"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

jueves, 12 de julio de 2012

El diario de la lenta y agónica debacle del continente, a través de tres sugerentes libros recién editados de España

La euro-Europa no va al cataclismo

EL PAÍS  26 MAY 2012 

Acaban de aparecer tres sugerentes libros centrados en la fase europea de la crisis mundial. Tres textos, tres estilos, tres enfoques distintos. Uno se debe a la pluma del profesor francés de Economía Jean-Pisany-Ferry, director del laboratorio de ideas bruselense Bruegel. Es El despertar de los demonios, la crisis del euro y cómo salir de ella, que se asienta sobre la crónica, el análisis y la prospectiva: tiene el empaque severo del académico, pero suavizado por una agilidad inhabitual en el ramo. Otro, a la del periodista norteamericano Michael Lewis, quien alcanzó la celebridad por su novela autobiográfica El póquer del mentiroso sobre su periodo de bróker en Wall Street, se titula Boomerang, viajes al nuevo tercer mundo europeo, y es lo que indica, un reportaje de viajes al interior de la crisis. Y el tercero y más singular se debe a un actor del mercado y agudo articulista: el matemático, estadístico y financiero en el sector público, el privado y el pluscuamperfecto Juan Ignacio Crespo, titulado Las dos próximas recesiones.

Lewis desmenuza con testigos-protagonistas de primera fila la crisis en Islandia, en Grecia, en Irlanda; también desde Alemania, y con una propina, EE UU. Quizá no hace ninguna gran revelación, pero agarra al lector como quien agarra el volante, porque va de lo concreto —la especulación de los monjes de Vatopedi, en el monte Athos— a lo global, la descripción detallada del casi fallido Estado griego. Aquí confiesa a los patrocinadores de la conversión de Islandia de un país de pescadores en otro de multimillonarios. Allá dialoga muy fluidamente con el hoy miembro de la ejecutiva del Banco Central Europeo, Jörg Asmussen, y concluye con gracejo que los alemanes demuestran un “extraordinario amor por las reglas, casi porque sí”. En la misma tónica, sentencia que Islandia “no es tanto una nación como una gran familia”. Apasionará a todos, también al lector temeroso de sumergirse en un libro económico.

Los actores del libro de Pisany son, más que pescadores, ciudadanos y profesores como en el caso de Lewis, los políticos y las instituciones europeas. A ellos dedica su crítica frontal, por no haber previsto los desequilibrios de los socios de la zona euro, haber creado sus instrumentos con tardanza, salvo el BCE, y gestionar con irritante lentitud la crisis de la deuda abierta con el caso griego en 2010. El profesor explica bien la génesis, características, carencias y desarrollo de la moneda única. Y oscila, quizá por designio de equilibrio, entre el pesimismo y un timidísimo optimismo. Aquél le hace concluir que la moneda “no está sólo huérfana” del gran proyecto europeo al que debía servir, sino que no es el desencadenante de nada: “Es también estéril, puesto que, contrariamente a las expectativas, no provoca toma de conciencia, no impulsa reformas y no suscita cooperaciones”. Por no lograr, ni siquiera ha conseguido que “el rigor alemán” se imponga a los socios. Pese a todo, reconoce, y esta es la parte esperanzada de su visión, que el edificio de la unión económica y monetaria se ha ido llenado “pieza a pieza” de nuevos y necesarios instrumentos no previstos. Algunos, para servir a la política de la austeridad, que asume; mientras queda pendiente la otra pata, la del crecimiento, que suscribe —propugnando “políticas públicas de gran magnitud” para la Europa del Sur—.

Apasionamiento y fría estadística palpitan en el extraordinario texto de Crespo, quien apoya todas sus tesis en sugestivos gráficos, en la convicción de que las secuencias de las crisis son concomitantes. Aunque el objetivo del autor es predecir cómo y cuándo se producirán las próximas recesiones, el grueso del libro se centra en la crisis mundial, particularmente europea: su tercio final es una miscelánea de temas también interesante, de los emergentes a la tensión mercados/democracia o la culpa de la crisis de las cajas de ahorros españolas. Tras analizar las carencias del BCE en relación con la Reserva Federal, y sus errores (algunas subidas del tipo de interés) y aciertos (entre estos, las dos últimas barras de liquidez por un billón de euros), Crespo sostiene su tesis principal: “La guerra del euro no tendrá lugar”, porque tras el abismo al que se vieron sometidas en 2011, quedó claro que la moneda y la eurozona “sobrevivirán” y seguirán siendo internacionalmente relevantes, aunque se instalen temporalmente en una suerte de crisis crónica. Entre sus recetas, destacan la emisión de eurobonos a través de un Tesoro único, del que el actual fondo de rescate supone un embrión, y la ampliación del repertorio de funciones del BCE, con el horizonte de completar la austeridad fiscal mediante nuevas políticas de crecimiento. El texto es tan frondoso que uno cae en la tentación de subrayar todas sus líneas.

