"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

miércoles, 18 de julio de 2012

Precedentes (reales y de ficción) de la crisis

No hace falta dominar el vocabulario especializado para intuir que los mecanismos de confianza fueron deliberadamente corrompidos y, al mismo tiempo, para darse cuenta de la complejidad filosófica y ética del capitalismo

LA VANGUARDIA 18/07/2012  Sergi Pàmies Sergi Pàmies

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Ya se puede comprar el DVD legal de la película Malas noticias, dirigida por Curtis Hanson. Si Inside job fue un documental fundamental para entender la actual estafa financiera, Malas noticias intenta, desde la ficción, reconstruir un relato similar. Método: grandes actores (William Hurt, Paul Giamatti, James Woods) y un guión que disecciona el pánico que, en 2008, inauguró otra era de hundimiento económico. De entrada, sorprende que, en tan poco tiempo, hayamos aprendido a convivir con conceptos tan desagradables com "activos tóxicos".

La histeria de los mercados preside todas las escenas de la película, más honesta que brillante, sobre una realidad demasiado inmediata para fascinar y que, pasada por el filtro de la ficción, no resulta tan convincente como desde la frialdad documental. Sin embargo, es un ejercicio útil y complementario a toda esa información que tanto nos estresa. Retratando los abusos de los grandes banqueros, compinchados con los políticos de Washington y con los organismos reguladores, la película describe con qué frialdad y codicia se decidieron ruinas y enriquecimientos amparados por las grandes palabras del deber patriótico y del mal menor.

No hace falta dominar el vocabulario especializado para intuir que los mecanismos de confianza fueron deliberadamente corrompidos y, al mismo tiempo, para darse cuenta de la complejidad filosófica y ética del capitalismo. Traicionando los preceptos teóricos de la ciencia económica, las intrigas de una minoría influyó sobre las propiedades y las vidas de millones de personas relativamente inocentes, ya que, desde la ignorancia, también fueron instrumentos y víctimas del desastre. Los diálogos reproducen las tensiones y angustias del momento y todo lo que vemos, tan bien resumido por la expresión contestataria de "economía de casino", confirma que la improvisación y la irresponsabilidad interesadas se impone en situaciones desesperadas.

La última escena -no desvelo nada: sabemos perfectamente como acabó todo- apuesta por la ficción pura. Cuando la Reserva Federal decide rescatar a los bancos heridos (a condición de reactivar el crédito) a cambio de dejar morir a los moribundos, uno de los responsables, hablando de los rescatados, dice: "Espero que usen el dinero para lo que se lo dimos. Porque lo prestarán, ¿verdad?" Y William Hurt, no sé si inocente o cínicamente, responde: "Por supuesto que sí".

domingo, 15 de julio de 2012

Pobre puede ser cualquiera, o casi

La pérdida del empleo acarrea impagos y pone en el disparadero a millones de personas

El tobogán de la pobreza se acelera

No todos tienen apoyo familiar

 “Tener que apañarme en la calle me da vergüenza”




Sin trabajo y sin casa, Yéssica y Anastasio duermen en un soportal y buscan trabajo en los ordenadores de una biblioteca pública. / SAMUEL SÁNCHEZ

Cada vez son más. Una muchedumbre silenciosa y a menudo inadvertida. Son las víctimas de la pobreza. Crece en una crisis sin fondo y se instala en una normalidad quebradiza. El paro, que ya lacera a 5,6 millones de personas, es un filo que se estrecha. Las facturas siguen, los subsidios se recortan; se agotan al igual que los ahorros, y el empleo no aparece. El techo peligra. O desaparece.

La casa de los familiares y los pisos compartidos —la calle en el peor de los casos— cobijan las vidas en la estacada, suspendidas en una precariedad que se extiende sin freno y que, si faltan redes de apoyo, como la familia, conduce a la exclusión social. La bajada es cada vez más acelerada, dicen los expertos, un tobogán cuyo descenso gana velocidad y al que se asoma un número creciente de personas.

Hay albergues con lista de espera.

España 2012. Más de 5,6 millones de empleos y decenas de miles de techos arrasados por el huracán de la crisis. Más de 300.000 ejecuciones hipotecarias iniciadas en los últimos cinco años, muchas de las cuales han derivado en desahucios —más de 100.000— a los que se suman los motivados por el impago de alquiler. Como el de Juan, el de Carmen... Los números tienen caras detrás y un detonante común: la pérdida de ingresos, el comienzo del tobogán.

