"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

lunes, 14 de septiembre de 2009

¿Consideras que Plutón es un planeta?


Los astrónomos reivindican a Plutón

Un grupo de científicos propone el término plutoide para los pequeños cuerpos más allá de Neptuno

ELPAÍS.com - Madrid - 12/06/2008


El sistema solar

Gráfico del sistema solar.- UAI

Han pasado casi dos años desde que la Unión Astronómica Internacional (UAI) determinó que Plutón no era un planeta sino un planeta enano. Ahora un grupo de astrónomos de la organización ha acuñado el término de plutoide para llamar al otrora noveno planeta, según informa la BBC en su versión digital.

Ahora un comité de científicos de la UAI que se encuentra reunido en Oslo ha propuesto que la palabra sea también usada para nombrar a los pequeños cuerpos con forma de esfera que orbiten más allá de Neptuno. El nuevo término, no obstante, deberá ser aprobado por la unión, que se encarga de todos los nombres y clasificaciones del sistema solar.

La degradación de Plutón era necesaria porque los telescopios han ido descubriendo cuerpos con más masa. Uno de ellos es Eris, que también ha sido nombrado un planeta enano. Ambos cuerpos podrían quedar englobados bajo el término plutoide, si la UAI aprueba la palabra. Los científicos reunidos en Noruega han señalado que a falta de nuevas clasificaciones y sub categorías, los libros de texto del futuro puedan hablar de cerca de 50 "planetas" en el sistema solar.

Los cuerpos plutoides

En un comunicado de este martes, la UAI define a los plutoides como aquellos cuerpos celestes que "tienen suficiente masa para gravitar por ellos mismos y lograr un cuerpo rígido hasta asumir un equilibrio hidrostático", que se traduce en una forma casi esférica. También se indica que estos cuerpos no cuentan con órbitas libres de escombros.

El texto indica que los dos plutoides conocidos son Plutón y Eris, y que esperan a que se sumen cuerpos a esta sub categoría cuando los descubrimientos científicos lo permitan.



Ser o no ser un planeta

Los astrónomos disconformes con la expulsión de Plutón mantienen el debate

MÓNICA SALOMONE - Madrid - 02/04/2008

¿Puede un debate terminológico levantar pasiones tanto entre el público en general como en la comunidad científica? Se diría que sí, visto el revuelo creado en torno al concepto de planeta, aunque muchos astrónomos digan -después de dar su opinión, eso sí-, que la cuestión no es en realidad tan importante. En 2006 la Unión Astronómica Internacional (UAI) votó a favor de una definición que dejaba fuera a Plutón. ¿Ha apaciguado el tiempo las reacciones que siguieron a esa decisión? Nada de eso: los disconformes siguen sin darse por vencidos y la cuestión podría volver a abrirse.

La presidenta de la UAI reconoce que se puede revisar la definición

Parece haber un protoplaneta en el disco de la estrella AB Aurigae

El debate existe porque la naturaleza se vuelve más difícil de encasillar a medida que se conoce mejor. En los últimos años el zoo cósmico de objetos que podrían ser o no planetas, según se definiera el término, ha ganado en variedad. Por ejemplo ahora se sabe que más allá de Plutón está Eris, de mayor tamaño. Si Plutón es un planeta debía serlo Eris... y a la inversa. Pero al mismo tiempo Plutón es "muy diferente de los ocho planetas clásicos del Sistema Solar, y se asemeja mucho más a la familia de asteroides descubiertos más allá de la órbita de Neptuno", explica por correo electrónico Catherine Cesarsky, presidenta de la UAI. La UAI zanjó la discusión diciendo que un planeta debe de tener masa suficiente para que su autogravedad le haga ser redondeado, lo que excluye a los asteroides. Además un planeta, por su atracción gravitatoria, debe dejar su órbita limpia de otros objetos. Y esta condición no la cumplen ni Plutón ni Eris. Por eso la UAI creó para ellos un nuevo cajón: planetas enanos.

Es este segundo punto el que "sigue siendo discutido por algunos grupos de astrónomos", explica Cesarsky. Efectivamente, Mark V. Sykes, del Instituto de Ciencias Planetarias (Tucson, EE UU), recuerda en un artículo en Science que tampoco Júpiter ha barrido a los miles de asteroides con que comparte órbita. Él propone: "Un planeta es un objeto redondo (...) que orbita en torno a una estrella". Plutón sí encaja aquí. Y también otros cuerpos. Ése es justo uno de los problemas que ve Agustín Sánchez Lavega, de la Universidad del País Vasco: podría acabar habiendo tantos planetas, pero tan distintos entre sí, que el término se desvirtuaría.