El despertar de los demonios. La crisis del euro y cómo salir de ella. Jean-Pisany-Ferry. Traducción de Manuel Serrat. Antoni Bosch. Barcelona, 2012. 176 páginas. 18 euros. Boomerang. Viajes al nuevo tercer mundo europeo. Michael Lewis. Traducción de Marta Torrent. Ediciones Deusto. Barcelona, 2012. 256 páginas. 19,95 euros. Las dos próximas recesiones. Cómo, dónde y por qué se producirán. Juan Ignacio Crespo. Ediciones Deusto. Barcelona, 2012. 200 páginas. 18,95 euros (electrónico: 13,99).


Boomerang: una crisis de ida y vuelta

Michael Lewis explica en un libro, de modo comprensible y cómico, las manías locales que llevaron a la hecatombe financiera a Islandia, Irlanda y Grecia





Boomerang: una crisis de ida y vueltaEL FARO DE VIGO, 
LUIS M. ALONSO Incialmente se creyó que la crisis financiera se aplacaría con el rescate de los bancos, pero los gobiernos dejaron de tener crédito. Michael Lewis, ex bróker y autor de algunos de los libros más leídos en Estados Unidos, viajó a los países arruinados para comprobar la especialidad local. Pudo ver cómo en Islandia los pescadores que habían decidido probar fortuna en la banca quemaban sus flamantes todo terreno para cobrar el seguro; se metió en las entrañas del monasterio de Vatopedi para testar el colapso moral de Grecia, y asistió al drama de unos irlandeses que quisieron ser ricos por una vez en la vida. El viaje a la ruina no incluye a España, que se ha asomado al abismo.

El modo de resumirlo sería decir que todo se debió a la ceguera y a la codicia. Pero en "The Big Short", Michael Lewis, editor de "Vanity Fair" economista, experto en Wall Street de "The New York Times" y autor de algunos de los libros de más éxito de las dos últimas décadas en Estados Unidos, se dio cuenta de que resultaba excitante documentar la brutal crisis financiera desde la perspectiva de aquellos que primero la vieron venir y obtuvieron el mayor beneficio. En "Boomerang", su último libro, desvió el enfoque a Europa y, con ello, el curso tragicómico que han tomado los acontecimientos.

En 2008, se pensó que la crisis del crédito se aplacaría únicamente porque los inversionistas creían que los gobiernos podrían pedir lo que fuese necesario para rescatar a sus bancos. Pero ¿qué pasó cuando los propios gobiernos dejaron de ser creíbles? Entonces la situación económica entró en una fase verdaderamente peligrosa. Los dólares de los contribuyentes sólo detuvieron entonces momentáneamente la carnicería y, al igual que un boomerang, la crisis ha vuelto como si se tratase de un ajuste de cuentas.
Lewis, en un libro conmovedoramente cómico, de 212 páginas, al que apenas le sobra una línea, escribe su diario de viaje a través de las ruinas económicas del globo. Nos introduce en las vidas de los desafortunados y equivocados funcionarios gubernamentales, banqueros y especuladores, quienes avivaron los incendios financieros de 2008 y creyeron ilusoriamente que habían sido apagados por los rescates gubernamentales masivos.

Aunque el viaje incluye Islandia, Grecia, Irlanda y Alemania, en Estados Unidos se ha dicho, sin embargo, que la visita guiada es un poco como ir de excursión a través de las remotas regiones gastronómicas del mundo de la mano de Anthony Bourdain. No se intranquilicen, simplemente es una metáfora. Del mismo modo que el mediático chef televisivo de Nueva York viaja a lugares lejanos a devorar, como si tratase de los mejores manjares, los testículos del alce que comen los inuit o las cabezas de ovejas que tanto gustan a los marroquíes, Lewis levanta acta de sus impresiones sobre la crisis económica dándose un banquete. Al igual que Bourdain con las criadillas, aplica un ingenio mordaz al raro placer de digerir sombríos cuentos económicos y dramas personales. Cada caso es distinto, producto de la temperatura local.