“Las torres más altas pueden caer al piso”. Esa es una de las cosas que Carmen ha aprendido en los últimos tiempos. Esta mujer de 40 años era hasta hace uno y medio una empresaria de éxito. En 2005, recién llegada a España desde Estados Unidos, creó con su marido una firma de montajes eléctricos. Hasta 16 empleados llegaron a tener, relata. Tan bien iban las cosas que lograron comprarse un piso en un barrio caro de Madrid, Chamberí. Ahora la mujer almuerza cada día en un comedor social a tiro de piedra del piso que tuvo.

“Paró todo de la noche a la mañana”, reflexiona esta mujer que pide aparecer con otro nombre. La crisis de la construcción se llevó por delante su negocio. Dejó de haber cables que poner en casas o centros comerciales flamantes. “Tuvimos que despedir a los empleados, que eran como de la familia. Les dimos lo que les correspondía y un poco más. Dejamos al día las cuentas con Hacienda, con la Seguridad Social. Quedamos limpio con todos...”. Y sin un euro en el bolsillo.


Más de 5,6 millones de empleos y decenas de miles de techos han sido arrasados por la crisis
Adiós a los tiempos boyantes, cuando amortizaban la hipoteca con reembolsos anticipados y vertiginosos. “En cuatro años habíamos logrado pagar 29 de los 30 años del préstamo”, relata Carmen a la entrada del comedor. Hasta que llegó el hachazo, en marzo pasado: “Nos quedaba un año por pagar, pero el banco se quedó con el piso”, explica Carmen, de origen uruguayo.

La crisis se llevó la empresa, el piso, el bienestar, pero el zarpazo no paró ahí. El hijo de Carmen está ahora en un centro de menores: “Robó para intentar ayudarnos”. El marido sobrevive en una granja, “ordeñando vacas”. Y Carmen duerme en uno de los pocos albergues que en Madrid admiten a mujeres —disponen de un cuarto de las 1.200 plazas, según el Ayuntamiento—. “Al principio crees que te vas a volver loca”, dice esta mujer que sueña con abandonar España para volver a empezar lejos con su familia. “Lo más duro de perder el nivel de vida es no tener un lugar propio, aunque fuera una habitación”, asegura. Así evitaría tener que pasar el día en la calle: el albergue cierra desde las diez de la mañana hasta las seis de la tarde. “En mi situación se sufre mucho, pero se aprende mucho. La gente no debe olvidar que, por muy arriba que esté, se puede caer muy abajo. Todos somos seres humanos y esto le puede tocar a cualquiera”, recapitula.
Cualquiera puede ser Juan. Este madrileño de 38 años se ha instalado en un soportal de Chamberí. Su título de Formación Profesional de segundo grado no le sirve para encontrar un trabajo desde que lo perdió en 2008, cuando se encargaba de tareas técnicas en una fábrica de ladrillos. Cobró el paro hasta que se acabó. Luego fallaron las chapuzas. En 2010 perdió el piso que pagaba al banco y se instaló en el asfalto. “No hay albergues suficientes.

Me dicen que me vaya con mi hermano a su casa, pero está hasta el cuello. Va a tener que vender el camión y tiene dos hijos”, explica. Así que él sigue en la calle mientras “tres millones de pisos están vacíos”. Sí, pero la vivienda social escasea, tal como denuncia desde Cáritas España la experta Sonia Olea.

Juan comparte soportal con compañeros como Yésica y Anastasio, ella española de origen argentino, de 28 años; él, griego, de 38. Vinieron en agosto pasado, cuando desesperaron de encontrar empleo en tierras helenas. Traían una oferta de trabajo que resultó no ser tal. Cuando acabaron los ahorros solo quedó la intemperie. Cada día van por turnos —hay que vigilar los enseres— a la biblioteca pública. En los ordenadores, envían currículos y buscan trabajo. “Mando 300 y, con suerte, recibo una respuesta”, detalla Yésica. También cargan allí el móvil: hay que tenerlo listo por si, a través de la llamada, llega la esperanza. Una esperanza que “cada día se pierde más”. Cada día es igual que el anterior, sin futuro. Aunque muchos pobres lleven móvil y se manejen con Internet incluso en los albergues.


