"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Viaje al centro de la crisis ninja


Las Vegas refleja lo que ha querido ser el sueño económico de los últimos años, basado en los créditos baratos para acceder a la vivienda y la riqueza aparentemente ilimitada generada por esas hipotecas. Hoy, con la crisis extendida por todo el mundo, nadie se atreve a decir si lo peor está por llegar.

Barrios de reciente construcción en los alrededores desérticos de la ciudad de Tucson, en Arizona, un fenómeno inmobiliario común en muchos lugares de Estados Unidos
Cuando contemplas la vista nocturna desde la planta 25 del hotel casino South Point en el sur del Strip de Las Vegas, la idea aún puede parecer genial. Barrios suburbanos, extraurbanos, se extienden como espejismos por el desierto. Decenas de miles de casas unifamiliares. Luces que parpadean como una nueva galaxia de estrellas con promesas de otras vidas. Es el sueño de la vivienda de propiedad hecho realidad gracias a la ingeniería financiera más compleja de la historia. Y más allá, a unos 30 kilómetros del centro, abruptamente, la oscuridad del desierto.

Las Vegas es un buen punto de partida de un recorrido por la crisis financiera que amenaza la economía mundial y, según advirtió George W. Bush, ha puesto en entredicho el “capitalismo democrático”. Y no sólo porque la ciudad casino –destino de diversión, especulación y pérdidas garantizadas para 40 millones de personas al año– sea una metáfora de las locuras especulativas que se han cometido en Wall Street en los últimos años.

“Cuando yo vine a vivir a Las Vegas en 1982, 60.000 personas vivían aquí; ahora son dos millones”, dice Keith Schwer, economista de la Universidad de Nevada. “Hemos sido la ciudad de mayor crecimiento de empleo y de población de todo Estados Unidos en 19 de los últimos 20 años.” Decenas de miles de personas llegaron desde California o el Medio Oeste, por un lado, y desde México, por el otro. Las viviendas en las afueras de Las Vegas, al igual que las del extrarradio de otras ciudades del llamado Sun Belt (cinturón del sol), como Phoenix, Los Ángeles u Orlando (Florida), empezaron a registrar subidas explosivas de precios, del 50% al año durante el 2005 y el 2006 en algunas zonas de las afueras de Las Vegas. “Vinieron tipos financieros de California que compraban cinco o seis casas a la vez y las vendían al cabo de un mes o dos y se forraban”, dice Schwer.

Las burbujas especulativas en el mercado de la vivienda ya se conocen de sobra en el Sun Belt. A mediados de los años veinte, década del Gran Gatsby del crac bursátil, especuladores inmobiliarios como Charles Ponzi vendieron miles de parcelas en Florida para construir casas de veraneo a inversores que revendían y revendían. Como escribe John Kenneth Galbraith en su libro The Great Crash of 1929, emergió “un mundo de fantasía poblado por gente que buscaba una excusa para creer que Florida se iba a llenar de los buscadores de sol de la nueva era indolente; el clima de Florida permitió que la gente que quería creerlo pudiera creérselo”.

Pero tras el huracán de 1926, el mercado se colapsó desencadenando miles de quiebras, y el hundimiento de la economía de Florida duró décadas. Incluso después del pinchazo del boom inmobiliario de Florida, la gente siguió creyendo que la extraordinaria subida bursátil en Wall Street era sostenible. Hasta el otoño de 1929. El boom de Florida, resume Galbraith, “era el primer indicio de la convicción generalizada en los años veinte de que Dios quería que la clase media se hiciera rica”.

