"Quiero hablar de un viaje que he estado haciendo, un viaje más allá de todas las fronteras conocidas..." James Cowan: "El sueño del cartógrafo", Península, 1997.

martes, 21 de octubre de 2008

Las Rocosas (el tesoro de Canadá)

Fuente: http://www.magazinedigital.com/naturaleza/reportajes/reportaje/cnt_id/2459


12/10/2008

Texto de David Dusster

Fotos de Andoni Canela

En las Rocosas canadienses, glaciares inhóspitos, montañas en forma de castillos inexpugnables
y bosques lluviosos enigmáticos perpetúan los ciclos naturales. Son la barrera que divide Norteamérica, rugosa y accidentada hacia el Pacífico, y de grandes praderas hacia el Atlántico.

Montañas como torres de paredes estratificadas custodian el lago Maligne, en el parque nacional de Jasper, uno de los mejores escenarios para hacer canoa de las Rocosas canadienses

Un ejemplar recio del gran alce americano, tan majestuoso como el paisaje que lo rodea, de anchos cuernos de plato, engulle hojas con voracidad, arrancándolas de una rama en hilera y con un solo movimiento de su potente dentadura, como si fuera una brocheta. A pocos metros del arbusto, un río de un azul blanquinoso serpentea con aguas calmas por el valle. En paralelo, un tren de tres locomotoras arrastra más de cien vagones cuyo destino final, todavía a más de tres mil kilómetros, es el océano Atlántico. Dominando el escenario, paredes verticales, picos de cumbres cuadradas que se alzan como torres. Son las montañas Rocosas canadienses, un territorio que es a la vez un destino y una frontera, un lugar de encuentro entre el hombre y la fauna salvaje, un punto de contacto entre dos mundos alejados y a menudo antagónicos.
El gran alce, el animal más alto del hemisferio norte, se deja ver sobre todo cuando llega la primavera, se deshielan los lagos y puede cruzarlos a nado. En esa época del año los osos también bajan al valle a comer las flores amarillas llamadas dientes de león, pues las laderas continúan nevadas. El avistamiento de osos y alces es una de las grandes atracciones de los cuatro parques nacionales que conforman las Rocosas canadienses, los de Yoho, Kootenay, Banff y Jasper, pero, como recuerda un cartel a la entrada de uno de ellos, “esto no es un safari ni un zoo, así que si no ve fauna salvaje, no se sienta defraudado”.
El anuncio es pertinente porque los osos y los alces suelen provocar atascos de coches cuyos conductores se detienen a fotografiarlos, pero en realidad son animales en plena naturaleza que pueden asustarse con los humanos. Un gran alce macho pesa más de mil kilos, y para imaginarse su embestida solamente hay que pensar en algo parecido a un toro el doble de alto y de largo. Las normas que seguir son simples, y los guardas a la entrada de los parques le informarán: básicamente se trata de no bajar del coche si el animal está cerca o de mantenerse alejado a un centenar de metros.

Esta cordillera, pese a algún teleférico y algunas pistas de esquí, sigue siendo un reino donde las fuerzas de la naturaleza imponen su ritmo y acotan la civilización. Pero no solamente es territorio de grandes mamíferos y de bosques de coníferas cuyos límites vienen marcados por las escarpadas paredes de las montañas, sino que también es un remanso de aguas termales, que fueron el reclamo pionero para la llegada del turismo a Banff, y un ejemplo único de campos de hielo, los de Columbia, accesibles a las familias. Un recorrido por las montañas Rocosas canadienses brinda una de las más bellas lecciones de geología del continente americano. El agua, en sus diversas formas, ya sea precipitándose furiosa y alocadamente en cataratas forjadas sobre los lechos de los ríos durante miles de años o ya sea acumulada en inmensos lagos alpinos alimentados por los glaciares, protagoniza esa clase inolvidable en uno de los parajes más jóvenes y dinámicos del planeta, que estaba recubierto de hielo hace tan sólo 10.000 años.
Los trenes de mercancías que cruzan el parque nacional de Jasper son kilométricos, con más de cien vagones a veces, y deben superar los túneles en espiral, una maravilla de ingeniería creada para evitar el fuerte desnivel de las montañas
Los ríos de las Rocosas, como el Kicking Horse, son tan turbulentos que su cauce parece lechoso

Una cría de oso merodea por una orilla de guijarros en el parque nacional de Banff. Los osos bajan al final de la primavera al valle para alimentarse de las plantas y las bayas silvestres que encuentren

Las Rocosas son un sistema montañoso de más de 3.200 kilómetros de longitud que se extiende desde Nuevo México, en Estados Unidos, hasta la provincia canadiense de la Columbia Británica. El monte Ellbert, de 4.399 metros, es su punto más alto, y al igual que los parques de Yellowstone y de los Glaciares, se encuentra en Estados Unidos. La parte canadiense se distingue por estar más concentrada, perfectamente visitable a través de los menos de 300 kilómetros que separan Banff y Jasper, los dos pueblos principales de la zona.

