"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

lunes, 2 de junio de 2008

Características y significado del proceso de globalización

DE LA INTERNACIONALIZACIÓN A LA GLOBALIZACIÓN ECONÓMICA

La globalización culmina el proceso histórico de construcción de un verdadero sistema mundial integrado. Se trata de un movimiento de unificación en el que la in­terdependencia entre los territorios y las sociedades que los habitan, cualquiera que sea la distancia física, socioeconómica o cultural, alcanza su máxima expresión. Tal como señalaba un reciente informe sobre las reglas que dirigen este proceso y sus consecuencias, «en el mundo globalizado de comienzos del siglo xxi, las vidas de las personas de los países ricos y de los países pobres están inevitablemente ligadas» (OXFAM, 2002: 21).

La expansión europea

Ese movimiento se inició en el siglo xvi con la expansión europea que caracteri­za la Era de los Descubrimientos. Los intereses económicos (búsqueda de oro, plata, esclavos y especias) y culturales (expansión del cristianismo) fueron los cimientos que dieron origen a la creación de imperios coloniales en ultramar y la creación de rutas marítimas estables, de especial importancia en el caso del continente americano. Junto a la difusión de la lengua y la cultura, o el poblamiento de tierras templadas con colo­nos europeos y de áreas litorales tropicales con esclavos africanos, lo más significativo fue la creación de un sistema de intercambio desigual estable, germen de lo que Braudel (1979) o Wallerstein (1974) identificaron como una economía-mundo europea, con centro en las ciudades mercantiles del mar del Norte (Amberes, Brujas, Amsterdam, Londres), que sustituyeron en su anterior primacía a las del Mediterráneo.

Primera revolución industrial

La primera Revolución Industrial supuso un salto cualitativo en esa tendencia, dando origen a la conocida como Era de los Imperios Coloniales. Una nueva revolu­ción tecnológica, que facilitó los intercambios a grandes distancias (ferrocarril, nave­gación a vapor, telégrafo) y generó una creciente demanda de materias primas para alimentar la industria de los países que lideraban el proceso, junto al deseo de estable­cer áreas de mercado protegidas de la competencia, fueron los detonantes que impul­saron a las grandes potencias a extender sus imperios coloniales por Asia, África u Oceanía, y a imponer una dominación político-económica en los nuevos Estados in­dependientes de Iberoamérica.

Se consolida así una relación de intercambio entre me­trópolis y colonias que más tarde sería formalizada por el conocido como modelo Centro-Periferia: mientras las primeras exportaban manufacturas, capital y tecnolo­gía, las segundas se especializaron en la explotación y exportación de sus recursos na­turales y productos agrarios.

En un contexto de hegemonía británica y occidentalización cultural, acentuada con la emigración de 50 millones de europeos entre 1850 y 1914, tuvo lugar un proceso de internacionalización de la economía, al aumentar de forma rápida el comercio de mercancías que atravesaban las fronteras, favoreciendo con ello una progresiva especialización de los territorios.

La segunda revolución industrial

La segunda revolución Industrial, ya en las primeras décadas del siglo XX, no hizo sino densificar esas redes de relaciones a medida que los nuevos medios técnicos (auto­móvil, avión, teléfono, electricidad, hidrocarburos...) y las crecientes exigencias de la producción en serie impulsaban una ampliación de los mercados de consumo y trabajo. Junto a la sustitución de los antiguos imperios por relaciones neocoloniales en las que la dependencia económica se acompaña de una independencia política —al menos formal— que ha elevado a casi 200 el número de Estados soberanos al finalizar el siglo, esta tercera fase puede identificarse como la de transnacionalización de la economía mundial.

Aunque existen precedentes en la era colonial, la depresión económica de 1929 fue el detonante que impulsó a un conjunto de grandes empresas —principalmente de Estados Unidos, que en ese momento era ya la primera potencia económica— a bus­car nuevos mercados de venta fuera de sus fronteras para elevar así su cifra de nego­cios y sus tasas de beneficio. Consolidado con el período de expansión económica posterior a la Segunda Guerra Mundial, ese movimiento supuso un creciente flujo de inversión internacional y el nacimiento de firmas multinacionales o transnacionales que instalaron filiales en diversos países.

La tercera revolución industrial y la globalización

Las décadas finales del siglo xx han asistido al proceso de globalización, que, si bien debe entenderse como una nueva etapa dentro de un proceso histórico de largo alcance, presenta toda una serie de rasgos específicos que la diferencian significativa­mente de otras anteriores.


LA GLOBALIZACIÓN: DEFINICIÓN Y RASGOS

El término globalización tiene un origen reciente, pero ha conocido en su breve historia múltiples definiciones que acostumbran a incluir elementos como:

· la liberalización de los mercados,

· la privatiza­ción del sector público,

· los procesos de ajuste estructural de las economías,

· etc.,

Se trata de fenómenos cuya simple mención provocan un creciente rechazo entre quienes padecen sus efectos más negativos o entre los movimientos sociales que, bajo el rótulo de la antiglobalización, proponen alternativas para construir otro mundo posible. Lugares como Seattle, Porto Alegre, Genova o Barcelona han constituido referencias clave dentro de un proceso de contestación al sistema.

Pero ¿cuáles son los ras­gos que definen esta nueva era en la evolución de las sociedades, sus economías y sus territorios?

