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"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.
sábado, 19 de marzo de 2011
Alimentarse bien
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miércoles, 9 de marzo de 2011
Lo universal hoy
Por Michel Wieviorka, sociólogo, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París. Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 08/03/11):
Estamos acostumbrados a ver en el derecho y la razón valores universales que presumimos se aplican o se pueden aplicar a la humanidad entera. En esta perspectiva, el mismo derecho debe ser válido para todas las personas, y todas están dotadas de razón, de capacidad de reflexionar y de orientarse de acuerdo con su razón.
Tales valores no resultan necesariamente visibles en la realidad histórica, no dependen de una constatación empírica, sino en mucha mayor medida de un acto de prescripción: fundamentan e instauran un deber ser. Formulados desde hace mucho tiempo, figuraron en el núcleo del proyecto ilustrado y se asocian tradicionalmente a dos marcos políticos principales. Por una parte, su puesta en práctica tiene lugar en el seno de unidades bien definidas que son los estados nación. Por otra parte, deberían poder ser de aplicación en todo el mundo; constituyen un mensaje procedente de sociedades que ya son universalistas – por tanto, democráticas y occidentales-,dirigido a otros países que aún no los respetan.
Se ha podido trazar una similitud del universalismo, en primer lugar, con una ideología.
Por ejemplo, Karl Marx, en su obra La ideología alemana,dice que es menester reemplazar el universalismo abstracto por un universalismo concreto y la noción abstracta de persona por la concreta de trabajador. Denuncia, asimismo, el universalismo abstracto del dinero, que teóricamente genera igualdad mediante el intercambio pero que, en realidad y según él, genera injusticias y desigualdades económicas. Marx no rompe con el universalismo, preconiza el paso de lo abstracto a lo real, de la pura especulación filosófica al análisis concreto de la realidad.
También se ha acostumbrado a rechazar el universalismo para oponerle el relativismo, la idea de que los valores que guían las conductas humanas carecen de trascendencia y cambian en el tiempo y el espacio; cambian de una sociedad a otra, de un individuo a otro. Si los valores son construidos, si resultan de procesos históricos, no constituyen el triunfo de la razón.
En épocas más recientes, determinados pensadores o responsables políticos – y también movimientos culturales o sociales-han denunciado el universalismo que, en el seno de estados nación occidentales, ha podido acompañar a veces las peores violencias, la barbarie… en nombre de valores; por ejemplo, en Estados Unidos, el exterminio de los indios o la esclavitud. Las voces críticas han arremetido contra el dominio de los blancos sobre los negros o de los hombres sobre las mujeres en nombre de una concepción pretendidamente universal. Determinadas proposiciones de filosofía política dirigidas contra todas estas injusticias han abogado por que se reconozcan los errores del pasado y las dificultades del presente en el caso de los grupos en cuestión; tales proposiciones han podido presentar visos de relativismo. De todos modos, algunos intelectuales, en lugar de oponer valores universales y particularismos, definidos como otros tantos relativismos, han tratado de conciliarlos.
El debate ha tenido también un alcance internacional. En la época de la descolonización, ciertas voces denunciaron el etnocentrismo de valores pretendidamente universales, acusados de revestir formas de dominio colonial o incluso poscolonial y de encarnar la perspectiva de la población blanca o de potencias imperialistas que habían impuesto su fuerza y poder pretendiendo ocasionalmente aportar progreso económico, educación y sanidad a los dominados; en última instancia, acceso a los valores universales.
Pero hemos entrado en la era de la globalización económica y cultural. Constatamos la multipolaridad del mundo, el auge de China, de India, de Brasil. La supremacía intelectual o ideológica de Occidente ha sido criticada severamente y, por lo demás, la crítica al universalismo se va desplazando.
El marco del Estado nación y de las relaciones internacionales implica que los estados no se inmiscuyan en sus respectivos asuntos ni intervengan en ellos si no a través de las relaciones internacionales y diplomáticas o mediante acuerdos internacionales, convenciones, etcétera.