Islandia se volvió loca con la banca. Siendo una nación de pescadores, sus habitantes se creyeron lo suficientemente listos y dotados para la inversión. Demasiado inteligentes y preparados para dedicarse por vida a la pesca o a la fundición del aluminio, las dos actividades productivas esenciales de la isla. No habían obtenido todos sus títulos universitarios y masters para resignarse a tirar la red al mar y, además, un enraizado sentido varonil islandés del riesgo les guiaba. De hecho, inmediatamente después, la alternativa al descalabro consistió en sustituir a todos los políticos machos por hembras.

En Irlanda se obsesionaron con comprar casas. La propiedad y la abundancia eran el escape para un pueblo acosado por siglos de opresión y explotación terrateniente. Sus habitantes pasaron de muy pobres a muy ricos, exhibiendo una especie de arrogancia gaélica que les llevó a ellos mismos a definirse como "el tigre celta". Lewis lo explica en muy pocas palabras: los irlandeses simplemente quisieron dejar de ser irlandeses.
Los griegos se empeñaron en evitar durante décadas el pago de los impuestos, empezando por el principal armador y terminando por el último empleado. Tratándose Grecia de una nación construida sobre la enemistad, el nepotismo y la corrupción, nadie confiaba en nadie. Allí cada uno era un griego dispuesto a cuidar de sí mismo. Allí, el acatamiento de las normas, entre ellas las tributarias, ha sido tradicionalmente una cuestión de deshonra. Al que cumple lo llaman estúpido.

Alemania, por su parte, se cansó de pagar la factura de la locura. Con un comportamiento colectivo que la ha llevado otras veces a buscarse problemas con los vecinos y siendo un pueblo obsesionado por la limpieza y el orden, los alemanes tienen, a la vez, una especial debilidad por la basura y el caos ajenos. No hay limpieza sin suciedad, ni pureza sin impureza, escribe Lewis. Por eso, viven obsesionados con el desordenado patio de los griegos.

-Los pescadores que quisieron ser inversores. A los tres días de estar en Reikiavik a Lewis le llamaron de la productora de un programa líder de actualidad para que les explicara a los islandeses su propia crisis financiera. Ellos mismos sencillamente no entendían lo que había pasado. Para el autor de "Boomerang", Islandia era una caja de sorpresas, sus habitantes lunáticos y nuevos ricos se habían dedicado a jugar a banqueros y comprar casas y coches a crédito; ahora ante la garantía de poder cobrar un seguro preferían quemar sus Range Rover por la noche antes de embarcarlos con destino a algún punto de Europa donde poder venderlos a cambio de una moneda que aún tuviese valor.

-En la cuna de las mates. Lo de Grecia hay que verlo de modo distinto. Allí, el protagonista de la ruina no fue específicamente el sistema bancario, que tuvo la precaución de evitar los activos tóxicos con préstamos de alto riesgo, pero sí, en cambio, la mala suerte de confiar créditos peligrosamente grandes a un gobierno que nunca abrigó la esperanza, o, probablemente, la intención de poder pagar sus gigantescas deudas. En Grecia, al contrario que en otros lugares, los bancos no hundieron al país; el país hundió a los bancos. En realidad fue la peculiar manera de entender el erario lo que acabó con todo. En el momento en que estalló la crisis, el empleado promedio público ganaba el triple que su equivalente del sector privado, y las nóminas de las empresas estatales, como las del ferrocarril nacional, superaban cuatro veces los ingresos anuales por este tipo de transporte.

-El pecado original. Para explicarse por qué Irlanda llegó adonde llegó se han barajado todas las teorías: la eliminación de las barreras arancelarias, la decisión de ofrecer una enseñanza superior pública gratuita y el tipo de gravamen bajo en el impuesto sobre sociedades introducido en la década de los ochenta que convirtió a Irlanda en un paraíso fiscal para las empresas extranjeras. La firme voluntad de resarcirse de la pobreza y la penuria hizo de los irlandeses "tigres celtas". Pero Lewis considera que la más interesante de las explicaciones es la que ofrecieron un par de demógrafos de Harvard, David E. Bloom y David Canning, con su teoría de la anticoncepción. Estos dos profesores sostenían que una de las causas principales del boom irlandés era el espectacular aumento del ratio de hombres irlandeses en edad de trabajar con respecto a los que no lo estaban debido al tremendo descenso de la tasa de natalidad. Había de este modo una correlación inversa entre el sometimiento de la nación a los edictos del Vaticano y su capacidad de salir de la pobreza. Es decir, de la muerte lenta de la iglesia católica irlandesa habría surgido el milagro económico.

