"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

sábado, 22 de noviembre de 2008

Sobre los "lugares": tierras de nadie, lugares de transgresión, espacios existenciales...

LA VANGUARDIA 26.2.03

Urbanismo

Lugares vacíos, paisajes ignorados

La
metropolización ha dejado una tierra de nadie, un espacio aparentemente libre en las periferias urbanas, junto a las autopistas o los ejes viarios, unos territorios para los que se deben imaginar nuevos usos

Los
huertos familiares surgidos en las periferias son, dejando al lado los problemas que plantean, una muestra de usos sociales alternativos

Hay que fotografiar y sentir los terrenos olvidados en el límite de la ciudad para que no sean meros residuos

JOAN NOGUÉ - 26/02/2003

Uno de los efectos más notables y menos estudiados de los actuales procesos de metropolización y
urbanización difusa y dispersa por el territorio es el surgimiento de infinidad de espacios vacíos, desocupados, aparentemente libres; espacios sin una función clara en el nuevo entramado urbano más allá de su potencial valor especulativo, en el supuesto de que sean urbanizables. Aparecen como tierras de nadie, territorios sin rumbo y sin personalidad, despojados como están de su carácter primigenio, de su razón de ser en un territorio que ha dejado de existir.

Son espacios indeterminados, de límites imprecisos, de usos inciertos, expectantes, en ocasiones híbridos entre lo que han dejado de ser y lo que no se sabe si serán. Son los "terrains vagues", extraños lugares que parecen condenados a un destierro desde el que contemplan, impasibles, los dinámicos circuitos de producción y consumo de los que han sido apartados y a los que algunos –no todos– volverán algún día.

Estos espacios intersticiales opacos y abandonados se multiplican en las periferias urbanas,
entre y a los lados de autopistas, autovías y cinturones orbitales, todos ellos potentes ejes viarios imprescindibles para que el nuevo sistema urbano –inspirado en el "urban sprawl" norteamericano– funcione esquivando la continua amenaza del colapso.

Estos espacios yermos entre autopistas han servido en muchas ocasiones de escenarios más bien tenebrosos y fúnebres para el cine de acción y la novela negra. Son el decorado preferido de
J.G. Ballard, uno de los escritores que más y mejor partido han sacado de ellos. Novelas como "Crash" (1971) y "La isla del cemento" (1973), con acentuadas dosis de erotismo y violencia, y sirviéndose del automóvil como metáfora sexual y también como metáfora global de la vida del individuo en la sociedad contemporánea, son un verdadero canto a uno de los paisajes más desolados, inhóspitos y, a su vez, cotidianos y familiares de nuestros entornos metropolitanos.

¿Qué hacemos con este paisaje? Centenares de hectáreas se le van sumándose año tras año y, a pesar de ello, a nadie se le ocurre qué hacer con él, más allá de algunas intervenciones cosméticas en las tan socorridas rotondas que se han extendido por el país como una especie de epidemia, llegando incluso a recónditos núcleos rurales sin apenas tráfico rodado.

Las administraciones se ven superadas por este nuevo paisaje: a pesar de contar con el beneplácito de sus instancias planificadoras, éstas no se sienten comprometidas con él, por lo que no han desarrollado el aparato teórico, metodológico e instrumental necesario para hacerle frente. Sólo algunos ayuntamientos han osado plantarle cara con decisión e imaginación.

Tengo la impresión de que una interesante fuente de inspiración para orientarnos sobre cómo tratar estos espacios vacíos y qué hacer con su paisaje puede proceder del
uso espontáneo que la gente les ha dado. Un ejemplo paradigmático es el de la huerta familiar, de autoconsumo, concebida como actividad de ocio. Su proliferación en los terrenos de los márgenes fluviales nacidos a raíz de la canalización de la mayoría de los cursos de agua del área metropolitana de Barcelona ha sido espectacular.

Dejando a un lado las discrepancias estéticas y los problemas –sobre todo de salubridad– que una actividad de este tipo, desprovista de control, pueda acarrear, lo cierto es que, desde un punto de vista social y territorial, se trata de una demostración palpable de que estos espacios obsoletos, abandonados, pueden ser objeto de un uso social alternativo, imaginativo, fugaz, versátil, variable, que difícilmente se dará en el espacio estructurado, planificado, eficiente y productivo que los ha engendrado en forma de externalidades territoriales no previstas.