Desde 1967, con ocasión del drama de Biafra, los French doctors cuestionaron este modelo diciendo que la razón de Estado y los acuerdos entre estados han de ser secundarios respecto de los derechos humanos. El universalismo, con las oenegés, empezó así a salir de los límites de los estados nación y, de la mano de los defensores de los derechos humanos, se ha convertido en una realidad global, mundial, sin fronteras.
La impugnación o discusión del término que estoy comentando se ha referido efectivamente a la idea de que el universalismo es una invención occidental. El premio Nobel de Economía Amartya Sen ha mostrado que la idea democrática, que forma parte del universalismo occidental, no posee su única fuente en la Grecia antigua, transmitida a través de Roma a Europa y, posteriormente, a todo Occidente: existen desde hace muchísimo tiempo formas de vida democrática en India o en África,por ejemplo mediante la palabre (término derivado del español en el siglo XVII: reunión o asamblea con carácter de institución social). Sen muestra asimismo que es posible y deseable, a fin y efecto de impartir justicia, tomar en consideración la cultura en cuyo seno se imparte. Lo cual resulta compatible con las nuevas formas de justicia denominada reparadorao con las comisiones de verdad y reconciliación.
La crítica ha aludido asimismo a la idea de que la modernización de las sociedades constituye una marcha hacia el triunfo de los valores universales que deben resultar en la convergencia de las sociedades en un modelo único; tesis, por cierto, emparentada a la del final de la historia propuesta por Francis Fukuyama cuando afirma que las sociedades no tienen más opción que el mercado y la democracia. De ahí el propósito, por el contrario, de levantar acta de los cambios actuales que dan la imagen de una gran diversidad para hablar, como el sociólogo israelí Shmuel Eisenstadt, fallecido en el 2010, de modernidades múltiples,un concepto que presenta la ventaja de posibilitar tener en cuenta la diversidad múltiples pero, también, la unidad: modernidad.
¿Hemos de aceptar tales críticas hasta el extremo de renunciar a la idea misma de valores universales? ¡No, desde luego! Se trata de afirmar, tanto a escala mundial, como de nuestros países, que en lugar de prescindir de valores universales en beneficio de un relativismo generalizado y de promover un universalismo occidental que corre el peligro de demostrarse cada vez más abstracto, es hora de intentar articular los valores universales y las culturas o las tradiciones particulares y de promover un universalismo lateral,abierto a las especificidades locales, nacionales o regionales.
Estamos acostumbrados a ver en el derecho y la razón valores universales que presumimos se aplican o se pueden aplicar a la humanidad entera. En esta perspectiva, el mismo derecho debe ser válido para todas las personas, y todas están dotadas de razón, de capacidad de reflexionar y de orientarse de acuerdo con su razón.
Tales valores no resultan necesariamente visibles en la realidad histórica, no dependen de una constatación empírica, sino en mucha mayor medida de un acto de prescripción: fundamentan e instauran un deber ser. Formulados desde hace mucho tiempo, figuraron en el núcleo del proyecto ilustrado y se asocian tradicionalmente a dos marcos políticos principales. Por una parte, su puesta en práctica tiene lugar en el seno de unidades bien definidas que son los estados nación. Por otra parte, deberían poder ser de aplicación en todo el mundo; constituyen un mensaje procedente de sociedades que ya son universalistas – por tanto, democráticas y occidentales-,dirigido a otros países que aún no los respetan.
Se ha podido trazar una similitud del universalismo, en primer lugar, con una ideología.
Por ejemplo, Karl Marx, en su obra La ideología alemana,dice que es menester reemplazar el universalismo abstracto por un universalismo concreto y la noción abstracta de persona por la concreta de trabajador. Denuncia, asimismo, el universalismo abstracto del dinero, que teóricamente genera igualdad mediante el intercambio pero que, en realidad y según él, genera injusticias y desigualdades económicas. Marx no rompe con el universalismo, preconiza el paso de lo abstracto a lo real, de la pura especulación filosófica al análisis concreto de la realidad.