Los nuevos pobres se suman
a los veteranos porque ni siquiera
en los tiempos de bonanza
España erradicó la pobreza

Con esas dos armas se enfrenta también un hispanoperuano que elige el alias de Bersix para hablar en el albergue San Martín de Porres, en un barrio del extrarradio madrileño. Desde que perdió el empleo pone anuncios para hacer chapuzas, esas que le salvaron un tiempo. “Cayeron las chapuzas y caí yo”, dice este universitario de 50 años que trata de aprender sueco para emigrar. Como él, en este albergue —con “tres meses de lista de espera” para poder pernoctar en él, según su director, Francisco Rodríguez— el 12% de los acogidos tienen estudios universitarios. Antes de la crisis eran “el 3% o el 4%”, recuerda el director. Y aumenta la proporción de españoles; ya son la mitad. “La gente que viene no está deteriorada. Son hombres de clase media y media baja, preparados para trabajar y que se han quedado sin empleo”, describe Rodríguez. Pero el trabajo, el bálsamo de Fierabrás, no llega. Y la pobreza crece y se cronifica.

“Cada vez hay más gente pasándolas moradas. Si esta crisis aguda dura mucho, las consecuencias pueden ser irreversibles, sobre todo para la gente joven. Una generación se queda fuera”, advierte Pedro Cabrera, experto en pobreza y estructura social en la Universidad de Comillas. Hace un diagnóstico “terrible” de la situación: “Tenemos una fiscalidad regresiva, por austeridad se recortan los servicios sociales, que no estaban medianamente dotados, y encima el mercado de trabajo no da respuesta a millones de personas”.
Así las cosas, los nuevos pobres se suman a los veteranos, porque ni siquiera en los tiempos de bonanza España erradicó la pobreza, que no es monopolio de marginados, aunque genere una enorme exclusión social. “Nunca llegó a bajar del 20% la proporción de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza [perciben menos del 60% de la renta mediana]. Ahora estamos en el 23%”, afirma Cabrera. El paro no es la fuente única de esta situación: también lo son los bajos salarios, que crean trabajadores pobres, matiza. “De cada 100 empleados, 14 son pobres. Es algo que ya ocurría antes de la crisis, pero el fenómeno se ha expandido al sector servicios [el que ofrece más empleo]”. Además, el recorte de las políticas sociales reduce la posibilidad de atenuar los efectos del deterioro económico en los ciudadanos desfavorecidos. “Se ha pasado del silencio de las Administraciones ante las situaciones de vulnerabilidad social al ‘no tenemos dinero”, denuncia Sonia Olea, responsable del programa de vivienda y personas sin hogar de Cáritas España.

Lavinia Mingu y su vecina española en la cola para recoger alimentos en Chamberí lo saben bien. A la primera, que empuja el cochecito de su bebé y está separada con dos niñas, le acaban de denegar la guardería pública para la pequeña. “¿Cómo podré tener trabajo si no tengo dónde dejar a la cría?”, se pregunta. La escasez de servicios públicos es otra dificultad más para salir de la pobreza para esta mujer que carece de subsidios pero no de arrojo. En parecida situación está su compañera, que pide anonimato y tiene tres hijos a su cargo. Ha trabajado en supermercados, aunque desde hace dos años no encuentra dónde. “Intento apañarme, pero es imposible”, dice. Las dos luchan por mantener sus casas, pero sobre ellas pende la amenaza del desahucio por impago. También sobre el de otra española igualmente treintañera en esta fila abundante en carritos de la compra para transportar la comida a casa y de cochecitos de bebé. Tiene dos hijos a su cargo y un empleo de limpiadora tres horas diarias. “No me llega para el alquiler y los gastos de casa. Estoy completamente sola y tan deprimida que a veces no quiero subir a casa”. Hay, también, quien evita dar detalles en este lugar, sobre todo aquellos que acaban de pisarlo por primera vez y son incapaces de superar el sentimiento de vergüenza.

“El tobogán que lleva de ser alguien a no ser nada, a sentirse mobiliario urbano, cada vez es más corto, más rápido”, afirma Olea, experta de Cáritas. Con todo, en esta crisis, como en las anteriores, el colchón familiar es la protección más fuerte. “En muchos casos, quienes soportan la situación son los abuelos”, describe. Abuelos que acogen a hijos y nietos en casa, que tratan de cubrir también las necesidades ajenas con sus propios ingresos.


