"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Vídeos sobre las culturas del trabajo: primera revolución industrial... fordismo, posfordismo...precariado... en serio y en broma

Primera Revolución Industrial








Segunda Revolución Industrial


Taylorismo y fordismo













MPG

"La clase obrera va al paraiso" 1972 Dir. Elio Petri (Distribuye: Manga Films SL Barcelona Tfn. 93 2842229)
01.- Entrada al trabajo. (17,0 MB) 02.- Saludo de la empresa: seguridad. (22,5 MB) 03.- Limitaciones físicas trabajador. (5,4 MB)
04.- Seguimiento normas. (4,4 MB) 05.- Comida- Rendimiento- Aprendices. (28,2 MB) 06.- Tiempos de Producción. (31,1 MB)
07.- Riesgo por dinero. (9,9 MB) 08.- Individualismo y resentimiento. (13,7 MB) 09.- Sindicatos: Salud y salario. (17,2 MB)
10.- Acoso Sexual en el trabajo. (7,8 MB) 11.- Acoso moral. (17,7 MB) 12.- Accidente de trabajo.
Semana del Ruido. INSHT





Trabajo posfordista:











Mileuristas

http://www.youtube.com/watch?v=pYOsnoB5S-Q





¿Del salariado al precariado?
sindical | social | Madrid

Resumen de artículos de Evelyne PERRIN (AC!, Stop Précarité) *

Desde hace quince o veinte años, la importante conmoción que ha sacudido violentamente la economía y al empleo en Francia y otros países, ha entrañado una transformación en profundidad del mundo salarial del período fordista. Hemos asistido a una lenta aunque segura revisión del modelo de empleo “para toda la vida” con contrato indefinido a tiempo completo y de las carreras de larga duración en el seno de las empresas, modelo que aseguraba una movilidad social ascendente. Hoy, es la progresión constante de las formas de empleo llamadas especiales, tiempo parcial obligado, contratos de tiempo determinado y de interinidad lo que caracteriza el nuevo acceso en el mercado de trabajo.

Según la encuesta de empleo del año 2003 del INDEE, habría 428.000 interinos, es decir el 2%, de 25,1 millones de trabajadores, casi 2 millones de CDD, el 9%, y 273.000 aprendices, el 1,3%, por tanto el 12,5% de los trabajadores no disponen mas que de un estatus precario, es decir, solo cuentan con ingresos aleatorios y sus horizontes de vida son a corto plazo...

Luchas de precarios y compromiso

Los trabajadores, principalmente los jóvenes, supeditados a normas de trabajo flexible y de degradación de su estatuto de trabajo se ven cada vez mas obligados a defenderse y organizarse no solo en el seno de los sindicatos, sino también al margen de ellos, creando sus propios instrumentos de lucha. En efecto, los sindicatos se debilitan por el incremento de las llamadas formas especiales de empleo (CDD, interinos, cursillos, tiempo parcial de aprendizaje), y la inestabilidad y la movilidad que ello conlleva para los trabajadores, por la disgregación de los colectivos de trabajo, la rotación contractual, el miedo a la no renovación del contrato o la tarea, y también por sus propias dificultades para representar y defender a los trabajadores precarios debido a la carencia de un proyecto coherente de renovación de garantías colectivas de los trabajadores.

Así, en las luchas recientes de los trabajadores de comida rápida, del comercio o de la limpieza, los empleos jóvenes o los discontinuos del espectáculo aparecen colectivos de afiliados, coordinadoras entre afiliados y no afiliados, comités de apoyo ad hoc, que agrupan a los militantes de diversos sindicatos y asociaciones sobres bases interprofesionales e interasociativas. Estos colectivos o comités se adelantan al trabajo sindical, y a veces lo sustituyen o le sirven de aguijón. Al mismo tiempo, estos contribuyen a renovar las lineas de acción de los trabajadores e ilustran la crisis de las formas de afiliación tradicionales y de organización sindical y política que las reproducen.