El fuerte patriotismo es otra de las causas de que el desafiante "tigre celta" se haya convertido finalmente en un gato mohíno. Lewis en seguida supo darse cuenta de que los políticos perdían demasiado tiempo en el parlamento repitiéndolo todo dos veces, una en inglés y otra en gaélico, cuando todos hablaban perfectamente el primer idioma y sólo se defendían a duras penas con el segundo.

-La limpieza y la suciedad. El recorrido a través de la economía más dinámica de Europa, la alemana, parece de todos el que menos perspicacia arroja. Cautivado por la obsesión del país con la limpieza y la fascinación por la suciedad de otros, Lewis se pregunta sin encontrar explicaciones por qué una nación tan organizada continúa apoyando a sus socios manirrotos del euro. Pero no acaba de concretar por qué los alemanes se esfuerzan tanto por mantener fracturada a la Unión Europea, probablemente una de las claves para entender la trágica zozobra de los últimos tiempos.

En el viaje de "Boomerang" hay muchos personajes pintorescos pero ninguno tiene madera de héroe y en una era de capitalismo disfuncional, Lewis recuerda que los ganadores pueden ser tan desquiciados como los perdedores.

lunes, 9 de julio de 2012

Se agudiza la crisis más ignorada: la demográfica, de Alejandro Macarrón Larumbe en Expansión 9/7/2012

OPINIÓN: VISIÓN PERSONAL

España padece otra crisis tan profunda como la económica, a la larga mucho más grave que ésta, pero a la que apenas se presta atención: la demográfica. Según datos recién publicados por el INE, en 2011 nacieron 3,5% menos niños que en 2010. La fecundidad cayó hasta la raquítica tasa de 1,35 hijos por mujer. En veintiuna provincias murió más gente de la que nació, y sin la aportación de los inmigrantes en bebés, serían unas cuarenta. Los españoles autóctonos, y la población en general, aunque todavía por poco, ya están menguando, en un proceso que tiende a acelerarse, al tiempo que España se encanece más y más, ya que la edad promedio del pueblo español crece de forma imparable, a ritmo de un año más cada cuatro años. Es el suicidio demográfico de España.

Con un poco de suerte, mucho esfuerzo y reformas de calado, en 2014 ó 2015 viviremos una situación económica con perspectivas mucho menos agobiantes que las actuales. Si triunfan meritorias iniciativas como “Reconversión” (a la que se puede adherir en www.reconversion.es quien crea que hay que reformar integralmente en España cosas como las autonomías o el funcionamiento interno de los partidos políticos), en unos años podríamos disfrutar de un entramado político-jurídico mejor que el actual, que nos ha llevado a la ruina económica y a serios riesgos de fractura nacional.

Pero si no se recupera la natalidad en España, y pronto, nadie nos librará de la espiral de la muerte demográfica a la que estamos abocados desde que, como pueblo, decidimos ignorar, por no tener apenas hijos, el más elemental de los instintos: el de supervivencia.

Con tan baja natalidad, la sociedad libera y se ahorra en el presente los recursos que habría dedicado a la crianza de los pequeñines y jóvenes que nos faltan, simplemente, para asegurar el reemplazo de la población. Esto permitió a nuestra economía crecer en los 80 y 90 del siglo XX bastante más que de no haber caído a plomo la natalidad en esos años. Pero, por esta misma razón, pasada una generación con baja natalidad en España, empiezan a escasear los jóvenes y, más allá de la crisis económica del momento, se deteriora año a año la proporción entre activos y retirados, por lo que nuestras perspectivas a largo plazo se parecen, por esta causa, a las de una empresa que lleva bastantes años sin reinvertir parte de sus recursos en la reposición de aquellos de sus activos que van quedando obsoletos, lo que equivale a comerse el futuro en aras del “carpe diem”, o al comportamiento estival de la cigarra de la fábula.