Españoles e inmigrantes empobrecidos acuden en masa a los servicios de atención de emergencia
Como la madre de Gregorio, un ferrallista “en paro desde hace tres años y sin cobrar desde hace uno”. “Con los 270 euros de pensión de mi madre tenemos que vivir y ayudar a mis sobrinos, de 16 y 11 años”, relata antes de echar cuentas. “Tengo 48 años y empecé a trabajar a los 14. Tenía mi coche, iba al gimnasio. Tenía una vida normal, como cualquier ser humano. Quedarme sin empleo fue un corte radical”.
Gregorio tuvo que acabar por acudir a un comedor social de su barrio de siempre, Vallecas, donde echa una mano a las monjas de la Obra Social Santa María Josefa que lo gestionan. Organiza el acceso y ve cómo se alinean las bolsas con tarteras mientras sus dueños buscan la sombra. Antes de abrir, ya hay más de 40. Las religiosas ofrecen 600 raciones diarias, el doble que hace un año.

Españoles e inmigrantes empobrecidos acuden en masa a los servicios de atención de emergencia, como el reparto de alimentos, los comedores o la ayuda puntual para el pago de alguna factura. La red social y estas ayudas, especialmente de Cáritas y Cruz Roja, registran una demanda creciente. Son claves para intentar evitar la caída definitiva por el tobogán que acaba en la gran exclusión, un descenso impulsado por la pérdida de vivienda. “O pagan el piso, o comen”, describe la hermana Josefina, que regenta el comedor donde echa una mano Gregorio.

“No es que la gente pierda el empleo, deje de pagar la hipoteca o el alquiler y se vea a continuación en la calle, aunque hay casos, pero lo determinante para eso es que se sumen otros factores añadidos, la mochila que tiene cada uno”, dice Olea. Enumera elementos de ese petate: escasa formación, empleo previo poco cualificado, problemas de adicciones o salud mental (en el 60% de los casos), baja autoestima, pobreza o falta de red familiar y social. Este último, el gran colchón, “es cada vez menos mullido”, sobre todo por el individualismo y la falta de convivencia vecinal en las grandes ciudades, pero es aún un gran colchón, apunta Olea.

Pero el perfil de pobre ha cambiado respecto a las crisis anteriores. El título universitario ha dejado de ser un gran escudo y en un país de hipotecados, los ciudadanos tratan de mantener la vivienda a toda costa. Perderla es el último peldaño en una caída para la que muchos carecen red.

jueves, 12 de julio de 2012

El diario de la lenta y agónica debacle del continente, a través de tres sugerentes libros recién editados de España

La euro-Europa no va al cataclismo

EL PAÍS  26 MAY 2012 

Acaban de aparecer tres sugerentes libros centrados en la fase europea de la crisis mundial. Tres textos, tres estilos, tres enfoques distintos. Uno se debe a la pluma del profesor francés de Economía Jean-Pisany-Ferry, director del laboratorio de ideas bruselense Bruegel. Es El despertar de los demonios, la crisis del euro y cómo salir de ella, que se asienta sobre la crónica, el análisis y la prospectiva: tiene el empaque severo del académico, pero suavizado por una agilidad inhabitual en el ramo. Otro, a la del periodista norteamericano Michael Lewis, quien alcanzó la celebridad por su novela autobiográfica El póquer del mentiroso sobre su periodo de bróker en Wall Street, se titula Boomerang, viajes al nuevo tercer mundo europeo, y es lo que indica, un reportaje de viajes al interior de la crisis. Y el tercero y más singular se debe a un actor del mercado y agudo articulista: el matemático, estadístico y financiero en el sector público, el privado y el pluscuamperfecto Juan Ignacio Crespo, titulado Las dos próximas recesiones.

