"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

lunes, 3 de noviembre de 2008

MIT laboratorio de grandes ideas (i+d)

Fuente: http://www.magazinedigital.com/reportajes/los_reportajes_de_la_semana/reportaje/cat_id/81

Texto de David, Dusster Magazine 02/11/2008
Fotos de Xavier Cervera

Algunos de los que imaginan el futuro trabajan e investigan en el MIT. Coches apilables como carros de compra, bacterias para convertir luz en combustible y prótesis robóticas. Miles de talentos reunidos en Boston.



Estudiantes del Media Lab, el laboratorio del MIT que concentra la investigación de máquinas para el futuro, rodean al profesor en una puesta en común de ideas en torno a un proyecto

Un automóvil plegable y apilable que se aparca encastrado como los carritos de los supermercados, operable a control remoto, con ruedas que ejercen de ordenador de ruta y alimentado con baterías eléctricas recargables en las estaciones de recogida y estacionamiento. Ese futurista coche urbano compartido es la propuesta de Franco Vairani, un argentino que realiza el doctorado de arquitectura, una de las innumerables iniciativas que se conciben y se desarrollan en el MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts), unas siglas que identifican al más reputado laboratorio de ideas de EE.UU.

Si Estados Unidos ha cimentado su posición de superpotencia mundial en la superioridad tecnológica e industrial, el MIT, cuyo campus bordea la ribera del río Charles en el área metropolitana de Boston, constituye uno de los centros donde se forma, se cuida y se promociona a los investigadores que han de liderar las próximas revoluciones científicas. Así lo confirman los principales rankings universitarios. El Academic Ranking of World Universities (Arwu) lo distingue como la quinta mejor universidad del mundo y la primera especializada en tecnología, y el The Times Higher Education Supplement (Thes) lo encumbra como el mejor centro docente de su especialidad, distinción que alterna con el Caltech, el Instituto Tecnológico de California.

Franco Vairani mira concentrado la maqueta de su proyecto, llamado CityCar, y evoca el curioso encargo que el profesor responsable del grupo de investigación de Smart Cities (ciudades inteligentes), William Mitchell, formuló hace cinco años. “Nunca había estado involucrado en algo relacionado con la automoción, mi área es el urbanismo, y en Smart Cities nos pidieron que reflexionáramos sobre el transporte urbano, que pensáramos en adaptar el transporte a la ciudad y no al revés”, comenta Vairani, que llegó al MIT de Boston en 1997 y que ultima su tesis doctoral sobre este concepto de coche urbano.

Como en la inmensa mayoría de los proyectos del MIT, la empresa privada aporta la financiación. En el caso del CityCar, los gigantes General Motors y Toyota han aportado dinero a cambio de un informe semestral sobre los avances. Si prosperara la idea, en una manzana de Nueva York se multiplicaría por seis la capacidad de aparcamiento, de 80 a 500 vehículos, pues el prototipo tiene dos metros y medio de largo mientras circula, pero se reduce a metro y medio cuando se pliega y se encaja en los otros vehículos. “Aquí no se trata de vender coches, y los patrocinadores no tienen derecho a dirigir la investigación, pero las empresas siempre están interesadas en desarrollar alternativas de futuro, porque de lo contrario tendrían que crear sus propios laboratorios de robótica”, reflexiona Vairani al pie de las escaleras pintadas con los colores del parchís que llevan al altillo del taller de Smart Cities.

Encima de la escalera hay una réplica del Gernika de Picasso, y debajo, un recorte de cartón con la forma del CityCar. Smart Cities es uno de los 26 grupos de investigación del Media Lab, el centro del MIT que pretende anticipar el futuro, donde se ensaya en campos tan dispares como la neuroingeniería para encontrar remedios al parkinson, o en máquinas cognitivas para desarrollar robots parlantes. A la entrada del laboratorio de Smart Cities hay una estructura grande de piezas de lego, un trabajo que se utiliza para que los niños puedan experimentar con el software informático mientras improvisan construcciones. La sala parece una mezcolanza de taller mecánico con infinidad de piezas vertidas sobre mesas, oficina decorada con plantas trepadoras, guardería con juguetes y área de reposo con mullidos sofás de piel y monitores de televisión. En una pantalla, Ryan Chin muestra su RoboScooter, una motocicleta eléctrica plegable capaz de circular a 60 km/h que pesa 50 kilos, con la dirección por ordenador en las ruedas, que se puede subir a casa en lugar de dejarla aparcada en la calle. La RoboScooter ya está siendo probada en la isla de Taiwán, que ha invertido en la investigación, y ciudades como Florencia se han interesado en la propuesta.