Por cierto, Alemania está aún peor que nosotros en demografía. En 1910, en tiempos de la Belle Époque, en Alemania nacían dos millones de niños al año. Un siglo después, con un 50% más de población, nacen menos de 700.000, y de ellos más de 200.000 tienen padres de origen extranjero. Y en los últimos cuarenta años murieron cuatro millones de alemanes de los que nacieron. También Italia, Grecia, Portugal yAustria, entre otros países, presentan un lamentable perfil demográfico. Ningún país europeo, salvo Irlanda y no del todo, está medianamente bien en demografía y natalidad, lo cual está influyendo, y mucho, en el bajo crecimiento estructural de la economía europea desde hace varios lustros, y en la crisis actual del euro. No hay vuelta de hoja. O nacen más niños en España y los demás países con una carencia similar, o el futuro de nuestra sociedad tiene un nítido color gris, el de las canas, en muchos sentidos. De la crisis económica podremos salir con reformas de enjundia y mucho esfuerzo. De la demográfica, sin más hijos, no es posible. Y sin el recurso más valioso que existe, el humano, en el futuro no habrá en España ni prosperidad ni nada de nada. Como en los cementerios, o en los pueblos abandonados.

Alejandro Macarrón Larumbe. Consultor de Estrategía Empresarial. Autor del libro “El suicidio demográgico de España

sábado, 7 de julio de 2012

¿Salvar al euro?, de Vicenç Navarro en Público 5-7-2012

Se está promoviendo en los medios de mayor difusión del país el mensaje de que los países de la periferia de la Eurozona, Portugal, Irlanda, Grecia y España, (llamados PIGS, ahora conocidos, al añadirse Italia, como GIPSI) tienen que hacer grandes sacrificios a fin de garantizar la existencia del euro, el cual se presenta como en peligro de desaparecer. Aparecen impactantes titulares en tales medios que señalan la cercana muerte del euro o que la última reunión del Consejo Europeo salvó al euro (implicando que de no tomarse las decisiones que se tomaron, el euro habría desaparecido). Existen variaciones de este mensaje. Una de ellas es la que afirma que, para salvar al euro, Alemania tendrá que presionar para que se expulse a Grecia. O al revés, se afirma que Alemania, cansada de ayudar a los países periféricos, saldrá del euro y recuperará su propia moneda, el marco, matando así al euro.

El euro, sin embargo, nunca ha estado en peligro de desaparecer, y continúa con buena salud, sin ningún peligro de fallecer. Veamos los datos. Cuando fue establecido, un euro valía un dólar. Hoy el euro está sobrevalorado, siendo su valor monetario superior al del dólar. El hecho de que haya bajado algo durante estos últimos tres años no quiere decir que esté desapareciendo. En realidad, no les iría mal a los sectores exportadores que hoy están teniendo dificultades, que el euro bajara más. Las exageraciones (parte del lenguaje sensacionalista que caracteriza a la mayoría de los medios) que acentúan que el euro está en peligro de desaparecer no tienen ninguna base real. Miren la evolución del precio del euro en los últimos cuatro años y lo verán. El euro no está en peligro. Ahora bien, les aseguro que este mensaje de que el euro está en peligro continuará promoviéndose, pues tiene como objetivo promover un miedo que haga más fácil aceptar las medidas altamente impopulares que se están imponiendo a la población.

Otra aseveración que carece de credibilidad es que puede llegar un momento en que Alemania presione para que se expulse a Grecia. Lo último que el capital financiero alemán desea, es que este país deje el euro, por la sencilla razón de que el impacto contaminante que tal salida tendría en los países GIPSI sería devastador para el sistema financiero alemán. La banca alemana tiene invertido, por ejemplo, en España, 146.000 millones de euros, y en Italia 134.000 millones. La salida de cualquiera de estos países GIPSI del euro afectaría muy negativamente el pago de tal deuda a Alemania y la banca alemana y su gobierno son plenamente conscientes de ello. En realidad, es sorprendente que los gobiernos de estos países periféricos no hayan utilizado la amenaza de salirse del euro como medida negociadora con el gobierno Merkel. Sea como sea, pueden estar seguros que para bien o para mal (según usted valore los beneficios o perjuicios que el euro haya tenido) ningún país será expulsado del euro.