Movilizaciones de precarios del comercio, comida rápida y limpieza

En los años 2000-2003 se ha dado en la región parisina una fuerte combatividad puesta de manifiesto en huelgas masivas y mediatizadas por los trabajadores que se designan como “precarios” en diferentes sectores tales como el comercio, la comida rápida o la limpieza. Tras el vocablo común de “precarios”, la situación de los agentes referidos, su condición de precariedad es muy diferente y también las razones por las que entran en la lucha. A pesar de ello, las uniones entre estas luchas se han producido, y una cierta “conciencia de clase” común a parecido emerger en algunas ocasiones. Al mismo tiempo las similitudes han aparecido en las formas de lucha, principalmente con el nacimiento de los comités de apoyo exteriores muy importantes y continuos.

Querríamos desarrollar los resortes específicos de estas diferentes luchas, exponer las razones que puedan explicar su decisión y su duración, y tratar de despejar las características comunes que hemos podido observar, en los registros de acciones de movilización, y las relaciones de los huelguistas con los apoyos exteriores, sindicatos y comités de apoyo.

Las múltiples facetas de la precariedad

Como bien ha demostrado Serge Paugam, el sentimiento de precariedad puede existir bajo una variedad de estatuto de empleo. Esta es muy evidente en el caso de un trabajador interino o con CDD por razón de la brevedad de su contrato o su tarea y de la incertidumbre del futuro que conlleva, un trabajador con CDI a tiempo parcial se sentirá precario por el hecho de la insuficiencia de su salario. La rotación contractual erigida en sistema de gestión de la mano de obra por numerosas empresas crea también un sentimiento de inseguridad profesional. Por ultimo, como hemos podido comprobar en las recientes huelgas de los trabajadores del comercio con CDI a tiempo completo el sentimiento de ser precario puede nacer del sentimiento de la perdida de categoría y de infravalorización profesional unida al desfase entre los diplomas y las competencias y la remuneración o el reconocimiento de la cualificación.

Esto entraña la difusión de un sentimiento de precariedad entre numerosos trabajadores con estatutos muy diversos, desde el mas diplomado que puede haber elegido una cierta precariedad digamos satisfactoria, al trabajador de origen inmigrante reciente que se encuentra desempeñando un empleo de limpieza en el puesto mas bajo de la jerarquía salarial, pasando por el trabajador de Mc Do con CDI a tiempo parcial y por un empleado de la FNC con CDI a tiempo completo pero remunerado en torno al SMIC.

La precariedad laboral es un obstáculo importante para la afiliación sindical y la movilización colectiva: cuando estamos temporalmente en una empresa, apenas tenemos tiempo de sindicarnos, aceptamos las condiciones de trabajo sin rechistar, y cuando tenemos un CDD y esperamos un CDI, o en interinidad, puede ser peligroso afiliarse o mostrarse reivindicativo. Además la precariedad se asocia a menudo cualificaciones bajas y a un mínimo capital social.

* Traducción de Soledad Pérez
** Evelyne Perrin participa este fin de semana, en Madrid, en el Taller "Luchas contra la precariedad laboral". Para más información ver: Talleres contra la precariedad laboral en el Encuentro Movimientos Sociales 2006



martes, 27 de mayo de 2008

El trabajo en la sociedad postindustrial

Fuente:


"Del modelo fordista-keynesiano de producción y de integración social estamos pasando a otro en el que prevalecen:

  1. las exigencias a corto plazo de las empresas y
  2. la externalización creciente del riesgo hacia los trabajadores.

Estos cambios afectan a la propiedad de las empresas, con una mayor concentración de la propiedad y del mercado, la transnacionalización y el alejamiento de las decisiones y una creciente financiación de sus objetivos.

Se evidencia igualmente en la estructura de las empresas, con fenómenos de desconcentración, externalización y deslocalización productiva.

Se ponen de manifiesto, asimismo, en la organización del trabajo, con la flexibilidad de los contratos, del tiempo de trabajo, de la ubicación de los trabajadores, de los vínculos de subordinación y de la polivalencia funcional.

Y se perciben, finalmente, en las relaciones laborales, con la extensión de la precariedad laboral, las reconversiones y reestructuraciones industriales y la tendencia hacia la individualización de las relaciones laborales".