Lugares de transgresión

Es entonces cuando se convierten en espacios disidentes, de transgresión, y es entonces, precisamente, cuando más podemos aprender de ellos, a pesar de su momentáneo anacronismo e incluso de su innegable cutrez. Numerosas ciudades argentinas –por poner el ejemplo de una sociedad tan castigada como capaz de respuestas imaginativas– han visto nacer bajo sus autopistas elevadas canchas de tenis y espacios de reunión frecuentados por las murgas barriales (grupos musicales que se inspiran en la música rioplatense de finales de siglo), en los que ensayan sus canciones y preparan sus protestas sociales.

Habría que comenzar por rescatar dichos espacios del anonimato; hacerlos visibles,
cartografiarlos. Nos daríamos cuenta de que son muy abundantes y de variadas dimensiones y que no sólo están localizados en las periferias urbanas de las grandes metrópolis, sino también en las ciudades medias y pequeñas e incluso, a veces, en el propio centro de la ciudad. Tal vez, entonces, podríamos desarrollar algo así como la ley espacial del abandono, de la desestructuración del territorio, del negativo de la urbanización de la que parecemos estar tan orgullosos. Habría, pues, que mapear, fotografiar, recorrer y, sobre todo, sentir estos paisajes olvidados y decadentes para, así, ser capaces de hablar de ellos en tanto que sujetos y no como meros residuos de los usos que los marginan.

Quizás después nos atreveríamos a proponer intervenciones paisajísticas en ellos sin caer en la mera jardinería, sino apostando por la experimentación de nuevos usos y cánones estéticos.



Joan Nogué
Lugares

LA VANGUARDIA CULTURAS 19.11.08

Vamos a y venimos de. Nos movemos y nos desplazamos de un lugar a otro. Continuamente. A pie, en coche, en metro, en tren, en avión. A diestro y siniestro nos guían señales de todo tipo que marcan la ruta, el camino que seguir para llegar a un lugar, a otro lugar. Los mapas y los planos de la ciudad fijan la memoria de los lugares y a ellos acudimos cuando nuestros personales mapas mentales son incompletos y no nos sirven para orientarnos, para llegar donde deseamos llegar. Por otra parte, necesitamos localizarnos en todo momento. Incluso antes que el típico "¿cómo estás?" o "¿qué haces?", millones de usuarios del teléfono móvil preguntan por la localización de su interlocutor nada más responder este a la llamada.

"¿Dónde estás?" es una pregunta en apariencia irrelevante en la inmensa mayoría de los casos, puesto que no nos solemos telefonear para conocer, simplemente, dónde está el otro. Y, sin embargo, no es una pregunta superflua o de pura cortesía, como cuando nos interesamos unos segundos por el estado de salud de quien nos escucha, antes de entrar en materia e ir directamente al grano. Es más que eso: es como una necesidad existencial de localizar a la otra persona en el espacio geográfico, de tenerlo situado en un lugar concreto. Por un lado nos atrae el anonimato geográfico inherente (de momento) al móvil, pero, por otro, nos angustia la ilocalización, la sensación de estar hablando con alguien al que no podemos ubicar. La virtualidad no ha eliminado las ancestrales coordenadas geográficas, aunque sean menos tangibles y más vaporosas: lo virtual no es, para nada, ageográfico, sino todo lo contrario. Y estas siguen ahí porque los lugares continúan fijando y concretando nuestras dos dimensiones existenciales básicas: el espacio y el tiempo.

En los lugares vivimos un tiempo y un espacio concretos; habitamos, en el sentido heideggeriano del término, una porción de la superficie terrestre, de dimensiones y escalas muy variadas. Unas son realmente minúsculas y aparentemente insignificantes por su tamaño y cotidianidad: nuestra casa, una cafetería, una plaza, una esquina entre dos calles. "La felicidad está en la esquina de una librería", afirma Juan Cruz, y así es, tanto por la esquina como por la librería. Las esquinas de la ciudad, como otros tantos ínfimos rincones de ella misma de aspecto anodino, pueden convertirse en lugares llenos de significado que encarnan la experiencia y las aspiraciones de la gente, evocan recuerdos y expresan pensamientos, ideas y emociones varias.
El espacio geográfico, incluido el urbano, no es un espacio geométrico, topológico: es, sobre todo, un espacio existencial, conformado por lugares cuya materialidad tangible está teñida, bañada de elementos inmateriales e intangibles que convierten cada lugar en algo único e intransferible. La geografía humana contemporánea, con maestros de la talla de un Yi-Fu Tuan al frente, sigue empeñada en averiguar precisamente eso: cómo los seres humanos crean lugares e imbuyen de significado al espacio geográfico y cómo se genera el sentido de lugar.