Alemania es el país de la Eurozona que se ha beneficiado más de la existencia del euro

Pero lo que hace incluso más inverosímil la observación de que Alemania deje el euro es que este país, es el que más se ha beneficiado de la existencia del euro, beneficio que se ha centrado primordialmente en su banca y en su sector exportador. Como reconoció el dirigente socialdemócrata alemán, el Sr. Sigmar Gabriel, en su crítica al comportamiento del gobierno Merkel, Alemania, desde que se estableció el euro, ha ganado la friolera cantidad de 556.000 millones de euros más de lo que se ha gastado en lo que se conoce como “ayuda financiera”. En realidad, Alemania no ha gastado en este último capítulo, “ayuda financiera”, lo que le correspondería por el nivel de riqueza que tiene. Paga incluso menos, proporcionalmente, de lo que paga España. Alemania da un porcentaje a los fondos de rescate financiero MEDE menor que España (un 27% versus un 29.8%).

Esta percepción de Alemania como la gran pagadora de los gastos de ayuda (promoviendo un “victimismo” muy rentable políticamente en su propio país) no se corresponde con la realidad. Toda la evidencia científica muestra que Alemania es el país más beneficiado por la existencia del euro. Y, siendo el país que tiene mayor capacidad decisoria en la Eurozona (en gran parte debido al dominio del capital financiero alemán en el BCE y en la Comisión Europea), les garantizo que habrá euro para años, y los países periféricos continuarán sufriendo las políticas de austeridad que se les imponen, no para salvar al euro, que tiene buena salud, sino para pagar la deuda a la banca alemana, todo ello presentado con una narrativa de que el sufrimiento de la población les hará mejores y más competitivos, ignorando con ello un hecho evidente: el euro ha sido un enorme obstáculo para que estos países GIPSI puedan competir con los productos alemanes, pues no pueden devaluar su moneda para abaratar sus exportaciones y competir así con Alemania.

Y por si ello no fuera suficiente, la banca alemana, que controla el BCE, utiliza este banco (que como he señalado repetidamente, no es un banco central sino un lobby de la banca alemana) y chantajea a los estados GIPSI condicionando la compra de su deuda pública a que se hagan más competitivos bajando los salarios y reduciendo su Estado del Bienestar, conduciendo a estos países a marchas forzadas hacia la Gran Recesión, camino de la Gran Depresión. Y todo ello, en teoría, “para salvar el euro”, todo ello dicho y hecho con la gran complicidad de los mayores medios de información y persuasión, influenciados por (o endeudados con) el capital financiero.

Una última observación. Cuando digo Alemania me estoy refiriendo a la estructura de poder de aquel país, es decir, a los establishments financieros, empresariales del sector exportador, mediáticos y políticos del país. Este establishment es responsable, no sólo de la austeridad impuesta (con la complicidad de los mismos establishments de los países GIPSI) a las clases populares de los países periféricos, sino también a la clase trabajadora alemana, cuyo standard de vida, nivel y masa salarial y protección social ha ido descendiendo en los últimos años de gobiernos socialdemócratas-verdes y gobiernos cristianodemócratas-liberales. Fue Oskar Lafontaine, una de las mentes más lúcidas hoy en Europa, quien, siendo Ministro de Finanzas durante el gobierno del canciller Schröder, propuso aumentar los salarios y la protección social como medida de estimular la economía alemana y europea, lo cual no se hizo, escogiéndose, en su lugar, imponer las políticas de austeridad que han beneficiado al sector exportador y a la banca alemana. Si Oskar Lafontaine hubiera ganado aquel pulso, Alemania y Europa estarían hoy en otra situación.

El trabajador alemán tiene mucho en común con el trabajador griego, español, italiano, portugués e irlandés, aunque al establishment alemán le aterra la idea de que esta coincidencia de intereses se traduzca en un movimiento opositor a nivel europeo, trabajando cuarenta y ocho horas al día, a través de los medios, para evitar el desarrollo de esta concienciación de intereses colectivos, utilizando el nacionalismo (refiriéndose a Alemania como “victima”) y el racismo (refiriéndose a los trabajadores griegos como “vagos”) para evitar esta coalición de intereses. Así de claro.

Vicenç Navarro. Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy en The Johns Hopkins University.

LETONIA. Laboratorio de “rescate”

Fuente:  http://blogs.lavanguardia.com/diario-itinerante/laboratorio-de-rescate/

Riga,- Ante una foto tamaño pared de las afiladas torres medievales y los puentes de acero soviético de Riga, Christine Lagarde se dirigía a una sala llena de ejecutivos y funcionarios de traje gris. El eslogan Letonia: against all odds (contra todos los pronósticos) que anunciaba la conferencia recordaba una película de Rambo. Y, efectivamente, la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) había venido a Letonia para anunciar misión cumplida tres años después de acordar el rescate de la economía letona. “¿Quién se habría imaginado en el 2009 que estaríamos aquí celebrando el logro de Letonia, tras un viaje tan duro? –dijo–. Es un tour de force; habéis enseñado el camino a la zona euro…”.

