de Apoyo a la Familia del PP y, de forma más explícita, en el programa de Políticas para el Bienestar de las Familias del PSOE.
En contra de este razonamiento algunos autores han resaltado que los ciudadanos tienen muchos deseos frustrados (Dalla Zuanna 1999). Muchos quisieran tener un coche mejor, una casa más grande, vacaciones más largas, menos horas de trabajo... ¿Por qué debería el Estado subvencionar a los que optan por tener niños y no a los demás? Este debate termina derivando hacia la cuestión no resuelta de si los niños son “bienes esenciales”, a los que todos los ciudadanos tienen derecho, o si se trata de “bienes de consumo”, que dependen de las preferencias individuales. El argumento del déficit de natalidad asume que los niños son “bienes esenciales” y que existe un “derecho a la reproducción” de los individuos que el Estado tiene que garantizar. Sin embargo, obviando justificaciones religiosas, resulta difícil defender semejante “derecho a la reproducción”. No obstante, existe un versión menos radical del déficit de natalidad que no se centra en los derechos del ciudadano sino en su bienestar (Esping-Andersen 2002). En este sentido se podría argumentar que tener hijos contribuye a mejorar el bienestar individual. Por lo tanto, permitir a los que quieren tener hijos cumplir sus deseos sería una forma de aumentar el bienestar general de los ciudadanos. Se podría añadir que, a diferencia de “otros bienes”, la preferencia por los niños parece estar bastante extendida entre la población. De hecho, sólo una pequeña minoría de españoles no desea tener ningún hijo. Si se pudiese cubrir el déficit de natalidad sin penalizar a la pequeña minoría que no desea tener hijos, se podría argumentar que la sociedad en su conjunto alcanzaría un mayor nivel de Bienestar en términos paretianos.
El tercer tipo de motivación se debe a que los padres con hijos incurren en costes, directos (gastos de cuidado y educación) e indirectos (menos tiempo para dedicarse al trabajo remunerado y a invertir en capital humano) que no padecen los padres con menos hijos o sin descendencia. El Estado debería, por tanto, contribuir a esos costes para reducir la desigualdad entre familias debida a la presencia de hijos. Además, también se ha argumentado que los niños de hoy serán los generadores de la riqueza del mañana y que financiarán el futuro Estado del Bienestar (Maley 2002).
Este punto de vista se centra en la idea de que los niños son “bienes públicos”(Folbre 1994). Los padres que invierten dinero y tiempo en sus hijos contribuyen a la reproducción de la sociedad y, de forma más prosaica, a la viabilidad del Estado del Bienestar. En este sentido los adultos sin hijos pueden ser considerados como “jugadores de ventaja” dentro del pacto generacional que sostiene el sistema de pensiones. El Estado debería reconocer la contribución de los padres a la sociedad en su conjunto y, por ello, compensar los costes asociados a la paternidad/maternidad (Saraceno 1999).
El clásico argumento en contra cuestiona la naturaleza de los niños como “bienes públicos”. Se sugiere en este sentido que los padres se benefician de sus hijos en muchas formas y que los padres potenciales pueden decidir libremente si tener o no tener hijos. Dicha decisión es estrictamente un asunto de preferencias individuales respecto a costes, beneficios y alternativas a la paternidad/maternidad. Si los individuos tienen hijos es porque los beneficios que perciben son superiores o compensan los costes directos e indirectos de la paternidad. La acusación de “jugadores de ventaja” se puede rechazar si se acepta que los individuos sin hijos también financian el sistema educativo y de salud para los niños, a través de sus impuestos y, por ende, contribuyen, aunque de forma parcial, al desarrollo del capital humano de la infancia. Si se aceptan estas críticas a la consideración de los niños como “bienes públicos”, se vuelve a la cuestión de por qué el Estado debería financiar preferencias individuales. Entonces, sólo quedaría la posibilidad de reformular la cuestión en términos de bienestar general del ciudadano en lugar de preferencias individuales y ello nos haría volver a la definición menos radical del déficit de natalidad y su justificación ya mencionadas anteriormente.
