"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

lunes, 7 de enero de 2008

Historia de la ciudades

Historia de las ciudades (Fuente: Kalipedia)


El proceso de urbanización está estrechamente relacionado con la evolución histórica de España. En la estructura y la morfología de las ciudades se puede encontrar desde la herencia del pasado romano y medieval, hasta las huellas de la explosión urbana surgida con la industrialización.

Ciudad preindustrial

Saber másPrincipales tipologías de las ciudades medievales
Esta etapa comprende un largo período que va desde la aparición de los primeros núcleos urbanos, hace más de 2.000 años, hasta los comienzos de la revolución industrial a finales del siglo XVIII.

Ciudad prerromana

Existen pocos vestigios de las ciudades prerromanas españolas. Las primeras ciudades se fundaron cerca de las costas mediterráneas por los colonizadores fenicios, griegos y cartagineses, como, por ejemplo, Cádiz o Adra. El rasgo característico de estas ciudades era la falta de orden en su organización.

Ciudad romana

La expansión del imperio llevó a los romanos a la fundación de ciudades, que mantuvieron una serie de características comunes. El trazado de las ciudades romanas se basaba en la existencia de dos grandes vías, una que iba de norte a sur, llamada cardo, y otra que iba de este a oeste, el decumanus. En el cruce de estas dos vías se localizaba el foro, que era el centro de la vida en la ciudad. Cerca de él se emplazaban los principales edificios, como el anfiteatro, las termas y las casas de las principales familias. El resto de las calles se trazaba constituyendo un plano ortogonal. La necesidad de defenderse propició la construcción de murallas que cerraban todo el perímetro de la ciudad.

Hispania era una de las provincias más romanizadas. Era un importante centro comercial y militar dentro del imperio, por lo que los romanos consolidaron una amplia red urbana con ciudades que se comunicaban mediante calzadas. En la actualidad, se pueden contemplar restos del pasado romano en muchas ciudades españolas, entre las que destacan Mérida, Tarragona, Barcelona, León, Cartagena, Pamplona, Lugo, Sevilla, Cáceres, Astorga y Zaragoza.

Ciudad medieval

En España, durante este período, confluyeron dos culturas diferentes, que tuvieron formas distintas de entender el urbanismo: la cultura cristiana y la islámica. Las huellas del pasado medieval de las ciudades españolas son mucho más visibles que las de etapas anteriores y marcan profundamente la morfología de las urbes.

Las ciudades cristianas se desarrollaron, sobre todo, en la mitad norte de la Península, en las zonas que se iban repoblando debido al avance de la Reconquista. Por ello, tenían una fuerte función defensiva y religiosa, lo que determinó la aparición de dos elementos muy importantes en la ciudad medieval. Por un lado, las murallas, que daban a las ciudades aspecto de fortaleza, y por otro, las iglesias y catedrales. La religión estaba presente en todos los ámbitos de la vida cotidiana y la construcción de iglesias era, además de una muestra de poder, el elemento que estructuraba la ciudad, ya que ocupaban generalmente los lugares más notables e importantes dentro del plano urbano.


En las ciudades medievales se superponían diversos tipos de planos sobre la base heredada de etapas anteriores. Fue común el uso de planos radiocéntricos, en damero y lineales.

Durante la Edad Media muchas ciudades crecieron gracias a la función religiosa que cumplían. Es el caso de Santiago de Compostela, lugar de peregrinación. Otras aprovecharon su función religiosa para crecer y desarrollar actividades económicas, como las del Camino de Santiago; y, por último, hubo las que crecieron directamente a partir del comercio, como Medina del Campo en la que se celebraban importantes ferias.

Las ciudades islámicas se desarrollaron, sobre todo, en la mitad sur de la Península, donde la influencia musulmana era mucho mayor. Las ciudades musulmanas tenían una doble función, religiosa y comercial. Son ciudades con un plano irregular y laberíntico, con calles muy estrechas, muchas de ellas, llamadas adarves, sin salida. En su estructura se diferencian dos partes: el espacio más importante de la ciudad islámica era la medina (madinat), un recinto amurallado en el que se localizaban los principales edificios, como la mezquita mayor o aljama, el zoco o mercado, la alcazaba -el palacio de gobierno- y las viviendas de las principales familias; fuera de este recinto se disponían una serie de barrios, generalmente también amurallados, llamados arrabales. Estaban ocupados por viviendas, mezquitas de menor importancia y baños públicos; además de los talleres de los artesanos y comerciantes agrupados por oficios.
La herencia islámica está muy presente en las ciudades que estuvieron más tiempo ocupadas por los musulmanes, como Córdoba, Sevilla, Toledo, Guadix y Granada.

Ciudad renacentista

La Edad Moderna se distingue por la transformación del espacio interno de las urbes, el crecimiento de nuevos barrios o arrabales fuera de las murallas y el desarrollo de la arquitectura como un importante elemento urbano.

Durante el Renacimiento se utilizó, sobre todo, el plano ortogonal o en damero con una trama urbana muy jerarquizada. En la plaza mayor se encontraban los principales edificios y en las calles adyacentes las viviendas y talleres de comerciantes y artesanos, que se agrupaban por gremios o profesiones distribuidos por calles: el gremio de los plateros, el de los toneleros, etc.

Las ciudades de esta época cumplían funciones muy diferentes: algunas poblaciones castellanas tenían una importante función económica debido al desarrollo de la agricultura, la ganadería, la artesanía y el comercio; en el sur destacaron varias ciudades debido, en algunos casos, al auge del comercio con América. Por su parte, Madrid y Valladolid fueron importantes centros políticos debido a la presencia de la Corte.