¿Por qué tantos elogios a un pequeño país postsoviético de dos millones de habitantes en el mar Báltico, cuya principal exportación es madera talada en los bosques oscuros que se extienden desde la capital hasta la frontera con Rusia? Pues porque “somos el experimento en el laboratorio de la devaluación interna”, ironizó Serguéi Acupov, ex asesor del Gobierno que, tras gestionar la transición relámpago a la economía de mercado en 1990, parece ya mucho menos convencido por la ideología del short, sharp shock. “Quieren un ejemplo para Grecia, Portugal… España”. Con devaluación interna, Acupov se refiere a la política de ajustes mediante recortes de salarios y del gasto público. Aunque Letonia no es miembro de la zona euro, rechazó devaluar su divisa, el lats, y se convirtió en el conejillo de indias de la terapia shock, un poco como Chile en los años anteriores a la llamada revolución neoliberal en el Reino Unido y Estados Unidos . “Hemos escrito un nuevo capítulo en los libros de texto”, dijo un participante en la conferencia del FMI.

Tras el pinchazo de su propia burbuja inmobiliaria y una crisis de financiación de la deuda , Letonia firmó un acuerdo de rescate en diciembre del 2008 con la Unión Europea y el FMI. A cambio de recibir créditos por 7.500 millones de euros, el gobierno puso en marcha la madre de todos los ajustes presupuestarios, equivalente al 17% del valor de su economía, en sólo dos años. Letonia se sometió a la peor recesión económica registrada jamás en Europa, igualando la Gran Depresión estadounidense con un desplome del PIB del 23% en dos años. Los salarios se recortaron entre el 25% y el 30%. Mientras el paro subía del 5% a 20%, se recortó la prestación por desempleo hasta sólo 40 lati (57 euros) mensuales. La pobreza alcanzó a cuatro de cada diez familias, pero se amplió el impuesto plano sobre la renta (el 25%) hasta incluir las rentas de 60 euros al mes.

Ni tan siquiera Grecia había aniquilado una cuarta parte de su economía como hicieron los letones. Pero ahora la devaluación interna da sus frutos, sostienen Lagarde y los diseñadores del ajuste. Letonia crece el 6% este año, más que ninguna otra economía europea, y ha eliminado sus déficit exteriores. Ahora Letonia es el role model europeo. “Hicimos lo que debimos –dijo Ilmars Rimsevics, el severo gobernador del Banco de Letonia–. Diría que hemos desrabado al perro, pero mis asesores me aconsejaron hablar de podar el árbol”, añadió con un sentido del humor muy letón.

 A unos 12 kilómetros del centro de Riga, Diana Vasilane entiende lo que se siente uno al ser podado“Mi hija se fue a Roma hace tres meses cuando su empresa Statoil (Noruega) le cortó el salario de 600 a 400 lats al mes; mi hijo se ha ido a Suecia; el hijo del vecino se marchó para Australia; aquí estamos rezando para no vivar hasta muy viejos porque nadie nos va cuidar”, dijo. La marcha de jóvenes al extranjero ya había empezado tras la caída del comunismo. Pero desde el inicio del llamado rescatedel 2009 se ha convertido en una hemorragia. Un 10% de la población en general (230.000 de una población de 2,2 millones en el 2008) se ha marchado. El 30% –uno de cada tres– de los letones menores de 30 años se fueron, la mayoría para jamás regresar.

Hasta las ciudades británicas más pobres han sido destino para letones en busca de trabajo. El vuelo de Ryanair Liverpool-Riga iba abarrotado de jóvenes letones que visitaban a sus familias, y cada vuelo de vuelta la semana pasada estaba completo. Esto se suma a los graves problemas demográficos en Letonia, debido a una tasa de fecundad baja y a una esperanza de vida baja (un problema agravado por un sistema de sanidad en crisis presupuestaria). “La población envejece rápidamente; y la gente que se va en esta última ola son principalmente jóvenes con estudios”, dijo el demógrafo Mihail Hazans. Esto “ya amenaza el desarrollo económico y la seguridad social”.

