"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

sábado, 15 de enero de 2011

EL MUNDO QUE VIENE / 5: Las civilizaciones de choques

EL MUNDO QUE VIENE / 5

Las civilizaciones de choques

Subrayar nuestras diferencias nos permite asignar poder y recursos en formas repugnantemente discriminatorias

La idea de que nos clasificamos en civilizaciones, en plural, es meramente un mito políticamente conveniente


LA VANGUARDIA  22/12/2010
Mohsid Hamid, escritor pakistaní, autor de The reluctant fundamentalist y Moth smoke
Recientemente estaba paseando por los canales de Amsterdam con un par de amigos, inmigrados de Pakistán. Estaban preocupados. El líder del tercer partido más representado en el Parlamento holandés había hecho un llamamiento a prohibir el Corán. La actitud hacia los musulmanes se estaba volviendo tóxica. Una extraña idea pesaba sobre mí al vagar por las cafeterías donde venden marihuana y los escaparates con prostitutas legales: la idea de que Anna Frank, como recordatorio permanente de la intolerancia hecha locura, podría ser el ángel guardián de los musulmanes en Amsterdam. ¡Qué triste que en esta ciudad una minoría religiosa pueda sentir una vez más la necesidad de un ángel guardián!

La desconfianza hacia los musulmanes no tiene lugar sólo en Europa. Este mismo año, en un viaje de Pakistán a Nueva York con mi esposa y mi hija pequeña, tuve mi acostumbradoyprolongado encuentro en el aeropuerto JFK con la versión estadounidense del mismo tema. Enviado a inspección secundaria, rodeado de otras personas con nombres que sonaban a musulmanes, esperé mi turno de ser interrogado. Finalmente llegó y el funcionario que me preguntó cosas como si había estado en México alguna vez o había recibido entrenamiento de combate, escribía lentamente en mi archivo electrónico, en continua expansión. Debido a ello fuimos los últimos pasajeros de nuestro vuelo que recogieron el equipaje, un solitario juego de maletas y un cochecito plegable en la cinta de la zona de llegadas, para entonces parada. Y hasta que salimos de la terminal aérea a la luz del sol, no me dejó de latir el corazón de una manera incongruente con mi condición de visitante con documentos en regla.

Cuando regresamos a Pakistán, la onda de choque de un hombre bomba suicida –el más reciente ataque mortal lanzado por los militantes empeñados en desestabilizar al país– había pasado por la oficina de mi hermana en Lahore. La explosión mató a varias personas en un edificio del Gobierno, pero estuvo bastante lejos de la universidad donde ella da clases como para lastimar a alguien o romper sus ventanas. Empero, sí logró abatir la puerta de su oficina, abriéndola de par en par, como fantasma que saliera al pasillo.

No faltará quien argumente que episodios como estos son indicios del choque de civilizaciones. Pero yo creo que no. Los individuos tienen cosas en común que pasan a través de los países, las religiones y las lenguas; y hay diferencias que dividen a quienes comparten un país, una religión y una lengua. La idea de que nos clasificamos en civilizaciones, en plural, es meramente un mito políticamente conveniente. Tomemos dos civilizaciones hipotéticas, concretamente las de “musulmanes” y “occidentales”. ¿A cuál de ellas pertenecen mis amigos pakistaníes en Amsterdam, o yomismo? Por ejemplo, ellos son seculares y creen en la igualdad de derechos, sin importar el sexo ni la orientación sexual. Yo, como ciudadano y residente de Pakistán, he pasado 17 años en Estados Unidos, un periodo más largo que la vida de los más de 70 millones de estadounidenses nacidos después del año 1983.

Musulmanes occidentalizados, occidentales islamizados: ¿están seguros de que la gente como nosotros puede ser descartada por formar una minoría reciente, pequeña y no representativa? De hecho, no. Si viajamos de Lahore a Madrid, veremos que las palabras que designan la camisa, el pantalón y el jabón son prácticamente las mismas en ambos lugares, testimonio lingüístico del hecho de que los pueblos siempre se han entremezclado.

Sí, hay asesinos pakistaníes que hacen explotar bombas que matan a miles de personas al año. Y sí, hay pakistaníes que se apegan al estereotipo del militante pobre, radicalizado y con estudios en escuelas religiosas. Pero viven en una nación donde menos del 10% de la población vota por partidos de la derecha religiosa, donde una mayoría que está en rápido aumento mira la televisión.

La programación de la televisión pakistaní es increíblemente diversa por una buena razón: también lo es el país. La onda de choque que pasó por la oficina de mi hermana sin duda pasó por musulmanes devotos, musulmanes ateos, musulmanes gais, musulmanes divertidos ymusulmanes enamorados, por no hablar de los pakistaníes cristianos, los ingenieros chinos, los contratistas de seguridad estadounidenses y los indios sij en peregrinaje. ¿Contra qué civilización, pues, se dirigió esa bomba? ¿Y en qué civilización se originó?

Las civilizaciones son ilusorias. Pero son ilusiones útiles. Nos permiten negar nuestra humanidad común y asignar poder, recursos y derechos de una manera repugnantemente discriminatoria.

A fin de mantener la efectividad de estas ilusiones, estas deben ir asociadas con algo innegablemente real. Ese algo es la violencia. Nuestras civilizaciones no nos hacen chocar. No, nuestros choques nos permiten pretender que pertenecemos a alguna civilización.

En Pakistán, en cierto sentido vivo de manera tradicional: como parte de una familia extendida. Mis padres construyeron su casa aledaña a la de mis abuelos. Mi esposa y yo construimos nuestro departamento encima de la casa de mis padres.

Nuestra hija necesitaba una habitación. Así que reconvertimos el balcón, instalando un techo de metal con espuma aislante y algunas ventanas bien sombreadas con doble vidrio.

La habitación era luminosa, barata, eficiente en energía y fue rápida de construir. En otras palabras, exactamente lo que queríamos. Pero después nos dimos cuenta de que las ventanas de nuestra hija daban a una avenida principal. A unos cientos de metros de distancia había oficinas, tiendas y bancos. El tipo de lugares que a veces son objeto de ataques en nuestra ciudad.

Decidí preguntarle a un arquitecto amigo mío si valía la pena considerar  una protección antiexplosiones para las ventanas de mi hija. A pesar de que  cuatro generaciones de mi familia han vivido en el mismo lugar, esta era una pregunta que ninguno de nosotros se había planteado antes. Yo no tenía ni idea de si tales películas protectoras eran efectivas o de cuánto podrían costar.

No me preguntaba si eran fabricadas en plantas de Occidente, por  trabajadores que fueran musulmanes ni ninguna de esas cosas. No, más bien me preguntaba si tales películas serían realmente transparentes. Pues afuera de la ventana de mi hija hay un árbol de cañafístula del que florecen flores amarillas, hermoso y poderoso, y mucho más viejo que todos nosotros.

Yo esperaba no tener que taparle esa vista a mi hija.

© Mohsid Hamid
Distribuido por The New York Times Syndicate