También se ha acostumbrado a rechazar el universalismo para oponerle el relativismo, la idea de que los valores que guían las conductas humanas carecen de trascendencia y cambian en el tiempo y el espacio; cambian de una sociedad a otra, de un individuo a otro. Si los valores son construidos, si resultan de procesos históricos, no constituyen el triunfo de la razón.
En épocas más recientes, determinados pensadores o responsables políticos – y también movimientos culturales o sociales-han denunciado el universalismo que, en el seno de estados nación occidentales, ha podido acompañar a veces las peores violencias, la barbarie… en nombre de valores; por ejemplo, en Estados Unidos, el exterminio de los indios o la esclavitud. Las voces críticas han arremetido contra el dominio de los blancos sobre los negros o de los hombres sobre las mujeres en nombre de una concepción pretendidamente universal. Determinadas proposiciones de filosofía política dirigidas contra todas estas injusticias han abogado por que se reconozcan los errores del pasado y las dificultades del presente en el caso de los grupos en cuestión; tales proposiciones han podido presentar visos de relativismo. De todos modos, algunos intelectuales, en lugar de oponer valores universales y particularismos, definidos como otros tantos relativismos, han tratado de conciliarlos.
El debate ha tenido también un alcance internacional. En la época de la descolonización, ciertas voces denunciaron el etnocentrismo de valores pretendidamente universales, acusados de revestir formas de dominio colonial o incluso poscolonial y de encarnar la perspectiva de la población blanca o de potencias imperialistas que habían impuesto su fuerza y poder pretendiendo ocasionalmente aportar progreso económico, educación y sanidad a los dominados; en última instancia, acceso a los valores universales.
Pero hemos entrado en la era de la globalización económica y cultural. Constatamos la multipolaridad del mundo, el auge de China, de India, de Brasil. La supremacía intelectual o ideológica de Occidente ha sido criticada severamente y, por lo demás, la crítica al universalismo se va desplazando.
El marco del Estado nación y de las relaciones internacionales implica que los estados no se inmiscuyan en sus respectivos asuntos ni intervengan en ellos si no a través de las relaciones internacionales y diplomáticas o mediante acuerdos internacionales, convenciones, etcétera.
Desde 1967, con ocasión del drama de Biafra, los French doctors cuestionaron este modelo diciendo que la razón de Estado y los acuerdos entre estados han de ser secundarios respecto de los derechos humanos. El universalismo, con las oenegés, empezó así a salir de los límites de los estados nación y, de la mano de los defensores de los derechos humanos, se ha convertido en una realidad global, mundial, sin fronteras.
La impugnación o discusión del término que estoy comentando se ha referido efectivamente a la idea de que el universalismo es una invención occidental. El premio Nobel de Economía Amartya Sen ha mostrado que la idea democrática, que forma parte del universalismo occidental, no posee su única fuente en la Grecia antigua, transmitida a través de Roma a Europa y, posteriormente, a todo Occidente: existen desde hace muchísimo tiempo formas de vida democrática en India o en África,por ejemplo mediante la palabre (término derivado del español en el siglo XVII: reunión o asamblea con carácter de institución social). Sen muestra asimismo que es posible y deseable, a fin y efecto de impartir justicia, tomar en consideración la cultura en cuyo seno se imparte. Lo cual resulta compatible con las nuevas formas de justicia denominada reparadorao con las comisiones de verdad y reconciliación.
La crítica ha aludido asimismo a la idea de que la modernización de las sociedades constituye una marcha hacia el triunfo de los valores universales que deben resultar en la convergencia de las sociedades en un modelo único; tesis, por cierto, emparentada a la del final de la historia propuesta por Francis Fukuyama cuando afirma que las sociedades no tienen más opción que el mercado y la democracia. De ahí el propósito, por el contrario, de levantar acta de los cambios actuales que dan la imagen de una gran diversidad para hablar, como el sociólogo israelí Shmuel Eisenstadt, fallecido en el 2010, de modernidades múltiples,un concepto que presenta la ventaja de posibilitar tener en cuenta la diversidad múltiples pero, también, la unidad: modernidad.