Los hijos no son la única parte de la vida de Vasilane que ha sido podada. Hasta hace año y medio era directora de la oenegé Risk Berni (Riskchild.org) que prestaba apoyos a niños de familias marginadas (casi todas) en el barrio destartalado de etnia rusa de Moscow Worstadt en el centro de Riga. Moscow Worstadt era antes un distrito industrial de la economía soviética. Ahora es un foco de prostitución, drogadicción y actividades delictivas.

En el centro infantil de Riska Berni daban de comer a entre 20 y 30 niños al día y repartían ropa. Organizaban actividades –remar en el río, patinar, partidos de fútbol– para adolescentes. El Estado letón les pagaba una ayuda de 2.000 lati (2,400 euros) al mes. El hotel Radisson aportaba las sobras de su cocina, quizás de las cenas del mismísimo equipo de la UE y del FMI que llegaban a Riga de cuando en cuando. Pero luego el mega ajuste llegó a Riska Berni. El gobierno podó la subvención hasta la mitad y Riska Berni cerró el año pasado en muy mal momento. “Con tanta emigración se han ido las madres de muchos niños al extranjero y muchos niños ahora viven con sus hermanos mayores o sus abuelos”, dijo. Durante una parada en Moscow Worstadt, un joven de cabeza rapada irrumpió en el bar donde hombres con cara de pocos amigos tomaban cerveza en silencio. “Acabo de pegarme con uno; él me pegó primero”, dijo. Fuera en la calle, jóvenes prostitutas –quizás de 17 o 18 años– esperaban.

Exceptuando Moscow Worstadt, la crisis brilla por su ausencia en el centro de Riga, recorrido por manadas de turistas nórdicos que interrumpen sus giras de las iglesias para tomar sopa de remolacha en las terrazas donde un grupo toca Knocking on heaven’s door. Pero en el extrarradio donde vive Diana, las puertas no son del paraíso sino de cientos de infraviviendas, habitadas en muchos casos por familias desahuciadas tras el pinchazo. “Muchas de las casas buenas ya pertenecen a los bancos, y sus ex habitantes acaban aquí”, añade Vasilane mientras el coche sube por una carretera sin asfalto. Nos adentramos en una urbanización de chabolas de madera que se extiende hasta el río, muchas de ellas con parcelas cultivadas que los nuevos pobres de Letonia combinan con la pesca para sobrevivir. No tienen electricidad, pese a temperaturas invernales de 20 grados bajo cero. “En tiempos soviéticos, la gente tenía su pequeño huerto aquí para los fines de semana con un cobertizo para guardar las herramientas –dice el conductor–. Ahora la gente vive en los cobertizos”.

 Konstance Bondare, de 80 años, es uno de los residentes del distrito de infraviviendas . Vive en una cabaña destartalada de madera sin luz y sin agua, tal vez uno de esos cobertizos que los hortelanos de Riga usaban en tiempos soviéticos para almacenar las herramientas. Konstance dice que vino a vivir aquí hace año y medio tras ser desahuciada por un banco que tomó posesión de su apartamento en Riga. Había avalado la hipoteca del piso que compró su hija unos años antes, pero cuando esta perdió su trabajo el banco embargó los dos pisos. Siguiendo los pasos de uno de cada tres jóvenes letones que han emigrado desde el inicio del ajuste, la hija se marchó. Konstance se vino a vivir aquí con su perro. Recibe una pensión de unos 180 euros al mes. Baja todos los días a por agua al río y dice que la bebe. Ante la incredulidad de quienes la entrevistaban, dijo que paga alquiler por esta infravivienda de unos 12 metros cuadrados, aunque no dice a quién se lo paga. “El banco me echó a la calle y me dijeron que debería envenenar a mi perro; prefiero envenenarme a mí misma –dice–. ¡Miren cómo los letones vivimos en nuestro propio país!”

Hay cientos de viviendas como esta en este extrarradio rural de Riga abierto por las víctimas del ajuste. Curiosamente muchas de las callejuelas entre las infraviviendas lucen candados antirobo. “La gente tiene muy pocos bienes, pero hay muchos robos y tiene miedo”, dice. Una señora de la edad de Konstance fue asesinada a hachazos hace unas semanas en una barriada cerca de aquí. Le robaron su pensión de unos 100 euros.

* Para un análisis de por qué la devaluación interna no funciona ni en Letonia, ver La Vanguardia 6/7/2012