El Simmons Hall es una de las residencias del campus donde viven los estudiantes de licenciatura del MIT

Ambiente distendido en una de las salas adyacentes al Infinite Corridor, el pasillo central del edificio 10, con vistas al río Charles en Boston




El taller del grupo de investigación Smart Cities del Media Lab, donde se desarrollan proyectos como el coche y la scooter eléctricos y plegables


A las nueve de la mañana, los pasillos y las salas del Media Lab están casi desiertos. “Aquí en el MIT los estudiantes tienen hábitos nocturnos”, bromea Alexandra Kahn, responsable de comunicación del Media Lab. Como en muchas universidades estadounidenses, se valoran los resultados sin importar los horarios o la dedicación. Mientras haya responsabilidad, existe libertad. Y mientras haya ideas, hay medios. Por ejemplo, la impresora tridimensional de objetos. Si un estudiante dibuja una idea, puede hacerla realidad en una figura de acrílico.

Los otros talleres del Media Lab también son sorprendentes. El ordenador de los pobres, que cuesta 100 dólares, fue desarrollado en el Media Lab y comparte espacio con un nuevo tipo de impresora con tinta electrónica invisible que se activa al gusto del consumidor. En el departamento de Computación Afectiva, unas flores de plástico robóticas se mueven en dirección de la voz más cercana, mientras que en Biomecatrónica, Alex Pentland, que perdió las dos piernas en un accidente de escalada, perfecciona las prótesis robóticas de tobillo y rodilla que ya le han permitido volver a dedicarse a su afición favorita.

En total, 30 profesores y unos 300 estudiantes de doctorado y licenciatura de 20 países trabajan en el Media Lab. “Uno de los secretos del MIT es que elige lo que quiere hacer y no intenta hacer de todo, aquí no formamos a médicos o a abogados, por ejemplo, nos concentramos en unas áreas determinadas de conocimiento y como universidad tenemos unas dimensiones modestas; otro de los secretos es que las empresas nos confían la investigación a diez años vista, a proyectos cuyo retorno económico sería a muy largo plazo, y el MIT se queda con la propiedad intelectual y la hace pública”, explica el español Israel Ruiz, vicepresidente y máximo responsable financiero de la institución que desde el 2004 preside una mujer, Susan Hockfield.

El Instituto Tecnológico de Massachusetts fue fundado en 1865 en Cambridge, muy cerca del campus principal de la Universidad de Harvard, que pronto se convirtió tanto en rival como en colaboradora. Desde entonces, el MIT ha estado estrechamente vinculado al conglomerado industrial, empresarial y militar de Estados Unidos, y dirigentes como el ex secretario general de la ONU Kofi Annan o el ex primer ministro israelí Beniamin Netanyahu han salido de sus aulas, además de 63 premios Nobel. Las aportaciones al progreso tecnológico han sido numerosas, como los primeros proyectos de computación o, más recientemente, la configuración de la World Wide Web, la regulación del actual espacio de internet que postuló Tim Berners-Lee.