Ochenta años después, en las afueras de Las Vegas, la convicción era que Dios quería que los llamados ninja –sin ingresos y sin trabajo bien remunerado– fueran propietarios de una casa. Y había aún más motivos para que la gente que “quería creer pudiera creérselo”. Ya no era el clima maravilloso de Florida, sino las últimas innovaciones financieras en Wall Street, lo que justificaría la burbuja. Muchos de los nuevos compradores de viviendas unifamiliares en el desierto eran trabajadores de bajos ingresos en años de estancamiento salarial, mientras la renta de los más ricos se disparaba. En otros tiempos, incluso en los roaring twenties (los locos años veinte) de la burbuja de Florida y Scott Fitzgerald, un banco se lo habría pensado varias veces antes de conceder hipotecas por el 100% a inmigrantes de Sonora o a familias pobres que huían de la costa, muchos de ellos con deudas acumuladas en sus tarjetas de crédito. Pero en el nuevo siglo, ya consolidada la desregulación bancaria de los ochenta y los noventa, una oleada de innovaciones financieras había transformado los métodos de gestión de riesgo en los bancos. Engendró instrumentos financieros mágicos capaces de convertir la deuda de los working poor (trabajadores pobres) en activos de alta rentabilidad que hedge funds y otros vehículos de la nueva estratosfera financiera compraban y vendían en el mercado global. Tenían nombres y acrónimos técnicos que ayudaban a la gente a creerse la mentira. Había vehículos estructurados de inversion (SIV) y collateral debt obligations (CDO). Incluso se inventó una variante matemática del CDO, conocida como la CDO cuadrado.

Esos exóticos productos financieros habían cuadrado el círculo de la nueva economía de desigualdad. En la posguerra keynesiana, de sindicatos poderosos y mercados financieros férreamente regulados, las economías occidentales crecían gracias a una expansión constante del poder adquisitivo del trabajador medio. Mientras los salarios subían con los aumentos de la productividad, era una fórmula socioeconómica bastante lograda. La desigualdad económica se moderó tras alcanzar un máximo histórico justo antes del crac de 1929. “Entre los cuarenta y los setenta, los ingresos reales de familias de trabajadoras pobres creció el 98% o igual que las familias más ricas”, explica Larry Bartel en su nuevo libro Unequal Democracy. Y el aumento constante del poder adquisitivo de los asalariados permitió la expansión de la gran clase media propietaria de una vivienda con hipoteca asumible.


Ejecutivos de bancos de inversión intercambian impresiones en el exterior de la Bolsa de Nueva York el 2 de octubre pasado, después de que se extendiese la idea de que la ayuda de 700.000 millones de dólares del Gobierno podría no ser suficiente para superar la crisis
Pero tras las crisis de los setenta, los líderes de la nueva revolución conservadora se comprometieron a elevar los beneficios como porcentaje de la renta total y bajar la renta de la familia media. Eso se hizo de forma espectacular mediante la destrucción de sindicatos ayudado por la globalización económica. La renta correspondiente al 1% de estadounidenses más ricos ha subido del 10% del total al 22% del total desde los años cincuenta. Los brókers de Wall Street cobraban 1,5 veces más que el salario medio en los años cuarenta. Ahora cobran tres veces más. Pero había un problema: ¿cómo se mantendría el crecimiento de una economía cada vez más dependiente del consumo y la compra de viviendas si no subía el poder adquisitivo del trabajador medio?
La respuesta era fácil: endeudamiento. Una enorme expansión de crédito en la clase media permitía una explosión del consumo endeudado. El ahorro estadounidense de desplomó hasta niveles inferiores a la renta, pero mientras los bancos prestasen, ¿quién se iba a preocupar? Los bancos invitaban a la gente a aprovechar las subidas disparadas del precio de sus viviendas para negociar segundas hipotecas y avalar créditos al consumo con sus casas revalorizadas. Estas refinanciaciones en las que sacabas dinero del supuesto valor de la casa para otras compras subieron de 14.000 millones de dólares en 1995 hasta 250.000 millones en el 2005.