Pero además están los planetas en torno a estrellas distintas del Sol. La UAI los dejó fuera de su definición, y no por dudar de que sean planetas sino por falta de datos. Aún "estamos muy lejos" de poder hacer las observaciones que permitirían acotar la masa o la forma de estos planetas, dice Cesarsky. Sin embargo también fuera del Sistema Solar se vislumbra ya un problema. Rafael Rebolo, en el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) ha encontrado objetos tan pequeños como planetas pero que no orbitan estrella alguna. ¿Qué son?

Una opción es preguntarse cómo se han formado. Se cree que los planetas se forman con gas y polvo que sobran de la formación de una estrella, material que queda en un disco en torno al astro. Una reciente observación de astrónomos estadounidenses de un objeto en aparente formación en el disco de la estrella AB Aurigae respalda esta idea. ¿Se formaron así también los planetas solitarios? Aún no se sabe. Así que Rebolo aboga por basar sólo en la masa la definición universal de planeta: lo sería si tuviera menos de unas 12 o 13 veces la masa de Júpiter (porque con más masa comienzan ya las reacciones termonucleares estelares) y más de entre un 1% y un 5% de la masa de la Tierra. En su opinión, "la cuestión de cómo definimos un planeta está todavía abierta y es controvertida". Cesarsky admite que "en una unión democrática como es la UAI cualquier resolución puede ser revisada, y la de los planetas no es una excepción".

Sin embargo, hay dos cosas claras: que no se discute la ciencia, sino las palabras y que el desacuerdo científico en temas de vanguardia es normal.






El sistema solar (vídeo)

Programa : Enciclopèdia audiovisual de les Ciències i de les Tècniques (In situ). Exploració espacial i Univers
Idioma: Català
Producció: Centre National de Documentation Pedagogique (París), 1995
Any de producció: 1995
Àmbit Ciències naturals

Edu3.cat

http://www.edu3.cat/Edu3tv/Fitxa?p_id=17080&p_ex=sistema%20solar


En aquest vídeo tractarem la formació del sistema solar. Coneixerem les característiques que permeten tenir una visió sinòptica i comparativa de l'evolució i l'estructura dels diferents planetes.

lunes, 22 de junio de 2009

Vicente Ferrer: el economista intuitivo



Vicente Ferrer
Vicente Ferrer.

DAVID CANO MARTÍNEZ EL PAÍS 21/06/2009

Muy cerca de Bangalore, el Silicon Valley asiático, se encuentra Anantapur, una de las regiones más pobres del mundo. Pero una visita al Rural Development Trust (RDT) permite comprobar que es factible erradicar la pobreza extrema, gracias a los recursos económicos pero, sobre todo, al buen criterio de su fundador Vicente Ferrer, fallecido el 19 de junio a los 89 años.

Su historia, cargada de contrastes, no puede dejar indiferente a nadie. Luchando como anarquista en la batalla del Ebro, sintió la llamada de Dios, se hizo jesuita y eligió ser misionero en la India, donde llegó en 1952. Abandonó la orden en 1970, consciente de que podía ejercer mejor el sacerdocio entregándose a los demás y construyendo un mundo mejor. Sostenía que, para acabar con la pobreza, la única estrategia es la acción, una prueba de su actitud decidida que bien podría aplicarse a la actual crisis económica. Desde una perspectiva de economista, llama la atención que, sin contar con estudios reglados en la materia, pusiera en marcha proyectos que demuestran que es posible erradicar la pobreza con un enfoque que está en línea con lo que marcan los postulados económicos. Como sólo sucede en las personas inteligentes, ejercía por instinto lo que el resto hemos necesitado estudiar (economía o gestión estratégica de la empresa). Los proyectos iniciales fueron campañas masivas de vacunación, formación sanitaria, desarrollo agrícola y ecológico.