Finalmente, la última motivación tiene relación con el bienestar del niño. Se argumenta que, aunque los padres deciden libremente tener hijos y, por ello, sería discutible que el Estado interviniese en las preferencias individuales, los niños no son responsables de las decisiones de sus padres (Dalla Zuanna 1999). Si se mantienen constantes los ingresos y la estructura del gasto de una familia, un niño con n+1 hermanos/as dispone de menos recursos materiales que otro niño con n hermanos/as. Estudios recientes han mostrado que las oportunidades vitales dependen en gran medida de la educación a edad temprana, que a su vez es función del capital económico, cultural y social de la familia de origen. Además, también se ha sugerido que los niños provenientes de familias numerosas están en desventaja respecto a los de familias más reducidas, porque sus padres tienen menos recursos y tiempo para dedicarles. En definitiva, un estado de bienestar comprometido con la igualdad de oportunidades educativas y, de forma más general, con la igualdad social, debería transferir recursos hacia los niños de las familias numerosas. Queda claro que las medidas para promover el bienestar de los niños no son directamente natalistas. De hecho, dichas medidas están dirigidas a los niños que ya han nacido, aunque se ha argumentado que la creación de un entorno más favorable para la infancia probablemente anime los padres a tener más hijos (Dalla Zuanna 1999). No obstante, hay que señalar que si el objetivo político es promover la igualdad de oportunidades entre los niños, entonces el nivel actual de baja natalidad es preferible a un aumento de la fecundidad. En esencia, la intervención pública tenderá a ser más efectiva si los recursos disponibles se distribuyen entre menos niños.
domingo, 11 de noviembre de 2007
TASAS DEMOGRÁFICAS BÁSICAS
La ciencia de la demografía no se limita a la medición sino que incluye necesariamente la interpretación y análisis de los datos, las proyecciones y previsiones en base a supuestos que incluyen variables no demográficas. Sin embargo la demografía estadística es el punto de partida del análisis de la población en el que se trata de medir con precisión las magnitudes demográficas.
El concepto de fecundidad se refiere al número medio de hijos que tienen las mujeres. Para medirlo con precisión es necesario delimitar con precisión la variable que queremos medir ya que la cifra que la exprese será muy distinta según consideremos a todas las mujeres que viven en un momento determinado en un país, o sólo a las mujeres fértiles, eliminando las que mueren antes de alcanzar la edad fértil. Podremos estimar también tasas de fecundidad por edades o tasa de fecundidad de cohortes.
Vea la evolución de la tasa de fecundidad en los diferentes países de la Unión Europea
Las tasas de natalidad y mortalidad son el resultado de dividir el número de nacimientos o defunciones por la población total. Normalmente se expresan en tantos por mil y por año.
Vea la evolución de las tasas de natalidad y mortalidad en España.
La diferencia entre las tasas de natalidad y de mortalidad indican el crecimiento natural o vegetativo.
El crecimiento demográfico mide el aumento, en un período específico, del número de personas que viven en un país o una región.
La tasa de crecimiento demográfico depende, además de la tasa de natalidad y de la tasa de mortalidad, de los movimientos migratorios.
La tasa de natalidad depende a su vez de la tasa de fecundidad.
La tasa de fecundidad está influida por muchos factores pero el principal es el nivel cultural de la sociedad y especialmente de las mujeres: a mayor cultura, menor número de hijos se tienen.
La tasa de mortalidad depende del grado de desarrollo económico y sanitario.
La longevidad es la duración de la vida de una persona. Se mide mediante el concepto de esperanza de vida. La esperanza de vida de un tipo de persona es la media de la duración de la vida de ese tipo de personas. Así, la esperanza de vida al nacer en España en 1900 es la media del número de años que vivieron los españoles nacidos ese año. También podemos calcular la esperanza de vida a los 75 años en 1963: cuánto tiempo sobrevivieron de media las personas que ese año tenían una edad de 75.
Esperanza de vida mundial

La "esperanza de vida al nacer" es la tasa que mide el número de años que vivirá por termino medio un individuo de 24 horas de edad. El mapa muestra la esperanza de vida en todos los países del mundo, más de 75 años en los más desarrollados, menos de 55 en los menos desarrollados.
Los índices demográficos se suelen referir a las cohortes, el conjunto de personas nacidas en un período determinado. Una forma muy habitual de representar gráficamente el tamaño de diferentes cohortes en un momento determinado es la pirámide de población. El análisis longitudinal de las cohortes y las comparaciones entre cohortes son también muy ilustrativas de la dinámica de población.
