"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

martes, 22 de septiembre de 2009

El vagabundo del "no lugar"

Fuente: LAROTONDA MÁGICA (ELOGIO DE LA REALIDAD) de ANDRÉS TRAPIELLO en el Mgazine de La Vanguardia 6-9-2009


"EN EL CENTRO HABÍA LEVANTADO EL SOLITARIO SU CASA"

Hemos de reconocer que programas como Callejeros o Mi cámara y yo, sepultados bajo toneladas de basura televisiva, son un prodigio y a menudo infinitamente mejores en todos los sentidos que esas películas que no sirven materialmente ni para pasar el rato. Si el cine se lleva por delante presupuestos millonarios y el talento de actores que hubieran merecido otros trabajos, podríamos decir que la realidad no puede ser más generosa: cuatro céntimos y unos improvisados personajes, actores de sí mismos, nos devuelven la vida, mientras nos muestran mundos tanto o más inabarcables cuanto más pequeños. Nunca fue más gratificante esta constatación: por suerte para todos, la realidad y su verdad siguen superando a la ficción.

En uno de esos programas vimos hace meses un reportaje memorable. Nos pareció cortísimo, y no por haberlo cogido ya empezado, como casi todo en esta vida, sino porque era una historia fabulosa que algunos  de los poetas de nuestro cine, como Neville o Berlanga, hubieran querido para sí.
 

Nos la contaba su protagonista, un hombre cuyas barbas mal rapadas y el maltrato de sus ropas, como sucede con los anacoretas, le hacían parecer más viejo. Vivía desde hacía años en la rotonda que formaban, a la salida de una autopista de Madrid, una carretera comarcal y diversas vías de servicio. Era una rotonda bastante grande y, hay que decir, bastante tranquila. En el centro había levantado el solitario su casa, que tenía más de camarote de marino que de chabola. Todo en ella era práctico, y el orden, la limpieza y la imaginación se armonizaban aceptablemente. Había plantado chopos, sauces y frutales, y los árboles y frutales encerraban la casa tras una celosía que le aseguraba intimidad. Junto a la casa había roturado un huerto de juguete, y el huerto le garantizaba hortalizas, lechugas, tomates, coles. Con los desperdicios de las coles engordaba un cerdo, a quien fabricó su pequeña zahúrda, y una cabra, dirigida sagazmente por él, mantenía la rotonda limpia de malas hierbas y le daba leche, elixir del eremita. Sacaba el agua de una cañería general, y una batería le proporcionaba un soplo de luz eléctrica. Desde que vivía en ella no había salido jamás de la rotonda, pero un pequeño transistor le mantenía unido al universo. Algunas gentes caritativas, admiradas por su tesón y agradecidas al hombre que ha transformado aquella rotonda en la más frondosa y bucólica del mundo, le dejan de vez en cuando arroz, alubias, ropa. De otras cosas necesarias, como periódicos, se surte en un contenedor cercano. No le importa leerlos con retraso. Se me olvidaba decir que es, pues no podía ser de otro modo, un hombre alegre y animoso. Cómo las autoridades han consentido ese asentamiento entra en la categoría de lo legendario, de los milagros, y hacemos votos para que siga siendo así muchos años. Puede que hayan hecho la vista gorda a propósito, para sostener con la fe de ese aventurero tranquilo la de todos cuantos, con vidas más fáciles que la suya, pasan a su lado cada día en su coche azacaneados, sin esperanzas, melancólicos. Uno, que ama la ficción sobre todas las cosas, igual que don Quijote, tampoco podría pasar de largo ahora sin agradecer a la realidad, y a la televisión, sus mejores obras.