José María Zufiaur en "Trabajadores más vulnerables" de CARLOS TREVILLA EL PAÍS 03/05/2007

http://www.elpais.com/articulo/pais/vasco/Trabajadores/vulnerables/elpepiesppvs/20070503elpvas_12/Tes

La gran transformación provocada por la nueva economía e internet: la sociedad postindustrial (Daniel Cohen)

La gran transformación


JOAQUÍN ESTEFANÍA
EL PAÍS - Economía - 10-12-2007

Los gigantescos cambios económicos y sociales motivados por la generalización de la nueva economía y la democratización de Internet han motivado que algunos científicos sociales hablen de la última década y media como de una nueva "gran transformación" (emulando las tesis de Polanyi), comparable a la registrada en el curso del siglo XIX.

El economista francés Daniel Cohen lo ha definido como la era de las rupturas y escribe sobre cinco de ellas:

  1. la tercera revolución industrial,
  2. una nueva organización científica del trabajo,
  3. la revolución cultural que se asocia con el despertar del individualismo,
  4. la toma de poder de la Bolsa y los mercados financieros en la gestión de las empresas,
  5. y la llegada de China e India al juego del capitalismo mundial.

A todo ello Daniel Cohen lo llama sociedad postindustrial (Tres lecciones sobre la sociedad postindustrial. Editorial Katz), y la compara con el primer capitalismo de Adam Smith: éste explica que si para cazar un ciervo se necesita el doble de tiempo que para cazar un castor, necesariamente el primer animal costará, en promedio, dos veces más caro que el segundo.

En la sociedad postindustrial hay una estructura de costes totalmente atípica respecto del anterior esquema: un programa es caro de diseñar, pero no de fabricar; lo que resulta oneroso es la primera unidad del bien fabricado, ya que la segunda y las siguientes tienen un coste bajo, hasta casi nulo en ciertos límites. En el lenguaje de Smith, lo que explicaría todos estos costes es el tiempo empleado en matar el primer castor y el primer ciervo.

¿Se ha adaptado España a esta sociedad postindustrial? ¿Pertenece a la misma? Para responder a ambas cuestiones, se puede acudir a los últimos estudios que demuestran esta particular "gran transformación". Si Cohen destaca que uno de los retos es corregir las enormes desigualdades y las islas de pobreza que contiene, en la última Encuesta de condiciones de vida 2006, divulgada por el Instituto Nacional de Estadística, se indica que en la España actual casi un 20% de los ciudadanos se encuentra todavía por debajo del nivel de pobreza relativa (el 60% de la mediana de los ingresos por unidad de consumo de las personas). Los grupos más afectados por esa pobreza relativa son las personas de 65 o más años (el 30,6%) y los menores de 16 años (23,8%). Ello conecta con otra de las metamorfosis estructurales de nuestro país, puesta de manifiesto en un reciente trabajo titulado Actividad y territorio. Un siglo de cambios (Azagra, Chorén, Goerlich y Mas Ivars. Fundación BBVA), en el que, por ejemplo, se estudian las variaciones experimentadas por el peso de los mayores de 65 años y de los menores de 15 años en el total de la población, en el periodo entre los años 1900 y 2005. Pues bien, los mayores de 65 años han aumentado en más de 10 puntos porcentuales (desde el 5,22% de la población española al 16,64%) y los menores de 15 han caído en casi 20 puntos porcentuales (del 33,5% al 14,18%), en ese periodo.

Tanto este texto, como otro anterior titulado Estadísticas históricas de España en los siglos XIX y XX (Albert Carreras y Xavier Tafunell. Fundación BBVA y Editorial Crítica) muestran la mudanza de España desde una realidad genuinamente agrícola a una sociedad postindustrial: en el año 1900, el 71,41% de la población estaba ocupada en actividades del mundo agrario, mientras que en 2001 lo hacía el sólo el 6,35%, una reducción superior a 60 puntos porcentuales; por su parte, en 1900 tan sólo el 15,07% de la población trabajaba en el sector terciario, 45 puntos porcentuales menos que en 2001.