Desde los primeros momentos, se percató de la necesidad de aspectos tan relevantes para erradicar la extrema pobreza como la planificación familiar, algo que podría chocar con sus profundas creencias religiosas. La implicación de los habitantes locales en el proyecto, a través de una red capilar que permite incrementar de manera exponencial el rendimiento de los recursos, es otra de las claves del proyecto. Muchas multinacionales deberían aprender el sistema diseñado y aplicado en RDT. Fue consciente de la necesaria optimización de un recurso tan escaso en Anantapur como imprescindible para la agricultura: el agua. Sus primeras iniciativas buscaban excavar pozos, construir embalses y presas y, en los últimos tiempos, la utilización de técnicas más eficientes como el goteo o la aspersión. También fue pionero en otros aspectos, como las microfinanzas. Al igual que el Nobel Muhammad Yunus, confiaba en el efecto expansivo del crédito, siempre y cuando sea devuelto por el prestatario, algo altamente probable si éste es un pobre. Entendió el poder social del crédito y la utilidad de prestar al más desfavorecido para que pueda iniciar una pequeña actividad y, con ello, la cadena del desarrollo. Otros de los pilares sobre los que sustenta el "modelo Ferrer" son la ecología, la diversificación de los cultivos, el comercio responsable y la búsqueda de la igualdad entre mujeres y hombres, así como evitar la discriminación social de los discapacitados físicos o psicológicos. La visita de los hospitales dedicados a enfermos de sida o a los colegios de niños con discapacidades visuales o auditivas genera dosis de optimismo respecto a la eficacia de este sistema y su eficiencia, si tenemos en cuenta lo reducido de las aportaciones económicas.

Gganó el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 1998 y recientemente recibió la Gran Cruz del Mérito Civil. Con su muerte hemos perdido a un gran economista, intuitivo, inteligente y visionario. Afortunadamente, su obra tendrá continuidad y debe servir de referencia para otros países: ha demostrado que el fin de la pobreza es posible.

David Cano Martínez es socio de Analistas Financieros Internacionales (AFI).

domingo, 7 de junio de 2009

Pistas para entender el derrumbe


CLAUDI PÉREZ y ALEJANDRO BOLAÑOS EL PAÍS 06/06/2009

El interés por la crisis ha explotado y todos quieren saber cómo se ha llegado al borde del precipicio. Los textos sobre economía han logrado atraer al gran público

La economía está herida. Tal vez enferma. Esclerosis, metástasis, anemia, bulimia trombosis, todo ese parte médico aparece en la infinidad de libros que tratan de explicar -a medio camino entre el realismo visceral y la literatura fantástica- el último achaque de la variedad del capitalismo que nos ha metido en este berenjenal. Un virus financiero, de país rico, anglosajón para más señas, se ha extendido a toda velocidad ayudado por esa apuesta inmoderada por la globalización de los últimos años. No hay nada anormal en eso: las sociedades nacen, crecen y se derrumban una vez enferman; como ciencia social, la economía está en un punto crítico de ese ciclo vital. La Gran Depresión de los años treinta fue algo así como "una crisis de juventud, de ímpetu, de entusiasmo", aseguraba en un acto reciente el escritor José Luis Sampedro, testigo en su adolescencia de aquellas uvas de la ira. "Ésta, en cambio, es una crisis de vejez, de la decrepitud, del miedo", sostenía el autor de Economía humanista, una colección de artículos que repasa su labor como economista en los años cuarenta con un prólogo demoledor -"vivimos la decadencia del sistema, pero la historia no se acaba"- que entronca con la situación actual.

La apabullante irrupción de malas noticias multiplica el ansia de información y da cobertura a todo tipo de títulos

En una secuencia vertiginosa, la crisis que estalló en agosto de 2007 con la basura hipotecaria de Estados Unidos se ha convertido en una pandemia devastadora. En ella caben el rostro desafiante del malvado Bernard Madoff, la cara angelical de Barack Obama y, sobre todo, el decorado de tierra quemada que han dejado a su paso los bankgsters (banqueros y gánsteres) en Wall Street, apunta Ignacio Ramonet en La crisis del siglo. Pero más allá de los hechos -quiebras de bancos, intervenciones públicas a la desesperada, un sonoro reventón de la burbuja inmobiliaria y demás-, lo más interesante es quizás el relato de la crisis. Los economistas rara vez han conseguido destacar en el arte de contar los grandes batacazos del último siglo. Nadie explicó mejor que un humorista -Groucho Marx- el crash de 1929; ningún economista contó como John Steinbeck la extrema dureza de la década siguiente, y fue un periodista extravagante, Tom Wolfe, quien desnudó las vanidades que después ardieron el lunes negro de 1987. Quizá tampoco esta vez el gran libro de esta crisis sea obra de alguien del gremio, pero al menos hay un puñado de ejemplos sobresalientes. "Como economista con buena reputación, soy perfectamente capaz de escribir cosas que nadie pueda leer", se mofa el Nobel Paul Krugman en el imprescindible El retorno de la economía de la depresión, que, por cierto, se deja leer estupendamente.