Lewis desmenuza con testigos-protagonistas de primera fila la crisis en Islandia, en Grecia, en Irlanda; también desde Alemania, y con una propina, EE UU. Quizá no hace ninguna gran revelación, pero agarra al lector como quien agarra el volante, porque va de lo concreto —la especulación de los monjes de Vatopedi, en el monte Athos— a lo global, la descripción detallada del casi fallido Estado griego. Aquí confiesa a los patrocinadores de la conversión de Islandia de un país de pescadores en otro de multimillonarios. Allá dialoga muy fluidamente con el hoy miembro de la ejecutiva del Banco Central Europeo, Jörg Asmussen, y concluye con gracejo que los alemanes demuestran un “extraordinario amor por las reglas, casi porque sí”. En la misma tónica, sentencia que Islandia “no es tanto una nación como una gran familia”. Apasionará a todos, también al lector temeroso de sumergirse en un libro económico.

Los actores del libro de Pisany son, más que pescadores, ciudadanos y profesores como en el caso de Lewis, los políticos y las instituciones europeas. A ellos dedica su crítica frontal, por no haber previsto los desequilibrios de los socios de la zona euro, haber creado sus instrumentos con tardanza, salvo el BCE, y gestionar con irritante lentitud la crisis de la deuda abierta con el caso griego en 2010. El profesor explica bien la génesis, características, carencias y desarrollo de la moneda única. Y oscila, quizá por designio de equilibrio, entre el pesimismo y un timidísimo optimismo. Aquél le hace concluir que la moneda “no está sólo huérfana” del gran proyecto europeo al que debía servir, sino que no es el desencadenante de nada: “Es también estéril, puesto que, contrariamente a las expectativas, no provoca toma de conciencia, no impulsa reformas y no suscita cooperaciones”. Por no lograr, ni siquiera ha conseguido que “el rigor alemán” se imponga a los socios. Pese a todo, reconoce, y esta es la parte esperanzada de su visión, que el edificio de la unión económica y monetaria se ha ido llenado “pieza a pieza” de nuevos y necesarios instrumentos no previstos. Algunos, para servir a la política de la austeridad, que asume; mientras queda pendiente la otra pata, la del crecimiento, que suscribe —propugnando “políticas públicas de gran magnitud” para la Europa del Sur—.

Apasionamiento y fría estadística palpitan en el extraordinario texto de Crespo, quien apoya todas sus tesis en sugestivos gráficos, en la convicción de que las secuencias de las crisis son concomitantes. Aunque el objetivo del autor es predecir cómo y cuándo se producirán las próximas recesiones, el grueso del libro se centra en la crisis mundial, particularmente europea: su tercio final es una miscelánea de temas también interesante, de los emergentes a la tensión mercados/democracia o la culpa de la crisis de las cajas de ahorros españolas. Tras analizar las carencias del BCE en relación con la Reserva Federal, y sus errores (algunas subidas del tipo de interés) y aciertos (entre estos, las dos últimas barras de liquidez por un billón de euros), Crespo sostiene su tesis principal: “La guerra del euro no tendrá lugar”, porque tras el abismo al que se vieron sometidas en 2011, quedó claro que la moneda y la eurozona “sobrevivirán” y seguirán siendo internacionalmente relevantes, aunque se instalen temporalmente en una suerte de crisis crónica. Entre sus recetas, destacan la emisión de eurobonos a través de un Tesoro único, del que el actual fondo de rescate supone un embrión, y la ampliación del repertorio de funciones del BCE, con el horizonte de completar la austeridad fiscal mediante nuevas políticas de crecimiento. El texto es tan frondoso que uno cae en la tentación de subrayar todas sus líneas.

El despertar de los demonios. La crisis del euro y cómo salir de ella. Jean-Pisany-Ferry. Traducción de Manuel Serrat. Antoni Bosch. Barcelona, 2012. 176 páginas. 18 euros. Boomerang. Viajes al nuevo tercer mundo europeo. Michael Lewis. Traducción de Marta Torrent. Ediciones Deusto. Barcelona, 2012. 256 páginas. 19,95 euros. Las dos próximas recesiones. Cómo, dónde y por qué se producirán. Juan Ignacio Crespo. Ediciones Deusto. Barcelona, 2012. 200 páginas. 18,95 euros (electrónico: 13,99).