De ello se concluye que la España de hoy no es sólo muy distinta de la de comienzos del siglo XX, sino también de la de los años sesenta de la anterior centuria: de contar con una estructura productiva basada en la agricultura se ha transformado en otra dominada por los servicios, con dos agentes nuevos de especial significación: las mujeres (con incrementos espectaculares en actividad y formación) y los inmigrantes, con una eclosión de población desconocida a lo largo de nuestra historia. Una sociedad postindustrial muy parecida a la desarrollada por Cohen.

El trabajo posfordista

Fuente: http://www.noucicle.org/NCarticles/8.html


EL INDIVIDUALISMO DE MERCADO Y EL TRABAJO POSFORDISTA


ARIS ACCORNERO



Las raíces del cambio del trabajo

En estos inicios del siglo XXI, los cambios del trabajo son una parte del cambio social y recuerdan la “gran transformación” que estudió Karl Polanyi y evocada por Dore; o sea, la que, en el siglo XIX, había hecho nacer en el Reino Unido el mercado de trabajo, el trabajo asalariado y la producción industrial. Pero también recuerdan la que en el siglo XX introdujo en los Estados Unidos el scientific management, l’assembly line y la producción en masa. Los cambios que distinguen estas tres épocas de la historia del trabajo no pueden tener raíces directas en agentes y eventos como las victorias del neoliberalismo o en los gobiernos Thatcher-Reagan por la sencilla razón que los trascienden.

Sin embargo, las raíces de los cambios no son las innovaciones tecnológicas o la expansión de los mercados, sobre los cuales pueden incluso influir; por otra parte, estas dos variables explican así tantas cosas que corren el peligro de no aclarar nada. Cuando digo esto, no disminuyo, sino que enfatizo el alcance de los cambios, cuyas raíces son más prosaicas y más potentes que los gobiernos y las ideologías. En las tres épocas ha existido una transición histórica de un modelo de producción y de consumo a otro; y el trabajo ha cambiado, ante todo, porque han cambiado las estructuras y el funcionamiento de las empresas.

La última de estas transiciones se compendia en el modelo posfordista. Como todo el mundo sabe, la cosa empezó en Japón, un país que ha hecho escuela, aunque Ohno y Deming no son unos padres tan nobles como Taylor y Ford. En el extranjero nadie copió enteramente el “modelo Toyota” que, por otra parte, está ligado a las tradiciones culturales y al sistema social del Japón. Pero todos sacaron sus conclusiones, como lo hicieron en su día con relación al scientific management. Entre los primeros que “tomaron en serio al Japón” fueron los fabricantes norteamericanos del automóvil, rodeados de los compact car que se producían bajo sus mismas narices con métodos nuevos.

Todavía sigue el curso de esta tercera gran transformación. Para refundar las relaciones con el mercado y pasar “de la escala al objetivo”, millones de empresarios y mánagers han renunciado a la rigidez del fordismo, desestructurando y reconstruyendo las empresas para hacerlas más ágiles, más flexibles. Después de un siglo, el proceso de integración, realizado verticalmente dentro de las empresas, ha invertido su rumbo para realizarlo horizontalmente entre las empresas. Por ejemplo, la Fiat, de Melfi, fabrica ella el 7 por ciento de los componentes, mientras que hace veinte años la cosa llegaba al 35 por ciento.

La idea Toyota --el genoma del posfordismo-- no fue otra que la de responder a la condensación del mercado local, diversificando y “personalizando” la oferta. El poder en el mercado de cada cliente particular no ha crecido mucho pero sus opciones inciden más directamente sobre los flujos de producción, creando una variabilidad de la demanda y una elasticidad operativa que no tiene precedentes. La turbulencia de los mercados es tal que, con respecto al pasado, muy pocas empresas tienen pedidos a un año vista. Las preocupaciones y las esperanzas para el trabajo tienen, pues, sus raíces en un mecanismo de adaptación que se estimula por sí mismo y que constituye un ulterior estadio de la producción capitalista como “producción de necesidades”, para decirla con Marx.