Los libros sobre economía han logrado atraer al gran público en muy contadas ocasiones. En los últimos años, el éxito en España de algunos títulos traducidos del inglés, como Freakonomics, de Steven D. Levitt, o El economista camuflado, de Tim Harford, dieron pistas de un interés creciente. Obras en las que siempre se encontraba una explicación económica a cualquier comportamiento, desde lo más cotidiano a lo más esperpéntico.

Con la crisis de las hipotecas basura ha saltado por los aires la certeza de que todo hay que dejarlo al albur de las fuerzas del mercado. La famosa mano invisible tiene a día de hoy muy mala prensa. Pero, al mismo tiempo, el huracán financiero ha confirmado que la pista sobre los lectores era buena. El interés por la crisis ha explotado y, más allá de la academia, los libros sobre economía vuelven a emparentarse con la política y el modelo de sociedad en el que vivir. Pero, antes que nada, prima el deseo de entender cómo se ha llegado hasta el borde del precipicio. "Es importante hablar claro. Creo que esta crisis es también una crisis de comunicación". La reflexión es de Leopoldo Abadía, autor de uno de los fenómenos editoriales del año, La crisis ninja, que estuvo entre los más vendidos en Sant Jordi y puja al alza también ahora en la Feria de Madrid. El éxito de Abadía, que fue profesor del IESE durante 31 años, debe mucho a su didáctico esfuerzo por desenredar la maraña de la crisis financiera. Y otro tanto al envoltorio mediático del enésimo hallazgo de Internet: su texto inicial, escrito a los pocos meses de que la crisis despuntara en Estados Unidos, se colgó primero en la red y se propagó como la pólvora. En el camino del blog al libro, aquella explicación a bote pronto de lo que se venía encima se pone al servicio de una reivindicación de la ética empresarial y los valores familiares. Y el acercamiento campechano deriva en consejos de autoayuda, un género que ha copado los últimos años las estanterías dedicadas a la economía.

La historia económica y financiera ha quedado partida en dos: hay una era precrisis y otra posdesastre. La mayoría de los libros editados en los últimos meses responde a esa geografía acuchillada. El ejemplo más claro es El estallido de la burbuja, de Robert J. Shiller, una autopsia de la exuberancia irracional de los mercados. Shiller ahonda en las raíces fundamentalmente psicológicas de la crisis -aspecto que desarrolla en un libro que aún no ha aparecido en España, Animal Spirits- y es osado al proponer soluciones, siempre dentro de la órbita del mercado, pero con mayores dosis de control público para evitar aquelarres como el actual. George Soros, famoso especulador y filántropo (si ambas cosas son posibles a la vez), abunda en esa tesis en El nuevo paradigma de los mercados financieros, en el que sostiene que tras la caída del "fundamentalismo de mercado" hay que adoptar un nuevo modelo como agua de mayo: "Todo esto estaba destinado a acabar mal. [...] Uno no puede evitar concluir que tanto las autoridades financieras como los participantes del mercado no entienden cómo funcionan los mercados financieros".

Porque la debacle económica de los dos últimos años es comparable a lo que para la geopolítica fue la caída del muro de Berlín. "Sin un discurso alternativo, por primera vez el capitalismo debe justificar el fracaso de su inmenso éxito", cuenta Antonio Baños en el divertidísimo La economía no existe, que él mismo define como "un libelo contra la economía". La crisis pone al descubierto la inanidad de la Escuela de Chicago, esa fe dogmática en los mercados autorregulados y sin restricciones. Se cierra la etapa más salvaje e irracional de la globalización neoliberal, que iniciaron Reagan y Thatcher con aquel lema rompedor: "El Estado no es la solución: es el problema". Ése es el muro que cae esta vez.

El péndulo gira ahora al Estado como solución. Para eso han tenido que caer grandes bancos y algunos dioses -empezando por el ex presidente del banco central estadounidense, Alan Greenspan-, han quebrado varios países, han dimitido gobiernos, han engordado las amargas listas del paro. Y esa lista negra no deja de agrandarse, hasta el punto de que el colapso financiero que derivó en crisis económica amenaza con una última mutación para convertirse en tormenta social. El terremoto es de tal calibre que incluso hay indicios de un cambio de guardia entre los economistas. Los neokeynesianos salen como setas para enterrar a Milton Friedman -y en el fondo, también a John M. Keynes- con una tercera vía que aúna mercado y sector público y que propone a los economistas algo más que números. "La economía, la ciencia social matemáticamente más avanzada, es la ciencia humana más atrasada", critica Vicente Verdú en El capitalismo funeral. Autores como Cass Sunstein y Robert Thaler -Un pequeño empujón- escriben de economía de otra manera, tratando de acercarla al terreno de la sociología, la política y la psicología. Con indudable éxito: Sunstein es el nuevo zar regulatorio de la Administración de Obama.