¿Hemos de aceptar tales críticas hasta el extremo de renunciar a la idea misma de valores universales? ¡No, desde luego! Se trata de afirmar, tanto a escala mundial, como de nuestros países, que en lugar de prescindir de valores universales en beneficio de un relativismo generalizado y de promover un universalismo occidental que corre el peligro de demostrarse cada vez más abstracto, es hora de intentar articular los valores universales y las culturas o las tradiciones particulares y de promover un universalismo lateral,abierto a las especificidades locales, nacionales o regionales.
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martes, 15 de febrero de 2011
Túnez y la cultura de la evaluación
Indicadores
Josep María Ruiz Simón
LA VANGUARDIA, 15 de febrero
La cultura de la evaluación siempre es un poderoso incentivo para la creación de universos paralelos
Hay muchas maneras de acercarse a un país. Una de las que parece gozar de más prestigio es la lectura de informes elaborados anualmente con criterios empíricos por instituciones para los que trabajan expertos de una excelencia académicamente acreditada, como el Banco Mundial o el Foro Económico Mundial. Resulta una experiencia fascinante viajar a Túnez tomando como guía estos informes. Una de las buenas noticias que suministra el último índice de Competitividad Global (2010 -2011) coordinado por Xavier Sala i Martin para el Foro Económico Mundial es que este país norteafricano ha subido en un año 8 posiciones en este ranking situándose como la 32 economía más competitiva del mundo, 10 posiciones por encima de España, que ha bajado 9. No es esa la única alegría que los informes han querido dar a los tunecinos. Según el Doing Business Report 2011, que aspira a medir objetivamente los países en función de su carácter amigable con los negocios, Túnez sube tres posiciones, de la 58 a la 55, todavía lejos de Irlanda (que a pesar de su debacle económica no desaparece del top ten), pero dejando muy atrás a Italia, que se descuelga de la 76 y cae hasta la 80.
A pesar de que apunta que precisa progresar en algunos aspectos, la imagen de Túnez que ofrece el informe es la de un país que reacciona con rapidez implementando las buenas prácticas que le permitirán salir airoso de la crisis y al que se bendice por ser el que más ha mejorado en uno de los indicadores, el que mide la facilidad en el pago de impuestos. Esta nada mala imagen encuentra un interesante complemento en otro de los informes del Banco Mundial, el que mide la calidad de la famosa gober-nanza, publicado en el 2010. En este índice, el país norteafricano saca su mejor nota en el indicador de estabilidad política, en el que obtiene un empate técnico con el Reino Unido y se sitúa muy por encima de España. Según el propio documento este indicador mide, con un margen de error del 10 por ciento, las percepciones de la probabilidad de que el Gobierno pueda ser desestabilizado o derrocado por medios inconstitucionales o violentos.
Estos informes presentan Túnez como un país líder en las reformas económicas favorables al crecimiento, que mejora en sus cifras macroeconómicas, que tiene una deuda manejable y que dispone de un régimen político de una firmeza inconmovible, como un país cuya principal fuerza radica, según los informes del Foro Económico Mundial, en la eficiencia de sus instituciones de gobierno y que, por supuesto, tiene en la poca flexibilidad de su mercado laboral, que impide un mayor crecimiento de la economía, uno de sus grandes problemas. Su lectura tras la caída del régimen de Ben Ali pone de manifiesto no sólo que la literatura de ciencia ficción goza de buena salud, sino también, y sobre todo, que la cultura de la evaluación siempre es un poderoso incentivo para la creación de universos paralelos.