Todo ello ha introducido más incertidumbre en la actividad empresarial. Ha aumentado el número de los lugares de trabajo, pero se ha reducido su estabilidad. Se ha multiplicado el número de personas que trabajan con horarios complicado, a horas insólitas o sin horarios porque trabajan en sus casas particulares. El trabajo fordista, repetitivo y monótono, ha sido sustituido por otro más flexible, pero también inseguro y opresivo. Junto al trabajo a tiempo pleno y de duración indeterminada, las empresas utilizan formas de empleo que hacen temer que el trabajo se precarice, que se ataquen los derechos y que se amenace la personalidad del trabajador.

Del “no se os paga por pensar” se ha pasado a “la calidad depende de vosotros”. De hecho, las competencias y prestaciones que se exigen a los trabajadores están menos masificadas porque las empresas, en especial las nuevas, privilegian el trabajo en equipo y el de tipo individual tal como reclama la producción en una serie de pequeños lotes. Ello desplaza sencillamente el es la orientación: “de la empresa al grupo” (como señala Capelli), incluso involucrando, todavía más, a la gente, generalmente sin una recompensa, ni siquiera con stocks options.

No obstante, ello cambia el modo de trabajar, como demuestra la investigación Epoc, de la Federación Europea de Dublín: el modelo japonés enseñó, precisamente, de qué manera se podía usar mejor las capacidades de los trabajadores uniendo producción sencilla just in time y cooperación del trabajo polivalente. Por lo general, los contenidos del trabajo tienden a convertirse en más cognitivos, cooperativos y polivalentes, incluso en ciertas actividades estandarizadas. En el posfordismo hay todavía mucho fordismo, de manera que las novedades son ambiguas, baste pensar en los call center o en los supermercados. En el siglo XX, sin embargo, estudiábamos la opresión que era propia de la monotonía y de la repetición, mientras que ahora hemos de estudiar el ansia generada por la variabilidad y la incertidumbre que provocan estrés al trabajador y no tanto cansancio. Ayer los síntomas eran la rigidez y el aburrimiento, hoy lo son el frenesí y la variabilidad. Muchos sufrían la nivelación y la masificación de las tareas que hoy, empero, cambian en prisa, crecen de prisa, evolucionan de prisa. De prisa.

Algunos afirman que la mayor autonomía “individualizará” el trabajo, pero esto es un wishful tinnking como aquel que hablaba del “fin del trabajo asalariado”: la autonomía en el trabajo crece en un sentido funcional, no total. Quien trabaja tiene muchos más medios y modos para funcionar, pero lo hace dentro de una red de vínculos --información, procedimientos, señales-- más férrea que la “jaula de acero” de la que hablaba Max Weber. Las nuevas tendencias no deben sorprender: el siglo XX no podía ser el último ni el mejor de la historia del trabajo...

...El individualismo de mercado involucra al productor y al consumidor, reflejándose el uno y el otro apasionadamente. Se podría establecer la hipótesis de que el posfordismo comporta un trade-off favorable a los precios y a costa de los salarios.

En teoría se sotiene que el trabajo posfordista hacen pensar en una mejora de las condiciones de trabajo, de manera que no tenemos razones para añorar los tiempos pasados. Sin embargo, las relaciones del trabajo posfordistas hacen temer que la situación de los trabajadores tienda a empeorar. La empresa tiene más necesidad de los trabajadores, pero se preocupa menos de ellos, y esta contradicción explica los juicios negativos sobre el posfordismo.

Nuevas tutelas para el trabajo posfordista

El trabajo provoca hoy preocupaciones, sobre todo, porque comporta mayores probabilidades de discontinuidad y hacen incierta la recolocación profesional, convirtiendo en tortuosas las carreras profesionales y en casi imposibles los proyectos de vida a largo plazo; resulta incluso complicado conseguir préstamos. Este es el escenario de precariedad al que se enfrentan muchos jóvenes. Las lamentaciones por un pasado en el que los empleos eran más estables se multiplican, sobre todo en aquellos países, sectores y empresas donde las leyes, los convenios o los pactos daban mayor certidumbre.