El derrumbe económico es ya un fenómeno editorial: por lo menos esa industria ha sabido hacer suyo el muy manido mantra -ya casi un tópico- que identifica crisis con oportunidad. En los estantes de las librerías hay de todo: autores nacionales y primeras figuras internacionales -a veces editados con tanta premura que se maltratan las traducciones-, best sellers en toda regla (Abadía o El informe Recarte, de Alberto Recarte) y libros sesudos para expertos (Revolución en las finanzas, de Antonio Torrero). La revisión crítica de los mandamientos económicos de las últimas dos décadas hace hueco a la crisis alimentaria (Un planeta de gordos y hambrientos, del recientemente fallecido Luis de Sebastián), un oportuno recordatorio de que hay muchos otros asuntos a los que la economía debe responder, o a la pujante teoría del decrecimiento (Menos es más, de Nicolas Ridoux), que ante los desarreglos de los últimos años deja una conclusión desasosegante: "Hay que desacostumbrarse a la adicción al crecimiento". Algunos creen que no habrá más remedio. "La auténtica crisis está por llegar", asegura Santiago Niño Becerra en El crash de 2010, donde augura que el año próximo empezará una crisis "de proporciones gigantescas", que reproducirá "la situación de derrumbe que se produjo en 1929". Pero el apocalipsis es sólo una posibilidad. Si los economistas ni siquiera se ponen de acuerdo sobre la causa última de la crisis, mucho menos sobre su profundidad y horizonte temporal. "Dos, tal vez cinco o hasta 10 años de depresión nos amenazan", aventura Jacques Attali, asesor del presidente francés Nicolas Sarkozy y autor del libro ¿Y despues de la crisis, que? y de una de las grandes frases de los últimos meses: "Demasiado riesgo ayer, demasiada prudencia hoy. En ambos casos, los bancos son culpables".

La apabullante irrupción de malas noticias multiplica el ansia de información y da cobertura a todo tipo de títulos. El último en subirse al bólido editorial ha sido el ex presidente del Gobierno José María Aznar. En su España puede salir de la crisis, parte de un aseado análisis del desplome financiero, para luego dar un triple salto mortal: omite su complacencia y la del ex presidente de Estados Unidos George Bush con un sistema que tampoco cuestionaron los socialistas en 2004; alardea de unos resultados económicos que tanto deben al modelo que propone ahora cambiar; y responsabiliza de todos los males habidos y por haber al PSOE, lo que incluiría su patológica tendencia al déficit público (¡cuando fue el ex vicepresidente socialista Pedro Solbes el primero en cerrar presupuestos con superávit en la democracia!).

La búsqueda de culpables es uno de los grandes leitmotiv de la literatura sobre la crisis. Greenspan y los banqueros son el centro de todas las dianas. "Es imposible exagerar la total idiotez de la maquinaria financiera de la primera década del siglo XXI", describe Charles R. Morris en El gran crac del crédito. Morris clama contra "una nueva casta de grandes ricos que no han inventado ni construido nada". "Un malvado genio no hubiera sido capaz de diseñar una estructura más propensa al desastre", prosigue con brillantez este columnista cuyo libro se ha encaramado a lo más alto de la lista de superventas en Estados Unidos. Hace ya más de un año, Morris estimó las pérdidas en dos billones de dólares. En una conversación con este periódico, eleva la apuesta hasta los cinco billones, y eso sólo en Estados Unidos. "La escala de la crisis global es simplemente impresionante. La factura se pagará durante años", cierra.

"¿Cómo es posible que nadie lo anticipara?". La reina de Inglaterra no tuvo más opción que hacerse eco del clamor de la calle en su visita a la prestigiosa London School of Economics. Nadie supo responder, porque sí hubo avisos a navegantes, pero fueron ignorados. La crisis da pie a la revancha. Las voces que anticipaban el desastre, ahogadas por la aparente bonanza, colonizan ahora los estantes. Pocos ejemplos tan elocuentes de esa súbita ceguera social como el que brinda la economía española con la formación de la burbuja inmobiliaria. "Es la historia de un engaño colectivo", dice a modo de preámbulo José García Montalvo en De la quimera inmobiliaria al colapso financiero.