Cinco escuelas universitarias –Arquitectura, Ingeniería, Humanidades, Artes y Ciencias Sociales, Gestión y Ciencia– y una facultad de Ciencias de la Salud y Tecnología que en conjunto ofrecen 33 carreras conforman la estructura compacta del MIT, que cuenta con 998 profesores, de los que sólo uno de cada tres acaba consiguiendo la plaza fija de catedrático, y 10.253 alumnos, de los que 6.126 cursan másters o estudios de doctorado, y el resto, que son los que duermen en el campus, en edificios vanguardistas como el Simmons Hall –reconocible por su estructura dentada–, las licenciaturas básicas. Un curso académico en el MIT cuesta 33.600 dólares sin contar con los gastos de manutención. De los 2.181 millones de dólares de presupuesto de la universidad, 1.200 se destinan a investigación, aunque la mitad, 625, se reservan para el Laboratorio Lincoln, que financia casi exclusivamente el Departamento de Defensa, y que se dedica a las aplicaciones militares como radares, telecomunicaciones o satélites –el armamento queda excluido– y de aviación civil.

Junto a estas líneas, un mural pintado en el pasillo infinito del MIT

Un estudiante que muestra placas de transistores creadas en el laboratorio de Nanoestructuras


Franco Vairani observa una maqueta de su prototipo de coche urbano compartido plegable y apilable en una vitrina del museo del MIT

Para entrar en el laboratorio de Nanoestructuras del MIT hay que tomar más precauciones que antes de acceder a un quirófano, casi tantas como si se estuviera en una central nuclear: la suela de los zapatos se restriega en una estera desinfectante y luego se recubre con un protector que llega hasta las rodillas; una bata con botones de presión cubre el cuerpo; y una mascarilla y gafas como las de submarinismo velan la cara. El ambiente es extremadamente limpio, la luz, amarillenta, y sólo una cadena musical en marcha rompe la atmósfera solemne. “La ciencia es como construir una pirámide, tienes que ir poniendo las piezas una a una”, advierte Henry Smith, profesor de Telecomunicaciones y codirector del laboratorio, donde se crean placas de silicio y otros materiales rellenas de microtransistores. Nanotecnología es otra de las palabras mágicas del futuro. “Los nanomateriales sirven para todo, en una crema solar puede haber nanopartículas, pero lo interesante es construir sistemas complejos a nanoescala”, afirma Smith, cuyo laboratorio trabaja en una bacteria que es capaz de convertir la luz en combustible.

“Si se quiere mantener la ley de Moore (que la capacidad de los transistores de los ordenadores se duplique cada año), habrá que recurrir a nanomateriales y utilizar arseniuro de galio o indio en lugar de silicio”, opina el español Jesús del Álamo, catedrático de Telecomunicaciones y Ciencia Computacional del MIT. El despacho de Del Álamo tiene una de las mejores vistas de la universidad, justo con la Gran Cúpula del edificio 10 enfrente. En el MIT los edificios están numerados, y los diez primeros designan a los originales del primer campus, que culminó en 1916 con el número 10 de la Gran Cúpula y la puerta principal de columnas corintias, diseñado por William Bosworth, el arquitecto personal de John Rockefeller.

Los estudiantes han convertido la cúpula en el escenario preferido de sus gamberradas tecnológicas. Algunas mañanas, en ocasiones especiales, la bóveda achatada amanece coronada con un coche de policía o un androide como R2D2, que han sido izados con nocturnidad y alevosía. El edificio 10 está atravesado en su interior por el Infinite Corridor, el pasillo infinito, un distribuidor por el que pasean los alumnos, laboratorio arriba, laboratorio abajo, con tablones de anuncios que publicitan fiestas, oportunidades de empleo, conferencias de aventureros como Bertrand Piccard, seminarios organizados por países a la caza de talentos… un pasillo por donde transitan los sueños de futuro.