· El concepto de globalización fue propuesto en 1983 por el economista Theodore Levitt, para referirse a la

progresiva uniformización de los mercados como resultado de las estrategias aplica­das por las grandes empresas globales, que venden los mismos productos, fabricados y promocionados del mismo modo, en todo el mundo”.

· Años más tarde, al analizar la creciente hegemonía económica de lo que denominó la Tríada del poder (Estados Unidos, Unión Europea y Japón), Kenichi Ohmae aplicó el calificativo de global a

“una forma de gestión plenamente integrada a escala mundial, que aplica un creciente número de empresas transnacionales con origen en esas tres áreas, al objeto de apro­vechar al máximo las ventajas comparativas que puede ofrecer cada territorio.”

· En el ámbito francés, el término equivalente que se ha generalizado es el de mundializa­ción, y autores como Baudrand consideran que...

“globalización defi­ne sólo los aspectos económico-financieros de un proceso mucho más amplio y com­plejo, para el que propone utilizar el calificativo de mundialización.”

En conjunto, la globalización o mundialización supone una serie de no­vedades, entre las que pueden destacarse las siguientes:

  1. El mundo alcanza, por vez primera, la unificación de sistemas económicos, pues el capitalismo domina de forma prácticamente generalizada y sin competencia tras la crisis de los sistemas de planificación centralizada y la progresiva desarticula­ción de las economías cerradas o de autosubsistencia.

  1. Aumenta la interdependencia entre empresas, sistemas productivos y terri­torios, vinculados mediante redes de flujos materiales (mercancías, personas) e inma­teriales (capital, información, conocimiento), que resultan cada vez más densas (en cuanto a volumen), extensas (en cuanto a distancia) y complejas (en cuanto a conteni­do y dirección), aunque sin afectar al principio de desigualdad en los intercambios, que ahora adopta nuevas formas.

  1. Más allá de la profundización en unas relaciones económicas que desbor­dan y atraviesan unas fronteras cada vez más permeables desde el punto de vista eco­nómico, crece también la presencia de empresas e instituciones que aplican estrate­gias globales a la hora de localizar o deslocalizar sus centros de trabajo, dirigir sus inversiones, buscar sus proveedores o identificar sus clientes, con los consiguientes cambios en los mapas que reflejan la distribución espacial de las actividades a distin­tas escalas.

  1. La compresión espacio-temporal asociada a las nuevas tecnologías de in­formación y comunicación (TIC) y la mejora del transporte, que reduce el obstáculo de la distancia medido en tiempo, coste y riesgo, junto a la liberalización de los mer­cados de productos y factores (trabajo, capital...), acentúa la competencia entre los territorios. Resultado de ello es una división espacial del trabajo que refuerza las ya anteriores tendencias en favor de la especialización y jerarquización de los territorios, que propicia nuevas manifestaciones del desarrollo desigual.

  1. El creciente poder de las grandes empresas y grupos económicos transna­cionales, junto a la presión de unos mercados financieros y unas instituciones inter­nacionales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio, etc.) que actúan como impulsores de unos principios neoliberales, re­sumidos en el conocido eslogan de más mercado y menos Estado, debilitan la capaci­dad de los gobiernos de muchos países para impulsar políticas económicas y sociales alternativas, que pueden verse castigadas por la exclusión de los circuitos de inver­sión internacionales.

  1. La incorporación al mercado de grandes masas de trabajadores que perci­ben salarios de miseria y sin apenas derechos laborales presiona a la baja sobre las conquistas sociales alcanzadas en otras regiones del mundo y extiende la precarización laboral —mediante formas diversas— como rasgo inherente a esta nueva era. Bajo el eufemismo de empleo flexible, la precariedad en el trabajo se convierte en mo­tor de nuevas formas de exclusión social, acentuando una pugna por el empleo cuyos beneficiarios son a veces ajenos al territorio donde se produce.

  1. Asistimos también a una creciente uniformización o estandarización de las pautas y comportamientos en materia de consumo, ante el reforzamiento experimen­tado por algunos grandes grupos y cadenas de franquicias que controlan la distribu­ción comercial y el ocio, con masivas campañas publicitarias en los medios de comu­nicación que generan un efecto demostración —y una cierta alienación cultural— en poblaciones y territorios de características muy diversas. Esa homogeneización de es­pacios funcionales casi idénticos (aeropuertos, centros comerciales...), desarraigados de su entorno, da origen a una nueva geografía de los no lugares que resulta una de las señas distintivas de nuestro tiempo (Auge, 1992).

En resumen, el proceso de globalización afecta ya de modo intenso a todas las dimensiones de la economía, desde la producción y la distribución, al consumo o al trabajo.

Si bien es cierto que la ampliación de los mercados es un fenómeno que se re­monta en el tiempo y hoy tan sólo se da un paso más en una dirección ya trazada, los rasgos que acaban de apuntarse establecen claras diferencias con cualquier época pa­sada y permiten afirmar la personalidad de un capitalismo actual.

La intensificación de los flujos de mercancías, capitales y tecnología que tejen la malla que articula las diferen­tes regiones y ciudades del mundo es uno de los componentes principales de esta nue­va organización económico-espacial.

Resumen a partir de GLOBALIZACIÓN Y ORGANIZACIÓN ESPACIAL DE LA ACTIVIDAD ECONÓMICA por RICARDO MÉNDEZ, 2004. en ROMERO, J (coord..): Geografía Humana, Ariel, Barcelona, 2004