El libro del catedrático de la Universidad Pompeu Fabra empieza como las novelas negras que anuncian en la primera página quién es el culpable: la financiación barata y el empujón que se dio desde todos los ámbitos a las expectativas sobre el precio de la vivienda. Y mantiene la tensión con el relato de cómo un muro de coartadas hizo inútiles los esfuerzos por advertir lo que iba a pasar. Encuentra el arma -"los bancos tenían el hinchador de la burbuja y lo apretaron con alegría"-, topa con pistas falsas, como "el mito de que el precio de la vivienda nunca baja" o chivos expiatorios, como la especulación sobre el suelo. Y la garganta se anuda cuando entran en escena "el efecto imitación, la envidia y la codicia", personajes inquietantemente familiares. Para constatar que sí había voces discrepantes rescata los artículos que publicó en diversos medios desde 2002; el recurso se vuelve abuso y penaliza una escritura apasionada y precisa, que vuelve una y otra vez al lugar del crimen, donde el acceso a una vivienda digna se convirtió en bien de lujo: todos conocíamos al asesino, pero bajamos la vista al cruzárnoslo.

En la inmensa mayoría de los libros sobre la crisis aparece un capítulo final sobre la fuerza de las ideas, con las inevitables citas de Keynes: "La dificultad no es tanto concebir nuevas ideas como librarse de las antiguas" o "tarde y temprano son las ideas, y no los interesados, lo que resulta peligroso, para bien o para mal". Krugman resume todas esas moralinas con optimismo: "Los únicos obstáculos importantes [para solucionar los problemas actuales] son las doctrinas obsoletas que pueblan la cabeza de los hombres". Obsoletas o no, junto a la retahíla de novedades han aparecido un puñado de excelentes reediciones: no faltan Keynes y Galbraith, pero tampoco Friedman y Hayek. Hay que conocer la historia para huir de ella: el líder chino Wen Jiabao llegó a la última edición del Foro Mundial de Davos con una reedición de La teoría de los sentimientos morales, de Adam Smith. "Para esta crisis no hay libro de instrucciones", repetía a todo el que quisiera oírle el secretario del Tesoro de la Administración de Bush, Henry Paulson, cuando más se acercó la crisis al abismo, tras la quiebra de Lehman Brothers. Tal vez no lo haya, pero en media Europa ha destacado un libro entre todas esas reediciones que ha llegado a convertirse en superventas. Su título: El Capital. De un tal Marx.

Lecturas

Economía humanista. José Luis Sampedro. Debate. 23,90 euros. La crisis del siglo. Ignacio Ramonet. Icaria. 10 euros. El retorno de la economía de la depresión y la crisis actual. Paul Krugman. Traducción de Jordi Pascual. Crítica. 19,50 euros. La crisis ninja. Leopoldo Abadía. Espasa. 17,90 euros. El estallido de la burbuja. Cómo se llegó a la crisis y cómo salir de ella. Robert J. Shiller. Gestión. 19,95 euros. El nuevo paradigma de los mercados financieros. George Soros. Traducción de Estrella Trincado y Lluís Delgado . Taurus y Edicions 62. 19 euros. La economía no existe. Antonio Baños. Los Libros del Lince. 16 euros. El capitalismo funeral. Vicente Verdú. Anagrama. 15 euros. Un pequeño empujón. Cass Sunstein y Robert Thaler. Traducción de Belén Urrutia. Taurus. 21 euros. El informe Recarte. Alberto Recarte. La Esfera de los Libros. 18 euros. Revolución en las finanzas. Antonio Torrero. Marcial Pons. 25 euros. Un planeta de gordos y hambrientos. Luis de Sebastián. Ariel. 18,50 euros. Menos es más. Nicolas Ridoux. Traducción de Joana Mercader. Los Libros del Lince. 15,50 euros. El crash de 2010. Santiago Niño Becerra. Los Libros del Lince. 21 euros. ¿Y después de la crisis, qué? Jacques Attali. Traducción de Herber Ostroviesky. Gedisa. 11,90 euros. España puede salir de la crisis. José María Aznar. Planeta. 21 euros. El gran crac del crédito. Charles R. Morris. Valor. 25 euros. De la quimera inmobiliaria al colapso financiero. José García Montalvo. Antoni Bosch. 13,90 euros.