Josep María Ruiz Simón
LA VANGUARDIA, 15 de febrero
La cultura de la evaluación siempre es un poderoso incentivo para la creación de universos paralelos
Hay muchas maneras de acercarse a un país. Una de las que parece gozar de más prestigio es la lectura de informes elaborados anualmente con criterios empíricos por instituciones para los que trabajan expertos de una excelencia académicamente acreditada, como el Banco Mundial o el Foro Económico Mundial. Resulta una experiencia fascinante viajar a Túnez tomando como guía estos informes. Una de las buenas noticias que suministra el último índice de Competitividad Global (2010 -2011) coordinado por Xavier Sala i Martin para el Foro Económico Mundial es que este país norteafricano ha subido en un año 8 posiciones en este ranking situándose como la 32 economía más competitiva del mundo, 10 posiciones por encima de España, que ha bajado 9. No es esa la única alegría que los informes han querido dar a los tunecinos. Según el Doing Business Report 2011, que aspira a medir objetivamente los países en función de su carácter amigable con los negocios, Túnez sube tres posiciones, de la 58 a la 55, todavía lejos de Irlanda (que a pesar de su debacle económica no desaparece del top ten), pero dejando muy atrás a Italia, que se descuelga de la 76 y cae hasta la 80.
A pesar de que apunta que precisa progresar en algunos aspectos, la imagen de Túnez que ofrece el informe es la de un país que reacciona con rapidez implementando las buenas prácticas que le permitirán salir airoso de la crisis y al que se bendice por ser el que más ha mejorado en uno de los indicadores, el que mide la facilidad en el pago de impuestos. Esta nada mala imagen encuentra un interesante complemento en otro de los informes del Banco Mundial, el que mide la calidad de la famosa gober-nanza, publicado en el 2010. En este índice, el país norteafricano saca su mejor nota en el indicador de estabilidad política, en el que obtiene un empate técnico con el Reino Unido y se sitúa muy por encima de España. Según el propio documento este indicador mide, con un margen de error del 10 por ciento, las percepciones de la probabilidad de que el Gobierno pueda ser desestabilizado o derrocado por medios inconstitucionales o violentos.
Estos informes presentan Túnez como un país líder en las reformas económicas favorables al crecimiento, que mejora en sus cifras macroeconómicas, que tiene una deuda manejable y que dispone de un régimen político de una firmeza inconmovible, como un país cuya principal fuerza radica, según los informes del Foro Económico Mundial, en la eficiencia de sus instituciones de gobierno y que, por supuesto, tiene en la poca flexibilidad de su mercado laboral, que impide un mayor crecimiento de la economía, uno de sus grandes problemas. Su lectura tras la caída del régimen de Ben Ali pone de manifiesto no sólo que la literatura de ciencia ficción goza de buena salud, sino también, y sobre todo, que la cultura de la evaluación siempre es un poderoso incentivo para la creación de universos paralelos.
La industria del miedo
FUENTE: http://edicionimpresa.lavanguardia.es/premium/epaper/20110213/54113637198.html
Albert Chillón y Lluís Duch
El miedo es una auténtica industria que da pingües beneficios a los cada vez más impunes rectores del mundo
Inseparable de la condición humana en todo tiempo y lugar, el miedo adopta en nuestros días rostros inéditos, que se añaden a los que históricamente - por mor de guerras, coerción, epidemias o penurias-han afligido a los sujetos. El mundo posmoderno y globalizado ha sido descrito por Ulrich Beck como una sociedad del riesgo donde se esfuman los valores, patrimonios y certezas que hasta hace poco parecían intocables; y donde "todo lo que es sólido se desvanece en el aire", en lúcida profecía de Karl Marx. Una época desazonante e imprevisible, en vertiginosa aceleración, en la que cada quien se siente huérfano de las presuntamente fiables cartografías tradicionales - añejas o modernas-y se enfrenta a la quiebra de lo dado por garantizado, fenómeno que halla su más nítido ejemplo en la actual demolición del Estado de bienestar y su acervo de provisiones y derechos.