Boomerang: una crisis de ida y vuelta

Michael Lewis explica en un libro, de modo comprensible y cómico, las manías locales que llevaron a la hecatombe financiera a Islandia, Irlanda y Grecia





Boomerang: una crisis de ida y vueltaEL FARO DE VIGO, 
LUIS M. ALONSO Incialmente se creyó que la crisis financiera se aplacaría con el rescate de los bancos, pero los gobiernos dejaron de tener crédito. Michael Lewis, ex bróker y autor de algunos de los libros más leídos en Estados Unidos, viajó a los países arruinados para comprobar la especialidad local. Pudo ver cómo en Islandia los pescadores que habían decidido probar fortuna en la banca quemaban sus flamantes todo terreno para cobrar el seguro; se metió en las entrañas del monasterio de Vatopedi para testar el colapso moral de Grecia, y asistió al drama de unos irlandeses que quisieron ser ricos por una vez en la vida. El viaje a la ruina no incluye a España, que se ha asomado al abismo.

El modo de resumirlo sería decir que todo se debió a la ceguera y a la codicia. Pero en "The Big Short", Michael Lewis, editor de "Vanity Fair" economista, experto en Wall Street de "The New York Times" y autor de algunos de los libros de más éxito de las dos últimas décadas en Estados Unidos, se dio cuenta de que resultaba excitante documentar la brutal crisis financiera desde la perspectiva de aquellos que primero la vieron venir y obtuvieron el mayor beneficio. En "Boomerang", su último libro, desvió el enfoque a Europa y, con ello, el curso tragicómico que han tomado los acontecimientos.

En 2008, se pensó que la crisis del crédito se aplacaría únicamente porque los inversionistas creían que los gobiernos podrían pedir lo que fuese necesario para rescatar a sus bancos. Pero ¿qué pasó cuando los propios gobiernos dejaron de ser creíbles? Entonces la situación económica entró en una fase verdaderamente peligrosa. Los dólares de los contribuyentes sólo detuvieron entonces momentáneamente la carnicería y, al igual que un boomerang, la crisis ha vuelto como si se tratase de un ajuste de cuentas.
Lewis, en un libro conmovedoramente cómico, de 212 páginas, al que apenas le sobra una línea, escribe su diario de viaje a través de las ruinas económicas del globo. Nos introduce en las vidas de los desafortunados y equivocados funcionarios gubernamentales, banqueros y especuladores, quienes avivaron los incendios financieros de 2008 y creyeron ilusoriamente que habían sido apagados por los rescates gubernamentales masivos.

Aunque el viaje incluye Islandia, Grecia, Irlanda y Alemania, en Estados Unidos se ha dicho, sin embargo, que la visita guiada es un poco como ir de excursión a través de las remotas regiones gastronómicas del mundo de la mano de Anthony Bourdain. No se intranquilicen, simplemente es una metáfora. Del mismo modo que el mediático chef televisivo de Nueva York viaja a lugares lejanos a devorar, como si tratase de los mejores manjares, los testículos del alce que comen los inuit o las cabezas de ovejas que tanto gustan a los marroquíes, Lewis levanta acta de sus impresiones sobre la crisis económica dándose un banquete. Al igual que Bourdain con las criadillas, aplica un ingenio mordaz al raro placer de digerir sombríos cuentos económicos y dramas personales. Cada caso es distinto, producto de la temperatura local.

Islandia se volvió loca con la banca. Siendo una nación de pescadores, sus habitantes se creyeron lo suficientemente listos y dotados para la inversión. Demasiado inteligentes y preparados para dedicarse por vida a la pesca o a la fundición del aluminio, las dos actividades productivas esenciales de la isla. No habían obtenido todos sus títulos universitarios y masters para resignarse a tirar la red al mar y, además, un enraizado sentido varonil islandés del riesgo les guiaba. De hecho, inmediatamente después, la alternativa al descalabro consistió en sustituir a todos los políticos machos por hembras.

En Irlanda se obsesionaron con comprar casas. La propiedad y la abundancia eran el escape para un pueblo acosado por siglos de opresión y explotación terrateniente. Sus habitantes pasaron de muy pobres a muy ricos, exhibiendo una especie de arrogancia gaélica que les llevó a ellos mismos a definirse como "el tigre celta". Lewis lo explica en muy pocas palabras: los irlandeses simplemente quisieron dejar de ser irlandeses.
Los griegos se empeñaron en evitar durante décadas el pago de los impuestos, empezando por el principal armador y terminando por el último empleado. Tratándose Grecia de una nación construida sobre la enemistad, el nepotismo y la corrupción, nadie confiaba en nadie. Allí cada uno era un griego dispuesto a cuidar de sí mismo. Allí, el acatamiento de las normas, entre ellas las tributarias, ha sido tradicionalmente una cuestión de deshonra. Al que cumple lo llaman estúpido.