Pero aún había amplios segmentos de la población que –con sueldos de cinco o seis dólares por hora– ni trabajando 50 horas a la semana podían incorporarse a la tierra prometida de la clase media propietaria. Ideológicamente, era difícil de explicar la exclusión de los working poor y los nuevos inmigrantes hispanos del sueño americano. Y de ahí la magia alquímica de los CDO cuadrados y otras maneras de empaquetar hipotecas basura. Michael Milken, el lince de los bonos basura en los años ochenta, había usado CDO y CDO cuadrados para facilitar la compra de empresas por empresarios sin ingresos. Pero aplicar la misma técnica para convertir proletarios de bajos sueldos en propietarios de viviendas en las afueras desérticas de Las Vegas sería una innovación sencillamente genial, la salvación del capitalismo democrático (George Bush dixit) sin que la nueva clase de superricos tuviese que ceder un centavo de sus ganancias. Siguiendo la lógica de Galbraith, haría falta algo para “permitir que quienes quieren creérselo pudieran creérselo”. Y ese algo era la nueva generación de modelos de riesgo crediticio que hacían posible que familias de salario mínimo se incorporasen al sueño americano de la pequeña casa, si no en la pradera de Montana, al menos en el desierto de Nevada.

Se empezó a facilitar hipotecas al 120% del valor de la casa con tipos de interés muy bajo, a veces cero para el primer año, pero que luego subirían, según la letra pequeña del contrato. “Antes, para comprar una casa tenías que poner un 20% de tu propio dinero, y eso funcionaba durante siglos. Pero aquí la gente compraba una casa y, tras cerrar la compra, sus bolsillos estaban más llenos que antes; conozco a gente que compraba casa y les daban 7.000 dólares para muebles; puedes hablar con niños de colegio y te dirán que eso no está bien; jamás debería haber pasado”, dijo George Smith, jubilado de California, que apostaba en carreras de caballos en un casino de Las Vegas. Pero fue posible gracias a la capacidad de los bancos de empaquetar esa deuda subprime –de baja calidad– en nuevos instrumentos segmentados que, como la alquimia medieval, serían vendidos como si fueran instrumentos de elevada rentabilidad a inversores. Mientras la Reserva Federal mantenía los tipos de interés en niveles históricamente bajos, la magia funcionaba. Desde Nevada a Wall Street, pasando por Phoenix y Florida, los compradores, los bancos hipotecarios, los asesores financieros, los brókers en bancos de inversiones como Lehman Brothers, todos salieron contentos. En Wall Street las remuneraciones y las comisiones batieron todos los récords, y ejecutivos como Henry Paulson (Goldman Sachs), John Thain (Merrill Lynch), John Mack (Morgan Stanley) y Dick Fuld (Lehman Brohers) se adjudicaban salarios por cientos de millones de dólares justificados por su habilidad para gestionar bancos en un mercado de complejidad laberíntica y crear innovaciones financieras que democratizaban el mercado de la vivienda. Era como si, tras dos siglos y medio, el sueño americano se hubiese hecho realidad gracias a la matemática financiera de banqueros de Wall Street. Bush premió a Paulson nombrándolo secretario del Tesoro en el 2006. Había cobrado 30 millones de euros el año anterior.

Como los proyectos de Ponzi en Florida en los años veinte, las casas de naipes en el desierto de Las Vegas y los rascacielos art deco de Wall Street inevitablemente se derrumbarían. Y cuando la Reserva Federal subió tipos en el 2005, el sueño de las subprime empezó a convertirse en pesadilla. La morosidad se disparó en barrios suburbanos del cinturón del sol, de Florida, California, Arizona y Nevada, así como en ciudades postindustriales en el Medio Oeste. Miles de casas fueron embargadas por los bancos. Al principio, Wall Street no se preocupaba, y los índices bursátiles aún se disparaban. A fin de cuentas, las hipotecas basura sólo correspondían al 15 o el 20% del mercado hipotecario. “Aun suponiendo una tasa elevada de morosidad en ese segmento, en el contexto de una economía que vale doce billones de dólares parecía poca cosa”, explicaba Charles Morris, autor del libro The Trillion Dollar Meltdown. Pero la semilla de desconfianza se había sembrado. Conforme creció la morosidad en el sector subprime, cayó en picado el precio de los instrumentos financieros basados en el valor menguante de esas hipotecas. A la vez, se extendió la desconfianza por el sistema bancario, ya que nadie sabía cuáles eran los secretos que se escondían off balance, si un banco cliente había ocultado activos dañados por la crisis subprime, ya conocidos gráficamente como residuos tóxicos. “El problema es que nadie sabe cuánto vale toda esta deuda relacionada con las hipotecas, y hasta que los precios de la vivienda toquen fondo no lo sabremos”, augura Allan Meltzer, de la Universidad Carnegie Mellon en Pittsburgh.