La colosal mutación en curso está poniendo patas arriba el statu quo que cuajó tras la Segunda Guerra Mundial, y sus derivas de fondo - económicas, políticas, tecnológicas, ideológicas-están precipitando convulsiones que la ciudadanía encara con manifiesto desnorte y desasosiego. A la fractura de su confianza en las instituciones y procederes vigentes, palpable en su creciente inhibición respecto de la res pública y en el deterioro de la praxis democrática, se agrega lo que Richard Sennet ha llamado corrosión del carácter, un debilitamiento psíquico y moral alentado por la precariedad laboral, cívica y legal en que se desenvuelve su existencia, abrumada por múltiples amenazas. Sólo en parte superados o mitigados por la ciencia y sus frutos, los sempiternos miedos - a la desolación y la enfermedad, a la muerte y la indefensión- hallan hoy renovadas causas y fuentes, inducidas por un neocapitalismo depredador que socializa las pérdidas y privatiza las ganancias, y que tiende a hacer de cada cual una simple biela de ese complejo global de dominio sobre los tiempos y los territorios, las mentes y los cuerpos que Toni Negri y Michael Hardt han dado en llamar imperio.
Cierto es que a los seres humanos siempre nos aqueja un miedo basal, derivado de la finitud y la contingencia, la necesidad y la escasez que nos son propias. Y que inevitablemente devanamos un presente incierto, un ahora sucesivo cuyas ausencias debemos poblar a cualquier trance: las del pasado que sin remedio se fue, retejido en un a menudo engañoso encaje de memoria y olvido; y sobre todo las del futuro, que es entera incerteza. De ahí que sin cesar recurramos a un variopinto abanico de simbolismos, movidos por la esperanza de conjurar las turbaciones que suscita nuestra condición indigente y ambigua. Navegantes en la bruma, somos animales simbólicos, según la feliz expresión de Ernst Cassirer, y sólo mediante las distintas formas de simbolización - el lenguaje y el mito, la religión y el arte, la ciencia y el rito-colmamos de plausible sentido las carencias que nos constituyen.
También es verdad, no obstante, que los muchos semblantes que en cada época adopta el miedo consienten sofisticadas manipulaciones de los poderes genuinos, llámense terrenales o espirituales. Y que su promoción y gestión - modelando la memoria y la imaginación-son objeto de atención prioritaria por las instituciones y dispositivos que ejercen lo que Foucault llamó biopoder, un sutil e insidioso sistema de dominio que aspira a regular todos los estratos y magnitudes de la vida pública, privada e incluso íntima: desde los grandes flujos dinerarios hasta los lances y trances del escenario partidista; desde los discursos e imaginarios que propalan los medios de comunicación hasta los modos supuestamente singulares en que los sujetos cultivan sus opciones y estilos, el vidrioso aunque crucial ámbito de la identidad y la libertad mismas.
El miedo no es hoy sólo, pues, un rasgo cardinal de la especie, sino una auténtica industria que rinde pingües beneficios a los verdaderos y cada vez más impunes rectores del mundo, esos que - como el amo de El castillo de Kafka-manejan los hilos de la seductora teatrocracia desde sus cuasi inaccesibles bambalinas, amparados por la degradación ética y pedagógica, la mojiganga partidista y la complicidad de demasiados ciudadanos. Las agencias e instancias que de consuno sostienen el espectacular, estetizado y risueño imperio global son proclives a fomentar temores cuyo alcance y hondura suelen rebasar las realidades que los inspiran y también a inventar aprensiones basadas en muy rentables falacias - así las que sacralizan las identidades, demonizan la alteridad o rinden culto estulto al cuerpo-.Simbolismos de la amenaza, en suma, que hoy hacen de la continua apelación a los quiméricos mercados su espantajo más falaz y letal: un ubicuo, omnisciente fantasma carente de responsabilidad y faz, mistérico oráculo capaz de regir los destinos comunes sin atenerse a principio alguno ni rendir cuentas a nadie. Iglesias, estados, corporaciones y poderes fácticos de todo pelaje hacen del miedo un formidable negocio, y de sus abundantes réditos, un temible, avasallador subterfugio para lograr la anuencia o el acatamiento de las amedrentadas mayorías, una diabólica arma de sumisión en tiempos de ceguera y crisis.
A. CHILLÓN, profesor titular de la Universitat Autònoma de Barcelona y escritor LL. DUCH, antropólogo y monje de Montserrat
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