Alemania, por su parte, se cansó de pagar la factura de la locura. Con un comportamiento colectivo que la ha llevado otras veces a buscarse problemas con los vecinos y siendo un pueblo obsesionado por la limpieza y el orden, los alemanes tienen, a la vez, una especial debilidad por la basura y el caos ajenos. No hay limpieza sin suciedad, ni pureza sin impureza, escribe Lewis. Por eso, viven obsesionados con el desordenado patio de los griegos.

-Los pescadores que quisieron ser inversores. A los tres días de estar en Reikiavik a Lewis le llamaron de la productora de un programa líder de actualidad para que les explicara a los islandeses su propia crisis financiera. Ellos mismos sencillamente no entendían lo que había pasado. Para el autor de "Boomerang", Islandia era una caja de sorpresas, sus habitantes lunáticos y nuevos ricos se habían dedicado a jugar a banqueros y comprar casas y coches a crédito; ahora ante la garantía de poder cobrar un seguro preferían quemar sus Range Rover por la noche antes de embarcarlos con destino a algún punto de Europa donde poder venderlos a cambio de una moneda que aún tuviese valor.

-En la cuna de las mates. Lo de Grecia hay que verlo de modo distinto. Allí, el protagonista de la ruina no fue específicamente el sistema bancario, que tuvo la precaución de evitar los activos tóxicos con préstamos de alto riesgo, pero sí, en cambio, la mala suerte de confiar créditos peligrosamente grandes a un gobierno que nunca abrigó la esperanza, o, probablemente, la intención de poder pagar sus gigantescas deudas. En Grecia, al contrario que en otros lugares, los bancos no hundieron al país; el país hundió a los bancos. En realidad fue la peculiar manera de entender el erario lo que acabó con todo. En el momento en que estalló la crisis, el empleado promedio público ganaba el triple que su equivalente del sector privado, y las nóminas de las empresas estatales, como las del ferrocarril nacional, superaban cuatro veces los ingresos anuales por este tipo de transporte.

-El pecado original. Para explicarse por qué Irlanda llegó adonde llegó se han barajado todas las teorías: la eliminación de las barreras arancelarias, la decisión de ofrecer una enseñanza superior pública gratuita y el tipo de gravamen bajo en el impuesto sobre sociedades introducido en la década de los ochenta que convirtió a Irlanda en un paraíso fiscal para las empresas extranjeras. La firme voluntad de resarcirse de la pobreza y la penuria hizo de los irlandeses "tigres celtas". Pero Lewis considera que la más interesante de las explicaciones es la que ofrecieron un par de demógrafos de Harvard, David E. Bloom y David Canning, con su teoría de la anticoncepción. Estos dos profesores sostenían que una de las causas principales del boom irlandés era el espectacular aumento del ratio de hombres irlandeses en edad de trabajar con respecto a los que no lo estaban debido al tremendo descenso de la tasa de natalidad. Había de este modo una correlación inversa entre el sometimiento de la nación a los edictos del Vaticano y su capacidad de salir de la pobreza. Es decir, de la muerte lenta de la iglesia católica irlandesa habría surgido el milagro económico.

El fuerte patriotismo es otra de las causas de que el desafiante "tigre celta" se haya convertido finalmente en un gato mohíno. Lewis en seguida supo darse cuenta de que los políticos perdían demasiado tiempo en el parlamento repitiéndolo todo dos veces, una en inglés y otra en gaélico, cuando todos hablaban perfectamente el primer idioma y sólo se defendían a duras penas con el segundo.

-La limpieza y la suciedad. El recorrido a través de la economía más dinámica de Europa, la alemana, parece de todos el que menos perspicacia arroja. Cautivado por la obsesión del país con la limpieza y la fascinación por la suciedad de otros, Lewis se pregunta sin encontrar explicaciones por qué una nación tan organizada continúa apoyando a sus socios manirrotos del euro. Pero no acaba de concretar por qué los alemanes se esfuerzan tanto por mantener fracturada a la Unión Europea, probablemente una de las claves para entender la trágica zozobra de los últimos tiempos.