La cuestión no es baladí y está llena de contradicciones y de paradojas. Quizá influidos en exceso por el éxito del
concepto de no-lugar de Marc Augé, sin duda atractivo pero algo equívoco, hemos dado por supuesto que en dichos nolugares no pueden producirse densas relaciones sociales que los conviertan, al menos para unos determinados colectivos, en lugares de encuentro e identificación, con capacidad para estimular imaginarios y representaciones culturales, para convertirse en centros de experiencia y significado; para devenir, en definitiva, lugares en el sentido existencial y fenomenológico del término. El citado Tuan, que se refirió a los no-lugares casi veinte años antes que Marc Augé, ya advirtió en su momento de los riesgos de una concepción excesivamente morfológica, arquitectónica, visual y esteticista de dicho concepto. Y también se expresó en términos parecidos - aunque a menudo se olvide- el fundador de la revista norteamericana Landscape, John Brinckerhoff Jackson, quien consideraba que el sentido de lugar del americano medio no depende tanto de la arquitectura o de una estructura física y urbana determinada, sino que este se apoya más bien en el sentido del tiempo, en la recurrencia de ciertos eventos y celebraciones que dan continuidad y seguridad a una comunidad, por banal que sea el entorno físico que la envuelve.

Una perspectiva que conecta en buena medida con las propuestas planteadas recientemente por autores como
David Kolb (Sprawling Places,2008), quien propone entender los lugares como places where-we-do-something, más que como places-where-something-is, idea que desarrolló con acierto hace pocos meses, en Santiago de Compostela, el geógrafo Jacobo García Álvarez en el marco del seminario Crear cultura, imaxinar país. Es más, puede incluso que el sentido de lugar no emane sólo de relaciones prolongadas y estables con un emplazamiento físico, sino que quizá pueda adquirirse también a través de experiencias móviles, itinerantes, transitorias e incluso efímeras.

Si así fuere,
Edward Relph, geógrafo canadiense, tendría toda la razón cuando defendió en su momento la idea de que las localizaciones permanecen, pero los lugares cambian. Algo de eso percibo en 27 Years Later, la última y excelente producción cinematográfica de James Benning, uno de los grandes directores del cine independiente norteamericano de los últimos treinta años. Benning ha explorado estos supuestos no-lugares y ha sabido captar, como nadie, su poesía.

Más allá de estos lugares tan minúsculos, tan concretos, existen otros lugares, otros rincones del espacio geográfico de mayor escala de los que también nos sentimos parte integrante. El abanico es aquí inmenso:
el pueblo, el barrio, la ciudad, un valle, una comarca, una región entera. Estos lugares son fundamentales porque actúan a modo de vínculo, de punto de contacto e interacción entre los fenómenos globales y la experiencia individual. Es en estos lugares donde se materializan las grandes categorías sociales y donde tienen lugar (valga la redundancia) las interacciones que provocarán una respuesta u otra a un determinado fenómeno social.

Es sorprendente, pero lo cierto es que, en vez de disminuir el papel de los lugares, la internacionalización y la integración mundial (lo que habitualmente entendemos por globalización) han aumentado su peso específico. Estamos asistiendo a una clara revalorización del papel de los lugares en un contexto de máxima globalización, así como a un renovado interés por una nueva forma de entender el territorio que sea capaz de conectar lo local con lo global.

Definitivamente, aunque el espacio y el tiempo se hayan comprimido, las distancias se hayan relativizado y las barreras espaciales se hayan suavizado, los lugares no sólo no han perdido importancia, sino que han aumentado su influencia y su peso específico en los ámbitos económico, político, social y cultural. He ahí un motivo de esperanza ante la impotencia que produce la imposibilidad de controlar (al menos hasta el presente) determinados fenómenos de ámbito global, como los que han provocado la actual crisis financiera y económica.