Una epidemia de desconfianza y miedo se apoderó de los mercados, y los bancos dejaron de prestarse dinero entre ellos. Al principio, los bancos que quebraron eran especialistas en el mercado hipotecario, como Countrywide o New Century. Pero luego quedó claro hasta qué punto las instituciones históricas de Wall Street estaban involucradas. Bear Stearns, el venerable banco de inversiones, reconoció que dos de sus hedge funds tenían problemas debido al colapso del valor de los activos respaldados por hipotecas subprime. Luego, otras joyas de Wall Street confesaron sus secretos ocultos. Bancos que meses antes habían estado disfrutando de una fiesta orgiástica de beneficios, repartiendo miles de millones de dólares entre sus ejecutivos, se desplomaron en Bolsa. Merrill Lynch y Lehman Brothers confesaron que habían tenido que borrar miles de millones de supuestos activos en sus balances. Sólo un año antes, en el 2006, estos dos bancos habían pagado casi 7.000 millones de euros en compensaciones a sus agentes y ejecutivos. Un año después de reconocer sus problemas, Bear ­Stearns y Lehman habían quebrado, desvaneciéndose en el aire durante una tormenta de ventas. Merrill Lynch sólo se salvó gracias a que se vendió a Bank of America.

Tras el colapso de Lehman, la psicosis financiera entró en una nueva fase, terminal, la que Charles Kindleberger, autor de Manias, Panics and Crashes, calificó como la fase de revulsión. Nadie se fiaba de nadie y, como un cuadro negro de Goya, el monstruo financiero se devoró a sí mismo. Paulson y Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, fueron al Congreso para explicar a los líderes legislativos que la única forma de salvar el sistema sería comprando los activos tóxicos cuyo valor subyacente yacía en el suelo árido de alguna casa ya vacía, en las afueras de Las Vegas, Phoenix, Los Ángeles o Miami, el césped quemado, un cartel propiedad del banco clavado en la tierra seca. Se calculaba que haría falta pagar 700.00 millones de dólares por los activos tóxicos, una propuesta que se calificaría como el plan cash for trash. “Si no lo hacemos rápido, ya no habrá economía”, dijo Bernanke. Pero tras un crac a cámara lenta a principios de octubre en el cual la bolsa perdió más del 20% de su valor en cinco días, el Gobierno federal dio otro paso y decidió entrar en el capital de los bancos.

Ahora Wall Street –parcialmente nacionalizada– espera a ver si otras bombas de relojería fabricadas durante sus días anárquicos de innovación financiera también van a saltar por los aires. Por ejemplo, en el mercado de credit default swaps (CDS), instrumentos financieros cuyo valor asciende a 60 billones de dólares, cuatro veces más que el PIB de EE.UU. Diseñados para que instituciones pudieran asegurarse ante posibles quiebras, ya crece el temor de que la recesión y una inevitable ola de suspensiones de pagos desate una explosión nuclear de CDS. Mientras tanto, en Las Vegas, 25.000 casas en las nuevas urbanizaciones se vacían. Los propietarios insolventes meten las llaves en un sobre y las mandan al banco. Se llama jingle mail, correo tintineo. Luego se marchan no se sabe adónde, las luces se apagan, y el desierto recobra la oscuridad.