Sin embargo, la prioridad que se da al empleo por tiempo indefinido no ha sido abandonada hasta tal punto que todos los documentos de la Unión Europea definen “normal” dicha modalidad, mientras que el porcentaje de los empleos por tiempo determinado con relación al total varían mucho de un país a otro: en Europa se va del 10 por ciento italiano al 32 por ciento español. No sólo por razones de conveniencia, ya sea en términos de “capital humano”, ya sea de fiabilidad de las prestaciones, empresarios y mánagers emplean muchos menos trabajadores temporales que estables, tal como refiere Dore, que de manera correcta no hace derivar el final del trabajo de por vida como consecuencia de las mayores discontinuidades de los trayectos laborales.

Pero el cambio sigue siendo significativo. En el pasado siglo, taylorismo y fordismo abrieron nuevas perspectivas de trabajo a las empresas mediante el modelo de producción y consumo basado en la producción en masa y las economías de escala. Los ingredientes de Taylor fueron el scientific management y la one best way; los modelos de Ford fueron la assembly line y los salarios de cinco dólares diarios. No obstante, para conquistar y ampliar los mercados no bastaba que los aprovisionamientos fueran constantes, los productos estandarizados y la producción regular: se necesitaba que la aportación de la fuerza de trabajo fuera estable, asidua y disciplinada. Así, en varios países, se introdujo por ley el contrato de trabajo a tiempo indefinido que, en la Italia fascista de 1926 substituyó el Código civil de 1865, según el cual se podía trabajar al servicio de otros “a tiempo”; es decir, los trabajadores, como una forma de skilled, podían irse libremente dando lugar a un sustituto, lo que enojaba a los empresarios. Así pues, no debe extrañar que el trabajo por tiempo indefinido suscitara malhumores...

...El intercambio resarcido entre subordinación del trabajo y estabilidad en el trabajo --que llamaré “compromiso fordista”-- era un modelo de regulación indispensable en la gran empresa para la producción en masa, que dio al siglo XX una inmensa fuerza tanto constructiva como destructiva. Hoy, la producción en serie de pequeños lotes reduce la exigencia de subordinación y de estabilidad en el empleo, cuya cantidad y calidad deben adaptarse más y mejor que ayer a la dinámica de los mercados, a la evolución de los productos, a los turnos de las empresas, al progreso de las tecnologías y a las novedades del saber.

El posfordismo tiene necesidad de flexibilidad en todos los terrenos creando tantas diversidades que el mundo del trabajo ya no se parece al sistema unitario que se creó con el fordismo alrededor de la gran industria. Por ejemplo, crecen aquellos itinerarios laborales donde las competencias, en el ámbito de la empresa, se analizan según la tradición europea (y en gran parte japonesa) de la movilidad social en el puesto de trabajo, mientras en otras categorías laborales crecen otras modalidades, siguiendo la tradición americana, esto es, entre diversos puestos de trabajo.

Ahora bien, las tutelas de ayer estaban pensadas para otro trabajo y otros trabajadores. De hecho, los sistemas de Estado de bienestar garantizaban que la continuidad en el empleo no estuviera amenazada por las crisis de las empresas y de la inexperiencia de los patronos. Sin embargo, hoy, el welfare debe garantizar que nadie pierda derechos y que no se pierda ningún derecho por la discontinuidad en el empleo. Cuando Marshall escribió “un hombre que ha perdido su trabajo, ha perdido su pasaporte para la sociedad” suscitó una cuestión de la ciudadanía del trabajo. La que hoy se vuelve a proponer con toda fuerza. En efecto, una vida laboral más flexible no puede romperse cuando se pasa de un empleo a otro, de un trabajo asalariado al autónomo.

