"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

domingo, 7 de marzo de 2010

Culturas: los árabes


FUENTE: http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=13865&num=938&sec=32

Hace muchos años que doy clases de español para extranjeros, y durante ese tiempo he tenido muchos alumnos árabes. Los árabes tienen, por lo general, la piel oscura y los ojos velados como por la fiebre o la melancolía. Pero también hay algunos de piel pálida, ojos claros y cabellos castaños. Los árabes son, casi siempre, exquisitamente amables. Miran directamente a los ojos, y cuando lo hacen uno siente toda la intensidad de su persona volcada de forma natural en su mirada. Cuando dan la mano, toman la mano de verdad, y uno siente en su contacto la presencia indudable de otro ser humano. Los árabes son enormemente cálidos y amistosos. Les gusta reír. Les gusta mucho hablar. Cuando escriben, apenas ponen puntos y comas. Sus escritos suelen adoptar la forma de un chorro, un chorro de ideas y de pensamientos.

Muchas mujeres árabes, de acuerdo con sus ideas o las costumbres de sus países, llevan un pañuelo que cubre sus cabellos y su cuello. He conocido a muchas mujeres árabes de distintos países y niveles culturales, estudiantes universitarias, esposas de diplomáticos, médicos, amas de casa, que llevaban el pañuelo. Lo que siempre me sorprende es la enorme seguridad en sí mismas que tienen estas mujeres, con independencia de que lleven pañuelo o no. Evidentemente estoy a favor de la igualdad de derechos de hombres y mujeres y en contra de cualquier forma de discriminación contra las mujeres, pero la idea de que las mujeres musulmanas que llevan el velo son unos seres débiles, asustados y sin criterio, no puede estar más lejos de la verdad. Siempre me sorprende en ellas su buen humor, la intensidad de su sonrisa, la determinación con que hacen las cosas. Hay algo limpio, fuerte y optimista en las mujeres árabes que he conocido.

No existen las normas. Los árabes son bastante imaginativos en sus explicaciones. Para ellos las normas no existen. Siempre intentan salirse con la suya. Son pícaros, y como todos los pícaros, enormemente suaves, amables y encantadores. Viven, por lo general, en países donde las cosas no funcionan bien y donde uno no puede confiar en la organización existente. Están acostumbrados a hacerlo todo hablando. Si se les dice que el examen es el día 15, por ejemplo, volverán a preguntarlo muchas veces para asegurarse de que la fecha no ha cambiado o que les han dicho la verdad. Todo han de hacerlo hablando de persona a persona. Están convencidos de que sólo el contacto personal, el diálogo, la mirada, la amabilidad, son reales. Las normas, horarios, folletos, carteles, etc., no significan nada para ellos. A menudo preguntan, desconsolados, si no hay «excepciones». La idea de una norma que se aplica ciegamente a todo el mundo les resulta absurda.

La cultura más generosa. Pero los árabes, y esto es lo último que quería decir (y, en realidad, lo único que quería decir), son verdaderas personas. Son personas que viven en los ojos y en el corazón, en un mundo de personas y de relaciones personales. No beben alcohol y no comen chorizo, pero saben disfrutar de los placeres de este mundo. Les gusta dedicar tiempo a la comida. Les encantan las fiestas, los regalos, la risa, las bromas. Siempre están dispuestos a dar. No conozco ninguna cultura más generosa. Lo que dan, sobre todo, porque lo tienen, porque todavía lo tienen, es tiempo. Hay una cosa que necesita el corazón: necesita tiempo. Los árabes tienen tanto corazón porque tienen mucho tiempo. Aunque también es posible que tengan tanto tiempo porque tienen mucho corazón.

Para la mayoría de ellos, el Corán es una fuente de valores tales como la tolerancia, la amistad, la compasión. Al mismo tiempo, uno percibe que su religión, que les dicta desde la forma de saludar hasta la forma de alimentarse, también les da miedo. Dios les inspira una especie de temor reverente. Hablan de Dios o del Corán con entusiasmo, con orgullo, con admiración. Admiran a su Dios, pero no le aman.

Uno no puede dejar de pensar en lo que perderán los árabes cuando se modernicen. Perderán, quizá, gran parte de su seguridad en sí mismos, de su calidez, de la intensidad de su mirada, de su generosidad. Uno se preguntan si lo que ganarán a cambio merece realmente la pena. Sin duda la respuesta es que sí, sí, que merece la pena. Pero no deja de ser una pena que merezca la pena.