Ciudad barroca

Las ciudades barrocas van a intentar reflejar el poder de los monarcas europeos, por lo que comenzará a establecerse una auténtica política urbanística siguiendo unos principios básicos: la búsqueda de la monumentalidad; la utilización de la línea recta para crear grandes perspectivas urbanas y el seguimiento de cierta uniformidad urbanística. Además las ciudades se embellecen con fuentes, jardines y grandes plazas. En definitiva, se pretendía que la ciudad fuera una obra de arte más.


Ciudad industrial




Ensanche de Barcelona.



El siglo XIX y el comienzo del XX fueron épocas de inventos, que facilitaron la vida en la ciudad: el telégrafo, la bicicleta, el teléfono, el tranvía, el asce...
Durante la etapa industrial convergieron en las ciudades españolas dos realidades urbanas diferentes: por un lado hubo barrios planificados, fundamentalmente habitados por burgueses y clases medias; y por otro, barrios que crecieron desordenadamente, los suburbios marginales obreros. Cataluña, el País Vasco y Madrid fueron los principales centros de industrialización y de población.

La ciudad planificada

La ciudad se convirtió en el nuevo espacio de inversión de la burguesía. Mediante la planificación de la ciudad se buscaba solucionar algunos de los problemas urbanos, como el hacinamiento y la insalubridad, derivados, en parte, de la expansión desordenada del crecimiento urbano anterior. Se acometieron obras necesarias, como el derribo de cercas y murallas, que impedían la expansión de la ciudad, la mejora de las infraestructuras viarias y de los abastecimientos (red de alcantarillado, agua corriente y electricidad) y el desarrollo de los transportes, sobre todo el ferrocarril y el tranvía.

La planificación burguesa se reflejó, principalmente, en tres ámbitos dentro de la ciudad:

Los ensanches. Fueron un modelo de planificación burguesa de segregación social y funcional del espacio de la ciudad. Por medio de un trazado de las calles, con un plano ortogonal, se consiguió un mayor aprovechamiento del suelo, ya que permitía la construcción de grandes manzanas de viviendas en cuya parte baja se localizaban los comercios. Las industrias y los usos terciarios también tenían especificada su localización.
Los proyectos de Cerdà en Barcelona y de Castro en Madrid fueron los de mayor envergadura, pero también se llevaron a cabo planos de este tipo desde finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX en ciudades como Zaragoza, Bilbao o Pamplona.

La apertura de grandes vías de comunicación. Se abrieron grandes vías que permitieran una mayor fluidez; como la Vía Layetana en Barcelona, la Gran Vía en Madrid y la calle de Alfonso I en Zaragoza.

· Las ciudades-jardín. La idea de acercar «el campo» a la ciudad no suscitó en España tanto interés como en los países europeos, salvo algunos casos como el del urbanista Arturo Soria y su Ciudad Lineal de Madrid. La burguesía era reacia a abandonar la ciudad por lo que la idea derivó en los llamados «barrios-jardín» dentro de la propia ciudad, que supusieron la aparición de pequeños barrios de viviendas unifamiliares de alta calidad, en espacios de baja densidad de población que concentraron a los grupos sociales de mayor renta. Surgieron así Pedralbes o Bonanova en Barcelona, El Viso en Madrid, el barrio de Neguri en Bilbao, entre otros.

Los suburbios marginales

Al tiempo que crecía la preocupación por la planificación urbana se desarrolló un proceso de crecimiento de barrios marginales y de autoconstrucción de forma desordenada.

La llegada masiva de población para trabajar en las industrias concentró a la mayor parte de los emigrantes en suburbios marginales, que se diferenciaban de los espacios planificados por la existencia de grandes bloques de viviendas, la carencia de los servicios más básicos -como agua corriente, electricidad o alcantarillado- y la falta de jardines e infraestructuras de comunicaciones.

Además, el crecimiento urbano se extendió hacia municipios más próximos a las grandes ciudades, invadiendo zonas rurales y propició la aparición de los arrabales. En estos nuevos barrios la población con menos recursos que no podía acceder a una vivienda se dedicó a construir chabolas sobre suelo rústico, junto a las fábricas y almacenes. Muy pronto las ciudades industriales españolas se vieron salpicadas por numerosos polígonos chabolistas o con viviendas de muy baja calidad. Estos arrabales fueron asimilados poco a poco por la ciudad central, y los municipios limítrofes. Es el caso de Vallecas, Carabanchel y Fuencarral en Madrid, o Poble Nou en Barcelona.

La ciudad industrial hasta 1970

A lo largo del siglo XX se produjeron tres fenómenos que consolidaron a las ciudades como los espacios más dinámicos: un fuerte crecimiento demográfico, un crecimiento de la industrialización y un gran desarrollo urbano.

Durante los años sesenta del siglo XX se produjo un masivo éxodo rural. Algunas ciudades como Madrid, Barcelona, Bilbao, Valencia y algunas capitales de provincia comenzaron un rápido crecimiento que repercutió sobre la morfología y la estructura urbana.

Ante la necesidad de viviendas y la falta de espacio, se produjo una elevación de las alturas en las construcciones, se ocuparon terrenos rústicos con usos urbanos y crecieron los poblados marginales.

Esta masificación y la falta de planificación llevaron a la intervención del Estado, que puso en marcha la construcción de polígonos de viviendas de protección oficial, concretadas en los llamados poblados dirigidos, poblados mínimos y poblados de absorción, de carácter temporal, pero que en la realidad se mantuvieron en pie más de veinte años.

Otro de los fenómenos destacados de este período fue la aparición de las ciudades-dormitorio, que se localizaron en municipios próximos a las grandes ciudades, donde, debido a la menor demanda, la vivienda era más barata. Actualmente, estas ciudades-dormitorio forman parte del área metropolitana junto a la ciudad central.
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