El parque de Yoho, en el sur, representa una de las mejores entradas a las Rocosas, dominado por el río Kicking Horse, que corre tan turbulento que su cauce parece lechoso. En el interior de un bosque tupido de coníferas, el puente natural, una pared socavada pacientemente por el agua hasta hacer un gran agujero, demuestra el poder del elemento. El agua acabará horadando una roca, sólo es cuestión de tiempo. De tiempo geológico, claro. Desde el Yoho también se puede apreciar una de las maravillas de ingeniería de Canadá, los túneles en forma de espiral que se abrieron en la montaña para que los trenes evitaran el fuerte desnivel: se trata de galerías que caracolean y trazan un gradiente apto para los convoyes. No resulta raro, sino más bien frecuente, ver una locomotora salir por la boca de un túnel en una dirección y los vagones traseros todavía entrando por la otra boca en posición perpendicular.

La historia de colonización de las Rocosas canadienses está ligada profundamente al tren. Fue en 1885 cuando la Canadian Pacific Railway completó la vía que atravesaba todo el país, con final en Vancouver, y garantizaba que mercancías almacenadas en Montreal pudieran ser enviadas a Asia sin tener que surcar el litoral del continente americano y atravesar el cabo de Hornos. Además, la empresa ferroviaria decidió fomentar el turismo a las montañas para aumentar el tráfico de pasajeros por la nueva vía. Así, se construyeron estaciones y hoteles en Banff, que pronto adquirió fama por sus aguas termales, y en Lake Louise, uno de los lagos más pintorescos y bellos del país. El turismo comenzó a llegar en 1890 al igual que fotógrafos como Charles Horetzky y pintores que consolidaron la escuela paisajística del país. Sin embargo, la explotación de minas y de madera continuó hasta que fue prohibida en 1930.

En las Rocosas abundan los bosques enormes, como este de cedros en las laderas del monte Robson, cerca del parque nacional Jasper
Un ciervo de cola blanca galopa por un prado del parque nacional de Banff, a principios de primavera

En las Rocosas canadienses, glaciares inhóspitos, montañas en forma de castillos inexpugnables
y bosques lluviosos enigmáticos perpetúan los ciclos naturales. Son la barrera que divide Norteamérica, rugosa y accidentada hacia el Pacífico, y de grandes praderas hacia el Atlántico.
Las Rocosas son una muestra del poder del agua, de los ríos que horadan rocas y de los hielos que han moldeado montañas, como este valle del parque de Banff

La lástima es que el tren transcanadiense no haya resistido a los tiempos modernos. Desde hace unos pocos años, el tráfico de trenes está limitado a las mercancías. Aun así, un convoy turístico, el Rocky Mountaineer, une Vancouver con Banff, pasando por los parques provinciales Mount Revelstoke y Glacier, el nacional de Yoho y por Lake Louise. Pero el coche ha tomado el relevo del tren. Alrededor de dos millones de personas visitan ahora los parques, sobre todo en julio y agosto.

Lake Louise, un lago con forma de anfiteatro y glaciares que caen a las aguas azuladas, es uno de los iconos bucólicos de Canadá. Pero tal vez sea el lago Morraine el que mejor encarne el espíritu de las Rocosas, con sus torres calcáreas como centinelas que dejan al desnudo los diferentes estratos. Hace millones de años, esos terrenos estaban en el fondo del mar y poco a poco se fueron levantando por la presión continuada de las placas tectónicas hasta configurar las actuales alturas.

Por la carretera 93, la perspectiva cambia a cada momento. Se avanza dejando en las cunetas bosques de alerces, pinos o abedules y a la siguiente curva se abre un valle, se ven los meandros de un río de orillas de guijarros, y por las laderas se observan los muflones, toda una vida en el precipicio, carneros salvajes de cuernos larguísimos y retorcidos en espiral, preparados para las duras luchas con otros machos por ser los jefes del apareamiento. Los bosques parecen inacabables y solamente están acotados por las paredes calizas o graníticas tan empinadas. Los neveros, como pasteles de nata de metros de espesor, embellecen las montañas.
Después de Lake Louise, yendo hacia Jasper, se encuentran los campos de hielo de Columbia. El Atabasca, el glaciar que casi llega a la carretera, es solamente un dedo del inmenso helero permanente que cubre la meseta de la cordillera y que ocupa una superficie algo inferior a la de la isla de Eivissa. La lengua del Atabasca tiene una anchura de un kilómetro y es uno de los pocos glaciares del mundo por los que se puede conducir, gracias al llamado autocar de las nieves, un vehículo de ruedas mastodónticas, de diámetro superior a la altura de una persona. Los lugareños presumen de que todavía beben agua anterior a la revolución industrial de tan gruesos que son los pasteles de nieve prensada de las laderas aterrazadas de la montaña, pero cerca del aparcamiento, una fotografía del año 1967 permite comprobar el ingente retroceso del glaciar, un aviso más del cambio climático.

El Medicine es uno de los lagos de montaña más bucólicos de las Rocosas, que delimitan la divisoria de aguas continental

Un gran alce americano, el animal más alto del hemisferio norte, devora hojas en las ramas del parque nacional de Jasper