La cafetería del Stata Center, el edificio de Frank Gehry, construido en el 2004



La flores del laboratorio de Computación Afectiva se mueven en dirección de la voz más cercana y son un experimento de interacción entre humanos y objetos robóticos que pueden adivinar el estado de ánimo de las personas



Israel Ruiz, vicepresidente financiero del MIT, posa frente al edificio 32, conocido como Stata Center y diseñado por el gabinete de arquitectura de Frank Gehry
El frío llega en otoño a Boston, y en invierno la nieve suele cubrir la avenida de Massachusetts, donde está la entrada principal del MIT, muy cerca del puente Harvard, que cruza el río Charles. Juan Monter, Cristina Purón, Teresa Fernández y Álex Benarroch, cuatro estudiantes españoles del Instituto Químico de Sarrià que realizan el trabajo final de carrera con un proyecto de investigación en el MIT, aprovechan la inmersión estadounidense conviviendo en casas de familias americanas y disfrutando de especialidades locales como las alitas de pollo. “La calidad de la enseñanza no es tan diferente de la que recibimos en España, aunque tal vez las clases son más dinámicas y participativas”, opina el barcelonés Álex Benarroch.

“Aquí lo que sí se nota es que los estudiantes gestionan sus carreras desde el principio, desde el primer curso ya están enfocando sus intereses profesionales”, añade el aragonés Jacinto Purón. “A mí a veces me da la sensación de que saben aprovechar el tiempo mucho más, siempre tienen horas para jugar al fútbol o hacer otras actividades”, apostilla la castellonense Cristina Purón. Todos coinciden en que se valora más el resultado que el horario, aunque se exige responsabilidad. “Si tenemos muestras de laboratorio que tenemos que vigilar cada día, también hay que montar guardia los fines de semana”, explica la gallega Teresa Fernández. Según cuentan, se prioriza la evaluación continua a través de trabajos y prácticas de laboratorio, y los exámenes no son tan duros.

“Los estudiantes prestan atención en la clase y apenas toman apuntes, se dedican a escuchar, hacen preguntas y se hacen notar”, explica Mercedes Balcells, profesora e investigadora de biomedicina y codirectora del programa MIT-España, que intenta promocionar el acceso de alumnos españoles al campus de Boston y favorece acuerdos de colaboración como los firmados con las universidades de Navarra y de Zaragoza. “En el MIT hay un círculo virtuoso, el profesorado es muy bueno y puede que el que esté dando la clase sea el que ha escrito el manual de referencia de la asignatura, los recursos materiales también son de mucha calidad, y las empresas están al acecho y reclaman a los estudiantes”, analiza Balcells.

Los profesores del MIT, cuyo salario oscila entre los 80.000 dólares de un principiante y los 500.000 de un premio Nobel, tienen una carga lectiva menor que sus colegas españoles, pueden dedicar mucho tiempo a la investigación y a la supervisión de los grupos en lugar de tener que corregir cientos de exámenes. Jesús del Álamo, de 50 años, catedrático de Telecomunicaciones, da cuatro horas de clase por semana. Licenciado en la Politécnica de Madrid, realizó el doctorado en la Universidad de Stanford (California), trabajó dos años en Tokio en la compañía telefónica japonesa NTT y luego llegó al MIT. “Aquí gozas de mucha autonomía e independencia, no tienes un jefe directo, te encargas de montar un laboratorio y triunfas o te estrellas”, afirma Del Álamo, responsable de los laboratorios de Tecnología de Microsistemas y que está explorando las posibilidades de los laboratorios por internet.

Israel Ruiz, de 36 años, se licenció en Ingeniería Industrial por la Politècnica de Catalunya y trabajó para Nissan y Hewlett-Packard antes de ir a hacer el doctorado de Gestión en el MIT con una beca de La Caixa. Se graduó en el 2001 y desde entonces ha permanecido en la institución, hoy como vicepresidente económico, número 3 de la directiva del centro. “El modelo educativo empieza en la junta de gobierno, la industria está involucrada y aporta talentos que pasan a ser profesores, y eso no ocurre en España, donde la universidad es un mundo endogámico”, apunta Ruiz, que maneja el presupuesto de una entidad superior en tamaño al de una empresa mediana española aunque recuerda que el MIT no tiene ánimo de lucro y, si genera superávit, se revierte en el endowment, el fondo de financiación propio, que también recibe millonarias donaciones. “Aunque, en mi opinión, el problema de España en cuanto a tecnología es que no hay un plan a largo plazo, no existe una visión a diez o veinte años vista, y cada gobierno que entra se dedica a destruir los planes del anterior.”