Quien es más móvil no puede estar menos protegido ni más penalizado: debe ser recompensado, también, porque ofrece al sistema la versatilidad que se reclama. Este principio es fundamental para una protección social que ponga al día las tutelas de ayer sin renunciar al camino histórico de la solidaridad y la igualdad. El posfordismo parece proponer a los asalariados un trabajo de calidad y una participación responsable. Estas podrían ser las bases de un compromiso social a la altura del fordismo. Pero no está escrito que los empresarios y los managers sepan proponer la participación que se necesita. De hecho en muchas empresas se ven pocas trazas de ello. Tawney ha escrito: “Es ocioso esperar que los hombres den lo mejor de ellos a un sistema en el que no confían o que tengan confianza en un sistema que no controlan de ningún modo”.

Las preocupaciones por los cambios del trabajo

Preocupaciones y esperanzas por el trabajo han acompañado las tres “grandes transformaciones” del trabajo. La primera revolución industrial pareció poner en duda la confianza en la ciencia porque se temía que el sistema de fábrica podría embrutecer las facultades mentales. Ello preocupó a los más fervientes fautores de la industria como Ferguson, Smith y Owen. Las novedades que lucidamente analizaron Hegel y Marx fueron denunciadas también por Carlyle, Tocqueville e incluso por Schiller. Se decía: la división del trabajo “expresa pobreza, ignorancia y despilfarro”. Las operaciones repetitivas “no desarrollan la inteligencia ni la inventiva”. La habilidad del trabajador “está cada vez más limitada” y se convierte “en un apéndice de la máquina”; su personalidad “se degrada hasta una extrema estrechez”; la industria crea “un trabajador sin alma, aunque más rápido”; la personalidad del hombre “se degrada poco a poco, aunque el obrero se perfecciona”; el hombre “se convierte en un fragmento”.

Movimientos sociales, organizaciones obreras y legisladores concienciados reaccionaron y consiguieron las primeras medidas protectoras. Y cuando el sistema de fábrica se consolidó, Veblen sostuvo que los influjos que surgían de ciertos hábitos tenían consecuencias positivas. Era así en términos de exactitud porque estimulan una “percepción cuantitativa” y en términos de lógica porque generan una “comportamiento causal”.

En el siglo XX se dio otra “gran transformación” que fue menos dramática, aunque más profunda cuando el trabajo se predeterminó mediante normas científicas, tal como fue inmortalizado por Chaplin en “Tiempos modernos”.

Se temía que la tecnología industrial disgregase y despersonalizase el trabajo. En efecto, aquel modo de trabajar se adaptaba más a llenar la jornada laboral y colocar más productos en el mercado, pero mostraba una antropología tosca como hicieron notar sociólogos famosos. Thomas y Znaniecki escribieron que conducía a una “degeneración gradual y segura del género humano”; Friedmann denunció “el menosprecio de la manera de funcionar del trabajo físico y mental del organismo”; Walker y Guest analizaron los efectos alienantes del trabajo que exige una “atención mental superficial”; Braverman habló de “degradación del trabajo”… Por estas razones la acción colectiva de defensa de los trabajadores consiguió fundar los sistemas de protección social.

Pero, por otro lado, la genial filósofa Simona Weil, después de una durísima experiencia laboral, alabó la “geometría del trabajo” que expresaba la industria; De Man, estudioso y dirigente socialista, dijo que las máquinas “traían consigo mayor iniciativa e inteligencia”; Gramsci, muerto en las cárceles fascistas, escribió que el fordismo era “el mayor esfuerzo para crear un nuevo tipo de trabajador y de hombre, indudablemente superior”; el filósofo Marcase hizo notar que “los individuos son expoliados de su humanidad no por constricciones externas sino por la misma racionalidad de su vida”.

Hoy, la fábrica ha perdido el aspecto dominador y subyugante, mientras que la tecnología ha liberado al hombre de las tareas penosas. Los miedos vienen hoy del mercado. Boltanski, Chiapello y otros temen que la flexibilidad del trabajo introduzca mayores desigualdades sociales y debilite el estatus del trabajador. Richard Sennett compara dos vidas y piensa que, respecto al padre, el carácter del hijo puede corroerse por la discontinuidad de los empleos.


Quaderni di Rassegna sindícale-Lavori. Núm l, enero-marzo de 2004