En el viaje de "Boomerang" hay muchos personajes pintorescos pero ninguno tiene madera de héroe y en una era de capitalismo disfuncional, Lewis recuerda que los ganadores pueden ser tan desquiciados como los perdedores.

lunes, 9 de julio de 2012

Se agudiza la crisis más ignorada: la demográfica, de Alejandro Macarrón Larumbe en Expansión 9/7/2012

OPINIÓN: VISIÓN PERSONAL

España padece otra crisis tan profunda como la económica, a la larga mucho más grave que ésta, pero a la que apenas se presta atención: la demográfica. Según datos recién publicados por el INE, en 2011 nacieron 3,5% menos niños que en 2010. La fecundidad cayó hasta la raquítica tasa de 1,35 hijos por mujer. En veintiuna provincias murió más gente de la que nació, y sin la aportación de los inmigrantes en bebés, serían unas cuarenta. Los españoles autóctonos, y la población en general, aunque todavía por poco, ya están menguando, en un proceso que tiende a acelerarse, al tiempo que España se encanece más y más, ya que la edad promedio del pueblo español crece de forma imparable, a ritmo de un año más cada cuatro años. Es el suicidio demográfico de España.

Con un poco de suerte, mucho esfuerzo y reformas de calado, en 2014 ó 2015 viviremos una situación económica con perspectivas mucho menos agobiantes que las actuales. Si triunfan meritorias iniciativas como “Reconversión” (a la que se puede adherir en www.reconversion.es quien crea que hay que reformar integralmente en España cosas como las autonomías o el funcionamiento interno de los partidos políticos), en unos años podríamos disfrutar de un entramado político-jurídico mejor que el actual, que nos ha llevado a la ruina económica y a serios riesgos de fractura nacional.

Pero si no se recupera la natalidad en España, y pronto, nadie nos librará de la espiral de la muerte demográfica a la que estamos abocados desde que, como pueblo, decidimos ignorar, por no tener apenas hijos, el más elemental de los instintos: el de supervivencia.

Con tan baja natalidad, la sociedad libera y se ahorra en el presente los recursos que habría dedicado a la crianza de los pequeñines y jóvenes que nos faltan, simplemente, para asegurar el reemplazo de la población. Esto permitió a nuestra economía crecer en los 80 y 90 del siglo XX bastante más que de no haber caído a plomo la natalidad en esos años. Pero, por esta misma razón, pasada una generación con baja natalidad en España, empiezan a escasear los jóvenes y, más allá de la crisis económica del momento, se deteriora año a año la proporción entre activos y retirados, por lo que nuestras perspectivas a largo plazo se parecen, por esta causa, a las de una empresa que lleva bastantes años sin reinvertir parte de sus recursos en la reposición de aquellos de sus activos que van quedando obsoletos, lo que equivale a comerse el futuro en aras del “carpe diem”, o al comportamiento estival de la cigarra de la fábula.

Por cierto, Alemania está aún peor que nosotros en demografía. En 1910, en tiempos de la Belle Époque, en Alemania nacían dos millones de niños al año. Un siglo después, con un 50% más de población, nacen menos de 700.000, y de ellos más de 200.000 tienen padres de origen extranjero. Y en los últimos cuarenta años murieron cuatro millones de alemanes de los que nacieron. También Italia, Grecia, Portugal yAustria, entre otros países, presentan un lamentable perfil demográfico. Ningún país europeo, salvo Irlanda y no del todo, está medianamente bien en demografía y natalidad, lo cual está influyendo, y mucho, en el bajo crecimiento estructural de la economía europea desde hace varios lustros, y en la crisis actual del euro. No hay vuelta de hoja. O nacen más niños en España y los demás países con una carencia similar, o el futuro de nuestra sociedad tiene un nítido color gris, el de las canas, en muchos sentidos. De la crisis económica podremos salir con reformas de enjundia y mucho esfuerzo. De la demográfica, sin más hijos, no es posible. Y sin el recurso más valioso que existe, el humano, en el futuro no habrá en España ni prosperidad ni nada de nada. Como en los cementerios, o en los pueblos abandonados.

Alejandro Macarrón Larumbe. Consultor de Estrategía Empresarial. Autor del libro “El suicidio demográgico de España